Capítulo 15 parte 2
Continuamos… ¿en dónde nos quedamos? ¡Ah, ya me acorde!... ¡Córrela!
En las cercanías de la guarida de los lobos, ubicada ahora en la región Oeste, atravesando un tupido bosque, se veían a dos seres en una alocada carrera. Uno de ellos era arrastrado por el otro.
¡Ya párate, Sarnoso, escúchame! — le gritó Inuyasha a Koga, tratando de librarse de su agarre.
¡Ay, Bestia, cómo fastidias! — el lobo se frenó y lo soltó —. ¿Qué diablos quieres ahora?
Sarnoso… son dos días de camino — le espetó el Hanyō sacudiéndose la Hitoe y tratando de acomodársela adecuadamente —. ¿Qué va a pensar tu hembra? Además… — ahora lo miró enfadado —… no esperabas llevarme así como si nada, no soy muñeco — y terminó de arreglarse.
OK. Bestia, lo siento — el Ōkami pareció un tanto apenado y le dio a su acompañante unas palmadas "cariñosas" en el hombro —. Creo que me dejé llevar. Pero no te apures porque llegaremos en menos tiempo del que tú dices… conozco un atajo — agregó con aire de suficiencia.
¿En serio? — el semidemonio preguntó con énfasis de duda.
¡Claro! — afirmó el de larga y negra melena —. Confía en mí, conozco bien mis dominios — y nuevamente tomó carrera —. ¡Sígueme!
Oye… ¿y que va a decir Ayame? — preguntó Inuyasha mientras él también tomaba velocidad.
Tú no te apures por eso, Bestia — le puntualizó Koga —. Mis muchachos sabrán explicarle que me fui contigo.
Ni bien habían trotado unos cinco minutos cuando el Hanyō recordó algo…
Por cierto, Sarnoso — dijo Inuyasha, esa duda le cruzaba el pensamiento cuando atravesaban por una zona de pequeñas colinas —, ¿en dónde se supone que "habita" el verdadero "dueño" de estas tierras, Sesshōmaru?
Koga lo miró con enfado, y habló sin detener su carrera.
No lo sé — contestó un poco molesto —. Lo único que si puedo decirte es que no es en tierra.
¿Por qué dices eso? — el semidemonio de plateada cabellera se asombró un poco por esa información.
Su olor se pierde en el aire — le dijo el lobo con parquedad, para después volver la vista al Hanyō —. ¿Acaso tú no lo sabes? — preguntó en tono un poco burlón —. Es tu hermano después de todo.
¡Keh! — le respondió de mal modo —. "Medio Hermano", no confundas — le puntualizó con énfasis, casi al instante de rechinar los dientes con rabia —. Y no es que me interese… sólo es curiosidad — agregó burlonamente —. Porque aquí no parece la gran cosa comparada con el Este.
Bueno… pregúntale en cuanto lo veas — comentó el Ōkami, divertido de la actitud del Hanyō; sabía que primero se moría antes que preguntarle algo a su hermano Daiyōkai —. Mira… vamos por aquí.
Continuaron su travesía, atravesando un bosque por el que Inuyasha no recordaba haber pasado. En el camino les dio hambre, así que se vieron en la necesidad de cazar algún jabalí para saciar el crujir de sus estómagos. Koga mostró sus dotes de cazador, dejando a Inuyasha asombrado y asqueado de su salvajismo.
¡Jah, Bestia, eres un "perrito" domesticado! — le dijo Koga en tono altanero y socarrón, mientras se relamía la sangre de la garra después de tan suculento banquetazo.
¡Keh! — le espetó Inuyasha sin disimular su desagrado ante esa visión. El de dorados ojos se había tomado la "delicadeza" de asar su porción de jabalí —. Lo que pasa es que no puedes dejar de ser… Sarnoso.
A eso se llama instinto, Bestia — le sonrió abiertamente el lobo.
En menos de lo esperado llegaron a la región Este, aproximadamente al atardecer, después de día y medio de camino.
Bien, Sarnoso — le dijo Inuyasha con calma, disminuyendo un poco la velocidad de su carrera al acercarse a la aldea —, primero entraré yo para…
Pero Koga no se detuvo e irrumpió en el poblado, levantando polvo como es su costumbre, hasta llegar directamente a la cabaña de Sango y Miroku, cruzando la puerta sin saludar. Inuyasha alcanzó a hacer una mueca de escepticismo, con la típica gotita anime para representar su bochorno ante la situación fuera de su control, y volvió a acelerar el paso para alcanzarlo. Muy cerca de ahí se encontraban Lin y Kohaku, junto con otros niños, Shippou y Kirara, jugando en las orillas del río, y advirtieron el alboroto armado por el Ōkami a su llegada, e inmediatamente… al Hanyō detrás del lobo demonio.
¿Qué no ese señor es el lobito? — preguntó Lin asombrada en cuanto distinguieron que se acercaba.
Los lobos son tan egocéntricos — dijo Shippou en tono de fastidio, y todos cerraron los ojos ante la polvareda levantada por Koga.
Unos segundos después…
¿Ese es el señor Inuyasha? — señaló Kohaku mientras tosía.
Si — afirmó el kitsune, sacudiéndose prontamente para quitarse la arena de la ropa —. ¿A qué habrá traído a Koga?
Los tres se levantaron seguidos por Kirara, y corrieron para tratar de alcanzarlos, mientras los otros niños se fueron precipitadamente a sus respectivas casas, un poco asustados por la presencia del yōkai lobuno. Al momento de presentarse el Ōkami en la cabaña que se encontraba cerca del arroyo…
¡Hoshi! — gritó Koga, quien ahora sí se frenó del todo… y se quedó con la bocota abierta.
Los cónyuges se encontraban… mmm… bueno… Sango amamantaba a la pequeña Kikyō y Miroku mecía cariñosamente a Ahome. Los dos estaban sentados muy juntos cerca del fogón. Al ver al lobo entrar de esa manera, ambos esposos por poco brincan del susto. El hocico de Koga se abrió más al ver a las pequeñas criaturas y a la mujer del monje… exhibiendo más carne. Si ya de por sí siempre había pensado en ella como un manjar exquisito, ahora con dos crías… un soberbio platillo para los dioses. Miroku había notado el hambre en los azules ojos del lobo y se había acercado protectoramente a Sango, pues no permitiría que un yōkai hambriento dañara a sus mujeres. Fue en ese momento cuando… ¡PAF!, un golpazo en pleno cráneo hizo reaccionar al Ōkami.
¡Sarnoso inútil! — le dijo Inuyasha al golpearlo con el puño cerrado, teniendo un signo de enfado en la sien —. ¡Te dije que me esperaras!
¡Bestia idiota! — le gruñó Koga sobándose el chichón, fulminándolo con la mirada por haberse atrevido a dañarlo de esa forma —. Eres un… — más algo lo hizo callar.
Inuyasha… Koga… ¡¿Me pueden explicar qué hacen en mi casa? — la presencia maligna de Miroku se hizo visiblemente notoria como pocas veces, tan notoria como las de su amada esposa cuando se enoja, y eso consiguió que los dos aludidos animales se abrazaran asustados.
El grito del ojiazul provocó que sus pequeñas gemelas rompieran en lloriqueos.
¡Tranquilas mis nenas! — Sango trató de serenarlas hablándoles dulcemente, arrullando a Kikyō entre sus brazos y disimulando su desesperación por la embarazosa circunstancia en la que se encontraba, sin poder cubrirse del todo el pecho… consiguiendo destaparse más.
¡FUERA! — Miroku se enderezó de su posición, echando chispas por las pupilas azules, sintiendo deseos de apretarles el cuello a esos bobos que se atrevían a importunar a su familia, especialmente a su mujer. Entregó también a la llorosa Ahome a Sango, la cual procuraba controlar el llanto de las niñas —. ¡AL ÁRBOL SAGRADO, LOS DOS! ¡AHORA! — y les hizo el ademán con la mano, para indicarles que se retiraran en ese mismo instante o él personalmente los echaría a patadas.
A los dos rústicos seres les dio vergüenza por lo que vieron sin querer, y bastante temor ante la furia del monje, el cual parecía dispuesto a asesinarlos; así que se marcharon corriendo de forma sincronizada.
¡Sarnoso miserable! — le espetó Inuyasha en cuanto llegaron al árbol sagrado, zarandeándole bruscamente por las pieles —. ¿Por qué diablos no me esperaste cuando te lo dije?
¡Y yo que iba a saber! — le contestó Koga enojado, soltándose de igual forma y sacudiéndose para acomodarse su atuendo.
Menos mal que no los encontraste haciendo otra cosa — pensó el Hanyō en voz alta viendo furibundamente al Ōkami —, porque luego Miroku es tan… indiscreto en sus cosas — puntualizó como escupiendo algo.
El aludido ya se acercaba por el sendero. Todavía se veía molesto.
Gracias al cielo que Lin, Kohaku y Shippou llegaron — le dijo a nadie en particular —; así las harán dormir y Sango podrá limpiar el desorden — después fijó la vista en el yōkai de negra cabellera, más su mirada era muy seria.
¡Hoshi, tienes que ayudarme! — Koga pensaba abalanzarse sobre él, pero algo lo detuvo.
Jovencito… deberías tener más respeto por tus semejantes — le indicó Miroku sin permitir que le pusiera una garra encima... la energía espiritual lo rodeaba, por eso el Ōkami no se animó a tocarlo —. ¿Es qué acaso no te enseñaron buenos modales?
¡Keh! Qué va a saber este Sarnoso de modales… es un ignorante — intervino Inuyasha con sarcasmo.
El aludido comandante lobo le lanzó al semidemonio una mirada fúrica, más decidió que lo mejor era no contestarle la insolencia o no obtendría lo que fue a buscar.
Lo siento — se excusó el Ōkami con sinceridad.
Bien, Koga, antes de entrar a una casa ajena hay que llamar y pedir permiso — le puntualizó Miroku en tono de circunspecto —. ¿Qué tal si… — para posteriormente sonrojarse un poco ante sus pensamientos… sus deseos carnales salieron a flote —… disfrutaba con mi mujer de un rato placentero no apto para menores de edad? — y puso su mejor cara de baboso pervertido que no perdería la oportunidad.
Ambos muchachos hicieron ojos de rendija mirando escrutadoramente al ojiazul, mientras les brotaba su típica gotita anime al observar detenidamente la expresión perdida del monje mañoso.
Oye, Miroku, yo no soy menor de edad — le espetó Inuyasha recuperando la cordura, haciéndolo regresar también a tierra —. Y este… Sarnoso — y señaló a Koga, quien aun se mostraba absorto tratando de imaginar lo que el Hoshi haría con su consorte —, ha cometido las mismas barbaridades que tú.
Bueno… — se sonrió el aludido, dibujando una bobalicona sonrisa en su rostro — en eso tienes razón, eres mucho mayor que yo, pero te falta madurar… Muy bien, mi estimado Koga — y se dirigió nuevamente al lobo, hablándole con gentileza — permíteme felicitarte por tu futura paternidad.
El semidemonio no se aguantó las ganas de lanzarle a su amigo una fulminante mirada dorada para posteriormente volverse al aludido comandante lobuno, quien había puesto cara de vergüenza ante lo dicho por Miroku.
¡Keh!, Sarnoso… — le gruñó de mala manera —, ¡habla de una buena vez, carajo, qué para eso te traje!
Eee… yo… — el pobre no salía de su bochorno y no sabía ni como empezar; tanto era así que por un momento no consiguió ni rebatirle al vulgar e insensible de cabellera plateada.
Dime que se te ofrece, Koga — Miroku lo animó a hablar también, empleando el tono amable que lo caracteriza —. Puedes expresarte con toda tranquilidad.
Bueno… yo… — tartamudeó el lobo —. ¡Hoshi, ayúdame por favor! — sintiéndose más en confianza ante esa amabilidad, se volvió a abalanzar sobre él, y esta vez el ojiazul no le impidió nada.
Ya, ya… Todo está bien — el monje le palmeó la espalda al Ōkami y se separó un poco… él parecía querer llorar otra vez —. ¿Qué es lo que te ocurre? — su profunda mirada oscura le brindo al comandante lobuno la calma que necesitaba —. ¿Acaso hay algo grave que te perturba el ánimo de esa manera?
Inuyasha mejor buscó acomodarse bien entre las ramas altas del árbol sagrado, como sintiendo que Aome estaba cerca de ese lugar… claro, en su época, al otro lado del tiempo. No tenía ganas de escuchar tonterías que no eran de su incumbencia.
Bueno… — dijo el lobo ya más sereno —, necesito que me expliques todo acerca del cuidado de los bebés… si no es mucha molestia para ti.
Mmm… — el ojiazul pareció meditar, cerrando los párpados para indicar que estaba pensando —… tal vez… sí, creo que… — se cruzó de brazos y tardó un poco en contestar. El lobo lo miraba expectante y el semidemonio parecía perdido en sus propios pensamientos —. Bien, Koga — contestó al fin, abriendo los ojos —, no puedo explicarte todo aquí, en este momento… son muchos detalles los que debes de saber. Y, si no es indiscreción… ¿cuánto tiempo falta para que nazcan tus lobeznos? — le preguntó.
Aproximadamente unos dos meses más — indicó el aludido con presteza, sin dudarlo ni un poco.
¿Dos meses? ¿Tan rápido? — el de cabellera plateada preguntó con asombro, volviendo a esa dimensión en cuanto escuchó bien lo dicho por el Comandante.
No somos humanos, Bestia — le puntualizó Koga con serenidad —, no necesitamos tanto tiempo como ustedes para alcanzar nuestro desarrollo. Aunque… en tu caso… — y como que le lanzó una breve mirada de escrutinio, disimulando una sonrisita burlona. Afortunadamente el Hanyō no alcanzó a contestar esa pulla por bajar del árbol de un salto.
Eso me parece correcto — intervino Miroku muy a tiempo —. Entonces dame una semana e iré con Inuyasha a buscarte… llevaré algo que te será de utilidad.
¡Keh! ¿Y yo por qué? — preguntó bruscamente el Hanyō.
Pues porque Koga es tu amigo — le indicó su camarada en tono de jocosidad, y de nuevo se le dibujó una sonrisa boba en el rostro —, por eso le ofreciste tu apoyo incondicional.
¡ESTE NO ES MI AMIGO! — los dos animales se mostraron bastante ofendidos y molestos ante semejante comparación, así que le gritaron al unísono, más el monje no se achicopaló ante sus caras enojadas.
Como quieran — les contestó sin dejar de sonreír.
Así que, con la promesa de la ayuda, el comandante del clan de los lobos se fue tal como llegó, levantando la arena del camino.
¡Keh! No confundas las cosas, Miroku — le soltó el de dorados ojos al monje, al tiempo que tomaban rumbo a la aldea, después de ver como se iba Koga y sacudirse el polvo que se les pegó a la ropa —, a mí no me interesa lo que pueda pasarle al Sarnoso de Koga y sus Sarnositos.
Si, amigo — éste únicamente le palmeó un hombro, pues no tenía nadita de ganas de querer hacer entrar en razón a un necio sin remedio —, lo que tú digas.
Y… por cierto — en una fracción de segundo cambió el gesto por uno de duda, mirando dubitativamente a su compañero de aventuras con sus ambarinos ojos —, ¿cómo le vas a ayudar?
Ah, eso es elemental, mi estimado Inuyasha — dijo Miroku con orgullo, asumiendo pose de gran señor —, le daré el "Manual del padre perfecto".
¿¡Qué! — exclamó el semidemonio antes de caer cómicamente al suelo.
El azotón por la impresión que le causaron esas palabras no se hizo esperar… más se enderezó presuroso ante la cara de asombro del monje al ver su reacción.
¿Otro de tus escritos? — le espetó entre burlón y enfadado —. ¡Keh, ya ni la amuelas, Miroku! Por seguir tus "consejos" es que el Sarnoso se metió en esto.
Momentito… Antes de que me difames — le dijo su amigo con tono ofendido —, le especifique claramente a Koga, en el manual que le regalé con motivo de sus esponsales, las consecuencias del amor entre un hombre y una mujer… — después volvió a sonreír, reflexionando en el hecho de que, si el Ōkami había llegado hasta ese punto, es porque en verdad se había deleitado con su damisela de roja melena —… Bueno, en su caso macho y hembra. Es de matrimonios — y se encogió resignadamente de hombros.
Es igual — afirmó Inuyasha con presteza, sin disimular una mueca de desagrado tratando de no imaginarse a Koga en actitudes pasionales con Ayame —, en su caso son bruto y hembra. Y tú… — su tono se hizo escrutador, cruzándose de brazos — no te quedas atrás.
Ya te veré, Inuyasha, recuérdalo — el ojiazul sólo le dirigió una mirada pícara antes de que llegarán a su vivienda —. A ver como te comportas con la señorita Aome, cuando ella esté nuevamente con nosotros.
Al Hanyō le subió el color a las mejillas y decidió hacerse el disimulado, escapando en cuanto pudo para no ser hostigado por los demás, y regresando presuroso al árbol sagrado para ocultarse ahí durante la tarde.
Sí que había soñado en el día que su amada pelinegra estuviera otra vez a su lado, sobre todo ahora que Sango era mucho más cariñosa con Miroku y ya no se enojaba tanto con él cuando le agarraba de salva sea la parte… o sea ahí donde la espalda deja de ser espalda (ustedes entienden). Claro que si el mañoso de su marido quería pasarse de listo, el cachetadón merecido no se hacía esperar… aunque ya no era tan agresiva como en aquellos días de antaño, cuando tenía ganas de enterrarlo vivo por insolente y cínico. Al semidemonio no le cabía la menor duda… lo indecoroso del monje se le pegó a la exterminadora. Escenas "cursis y románticas" entre sus amigos; palabras "empalagosas" de Miroku con Sango cuando ella se molestaba un poco con él por ser tan desenfrenado; el cariño y la felicidad que emanaban los esposos por sus nenas; el amor flotando en el aire… Todo eso lo ponía algo nostálgico, recordando a la chica del futuro, la cual tenía su corazón con ella… y otras imágenes más subidas pasaban también ante sus ojos, que lo hacían abochornarse en extremo, pues él nunca había fantaseado con cosas de ese tipo, ni siquiera con Kikyō las había concebido a pesar de haberla amado de verdad.
En fin… El tiempo pasó volando.
Los consejos de Miroku hicieron de Koga un lobo más feliz y un padre cuidadoso. Ayame también agradeció la ayuda y les mandó a los esposos un regalo especial: Otra piel de jabalí de muy buen tamaño… la cual fue vendida en una muy buena cantidad de monedas.
Y la vida sigue su curso…
Kohaku, el hermano menor de Sango, ya casi era un experto exterminador, lo cual le había vuelto más independiente en muchos sentidos. El muchacho le suplicó a su pariente que lo dejara irse a vivir con la anciana Kaede, porque en la casa ya eran muchos. Había analizado que en cuanto sus pequeñas sobrinas empezaran a caminar se volverían unos verdaderos tornados demoledores, porque eran bastante traviesas, y a veces no le permitían salir a entrenar ya que se ponían exigentes y encimosas con él. Después de meditarlo unos días Sango accedió al fin, pues se dio cuenta que su hermanito necesitaba vivir en otro lado porque las niñas requerían su espacio. Además, aunado a ese punto, a su amado Miroku no se le quitaría nunca lo mañoso inmoderado con ella, y algunas mañas ya se le habían pegado un poco… ¡con un marido tan encimoso pues como no!, máxime que se aman demasiado. Y ese no era el mejor ejemplo que deseaba inculcarle a Kohaku. Claro que la joven castaña era muy cuidadosa en varios aspectos, todavía no pensaba embarazarse otra vez hasta que las niñas fueran más grandes. Y otra idea había cruzado hace tiempo por su mente… su cónyuge tendría que acceder. Pero, primero y antes que otra cosa, ha finalizar lo que había quedado inconcluso.
En cuanto las gemelas cumplieron seis meses, Sango le recordó a Miroku que era menester concluir la preparación mística para incrementar su energía espiritual a otro nivel… no debía dejar las cosas a medias. Una tarde de ese día, al momento que las niñas tomaban una siesta vespertina después de comer, e inmediatamente de completar sus quehaceres hogareños, Sango se acercó a Miroku, y, mirándolo muy respetuosamente, le dijo:
Miroku, querido mío… considero que ha llegado la hora en que tienes que terminar lo que no terminaste cuando nacieron las niñas — y se sentó cuidadosamente a su lado, en el banco que tenían puesto a las afueras de su cabaña.
Se encontraba tomando el fresco de la tarde después de haber disfrutado de sus sagrados alimentos, e Inuyasha les hacía compañía… para variar. Kohaku y Shippou se habían ido a jugar cerca del río, para escuchar la interesante narración de Lin sobre las últimas aventuras vividas con el Señor Sesshōmaru. "Tal vez…" había pensado Inuyasha al verla regresar esa mañana "… esa niña sepa exactamente en donde tiene su guarida Sesshōmaru". Más se abstuvo de preguntarle por el momento, porque en realidad no estaba en sus prioridades saberlo con exactitud… Ya habría una mejor ocasión.
¿A qué te refieres Sanguito, mi amor? — le preguntó tiernamente Miroku mientras la tomaba en un suave abrazo, que ella le correspondió.
Al entrenamiento espiritual — le contestó, dándole un pequeño beso y dirigiéndole una sonrisita tímida —. Si quieres de verdad incrementar tu energía, es importante que lo cumplas como es debido — agregó un tanto más seria.
Pero, amorcito… — se excusó el monje —… Tú… las niñas… no quiero abandonarlas a su suerte.
Descuida… nosotras estaremos bien — ella le sonrió dulcemente una vez más —. Nada nos faltará, pues nuestros amigos y conocidos están aquí y podrán auxiliarnos si a caso llegáramos a necesitar algo — y después, puntualizó en tono más grave —. Me preocupa también tu crecimiento espiritual, o no podrás con el templo en cuanto el maestro Mushin… ya no esté en este mundo.
¡Keh! — intervino Inuyasha con sarcasmo… como le fastidiaba que Miroku fuera tan remilgoso —, Sango, también dile que quieres descansar de sus manías.
Ambos esposos le lanzaron una mirada muy dura… ese semidemonio no podía dejar de ser impertinente. Posteriormente Miroku apretó más firmemente a su amada, casi ocultando el rostro entre su… sobresaliente pecho (hizo lo mismo que acostumbraba hacer Hapossai en "Ranma ½").
¡Sango, amorcito, no me digas que las palabras de Inuyasha son ciertas! — le dijo pícaramente mientras ponía cara de maliciosa satisfacción al tenerla cerca del corazón de su esposa.
Y recibió un merecidísimo coscorrón… al tiempo que Inuyasha ponía ojos de rendija y expresión escrutadora.
¡Miroku, ya te dije que no seas tan efusivo… — le espetó la castaña en cuanto lo golpeó con fuerza… el pobre hombre casi cae al suelo por la potencia del trancazo —… delante de las visitas! ¡Y tú, Inuyasha… — y le dirigió a su amigo de plateada cabellera una mirada asesina, lo que hizo que el aludido se achicopalara ante esa visible muestra de enojo —… no andes diciendo cosas que no son! — casi al instante recuperó la calma y suspiró un poco mientras su esposo se enderezaba con cuidado y sobaba el gran chichón que le había brotado en la cabeza.
Lo… lamento… Sango… — respondió el ojidorado recobrándose del susto —… yo sólo… decía.
Si Aome estuviera aquí… seguramente no te permitiría ese lenguaje tan vulgar y te hubiera mandado al suelo — la ex - exterminadora habló ya más calmada, y después… ella fue la que atrajo a su marido contra su pecho y le plantó un beso en donde lo golpeó —. ¡Oh, Miroku, cuanto lo siento! — le dijo apenada al besarlo —. ¿Te duele mucho? — pareció preocupada de verdad.
Sólo un poco… — dijo aquel aparentando estar seriamente lastimado… una pequeña sonrisita traviesa le brotó en los labios al sentir una vez más los atributos de su mujer muy cerca de él —. Pero no te angusties, querida mía, porque aun soy joven para morir… y sé que no vas a asesinarme ya que no vas a dejar a nuestras hijas sin padre — y la abrazó tiernamente por la cintura, dejándose querer.
Miroku… tú tienes la culpa por no comportarte como es debido — ella le recriminó en voz baja en tanto le alisaba delicadamente los cortos y negros cabellos, sonriendo ampliamente por el sentido del humor que siempre tiene su marido.
El Hanyō se abstuvo de opinar algo más, pues sus amigos empezaron con sus "cursilerías". Ante esa tierna escena se puso a meditar en que a lo mejor podría llegar a ser con Aome más "avorazado" de lo que es Miroku con Sango… y se sonrojó por ello. "¡Keh! Tú no puedes ser así" negó con la cabeza, y prefirió irse en cuanto notó que el monje había… doblegado un poco la voluntad de su consorte…
Sango, amor mío — se escuchó que decía el ojiazul al tiempo que le plantaba a su castaña del alma un besote de esos que ya quisiera recibir el semidemonio de su amada pelinegra… de esos que te dejan sin aliento.
Y la noche llegó a la aldea. El joven matrimonio estuvo de acuerdo en que Miroku terminaría el inconcluso entrenamiento espiritual en el tiempo que fuera necesario, y así se los hicieron saber a sus amigos en la cena, pues generalmente cenaban juntos tres veces a la semana. Shippou y Kohaku volvieron a ofrecerse para llevarle al ojiazul información sobre el estado de salud y otras necesidades que pudieran tener Sango y sus gemelas, en tanto la anciana Kaede y Lin le dijeron que podía ir tranquilo pues ellas también estarían pendientes de la familia. Estas muestras de amistad lo dejaron complacido por lo que, después de cumplir con otros compromisos que ya tenía establecidos de antemano, partió la siguiente semana acompañado por su fiel sirviente Hachi, quien había llegado por él para llevarlo al templo.
Claro que, antes de irse lejos por una buena temporada … ya no se diga más, pues el monje aprovechó bien todo el tiempo restante para pasarla en familia, y en la dulce compañía íntima de su mujercita. Y es que de verdad Sango no quiso admitir que Inuyasha tenía bastante razón… no heriría la susceptibilidad de su marido; así que, en cuanto el varón de la casa partió, suspiró algo aliviada, pues sí que era muy difícil para ella mantener la cordura en Miroku (hasta yo me sonrojó de sólo pensarlo, y eso que omito muchos detalles, lo dejo a su imaginación).
El joven monje tuvo que iniciar nuevamente el entrenamiento, no podía ser de otra manera dado que se tardó seis meses en volver, así que sería alrededor un trimestre fuera de casa. Ya se imaginarán las lágrimas del ojiazul de sólo pensar en todos esos días lejos de sus adoradas mujeres. Lo bueno para él, para su consuelo… En cuanto Sango se enteró de lo sucedido decidió ir a visitar a Miroku, quince días después de su partida, llevando a sus hijas con ella, aunque decidió no quedarse a dormir junto a él para no provocarle un desliz en los deseos carnales, o desvelos con las niñas; porque, con una mujer tan hermosa… ¡pues cómo no caer en la tentación! (ese Miroku tan…).
La esperanza hace que el curso de los sucesos sea más llevadero…
El de dorados ojos también vivía esperanzado pensando en su amada del futuro, y eso al menos lo había vuelto más paciente en muchos aspectos. Inuyasha estaba convencido de que Aome volvería, en el tiempo justo para que arreglara todos los pendientes en su época, y así ya estar definitivamente juntos. Tal vez tardaría años, pero él seguiría fiel a su recuerdo. También estaba el hecho de que no habían perdido contacto en esencia, desde esa primera vez en la boda de Sango y Miroku, a través del árbol sagrado, y que a través de sus sueños recibía palabras amorosas y tiernas caricias que lo ponían alucinado; todo era más que suficiente para sentirse bien y saber que el día anhelado llegaría… y él estaría allí cuando ella retornara al Sengoku. Asimismo, cuando Aome estaba con "Inu", su mascota, siempre le acariciaba las orejas con ternura, recordando esa primera vez que vio a Inuyasha; platicaba con el perrito sobre su amado Hanyō, como si el animalito pudiera entender la profundidad de ese sentimiento de cariño, y le gustaba estar cerca del árbol, al sentir que su amado estaba ahí, del otro lado del tiempo… El amor les hacía muy fuertes, y les permitía soportar la separación física y temporal, porque muy adentro de ellos sabían que llegarían a reencontrarse en un día lejano.
Sus amigos se sentían contentos porque el joven semidemonio de plateada cabellera ya hubiera superado sus traumas, en parte. Ya hasta a la pequeña Lin le gustaba platicar con Inuyasha de muchas cosas importantes… sobre el Señor Sesshōmaru y otras indiscreciones más. Se puede decir que también el Hanyō se había vuelto un amigo para la niña, a pesar de ser "más duro" que el Daiyōkai, en opinión de la chiquilla… porque Inuyasha es muy contestón y Sesshōmaru casi no habla.
Oiga, señor Inuyasha — preguntó la jovencita con curiosidad, una noche en las cercanías de la luna nueva —, ¿cuántos años tiene usted?
Ambos se encontraban cerca del árbol sagrado porque Inuyasha quería su privacidad. Las gemelas habían estado muy lloronas, pues extrañaban a su papá Miroku, y se consolaron… jalándole las orejas por primera vez. Afortunadamente aún no apretaban tan fuerte y Sango lo rescató en el momento justo. Fue en ese instante que prefirió huir y Lin lo había seguido con discreción. El de dorados ojos se percató de su presencia más no le había dicho nada.
Pues… creo que… — respondió dubitativo… en realidad ya había perdido la cuenta de su edad, cincuenta años en el limbo sí que le habían afectado —… más o menos como doscientos años humanos.
¡Ohhh! — exclamó la chiquilla asombrada —. ¡Entonces usted ya está ancianito! — le sonrió un poco —, por eso su cabello es blanco.
¡Keh! — bufó algo ofendido por esa observación infundada —. No es para tanto, Lin. Sesshōmaru es mucho más grande que yo, a él si puedes decirle viejo — puntualizó un tanto irónico… si de cabellera blanca se trataba…
El Señor Sesshōmaru no es ningún viejo — respondió la pequeña a la defensiva, torciendo un pequeño mohín de disgusto —. Usted sí porque yo sé que se quiere casar con la señorita Aome.
… ¿Y eso que tiene que ver? — la respuesta de la niña lo dejó un tanto anonadado, y le preguntó sonrojándose un poco. La muchachita sonrió ante su azoramiento.
Es que sólo las personas mayores piensan en casarse — puntualizó con aire de inteligente —. Pero… — al momento pareció meditar algo importante —… ¿no le parece que la señorita Aome es muy joven para usted?
Ehh… — tartamudeó el Hanyō, por un segundo no supo ni que responder ante ese cuestionamiento. "Lin si que es perspicaz" se dijo mentalmente sin que le bajara el color encendido de sus pómulos —. Bueno… — carraspeó —… su… Excelencia… Miroku… — volvió a carraspear —… es mayor que su esposa y… — respiró hondo, "¡Qué complicación!" pensó a la desesperada —… no veo problemas — finalizó su disertación, un tanto enronquecido de la vergüenza.
Lin parpadeó un poco, como si no hubiera comprendido la explicación, y luego lo miró fijamente… con esos ojos achocolatados que le recordaban bastante a su querida Aome, para después sonreírle otra vez.
¡Ay, señor Inuyasha! — le dijo moviendo la cabeza de un lado a otro, en un tono de experta en temas de matrimonios a pesar de su tierna edad —. ¡Pero su Excelencia no le lleva tantos años a la señorita Sango! — el sonrojo de Inuyasha no bajó, al contrario, se sintió más abochornado de que una puberta le diera lecciones de ese tipo —. Además — continuó la niña sin darse por enterada del estado en que se encontraba el semidemonio —, ellos se quieren mucho aunque su Excelencia es muy juguetón. Yo espero que usted ya no sea tan enojón… — agregó como quien no quiere la cosa —… para que la señorita Aome no lo castigue más en cuanto regrese — terminó diciéndole con amabilidad —. Bueno, señor Inuyasha, tengo que irme. La abuela Kaede me espera… ¡Adiós! — se despidió agitando la mano y se fue corriendo por el sendero.
"Esa mocosa sabe más de lo que aparenta" pensó el Hanyō viéndola correr, antes de encaramarse a su rama favorita en el árbol sagrado. "¿Acaso hablará así con Sesshōmaru?" meditó un momento, más prefirió no imaginarse a su hermano oyendo los consejos de la pequeña y poniéndolos en práctica. Sería una escena como para reírse.
Y los tres meses de entrenamiento espiritual pasaron…
Con nueve meses de nacidas, las pequeñas gemelas eran unas niñas saludables. Shippou y Kohaku no habían dejado de comunicarle a Miroku noticias sobre sus mujeres, aunque omitían algunos detalles por petición de la mamá, para darle a su amado sorpresitas sobre las peques. Ya gateaban e incluso se querían levantar, ocasionándole a la autora de sus días algunos sobresaltos cuando reparaba que se habían movido hasta casi salir de su vivienda. Tenían más fuerza en sus manitas, y torturaban a Inuyasha tirándole las orejas unas cuantas veces al pescarlo desprevenido… y Shippou también paso por eso, porque le atrapaban firmemente la colita esponjosa, por lo que Sango tenía que acudir al rescate de sus amigos. Por cierto que ya eran alimentabas con comida sólida, pues ya casi les salían los dientitos y le habían dado a su madre varios dolorosos mordiscos en el pecho, lo que hizo que la castaña tomara drásticas medidas con sus hijas. Lin iba poco más o menos cada tarde a ayudar a la ex - exterminadora, le encantaba jugar con las nenas. Kohaku también se pasaba algún ocaso con sus sobrinas, y Kirara las consentía dejando que la montaran.
El regreso del señor de la casa fue una celebración por todo lo alto. Sango le preparó a su esposo una cena especial porque también ya lo extrañaba demasiado… ¡ahh, el amor! Así que engalanó a sus pequeñas para darle a Miroku una merecida bienvenida, y ella no dudo en lucir una linda túnica nueva que le ajustaba bastante bien a su silueta. A Inuyasha le brotó una imperceptible gota anime al ver a la ex - exterminadora y su atuendo, señal inequívoca que expresaba su incredulidad, asombro y molestia, mientras ella servía los platillos para todos sus invitados, sin disimular la felicidad en su rostro.
¡Keh!, Sango… — le dijo con un poco de enfado —… no sé porque luego te quejas de que el mañoso de tu marido sea tan lujurioso. Mira nada más lo que te pones — le hizo la grosera observación.
Inuyasha… — la aludida lo miró con un poco de molestia antes de continuar repartiendo la cena —… yo nunca me he quejado contigo sobre el comportamiento de Miroku… ya no — puntualizó y se dispuso a seguir su labor, recordando brevemente las aventuras pasadas y lo mucho que le molestaban las manías de su ahora esposo en ese tiempo, cuando aun no habían formalizado nada.
¡Keh! Tal vez Miroku ya no sea como antes — agregó el semidemonio sin cambiar el tono —, pero todavía lo golpeas por querer pasarse de listo.
Shippou, Kohaku, Kirara, Lin y la anciana Kaede también estaban ahí, y sólo sonrieron como bobitos ante la observación del Hanyō… nadie negaría que tenía algo de razón. Las pequeñas parpadearon asombradas por la cara de su mamá, que le lanzó al de plateados cabellos una mirada asesina por una fracción de segundo. Ambas estaban acomodadas sobre algunos cojines, dispuestas a disfrutar su papilla en cuanto llegara papá.
¡Por Dios, Inuyasha! — la dueña de la casa contó lentamente hasta diez para luego enfrentar a su amigo —. ¡Creo que no te gustaría que diéramos un espectáculo en plena…! — se sonrojó por lo que estuvo a punto de decir… y le soltó un certero bofetón a su interlocutor —. ¡Mira lo que me haces pensar! — le dijo con enfado.
Todos los demás, menos las nenas, cambiaron su azorada expresión por una que representaba bochorno y vergüenza ante lo que acababan de ver. Las gemelas aplaudieron divertidas ante la cara de perplejidad y dolor del "Perrito", e imitaron el movimiento de su progenitora, haciendo un ruido como de golpe, y riéndose otra vez en cuanto Inuyasha las miró con enfado mientras se sobaba la mejilla.
Lo siento, Inuyasha — se excusó la castaña visiblemente apenada, se dio cuenta de que se le pasó la mano —, pero luego eres tan… Por eso Aome te mandaba al suelo — puntualizó tratando de zanjar la cuestión.
¡Keh! — espetó el aludido, bastante adolorido, dándole la espalda. "Esta… Sango, todavía tiene la mano muy pesada… pobre Miroku" pensó con molestia, más por un instante se le dibujó una mueca maliciosa, como si recordara todas y cada una de las veces en que la exterminadora le había metido sus cachetes al monje… en realidad era divertido verlos así —. Yo sólo digo lo que es obvio — regresó del lapsus y habló una vez más con irritación.
En ese momento alguien saludó desde afuera.
¡Ya estoy en casa! — se escuchó el grito de Miroku… se oía muy emocionado —. ¿Nadie va a recibirme?
¡Pronto Lin, Kohaku — señaló Sango al tiempo que salía, sin poder ocultar su nerviosismo y las ganas que tenía de estar junto a su marido —, ya saben que hacer! — y se abalanzó sobre su amado en las afueras de la cabaña —. ¡Miroku, cariño mío, ya te esperábamos! — plantándole un gran beso del que todos se enteraron —. Adelante, Hachi, estás en tu casa — le indicó amablemente al tanuki, el cual, como buen sirviente, acompañaba a su señor.
Kohaku y Lin pusieron a las gemelas en el suelo mientras Hachi entraba. Tras el mapache entraron los esposos, abrazándose con cariño.
Mira, amor, lo que ya saben hacer las nenas — Sango habló mimosamente y jaló suavemente a Miroku de la túnica hasta ponerse de cuclillas —. Vengan, Ahome y Kikyō… — y las llamó con ternura —… saluden a papi que ya llegó.
Las pequeñas dirigieron una amplia sonrisa al autor de sus días, mostrándole sus diminutos dientitos, y gatearon hasta él. El monje les extendió los brazos, mirándolas amorosamente.
¡Mis niñas, vengan con papi! — les dijo contentísimo, sin disimular la alegría por constatar los progresos de sus nenas.
¡Papi! — dijeron al unísono en cuanto llegaron cerca.
A ojiazul le brotaron lágrimas de júbilo al escucharlas hablar por primera vez, y las levantó en un tierno y apretado abrazo. La castaña se incorporó también, complacida por la alegría de su esposo.
¡Me dijeron papi! ¡Qué alegría! — sollozó, y las besó repetidas veces en sus cabecitas. Las niñas le apretaron las mejillas por un instante, carcajeándose un poco porque su padre les hacía cosquillas —. ¡Mis mujeres! ¡Mis lindas criaturas! ¡Me hacen tan feliz! — y también le plantó un tierno y tronado beso a su esposa, muy cerca de la comisura de sus labios —. ¡Sango, eres lo mejor que me pudo pasar en la vida! — le dijo sin dejar de lagrimear. A las chiquillas les causó gracia ver a su papá llorando como un bebé, que se rieron otra vez y… le jalaron fuertemente los pendientes.
¡Auch! Niñas, a papi le duele que hagan eso — la emoción se le cortó de golpe al sentir ese tirón… percibiendo con esa acción que sus hijas también habían heredado el ímpetu de su amada esposa, aparte de la gracia. Su gesto se hizo serio y trató de alejarlas de sus orejas. Las gemelas sonrieron traviesamente, sin soltarlo ni un poquito.
Ahome… Kikyō… — les dijo Sango con firmeza, un tanto contrariada por la travesura de sus niñas —… ya suelten a papi y vamos a cenar — y tomó en brazos a la pequeña Ahome, tirando suavemente de ella. Asimismo, Miroku trató de bajar a Kikyō. Se llevaron como dos minutos hasta que pudieron controlarlas y sentarlas en sus respectivos cojines.
Todos los presentes vieron la tierna escena familiar con una gran sonrisa, disimulando una risotada ante la última y heroica acción de las traviesas gemelas. Inclusive a Inuyasha le pareció algo bonito, y pensó que cuando él y Aome fueran padres… sacudió la cabeza con energía, aduciendo que un mosquito lo estaba molestando. Así que disfrutaron de la suculenta cena, platicándole al feliz padre lo revoltosas y terribles que eran sus pequeñas, cosa que no fue puesta en duda pues las chiquillas se abalanzaron sobre Miroku una vez más, en cuanto terminaron su porción de arroz, y lo usaron de "caballito"… había que recuperar el tiempo perdido. Y aunque lo hicieron enojar un poco, el hombre se sentía dichoso de estar nuevamente en casa, con su familia, con su amada esposa y con sus amigos. Más tarde las amistades se retiraron, para permitir que la pareja conviviera más propiamente en familia.
Hachi, Shippou e Inuyasha se fueron cerca del árbol sagrado, sentándose junto al pozo para admirar la luna en creciente.
¿Y cómo estuvo el entrenamiento esta vez? — le preguntó el kitsune al tanuki.
Bueno… — contestó el aludido sin levantar mucho la voz — el defecto de su Excelencia Miroku… aún lo tiene. En el último mes fuimos a algunas aldeas cercanas al templo y…
¿Acaso Miroku sigue siendo un mujeriego? — interrumpió el pequeño zorro con asombro, y pensó lo en mal que le iría a ese aprovechado de su amigo si Sango se enteraba de alguna barbaridad. El Hanyō se contuvo en decir una palabrota.
No, no es eso — puntualizó Hachi con presteza al ver las expresiones de los dos camaradas de su Excelencia, al pensar si acaso esa manía no la había abandonado —, aunque su Excelencia no pierde oportunidad de… — tartamudeó un poco —… pensar en su esposa y hacer comparaciones… sin llegar tan lejos como antes — y soltó un suspiro de resignación —. Les ofreció a las señoritas de esos poblados pociones y pergaminos para la fortuna en el amor — explicó calmadamente y luego sonrió como bobito, visiblemente avergonzado al recordar esos bochornosos sucesos —, cobrando mucho por algo que… quien sabe si sirva.
********** Flash Back **********
Una serena tarde primaveral, en la plaza de una aldea cercana al templo del maestro Mushin, el monje Miroku llevaba a la práctica algunas de sus nuevas habilidades. Y que mejor que en la zona más concurrida del poblado, en donde pasaban las mujeres.
¡Lindas doncellas, por aquí por favor! — habló Miroku amablemente, llamando la atención de las transeúntes.
Su Excelencia… ¿qué piensa hacer? — preguntó su asistente, pues no estaba enterado del porqué habían ido a ese lugar.
¡Hachi, guarda silencio por favor y no interrumpas a un profesional! — le dijo con gravedad el joven monje, y lo miró con un poco de molestia —. Lo que debes hacer es traerme lo que te pedí, y te apartas hacia atrás.
En seguida, su Excelencia — el pobre mapache le entregó lo que llevaban, sin saber exactamente que era, y se hizo respetuosamente a un lado, mientras las mujeres ya abarrotaban el lugar ante la presencia de tan apuesto monje.
El ojiazul se tomó su tiempo, acomodando una alfombrilla para colocar la mercancía que traía en la "maleta". Los cuchicheos de las presentes no se hicieron esperar.
Bien, mis primorosas y agraciadas damas — inició Miroku con su discurso, y después… fue tomando cuidadosamente las manos de algunas de las asistentes, mirándolas con galantería —. ¿Eres una delicada mujer…— le dijo a una — que no ha tenido suerte… — se dirigió a otra — en el amor? — fue con una tercera —. Pues no te preocupes más — alcanzó a una cuarta —, porque hoy el día en que la fortuna te sonríe — y terminó con una quinta, a la cual le guiñó un ojito travieso.
Al tanuki le brotó una gotita anime en la frente… su Excelencia podía llegar a ser muy hablador. Las chicas se sentían alucinadas ante la presencia del guapo monje, y hasta pensaron que tal vez alguna sería la afortunada en pescarlo para sí.
¡Aquí tengo la solución a sus problemas! — dijo Miroku ya soltando a la última muchacha y dirigiéndose nuevamente al centro del sendero, dejándolas absortas y con un signo de duda en sus cabecitas —. Les traigo una potente fórmula — les mostró un frasco de los que había sacado del fondo de su "equipaje", levantando un poco la voz para hacerse oír entre los murmullos que estaban volviendo a escucharse —, que combinada con buenas oraciones y el pergamino bendito adecuado — y también exhibió el dichoso pergamino —, les garantiza suerte en su vida amorosa; y les puedo asegurar que conseguirán… — y sonrió más abiertamente de forma pícara, mostrando su perfecta y blanca dentadura, la cual destelló un poco a contraluz —… un atractivo marido como su servidor… que tiene una hermosa esposa y lindas hijas gracias a esta maravilla — puntualizó complacido.
Algunas hicieron una mueca de desilusión ante esas últimas palabras, pero la perspectiva de conseguir un hombre apuesto por esposo las animó a adquirir lo ofertado. Hachi por poco se azota de la reacción de las desesperadas mujeres, que pagaron la gran cantidad pedida por el monje embaucador.
Gracias, gentiles y bellas señoritas… — les dijo mientras contaba las monedas que guardaría en el fondo de su veliz —… no olviden levantar todos los días sus oraciones, poner el pergamino en la posición adecuada y darle a ese hombre especial la bebida en la forma indicada — le sonrió caballerosamente a sus clientas —, y no tardará mucho para que les pida matrimonio. Obvio — dijo ya más serio, cruzándose un momento de brazos —, todo depende del atractivo en cuestión y la disponibilidad, ¿entendido? No me hago responsable por defectos secundarios.
¡Lo que usted diga, su Excelencia! — las muchachas sonrieron complacidas, retirándose después de haberle dedicado una respetuosa reverencia.
********** Fin de Flash Back **********
¡Keh! — intervino Inuyasha al fin —, así que lo charlatán no se le quitó.
Eso y lo… — Hachi continuaba ruborizado —… otro.
Shippou también se había sonrojado.
Ese Miroku, en vez de monje parece… — puntualizó sin terminar su observación.
Con esos pensamientos, los dos seres mágicos se fueron a la cabaña de la anciana Kaede, e Inuyasha se quedó en el árbol sagrado, pensando una vez más en su amada pelinegra. "Pues…" meditaba, "claro que si me ausentará por algún tiempo me gustaría mucho que Aome me reciba como Sango a Miroku y…" de sólo pensar en lo que ese momento estarían haciendo sus amigos… le dio un escalofrío por la espalda y se sonrojó intensamente.
¡Menudo par de calenturientos! — dijo para sí con enfado —. ¡No cabe duda que los dos son iguales!
Mejor sacudió la cabeza y se durmió pensando en cosas tiernas, y en alguna forma de expresar sus sentimientos hacia la linda pelinegra de grandes ojos cafés, la que le había devuelto la esperanza de vivir… enamorado.
Nota: voy lento pero seguro, pues en mi cabeza dan vuelta los Saiyajins y mis otras actividades. Saludos y gracias por entender y divertirse con mis ocurrencias.
