Capítulo 17 parte 3

Nota: Disculpen por la tardanza, mi compu sufrió averías y tuve que reescribir otra vez los capítulos que ya había adelantado, tanto de esta historia como de las que tengo en el foro de DB. Pero ya vamos avanzando así que terminemos bien con la época actual; recordemos que Aome si terminó de estudiar, así que les presento algunos sucesos que a mi parecer podrían haber ocurrido dado que en realidad la época actual ya no tiene tanta relevancia, pues Aome volverá con los suyos en el Sengoku.

Iniciemos en la época actual…

¡Muy buen día, mamá! —saludó Aome muy contenta al entrar en el desayunador, dispuesta a iniciar un día maravilloso— ¡Sota, abuelo, buen día a todos! ¡También para ti, "Inu" querido! ¡Y para ti, Buyo! —extendió sus saludos al resto de su familia, incluyendo a sus mascotas.

Buen día, hija —contestó la señora Naomi muy sonriente—. Me da tanto gusto que hayas dormido bien para iniciar las clases sin contratiempos.

Buen día, hermana —Sota también correspondió el saludo, un tanto pasmado porque Aome no acostumbraba a despertar tan contenta para ir a la escuela después de las vacaciones.

Era el comienzo de su tercer año del Instituto. El ciclo anterior lo había concluido bastante bien con calificaciones sobresalientes, y el anime seguía su curso con buenas críticas y premios. Su amigo Shinosuke Takahashi había ido una semana de vacaciones al Japón, y le trajo un buen regalo de Inglaterra. Y la familia Higurashi fue nuevamente invitada por la familia adoptiva de Sesshōmaru a disfrutar de un gran paseo en las laderas del Fuji, y esa vez Aome no dudó en llevar bellas flores para adornar la tumba de Lin. Ahora, las vacaciones quedaron atrás, así que una vez más a clases.

Después de desayunar salió con su hermano rumbo a la escuela. Llevaban algunas calles de camino cuando tuvieron una breve charla.

Oye, hermana —una duda le daba vueltas a Sota, así que se animó a preguntar con curiosidad—, ¿de verdad crees que… puedas volver con Inuyasha?

Aome frenó un poco su caminar y miró a su hermanito con una mezcla de ternura y tristeza. El tiempo ha pasado ya y Sota dejó de ser un niño pequeño… llegaría a la adolescencia y entraría a la secundaria cuando ella ya no estuviera. Tal vez el muchacho sufriría su ausencia, y lo que menos quería era hacer sufrir a su familia. Pero, por otro lado, la ilusión de regresar al Sengoku con su amado Hanyō y sus amigos era bastante grande. No se había detenido a meditar cómo afectaría su decisión a su hermano, su único hermano.

Sota… hermano… no sé, pero… —le dijo casi en un susurro ahogado, tratando de disimular los sentimientos cruzados—… ¿te molestaría si me fuera o… te sentirías mal? Yo no quiero que sufras por mi causa, ni mamá, ni el abuelo…

No… hermana, no te sientas triste… —el chico se sintió abatido por un momento, sin saber que decir para explicarse—. Claro que yo y los demás te extrañaríamos, pero… —y su mirada fue de decisión y tranquilidad—… si tú eres feliz con él, nosotros también lo seremos.

¡Sota, nunca olvidaría a mi hermanito, siempre vas a vivir en mi corazón! —la muchacha lo abrazó con fuerza aguantando las ganas de llorar de contento, hablándole con dulzura.

Continuaron con su camino platicando de otras cosas, hasta que llegó el momento que cada quien tomara rumbo a su respectiva escuela.

¡Adiós, hermana, nos vemos más tarde! —se despidió el jovencito y se dirigió con buen paso hacia la derecha.

¡A estudiar, Sota, no te preocupes por otra cosa! —ella le gritó a modo de despedida y siguió de frente.

La joven morena meditaba un poco mientras caminaba. Extrañaría a su familia, no lo dudaba, pero estaba decidida porque su amor y sentimientos se quedaron en el Sengoku. Apreciaba el hecho de que su mamá llegara a ser feliz nuevamente con el señor Jibiky, y así vivir en compañía de un hombre bueno; su abuelo tenía achaques propios de su edad, pero aún disfrutaría los años que le quedaban de vida con los cuidados y atención de la señora Naomi; y Sota tenía un gran porvenir por delante: una profesión, un trabajo, una nueva familia… pero para ella no veía nada en ese mañana, nada que le llenara más que volver al pasado, al Sengoku. Ahí es donde verdaderamente estaba el mejor "futuro" para Aome, al lado de su amado Hanyō y con los amigos que había dejado en esa época.

¡Aome, hola! —sus amigas le saludaron en cuanto la vieron llegar, llamando su atención de esa forma.

¡Hola, chicas, muy buen día! —les correspondió el saludo con una sonrisa, decidida a continuar con su vida normal que el tiempo ya diría lo demás—. ¿Ya están listas para nuestro último año? Éste tiene que ser un gran año —agregó en tono triunfante y seguro.

¡Aome, muchachas! —oyeron una voz conocida que se acercaba a su posición. Rumiko Takahashi llegaba corriendo y pasó velozmente a su lado—. ¡Espero nos veamos en el descanso! —y se dirigió al área de los de segundo curso.

¡Qué tengas un buen día! —ellas se despidieron lo mejor que pudieron mientras una diminuta gota anime colectiva brotó en lo alto de sus cabecitas… esa era una digna actitud de un estudiante ansioso por empezar. Posteriormente se encaminaron con calma a su salón.

Bien, amigas, ¿ya saben que van a seguir estudiando cuando terminemos el Instituto? —Aome les preguntó con curiosidad—. Puede que parezca apresurado para pensarlo, pero recuerden que los exámenes de ingreso al nivel superior se aplican antes de las vacaciones de primavera —les puntualizó sabiamente.

Yo estudiaré Comunicaciones —dijo Eri muy contenta—. Me han contado que es una súper profesión y tienes contacto con mucha gente importante en los medios.

Y yo quiero ser doctora —afirmó Ayumi con una sonrisa—, pues deseo ayudar a todas las personas.

Yo… no sé… todavía no me decido —Yuka se mostró un poco dudosa.

Te recomiendo que no lo pienses tanto, amiga… —le dijo Higurashi con algo de seriedad—… para que no llegues a tener problemas y después te quedes sin oportunidad de hacer examen.

Y tú, Aome… ¿qué piensas hacer? —ahora fue Ayumi quien la cuestionó mirándola con curiosidad—. ¿Aun estás decidida a volver con Inuyasha?

Bueno, no estoy segura si el pozo llegue a funcionar otra vez pero… sí. Sé que Inuyasha me está esperando en el Sengoku, y yo quiero estar con él —por un momento pareció indecisa, más terminó afirmando con convicción.

Pero, Aome… —Eri le habló con algo de vacilación, como si quisiera que cambiara de idea, pues a ella no le parecía que su amiga pudiera retornar a ese tiempo atrás—… tú pensabas estudiar, terminar una carrera, trabajar…

Eso fue antes de conocerlo, Eri —le interrumpió la aludida con amabilidad, dedicándoles a todas una gran sonrisa—. Ahora sé que donde él está también está mi futuro.

Sus amigas ya no dijeron nada más del tema, pues la sonrisa que lucía Aome era tan radiante, y hasta le brillaron las pupilas al evocar una vez más la imagen de su amado de plateada cabellera y dorados ojos como el sol.

Y el tiempo marcha hacia adelante… también en el lejano Sengoku.

Ante la perspectiva de un tercer hijo… o tal vez cuatro si volvían a ser gemelitos como sus niñas (eso hubiera querido, jejeje, como el embarazado no era él), el monje Miroku estaba la mar de contento, por lo que era sumamente atento, amoroso, meloso, mañoso… fastidioso en opinión de Inuyasha, con su guapa y adorada esposa y, por supuesto que faltaba más, un papá alcahuete con sus "pequeñas mujercitas", como les dice de cariño a sus mellizas. Y no paraba de anunciar su felicidad por todas las aldeas a las que fuera a hacer trabajos de exorcismo.

También la pequeña Lin estaba contentísima por la noticia… el nacimiento de un niño era más que una buena noticia en esos días, y no dudó ni tantito comentarle a Sesshōmaru del feliz acontecimiento, así que, cuando regresó del viaje realizado más allá de las tierras del Oeste, traía con ella un presente de su Amo para la esposa de su Excelencia.

Muy buenas tardes, Su Excelencia, señorita Sango… esto se los manda el Señor Sesshōmaru —les dijo esa tarde en cuanto fue a visitarlos para jugar con las nenas, a las cuales siempre les llevaba algo también. Les dedicó la acostumbrada reverencia a modo de saludo, entregándoles una caja de mediano tamaño—. Espera sea de su agrado —y les sonrió en su forma acostumbrada, dedicándole a su vez un saludo a alguien que asimismo se encontraba presente, para después llevarse a las gemelas—. Hola, señor Inuyasha… vamos, Ahome y Kikyō, les traje estos dulces y tengo mucho que contarles sobre el Señor Sesshōmaru y el reino de las montañas —les indicó al tomarlas de la mano, encaminándose con ellas hacia el patio de atrás.

¡Síiiii! ¡Viva el Señor Sesshōmaru! —dijeron las niñas al unísono, muy contentas por el hecho de que disfrutarían unas exquisitas golosinas, y se mostraron emocionadas ante la mención del gran demonio blanco.

Bueno, como podemos ver, Inuyasha también se encontraba ahí con sus amigos por una amable invitación a comer, y, al escuchar la forma en que las gemelas se expresaban de su hermano Daiyōkai, le brotó una imperceptible gota anime en la frente a modo de representar su bochorno. Ante ese gesto de incredulidad y asombro, Miroku no hizo más que sonreír como bobito, y Sango no se dio por enterada, dedicándose a abrir el presente.

¡Keh!, Miroku idiota, ¿se puede saber qué mierda le enseñas a tus mocosas? —el semidemonio se dirigió a su amigo en voz muy baja para evitar ser escuchado por la yōkai taijiya, aunque su tono era de irritación.

Bueno… Lin es su "maestra"… tú sabes… —contestó el aludido sin dejar de sonreír, con esa simpática expresión anime de inocencia—… No podemos impedirle que hable maravillas de Sesshōmaru… por algo es como su "papá adoptivo".

¡Mira, Miroku, qué cosa tan más bonita! —Sango intervino en la charla aún sin notar el semblante molesto de su amigo, mostrándole a su amado el obsequio dado —. Es un buen detalle de parte de Sesshōmaru, ¿no te parece? Nuestro pequeño se verá lindo con él —agregó abrazando cariñosamente la prenda, como si el nuevo bebé ya la tuviera puesta.

Por supuesto que sí, Sanguito, amor. Nuestro hijo lucirá tan guapo como yo —observó el monje sin disimular su orgullo y dándole un abrazo por el hombro a su mujer, esperando está vez tener la suerte de que su retoño sea un varón.

Era un lindo ropón de seda justo del tamaño de un bebé recién nacido… Al parecer, Sesshōmaru y compañía habían pasado por China antes de regresar al Japón. Inuyasha no quiso ni imaginar el semblante de su hermano cuando Lin le expuso el deseo que tenía de hacerles un obsequio a las nobles personas que cuidaban de ella, y las que debió haber pasado Jaken con tal de encontrar el regalo ideal que fuera del agrado de la niña. Tuvo que aguantar las ganas de carcajearse frente a sus amigos para no ofender su susceptibilidad, y decidió alejarse para poder desahogarse.

Eee… los dejo, ya es tarde… tomaré un baño y… —dijo al levantarse de su posición, conservando una expresión de aparente calma —. Nos vemos.

Qué te vaya bien —Miroku se despidió con amabilidad, tratando de leer algo en las facciones de su camarada.

Y se fue tan rápido como pudo para llegar al Árbol Sagrado… y soltarse a reír como demente.

¡Ese estúpido de Sesshōmaru es un enajenado mental, un bruto! —lloraba de la risa, aferrándose con las garras de las ramas para no caerse. Por suerte para él, el Daiyōkai no se encontraba cerca y no volvería en por lo menos un mes, o si no ya hubiera terminado igual que el pequeño demonio verde cuando habla de más… con varios chichones en la cabeza

Al recobrar la serenidad meditó en algo que hasta ahora no había pensado. ¿Acaso su hermano seguiría siendo tan amable cuando él fuera padre con Aome?... después de todo le daría sobrinos y, quiérase o no, aunque al Hanyō tampoco le hacía gracia, era su único hermano. Y por unos segundos su imaginación voló más allá, viéndose felicitado por el Daiyōkai, el cual también le daba un gran presente a Aome mientras él, Inuyasha, traía en sus brazos a un bebé cuya perruna apariencia se asimilaba bastante a la forma real de Sesshōmaru.

¡¿Pero qué clase de estupideces estás pensando?! —se reprendió a sí mismo sacudiendo la cabeza con presteza, borrando esa estampa de su mente y sonrojándose un poco. Decidió recostarse entre las ramas del árbol para esperar que anocheciera.

Volvamos a la época actual…

Los primeros meses de clases transcurrieron sin muchas novedades… bueno, a menos que se le diga novedad al hecho de que el poder espiritual de Aome haya emergido una vez más sin aviso durante una práctica de tiro, de la cual, por ser ya alumna de tercer curso, era guía de varias novatas. Diez blancos a la redonda fueron borrados del mapa y la joven se apenó muchísimo por la magnitud del suceso, si bien volvió a fingir indiferencia y sorpresa como todos.

¿Pero… qué ocurrió? —preguntó asombrada a las muchachas que estaban con ella—. ¿Alguien de ustedes puede explicarme?

Todas las jóvenes novatas negaron moviendo sus cabecitas de un lado a otro. Y Rumiko Takahashi, quien se encontraba unos metros adelante junto con sus compañeras de segundo, sonrió tímidamente. Por ser instructora, nuestra conocida tuvo que quedarse al término de la clase para limpiar el desorden.

¡Aaaahhhh, pero qué vergüenza!... —suspiró en voz muy baja al tiempo que levantaba algunos de los restos que quedaron tirados—… espero aprender a controlarlos con la ayuda de la anciana Kaede.

Entre otros asuntos, ya se transmitía por televisión la sexta temporada del anime, antes del final en el Kanketsu – Hen, del cual también ya se desarrollaban las concepciones artísticas, y, asimismo, la última película fue un éxito como las anteriores. Las visitas de Aome y su familia a la mansión del dueño de la SONHY seguían siendo frecuentes y divertidas. Los jóvenes Higurashi ya habían aprendido a jugar el Wii y pasaba momentos espectaculares con sus amigos, y, lógicamente, la pequeña Lin les ganaba a todos la mayor parte del tiempo. Por lo demás, la joven de negra cabellera ya no insistió en conocer más sobre la familia legítima y "celestial" de Sesshōmaru… sabía que el tiempo de volver al Sengoku estaba cercano y ahí conocería los detalles. Un tema que una chica no puede pasar son los chicos, y, para una muchacha tan agraciada y amable como Aome, no escaseaban los admiradores que suspiraran por ella; y tampoco faltó un encimoso atrevido que pretendió pasarse de listo al no ver nunca al dichoso "novio extranjero" de Higurashi… así que tal vez bien valía la pena tratar de conseguir algo con ella. Sin embargo, el pobre tonto no sabía lo que le esperaba, pues Aome no es como el común de las adolescentes.

Mikado Sanzenin es un joven sociable y educado perteneciente a una buena familia de gran reputación. Era compañero de Aome en el mismo grupo, y en algunas ocasiones han trabajado juntos en equipo, por lo que la chica no tuvo la más mínima sospecha de que en este encuentro las cosas podían ser diferentes. Ella y otros dos compañeros más fueron a la residencia familiar Sanzenin para desarrollar la exposición de un tema de clases. Como en días anteriores ya habían realizado algunos avances no tardaron mucho en armarla, y así terminaron pronto.

¡Qué bien nos quedó el trabajo! —dijo Aome mirando satisfecha la presentación—. Estoy segura que obtendremos una nota aprobatoria.

Ya lo creo que si —observó su condiscípula que la acompañaba.

Todos llevaban puesto aun el uniforme porque, saliendo de clases, decidieron ir a trabajar, habiendo degustado algunos bocadillos y un té preparado con esmero por la mamá de su compañero. Limpiaron todo el desorden y se disponían ya a retirarse cuando…

Oye, Higurashi… —Mikado le habló un poco apenado, empleando un tono cortés y tratando de disimular un carraspeo—… ¿podrías quedarte un momento, por favor? Necesito hablar contigo de… algo importante… sobre… estadística.

La muchacha parpadeó un poco, preguntándose cual era ese importante asunto que no podía esperar hasta mañana. Bien, el muchacho parecía de verdad bastante reservado para expresarse, o tal vez quería platicar sobre Yuka… al parecer a él le gustaba su amiga.

Sí, Sanzenin, claro —le contestó ya sin dudar.

Bueno, entonces nos vemos mañana —los otros se despidieron amablemente y se retiraron, dejándolos solos.

Muy bien, Sanzenin, dime que se te ofrece o en que puedo ayudarte —le dijo Aome sentándose cerca de él.

Bueno, Higurashi… verás… —el adolescente tartamudeó levemente, parecía algo nervioso—… lo que pasa es que… no sé como empezar… es bastante difícil —y se acercó un poco más a ella como para darse valor, aunque desvió la vista, avergonzado.

Tranquilo y respira hondo… soy toda oídos —la muchacha lo alentó con una sonrisa, sin preocuparse demasiado porque estuvieran muy cerca; hasta le palmeó el hombro para transmitirle confianza.

Ya tenía ganas de decirle que también a su amiga Yuka se le hacía un joven interesante, y sólo era cuestión de animarse a dar el primer paso. Le sonrió más abiertamente cuando él la miró nuevamente. Y, entonces, Mikado Sanzenin la abrazó tan descaradamente que la pobre chica abrió los ojos más que sorprendida.

¡Oye!, ¿qué… qué estás haciendo? —le dijo en tono asustado. Tan repentino fue el movimiento que por un momento se quedó helada y no hizo nada por evitarlo.

¿Pues qué no ves, Higurashi? —el muchacho sonrió cínicamente apretándola más a él—. Ese tu novio extranjero nunca se ha aparecido por aquí, así que he de suponer que no le importas… Takahashi fue un tarado por no aprovechar. Ahora dame un beso apasionado.

La expresión de Aome cambió por una más seria y enojada, y en ese instante sintió mucha rabia en contra de su compañero… ¿quién se creía ese torpe de Mikado Sanzenin para hablar mal de su amigo Shinosuke Takahashi, y de su amado Inuyasha al cual ni conocía?

Óyeme muy bien, Mikado Sanzenin —su tono de voz se hizo amenazador y un aura maligna se le desbordó por los poros, lo que tomó por sorpresa al muchacho… no se esperaba que una chica tan dulce pudiera verse tan peligrosa—, no te permito a ti ni a nadie el hablar mal de mis amigos y de mi novio, y mucho menos… —y su furia llegó a ser más grande que ella—… ¡qué me toques así!

La energía emanada de su cuerpo, junto con la cachetada que le metió, lanzaron al mozo de forma algo violenta hacia atrás, azotándolo contra la pared y dejándolo tirado en el suelo. Sus ojos reflejaron temor al mirarla otra vez en tanto ella se enderezó del sofá donde habían estado sentados.

Lo… siento… Higurashi… yo… —Mikado tartamudeó asustado cuando la joven lo fulminó con sus pupilas cafés—… no creí… no era mi…

Mejor cállate ya —la aludida le interrumpió recogiendo sus cosas para retirarse—. No olvides llevar el trabajo de mañana o de verdad voy a enojarme, adiós.

Salió del estudio sin preocuparse más por su compañero y se despidió cortésmente de la madre del joven, encaminándose con rumbo a su casa. No estaba lejos de ahí y llegaría en poco tiempo. En el trayecto meditó lo sucedido.

¡Pero qué barbaridad!... —se dijo a sí misma con algo de preocupación—… no pensé que se pudiera hacer eso pero… —y volvió a fruncir un poco el ceño al recordar también lo que le había hecho perder el control por un segundo—. Bueno, ese indecente de Sanzenin se lo merecía de todas formas… le diré a Yuka que no vaya a aceptarlo por ser un torpe sin cerebro —para posteriormente relajarse y suspirar.

Y Mikado Sanzenin comentó discretamente con algunos cuantos amigos lo sucedido, obvio, omitiendo algunos detalles para no quedar mal ante la comunidad escolar. Con eso quedó claro que Aome Higurashi era una chica de cuidado a la cual no había que insinuarle nada romántico ni hablar mal del dichoso novio extranjero.

El tercer año continuó sin muchas peripecias.

Avanzando también en el periodo Sengoku…

Ya con cinco meses de embarazo Sango se sentía una vez más como en un nicho o en un altar, y todo porque Miroku, su amante marido, no quería que hiciera quehaceres que pudieran dejarla agotada… para eso estaba él. Como todo buen esposo y padre, el monje pasaba tiempo con sus gemelas; ayudaba en las labores del hogar como la limpieza o la comida; realizaba los trabajos de exorcismo espiritual que le solicitaban si ello no implicaba estar más de tres días fuera de casa, pues no quería dejar a la familia por mucho tiempo… en fin. Para Inuyasha, la actitud de Miroku era más desmedida que la primera vez, más a Sango le encantaba la atención, aunque había veces en que si lo consideraba un poquito exagerado.

Una tarde antes que Lin llegara a jugar con las gemelas como todos los días, las niñas no querían separarse de su mamá y le abrazaban por el redondeado vientre, apoyando cada una sus orejitas como queriendo escuchar a su hermanito. Las tres se encontraban sentadas en la banca afuera de la cabaña, tomando el fresco de la tarde.

¡Nene, habla! —decían ambas al tiempo que picaban un poco la "pancita" de mami, con suavidad pero insistentemente.

Niñas, cálmense por favor —Sango les sonrió con algo de ternura, más les habló con seriedad—. Eso que hacen nos duele a su hermano y a mí.

Miroku se encontraba haciendo la limpieza, como todo buen mandilón que se dé a respetar, y era ayudado por Shippou, el cual ya había regresado de la escuela y había comido con ellos. Se asomó por la puerta al escuchar la leve queja de su mujer, y miró a sus "pequeñas mujercitas" con cara de molestia por un momento.

Ahome, Kikyō —les habló con circunspección—, ¿qué fue lo que les dije sobre no molestar a mami?

Las infantas se sintieron abrumadas ante la severa mirada de su padre y en sus caritas se reflejó la vergüenza, ocultándose detrás de su madre lo mejor que pudieron, pero eso sí, sin soltarle el abdomen. Sango sonrió complacida y enternecida ante la actitud sumisa de sus nenas, y les acarició las manitas con suavidad.

Sentirlo mucho, papi manolarga —dijeron al unísono sin atreverse a mirar de frente a su progenitor. Con casi dos años cumplidos hablaban mejor y repetían todo lo que escuchaban.

Mmm… bien… —el monje murmuró para sí sin dejar de observarlas con severidad—… me gustaría saber en donde aprendieron a hablar así.

Miroku, las niñas no dicen mentiras… —Shippou intervino en la charla acercándose también… al haber ayudado a lavar los trastes se sentía con todo el derecho de dar su opinión—… la culpa es tuya por seguir con esa manía. ¿Verdad Sango que tengo razón?, ¿verdad que sí? —y le cuestionó a su amiga en tono de saberlo todo.

La joven castaña le dirigió a su marido una mirada amorosa, sonrojándose de los pómulos en cuanto la mirada azul de él le correspondió de igual manera. A pesar de los años de vida matrimonial, con sus respectivos disfrutes, Sango aun seguía mostrándose bastante tímida cuando Miroku la miraba de esa forma especial.

Bueno, Miroku, amor… —dijo apenada en tanto las chiquillas escuchaban atentamente apoyándose nuevamente en su vientre redondo, pero ya sin el afán de incomodarla—… Shippou tiene razón en… pero… a las niñas yo no les digo nada sobre… eso… eso es… entre nosotros —y desvió la vista del rostro de su esposo para disimular el rubor más subido en sus mejillas, sin dejar de acariciar a sus hijas.

¡"Perrito"! —exclamaron las mellizas antes que su padre dijera otra cosa. Habían divisado a Inuyasha a lo lejos, y le lanzaron a su progenitor una significativa mirada; Miroku entendió la indirecta y les sonrió a sus pequeñuelas, quienes parecieron más tranquilas porque el gesto de su progenitor hubiera vuelto a ser el de siempre.

Y junto al Hanyō venía Lin, tan sonriente como acostumbra.

¡Hola a todos! —saludó la pequeña pelinegra en cuanto estuvieron cerca, dedicándoles una respetuosa reverencia—. Muy buenas tardes su Excelencia… señorita Sango.

¡Lin, hola! —las niñas se apartaron de su madre para abrazar a su amiga y maestra.

Eres bienvenida a está tu casa, Lin —le dijo Miroku en tono complaciente. Siempre era un alivio para el matrimonio el contar con la ayuda de la jovencita en el cuidado de las gemelas.

Lin, pequeña, ¿cómo han estado tú y la anciana Kaede? —Sango también correspondió el saludo sin disimular su alegría—. Espero pueda disculparme por no haberla ido a ver. Por cierto, ¿Kohaku ya ha regresado? —pregunto un poco más seria y formal.

No, señorita Sango, Kohaku aun no regresa del fuerte de los exterminadores, pero creo que regresa mañana —contestó la aludida al mismo tiempo que abrazaba también a las gemelas… casi se caen juntas—. Y la abuela Kaede y yo estamos bien —añadió respondiendo a la primera pregunta.

Me alegro mucho, dile a la anciana Kaede que iré a visitarla mañana temprano —afirmó la castaña mirando con dulce semblante la tierna escena de las niñas—. Y me imagine que Kohaku tardaría un poco más ya que pensaba traer muchas cosas necesarias para continuar con la instrucción en la escuela… nos hemos atrasado un poco más de la cuenta —agregó sin ocultar su alegría.

Bueno, bueno, Sango querida, pero eso será más adelante… —intervino Miroku tratando de disimular un poco la inquietud que le provocaba la escuela de exterminadores que Sango y Kohaku habían planeado. No es que no quisiera que su mujer trabajara en eso que tanto le gustaba, pero se le hacía desatinado que pensara en ello ahora que estaba embarazada. Le ofreció una vez más una sonrisa grande y sincera a la pequeña pelinegra, a modo de agradecerle por el tiempo que le dedicaba a las gemelitas—. Muy bien, niñas, pórtense bien con Lin y con Shippou y no vayan a hacer muchas travesuras —les dijo a sus hijas en tono de reproche tierno, pero sin dejar de sonreír.

Oigan… ¿qué acaso estoy pintado? Ya ni saludan —Inuyasha no había dicho ni media palabra esperando que alguien recordara su presencia, y se sintió ofendido porque nadie le hubiera hablado.

¡"Perrito, perrito"! —las infantas se abalanzaron sobre él y le brindaron sus mejores "cariñitos", haciéndolo caer al tomarlo desprevenido.

¡Basta ya, era broma! —el de dorados ojos protestó algo asustado, sosteniéndolas lejos de sus orejas.

Los presentes rieron divertidos ante la expresión temerosa del semidemonio, especialmente Lin y las mellizas, y Shippou abrió la boca sorprendido ya que nunca se imaginó a Inuyasha vencido por unas lindas nenas. Unos minutos más tarde, las niñas se fueron junto al kitsune a jugar cerca del río con otros niños de la aldea, y Sango insistió en prepararles té a los caballeros para dejarlos hablar de hombre a hombre por un buen rato, a sabiendas de que el Hanyō no era demasiado franco cuando ella estaba presente. Miroku la ayudó a levantarse, y posteriormente se quedó solo con su amigo de dorados ojos.

Y dime, Inuyasha, ¿qué dice la región Oeste y Koga con su segunda camada de lobeznos? —preguntó el monje como si nada, dado que el joven de plateados cabellos se había pasado unos días por esos rumbos. Así Inuyasha lo negara todo el tiempo, él y el lobo se hicieron de una fuerte amistad.

¡Keh!, ¿y cómo crees tú que iba a estar ese lobo tonto, eh? Igual de Sarnoso como siempre, con todo y sus sarnositos —le contestó el aludido en su habitual forma de hablar mientras se cruzaba de brazos—. Y tú también sigues igual de libidinoso de como te conozco, Miroku —añadió con reproche mirándolo escrutadoramente —, ni aún con otro chamaco en camino cambias tus manías.

Jajaja, eres la mar de gracioso —el de azules pupilas rio irónicamente—. Voy a estar más que encantado en cuanto la señorita Aome esté aquí y tú… has de recordar mis palabras —puntualizó al fijar la vista en su amigo, haciéndolo sonrojar brevemente.

¡Keh!, yo no seré igual que tú ni aunque lo pienses —respondió el semidemonio con altivez, aunque no pudo disimular del todo su vergüenza.

Bueno, si tú lo dices… voy a creerte —el monje sonrió con expresión de picardía por un segundo, y posteriormente su semblante se hizo serio al reclamarle con circunspección—. Lo que si quiero pedirte de favor es que no te expreses frente a mis hijas con palabras… indecorosas, porque eso de "manolarga"…

¡Jah!, la culpa es tuya porque sigues siendo un desvergonzado… ni delante de ellas te mides —contestó el Hanyō a modo de defensa, y le dirigió una mirada molesta por enésima vez al añadir—. Además yo sólo digo la verdad y las endiabladas mocosas lo repiten todo.

Ahora resulta… —Miroku se sintió algo ofendido por esa observación tan puntual. Y es que, como todos sabemos, hay mañas que no pueden dejarse de la noche a la mañana así se tengan hijos.

En ese momento Sango se presentó con el té y ambos guardaron silencio para disimular. La dama les sirvió cuidadosamente en unos recipientes especiales para saborear la humeante bebida.

Tómalo con cuidado, Inuyasha —le dijo ella amablemente a su invitado al alcanzarle la "taza"—, está caliente.

Ya me di cuenta… —contestó él de forma irónica soplándole al líquido contenido.

Miroku, muy solícito, la ayudó a sentarse cuidadosamente a su lado.

Sanguito, amor, agradezco tus atenciones para con nosotros pero no deberías esforzarte tanto… Recuerda que tu bienestar y el de nuestro hijo es lo más importante ahora para mí —le dijo en tono amoroso.

Vamos, querido Miroku —contestó dulcemente correspondiéndole con una mirada cariñosa—, a veces el té no te queda muy bien y era necesario que atendieras también a Inuyasha. Por cierto, ¿de qué hablaban? —y ahora dirigió una mirada de curiosidad a su amigo.

Pues de tus mocosas y las mañas de tu marido —contestó el aludido sin dejar de soplarle a su té con presteza—. Las escuinclas le han dicho sus verdades… —completó sin darse por enterado de la leve incomodidad del monje ante esa frase.

Miroku, amor, las niñas repiten lo que oyen sin entenderlo del todo — la joven castaña contempló a su esposo una vez más, con una mezcla de comprensión y un poco de pena. Él optó por aparentar un poco dándole un sorbo al té.

Mmm… Sanguito, amor mío, esté té está exquisito como siempre —dijo al saborearlo. Ella le sonrió un momento por el cumplido más no dejó de verlo con fijeza, sabedora que su marido no es de los que acepten fácilmente algo en contra de su prestigio—. Pero puedo asegurarte que las nenas sí saben lo que dicen… porque entre nosotros hay un bocón que no se mide —remató lanzándole al semidemonio una mirada más que significativa. Y, del mismo modo, su esposa volvió la vista por enésima vez, soltando al mismo tiempo una risita muy breve… Inuyasha era todo un caso.

¡Keh!, vamos, Miroku tonto, no quieras hacerte el honorable ante tu mujer porque no te queda. De hecho a ninguno de ustedes les va el hacerse los puritanos… par de indecentes insaciables — el de plateados cabellos se defendió airado, intentando darle un sorbo al té—. Los dos son igual de sucios.

La pareja continuó mirando a su amigo con la misma cara de complicidad antes de beber sincronizadamente de sus respectivas "tazas". Después ella habló en entonación de queja:

Bueno, querido, en serio que a veces eres bastante indiscreto —y lo miró con un poco de reproche—. Le has dado motivos a Inuyasha y a Shippou para hablar de más delante de las niñas.

¡Sango, sólo me gusta demostrarte lo mucho que te amo! —respondió aquel dejando el té de lado y abrazándola hasta donde le permitía el abultado vientre y, aun así, la mano "maldita" pudo alcanzar a rozar… bueno, ya saben lo que sigue. Obviamente que la cachetada no se hizo esperar.

¡Miroku!, ¿ves a lo que me refiero? —Sango lo miró con expresión de enfado en lo que le soltó el bofetón—. ¡Te he dicho mil veces que no hagas eso delante de las visitas! —e instantáneamente se ruborizó por la presencia del Hanyō, desviando la mirada con bastante vergüenza. Eso sí, no se separó mucho de su marido.

El joven monje se sobó el cachete sin poder disimular su dolor, y la expresión de Inuyasha fue típica del anime con ojos de rendija al observar fijamente a sus camaradas, para soltarles con ironía y burla:

¡Jah!, Miroku tarado… todavía niegas tus arrebatos.

Yo nunca lo he negado —el aludido se defendió sin dejar de sobarse la mejilla, aun con gesto adolorido—. Ninguna mujer me llegó a gustar más que mi bella esposa, y por eso…

¡Oh, Miroku, eres un amor! —Sango se emocionó ante la confesión y, ni tarda ni perezosa, lo atrajo hacia ella efusivamente y le dio un buen beso haciéndolo callar. Indudablemente que él no desaprovecharía la oportunidad y la abrazó con mucha efusividad también, pero tuvo el cuidado de ya no pasarse de lo decente.

Inuyasha parpadeó ante el repentino cambio de la yōkai taijiya, aunque, pensándolo mejor, no debía sorprenderle tanto… el marrullero de Miroku sí sabía como halagar y seducir a Sango, ya la tenía más que domada aunque aparentaran lo contrario. Lo mejor que pudo hacer fue terminar con su té en tanto que los esposos casi se ahogan en su beso, disimulando la momentánea expresión de fastidio en su rostro ante tanta miel derramada. "Este idiota… pero bien que a ella le gusta" pensó un tanto exasperado mirándolos de reojo.

Eee… gracias por… el té —dijo levantándose con cuidado, tratando de no verse descortés—. Creo que… mejor… me retiro para no estorbar.

Sí… amigo… por nada, después continuaremos con nuestra charla —Miroku le contestó deteniéndose por un momento de lo que estaba haciendo, y su relajada expresión parecía indicar que estaba al borde del éxtasis.

Te esperamos a cenar, Inuyasha —intervino ella con amabilidad antes de volver a besar en repetidas ocasiones a su marido, hablándole en tono apasionado y apretándose más a él… hasta donde la redondez de su vientre se lo permitía. Aun en estado de gravidez, las hormonas pueden ser traicioneras—. Miroku… te amo tanto.

Así Inuyasha salió huyendo con un gesto entre desesperado y sufrido, encaramándose en el Árbol Sagrado para esperar que anocheciera, y se sumió en sus propios pensamientos, ideas y sueños. El amor que sus amigos se tenían le traía a la memoria a su querida Aome, le hacía recordar que nunca se sinceró con ella, y eso le dolía en el alma. No podía negar el gusto que le daba el hecho de que, a pesar del tiempo y las perversiones del monje, las cuales aun le ocasionaban enfados a la exterminadora, la pareja viviera muy feliz como un buen matrimonio… pero eso era muestra de la soledad en la que él se encontraba. En muchas ocasiones se ponía nostálgico al pensar en la joven morena, y otras veces se le subían los colores al rostro por atreverse a fantasear con ella en ciertas situaciones muy explícitas… bueno, los amantes calenturientos de sus antiguos compañeros de aventuras tenían la culpa que imaginara ese tipo de escenas. Afortunadamente, cerca del Árbol Sagrado, recibía muy buenas "vibraciones", las que le devolvían la paz y la esperanza del regreso de la doncella del futuro.

Y en la época actual…

Al fin, después de tres años de esfuerzos, Aome estaba por terminar el Instituto. Había realizado ya los exámenes finales y se sentía tranquila consigo misma, pues había cumplido con ese sueño. A sus tres amigas el examen de ingreso a la Universidad las puso muy nerviosas, pero ella tuvo la delicadeza de dedicarles unas palabras de aliento y ayudarles a estudiar, haciendo que se sintieran mejor.

En las cercanías de su graduación, una noche de luna llena, Aome se acomodó cerca del Árbol Sagrado para leer el último poema que había recibido del otro lado del tiempo, y en sus bellos ojos cafés asomaron lagrimitas de felicidad. Miró por un instante más al sitio donde se veía la huella dejada por el Hanyō en aquella lejana época que permaneció sellado, y le dirigió unas tiernas palabras antes de retirarse.

Inuyasha… sé que pronto volveré a estar contigo y ya nunca te dejaré otra vez mientras me dure la vida.

Nota de la autora: El momento cumbre se acerca… primero el nacimiento del hijo de Miroku y Sango junto a algunas peripecias más, y Aome cruzara la barrera del tiempo para volver. Después les pondré otras situaciones divertidas con su regreso para darle más sabor a todo. A partir de ese momento el tiempo volverá a correr algo lento porque abarcaré un buen periodo antes de finalizar mi historia… ya con los hijos las cosas serían tan diferentes. Un saludo y gracias por su comprensión.