Otro cap de esta historia... espero les guste... como siempre, las mujeres vamos a enderezar las cosas... Hombres...(roll eyes)

Besos a mis hermanas...

Disclaimer: Todo es de JK, solo es mia la historia... y los niños...

Vivan los Sly!

Enjoy!

LA SEÑORA ZABINI

Lo primero que hizo después de tomar su decisión fue hablar con sus abogados, después de eso, trasladarse nuevamente a su apartamento le llevo un salto de aparición, pero al llegar a éste la voz de Elisabetta le hizo doler aún más la cabeza.

-¿Blaisie? ¿Eres tú?-

Blaise rodo los ojos con exasperación. "Quien más si no" pensó con fastidio. La mujer salió de la habitación contoneándose con sensualidad, mientras le sonreía afectadamente. Blaise supo el momento exacto en que comenzaría a quejarse del reciente abandono y suspiró, desconectando su mente, navegando hacia otras ideas que se le presentaban muchísimo más interesantes. Camino hacia su despacho con la bruja gesticulando y hablando sin parar a sus espaldas, deteniéndose junto a su escritorio mientras cogía un par de pergaminos y leía por encima su contenido.

-…por eso no me parece correcto y… ¿Me estas escuchando?-

Blaise bufo bajito, mientras dejaba los pergaminos frente a sí, clavando su mirada azulada en la bruja frente a sí. Se acaricio las sienes con suavidad, tratando de contrarrestar el dolor de cabeza, mientras acomodaba las ideas dentro de su mente. Por supuesto, si iba a recuperar a su hijo, y tal vez a Pansy en el camino, Elisabetta tenía que irse ya.

-Necesito que recojas tus cosas y que te vayas-

Bien, directo y al hueso, con ese tono hijodeputa que ya conocía y un poquito de bordería extra. Casi sonrió al mirar la mueca de incrédula ira que pintaba el atractivo rostro moreno. Elisabetta era muy hermosa, pero nunca seria Pansy. El grito casi histérico de la bruja reverbero por el amplio recinto, mientras los insultos, cada uno más grueso que el anterior salían de esa boca de fresa que tantos momentos agradables le habían dado en el pasado. Volteo la vista a la ventana, oteando la claridad detrás de las cortinas, mientras Elisabetta continuaba despotricando en su contra. El sonido de la activación de la chimenea del salón le llego hasta donde estaba, dando gracias a Merlín por la distracción.

Pero cuando salió del despacho, cruzando hacia el salón, en cuanto puso un pie dentro del mismo el dolor de cabeza se acentuó convirtiéndose en una jaqueca casi insoportable. Porque ahí, a un par de zancadas, se alzaba la mujer más hermosa que hubiera visto alguna vez en su vida. Elanor Zabini lo miraba con fijeza, los ojos azules brillando con determinación, un grueso legajo encuadernado en piel oscura sobre su mano. Blaise suspiró, reconociendo su libro, El Libro, donde aparecía el nombre de cada uno de los Zabini que habían nacido desde que el apellido vio la luz en este mundo.

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Elanor Zabini siempre había sido una mujer extremadamente hermosa y aun más decidida. Desde pequeña, Iridessa Mountpassean, su madre, le había dado la que sería la máxima en su vida: nunca, jamás, debía dejarse manejar por ningún hombre. Ella tenía que ser quien subyugara, y no al revés. Y así, durante su infancia y adolescencia, había sido educada por su madre misma, para conocer y aplicar a la perfección el arte de la manipulación masculina.

Elanor era una buena chica, a pesar de las enseñanzas poco ortodoxas de su madre, y la quería demasiado como para decirle que a veces la agobiaba hasta el cansancio. Comprendía que Iris, como ella le llamaba en privado, lo único que quería era que su única hija estuviera segura y a salvo. Elanor sabía que la actitud de su madre se debía a lo que había tenido que sufrir con su padre, Pascal, quien le había hecho padecer las de Caín con sus continuas infidelidades, golpizas y celos enfermizos. Al contrario de su comportamiento para con su madre, Pascal Mountpassean había sido un excelente padre, siempre preocupado por el bienestar de su hija, a quien amaba profundamente. Era solo con su esposa que el amable hombre se convertía en una fiera sedienta de sangre, pronto para los golpes y lento para las disculpas, las cuales siempre eran las mismas: el infinito amor que sentía hacia su madre le hacía perder la cabeza y veía enemigos por todos lados.

Elanor no recordaba mucho sobre su padre, solo momentos en los que el llegaba del trabajo, con un discreto pero hermoso ramo de rosas en una mano, y un libro o pinturas para colorear en la otra. Lo recordaba sentado a los pies de su cama, escuchando las divertidas historias que su madre le contaba antes de dormir. O los sábados por la noche, repatingados los tres en el sillón de la sala, escuchando las novelas fantásticas que se emitían por la vieja radio familiar.

Cuando Elanor cumplió once años, sus padres hicieron el sacrificio y la enviaron al Instituto Saúniere para Magos y Brujas, donde inmediatamente destaco en Transformaciones, Pociones y Encantamientos, aunque era un asco en DCAO y Aritmancia. Fue ahí donde conocería al que sería el padre de su único hijo y el único hombre al cual amaría durante toda su vida: Etienne Zabini.

Etienne era tres años mayor que ella, tenía el cabello rizado y tan oscuro como el ala de un cuervo, la piel tenía un delicioso y saludable color dorado, y sus ojos, que desde el primer momento la habían mirado como si fuera el tesoro más grande del universo, tenían un color azul oceánico tan rico y brillante, que las rodillas le temblaban cada vez que sentía su mirada sobre ella. Había caído irremediablemente enamorada del hombre, y había sabido desde el primer día que nunca amaría a otro hombre de la misma manera.

Se habían casado apenas ella había cumplido la edad requerida para ser considerada una adulta, y poco más de un año y medio después, el pequeño y hermoso fruto de su amor había llegado al mundo: el pequeño Blaise. Elanor y Etienne habían sido muy felices durante los próximos tres años, pero un día, un Auror había tocado a su puerta y le había dado la noticia más horrible y dolorosa que había recibido en su vida: su Etienne había muerto. Un mago le había asaltado a la salida del banco, pensando que llevaba una buena cantidad de galeones encima, pero Etienne solamente había ido a su bóveda a introducir algunos documentos, y había encontrado la muerte apenas había salido. Aunque encontraron al responsable y a su cómplice, el cual era uno de los pocos humanos que trabajaban en el banco, la vida no había vuelto a ser la misma para Eleanor. Su corazón había muerto junto con su amor.

El amor hacia su pequeño Blaise le había sostenido en pie durante algún tiempo, pero el vacio que había quedado dentro de su pecho se había hecho cada vez mayor, y había errado el camino pensando que podría llenarlo con un reemplazo para su esposo. Ninguno seria jamás como él. Nunca.

Los años habían ido pasando, y de la dulce muchacha enamorada que había sido no quedaba casi nada. En su interior, lo único intacto que había de aquella época, era el amor que aun le guardaba a su difunto esposo, y el inmenso amor que también sentía hacia su único y muy amado hijo, el único hombre que merecía su amor y respeto. Elanor había enterrado ya ocho maridos, ninguno más destacable que el otro, y ninguno ni remotamente parecido al primero. Cada uno de ellos había tenido alguna característica que los había hecho interesantes para ella, durante un mínimo de tiempo. Pero siempre llegaba el momento en que querían más de ella, más de lo que estaba dispuesta a entregarles, y se volvían un problema.

Había discutido con el marido número nueve cuando el brillo dorado que venía de la caja fuerte que tenia detrás del cuadro de Etienne le deslumbro totalmente. Camino con cautela hacia el cuadro, mirando con adoración la figura pintada sobre el mismo. Los ojos azules la miraban a su vez con adoración sonriéndole amorosamente. Deslizo el cuadro a un lado, moviendo la varita sobre el aparente muro detrás de él, retirándolo como un velo. Dentro de la cavidad, el grueso libro de tapas oscuras brillaban casi deslumbrándola. Cuanto tiempo habría estado así, no lo sabía, hacía mucho tiempo que no había puesto un pie en esa casa, más que nada por todos los recuerdos que le llegaban, además que no quería que ninguno de sus maridos contaminaran la vida que siempre había añorado y que sabia nunca podría volver a tener.

Tomo el libro entre sus manos, sintiendo la magia envolverle, escaneando y reconociendo la suya, el clic de la apertura del pequeño cerrojo abriéndose para permitir que el libro fuera abierto de par en par en una hoja en particular. Sus ojos se abrieron enormes cuando miro hasta el final de la hoja, su corazón retumbando con fuerza dentro de su pecho, haciéndole sentirse como hace mucho no se sentía.

El libro familiar mostraba, debajo de su propio nombre y el de su Etienne, debajo del nombre de su amado hijo Blaise y la chica Parkinson, la línea dorada que indicaba el nombre de Maximilien Richard Parkinson.

El último Zabini.

Y ni siquiera estaba reconocido.

Se enfureció por primera vez con su hijo y sacudió la cabeza. Blaisie ya era todo un hombre, y desgraciadamente, era un hombre muy estúpido.

Clavo los ojos en los tiernos ojos azules de su amado Etienne, sonriéndole una disculpa.

-Lo siento amor, pero me equivoque un poco con Blaisie. Aunque te tengo una noticia, ya somos abuelos-

Etienne Zabini sonrió felizmente, los ojos azules brillando tanto o más que cuando estaba vivo, y Elanor Zabini sintió como su corazón volvía a llenarse de tanto amor, que comenzó a dolerle…


Bueno, otro cap por aqui...

Gracias mil por leer...