Vamos con el 2º capitulo. Situo mi historía 2 años después del "comienzo", así que los personajes, o por lo menos algunos, han evolucionado tanto física, como mentalmente.

Capitulo 2

- Maldita Kagome-. Refunfuñó Inuyasha indignado-. Siempre defendiendo a ese mocoso

Se acomodó, aún molesto, cerca del fuego con su espada entre las piernas, apoyando la empuñadura sobre su hombro. Era obvio que no iba a dormir al ser luna nueva, así que se colocó lo mejor posible y se dispuso a pasar la noche en vela, guardando el sueño de sus compañeros de viaje. La imposibilidad de ni siquiera adormilarse, hizo que en su cabeza comenzaran a aparecer las preocupaciones que le venían avasallando desde hacia varios días.

Observó a Sango y a Miroku que ya dormían placidamente. La mano del bonzo descansaba flácida sobre la cintura de la chica. Se sonrió algo divertido. Si su amigo hubiera intentado algo así hace un tiempo, de seguro se hubiera llevado una buena tanta de golpes. Ahora la situación parecía haber cambiado.

Había comenzado a pensar en que sería de todos cuando aquella pesadilla finalizara, si todos sobrevivían.

Era más que obvio que la taijina y el monje acabarían juntos. Su relación se había afianzado con el paso del tiempo, e incluso comenzaban a hacer planes de su futuro en común. El bonzo había conseguido, no sin mucho esfuerzo por su parte, dejar de hacer insinuaciones libidinosas a toda moza que se le cruzaba por delante. Aunque aún, en contadas ocasiones, sus ojos se perdían peligrosamente en las curvas de alguna díscola aldeana. Cuando esto ocurría, su avispada prometida le regresaba al redil a golpes certeros de boomerang. Ellos ya no escondían su amor y probablemente acabarían casándose cuando la kazaana desapareciera. Después, seguramente, se irían a reconstruir la villa de los exterminadores junto con Kohaku, que ahora se encontraba en la aldea de la anciana Kaede a la espera de su regreso.

Así mismo, parecía que Shippo se hallaba muy cómodo en compañía de Kaede y se había acostumbrado a tratar con los aldeanos como uno más del pueblo.

Pero, ¿y él? Su vida desde que despertó de su letargo de 52 años, se había centrado en acabar con Naraku. Una vez se hubiera vengado de él por todo lo que les hizo a él y Kikyou, ¿Qué sería de él? Ya había olvidado su deseo de usar la esfera para convertirse en un demonio completo y empezaba a aceptarse a sí mismo por lo que era. Aquella joven venida del futuro le había mostrado, que incluso un hanyou como él podía llegar a ser aceptado. Ya no se sentía despreciado ni solo. Tenia amigos y algunos humanos incluso le respetaban. Si no hubiera conocido a aquella niña seguiría siendo un estúpido solitario que odiaba a los humanos. Todo lo que era y lo que tenía en esos momentos se lo debía a ella.

Miró a la joven que se hallaba a unos metros de él, moviéndose intranquila.

- ¿Kagome?

Ella no respondió.

La chica más joven del grupo, continuaba sin poder conciliar el sueño por más que lo intentaba. Permanecía con los ojos cerrados intentando dormirse, pero los brazos de Morfeo se le mostraban esquivos. Las preocupaciones por su futuro le robaban la tranquilidad, siéndole imposible llegar a relajarse lo suficiente.

Desde que vislumbró que el final de su aventura en la época de las guerras civiles podía estar más cercano, todas las noches sin excepción se las pasaba en blanco intentando dilucidar como acabaría todo para ella. Kagome sabía que debería elegir su destino cuando la perla descansara entre sus manos.

Una vez la esfera estuviera a salvo de las oscuras aspiraciones de Naraku. ¿Qué convendría hacer con ella? Podría entregársela a Inuyasha para que cumpliera sus sueños. Pero la idea de verlo convertido en un youkai sin corazón ni conciencia le aterraba. Además temía que ese deseo no conllevaría la desaparición de la esfera. No le parecía un anhelo demasiado puro, aunque el hanyou lo desease de todo corazón. ¿Y si su deseo solo auxiliaba aún más a las fuerzas malignas que se debatían con el alma de Midoriko dentro de la esfera?

Habiendo desaparecido la antigua sacerdotisa custodia, recaería sobre ella la tarea de resguardar la joya de individuos con malignas intenciones. Y el Sengoku no era el lugar idóneo para llevar a cabo ese quehacer. Youkais y humanos perversos acudirían sin descanso en busca del poder que otorgaba la shikon. Entonces, ¿debía marcharse a su época donde la joya, al ser un mito, estaría a salvo? Después de todo, ella era la reencarnación de la guardiana de la perla y el cometido de Kikyou había sido la de protegerla y custodiarla, perdiendo parte de su humanidad en el proceso. Si conservaba la joya con ella temía correr la misma suerte que su antecesora. No quería llegar a ser como ella, fría e incluso a veces algo cruel. ¿Y si su destino era seguir los pasos de Kikyou? No, ella no quería ser como kikyou. No estaba dispuesta a perder ni su alma ni su humanidad. Pero la posibilidad de marcharse para siempre y no volver le aterraba.

Se movió intentando buscar una postura más cómoda, que apaciguara la zozobra de su alma, pero se lo impidió el cuerpo de Shippo que se había acurrucado en su regazo buscando algo de calor.

Inuyasha, atento a todo lo que acontecía a su alrededor, posó sus oscuros ojos en Kagome que se agitaba una vez más dentro de su saco de dormir.

Aquella chica, aunque a veces le tratara mal, le había dado confianza en sí mismo y le había hecho abrirse a los demás. Se había preocupado por él, y le había ayudado a convertirse en alguien mejor. Se arrepentía de todas las veces que consciente o inconscientemente la había hecho sufrir. No se la merecía y aun así ella continuaba a su lado siempre. Todas las veces que la había dejado sola por correr detrás de Kikyou y ella le había perdonado una y otra vez. Incluso había llorado por él cuando nadie, aparte de su madre, lo había hecho. Le daba todo su apoyo sin esperar nada a cambio. Aunque también tenía que reconocer que la chica cuando se enfadaba era temible. Temía su cólera más que al propio Naraku. Aquellos malditos osuwaris le dejaban el cuerpo hecho polvo. Pero ya no concebía su vida sin ella. Se había prometido a sí mismo que la protegería incluso aunque con ello perdiera su vida en el intento. ¿Sería capaz de renunciar a ella cuando todo hubiera acabado?

- Oe… Kagome. ¿Estás bien?

Escuchó algo parecido a un gruñido que emanaba de ella, pero no entendió sus palabras. Se asomó a la orilla del saco para verle mejor la cara, solo para cerciorarse si es que la chica no podía dormir o era alguna pesadilla que la perturbaba.

¿En que instante se enamoró de la miko? No lo sabía con certeza. Kagome se había ido metiendo en su corazón poco a poco, curando las heridas de su alma y dándole a su hasta entonces penosa existencia un sentido. Se había convertido en su motor, y el solo pensamiento de su falta le rompía el corazón. Le dolía haberla hecho sufrir, en el pasado, cuando su antiguo amor volvió de la tumba. Pero incluso entonces, cuando creyó que su vida le pertenecía a Kikyou, por el sacrificio que había hecho, Kagome le apoyó y no le hizo ningún reproche, ni cuando su propia vida estuvo en riesgo cuando cayó en manos de Akago. Su maldita indecisión la había causado dolor y eso no conseguiría perdonárselo nunca. ¿Cómo declararle lo que sentía? ¿Y si ella no sentía nada por él? Tras sus múltiples desavenencias al comienzo de su travesía, creyó que Kagome comenzaba a sentir algo más que amistad por él, y procuró no alentar sus esperanzas por causa de su promesa a su antiguo amor. Pero; tras la definitiva muerte de Kikyou, cuando él ya era libre para expresarle sus sentimientos, su relación parecía haber cambiado. Notaba que su trato para con él era diferente. Lo trataba como a un amigo más y eso le causaba incertidumbre. Y si ella no le correspondía, solo deterioraría su amistad y encima se pondría en ridículo. ¿Y sí le decía que la amaba y ella lo rechazaba? ¿La insistencia de aquel apestoso lobo habría hecho mella en su corazón y era la causante de su cambio?

Se acercó un poco a Kagome para observarla más de cerca, deseando acariciarle la larga melena negra azabache que descansaba desordenadamente sobre una improvisada almohada hecha de hierba seca y cubierta con parte del saco. Aproximó su mano unos centímetros pero desistió al temiendo no poder parar ahí.

Y es que, después del amor inevitablemente había llegado el deseo. Y ese era un problema con el que tenia que lidiar todos los malditos días. Luchaba consigo mismo para no rozarse demasiado cuando la cargaba a sus espaldas, y su cuerpo tocaba el suyo. Su propio cuerpo le traicionaba cada vez que la joven se acercaba. Un simple roce y su sangre comenzaba a correr frenéticamente por sus venas e, irrevocablemente, se concentraba en cierta parte de su anatomía. Cuando esto ocurría, cada vez con mayor frecuencia, tenía que alejarse disimuladamente y recurrir a un baño frío que era lo único que lograba apaciguar sus instintos.

La quería suya. Que ella le perteneciera era su más ansiado anhelo. Besarla hasta la extenuación. Acariciar cada curva de su hermoso cuerpo. Tomarla y hacerla gemir de placer entre sus brazos. Poseerla por completo era su más preciado sueño en ese momento. Por ella llegaría a olvidarse de Naraku y de su ansiada venganza, incluso de su enemistad con Sesshomaru. Si Kagome se quedase a su lado para siempre podría dejarlo todo con tal de verla feliz. Se había despertado su sed y ella era la única que podía saciarla.

Nunca antes se había sentido así. Ni siquiera cuando estaba con Kikyou. La amó mucho pero fue un amor de niños que rozan sus labios inocentemente y se cogen de la mano castamente. Ella nunca le excitó de la manera que lo hacía Kagome. Quizás fue porque en aquel entonces ambos eran muy jóvenes o porque la intromisión de Onigumo los separó, no lo sabía con certeza y ya no lo podría saber nunca. Solo comprendía que los sentimientos eran diferentes en cualquier caso. Nunca sintió que debía proteger Kikyou, hasta que Naraku entró en escena, nunca la celó como ahora hacía con la miko del futuro. Se arrepentía de haber sermoneado a Miroku por ser un pervertido y ahora él llevaba camino de ser uno, aunque a su entender lo del monje era una vergüenza por que le gustaban todas, mientras que su interés era exclusivo de Kagome. Se había dicho a sí mismo que todo era producto de una euforia pasajera. Pero no, cada día que pasaba junto a ella era peor. Y su auto-control estaba llegando al límite.

Ella había cambiado tanto. Kagome ya no era la chiquilla que le había desenterrado aquella flecha de su pecho. La había visto crecer y madurar y con ella cada parte de ese cuerpo que ahora le traía por la calle de la amargura. Se había convertido en toda una mujer ante sus ojos. Una adulta que atraía las miradas lascivas de cuantos machos se cruzaban con ella. Ya fueran demonios o humanos, todos, sin excepción, caían rendidos ante la exuberante belleza de la joven y provocaban que su sangre hirviera de ira. Incluso su patético hermano, al que supuestamente no le gustaban los humanos, la había mirado lujuriosamente. Aquellas diminutas faldas, que dejaban ver sus esbeltas y bien torneadas piernas, y que ella se empeñaba en llevar día tras día, tampoco ayudaban demasiado. Deseaba partirle la cara a todos aquellos que osaban posar su mirada en ella, empezando, por supuesto, por el maldito e insistente lobo que cada dos por tres la acosaba con sus ardientes requiebros amorosos. Y para su desesperación a Kagome no parecía importarle lo mas mínimo el interés que provocaba. Ella no podía ser aún tan inocente, ¿no?

- La culpa es de ese houshi pervertido que me llena la mente de obscenidades-. Susurró para sí mismo intentando justificarse por estar pensando así.

Además no sabía que iba a hacer ella. Ni siquiera lo que pensaba. ¿Se iría a su época definitivamente cuando todo terminara? Si kagome quería irse y él le confesaba sus sentimientos, ¿no la pondría en el compromiso de elegir entre su vida allá en el futuro y él? Pero debía decírselo. Tenía que arriesgarse aunque ella le dijera que no le amaba. Si no lo hacia se volvería loco y no podría vivir con esa duda en su corazón el resto de sus días. Solo debería encontrar el momento adecuado para confesarse.

Continuará...