CAPITULO 13 PARTE 2
Continuamos en el Sengoku… que se pone muy interesante por la rapidez de ciertos acontecimientos.
El tiempo transcurrió con normalidad en la época Sengoku. Afortunadamente para los lobos, el nuevo Gran Señor de la región Oeste, el Gran Sesshōmaru, había dado su aprobación de regresar a ocupar aquellas tierras que alguna vez su padre les permitió habitar, con la condición de que no comieran humanos en exceso. No lo dijo directamente pero se lo dio a entender a su líder ese día que se entrevistaron. Koga, Comandante de todos los clanes, hizo su mayor esfuerzo para darle al Inugami una mejor impresión que la primera vez.
La pequeña Lin platicaba a los de la aldea sobre las sorprendentes aventuras que vivía en los lugares que había visitado junto con el Señor Sesshōmaru, Jaken y Ah – Uh. La chiquilla le suplicó al Daiyōkai si alguna vez Kohaku, su buen amigo, podría acompañarlos en alguno de sus paseos. La petición fue concedida y el jovencito le agradeció personalmente al gran demonio en cuanto su compañerita le comunicó la aprobación de su Señor. Pero, por el momento, el muchacho quería estar con su hermana en los meses que le quedaban de embarazo.
Y llegando al séptimo mes… días más, días menos.
Miroku había dejado instrucciones precisas a Kohaku y a Shippou, para su tranquilidad, en cuanto a que se le informara semanalmente del desarrollo del embarazo de su amada esposa. Comisionó a Hachi para que fuera por los pequeños, los llevara al templo y en la tarde estuvieran de vuelta en la aldea. Algunas veces se desplazarían sobre Kirara para evitar que el tanuki se cansara en exceso o se "desapareciera" por bastante tiempo. Los dos se turnaron en el cumplimiento del deber.
Para Inuyasha todo ese rollo se le hacía una exageración por parte de su amigo. Y Sango también pensaba que su marido era un poquito obsesivo… aunque no podía negar lo bien que se sentía ante la sincera preocupación de Miroku por ella y "el bebé". Al final… esa previsión dio resultado.
Una mañana, cerca del mediodía, después de haber realizado la limpieza de su hogar auxiliada por Lin (el hacer algo de ejercicio le ayudaba a sentirse bien), Sango sintió una pequeña punzada de dolor en la parte baja de su abultado vientre. Si recordaba algunas incomodidades cuando "el bebé" se movía para acomodarse, pero esta vez era distinto.
¿Sucede algo señorita Sango? — le preguntó la pequeña con preocupación al escuchar el quejido ahogado que lanzó la castaña.
No estoy segura Lin — respondió ella colocando sus manos en el lugar donde sintió la molestia —. Tal vez me esforcé de más… me recostaré un poco para descansar.
Kohaku había salido temprano con Inuyasha para cumplir con una petición de exterminio. Una aldea cercana había sido invadida por pequeños monstruos, de los que aprovechaban las largas ausencias de Sesshōmaru… a veces se ausentaba por días, nadie sabe a donde iba. El Hanyō lo acompañó para no dejarlo solo y hacer que se sintiera apoyado, "¡Keh! Sólo son basuras las que deja Sesshōmaru" pensó algo molesto cuando se alejaron del poblado.
La pequeña pelinegra observó con preocupación a la joven mujer mientras ésta trataba de recostarse cuidadosamente… en ese momento volvió a sentir la misma dolorosa punzada. "¿Será posible?" pensó la castaña un poco asustada.
Lin — le dijo con inquietud a la niña al tiempo que volvía a hacer una mueca de dolor, esta vez se dejó caer como fardo en su "cama" —, ve por la anciana Kaede… por favor — y cerró los ojos para disimular una lágrima.
Si señorita Sango — contestó la muchachita y salió corriendo presurosa.
"Creo que aún es muy pronto para que nazca" volvió a pensar Sango mientras sentía otro pequeño dolor.
¡Qué no pase nada malo! — murmuró al tiempo que volvió a estremecerse… eran las contracciones que anunciaban el inicio del parto. Se retorció un poco en cuanto sintió una nueva contracción, en ese momento evocó el rostro de su amado —. Miroku… lamento tanto que no estés aquí — y le brotó otra lágrima.
¿Qué te ocurre muchacha? — en ese momento la anciana Kaede entró a la habitación, seguida muy de cerca por la chiquilla.
Anciana Kaede… — le respondió Sango sin disimular su ansiedad, tratando de no quejarse muy fuerte — me parece que… el bebé ya va a nacer… — una punzada más le hizo temblar y de su garganta salió un grito ahogado —. Tengo dolores aquí — y señaló el lugar exacto donde sentía las molestias.
¡Por Dios criatura! — exclamó la anciana un tanto sorprendida… a pesar de la experiencia muy pocas veces le tocaban partos con alto grado de complicación. La buena mujer estaba consiente de que aun no era el término ideal de un embarazo pues, de acuerdo a sus cálculos, faltaban un poco menos de dos meses para el cumplimiento del ciclo de diez lunas —. Acomódate bien muchacha, esto va a ser complicado y bastante doloroso… lo bueno es que eres joven y suficientemente fuerte por tu oficio anterior — posteriormente se dirigió a su pequeña aprendiz —. Lin, hija mía, ayúdame por favor y tráeme varias sábanas y hierbas medicinales de nuestra cabaña; y avísale a algunas señoras de la aldea para que me auxilien pronto.
Mi esposo dejó algo allá… — señaló la castaña hacia un rincón mientras se acomodaba lo mejor que podía en la colchoneta de seda, aguantando un nuevo grito ante una nueva contracción —. Son algunas hierbas que… — parecía respirar con dificultad — nos regaló Jinenji, y algunos pergaminos… — un estremecimiento por toda su columna vertebral la hizo lanzar otro grito ahogado — para un buen parto — y sonrió levemente al finalizar, el dolor se reflejaba en su bello rostro.
La pequeña le dio a la anciana lo que la ex exterminadora indicó y volvió a salir disparada hacia su cabaña para conseguir las demás cosas. Afortunadamente encontró todo lo que se necesitaba. En ese momento Shippou entró silbando una suave melodía… se veía tan fresco como una lechuga. El pequeño kitsune había ido a tomar un baño en el arroyo cercano, pues con tanto entrenamiento para sus clases siempre terminaba lleno de polvo. Ni bien puso una patita dentro cuando Lin lo jaló rápidamente de la mano.
¡Shippou, pronto! — le dijo entre desesperada y emocionada —. ¡Hay que avisarle a su Excelencia que el bebé ya va a nacer!
¡¿Qué? — exclamó el aludido con sorpresa, abriendo de más sus grandes ojos verdes —. ¿Tan rápido?
¡Apresúrate! — la niña lo empujó suavemente a la entrada —. ¡Busca a Kohaku y al señor Inuyasha y vayan ya donde su Excelencia! Voy a ayudar a la anciana Kaede.
Eee… Voy volando — contestó el kitsune y rápidamente se fue mientras Lin corría hacia donde se encontraban las dos mujeres.
Ya en el lugar también se encontraba un pequeño ser que ofreció su ayuda (¿qué podría hacer si es tan diminuto?).
Llegando a las afueras de la aldea…
¿Hacia dónde se fue el torpe de Inuyasha? — se preguntó Shippou a sí mismo mientras olfateaba el aire para detectar el rastro del Hanyō —. ¡Yo no soy perro, no distingo bien su aroma! — dijo desesperado.
¡PLONC! En ese momento el pobre kitsune recibió un duro golpe en la cabeza.
¿A quién le llamas perro? — le espetó Inuyasha mientras lo tomó de la cola.
Señor Inuyasha, no sea duro con él — le dijo Kohaku, que venía montado en Kirara.
¡Inútil! — le gritó Shippou llorando a mares —. ¡No pierdas el tiempo y vamos por Miroku! ¡Ya va a nacer el bebé!
Si — afirmó el Hanyō olfateando un poco el aire, haciendo un momentáneo gesto de seriedad —, ya huele levemente a la sangre de Sango.
Yo también voy — dijo Kohaku.
Mejor ayuda a tu hermana y a la anciana Kaede — le dijo Inuyasha —, nosotros traeremos a ese loco de tu cuñado. Vamos enano.
Y ágilmente se dirigió al templo del maestro Mushin.
Oye chaparro — le dijo al kitsune, que ya se había acomodado en su hombro —, ¿no crees que aún faltaba tiempo?
Pues si — le contestó Shippou —, apenas hace dos días que hablé con Miroku y según sus cálculos faltarían aproximadamente dos meses. A él le faltan diez días para acabar su entrenamiento.
Por tanto el entrenamiento ya valió… para otra ocasión — mencionó Inuyasha —. Porque no creo que quiera separarse de Sango y el bebé, por lo menos en medio año.
Y conociéndolo… — intervino el zorrito poniendo por un instante los ojos en blanco —, capaz va a querer otro hijo pronto.
¡Keh! Es capaz… — observó el ojidorado como meditando en el asunto —. Falta que su mujer lo deje ser de nuevo abusivo… o el bebé les de tiempo… — le dio un ataque de risa al pensar en su mañoso amigo.
Oye no seas tan explícito, ya te pareces a Miroku — le reprochó Shippou sonrojándose.
¡Tú empezaste microbio! — le espetó el Hanyō.
En el templo del maestro Mushin, en medio de una profunda meditación en la gran sala, frente a una estatua de Buda, se encontraba nuestro joven monje. Súbitamente un pensamiento llegó a su mente y lo sacó de concentración. Claramente vio a su amada… en un suplicio. "Tengo el presentimiento de que algo le pasa a Sango" pensó y en ese momento… abrió sus oscuros ojos azules.
Bien Buda — se dirigió a la estatua y se levantó, haciendo una reverencia —, creo que por ahora tengo otros deberes que realizar.
Afuera se escucharon ruidos extraños y los gritos del maestro Mushin. Inuyasha penetró con Shippou en los jardines del templo.
¡Miroku sal de ahí, debes cumplir con otros asuntos! — el ojidorado alzó la voz para que su amigo lo escuchara.
¡Silencio! — gritó el decano al tiempo que se acercaba a ellos —. No pueden interrumpir su meditación o no podrá…
¡Keh! ¡Al diablo con eso! — contestó Inuyasha de malos modos.
¡Por favor jovencito, más respeto a este lugar! — replicó Mushin.
Miroku llegó justo a tiempo, resbalando un poco por su acelerada carrera.
¿Qué le ocurrió a Sango? — dijo precipitadamente —. Maestro Mushin, habrá de disculparme — le hizo una breve reverencia a su mentor.
Pero Miroku… — le iba a contestar el anciano.
¡El bebé ya va a nacer! — gritó Shippou interrumpiendo al viejecito.
¿Y qué estamos esperando? — Miroku tomó rápidamente a Inuyasha de la Hitoe y corrió arrastrándolo mientras gritaba —. ¡Hachi, mapache del demonio, no te escondas!
El pobre aludido salió inmediatamente de la cocina, atragantándose con unos panes al vapor.
Ordene Excelencia — contestó el tanuki en tanto se pasaba los bocados.
¡Muévete ya y transfórmate — le ordenó bruscamente el monje —, que mi mujer esta dando a luz y yo aquí todavía!
¡Keh! ¡Suéltame ya Miroku! — le espetó Inuyasha tratando de aflojar la sujeción a su cuello.
Perdón — el ojiazul cedió en su agarre mientras su sirviente se transformaba —. ¡Vámonos! — dijo en tono de ordenar algo y subieron sobre el "mapache" —. ¡Volveré en cuanto pueda! — se despidió del viejo monje, el cual se había quedado con la boca abierta. Después reaccionó y les dijo "adiós" agitando la mano.
¡Cuídense y salúdame a tu bella esposa! — fueron las últimas palabras de Mushin.
Hachi iba tan veloz como podía.
No te preocupes — dijo Shippou a Miroku al ver su cara de preocupación —, Lin y la anciana Kaede ya están con ella.
Por cierto… — le soltó Inuyasha — ¿qué no aún faltaba tiempo?
Según mis cuentas, nacería aproximadamente en nuestro primer aniversario matrimonial — meditó el joven monje haciendo su cálculo mental —. ¿Qué pudo haber hecho que se adelantara? — se preguntó dudoso.
¡Keh! Pues creo que el bebé ya ocupaba mucho espacio para su tiempo — el ojidorado respondió como si él supiera la razón, hablando en tono de "sabelotodo".
¿Qué sabes tú de bebés? — le preguntó burlón el kitsune.
Pues… — tartamudeó visiblemente abochornado, haciendo memoria de algo en especial — una vez auxilié a Kikyō con una mujer en ese estado… — sus amigos lo miraban fijamente ante la mención de su antiguo amor — hasta donde pude, porque el olor a sangre era muy fuerte — y esto lo dijo en tono de vergüenza.
Así que la señorita Kikyō te dio lecciones… — dijo Miroku con serenidad, sin quitarle la vista de encima —. Me imagino que a esa pobre mujer no le hizo ninguna gracia verte ahí.
¡Keh! — espetó el peli plateado —. A mí no me hizo gracia estar ahí… Me mareé y no me pregunten más — al recordarlo cerró los ambarinos ojos, apretándolos con fuerza para borrar esos recuerdos no tan gratos para él.
No quiero saberlo — intervino el zorrito poniendo cara de asco.
Por favor muchachos, ¿por dónde más saldrían los bebés?... — les dijo el ojiazul con tono de reproche — por donde deben salir — se contestó a sí mismo sin dejar de ver a sus amigos con una mirada de profesor llamando la atención a un alumno incumplido —. La maravillosa anatomía femenina está preparada para ese gran momento — agregó seriamente, luego puso cara de… tonto pervertido, al recordar a su linda mujercita (ya la extrañaba un montón).
¡Keh! ¡Ya cállate, depravado! — espetó el de dorada mirada al notar el gesto que puso el joven monje —. Me había librado de tus marranadas por tres meses… Hasta dejé de pensar en cochinadas — como que se sonrojó levemente.
¿Pues que pensabas Inuyasha? — Shippou se sonrojó al cuestionarlo. Hasta Hachi se apenó de sólo imaginar en que pensaría ese Hanyō tan salvaje.
¡No es lo que crees, chaparro! — gritó algo fuerte y de igual forma terminó de avergonzarse.
Ya sabía que tú también eras pervertido — le dijo el kitsune lanzándole una mirada escrutadora —, no se porque lo niegas.
¡Keh! Mira quien habla, enano aprovechado — le espetó el peli plateado recuperándose de su aturullamiento, y le lanzó una mirada enfadada —. ¿Qué pretendías hacer en la ausencia de este loco? — y señaló a su amigo ojiazul, quien parpadeó ante esas palabras.
¡No soy como ustedes, tonto! — rezongó el zorrito enojado —. ¡Soy un niño inocente!
¡Keh! Cuando te conviene — ironizó el de larga cabellera plateada.
¿Pues que hizo? — preguntó Miroku sorprendido, sin entender la discusión de sus amigos… ¿qué tenía que ver en ese rollo?
¡Nada! — contestó Shippou antes de permitirle a Inuyasha hablar, con tono infantil y haciendo una de sus más inocentes caritas —. ¡Lo que pasa es que Inuyasha ve moros con tranchete! — trató de justificarse.
No mientas enano — el aludido lo fulminó con sus ojos ambarinos.
Será mejor que hables Shippou — el joven monje lo miró con severidad. El kitsune se sintió ofendido y agachó la cabeza.
Cumplí con lo que me pediste para cuidar a Sango, y le dije que me dejara dormir con ella — contestó el chiquillo en un susurro y, al levantar la cabeza, le dirigió al Hanyō una verde mirada de molestia —; pero este bobo lo malinterpreta todo. Y dice que no es pervertido — volvió a mascullar en voz baja —, si bien que le gustaría que Aome estuviera aquí para consentirlo.
¡PAF! Inuyasha lo golpeó en el cráneo…
¡ Cierra la boca, chaparro abusivo! — y tenía un signo de enojo en la frente.
Tranquilo Inuyasha — dijo Miroku consolador y tomó al pequeño para sobarle la cabeza, hablando con tono amable —. Se te agradece Shippou, pero el que la cuidaras por mí no significaba que… ¡te durmieras con mi esposa! — al pobre kitsune casi le da un infarto por el grito del monje.
¡No pienses mal! — saltó y se soltó de su amigo, que lo fulminaba con sus ojos azules —, ya se te pegó lo baboso — se apartó un poco de él —. Me quedé con Kohaku porque Sango no me dejó dormir con ella para no aplastarme.
¡Keh! — intervino Inuyasha sonriendo entre enfadado y burlón —. Te haces el niño, pero bien que te gustaba dormir con Aome.
¡ Guarda silencio ya, inmaduro! — le espetó el kitsune con molestia.
Excelencia — interrumpió Hachi en tono de respeto —, ya estamos llegando.
Para el tanuki la conversación le había parecido divertida hasta ese punto, sobre todo porque su Excelencia se mostraba celoso en extremo en lo que se refería a la bella mujer que ahora es su consorte. De un salto, el monje bajó del lomo de su sirviente y corrió tan rápido como pudo, dejando a sus amigos muy atrás… y si de correr rápido se trata, hasta llegaba a rebasar a Inuyasha. Los otros tres parpadearon de perplejidad en cuanto se alejó.
Aún no nace — dijo el ojidorado olfateando nuevamente el aire —, pero el olor a sangre es más fuerte.
¿Nos quedamos aquí o vamos para allá? — preguntó Shippou con duda.
Yo me quedó aquí… o tal vez camino despacio — respondió el de cabellera plateada —. No quiero marearme otra vez… Además — añadió un tanto serio cruzándose de brazos —, me huele a que es más de un bebé.
Bueno — dijo el mapache —, iré para allá por si su Excelencia me necesita — y caminó tan rápido como le permitían sus cortas patas.
Miroku llegó a su cabaña, más veloz de lo que Koga podría hacerlo, y escuchó los gritos de sufrimiento de su amada. Lin y Kohaku se encontraban afuera de la vivienda, sentados en un banco destinado para las visitas. El pobre muchacho parecía experimentar los dolores de su hermana, pues apretaba los ojos cada vez que se escuchaba una dolorosa lamentación de la castaña; al parecer, el trabajo de parto se había complicado. La pequeña le tomaba una mano y tenía los ojos muy abiertos, como pensando que para que ella sufriera eso faltarían muchos años.
¡Excelencia! — exclamó Lin en cuanto lo vieron llegar —. ¡Lávese las manos y ayude a las señoras que están adentro con su esposa! — pareció recriminarle y apurarlo. El monje entró muy obediente sin chistar.
¡Sango! — Miroku ingresó diciendo en voz alta y un tanto desesperado el nombre de su mujer.
Tal parece que esto es delicado — decía la anciana Kaede un poco afligida. En cuanto escuchó al monje levantó la vista, visiblemente agradecida —. ¡Qué bueno que llegó Excelencia!
La joven se encontraba adolorida, sudorosa y llorosa, acostada y envuelta en mantas… hasta donde se podía, porque lo demás tenía que estar a la vista. Había otras mujeres mayores auxiliando a Kaede.
Miroku… ¡Augh! — gritó la castaña tratando de mantenerse serena, levantando la mirada y dirigiéndola a la figura masculina que la contemplaba con mucha devoción… se sintió contenta de ver a su esposo ahí con ella, a su lado.
Ni tardo ni perezoso, el aludido se remangó las amplias mangas, se aseó lo mejor que pudo y fue a ayudar y apoyar a su amada.
Tranquila amor, ya estoy aquí — se agachó a su altura tomando una de sus manos con suavidad, mirándola nuevamente con ternura —. Ahora puja fuerte que yo te ayudo.
Cariño… — las pupilas cafés estaban humedecidas por las lágrimas —. ¡Aaaay! — y, en cuanto se presentó la siguiente contracción, la pobre apretó la mano de su marido con tanta fuerza que casi se le sale el llanto a él también… sabía que Sango era bastante vigorosa a pesar de verse muy femenina, pero no creyó que en ese estado pudiera hacerle daño.
Sufro tus dolores — dijo el ojiazul aguantando trabajosamente la mueca de quebranto.
No exagere Excelencia — intervino la anciana Kaede lanzándole una mirada escrutadora —. Tendrá que presionarle un poco en el alto vientre porque parece que son dos bebés.
¿¡Dos! — exclamó visiblemente sorprendido.
¡Apúrese! — dijo la viejecita mientras la castaña volvía a gritar más fuerte.
Yo te ayudo… — se escuchó una vocecita proveniente de… —. ¡Suuuc! — Myoga se encontraba ahí, succionando sangre… de una linda parte de la castaña.
¡Anciano Myoga! — exclamó Miroku asombrado en tanto ayudaba a su amada a empujar, oprimiendo un poco su vientre abultado —. ¿Qué diablos esta haciendo ahí? — pareció molestarse al notar la presencia del ancianito.
Evitando que Sango se desangre… ¡Suuuc! — contestó la vieja pulga como si nada, y volvió a picar… en donde más le gustaba.
¡Fuera! — el monje aprovechó un respiro de su cónyuge para lanzar a Myoga con los dedos —. ¡No sea aprovechado! — porque el cuerpecito de su mujercita no lo comparte con nadie… menos con un abusivo parásito chupasangre.
¡Ingrato! — gritó el mañoso succionador mientras salía volando por la puerta, en el momento en que Hachi se asomaba por ahí.
La pulga cayó sobre las rodillas de la pequeña Lin.
Oiga ancianito, ¿qué estaba haciendo allá adentro? — le preguntó la niña en cuanto lo vio, porque ya estaba algo lleno de tanta sangre que debe haber bebido.
Seguramente lo que hace toda pulga — dijo Kohaku observando al pobre Myoga, que se había mareado por el vuelo —. Le picó a mi hermana ¿verdad? — le habló reprochándole un poco.
En ese momento se oyó un alarido más desgarrador de Sango.
¡Ya casi Sango, puja más fuerte! — dijo Kaede.
No te apures amor, respira — Miroku le daba ánimos, aunque se escuchaba algo angustiado —. Hachi, tráete los demás pergaminos.
Mejor vámonos — dijo un poco lloroso el muchachito… no quería escuchar más.
De acuerdo. — contestó la pelinegra muy comprensiva, y se levantaron de la banca —. Pero no tan lejos por si necesitan que les ayudemos.
Y se alejaron llevándose a Myoga en la mano.
Mientras, ya de camino a la aldea, el Hanyō y el kitsune se acercaban a la choza.
¿Estás seguro de que es más de un bebé? — preguntó Shippou.
Me huele a que sí — contestó Inuyasha con seriedad —, el vientre de Sango se veía bastante grande.
Miroku va a estar muy contento.
Sí, dos de un solo golpe — pensó el ojidorado en voz alta recomponiendo una mueca de asco, imaginando hasta donde podría llegar el ojiazul de cursi y pervertido —. Si llegan así va a querer repetirlo otra vez.
Pobre Sango, como no es él el que sufre — mencionó el kitsune poniendo carita de seriedad.
Tienes razón — reafirmó el Hanyō rodando un poco los dorados orbes —, pero de ella va a depender hasta donde lo deja ser calenturiento… bueno, y de los bebés — agregó un tanto morboso.
No empieces otra vez — le espetó Shippou mirándolo con desagrado.
¡Keh! Pues entonces no preguntes ni supongas indiscreciones de matrimonios, chaparro — le regañó y decidió ya no abrir la boca.
Muy pronto llegaron cerca de la cabaña de sus amigos y vieron venir a Lin y Kohaku. En cuanto Myoga percibió a su amo, reaccionó y brincó de la palma de la niña a la mejilla del Hanyō.
¡Amo Inuyasha! — le dijo emocionado —. ¡Cuánto tiempo sin saborearlo! ¡Suuuc!
¡PAF!... Un manotazo de Inuyasha no lo dejó succionar de más.
¡Pulga aprovechada! Ya comiste con Sango y quieres más — le espetó mirándolo con enojo mientras la pobre pulga caía al suelo. En un segundo el ancianito se enderezó como si nada, pero si se veía gordito.
Pues claro amo, Totosai no sabe nada bien y la sangre de Sango es muy sabrosa — dijo con seriedad… —, sobre todo en donde mejor se ve… — en esta observación empleó un conocido tono mañoso —. Pero… ¿cómo sabe que ya comí? — preguntó extrañado, dirigiendo esta vez la mirada a su joven amo.
¡Porque hueles a ella, canijo! — le contestó casi gritándole —. Seguramente que te aprovechaste que está toda adolorida y chupaste sangre de donde no debes.
A Miroku no debe haberle hecho gracia — observó Shippou y le lanzó a Myoga una mirada de reproche.
Yo únicamente quería ayudarle — dijo la pulga en tono ofendido, saltando al hombro de Inuyasha y cruzándose de brazos.
Bueno — intervino Lin sonriente como siempre, pues a lo lejos se escuchó un pequeño llanto —, parece que ya nació un bebé y falta el otro.
Así que si son dos… — murmuró Inuyasha — lo sabía — y se alejó un poco —. Si no me voy a marear de más — justificó su movimiento con tono apenado.
Un rato más tarde, lo que pareció una eternidad, y después de escuchar otro llanto de bebé, salieron la anciana Kaede y las otras mujeres.
Pequeña Lin… ayúdanos a asear a las bebés — y sonreía cargando dos pequeños bultos envueltos en suaves mantas, mientras las otras señoras llevaban sábanas manchadas.
¿Son niñas? — preguntó emocionada la aludida —. ¡Qué lindas!
Así es — afirmó Kaede, y se encaminó con las recién nacidas al área del baño, seguida por una sonriente Lin.
¿Y Miroku? — preguntó Shippou con curiosidad y en voz baja.
Su Excelencia está reconfortando a su esposa — contestó Hachi mientras salía de la choza llevando otras mantas. El pobre mapache se veía algo mareado y lloroso —. Creo que pueden pasar — agregó al irse por el mismo camino que tomaron las matronas.
Inuyasha se abstuvo de entrar… aun se encontraba un poco apartado porque todavía detectaba el aroma de la sangre en el ambiente. Los otros dos entraron con calma. Miroku abrazaba delicadamente a Sango, la tenía un poco levantada. Ella se veía cansada. El trabajo de parto fue agotador. Estaba cubierta con una sábana limpia. El monje lloraba a moco tendido, de felicidad.
Hermana — saludó el joven exterminador con una sonrisa —, felicidades, son unas lindas niñas.
¡Mis mujeres! — exclamó el lloroso Miroku sin ocultar su emoción —. ¡Mis hermosas criaturas! — besó a su esposa tiernamente cerca de los labios —. ¡Amorcito, qué bonitas nos quedaron!
Gracias Kohaku — le respondió Sango a su hermano y correspondió el delicado beso de su marido —, gracias amor — y lo abrazó un poco más mientras él seguía lagrimeando.
Felicidades también de parte de Inuyasha — añadió Shippou igual de contento —. No viene porque aún le marea el olor… ya saben lo sensible que es.
Espero verlo pronto — sonrió Sango sin soltar a Miroku, que sollozaba como magdalena.
Lin y la anciana Kaede entraron con las bebés, ya limpiecitas. Las dos tenían un gran parecido a su mamá, pero al parecer una de ellas tenía los profundos ojos azules de su papá. Aunque acaban de emerger a la vida se veía que serían bastante vivarachas.
Ahora estas nenitas deben de comer para después dormir — mencionó la anciana Kaede mientras le entregaba una pequeña a Sango y la otra a Miroku —. Por partes — sonrió para después hablarle al ojiazul con un poco de seriedad —. Excelencia, va a mojar a las niñas.
Ya no llore Excelencia — mencionó Lin igual de seria —, las que deben llorar son las bebés.
¡Mis mujeres! — por toda respuesta Miroku pareció soltar un suspiro muy fuerte, y besó tiernamente a sus dos nenas y a su esposa, sin detener el llanto.
Bien cariño — Sango siguió sonriendo después de hacer un momentáneo gesto de resignación ante la actitud de su amado, mientras se acomodaba para amamantar a las niñas —, sostén a la pequeña mientras alimento a la otra.
Shippou salió un poco apenado, no quería ver de más. Kohaku también se avergonzó pero decidió quedarse al lado de su hermana y confortar a su cuñado. El kitsune alcanzó a Inuyasha en el Árbol Sagrado.
¿Qué fueron? — preguntó el Hanyō bruscamente antes de dejarlo acercarse a su lado.
Nenas — contestó el kitsune acomodándose en una rama pequeña —, y se parecen a Sango.
Menos mal que no salieron como su padre — masculló Inuyasha sonriendo de lado.
No exageres, Miroku no es tan feo — observó Shippou con seriedad —. ¿Y el anciano Myoga? — preguntó al percatarse de la ausencia de la anciana pulga.
Lo mandé a volar — dijo Inuyasha con simpleza, encogiéndose un poco de hombros —. Le dije que pronto iría con Totosai para afilar a Tessaiga… espero no coincidir con Sesshōmaru.
¡Ahhhh! — suspiró el zorrito después de una pausa —. Ahora Miroku estará peor que al principio.
Ya me imagino cuando esas niñas crezcan — pensó Inuyasha en voz alta, esta vez su sonrisa se hizo más amplia —. Le van a hacer ver su suerte al mañoso de su padre.
La noche cayó sobre la aldea. Shippou se fue a dormir enojado, porque Inuyasha se encerró en sus pensamientos y no volvió a abrir la boca ni a opinar por nada.
¡A veces te pareces a Sesshōmaru! — le espetó mientras salía corriendo.
El Hanyō ni lo siguió. Tenía cosas más importantes en que cavilar que preocuparse en ese momento porque el chaparro hubiera sido irrespetuoso. Cuando notó que el kitsune se marchó, pudo expresarse por fin sin inhibirse. Sus palabras se dirigieron a su querida y bella Aome, la cual se encontraba sentada junto al árbol, terminando de escribir la tercera temporada del anime. Parece ser que notaba su presencia, como si la delicada fragancia de la pelinegra pudiera atravesar la barrera del tiempo.
Aome, si estuvieras aquí te pondrías muy contenta porque nuestros amigos ya fueron padres. Tuvieron dos lindas niñas que se parecen a Sango… — dejó escapar un sonoro suspiro antes de continuar con su monólogo —. Me gustaría que nosotros también tuviéramos dos hijos, no importaría si son niños o niñas, los querríamos igual porque serían, como dice Miroku — aquí su tono se hizo momentáneamente burlón… ¿cómo podía decir alguna barbaridad de las que se le ocurren a su amigo?... la falta de Aome le estaba afectando el cerebro —, la representación de nuestro amor y la bendición del cielo — recompuso la modulación de su voz y volvió a hablar con delicadeza, como si la tuviera cerca —. ¡Sabes que te extraño mucho! — y suspiró nuevamente cerrando sus ambarinos ojos para caer en un lindo sueño de amor.
Y, del otro lado del tiempo…
Aome sintió, al suave movimiento de las hojas agitadas por la brisa, que Inuyasha se encontraba cerca, y decía dulces palabras que expresaban lo mucho que se amaban… a pesar de la lejanía en el espacio.
Inuyasha — suspiró dirigiendo su mirada achocolatada en el sitio exacto donde el Hanyō, del otro lado de la barrera, se había acomodado para dormir — sueña conmigo.
Y muy contenta, regresó a su casa dispuesta a descansar… y a soñar con su amado, mientras la suave brisa agitaba sus negros cabellos… y en el tiempo atrás sus palabras llegaban a los sueños del de cabellera plateada.
