Capítulo 18 parte 2

Nota para fin de año: Les deseo unas felices fiestas y les invito a disfrutar de mi fic navideño en el foro de Dragon Ball: "Estampa navideña"… se van a divertir un momento y van a reflexionar un poco con ayuda de los personajes consentidos de ese gran anime.

Previamente, en el capítulo anterior… Los esposos suspiraron brevemente… Su amigo semidemonio debería mostrarse cariñoso con la joven del futuro y demostrarle lo mucho que la había extrañado en esos tres años, ya había dado el primer paso al abrazarla de esa manera. Se sintieron un poco mal por haber interrumpido su reencuentro.

El movimiento de la muchacha había tomado desprevenido al joven semidemonio, y fue hasta que atravesaron la barrera del tiempo que pudo articular palabras, algo raro en él ya que casi nunca se queda callado.

Oye, Aome, ¿a qué carajo es…? —le decía en el instante en que tocaron por fin el suelo, del otro lado del Sengoku.

¡Apúrate, Inuyasha, no tenemos mucho tiempo! —la aludida respondió un tanto precipitada disponiéndose a salir del pozo.

¡Con una mierda, Aome! —él la jaló por los hombros con algo de suavidad para detenerla, hablándole con entonación de mando—, ¿se puede saber qué demonios te pasa?

Y la miró tan fijamente con sus doradas pupilas clavadas en su rostro, reflejando en ellas la molestia y la inseguridad que en ese momento estaba sintiendo. La chica reaccionó al reparar de ello… ¿en qué estaba pensando cuando resolvió regresar a la época que ya había dejado atrás?

Inuyasha… yo… lo siento… —le susurró en voz muy baja, avergonzada de su comportamiento—… no debí… ¡Pero es que es tan emocionante que Sango y el monje Miroku se hayan casado y tengan tan lindos hijos! —exclamó un poco arrebatada.

Oye, Aome, yo creí que tú… —él puso una cara de perro regañado y las orejas se le pusieron mustias de la desilusión. El que su Aome le diera más importancia al matrimonio de sus amigos que a su propia presencia fue un golpe muy bajo para su autoestima.

La adolescente se percató de lo que en ese momento estaba creyendo el Hanyō y se sintió más abochornada que nunca… su anhelo había sido regresar al Sengoku para verlo nuevamente y estar con él en definitiva, y ahora resulta que se preocupaba más por darles regalos a los hijos de sus amigos. De todos modos ya sabía que la pareja tendrían muchos vástagos porque conocía muy bien el carácter del pervertido monje, y no dudaba que la exterminadora lo amaba y le consentiría ciertos caprichos. Así que abrazó efusivamente al semidemonio a modo de disculpa, ocultando un poco el ruborizado rostro entre su pecho.

¡Oh, Inuyasha, perdóname, de verdad no sé lo que estaba pensando!—le dijo con algo de pena, haciéndolo sonrojar también.

"Bueno…" pensó el Hanyō un tanto nervioso al corresponder el abrazo sin ser tan demostrativo "… creo que ahora es cuando". Tenía que hablar con ella, tenía que sincerarse y expresarle sus sentimientos de una vez. Nadie los molestaría porque no podían pasar por el pozo, y la familia de la chica no sabía que estaban ahí.

Oye… Aome… yo… —y tartamudeó un poco, atragantándose un trago de saliva al sentir como las pupilas cafés lo miraban fijamente.

¿Si? —Aome no se soltó de sus brazos, sólo se apartó lo suficiente para verlo directamente a los ojos ambarinos.

Yo… tengo… tengo que… —unas cuantas gotitas de sudor frío recorrieron su frente… no podía hacerlo, no se sentía capaz de hacerlo. "¿Cómo mierda hace Miroku para ser tan cursi?" se preguntó internamente con aflicción al tratar de recordar sin éxito alguna empalagosa escena protagonizada por sus antiguos compañeros de aventuras.

¿Qué te ocurre, Inuyasha? —la muchacha únicamente atinó a reflejar un mohín de duda al ver como el gesto del semidemonio se torcía con desesperación.

"Tal vez sería mejor si… si la besara" volvió a meditar el Hanyō al recordar aquella ocasión en que fue por ella cuando estuvo perdida en el interior de la Shikon no Tama, todo por el deseo de Naraku y de la misma perla. Esa vez lo hizo para darle la seguridad de que él siempre estaría a su lado cuando lo necesitara, y también porque no quería perderla, así que lo demás sería más fácil. Miró brevemente sus tiernos labios y… no, no podía hacerlo. "Vamos, ¿por qué ese charlatán de Miroku si puede hacer estas ridiculeces delante de todo mundo a pesar del salvajismo de Sango, y yo no?" pensó otra vez y cerró los ojos por una fracción de segundo, soltando un imperceptible suspiro de derrota. Le era difícil luchar contra eso.

Aome, vamos a salir —le dijo aspirando una bocanada de aire para sonar normal—. Y hacemos lo que sea que quieras hacer.

La muchacha afirmó con la cabeza, aunque no pudo dejar de observarlo por un momento más, sintiéndose de nuevo como la peor novia del mundo. Internamente reconoció que no se había comportado de la mejor manera con él y ni siquiera le permitió disfrutar su compañía, dejándose llevar por las ganas que tenía de ver a todos sus amigos y hacerles obsequios… estaba actuando una vez más como una niña tonta. Salieron del pozo y se encaminaron con paso lento hacia la casa.

Oye… Inuyasha… —Aome tomó la iniciativa, con la cara agachada y tartamudeando un poco para disimular las ganas de llorar—…yo… lo lamento tanto… no tenía porque…

El aludido la miró de reojo, pues las lágrimas no le pasaron desapercibidas… no le gustaba verla triste, y menos ahora que estaría nuevamente a su lado. Era mejor dejarla ocuparse de los demás por un momento y permitirle hacer aquello por lo que había vuelto a su época de origen… y así también se daría el tiempo de pensar en la estrategia perfecta para expresarle al fin todo lo que guardaba en su corazón por ella.

No tienes por qué preocuparte tanto por esas tonterías, Aome —le soltó en tono sereno atrayéndola suavemente a él por los hombros—. Esos entrometidos indiscretos también te extrañaron, y sé que se sintieron alegres por verte otra vez. Nosotros ya… ya tendremos… toda la vida por delante para… —y enrojeció levemente por un instante… se estaba adelantando bastante y ni siquiera se lo había pedido de manera formal.

Aome volvió a sonreír tímidamente al sentir su contacto, sin prestar demasiada atención a sus palabras. Al pasar cerca del Árbol Sagrado, una blanca criatura en cuatro patas se abalanzó sobre la muchacha.

¡Oh, "Inu", no hagas eso! —Aome abrazó a su mascota mientras se reía—. ¡Ya, cálmate!

Un hermoso can de suave pelaje y ojos vivarachos quería lamerle la cara a Aome y ella se carcajeaba. "¿"Inu"…?" el joven de dorados ojos pareció pasmado por ese enunciado, y se dio cuenta de que se trataba de… un perro. "¿Le puso "Inu" a… un perro?… ¿por qué?" Le parecía la versión en tamaño reducido de la genuina identidad de Sesshōmaru.

Aome… ¿llamaste a un perro por mi nombre? —preguntó con algo de molestia.

Al oírlo, el animalito lo miró brevemente gruñéndole un poco, al modo acostumbrado de este tipo de mascotas con alguien desconocido que quiera entrar en sus territorios, a lo cual el semidemonio también le hizo un gesto similar, haciendo que "Inu" escondiera un poco el rabo entre las patas traseras para indicar sumisión, por lo que Aome parpadeó extrañada. Y después el perro movió la cola y le hizo fiestas al Hanyō como si lo conociera, ladrándole con expresión contenta y echándosele encima.

Oye… no, quítate, bájate —tartamudeó el joven queriendo desembarazarse del can.

Veo que le caíste bien —habló Aome con expresión radiante—. Ahora, "Inu", llévanos con mamá —le ordenó con firmeza pero con tono cariñoso.

El sabueso dejó a Inuyasha y se encaminó hacia la casa moviendo la cola, sin dejar de voltear a verlos para comprobar que lo seguían.

Aome… ¿por qué diablos le llamaste así al perro? —le soltó Inuyasha con un poco de enfado, viéndola muy fijamente—. ¡Ese es mi nombre!

Bueno… tú nombre es muy lindo… —ella se sonrojó al observarlo—… Además sus orejas se parecen a la tuyas… —desviando un poco la vista antes de terminar su explicación—… y… así siempre me podía acordar de ti.

Esa era una mentira un tanto descarada porque en realidad el canino sí tenía una apariencia muy similar a la gran figura perruna de su medio hermano Daiyōkai, y las orejas del perrillo eran más largas y peludas que las suyas propias. El joven Hanyō se avergonzó… ¿por qué demonios se molestaba por cosas insignificantes como un simple perro? Ella no lo había olvidado nunca y el nombrar así a su mascota era por tenerlo siempre presente. Tal vez eso explicaba un suceso de hace tiempo, en el que sintió su cercanía por primera vez después de que el pozo se sellara.

Inuyasha… ¿te… molesta? —le preguntó Aome al mirarlo distraído meditando.

No… —respondió un poco más calmado—… sólo era curiosidad… —y quiso cambiar de tema para aclarar de una buena vez la razón que la hizo retornar precipitadamente al futuro que ya había abandonado—… Por cierto, ¿a qué vinimos aquí? —preguntó amablemente y la miró con expresión serena, animándola a hablar.

¡Oh, es verdad, no te lo he dicho! —la muchacha se sintió más tranquila al comprobar que su chico ya no se enojaría por lo que tenía planeado hacer, así que le habló con emoción al tiempo que tomaba una vez más su mano para conducirlo con ella al interior de su casa materna, haciéndolo enrojecer imperceptiblemente por enésima ocasión—. ¡Ya lo verás!

Se encaminaron nuevamente detrás del can, el cual se había detenido a esperarlos sin dejar de mover la cola. La puerta de la casa estaba abierta dado que la señora Naomi estaba regando el jardín, y la buena mujer parpadeó de incredulidad al verlos.

Pero, Aome… ¿qué…? —preguntó asombrada reconociendo a su hija, la cual no tenía ni una hora de haberse marchado.

¡Oh, mamá, Inuyasha esta aquí, vino conmigo! —le dijo ella a manera de saludo sin soltar al joven—. Necesito llevarme algunas cosas y por eso regresamos —explicó al llegar frente a su madre y regalarle una sonrisa.

¡Oh, Inuyasha, hola! —la señora Naomi le saludó con su misma dulce sonrisa, como si no hubiera dejado de verlo—. Me da tanto gusto verte otra vez después de todo este tiempo, ¿cómo estás? —le preguntó cariñosamente.

Eto… muy… bien, gracias —el muchacho tartamudeó un poco apenado.

Me alegro tanto, Aome y todos te extrañamos mucho —observó la dama de muy buen humor.

Si me permites, mamá, tomaré algunas de mis cosas y un poco de dinero porque pienso llevarles regalos a mis amigos… ¡Ya son padres! —la chica terminó su comentario en el mismo tono emocionado y se encaminó de nuevo hacia el interior de la vivienda jalando al semidemonio, quien de todos modos no sabía que más podía decirle a la buena señora—. Vamos, Inuyasha, para que no se nos haga muy tarde —le indicó.

No tienes que preocuparte por eso, hija, y si necesitas algo más me dices —le respondió su progenitora en una entonación tranquila, como si nada de lo ocurrido hasta ese momento fuera anormal—. Pasa con toda confianza, Inuyasha, sabes que está es también tu casa —le dijo sin dejar de sonreír.

Si… gracias —el aludido únicamente contestó en un murmullo, dejándose llevar por la muchacha.

Cruzaron por el umbral y caminaron por el pasillo para dirigirse a la habitación de Aome. En la sala se encontraban Sota, el abuelo y Buyo, mirando la televisión, acompañados por "Inu", quien había entrado antes que la pareja y se recostó educadamente en su rincón favorito.

¡Hola a todos, regresé por un momento! —les saludó una muy sonriente Aome—. ¡Inuyasha viene conmigo también! —puntualizó encantada.

El chicuelo y el anciano voltearon a verlos, con la boca abierta del asombro; el gato solamente se estiró parsimoniosamente, aparentando indiferencia como buen felino, más brincó del sillón donde había estado acostado para frotarse entre las piernas de la adolescente.

¿Her… hermana?... ¿Inuyasha? —Sota fue el primero en articular palabra.

Este… hola… —el de plateada cabellera se veía asimismo bastante apenado y fuera de lugar… no tenía pensado enfrentar cara a cara a la familia de su amada.

Buyo, me haces cosquillas —le dijo Aome al minino a modo de reprimenda—. Dame un minuto, Inuyasha, por favor, tengo que ir por dinero a mi cuarto para que podamos comprar.

¿Aome, qué…? —el abuelo también se repuso dé la impresión.

Luego les cuento todo, abuelo —le contestó la chica interrumpiéndolo, dispuesta a subir las escaleras que conducen a las habitaciones—. Voy a traerte la gorra, Inuyasha, no me tardo.

Ete… si, claro —el aludido no hizo más que tartamudear por respuesta.

Ya en su habitación, Aome se encaminó hacia su mesa de trabajo y tomó cuidadosamente una tarjeta… era de la cuenta en donde le depositaban las regalías de la historia. Bien, compraría algunas mercancías y regalos para sus amigos, y el dinero no se acabaría aun.

Veamos… llevaré… — se dijo a sí misma cuando entró en sus aposentos, mirando para todos lados—… ¡sí, aquí está! —exclamó muy feliz al encontrar la tarjeta—. OK., el monje Miroku, Sango y sus hijos bien se merecen algo… ¡todos mis amigos se merecen algo! —se dijo más que alegre y la guardó en una bolsa de mano que tenía cerca, disponiéndose también a buscar otras cositas para armar su equipaje.

Llevaría algo de ropa y más para regalarle a las gemelas y Lin, y varios colores para Shippou; claro, no podía olvidar su colección de poemas, su diario y el perrito de peluche que ganó un lejano día en la feria. Guardó todo con cuidado en su amplia mochila amarilla y la colocó cerca de la puerta. Tomó la gorra que siempre le daba Inuyasha, la cual estaba junto a su cama, y salió del cuarto.

Y mientras ella ordenaba lo que se llevaría… en la sala, el pobre Hanyō se mostraba bastante avergonzado ante la escrutadora mirada del abuelo y la expresión absorta de Sota. Se percató que el anciano parecía más anciano que la última vez, y el niño ya no era tan bajito. No cabía duda que el tiempo corre inexorablemente hacia adelante.

Y bueno, muchacho —le soltó el abuelo bastante serio—, ¿ya has pensado sinceramente en hacer las cosas bien con mi nieta?

La piel del semidemonio se encendió hasta alcanzar el tono carmín de su traje. Sí, quería formalizar su relación con Aome y casarse lo antes posible… pero aún no se lo pedía como debía de ser. Se atragantó un poco con su mismo fluido bucal antes de contestar.

Eto… no… es decir… —dijo bastante nervioso y con voz temblorosa—… ¿a qué… se refiere? —preguntó con precipitación.

Vamos, vamos, no tienes que hacerte el tonto conmigo, jovencito —le dijo el viejecillo con suspicacia—, eres un mozalbete de alborotadas hormonas, y yo también tuve tu edad (ajá).

Bueno, hasta Sota enrojeció al imaginar a su abuelo en su juventud y teniendo aventurillas, y ni que decir de Inuyasha, el cual quería que la tierra se lo tragara (al abuelo, no a él, jejeje).

Oye, abuelo, no creo que Inuyasha… —el chicuelo decidió intervenir en favor de su futuro cuñado, sin disimular su bochorno ante la situación.

Vamos, Sota, hijo mío, tú también debes aprender —le contestó el aludido mirándolo fijamente por un segundo—. En pocos años llegarás a la edad de la punzada y es mucho mejor que sepas cómo actuar en este tipo de situaciones.

Pero… abuelo, apenas tengo 12 años —puntualizó el jovencito ya sin mirarlo, con la cara ardiendo de vergüenza.

El tiempo pasa rápido, Sota —más el anciano continuó empecinado, y volvió a fijarse en el ruborizado joven de dorados ojos—. Te recomiendo que no vayas a abusar de la confianza de mi nieta sin antes habérselo pedido con toda la seriedad y responsabilidad.

La expresión en el rostro de Inuyasha no podía ser más obvia, se sentía un despreciable e indigno de que Aome lo quisiera por atreverse a pensar… cosas impropias sin motivo. Por su mente desfilaron en un momento todas las veces que imaginó que él y ella… pero la culpa de que esas ideas indecorosas le hayan dado vueltas en la cabeza era de Miroku y Sango, los cuales eran demasiado evidentes en su relación de pareja. El semidemonio se sintió como un pervertido ante el hecho de que el anciano le recordara que, antes de imaginar otras cosas con la joven de negra cabellera, le era necesario armarse de valor y pedírselo formalmente, como debe hacerlo todo buen hombre. ¡Pero qué difícil le sería decirlo!... ya habían estado solos y no pudo hacerlo.

"¿Por qué demonios no puedo sincerarme con Aome?" pensó un tanto contrariado "¿Por qué el muy idiota de Miroku, con todo lo mañoso y sinvergüenza que es, puede hacerlo tan fácilmente y yo no?... ¿por qué?" Si que se le hacía inverosímil el que, a pesar de la desfachatez y el descaro con el que su amigo ha manejado su vida, haya conseguido que Sango lo aceptara aun por encima de esas cosas. Bueno, la exterminadora era algo ilusa y agresiva en su opinión, pero supo sacarle provecho a ese su lado femenino y consiguió "amansar" bien al monje quitándole muchos defectos. Bien, la realidad es que sólo se deshizo del defecto que más le molestaba a ella, lo mujeriego; por lo demás, el Hoshi seguía siendo igual de manolarga, encimoso, aprovechado, calenturiento, y, al parecer, esas "virtudes" le encantaban a la joven castaña aunque se empeñara en ocultarlo… en el fondo esos dos son igual de sucios, y por ello se entendían muy bien. Más él, Inuyasha, no podía ser así de "chabacano" ni aunque quisiera, pero tenía que intentarlo para demostrarle a Aome el deseo que tenía de vivir con ella el resto de sus vidas. Sacudió la cabeza con presteza porque había sudado un poco. "¡Mierda!, ¿cuáles fueron las estúpidas palabras ñoñas que Miroku le dijo a Sango cuando se casaron?" pensó tratando de recordar… a lo mejor le servirían para dar el primer paso.

Eee… bueno… yo… —al sentir que el anciano aun lo miraba fijamente, únicamente atinó a tartamudear.

La llegada de Aome lo salvó de decir algo frente a todos.

Ya estoy lista, Inuyasha, ahora ya podemos irnos —dijo la chica al entrar al recinto, con una gran sonrisa en su rostro. Y al verlo tan colorado le preguntó dudosa—. ¿Acaso te pasa algo? —para posteriormente fijarse en su abuelo y en su hermano, quien también parecía abochornado en exceso—. Abuelo… ¿qué sucedió?

Nada, hija, nada grave. Sólo le pregunté a nuestro invitado sí ya había formalizado las cosas contigo —observó el anciano sin amedrentarse—. Sabes que me preocupo por tu bienestar —añadió en tono solemne.

En el momento la muchacha fue la que enrojeció con intensidad, lanzándole a su abuelo una mirada de reproche.

Abuelo, por favor, Inuyasha y yo acabamos de vernos y no pensaras que… —inmediatamente puso los ojos en blanco por una fracción de segundo… "¡Pero qué ocurrencias las de mi abuelo!" deliberó enfurruñada—. Mejor vámonos ya, Inuyasha —se dirigió un tanto mandona al semidemonio tomándolo fuertemente de la mano y jalándolo con fuerza para levantarlo del sillón, al cual parecía aferrado de la vergüenza—. Regresamos pronto —añadió a modo de despedida.

Eee… adiós… —es lo único que alcanzó a decir el Hanyō, guardándose un suspiro de alivio y colocándose la gorra.

Vaya con mi abuelo y sus prejuicios… —fue el susurro de Aome antes de salir de la casa.

El jardín lucía hermoso y fresco porque la señora Naomi se esmeraba en mantenerlo bien limpio. La buena mujer terminaba ya con sus quehaceres cuando ellos salieron.

¿Ya se van tan pronto? —les dijo en cuanto los vio aparecer por la puerta.

Sí, mamá, Inuyasha y yo iremos de compras como te había dicho —respondió la muchacha acercándosele para abrazarla un momento—. ¿Te puedo pedir un último favor antes de que regresemos otra vez con nuestros amigos del Sengoku? —preguntó en tono de duda y súplica.

Claro, hija, dime que se te ofrece —la dama le respondió con su sonrisa dulce.

¿Tienes guardadas algunas prendas de Sota y mías, de cuando éramos pequeños?

Me parece que si guardé algunas de sus ropitas más lindas, ¿por…? —fue la curiosa pregunta de Naomi.

Es que mis amigos, el monje y la yōkai taijiya, ya tienen tres hijos… ¿podrías obsequiármelas para que se las regale? —explicó la joven con mirada suplicante.

Por supuesto que sí, querida, tómalo también como un regalo de mi parte para ellos —la mamá no pudo dejar de sonreír. Su hija era tan considerada con todos.

¡Oh, mamá, muchas gracias! —Aome se sintió aliviada y besó nuevamente a su madre con efusividad—. Nos vemos más tarde —agregó para tomar una vez más la mano de Inuyasha e irse con él.

Cuídense mucho, Inuyasha, y no olviden que los esperamos a cenar —la señora Naomi se despidió amablemente sin dejar de sonreír.

Eee… adiós… —respondió el aludido agitando tímidamente la mano que tenía libre, sintiéndose aun algo inseguro mientras trataba de adivinar cuales eran los pensamientos que en esa hora cruzaban por la cabeza de la adolescente de su corazón.

Caminaron un tramo en silencio y llegaron a la parada del autobús. No era tan tarde aunque ya se dibujaba el ocaso sobre el horizonte y las luces empezaban a iluminar la calle. En pocos minutos abordaron el vehículo que los llevaría al centro de Tokio. Se sentaron uno al lado del otro sin atreverse a mirarse directamente, y continuaron buena parte del trayecto sin decirse media palabra, cada uno meditando en muchas cosas, especialmente el joven de brillantes pupilas como el sol se repetía sobre lo que debería haber hecho ya, y la observaba muy disimuladamente sin animarse a abrir la boca. Nuevamente Aome fue la que rompió el silencio.

Oye, Inuyasha… —le dijo fijando en él sus bellos ojos achocolatados.

Vamos… en realidad no podía dejar de experimentar como un vacío en el estómago, nada relacionado con el hambre, cuando ella lo veía con esa mirada tan dulce y cargada de amor. Sintió que se atragantaba antes de responder… "¿Por qué carajo es tan complicado decírselo?" se preguntó una vez más.

Sí… ¿qué pasa? —le preguntó tratando de fingir indiferencia, sosteniendo su refulgente mirada en las pupilas de ella.

Lamento que mi abuelo… —ella se sonrojó un poco al sentir fijos en su rostro esos dorados orbes, y desvió la vista—… te haya importunado.

¡Keh! No te fijes en eso, Aome, tu abuelo ya está en extinción y sólo piensa en tonterías sin sentido —el muchacho contestó con su aire habitual de "me vale", queriendo minimizar el asunto para que la chica ya no se sintiera mal.

Inuyasha… ¿acaso supones que es una tontería el que mi abuelo se preocupe por mí? —más la mirada de la muchacha cambió por una de visible enfado.

"¡Oh, oh, palabras inadecuadas!" recapacitó cambiando también su expresión por una de susto al verla molesta. Lo que menos deseaba en ese instante era hacerla enojar porque si no… indudablemente lo haría morder polvo como antaño, y así le sería más difícil expresarse.

No… no, Aome, yo… no quise decir… lo que… —tartamudeó y se atragantó otra vez buscando enmendar su error—… es que él me dijo… — "¡Vamos, maldita sea, dile de una buena vez lo que sientes por ella!" se reprendió internamente y la miró con un poco de desesperación.

La doncella se extrañó un poco de verlo tan nervioso… algo anormal le estaba ocurriendo a su amado Hanyō, pues no es su forma habitual de comportarse. Meditó que no era bueno enfadarse con él, después de todo apenas acababan de verse y no le debía ser fácil tratar de ser más agradable de lo que ya era, sobre todo si consideraba que ella no lo tomó en cuenta al ocuparse más de los demás. Su mirada se hizo comprensiva y le sonrió con algo de pena.

Tienes razón, Inuyasha, discúlpame, mi abuelo a veces dice cada locura… —le dijo cariñosamente hasta que se dio cuenta de que ya habían llegado al centro comercial—… ¡Bajan! —exclamó y volvió a tomar la mano del muchacho para descender del vehículo que casi arrancaba otra vez.

Se encaminaron a un gran almacén donde vendían toda una gran variedad de productos, más de los que Inuyasha se pudiera imaginar. El semidemonio parpadeó asombrado… ya había olvidado las cosas sorprendentes de la época de Aome.

Luego te compró un rameen… Vamos por aquí —la chica tuvo que jalarlo una vez más con algo de fuerza porque el joven se relamió de gusto al percibir con su fino olfato el aroma de esas sopas que tanto le gustaban, y lo condujo hacia un lugar donde había extrañas prendas diminutas.

Oye, Aome, ¿qué son esos retazos tan extraños? —le preguntó con tono dudoso en cuanto se acercaron a uno de los exhibidores.

Es ropita para bebé… —contestó ella con una sonrisa tomando algunos—… Le llevaré a Sango y al monje Miroku para sus hijos.

Y así recorrieron el lugar escogiendo varios artículos que la joven morena les daría a las gemelas y al pequeño Miatsu. Salieron del centro comercial llevando varios paquetes de regalos: para los hijos de sus amigos, para Shippou, Kohaku, la anciana Kaede, Kirara y Lin; una buena cantidad de sopas instantáneas de todos los sabores para el Hanyō (quien sólo por eso cargó con todo sin protestar demasiado), y otras pequeñas indiscreciones que Aome tenía pensado darle a su amiga castaña para ayudarla a controlar los excesos de su efusivo marido. Antes de irse, mientras Inuyasha tomaba el plato grande de rameen que Aome le prometió, platicaron de como lo habían pasado en estos tres años de separación. El muchacho le comentó muy escuetamente sobre la vida familiar de sus amigos, cuándo y cómo se habían casado, el "martirio" de Sango para regular los excesos de Miroku en su afán de tener 20 hijos, y de cómo se llamaban las niñas y el bebé; sobre Shippou y sus avances en la escuela de zorros mágicos; sobre Lin, Sesshōmaru y su vida como Gran Señor de la región Oeste; sobre Koga, su matrimonio con Ayame y sus dos camadas de lobitos… pero no le contó nada de él ni de todo lo que sentía y guardaba por ella, pues para eso tendría que buscar un momento más adecuado y especial. Asimismo, Aome le refirió sobre como le fue en el Instituto en esos años; sobre sus amigas y lo que estudiaría cada una de ellas; sobre el club de arquería y algunos sucesos sin precedentes; sobre el manga y el anime, eso sin decirle del todo quien es el principal patrocinador del mismo, pues no quiso incomodarlo sobre el hecho de que su hermano Daiyōkai viviera todavía en esa época… y hasta con familia.

La muchacha vio su reloj, eran las siete treinta de la noche, no era tan tarde así que posiblemente en Sengoku aun estarían despiertos. Abordaron un taxi para regresar al templo en vista de que llevaban más peso del que Aome consideró al principio.

¡Mamá, ya llegamos! —Aome saludó a su familia al entrar en al vivienda, los cuales se encontraban en la cocina dispuestos a merendar ligero.

Bienvenidos —la señora Naomi se asomó a la puerta tan sonriente como siempre—. Pasen a cenar que se enfría.

¡Comida! ¡Qué bien! —Inuyasha no se dignó a saludar como señala el manual de urbanidad, y rápidamente tomó asiento en tanto se relamía los labios del puro gusto.

Oye, Inuyasha, ¿qué no me dijiste que…? —la muchacha se incomodó un segundo al notar la actitud de su galán… bueno, merecía que lo consintiera un poco también y así podrían despedirse de mejor manera—. ¡Cochino, ven aquí y lávate las manos! — lo reprendió entre tierna y firme antes de tomarle de una oreja con suavidad y conducirlo al baño.

La cena estuvo bastante animada, pues Aome le platicó a su familia de lo maravilloso que seguía el Sengoku, sobre la buena noticia del matrimonio de sus amigos y sus tres lindos hijos, sobre que el pequeño kitsune iba a la escuela… en fin, sobre su decisión de llevarles regalos a todos.

Oye, hermana, dime una cosa… ¿cómo es qué regresaste? —le preguntó Sota dudoso en cuanto la joven detuvo su parloteo por un momento, cuando a ella le daba por hablar era difícil que se detuviera—… ¿tú crees que puedan volver otra vez allá?

Hasta entonces Aome se dio cuenta de lo que había hecho… pero sonrió porque estaba más que segura del que el mejor lugar para vivir con su amado era el Sengoku, y eso lo sabía desde hacía tiempo.

Bueno, Sota, creo que pudimos regresar porque yo quise venir por obsequios para mis amigos —observó la morena con calma terminando de comer su porción—. Y sé que Inuyasha y yo volveremos porque allá es donde viviremos.

Eso… suena bastante lógico —el muchachito parpadeó de incredulidad, tratando de verle la simplicidad al asunto como lo hacía su hermana.

Media hora más tarde la doncella ayudaba a su mamá a limpiar la cocina y lavar los trastes en lo que Inuyasha jugaba con Sota a los videojuegos. Al terminar subió por la mochila y terminó de acomodar su equipaje, para que después el semidemonio cargara con todo, lo cual para él no era cosa del otro mundo, y menos si llevaba una buena dotación de rameen instantáneo para completar sus necesidades básicas alimenticias en el Sengoku. Llegó el momento de despedirse en definitiva, así que Aome abrazó nuevamente a su familia, sintiéndose esta vez más tranquila por tener a su amado con ella.

Bueno, ahora sí tenemos que irnos… los quiero —dijo en cuanto los abrazó, besándolos cariñosamente en la mejilla.

Aome, querida, vuelvan si pueden que siempre serán bien recibidos —le dijo su mamá con dulzura, y después miró a su futuro yerno sonriéndole como acostumbra al momento de darle un pequeño abrazo—. Inuyasha, te la encargo mucho, y vivan felices como una nueva familia, en las buenas y en las malas.

Por enésima ocasión el Hanyō enrojeció brevemente. Vivir con la muchacha, con su Aome… lo había deseado muchas veces, más desde que sus amigos le "restregaban" sin querer las dichas del matrimonio. Aunque ahora que… bueno, primero lo primero.

No… es decir… no tiene de que… preocuparse —respondió tartamudeando avergonzado.

Cuídense mucho, Aome —le dijo Sota a modo de despedida, regalándoles una amistosa sonrisa muy similar a la de su progenitora—, y quiéranse mucho también, hermano Inuyasha.

Y no lo olvides, muchacho —agregó el abuelo mirándolo muy fijamente, aunque le palmeó la espalda con amabilidad —, haz feliz a mi nieta.

Eee… sí, claro —afirmó el joven bastante enrojecido.

Salieron de la casa llevando cada quien sus respectivos bultos, y, sin mirar atrás, se dirigieron al pozo. En el camino se despidieron de "Inu", al cual la joven le obsequió una caricia. El perro movió la cola y los miró con afecto. Se apartó y corrió hacia la vivienda.

Ahora si ya es tarde… casi las diez de la noche —murmuró Aome observando su reloj—. ¿Tú crees que nuestros amigos estén despiertos? —le preguntó a Inuyasha mirándolo con duda, pues su intención no era incomodar a nadie.

¡Keh!, Miroku y Sango sí han de estar despiertos… esas mocosas que tienen son unas verdaderas "diablillas" con patas y no se duermen tan fácilmente —le afirmó el muchacho y, bajando su propia carga, la levantó con cuidado de la cintura para ayudarla a subir hasta el brocal de la noria. Ella le sonrió con ternura ante esa acción tan amable.

Muchas gracias, Inuyasha —le dijo con cariño.

Una vez se sintió acalorado ante esa linda mirada… "¿Por qué mierda no hablas ahora?" se dijo internamente mirándola entre tierno y avergonzado.

¿Te sucede algo? —al notar su expresión ruborizada, ella le preguntó con duda.

Eto… no… es que… —"¡Es mejor cambiar de tema para que no te pregunte nada!" reflexionó rápidamente en tanto carraspeaba—… es que… no me gustaría… si las escuinclas ya se durmieron… bueno, tú ya sabes como es el idiota de Miroku…. —"Ese es un buen pretexto" meditó aliviado por su prodigiosa idea—… y, seguramente…. bueno… los… podríamos interrumpir en… sus cosas… ese Miroku luego no se mide ante nadie… y eso que es monje.

Oye… ¿qué no me contaste que apenas hace quince días nació el niño? —la chica pareció más extrañada—. Tú mismo me dijiste que Sango no dejaría que el monje Miroku abusara de… bueno, tienen que respetar la cuarentena, y luego… también están las niñas —agregó sonrojándose de igual manera.

Eee… si… pero… —"¡Diablos, había olvidado eso!" masculló en voz muy baja antes de agregar—… pero es que… bueno, ya lo conoces como es de mañoso… y… pues Sango… luego le da alas.

Mmm… tal vez tengas razón —Aome lo meditó un poco—. En fin, vamos ya.

Saltaron dentro del pozo y atravesaron una vez más la barrera del tiempo. En ese minúsculo lapso Inuyasha miró a Aome de reojo. Había cambiado un poco y ya no tenía rasgos tan infantiles, se notaba la madurez de los tres años transcurridos… dieciocho es una buena edad. Aun así las facciones del rostro de la muchacha le seguían pareciendo tan bonitas como antes, y en su mirada achocolatada se reflejaba la dulzura de la inocencia. Suspiró muy leve e imperceptiblemente sintiéndose dichoso con su suerte, sonriendo una vez más en cuanto la joven le regresó la mirada al momento de hacer contacto con el piso, ya en el Sengoku. Ella también había anhelado por regresar a su lado y su corazón le pertenecía.

Al salir de la noria se encaminaron con rumbo a la aldea, dirigiéndose hacia la cabaña de sus amigos. Y, efectivamente, la pareja se encontraba aun despierta. Al fin, después de un "agotador" día de juegos, las niñas se durmieron en los brazos de su padre, mientras en ese mismo momento el pequeño Miatsu tomaba su última ración de leche del día. Miroku se mantenía en pie arrullando a las mellizas, y de tiempo en tiempo le dirigía a su esposa sutiles miradas cargadas de amor hacia ella y hacia los infantes… esa era la linda familia con la que siempre había soñado. Y Sango se dedicaba a canturrearle muy bajito al bebé, acariciándolo y acunándolo tiernamente entre sus brazos maternales, sentada en el acceso a la casa. La imagen hogareña era una linda estampa a los ojos de la joven morena.

Amigos míos… hola otra vez —les sonrió ampliamente dejando su mochila en el suelo—. Me siento muy apenada con ustedes porque Inuyasha y yo nos fuimos de mala manera sin despedirnos como es debido —añadió un tanto avergonzada.

Los cónyuges parpadearon con incredulidad al notar su presencia, y después le correspondieron la sonrisa.

No tiene que avergonzarse de nada, señorita Aome, es un gusto verla una vez más y tan saludable como siempre —le dijo Miroku con amabilidad sin dejar de arrullar a sus hijas.

Hola, Aome, no sabes cuánto me alegra verte después de todo este tiempo, y que te encuentres bien —añadió Sango igual de amable, dedicándole una mirada muy dulce.

La chica ya no se contuvo y se abalanzó primero sobre la yōkai taijiya apretándola efusivamente, aunque tuvo que contenerse un poco para no lastimar al soñoliento Miatsu.

¡Oh, Sango, amiga mía, a mí también me da tanto gusto verte! —y sollozó un poco sin poder disimular su alegría—. ¡Tus hijos son tan lindos! —exclamó con admiración en tono gustoso.

Oh, Aome, muchas gracias —a la joven castaña también le brotaron algunas cuantas lágrimas, más no pudo corresponder el abrazo por tener las manos ocupadas.

Posteriormente se dirigió al Hoshi y casi lo besa en el cachete de lo contenta que estaba por verlo así de enamorado y realizado con su esposa.

¡Oiga, monje Miroku, qué buen padre es usted! —le dijo apartándose con cuidado—. ¿Puedo cargarlas? —y miró con mucha ternura a las pequeñas dormidas.

Por supuesto que sí, señorita Aome, ahora puede tomar a la que guste usted y pasemos para acostarlas —le respondió el aludido en tono de orgullo paternal sin dejar de sonreír—. Bienvenido seas también, Inuyasha, pensamos que ya nos habíamos librado de ti —y le habló entre educado y burloncito a su colega de plateada cabellera, guiñándole un ojo con complicidad en tanto el aludido dejaba en el suelo el gran bulto que cargaba en uno de sus hombros, dirigiéndole un mohín enfurruñado por el chistecito de mal gusto.

La muchacha tomó cuidadosamente a una de las niñas y siguió al monje al interior de la vivienda, llevándose una grata sorpresa. La choza no era muy grande en sí, pero todo adentro estaba distribuido adecuadamente para que tuvieran comodidad, y se notaba muy limpia. Se veía que la pareja se preocupaban por vivir en las mejores condiciones para sus hijos, y la joven castaña era tan buena ama de casa como exterminadora de monstruos, aunado a que el marido le ayudaba cuando se encontraba con ella. Inuyasha prefirió quedarse afuera con Sango para no sentirse asfixiado dentro de la casa y, al fijarse bien en que su amiga alimentaba a su bebé, enrojeció muy levemente y desvió la mirada para disimular. La yōkai taijiya volvió a sonreír una vez más al notar su pena.

Vamos, Inuyasha, no te quedes atrás y acompaña a Aome —le dijo en cantarina y alegre voz, evitando carcajearse en su cara.

El de dorados ojos no espero a que se lo repitiera, y entró presuroso. En tanto, en la habitación de las mellizas…

Este es nuestro humilde hogar, señorita Aome —le señaló Miroku con cortesía a la joven morena—. No es un gran palacio pero…

Es tan bonito y acogedor —observó la mencionada en entonación amable y dulce—, el lugar perfecto para ustedes.

Bueno… sólo que si la familia crece más… —el Hoshi respondió gentilmente al tiempo que acostaba suavemente a su hija dormida—… listo… ya puede darme usted a Kikyō, señorita Aome —le dijo al volver a mirarla.

Monje Miroku… ¿en verdad piensa obligar a la pobre Sango a tener veinte hijos con usted? —ella le reprochó con cariño entregándole a la chiquilla.

Vamos, señorita Aome, yo no soy un desconsiderado con mi Sanguito bella… usted ya me conoce que soy todo un caballero —contestó el aludido en tono de inocencia acomodando ahora a la otra niña.

Y en ese momento entró Inuyasha.

Esa Sango es una verdadera impúdica… —decía mascullando entre contrariado y enfurruñado.

Oye, oye, Inuyasha, ¿qué tanto le criticas a mi mujer? —Miroku volteó a verlo y le llamó la atención aparentando enfadarse, imaginando sin temor a equivocarse cual era la causa de su molestia.

Cómo si no lo supieras… —y el semidemonio le reclamó alzando un poco la voz.

Inuyasha… ¿qué tiene Sango? —Aome le preguntó mirándolo con duda.

… ete… no… no es nada malo, Aome —el de plateados cabellos por poco se infarta al escuchar la voz de la muchacha, volviendo a enrojecer imperceptiblemente de los pómulos y tragándose un poco de líquido de sus glándulas salivales…. olvidó por un segundo que la joven morena había entrado a la choza.

¡Ah, señorita Aome, si usted hubiera visto a este muchacho hace algunos meses!… —posteriormente de terminar de acostar y arropar a las gemelas con mucho cariño, el joven Hoshi se enderezó para dirigirle una mirada bastante maliciosa a su amigo del alma, guardándose las ganas de mofarse en su cara—. Mejor vayamos afuera para platicar que no quiero despertar a mis pequeñas "mujercitas" —sonriéndose una vez más con disimulo al notar la expresión de disgusto en el rostro del semidemonio.

Oye, Miroku idiota, no empieces con tus pen… —le iba a replicar el Hanyō cuando fue interrumpido con firmeza.

Mira, mira, Inuyasha, allá afuera me gritas todo lo que quieras… ya sabes como son Ahome y Kikyō si se despiertan, y, si eso llega a pasar, tú las vuelves a dormir —el monje hizo un gesto con la mano, pues la pequeña Ahome se retorció un poco entre sueños—. Señorita Aome, por favor —le indicó amablemente a su invitada de honor cediéndole el paso y sin dejar de sonreír.

Inuyasha cerró la boca gruñendo un poco, conocedor de lo que esas pequeñas "diablitas" podrían hacerle a sus sensibles y delicadas orejas si llegaban a despertar… lo torturarían en grado máximo, así que se fue detrás de Aome. Ya afuera encontraron a Sango sobándole la espaldita a su bebé para que pudiera sacar el aire, que no pudo cubrirse en su totalidad. El pequeño Miatsu parecía querer dormir ya y su expresión infantil era de satisfacción. Viendo la comprometedora situación para la integridad de su mujer, y en consideración también a su "mojigato" amigo Hanyō, Miroku tomó al niño con cuidado para hacerlo eructar, permitiéndole a su esposa el acomodarse bien la túnica. El chiquillo eructó al fin y se quedó profundamente dormido, a lo que Aome lo miró con ojitos cariñosos.

¡Ternurita!, ¡y se parece mucho a usted, monje Miroku! —le dijo con voz soñadora—. Sango, ¿puedo cargarlo? —le preguntó tímidamente a su amiga.

Tenía que ser todo un galán como su padre —dijo el aludido con aire de presunción, hinchando el pecho con orgullo.

Por supuesto que sí, Aome —intervino la joven madre con una sonrisa, y se levantó con cuidado de su postura.

Miroku entregó al pequeño dormilón en brazos de la joven morena, y rodeó cariñosamente a su esposa por la cintura.

Sanguito, amor, ¿te parece prepararles té a nuestros invitados cómo buenos anfitriones que somos? —le dijo amorosamente guiñándole un ojo con discreción, dándole a entender que dejaran un momento a solas a sus amigos.

Pero claro que si, Miroku querido, y de verdad agradecería tanto tu ayuda —contestó la yōkai taijiya comprendiendo la indirecta, regalándole un "picorete" en los labios—. No tardamos, chicos, así que siéntanse como en su casa… Aome, con toda confianza.

El matrimonio entró a la vivienda abrazándose, dejando a su hijo al cuidado de sus camaradas. Aome no pudo dejar de sentirse tan alegre al verlos tan unidos… todos los problemas y las situaciones originados por Naraku habían quedado definitivamente atrás, y ahora el futuro le sonreía a esa linda pareja y a la familia que han formado. Se acomodó en la banca mirando un poco absorta al nene dormido, y el muchacho de plateados cabellos hizo lo propio al sentarse junto a ella, observándola fijamente cómo si quisiera adivinar sus reflexiones.

Es un bebé tan pequeño y delicado… —dijo en tono bajo y dulce soltando un breve suspiro de complacencia, para después volver la vista hacia su amado semidemonio, a quien le dirigió una mirada cargada de amor—… ¿no te parece, Inuyasha?

Eee… —fue lo único que se le ocurrió decir al momento.

Bueno, viéndolo bien la escena era tan linda… ya la había imaginado así, con un bebé en brazos, sólo que el niño tenía que ser de ellos, no de sus amigos. Aome se veía muy hermosa cargando al infante, y eso le trajo de regreso a su memoria lo que debía haber hecho desde que la vio nuevamente.

Oye, Aome… —el Hanyō carraspeó un poco para tratar de disimular su pena, e hizo un esfuerzo sobrehumano al intentar sostener sus ambarinas pupilas ante los ojos cafés—… yo te… te… yo te… —y volvió a sentir el nudo en la garganta que le impedía hablar con naturalidad. "¿Por qué es tan difícil decirle lo que siento, por qué?" se preguntó internamente con desesperación por enésima ocasión en el día.

¿Qué te pasa, Inuyasha? —le preguntó la doncella con inquietud reparando en su expresión nerviosa—. Te he notado muy extraño.

No… yo… es decir… nada… no es… nada… en… serio… —y el pobre no pudo articular más que unos vocablos aislados, sintiendo que las palabras se perdían en su garganta.

Y fue entonces que el pequeño Miatsu pareció darse cuenta que no se encontraba en los brazos de su madre, e interrumpió el breve momento de romanticismo lanzando un berrido a modo de expresar su inquietud, haciendo que ambos se sobresaltaran un poco.

¡Oh, lindo bebé, tranquilo, no llores!... —Aome lo arrulló hablándole con cariño, para posteriormente solicitarle ayuda a su amado con un poco de impaciencia—… ¡Inuyasha, por favor, haz algo!

¿Qué?... ¿y… qué… qué hago? —preguntó aquel sin saber de verdad que hacer, pues nunca había cuidado realmente a los niños, y menos cuando lloraban de esa manera.

Afortunadamente para ellos Sango salió en ese instante, algo apurada y apenada por la situación, pues no se esperaba que su hijo despertara tan pronto.

Oh, Aome, en verdad lo siento tanto… ahora permíteme, por favor —dijo en tono avergonzado disponiéndose a tomar delicadamente al pequeño gritón—. Ya, Miatsu, ya no llores más que mami está aquí contigo —hablándole con dulzura y acercándolo a su pecho.

El angelito se silenció casi de inmediato al reconocer el aroma de su mamá, y en unos cuantos segundos pareció dormirse otra vez. El de dorados ojos les lanzó a la joven madre y al pequeño una mirada bastante fea.

¡Keh!, que se me hace que el chamaco éste es tan aprovechado y convenenciero como el lujurioso desenfrenado de su padre… —dijo de malos modos al dar su opinión.

Oh, vamos, Inuyasha, sólo es un bebé recién nacido —Aome no dudó en reprocharle por esa observación tan incorrecta.

¡Bah!, aunque lo sea… los defectos se pegan —resopló el semidemonio cruzándose de brazos.

Por favor, no se peleen que nada les cuesta ser amables entre ustedes —Sango intervino con una disimulada sonrisita en los labios, y entró nuevamente a la cabaña llevándose a su pequeño—. En seguida estará el té, así que no desesperen.

Ambos enrojecieron por enésima ocasión al percatarse de que estaban solos una vez más. Esta era la oportunidad que el semidemonio tenía que aprovechar, y sincerarse con ella de una buena vez por todas.

Aome… yo… tengo que… decirte algo… —volvió a tartamudear mirándola fijamente y tomando, ¡al fin!, sus manos; eso sí, con el tono tan encendido como su traje.

¿Sí? —ella lo miró con dulzura, y también estaba bastante colorada de las mejillas ante lo que consideró un bonito gesto de parte del tosco Hanyō hacia su persona.

Bueno… yo… yo… —"¡Con una mierda!..." pensó con desesperación ante la imposibilidad de hablar más "… ¿por qué Miroku lo hace parecer tan fácil?", y empezó a sudar frío—… yo… yo quiero…

Y, nuevamente, por reiterada ocasión en el día, su confesión fue interrumpida por… un exasperante alborotador que se abalanzó sobre la muchacha golpeándolo sin querer en la cabeza, y consiguiendo cambiar su emotiva expresión por una de verdadero enfado.

Nota de la autora: Jajaja ¿ya ven que no iba a ser tan fácil el hacer que Inuyasha declare su amor con espontaneidad? Porque el Hanyō no es un fantoche empedernido, es verdaderamente poco romántico y no encuentra la mejor forma y el momento oportuno para sincerarse con Aome, aunque tuvo muchos. Así que tendrá que pedir ayuda desesperada al único que puede ayudarlo… el rey de la cursilería en esta historia (tengo tantas ideas dando vueltas en mi mente para ese monje tan ocurrente, pero ninguna se estaciona, jejeje) No se pierdan la continuación que estará igual de divertida antes de que al fin lo haga hablar, y la joven del futuro también tendrá que poner mucho de su parte para que se dé cuenta que el amor que siente por él es grande. Un saludo y a ser felices viviendo como debe ser, amándonos entre hermanos, y no sólo por las fechas tan especiales, sino por todo el tiempo.