"Imbécil" pensó Loras cuando la Montaña destruyó el hermoso cráneo de Oberyn.
Un desperdicio, un total desperdicio, un hombre como Oberyn muerto por defender al enano, lo hermoso muriendo por lo grotesco, no tenía sentido.
En la privacidad de sus habitaciones pudo llorar de rabia, de odio, de dolor, de nuevo perdía un amante, primero su rey, su adorado Renly, ahora la víbora, ¿por qué?, había planeado sugerir a la reina enviarlo a Dorne a cuidar de la princesa Myrcella, todo para estar cerca de Oberyn, para seguir probando el veneno que le paralizaba.
Pero estaba muerto, muerto por vengar a personas enterradas hacía tiempo, ¿de qué iba a servir eso?, ¿acaso las traería a la vida?, claro que no, y Oberyn lo sabía, lo había hecho por orgullo, por, supuestamente, defender su Casa, "Nunca doblegado, nunca roto", pensó Loras, entre sus lágrimas "díganle eso a la cabeza de Oberyn Martell, a su cuerpo, a mi corazón".
