Capítulo 17 parte 4
Sengoku antes del regreso anhelado… en lo siguiente.
Muy cerca del término de su segundo embarazo, Sango ya no podía moverse mucho. Aunque esta vez no tenía el vientre tan grande como cuando esperaba a sus niñas y había pasado ya del octavo mes, lo que, para alivio de ella, indicaba la presencia de una sola criatura. Las gemelas estaban tan contentas, y ni qué decir del papá, que no se aguantaba a sí mismo y la felicidad le brotaba por los poros. El nivel espiritual de Miroku se incrementó más ante la proximidad del nacimiento de su tercer hijo… pero por sus servicios seguía cobrando bastante caro. Más, a pesar de ello, la gente le pagaba lo que pedía y el monje era considerado con los que no podían cumplir al momento.
Ustedes no se apuren, nobles señores —les dijo amablemente a unos ancianos en un poblado no muy cercano a la aldea, a donde había ido con Inuyasha—, dentro de una semana vuelvo por lo demás.
Se retiraron de ahí y tomaron rumbo al templo del anciano Mushin, al cual le darían una breve visita debido a su delicado estado de salud. Y posteriormente visitarían a Kuranosuke Takeda, un conocido suyo y compadre de Miroku. El muy abusivo monje le había encomendado al Hanyō la tarea de llevar a cuestas como cuatro bultos de arroz en lo que él únicamente cargaba con algunos rollos de telas finas.
¡Keh!, Miroku, eres un aprovechado charlatán y no me cansaré nunca de decírtelo —espetó Inuyasha mirando a su amigo con reproche, visiblemente resentido por ser considerado como bestia de carga—. Abusas de la ineptitud de todos los ilusos que creen en tu palabrería.
Oh, vamos, esto no es nada comparado con las ganancias que obtendremos en nuestra siguiente visita —le dijo el aludido con gesto de seriedad profesional—. Además libramos a esa pobre gente del mal que los atormentaba. Y ya sabes que también tengo mis gastos…
¡Keh! Aparte de eso eres lengua suelta… —al semidemonio le sacaba de quicio el que su camarada estuviera regando la sopa, así que no pudo guardarse la ironía—… ¿A quién diablos le interesa tus… futuros descendientes y tus… ardores?
Miroku le lanzó una mirada bastante airada y ofendida.
Inuyasha… puedo darme cuenta que estos tres años no te han servido para moderar tu genio y tu léxico, aun sigues siendo un lenguaraz —le dijo con molestia—. Yo creí que el expresar abiertamente tus emociones sensibilizaría…
¡Con una mierda, eso es distinto! —contestó el susodicho a la defensiva—. Lo que yo exprese o deje de expresar es… mi asunto —y se sonrojó brevemente desviando momentáneamente la vista para disimular sus contrariedad… en buena hora le había pedido a ese tonto Hoshi que le ayudara.
Bueno… si nuestra muy querida señorita Aome regresa a esta época espero por tu bien que te abras de verdad y no sólo quede en puros papeles —puntualizó el de azules ojos mirándolo significativamente.
¡Keh!, eso a ti no te importa — arguyó el otro sin mirarlo de frente, aún algo ofuscado—. Yo… haré lo que tenga que hacer… cuando… cuando Aome vuelva.
Que así sea… ¡Ah, estamos justo a tiempo! —el monje disimuló una sonrisita, y se percató de la llegada de su fiel ayudante acercándose a donde ellos dos se encontraban—. ¡Hachi, por aquí! —haciéndole señas con la mano para llamar su atención.
El mapache, quien venía transformado, descendió cerca de su posición, y tenía en el rostro una expresión relajada y algo absorta.
Bienvenido, Hachi… ¿cómo se encuentra hoy Mushin? —preguntó Miroku en lo que colocaban en el lomo del tanuki la carga que llevaban. Hachi hizo una mueca de dolor como pocas veces—. ¡Oye, qué poco aguante el tuyo! —le reprochó mirándolo escrutadoramente.
¡Auch!... usted sabrá disculparme, Excelencia Miroku —el pobre animal se repuso al instante, aunque su cuerpo continuaba tembloroso por el peso—. Me encontraba durmiendo cuando el maestro Mushin me despertó "amablemente" recordándome que tenía que venir por usted e Inuyasha. Y él se encuentra… sobrio por hoy —respondió a la primera pregunta.
Ya es bastante tarde como para que siguieras de flojo —observó el de azules ojos en tono severo.
¡Keh! —e Inuyasha se acomodó "delicadamente" sobre Hachi antes de dar su "opinión técnica"—. Seguramente el viejo ya agotó sus reservas de vino.
El tanuki no hizo más que adoptar un gesto bobalicón en lo que Miroku montó también en su lomo. Los tres se fueron volando, y el mapache se elevó con algo de trabajo, cambiando su expresión por una de cansancio. El Hoshi frunció el ceño antes de decir algo.
Hachi, será mejor que te expliques… ¿qué hicieron anoche el maestro Mushin y tú? —le preguntó con suspicacia.
Bueno, no se enoje su Excelencia… en realidad… —al pobre le brotó una gota anime en su amplia frente antes de responder en tono avergonzado—… anoche el maestro Mushin se puso hasta las "chanclas", y él mismo vació el contenido de sus últimas diez botellas en el manantial cercano para… darse un baño de juventud —añadió en un susurro.
Vaya… seguramente hoy lloró por ellas —Miroku suspiró apesadumbrado para casi carcajearse al momento—. ¡Pero qué buena puntada la de Mushin!
P#$%& viejo loco —masculló Inuyasha cruzado de brazos. Sólo a alguien así se le ocurre hacer semejante cosa.
Pero lo peor fue cuando tuve que rescatarlo de ahogarse en su vino… "aguado" —el mapache continuó con su explicación, y sus mejillas se colorearon más—, y por ello también… me emborraché y no podía despertar hoy. Ahora piensa que me las tomé todas —finalizó completamente abochornado.
Ya me lo imagino —el de corta cabellera puso los ojos en blanco por un instante—. Descuida, Hachi, yo hablaré con él… ya me escuchará ese necio.
En poco tiempo llegaron al templo donde el anciano maestro de Miroku los esperaba, sentado en los escalones del acceso principal.
¡Mi maestro y amigo Mushin! —dijo el joven monje abriendo los brazos para abrazarlo, dejando que Inuyasha y Hachi se encargaran de la carga—. Es un placer saludarle.
Al pobre mapache le temblaban las patitas por el peso de las telas, y el Hanyō puso expresión de enfado por ser de nuevo utilizado sin permiso.
Miroku, muchacho, es bueno verte por aquí —el viejecito correspondió el abrazo del mismo modo efusivo, y después le preguntó en tono de curiosidad—. Por cierto, ¿dónde dejaste mis botellas? —y miró por un segundo a los otros dos, tal vez buscando su muy apreciada bebida, para volverse nuevamente a su discípulo y señalar al tanuki hablando en tono de contrariedad—. No vayas a decirme que ese insensato ya te fue con el cuento…
Miroku no pudo contenerse y golpeó a Mushin en la cabeza con el puño cerrado… un signo momentáneo de enojo le brotó en la frente y al anciano le salió un chichón en el lugar donde había sido castigado.
¡Hombre, por Dios! —soltó el de azules pupilas con visible enfado—. ¡Te estás muriendo de a poco y quieres seguir tomando!
Vamos, Miroku, hijo mío… déjame morir de la mejor manera posible para mí —el decano respondió sin atemorizarse y ni siquiera se sobó la protuberancia—. Ahora tu familia debe ser lo más importante para ti, tu linda mujer es tu vida… Yo ya terminé la misión que me fue encomendada y por eso quiero entregar el alma teniendo una botella a mi lado, para no sentir cuando abandone este mundo.
Pero… Mushin… —el joven pareció preocupado, tratando de disimular su pesadumbre—… sabes que tú también eres importante para mí, no quiero que mueras… ahogado de borracho.
Los otros dos decidieron que lo mejor era bajar la carga que traían encima. El mapache se sintió igual de triste que su amo, pues también apreciaba al anciano monje, y el de larga cabellera plateada cambió su habitual expresión de enfado por una entre aburrida y molesta antes de dar su opinión sin que se la pidieran.
¡Con una mierda, Miroku! —habló groseramente—, si el vejete éste quiere morirse así de perdido pues déjalo… es muy su gusto.
Inuyasha… —el aludido le lanzó una mirada de molestia una vez más, pensando que a ese malcriado Hanyō no se le quitaría nunca lo insolente.
Él tiene razón, Miroku —Mushin no perdió la compostura al hablar nuevamente—. Si de verdad me aprecias deja que muera como te lo pido —y miró seriamente al joven con sus ojos cansados. El gesto de Miroku se puso serio al rememorar ciertos sucesos de su reciente pasado… ¡cómo habían corrido los años!
Pensar que varios años atrás parecería que el anciano monje sería el encargado de levantar un monumento en honor y a la memoria de su protegido, en el cual no estarían ni sus restos como ocurrió con el padre del muchacho por la maldición de Naraku. Ahora se veían los estragos del tiempo en ese rostro tan sereno.
Maestro Mushin… —Miroku le hizo una reverencia, hablándole en tono de respetuosa resignación aceptando la realidad. Él no era nadie para obligarlo a nada.
No tendré nada que reprocharte cuando me vaya… —dijo el decano con gravedad, para inmediatamente cambiar el tono a uno de amonestación y mirarlo con enfado—. Pero ahora sí, jovencito, pues quiero y necesito mis botellas… ¿Cómo vamos a brindar por la llegada de tu nuevo vástago sin vino?
Ante ese cambio tan repentino, Miroku e Inuyasha azotaron dé la impresión, y la expresión de Hachi fue de mucha vergüenza en cuanto el viejo monje se erguía cuan largo era.
Y mientras no estés a mi altura no me voy a morir —recalcó Mushin con énfasis, dándose aires de importancia—. ¿Quién si no yo te enseñará los preceptos del templo?
Una media hora más tarde, con la promesa de llevarle el vino, los tres viajeros dejaron el templo para dirigirse al palacio del terrateniente Takeda y así cumplir con el trabajo solicitado.
Bueno, ni hablar… tendré que llevarle una botella a Mushin —Miroku suspiró con resignación y abatimiento—. Hachi, en cuanto terminemos con los encargos tendrás que ir a comprarle del mejor vino de la región —le indicó al mapache volador con gravedad.
Lo que usted diga, su Excelencia —respondió respetuosamente el nombrado.
Oye, Miroku… ¿por qué mierda traemos este rollo de tela, eh? —Inuyasha preguntó con su tono habitual de malos modos, al darse cuenta que llevaban algunas cosas de las que habían cobrado con anterioridad—. ¿Qué no ese Takeda es un terrateniente muy rico?
Así es, Inuyasha —le puntualizó el aludido en tono de circunspecto, observándolo fijamente—, pero no puedo presentarme con las manos vacías ante mis compadres, ya sabes. Ellos tienen ahora tres hijos, y todos son varones —y se sonrió con picardía por ciertos pensamientos que le cruzaron en la mente—. Ya me suponía yo que el buen Takeda tenía tanta necesidad de tener una buena descendencia… ¡pobre de Shima!
¡Keh!, pues Sango no se queda atrás al consentir tus lujurias —le soltó Inuyasha en tono de ironía—. Y si no fuera por Aome tal vez irían por el quinto hijo.
Ya mejor no sigas… —le contestó el joven monje sin cambiar la expresión de picardía—… me tocará recordarte algún día tus palabras.
¡Jah!, eso quisieras tú, idiota —el de doradas pupilas no pudo evitar un sonrojo momentáneo antes de bufar a modo de respuesta.
Miroku sonrió complacido y decidió ya no decir nada más. Y Hachi se abstuvo de dar su opinión, ya que conocía de la nostalgia del Hanyō por aquella extraña sacerdotisa llamada Aome, la que hacía tiempo se había ido de una forma tan insólita como cuando apareció en el Sengoku.
Y así se presentaron en la gran mansión para primeramente hacer su trabajo… Exterminar a tres grandes y malos espíritus que se habían posesionado de un extremo apartado de la villa, causando estragos en las cosechas y devorando a algunos animales. Para su buena suerte una antigua conocida suya se encontraba ahí, la anciana "exterminadora y exorcizadora" de esencias malignas vivía cerca del palacio, y se había anunciado voluntariamente promocionando sus "servicios profesionales de exterminio". Claro, ya todos sabemos que, a pesar de sus esfuerzos, no era de mucha ayuda, porque en realidad no sirve para nada de eso. Más afortunadamente el terrateniente había solicitado ayuda profesional de inmediato, y quien mejor que su compadre y amigo del alma, su Excelencia Miroku.
¿Pero qué carajo hace esa vetusta ridícula aquí? —Inuyasha parpadeó al verla bien.
Inuyasha, no seas majadero y saluda —su compañero le dio un leve golpe llamándole la atención, y se acercó a la mujer—. ¡Señora mía, es un gusto verla tan saludable después de tanto tiempo! —le dijo con sonrisa sincera.
Su Excelencia, el gusto es mío —contestó la aludida dedicándole una reverencia—. Fue gracias a usted y a su asistente que pudimos acabar con esos malignos seres.
El Hanyō levantó una ceja con gesto de enojo…. "¿Asistente?..." pensó al momento, "¿Yo, asistente de éste charlatán pedazo de…?". Miroku sonrió como tonto al ver la expresión furibunda de su amigo.
Oye, arpía impostora, yo no soy… —el de plateada cabellera no podía quedarse con las ganas de rebatir un argumento absurdo en su sentir, pero el monje lo hizo callar al palmearle suavemente por un hombro.
Muchas gracias, señora mía —le dijo educadamente en tono de disculpa—, sólo que Inuyasha no es mi asistente… nosotros dos somos socios —puntualizó con presteza, dejando al semidemonio pasmado por un segundo. Bueno, eso no era la gran cosa pero por lo menos los ubicaba en un mismo nivel de importancia.
Como usted diga, su Excelencia —precisó la anciana volviendo a inclinarse frente al Hoshi—. De todos modos él viene acompañándole.
Kuranosuke Takeda se acercó con expresión de alivio al ver por fin sus tierras libres de esos monstruos demoniacos.
¡Miroku, compadre, me da tanto gusto!... —exclamó emocionadísimo al llegar a su posición, para inmediatamente recomponer la solemnidad y hablar en tono de disculpa—. Oh, su Excelencia, le ruego a usted dispensar mi atrevimiento.
Compadre, por favor, no te fijes en pequeñeces… oh, perdóneme usted a mí, señor terrateniente —Miroku le contestó en tono de reproche inocente.
Ambos se carcajearon por un minuto más o menos, para posteriormente abrazarse con efusividad palmeándose la espalda y saludarse formalmente estrechándose las manos.
Kuranosuke, recibe de parte de mi bella esposa estos presentes para tus hijos… ¿Y cómo están Shima, mis ahijados y el más pequeño de ellos? —Miroku le entregó cortésmente la mercancía que Hachi había tenido a su resguardo, preguntándole con educación por la familia.
Es muy amable de su parte, Miroku, muchas gracias. Y Shima se pondrá muy contenta por recibirlos en esta su humilde casa, ella se encuentra adentro con los niños —Kuranosuke agradeció de igual manera los obsequios—. Adelante por favor, los amigos de su Excelencia son bienvenidos también —y los invitó a pasar a todos, incluidos Inuyasha, Hachi y la anciana—. ¿Cómo se encuentran Sango y las niñas? —preguntó con curiosidad en tanto conducía a su compadre por los hombros.
En este momento la felicidad nos sonríe, pues no falta muchos días para que nazca nuestro nuevo hijo —dijo Miroku dejándose llevar, sin poder disimular su orgullo y complacencia—. Y estoy casi seguro que en esta ocasión será un varón —añadió al final con una gran sonrisa en su rostro.
Les sirvieron una muy buena comida que Inuyasha devoró con su mejor "educación" en tanto los caballeros se dedicaron a platicar un poco sobre sus respectivas vidas familiares, compartiendo sus experiencias. La joven Shima se alegró por ver a Miroku después de algunos meses, y agradeció los regalos enviando sus correspondientes saludos para Sango y muchos besitos a las mellizas. Y los niños mayores del matrimonio Takeda, unos traviesos gemelitos como las "pequeñas mujercitas" del monje y la yōkai taijiya, aparte de ser los apadrinados también eran los futuros yernos de nuestra pareja de amigos.
********** Un Flash Back no tan breve **********
En una brevísima historia de amor, Shima y Kuranosuke Takeda se casaron aproximadamente al mes de que se efectuó la boda de Sango y Miroku. El terrateniente, quien alguna vez le pidió matrimonio a la guapa exterminadora, conoció a su ahora esposa gracias a la conveniente actuación del monje, el cual los presentó en su propia fiesta nupcial. Bueno, aunque el joven Takeda pensó que no podría amar a ninguna otra mujer que no fuera la hermosa Sango… la "inocente" Shima le pareció una doncella de lo más bella. Así que, ni tardo ni perezoso, la cortejó con la aprobación de los padres de ella, quienes vieron en el caballero a un buen marido para su hija, en vista que el embaucador de su Excelencia Miroku sólo había insinuado una petición sin afán de un compromiso serio de por medio; y eso los había obligado a prometerla con un ser monstruoso, del que se libraron con ayuda.
Era de suponerse que, en gratitud por la buena fortuna que le sonreía, Kuranosuke Takeda no dudara en invitar a Miroku y Sango a sus esponsales con Shima. Por supuesto que la pareja asistió a la boda, aunque sin la compañía de Inuyasha, y eso debido a que el semidemonio se negó en rotundo a ir porque no pensaba comportarse "humanamente" ni una vez más. Claro, en menos tiempo de lo esperado, la "inocente" Shima se embarazó (o sea que no quiso perder más tiempo… jejeje), y al cabo de unos meses dio a luz también a unos gemelitos varones. Pero Sango prefirió disfrutar un poquito más de las mieles del matrimonio antes que ceder al antojo de su marido, y eso gracias a la anticipada ayuda de Aome.
Para celebrar el acontecimiento, Kuranosuke Takeda organizó una comilona por todo lo alto en su mansión, y les hizo extensiva la invitación por dos o tres días para que también apadrinaran a sus hijos (el gesto no pudo ser correspondido de otra forma, porque Miroku había nombrado a Inuyasha como el padrino de las gemelas, junto con Aome en cuanto ella regresara), pues no podía dejar de reconocer que Miroku le había hecho el gran favor de presentarle a una linda mujer. El día señalado fueron a visitar a sus amigos, llevando ya a las pequeñas de unos tres meses y medio, y siendo acompañados por Kohaku, Kirara, Shippou e Inuyasha, quien no quiso perder esta vez la oportunidad para comer bien, máxime que Sango le prometió no incomodarlo con los modales. Todos disfrutaron la pequeña ceremonia celebrada en el templo familiar, y después la comida en honor de los futuros herederos de esas tierras así fueran en ese momento unos niños llorones.
Obviamente que en una fiesta de este tipo no puede faltar el buen vino para "bajar" la comida, aunque tampoco falta quien abuse de su consumo. Al término de la recepción, siendo ya bastante tarde, Shima le ofreció amablemente a Sango una "sillita" de bebés para que acostara a las gemelas, ya que el viaje les había agotado y ya dormían profundamente después de comer. Del mismo modo, los infantes Takeda se hallaban dormidos, rendidos después de tan extenuante día para su tierna edad. Los únicos que ni por enterados de que el borlote ya había terminado eran los maridos de ambas. Tomaban copa tras copa y brindaban por cada tontería, abrazándose como si se conocieran de toda la vida… a ambos se les notaba una cara de felicidad etílica. Kohaku y Shippou se dieron cuenta que a esos dos se les subió el alcohol a la cabeza, y se avergonzaron en extremo como si la falta la estuvieran cometiendo ellos. El jovencito se sonrió un poco como bobo ante los excesos de su cuñado, y el kitsune no pudo ocultar un gesto de asombro ante cada brindis de los nuevos compadres. Las dos muchachas lucían visiblemente apenadas ante ese comportamiento impropio, e Inuyasha ya presentaba una expresión de molestia profunda, pues el olor del alcohol también lo estaba mareando.
¡Shalud!... ¡hip!... —dijo Kuranosuke levantando su copa por enésima vez—... Miroku, eresh un hombre maravillosho… ¡hip!... —le habló muy cerca de la oreja apoyándose en sus hombros, con tono de estar completamente mareado—… y… ¡hip!... para que veash lo mucho que te eshtimo… ¡hip!... —continuó en lo que se empinaban la copa en reiterada ocasión, hipando un poco más—… deshde hoy te digo que… ¡hip!... sherás mi conshuegro… ¡hip!... mish hijosh sherán tush yernosh y tush hijash mish princhesash.
Grachiash… ¡hip!... —el aludido respondió en el mismo tono de estar perdido—… Sherá todo un honor para mi Shanguito y para mí… ¡hip!... no habrá mejor compromisho para mish "mujercitash"… ¡hip!... que tush pequeñosh lloronesh.
Y volvieron a brindar muy felices, abrazados por los hombros y cantando al unísono:
¡Copash, copash!... ¡hip!... —chocaron sonoramente sus copas al levantarlas—… ¡Por nuestrash fortunash!... ¡hip!... —e hiparon al mismo tiempo—… ¡Dosh grandesh familiash she unen en una!
Antes de terminar, el terrateniente Takeda se cayó de borracho en su silla favorita, empezando a roncar sonoramente.
Compadre… ¡hip!... —dijo Miroku sosteniéndose con trabajo, mirándolo y haciendo bizcos para enfocarlo—… que poco aguante el shuyo… ¡hip!... todavía nosh faltan como tresh eshtrofash…
Inuyasha se dio a la tarea de sostenerlo "suavemente" para evitarle un mal golpe, mirándolo con cara de irritación.
Inuyashha… ¡hip!... ¿tú tomarásh conmigo por la felichidad de mish hijash? —el monje le preguntó mientras trataba de apreciarlo bien, lanzándole en pleno rostro un poco de su aliento alcohólico. El Hanyō lo fulminó con sus doradas pupilas, aguantándose las ganas de soltarlo.
Miroku idiota… tarado no dejarás de ser —eso sí, de que le recriminó lo hizo. Para que Inuyasha se guarde una opinión esta difícil
De verdad lo siento tanto, no pensé que mi querido esposo se comportara de esa forma —Shima se mostró más que apenada con Sango.
Descuida, en serio, tampoco creí que mi marido diera semejante espectáculo —la joven castaña no hizo más que sonreír como tonta al responder igual de avergonzada.
Por favor, lleven al señor terrateniente a sus habitaciones —la dueña de la casa se volvió a sus sirvientes para darles las indicaciones debidas, y estos obedecieron llevándose a Kuranosuke de forma delicada—. Descansen con confianza —se despidió amablemente de sus invitados y se fue tras su marido, en tanto la nodriza llevaba a los pequeños.
Otros sirvientes los condujeron a las habitaciones donde dormirían. El Hanyō arrastraba a su amigo por la túnica, conteniéndose para no azotarlo en el suelo, y era seguido por Sango, quien cargaba a sus hijas, Kohaku, Kirara y Shippou. Los dos más jóvenes tenían gestos de incredulidad absoluta ante lo ocurrido… nunca les pasó por la cabeza que el monje pudiera comportarse de peor manera a la acostumbrada; aunque el vicio de la bebida también fuera enseñanza del maestro Mushin, al parecer no era muy del agrado de Miroku, aunque no desaprovechaba la oportunidad sí ésta se presentaba.
¡Con una mierda, Miroku, no te mides! —le espetó Inuyasha en cuanto llegaron a la habitación que el matrimonio usaría, sacudiéndolo esta vez para que se le quitara la modorra.
¡Hip!... ora, Inuyashha, no me muevash ashí —obviamente que, a pesar de que el alcohol le nublaba las ideas, al aludido no le gustó para nada ser tratado de esa forma tan ruda.
Sango acomodó tiernamente a sus gemelas en un futón y después se dirigió a los caballeros para sujetar a su marido con más delicadeza que su amigo semidemonio, aunque el peso muerto de él por poco y la tira.
Te agradezco tanto, Inuyasha —le dijo en forma amable antes de reprocharle a su esposo por su estado—. ¡Pero mírate nada más, Miroku querido, estás tan ebrio que ya no puedes sostenerte en pie!
¡Shango, amorchito!... ¡hip!... —aquel se abrazó a ella muy contento, apretándola amorosamente como si la viera por primera vez en días y agarrándole más allá de los límites permitidos a la vista de los demás—… ¡Nueshtrash hijash sherán dueñash de este palachio!... ¡hip!... ¿no te pareche maravillosho?
Ante semejante acción, a los otros cuatro no les quedó más que enrojecer de la pena, y la dama torció las facciones en una mueca de enfado por la osadía de su amado, más se abstuvo de golpearlo pues intuyó que, en ese estado crítico, el hombre no era dueño de sus actos. Eso sí, lo regañó a viva voz al momento en que se apartaba un poco de él:
¡Miroku, a ver si mañana en juicio te hace gracia lo que dijiste!
Eto… Sango… —Inuyasha decidió interrumpir brevemente la conversación de los cónyuges… "Qué se me hace que éste aprovechado manolarga no está tan briago como suponemos" pensó—… los enanos y yo ya nos vamos.
Buenas noches —dijeron Kohaku y Shippou al unísono, en tanto Kirara maulló suavemente a modo de despedida. Al parecer, todos imaginaron lo mismo.
Muy buenas noches, chicos —la aludida les correspondió con una sonrisa sincera, y su amado "borrachín" aprovechó para apoyarse una vez más en su hombro… casi se cae con ella—. Que remedio, voy a tener que bañarlo con agua fría para que se le baje —suspiró hondamente, resignada con su suerte—. Miroku querido, vamos a bañarnos juntos —le dijo con entonación cariñosa muy cerca del oído.
Shanguito… —el susodicho volvió a sonreír ante la perspectiva de estar solito con su esposa.
E Inuyasha y los chicos se retiraron con velocidad ante el apasionado ósculo que el monje le plantó a su mujer.
********** Fin de Flash Back **********
A pesar de la "cruda" realidad del siguiente día, ninguno de los dos varones negó la palabra dada, así que el compromiso de los gemelitos Takeda con las pequeñas Ahome y Kikyō era un hecho, claro, al menos que ellos y ellas lo negaran en cuanto tuvieran la edad de tomar sus propias decisiones. Los chiquillos eran mayores que las nenas por mes y medio, y Shima se embarazó más pronto del otro bebé, el cual ya tenía seis meses de nacido. Y no es que Kuranosuke Takeda fuera peor de urgido que Miroku, sólo que Sango fue más prudente que Shima en cuanto a su vida marital… y vaya que le costó un gran trabajo controlar las ansias y el ardiente temperamento de su esposo. En fin…
Después de comer, cerca del atardecer, nuestros conocidos regresaron al templo del maestro Mushin llevando una muy buena paga por sus servicios: como 20 sacos de arroz, varias botellas de vino, papel selecto y especial para pergaminos, varias telas finas y una gran bolsa de monedas. Kuranosuke les prestó amablemente una carreta y mandó a algunos sirvientes con ellos para que les ayudaran con la carga. Los dos hombres se sentaron junto con el tanuki en una pequeña litera, la cual les fue también concedida por Shima.
¡Aaahhh! —Miroku no dudó en acomodarse a sus anchas antes de comentar en voz baja—. ¿Lo ves, Inuyasha?... te dije que cobraría mejor.
¡Keh!, ya ni la burla perdonas, Miroku —el aludido respondió irónicamente conservando también la entonación baja—, y eso que ese Takeda es tu compadre.
Bueno… no me negarás que fueron unos espíritus difíciles de exterminar —el monje se encogió levemente de hombros antes de dirigirle a su camarada una mirada seria—. Incluso a ti te costó trabajo someterlos, ya casi se te escapaban.
¡Keh!, sólo eran basuras… lo que pasa es que estaba un poco distraído, eso es todo —el semidemonio se defendió cruzándose de brazos.
Pasaron otros dos días fuera de su aldea y recorrieron varios poblados de los alrededores del templo; al parecer los yōkai sabían que la salud del anciano monje encargado del lugar se deterioraba poco a poco, y, como el área no era cercana a la región Oeste… pues aprovecharon ese descuido. Así que Miroku tuvo que tomar drásticas medidas y proteger muchos lugares con sus pergaminos benditos, cobrando un alto precio por cada uno. Al término de la jornada podrían ya volver a casa, lo cual alegró al joven monje en demasía, pues últimamente se mostraba algo preocupado porque estaba consciente que en cualquier momento podría nacer su hijo. Ya en los límites de la zona donde se encuentra su aldea…
Bien, Inuyasha —dijo Miroku en cuanto colocó dos pergaminos poderosos en una columna e hizo unos movimientos con las manos cerrando el campo espiritual—, el espíritu va a salir, así que es tu turno.
Y así fue. Al momento que la energía contenida en las inscripciones parpadeo, del interior de la casa emergió un ser monstruoso… no tan grande en realidad, pero si capaz de asustar a los ingenuos aldeanos.
¡Aaahhh, el monstruo! —gritaron algunas personas, y no faltó quien se desmayó dé la impresión.
Y el Hanyō sólo dejó caer pesadamente la hoja de su espada sobre la cabezota del engendro, matándolo de una forma tan rápida como había salido.
¡Keh!, es basura —murmuró en tono de aburrido.
Miroku acordó cobrar un saco de arroz por cada pergamino que utilizara. En cuanto finalizaron la cacería se fueron del lugar despidiéndose amablemente, pero no faltaron campesinos que comentaran en voz baja.
¿Un saco de arroz por pergamino? Fue un servicio bastante caro, ¿no creen?
Pero su Excelencia nos libró de nuestros pesares —opinó sabiamente un viejecillo—. Debemos reconocer que es un monje poderoso dominador de bestias, y bien vale la pena el costo.
Ya en las afueras del pueblo…
¡Keh!, Miroku idiota, aun sigo pensando que haces tu agosto con la ignorancia de la gente —le espetó Inuyasha a Miroku cargando los dos costales—. Y, encima de todo, me utilizas como mula de carga.
Vamos, vamos, Inuyasha, no te quejes tanto que bien que te tragas el arroz —le contestó el aludido mirándolo de forma divertida—, especialmente por lo sabroso que cocina mi amada mujer —y entonces puso cara de seriedad al recordar a su familia, hablando en entonación grave—. Espero lleguemos pronto a la aldea.
¿Acaso sabes cuando va a nacer tu hijo? —el semidemonio preguntó de forma suspicaz, mirándolo fijamente.
Bueno, al acercarse los nueve meses puede nacer cualquier día… o noche —respondió y apresuró el paso.
Afortunadamente, antes que cayera la noche y oscureciera por completo, en un sendero cercano a su aldea se encontraron a Kohaku y a Shippou montados en Kirara. Los jovencitos habían salido a buscarlos para comunicarles las buenas nuevas.
¡Su Excelencia, señor Inuyasha, es bueno verlos de regreso! —dijo el muchacho con cara de alegría en cuanto los alcanzaron—. ¡Mi hermana ya está por dar a luz! —explicó sin borrar la sonrisa.
Esas palabras hicieron que el monje volviera a desplazarse como antaño con rumbo a su cabaña, para estar a lado de su esposa en esos momentos que necesitaba su apoyo.
… bueno, por lo menos ese torpe estará con Sango otra vez —el de plateados cabellos soltó un leve e imperceptible suspiro al ver a su amigo correr de esa forma tan desenfrenada.
Señor Inuyasha… ¿gusta que lo llevemos? —ofreció Kohaku amablemente. Ya había cumplido con su parte y sabía que su hermana se sentiría contenta por tener a su esposo a su lado.
No… sólo lleven el arroz, yo prefiero caminar —contestó el nombrado en un tono bastante cortés para ser él—. ¿Podrás con la carga, Kirara? —le preguntó a la nekomata, quien rugió en señal de aprobación.
Acomodaron los costales en el lomo de la gata pantera y ella partió con velocidad llevando únicamente al joven exterminador, pues Shippou decidió caminar junto a Inuyasha.
Inuyasha, ¿te pasa algo?... te ves raro —el kitsune preguntó con duda al notar la expresión de nostalgia en el rostro del Hanyō.
¿Eh?... no, Shippou, no es nada —por un instante el semidemonio no había notado la presencia del muchachito, así que, en cuanto se dio por enterado, le respondió en tono absorto.
¿Por qué te empeñas en negar que quieres que Aome esté contigo como Sango está con Miroku, eh? —el pequeño zorro no pudo guardarse la observación y lo regañó—. Y bien que te gustaría tener también un montón de hijos con ella… puerco.
Ya, chaparro, ya deja de decir burradas —el de plateados cabellos no pareció enfadarse demasiado por la amonestación. Tan metido estaba en sus propios pensamientos que ni parecía el mismo.
¿Por qué te cuesta tanto decirlo, Inuyasha? ¿Acaso no nos tienes confianza? —Shippou insistió aun a sabiendas que podría ganarse un chichón por preguntón e indiscreto.
No es eso, Shippou… y si me gustaría mucho que Aome estuviera aquí para…—el aludido volvió a contestar sin meditarlo mucho y sin dirigirle la vista, y estuvo a punto de irse de boca cuando reaccionó a tiempo para darse cuenta de lo que confesaría—… ¡Con una mierda, p$%&/ enano fisgón, mis cosas son mis cosas y no te importan! —le espetó lanzando un golpe con fuerza; y lo habría herido en la cabeza si no es porque el kitsune ya se esperaba ese movimiento.
Ya lo sabía… sigues siendo un inmaduro —soltó el zorrito con enfado al esquivar el castigo—. ¡Por eso Aome no vuelve! —le espetó y salió corriendo con velocidad, sacándole la lengua a modo de retarlo.
¡Shippou… vete al carajo! —y el semidemonio no quiso tomarse la molestia de ir tras él, así que únicamente le gritó con rabia. Era mejor que lo dejara solo, pues así podía meditar una vez más en su situación sin tener que oír reclamos.
Sí, tal vez le faltaba madurar… pero con Aome las cosas serían completamente diferentes.
Miroku volvió a lagrimear de felicidad por la llegada al fin de su tercer hijo, un robusto varoncito al cual le asignó el título de "hombrecito de la casa". Ya era bastante tarde cuando Inuyasha se animó a entrar a saludar a sus amigos y felicitarlos por su bebé.
Adelante, Inuyasha, ya te esperábamos desde hace un buen rato —le saludó una sonriente Sango al verlo asomarse por la puerta.
Todos sus amigos de la aldea se encontraban ahí para celebrar el acontecimiento, disfrutando de una merienda frugal en un ambiente de dicha. Ahome y Kikyō, las dos gemelas, miraban absortamente como su mamá alimentaba delicadamente a su pequeño hermano, aunque el recién nacido hacía un ruido de succión al tomar su leche avorazadamente, entendiéndose perfectamente por ser su primera "cena" en familia. La joven castaña estaba aun recostada en su futón, cubierta con varias sábanas y apoyada en almohadones; esta vez no sufrió demasiado por el trabajo de parto y dio a luz más rápido que cuando nacieron las niñas, así que se recuperaría más pronto… aunque la cuarentena obligada debía ser respetada, una indicación más que puntualizada por la anciana Kaede para el marido lujurioso.
Vamos, amigo, con confianza que estás en tu casa también —le dijo Miroku con la expresión de felicidad reflejada en su sonrisa de oreja a oreja.
¡"Perrito"! —las mellizas pensaron abalanzarse sobre él a modo de saludo, pero…
Ahome, Kikyō… estense tranquilitas por favor y no molesten a tío Inuyasha —les dijo su papá con firmeza, mirándolas a su vez con seriedad—. Mejor terminen su cena o tendré que castigarlas.
Ante el cambio en la actitud de su progenitor, las chiquillas entendieron que era mejor obedecer y se quedaron quietecitas en sus lugares comiendo sus verduras, más le lanzaron al Hanyō una mirada entre tierna y pícara dedicándole una sonrisita de complacencia por verlo.
Venga aquí, señor Inuyasha —Lin se levantó de su asiento para jalarlo de la mano y acomodarlo cerca de ella—, se le hizo tarde y su cena se va a enfriar —entregándole amablemente un plato de arroz y regalándole una de sus habituales sonrisas, mirándolo también con cariño —. Éste tazón lo serví especialmente para usted —le dijo con afecto.
Eto… muchas gracias —un poco turbado por la atención de la jovencita, el semidemonio tomó el tazón con cuidado. Lin le recordaba mucho a Aome, y cada día que pasaba a su lado le parecía que eran casi tan iguales como ella lo había sido con Kikyō, su antiguo amor de hace cincuenta años.
Y también, ahora se lo explicaba, por qué a su hermano Daiyōkai lo había "cautivado" la niña… Lin era tan amable, simpática, dulce, gentil, siempre preocupándose por los demás.
Te tardaste mucho, Inuyasha —Shippou interrumpió sus pensamientos, devorando su porción como si alguien fuera a quitársela—. Pensé que te ibas a quedar encerrado en tus cosas.
Mira, condenado chaparro, no empieces de bocón porque está vez no voy a fallar el golpe —el aludido le respondió de muy malos modos, y empezó a tragar su arroz de una peor manera que el kitsune. Ambos se miraron retadoramente como si estuvieran haciendo competencia de comida, ocasionando que su amigo el monje lo mirara con reproche por esa conducta tan impropia y por el mal ejemplo que le daban a sus mellizas.
Vamos, Shippou, ya deja en paz a Inuyasha —Sango rio muy bajito ante la actitud de esos dos, y le llamó dulcemente la atención al zorrito al mismo tiempo que retiraba al bebé de su pecho, levantándolo con cuidado para hacerlo eructar—. No es de extrañarse que a veces se enfade contigo… eres algo indiscreto.
¡Ay, Sango!, ¿estás diciendo que yo tengo la culpa de que Inuyasha sea un enojón? —el chiquillo pareció querer llorar por esa corrección, sintiéndose ofendido e incomprendido.
Eee… oye, Sango, no es… necesario… —e Inuyasha enrojeció al verla nuevamente mostrar algo de su bien formado busto, desviando avergonzado la vista y dejando un poco de comer—. Muchas felicidades por… bueno, ya sabes… y… gracias.
No tienes de que avergonzarte, amigo, y no hay nada que agradecer —Miroku notó el bochorno de su colega y rápidamente se levantó para tomar al pequeño en brazos, dándole así la oportunidad a su mujer de cubrirse adecuadamente—. Tú bien sabes que eres bienvenido aquí, así que despreocúpate y come con confianza —y le sonrió con sinceridad sobando la espalda del niño hasta sacarle el aire.
Terminaron de cenar animadamente, platicando de todas las peripecias vividas en su reciente viaje, y después se retiraron para dejar descansar a Sango y al bebé.
Inuyasha se fue al Árbol Sagrado y su expresión volvió a ponerse nostálgica al dejarse llevar por los recuerdos de tres años atrás. ¡Cómo extrañaba a su adorada Aome!... todo el amor que rodeaba a sus amigos y compañeros de aventuras le recordaba a ella, a esos lindos momentos vividos a su lado, e inclusive los malos ratos en que tenían que estar más unidos. No podía dudar que ese monje charlatán y su mujer, la exterminadora algo agresiva, eran buenos amigos y le habían demostrado que lo apreciaban a pesar de ser lo que es, incluso el kitsune metiche lo ponía a reflexionar en muchas ocasiones, y todos los demás que alguna vez lo han hecho sentir valorado como la pequeña Lin, Kohaku, la anciana Kaede, Kirara, la vieja pulga Myoga, el herrero Totosai…etc. De todos modos nadie como Aome para que se sintiera mucho mejor en el mundo.
Sí, tampoco podía negar que había querido mucho a Kikyō, y aun una parte de su alma y su mente evocaban también ese periodo junto a la difunta sacerdotisa… tal vez hubieran sido felices si se hubieran casado. Más, sin embargo, con la joven del futuro había experimentado sensaciones distintas, a veces de rabia por el temperamento desquiciante e infantil que la adolescente mostraba en repetidas ocasiones, otras veces de inquietud porque ella sufriera algún daño, y otras veces le hubiera gustado ser más romántico y considerado cuando la muchacha era dulce con él. Por ello se había empeñado en negarse una y mil veces a si mismo y a los demás que Aome le gustaba mucho, que lo hacía sentir celoso del Sarnoso de Koga y sus insinuaciones, que se preocupaba por ella… que sentía que la amaba mucho más allá de lo que llegó a amar a Kikyō. Estos años transcurridos sin Aome le habían servido para darse cuenta de que lo que sentía en su corazón y en su espíritu era amor de verdad. Suspiró evocando su dulce rostro y su sonrisa, esperando no faltara mucho para su regreso.
Y en otro lado…
Miroku querido, noté a Inuyasha algo triste —Sango se hallaba recostada junto a sus hijos dormidos.
Las mellizas les habían insistido a sus padres en quedarse con ellos a dormir, y su progenitor lo permitió por ahora… con la obligatoria cuarentena su mujer no le consentiría nada más allá aunque ambos quisieran. Lo bueno que el futón que Sesshōmaru le regaló a la pareja el día de su desposorio es grande, así las niñas se acomodaron a sus anchas y ya se encontraban en el mundo de los sueños.
Sí, tienes razón —Miroku suspiró brevemente después de colocar a sus hijas en una mejor posición, acostándose a su lado y abrazándola cuidadosamente para no lastimarla ni despertar a su pequeño recién nacido—, ya hace varios días que lo veo así aunque quiera disimularlo. Parece extrañar mucho más a la señorita Aome… ha sido tanto tiempo de separación.
¿Tú crees de verdad que Aome pueda volver con nosotros?... —la dama se giró lentamente para corresponder el abrazo de frente y lo miró profundamente, reflejando en sus pupilas cafés la tristeza que sentía por su amigo de dorados ojos—… Inuyasha debe de sentirse muy solo sin ella.
Sango… no quiero especular en ese tema —el monje fijó su mirada en los ojos de su esposa después de volver a suspirar hondo… también apreciaba mucho el sufrimiento de su camarada, y, de cierta forma, comprendía su dolor—. No quiero ser yo el que destroce las ilusiones de Inuyasha. Él confía en ello y, si es así, esperemos que sea muy pronto.
Ojalá… Inuyasha merece ser feliz —Sango nuevamente volvió a suspirar muy bajito y está vez desvió un poco la mirada, tratando de evitar una lágrima por la pena del Hanyō.
Miroku la atrajo un poco más a él y la besó suavemente en los labios al tiempo que le limpiaba la mejilla… su amada mujer era demasiado emotiva con los demás, y apreciaba grandemente al semidemonio por todo lo que ha hecho por ellos.
Sango, linda… es menester que descansemos, has de estar agotada por lo de hoy —y le sonrió con ternura acariciándole dulcemente el rostro, dedicándole una expresión más amorosa y apasionada para hacerla sentir mejor.
Ella le regaló una última mirada amorosa a manera de agradecimiento antes de cerrar los párpados cansados para dormirse apoyada en su torso… el trabajo de parto si la había dejado sin fuerzas.
Miroku se quedó otro rato despierto, como meditando en las cosas de su amigo Hanyō... y otras más que lo tenían un tanto intranquilo.
Ay, Inuyasha, ya llegará el día en que tengas a la señorita Aome entre tus brazos y sabrás mucho más de la vida y sus alegrías —se dijo en voz baja sin dejar de abrazar cariñosamente a su durmiente esposa, deleitándose en acariciar con ternura esa hermosa anatomía que le hacía perder muchas veces la razón.
Si él estuviera en la situación de Inuyasha, tenía por seguro que se moriría sin Sango a su lado.
Nota de la autora: Cambiamos un poco la historia, pues tanto en el manga como en el anime Miroku llegó cuando su hijo ya había nacido, mientras que Aome aparentemente volvió al siguiente día del nacimiento, pero le daremos otra versión algo modificada, nada más tantito, es lo que me agradó y me tomé el atrevimiento de cambiarle sin afán de reescribir lo ya escrito. Nos vamos a la época actual… para terminar con ella (por ahora) en la siguiente parte. Sayonara y sigan disfrutando el fic.
