Capítulo 15 parte 1

Retornamos al Sengoku… a la velocidad de la luz.

Ya han pasado cinco días desde el nacimiento de las gemelas, las pequeñas hijas de Miroku y Sango. Y, en ese corto tiempo, Miroku ha demostrado ser el padre más tierno… y el marido más mandilón y impertinente que Inuyasha haya conocido. Bueno, sabemos que en realidad el Hanyō no tiene tantos conocidos. Aunque, como es bien sabido por todos nosotros, las recién nacidas tenían sus "dorados momentos", y atormentaban a su amoroso papá con sus llantos nocturnos. El pobre hombre ya tenía unas ojeras pronunciadas, y lo peor, por lo menos para él, es que todavía faltaba tiempo para que sus mujeres, tanto las nenas como la mamá, estabilizaran su carácter. Sango aún no le permitía "cariñitos" excesivos hasta la cuarentena reglamentaria. ¡Imagínense, el libidinoso manolarga tendría que aguantar cuarenta días más para darle nuevamente rienda suelta a sus locos deseos! Como para llorar.

Pero, a pesar de todos esos detalles, los esposos se sentían felices por las pequeñas criaturas fruto de su amor, que llenaban de más alegría su hogar. Ya hasta les pusieron nombre…

Oye, Miroku… ¿qué nombres les vas a poner a tus hijas? — preguntó Shippou una tarde, mientras el aludido cargaba cuidadosamente a la nena de ojos azules y su esposa, todavía recostada en la "cama", amamantaba a la otra bebé.

Hasta el mañoso monje quería ser niño de pecho otra vez, por el bonito porte de su amada y el cariño con que le hablaba y alimentaba a sus nenas.

¡Mi pequeñita! — decía amorosamente la de castaña cabellera en voz baja, al tiempo que le acariciaba la cabecita con ternura a la que tenía en sus brazos, mientras la bebé se alimentaba ruidosamente. Y vaya que las dos niñas eran muy tragonas.

Bueno — dijo el ojiazul con calma, arrullando a la nena que tenía en brazos, y haciéndole gestos simpáticos para tenerla tranquila. La chiquilla ya quería tomar también su leche y, al parecer, estaba soñolienta —, esta niña linda se llama Kikyō… no te duermas, Kikyō, que aún vas a comer… — le habló con ternura —; y la otra preciosidad es Ahome (le escribiré con H intermedia, para no confundirla con nuestra amiguita de la época actual).

Inuyasha estaba no muy lejos de ahí, aguzando las orejas para no perder detalle de lo que sus compañeros platicaban. De hecho se encontraban fuera de la vivienda de sus conocidos, para que Sango y las niñas tomaran un poco de aire fresco, pues ese día había sido especialmente caluroso. Entre los dos hombres habían sacado lentamente a las mujeres con todo y futón. El aroma de la lactancia tenía algo mareado al Hanyō, aunado al hecho de que no le hacía ninguna gracia ver a su joven amiga con… bueno, amamantando. Escuchó perfectamente lo dicho por el monje.

¿Oí bien, Miroku? — preguntó con fastidio, volteando a ver al de ojos azules. Su rostro reflejaba disgusto… —. ¿Kikyō y Ahome? — la cara de disgusto que habitualmente le gusta poner —. ¿Por qué precisamente esos nombres, eh?

Oh, vamos, Inuyasha — el aludido le dirigió a su vez una mirada algo dura… ahora resulta que no podían usar esos nombres para que el semidemonio no se molestara —, son unos nombres bonitos y especiales… no me lo podrás negar.

Muy bien Ahome, ahora va a comer Kikyō — muy a tiempo intervino la ex – exterminadora, atrayendo la atención de su marido —. Toma a Ahome, cariño, y hazla sacar aire porque comió mucho — le entregó suavemente a la pequeña, que parecía dormir satisfecha.

Su esposo le entregó delicadamente a la otra nena, a Kikyō, y levantó con cuidado a la bebé dormida, Ahome (imaginen el rollo para cambiar de niña). Y, ni tarda ni perezosa, la chiquilla se dispuso a tomar su alimento en el lado correspondiente, haciendo el mismo ruido de succión que su hermana, como si no hubiera comido desde que nació. Afortunadamente las mujeres contamos con lo necesario para alimentar dos bebés de un tiro.

¡Keh! — interrumpió por fin Inuyasha después del lapsus, porque había preferido desviar la mirada en cuanto el monje concentró toda su atención en su esposa —. ¿Es que acaso no pudieron pensar en otros nombres?

OK., Inuyasha, ponme toda tu atención y no me interrumpas — le contestó Miroku con un deje de seriedad, mientras levantaba a su pequeña Ahome y le frotaba tiernamente la espaldita —. Tanto a la señorita Aome como a la señorita Kikyō les debemos mucho, y quisimos honrar su recuerdo y su memoria, respectivamente.

Kikyō, te vas a ahogar — se escuchó el reproche tierno que Sango le dijo a su pequeña, acunándola con cariño entre sus brazos. Después le dirigió a su amigo de plateada cabellera una dulce mirada de afecto —. Inuyasha, deberías estar contento. Aome y Kikyō nos ayudaron de muchas maneras. Recuerda que Kikyō protegió a Kohaku, y Aome fue… es como una hermana para mí — puntualizó al final.

El aludido no respondió. Todo eso lo sabía muy bien, lo llevaba clavado en su memoria y en el corazón. ¡Cómo olvidarlo! Desvió nuevamente la mirada al sentir la de la castaña, y sólo dio un bufido por respuesta.

¿Qué es lo que te molesta tanto, tonto? — le espetó Shippou con coraje, fulminándolo con sus verdes pupilas —. ¿Qué hayan usado el nombre de tus dos amores?

Inuyasha golpeó rápidamente al zorrito, metiéndole un contundente coscorrón, y el pobre muchachito sólo alcanzó a… ver estrellas.

¡Ya cierra la bocota, chaparro del demonio! — le dijo al momento de agredirlo, con un gran signo de enojo palpitando en su frente. Después, como si no hubiera pasado nada, retornando a la calma y respirando hondo, miró nuevamente a sus amigos… bueno, evitó ver fijamente a Sango porque tenía a la nena en brazos —. Está bien… les agradezco que se hayan acordado de ellas — y decidió sobar "cariñosamente", a su modo, el chichón que le provocó a Shippou, arrancándole al pequeño zorro grandes lágrimas de dolor.

Fue en menos de diez minutos después de la charla que la pequeña Ahome eructó de satisfacción, como cualquier bebé que ha sido adecuadamente alimentado, y después se durmió tranquilamente, señal evidente de que todo estaba bien para ella. No así Kikyō, quien, antes de terminar su ración de leche, defecó en el pañal. Inuyasha y Shippou retrocedieron un poco más, tapándose la nariz y alejándose a una distancia prudente de sus amigos, mientras trataban de disimular una mueca de repugnancia en sus rostros.

¡Ay, Kikyō! — Sango reprendió suavemente a la bebé —, este no es el momento adecuado para ensuciarse — volvió la vista a su marido, al cual también le hubiera gustado escapar, pues lo que menos le agradaba de ser padre es tener que limpiar a sus niñas cuando hacían sus necesidades fisiológicas —. Cariño, acuesta a Ahome por favor, y dame un pañal limpio para cambiar a Kikyō — y apartó suavemente a la niña de su pecho, para cubrirse un poco con su túnica.

Oye… Sanguito, querida — le dijo Miroku en un susurro, después de acomodar a la nena dormida en el "portabebé" y de pasarle un pañal limpio —, ¿qué más me dijiste que comen las niñas… pastura? — e hizo un pequeño mohín de… asco, el cual no pasó desapercibido para su cónyuge.

Miroku, por favor, — la aludida lo miró con severidad mientras limpiaba a la pequeña, la cual también había caído en "brazos de Morfeo". Posteriormente, en una fracción de segundo, le entregaba enrollado el pañal sucio —, sólo toman leche, esto es normal para un bebé saludable.

La joven castaña vistió cuidadosamente a su niña, y su amado esposo la acomodó delicadamente junto a su hermanita. Ahora sí, Sango se colocó mejor la túnica para cubrirse, después de haberse aseado con un pañalito limpio la leche que le había escurrido por el pecho. A continuación, con mucho cariño, limpió también la boquita de las nenas, susurrándoles palabras dulces para no despertarlas, mirándolas con ojitos soñadores. Miroku mejor prefirió desviar la vista inocentemente a otro lado, en lo que su adorada mujercita se vestía de forma adecuada. "Me encantaría… tomar un sorbito de leche" concibió en sus adentros, sonrojándose levemente ante sus pensamientos subidos de tono, mientras su esposa se estiraba un poco; el pecho de la castaña había aumentado de volumen por el periodo, lo que le originaba al calenturiento monje… mejor no entraré en detalles.

En esos días la joven mujer aún no se había levantado sola del todo, pues, a pesar de tener gran fortaleza por el entrenamiento tan pesado que realizó cuando era yōkai taijiya, debía extremar cuidados por la cuarentena. Por supuesto que su amante esposo le ayudaba en muchas cosas, y era gustosamente auxiliado por Kohaku, su cuñadito, y por Lin, la pequeña protegida de Sesshōmaru. Por cierto que los muchachitos se habían ido la noche anterior con el aludido Daiyōkai, y probablemente regresarían en dos días. Así que Miroku le daba a Sango muchas más atenciones de las requeridas… aunque se ganó un buen bofetón y una mirada asesina cuando la ayudó a bañarse la primera vez, y quiso pasarse de "solícito y caballeroso".

¡Miroku, contrólate por favor! — le dijo ella bastante enfadada después de cachetearlo, cubriendo con una toalla su, por el momento, más prominente anatomía —. ¿Qué no entiendes que aún no se puede… nada de nada? — y la furia le brotaba por los poros de su lindo cuerpecito, como si de un momento a otro fuera a transformarse en un yōkai.

¡Pobre Miroku, tanta carne y él a dieta rigurosa!

Por cierto, Sango, ¿a qué sabe la leche? — preguntó Shippou con curiosidad acercándose a la castaña, sacando al ojiazul de sus ensoñaciones. Inuyasha también había decidido aproximarse al comprobar que ya había pasado "el oloroso tormento" —. ¿Puedo probar?

Un signo de enfado brotó en la frente del joven monje, y esta vez fue él quien golpeó al kitsune en la cabeza. Al pobre le brotaron lágrimas una vez más, y miró con enojo a su amigo.

¡Miroku!, ¿por qué me pegas? — lloriqueó muy fuerte —. ¡Eso me dolió mucho!

¡Shippou, no te aproveches por verte como niño! — el aludido lo fulminó con la mirada.

¡Keh! — soltó Inuyasha, lanzándole también al kitsune una mirada de reproche —. Se hace el inocente, pero a este enano le gusta ver y tocar de más.

Sango les dedicó a ambos hombres un gesto de severidad, y abrazó a Shippou con cariño, apretándolo fuertemente contra su pecho. El zorrito se ruborizó en exceso, porque en realidad no pretendía terminar en esa incómoda posición.

Miroku… Inuyasha… no sean abusivos con Shippou — les dijo mientras casi ahoga a pequeño en su abrazo.

Bueno… su marido puso cara de resignación soltando un suspiro, al envidiar un poco la suerte que en ese momento estaba con el chicuelo zorro, y el Hanyō sólo bufó con irritación, pues a él le importa poco si Sango consiente a Shippou en las narices de Miroku. Si fuera Aome… las cosas serían diferentes, porque ya habría mandado muy lejos al minúsculo zorro insolente.

Aparte de toda la atención y cuidados, la anciana Kaede le había preparado a Sango una crema especial para ayudarle a recuperar más pronto su esbelta figura… aunque tal vez algunas cosas ya no volvieran a ser como antes, porque dicen que la cadera se ensancha más después del primer hijo, en un parto normal (¿más?). Obvio, el aroma de las hierbas medicinales, combinado con el de la lactancia, no era un olor grato para el sensible olfato de Inuyasha, quien se había apartado un poco de sus amigos, por eso y por otros recuerdos que aun le atormentaban.

Y, no suficiente con todo, en la más sincera opinión del Hanyō, ahora le parecía que su amiga castaña era una desinhibida e impúdica, pues, ni bien lloraban las niñas de hambre, luego se destapaba. Eso le había provocado pensar intensamente en Aome… alimentando tiernamente a un bebé muy parecido a él, al modo en que lo hacía Sango con sus hijas. "¡Keh! No pienses en eso" se decía a sí mismo con dureza, tratando de disimular su sonrojo mientras se alejaba precipitadamente. Pero no es que la ex-exterminadora se "desnudara" como si nada, pues, de hecho, al principio hasta le había dado vergüenza hacerlo frente a su marido, conocedora de lo "ojialegre" que es su cónyuge. Pero, al final, se impuso el instinto maternal. Por supuesto que para el experto ojo de Miroku, aquella actitud de su amigo de plateada cabellera no pasó desapercibida.

Dime una cosa, Inuyasha — lo interrogó un día mientras se dedicaba a lavar los pañales sucios, después de bañar a las nenas. Ahora sus mujeres tomaban una siesta vespertina, pues las pequeñas habían hecho gran alboroto a pesar de su tierna edad —, ¿acaso Sango te hizo algo que ya no quieres ni verla?

Inuyasha se encontraba a una distancia prudente, por el aroma, aunque en realidad todos sabemos que lo que hacen los recién nacidos no huele tan mal… a menos que estén enfermos. El Hanyō le lanzó al monje una mirada de enojo antes de dignarse a responder.

¡Keh! Eso no es algo que te importe — le espetó con brusquedad, volviendo a mirar a la lejanía, preguntándose porque diablos había pensado en visitar a sus camaradas, si lo que quería era guardar su distancia en esos momentos.

La mirada de Miroku se hizo más escrutadora, dejando momentáneamente de lavar.

Esos modales, muchachito — le recriminó —. A la señorita Aome no le agradaría que sigas siendo un grosero y descortés.

¡No menciones el nombre de Aome! — al semidemonio le rechinaron los dientes con coraje —. ¡Ella no está aquí para decirme nada!

Pero bien que te gustaría aunque te mandara al suelo… — puntualizó Miroku tratando de no perder la calma. Retornó a su quehacer —. Entonces, ¿me vas a decir cuál es la razón de tu resentimiento para con mi mujer? — agregó con calma, recordando su cuestionamiento inicial —. Que yo sepa, ella no ha hecho nada que pueda incomodarte y, si alguna vez se llevaron mal, fue hace mucho tiempo, así que ya no hay razón para seguir molestos.

¡Keh! No es eso, es que… — el de plateados cabellos tartamudeó sin saber que decir, olvidándose de su enfado, pues las razones de su conducta eran bastante vergonzosas hasta para él… se le hacían ridículas. Se sonrojó un poco antes de continuar —… creo que tú entiendes.

Pues no, no te entiendo nada — el ojiazul lo miró expectante —. Explícate.

¡Mierda! ¡No te hagas el ingenuo porque aquí el pervertido eres tú, Miroku! — le espetó mientras enrojecía más, visiblemente airado —. ¡Por ustedes dos he tenido pensamientos cochambrosos!

¡Ahora resulta que Sango y yo tenemos la culpa de tus deseos ocultos, Inuyasha! — Miroku le lanzó una mirada enojada, interrumpiéndose nuevamente en su labor —. ¡Pero claro que me di cuenta de lo que te pasa! — y lo enfrentó con severidad —. No deberías comportarte así, la lactancia es lo más natural de una mujer que acaba de ser madre.

¡Keh! ¿Natural? — Inuyasha cuestionó con un poco de ironía, sin que le bajara el bochorno, más al contrario, el tono de su piel pasó a rojo rubí —. ¡Le pegaste tus indecencias a tu mujer!

¡Inuyasha, que gracioso eres! — ahora Miroku se carcajeó sonoramente ante el sonrojo excesivo de su amigo, y luego lo miró con picardía mientras se tranquilizaba —. Confiésalo ya, es mejor que saques lo que tienes en tu interior. Y créeme que te sentirás en paz.

¡Keh! Mis cosas son mis cosas — puntualizó el Hanyō y se cruzó de brazos, volviendo a su aire de siempre —, y no tengo porque andarlas contando, mucho menos a un monje tan charlatán como tú.

Como quieras — el ojiazul se encogió de hombros por un segundo, restándole importancia al asunto, porque sabía que tarde o temprano el semidemonio buscaría desahogarse. Volvió a su importante misión —. Lo que sí me desagradaría mucho es que sigas ignorando a mi esposa, por no sincerarte como es debido — ahora su mirada se hizo escrutadora una vez más, pues ese era el punto que sí le incomodaba —. Bien sabes que Sango te estima demasiado.

¡Keh! Ya está bueno de tus sermones, Miroku — el de doradas pupilas contestó con fastidio —. Te diré lo que quieres oír, pero ni sueñes que me he vuelto como tú — inhaló con fuerza para proseguir de corrido antes de que se arrepintiera —. Me da náuseas el aroma de esa crema que le preparó la anciana Kaede, me da náuseas el aroma de la leche y… he pensado en Aome cada vez que… — se volvió a sonrojar y farfulló un poco… era tan difícil decirlo — está alimentando a las niñas porque… pero no creas que es por… yo no he visto nada más…

Tranquilo, Inuyasha, respira hondo — Miroku lo seguía observando detenidamente mientras terminaba de lavar los pañales.

Bueno… — el de larga y plateada cabellera respiró hondo una vez más —… porque pienso que Aome se verá muy bien cuando tengamos un hijo y ella… lo alimente — lo dijo atropelladamente y luego desvió la mirada ambarina del rostro de su amigo, aún apenado por lo que dijo.

Miroku parpadeó un poco ante las palabras de su amigo, y después… se echó a reír por segunda ocasión, tan fuerte que casi se ahoga.

¿Sólo por eso? — lágrimas caían por las azules pupilas, mientras el Hanyō cambiaba su expresión de atontado por una de irritación, ofendido por semejante reacción —. ¡Inuyasha, por favor!

Miroku… si te causa gracia… — le espetó con enfado al monje.

Perdón, no quise ofenderte… — el aludido respiró hondo para serenarse, y habló más tranquilo —. Inuyasha, amigo, el que pienses en lo linda que se vería la señorita Aome cuando tenga un hijo, así como mi Sango se ve hermosa en su faceta maternal, no es para avergonzarse. De hecho… — y su mirada brilló pervertida ante la evocación de la figura de su amada esposa —… me encanta; ya hasta quisiera ser bebé otra vez, para que me alimente… bien.

¡Keh! Enfermo… cierra la boca y no empieces de nuevo con tus manías — le dijo el Hanyō con hastío al tiempo que le recorría un escalofrío por la espalda ante la expresión del mañoso monje —. Me parece que tus hijas no te dejan realizar tus impulsos perversos, ¿verdad? — y miró a su amigo con burla en lo que su tono se hizo sarcástico.

Muy gracioso, Inuyasha — ahora el ofendido fue el monje, recomponiendo una mueca de circunspecto —. Sabes que aún no termina la cuarentena… ¡Apenas van 20 días! — para después cambiarla por una de visible desesperación, señal inequívoca de lo traumado que estaba por no darle rienda suelta a sus exacerbadas pasiones —. Las nenas son tan lindas, pero Sango por ellas se pone a veces de un humor… de perros.

¡Keh! Ya te dije que no me des detalles de tus indecencias… — le espetó nuevamente Inuyasha, recuperando el gesto hosco y cruzándose nuevamente de brazos —. Pero eso te pasa por ser tan avorazado. Y encima, no conforme con lo que ya tienes, quieres más. ¿Qué clase de monje eres, eh? Debería darte vergüenza — y le regañó como si fuera un niño chiquito —. Además… — volvió a levantar la voz para reclamarle —, ¿a quién le llamaste perro?

Y así… pasó el tiempo.

Entre llantos al parecer interminables, bastantes malas noches y unos buenos bofetones para el marido manolarga… porque a veces se le iba de más la "mano maldita" (mmm… eso era pretexto XD), los ansiados cuarenta días llegaron. Y las mujeres del monje al fin se tranquilizaron. Las nenas ya habían adquirido un horario casi estable para comer y dormir, así que las actividades diarias podían planearse mejor. La única que podría considerarse como una salvedad era la mamá. Claro que Sango estaba de mejor humor con Miroku… la maternidad le sentó de maravilla. Ya se movía como si nada le hubiera ocurrido y recuperó la linda y atractiva figura de tiempo atrás. Bueno, el pecho… todavía estaba en periodo de lactancia, cosa que a su amado marido le fascinaba en extremo (más detalles, consulten su imaginación… XD). Ella lo besaba y abrazaba con más frecuencia que antes, consintiéndole algunos cariños de los que a él más le gustaban. Así que el mañoso monje se sentía en las nubes. Lo que si no le permitió fueron los mismos excesos de al principio del matrimonio, pues Sango no pensaba embarazarse pronto aunque Miroku insistiera en ello… ¿cuántos hijos pensaba tener? Si él fuera el preñado, tal vez lo pensaría mejor.

Las nenas son tan bonitas que tenemos que repetirlo — le insinuó cuando las gemelas estaban por cumplir dos meses de nacidas, y se ganó una reprimenda mayúscula por parte de ella, por andar de indiscreto, hablando sus intimidades delante de todos.

Inuyasha, Shippou y Kohaku, quien todavía vivía con sus parientes, se abstuvieron de opinar y prefirieron abandonar la habitación y salir de la cabaña. El Hanyō tampoco se aguantó las ganas de reprocharle al ojiazul por su inconsciencia… aunque en realidad lo hizo por la comida, pues ese día se quedaron sin comer temprano porque la castaña terminó bastante encabritada con su esposo. En fin, Miroku tuvo que controlarse en cuanto Sango le indicaba, con una gélida mirada parecida a la de cierto Daiyōkai conocido, que no volviera a tocar el tema para no acabar durmiendo afuera con el perro… (¿A cuál perro se refería?).

En cuanto al trabajo… Los servicios de exterminio de monstruos y demonios eran aún solicitados, en aldeas algo alejadas de la región donde ellos habitaban. Aunque el joven monje no terminó el entrenamiento para incrementar sus energías espirituales, sí había aumentado bastante su poder, y casi estaba preparado para tener discípulos bajo su cuidado. A pesar de ya no contar con el "Kaazana", el agujero negro producto de la maldición de Naraku hacia sus antecesores, sus técnicas de aniquilación y exorcismo eran muy efectivas. Kohaku iba con él constantemente, para sentirse apoyado y progresar en el manejo de las técnicas de yōkai taijiya, las cuales todavía no dominaba del todo.

Shippou volvió a la escuela donde iban los zorritos mágicos a tomar lecciones de control de magia zorruna, para obtener elevados grados y así llegar a ser considerado maestro entre los suyos. En tanto Inuyasha prefería evitar la fatiga, y llegó a alejarse hasta por una semana de la aldea, para ir a cazar "mejores monstruos" en su opinión. En una de sus travesías, acercándose a la región Oeste, se enteró de que Koga, el comandante en jefe de los lobos demonio, sería feliz padre. La noticia le causó gracia y decidió ir a visitar al Sarnoso para enterarse de los detalles.

Así que, despidiéndose de sus amigos cuando las nenas ya tenían un poco más de dos meses, tomó rumbo a la región, la cual se encontraba aproximadamente a dos días de camino de su aldea.

Adiós, Inuyasha, no olvides darle nuestros saludos a Koga y a Ayame — le dijo una sonriente Sango al despedirse de él.

Te esperamos, no te vayas a tardar mucho para no preocuparnos — se despidió Miroku, tan sonriente como su amada.

Cada uno de los cónyuges llevaba a una nena en brazos. Las gemelas estaban muy calmaditas, como si de un momento a otro se fueran a dormir.

¡Keh! No tienes que preocuparte, Miroku, nada malo pueden hacerme los lobos. Y más les vale que no me provoquen — dijo Inuyasha en tono cortante, tronando disimuladamente una de sus garras. Los gestos de sus amigos fueron de resignación por una fracción de segundo… ese Hanyō no había dejado de ser un orgulloso —. Tú pórtate bien, eso es lo que debes hacer — y miró fijamente al monje, de forma escrutadora por instante.

Yo siempre — contestó el aludido haciendo mohín de ofendido, mientras su esposa le dirigió una breve mirada significativa y ponía los ojos en blanco durante un momento. En un santiamén Kikyō, que es la nena que Miroku llevaba en brazos, empezó a llorar… de hambre —. Oh, creo que es la hora de la comida — exclamó en un susurro y arrulló a la bebé, para después mirar cariñosamente a su consorte —. Bien, Sanguito querida, es mejor que tomes a Kikyō y me des a Ahome.

Inuyasha decidió emprender carrera y alejarse presuroso, pues Sango agarró a la nena llorona entre sus brazos mientras se preparaba para… cumplirle su capricho.

En el tiempo indicado llegó al lugar que ahora era habitado por Koga y sus manadas. Se dio tiempo de observar con más detalle el terreno, subido a una colina alta, preguntándose cuál podría ser el área más "privilegiada" de la comarca, en donde se supone tendría que "estar" el Gran Señor de esas tierras, el heredero de su padre Inu no Taishō… su medio hermano Sesshōmaru. La región le parecía tan común como la zona donde habitaba, así que no encontraba la diferencia entre vivir en un lugar o en otro. Pronto localizó la guarida de los lobos, pues su olfato detectó el pestilente aroma, y hacia allá se encaminó. A la lejanía divisó a varios jóvenes lobos haciendo guardia, y distinguió a Guinta y Hakkaku entre la multitud. "Espero que no quieran ponerse pesados" pensó algo divertido… no estaría mal estirarse un poco, poniéndole a alguno de esos jovencitos unos buenos moquetazos.

Alto — le dijo uno de los lobos en cuanto estuvo más cerca, poniéndose a la defensiva —. ¿Qué te trae por aquí, híbrido? No te conocemos y no eres bienvenido en nuestro hábitat.

¡Keh! Vengo a ver a tu comandante — le contestó fulminándolo con la mirada, porque no le gustó nadita que le dijera "híbrido" en ese tono poco amable —. Esos dos ya saben quien soy — señaló a Guinta y Hakkaku.

Oye, Guinta, aquí hay un híbrido que dice conocer a Hakkaku y a ti — el lobo guardián le habló a su compañero, sin dejar de vigilar a nuestro amigo de plateada cabellera.

¡Es Inuyasha! — Guinta se había acercado más al escuchar su nombre, y se sorprendió al distinguir la presencia del malencarado semidemonio —. ¿A qué has venido, Inuyasha? — le saludó amablemente.

¡A qué más, tarado! — le espetó Hakkaku al tiempo que le soltaba un zape. Se había acercado también siguiendo a su colega —, a felicitar a Koga por el gran acontecimiento.

¡Keh! No confundan — contestó "amablemente" el aludido, sin cambiar el gesto hosco —. Es sólo curiosidad la que me trajo aquí.

Guinta se sobó el chichón, fulminando a Hakkaku con la mirada.

Bueno… — dudó un poco el joven lobo de peinado punk, haciendo caso omiso del enfado de su compañero y a la expresión de los otros, que veían al Hanyō con cara de pocos amigos —… Koga no ha estado de buen humor en estos días, no creo que quiera recibir visitas.

Eso a mí no me importa — el de plateados cabellos rezongó de malos modos, como si a él le preocupara la opinión de un Ōkami.

En ese momento…

¡Bestia! — el grito de Koga sacó a todos de concentración, e hizo que Inuyasha fijara la doradas pupilas en esa silueta.

Ahí estaba el lobo Sarnoso, como siempre con porte arrogante y ese gesto de… un momento, ¿esa cara era de angustia? ¿Qué significaba?

Oye, Sarnoso… — le iba a preguntar nuestro amigo, pero el movimiento que Koga hizo a continuación le tomó por sorpresa, y puso cara de perplejidad en cuanto el lobo lo arrastró como si fuera un muñeco.

¡Sólo tú puedes ayudarme, Bestia! — el Ōkami se abalanzó sobre Hanyō, tan veloz como un rayo, jalándole por la Hitoe y alejándose con él de la madriguera —. ¡Díganle a mi mujer que no tardo, y que no me busque! — les indicó rápidamente a los jóvenes lobos, los cuales se quedaron con la boca abierta ante la sorpresiva actitud de su Comandante.

Esto era algo fuera de lo común para Inuyasha. ¿Así que el comandante del clan lobuno necesitaba… su ayuda? Por cinco minutos no supo ni que decir, y mucho menos que hacer, resignándose a ser llevado de esa forma. El Ōkami se detuvo al fin en un bosque cercano, y lo soltó con brusquedad, dejándolo caer al suelo. Inuyasha se levantó con prontitud y acomodó la camisa, fulminando al lobo con sus ambarinos ojos.

¡Sarnoso!, ¿me puedes explicar qué diablos te pasa? — le espetó con enfado.

¡Bestia, estoy desesperado! — lo sacudió de los hombros al tiempo que le lanzaba una mirada suplicante —. ¡Tienes que ayudarme, por favor! — para soltarlo y apartarse un poco, sin cambiar el gesto angustiado.

De verdad que la actitud de Koga era para extrañarse.

Oye, Sarnoso… — ahora lo miró dudoso, pues el lobo parecía a punto de llorar — ¿Se puede saber que…?

¡Bestia!, ¿cómo pasó? — lo interrumpió sacudiéndolo otra vez —. ¡No entiendo! — lo soltó una vez más y se golpeó la frente él solo —. ¡Aún no estoy preparado!

¡Keh! — Inuyasha se recuperó un poco y volvió a su tono habitual —. ¡Pues tenía que pasar, por algo tienes una hembra para reproducirte!

Koga detuvo sus golpes y le lanzó a Inuyasha una mirada enojada.

No tienes porque recordármelo así, animal.

Pues no sé porque me pides que te ayude, torpe — le contestó de malos modos —. No querrás que yo los cuide… yo no los hice.

El Ōkami lo golpeó en la cabezota con el puño cerrado, con un signo de enojo en la frente.

¡Más respeto, Bestia indecente! — le dijo con furia —. ¡No quieras pasarte de listo con mi esposa!

¡Keh! — le espetó el Hanyō con enfado, al tiempo que se sobaba — ¡No me interesa cuidar Sarnositos ni meterme con una loba, menos con una casada! No seré el niñero para tus hijos — más suavizo la voz para continuar hablando —. Pero ya, en serio, Sarnoso, ¿no me digas que no sabías que esto ocurriría? — y ahora lo miró con un poco de burla.

Bueno… — tartamudeó Koga y cambió su expresión de enojo por una de vergüenza, enrojeciendo como un tomate — es que yo…

La expresión del de dorados ojos fue de incredulidad, y le brotó una gotita anime en su frentecita.

Sarnoso, por favor — le dijo en tono de perplejidad —, ¿eres o te haces ignorante?

Es que… — el lobo tartamudeaba aún — lo que pasa es que… ella me engatusó…

Inuyasha se azotó de la impresión, y después, levantándose presuroso, le gritó a Koga con irritación:

¡SARNOSO, NO ME CABE DUDA DE QUE ERES… TARADO!

Y el comandante lobuno… se echó a llorar como niño, paralizando al Hanyō, que había estado dispuesto a golpearlo también en la cabezota, para desquitarse por el golpe recibido.

¡No sé que hacer, Bestia! ¡Estoy desesperado! — dijo Koga con verdadera angustia.

… — el semidemonio no atinó a contestar nada, únicamente recuperó la calma y miró al lobo con una mirada que podría interpretarse como compasiva.

¿Cómo ayudar a ese lobo, a quien internamente consideraba también un amigo? Por el momento, lo mejor era permitirle al Ōkami que se desahogara.

Tranquilo Koga — le palmeó amablemente la espalda mientras el lobo seguía sollozando como criaturita —, todo se arreglará. Y, si te sirve de algo, puedo escuchar tu versión de los hechos.

Bueno… — dijo Koga tratando de recuperar la calma —… lo que pasa es que hace dos meses…

********** Un largo Flash Back **********

Nadie podría decir que el matrimonio era un sufrimiento. En tres meses de feliz unión, Koga se lo pasaba de maravilla. Ayame es muy tierna y amorosa, el Ōkami no se podía quejar. Aunque debía ser muy precavido para ciertas cosas, pues es importante que el Comandante esté siempre alerta y al pendiente de la manada. Es por ello que aún no se podía dar el lujo de pensar en descendencia. Sin embargo su esposa no era de la misma idea, pues ella sí pensaba en tiernos lobeznos a su alrededor. Así que se emplearía a fondo para convencer a su amado lobo.

Una noche, cuando Koga y los muchachos regresaban de una cacería nocturna, Ayame recibió a su adorado esposo con los brazos abiertos y una sonrisa coqueta. Había cambiado su armadura por una túnica sutil en suave caída, y llevaba la pelirroja cabellera suelta, pero bien peinada. En la manada no había demasiadas hembras tan atrayentes como ella, y pocos lobos estaban casados o comprometidos. Una razón para envidiar un poco más la buena suerte del Comandante.

¡Querido Koga! — le dijo en cuanto se abalanzó sobre él y le dio un tierno beso en los labios, mirándolo pícaramente con sus lindos ojos verdes —. ¡Ya te esperaba!

Al Ōkami le daba algo de penita, pues no quería que sus muchachos hicieran chistes a sus costillas por dejarse llevar… por sus pasiones animales. Pero el instinto le ganó, y más tarde… fue así. ¡Cómo resistirse a los encantos de su esposa! Y los resultados… no se hicieron esperar.

A los dos meses de esa noche de pasión desenfrenada (también Koga es un "macho" como Miroku), Ayame lo recibió nuevamente en la noche con un banquete por todo lo alto: un suculento jabalí y otras carnes, manjares preciados para los lobos.

Koga, que suertudo eres — le dijo Guinta con resignación al oler los exquisitos platillos, mientras la loba volvía a abrazar al líder con efusividad.

Y… — dijo Koga después de corresponder el abrazo —… ¿a qué se debe el honor, Ayame? — mirando tiernamente a su esposa.

Adelante, querido — dijo ella tomándolo del brazo, sonriéndole con coquetería —. En cuanto cenes te daré una gran noticia.

"¡Que envidia!" pensaron todos los jóvenes en cuanto el Comandante se retiró a sus aposentos, llevando a su esposa en un abrazo delicado. Y como buen animal… comió como bestia. Satisfecha su hambre volvió a ver a su querida esposa con cariño.

Y bien, ¿cuál es la gran noticia que tenías que decirme? — preguntó mientras se relamía los labios, aún saboreando lo que cenó.

¡Seremos padres! — ella le sonrió y lo abrazó una vez más —. ¿No es una maravillosa noticia, Koga?

Koga parpadeó asombrado, y después se levantó algo precipitado, soltando a Ayame.

¡¿QUÉ? — gritó por todo lo alto —. ¡¿CÓMO?

¿Cómo que cómo? — le dijo su esposa con enfado, levantándose también —. ¡YA SABES CÓMO!

¿Sucede algo? — habló Hakkaku desde afuera, tratando de asomarse —. Oímos gritos.

¡NADA QUÉ TE IMPORTE! — dijeron al unísono los dos cónyuges, haciendo que el joven lobo se retirara asustado, con el rabo entre las piernas.

Ayame enfrentó a Koga una vez más, en cuanto Hakkaku se fue.

¿Piensas negármelo acaso? — le dijo, y después… su verde mirada se entristeció.

¡Me engatusaste ese día! — le soltó el lobo con enojo —. ¡No estoy listo para esto!

La pobre loba blanca se echó a llorar desconsolada, ocultando su lindo rostro entre sus manos, dejándose caer pesadamente al suelo, arrodillándose sobre una piel de jabalí que tenían como alfombra.

¡Ya veo que sólo has jugado conmigo! — sollozó —. ¡Me has utilizado para satisfacerte, y ni siquiera te importan mis sentimientos!

Koga se sintió como un Naraku cualquiera al ver llorar a esa linda criatura que siempre lo ha amado, y no pudo ocultar una expresión apesadumbrada por el doloroso reproche.

No… Ayame… no llores… — se acercó mirándola nuevamente con ternura —. Lo que pasa es que… — se agachó y la abrazó con cuidado. La pelirroja continuaba gimiendo —… es algo… inesperado.

Su esposa no le contestó… se sentía tan triste, y en cada lágrima sacaba su pena. El lobo pensó que se estaba comportando como el más miserable de los maridos.

Ayame… amorcito… — tenía que admitirlo, pues en realidad era de esperarse —… no llores más, por favor. Yo haré lo que sea necesario… sólo que… es difícil.

La pelirroja levantó la verde mirada, y le dedicó una tímida y amorosa sonrisa, aunque en sus lindos ojos tenían lágrimas todavía.

Oh, Koga, ya verás que todo saldrá bien — le dijo, y también lo abrazó, colgándosele del cuello —. Entre los dos será más fácil.

Y ya más tranquilos, se besaron con amor. Así que Koga buscó la mejor manera de compensar su mala conducta ante su querida y amada Ayame.

********** Fin de Flash Back **********

"Ayame utilizó sus lágrimas de cocodrilo" pensó Inuyasha con diversión, en cuanto Koga terminó con su relato.

Dime una cosa, Bestia — le preguntó el Ōkami con más tranquilidad, respirando profundamente. Al parecer si necesitaba desahogarse —, ¿conoces algo sobre bebés?

Pues… — el aludido miraba al lobo con una mezcla de comprensión, compasión y… un poco de burla —… tal vez no sea lo mismo, pero creo que Miroku podría darte unos consejos.

¡Es cierto! — el Comandante lobuno pareció reaccionar ante esas palabras, y se levantó —. ¿Por qué no me acorde del monje? — y, tomando nuevamente al Hanyō de la Hitoe, se encaminó velozmente hacia la aldea de la anciana Kaede —. ¡Pronto, Bestia!, ¿qué estamos esperando?

¡Sarnoso, son dos días de camino! — le gritó Inuyasha, pero Koga no disminuyó la velocidad.

Nota: leí en la "Wiki" que Hitoe es la prenda que lleva Inuyasha sobre la camisa. Nota cultural, por nada.