Capítulo 18 parte 3

Nota: A estas alturas me imagino ya sabrán quien fue el impertinente que interrumpió a Inuyasha en ese momento tan importante, cuando al fin parecía a punto de declararle su amor a Aome… , jejeje. Continuamos.

¡Aome!, ¡Aome! —gritó Shippou lanzándose sobre ella, apoyándose en la cabeza de Inuyasha para impulsarse—. ¡Regresaste!

¡Shippou! —reaccionó la muchacha al reconocerlo, y, con expresión contenta, ya pensaba tomar entre sus brazos al pequeño kitsune más, en ese preciso momento, algo golpeó al zorrito en lo alto de su diminuto cráneo—. ¿Pero qué…?

Al niño le brotaron como tres chichones y comenzó a ver estrellas mientras sus ojos daban vueltas en remolino; la expresión del de plateada cabellera era de ira contenida.

¡Méndigo chaparro pedazo de mierda! —le espetó fieramente después de golpearlo—. ¿Por qué carajo te apareces ahora y me interrumpes en este asunto tan importante, eh? —lo cual hizo que la chica parpadeara un poco con asombro.

Y adentro de la cabaña… Miroku se disponía a servir el té y Sango arrullaba a su recién nacido cuando escucharon el golpazo y el grito de furia del semidemonio, a lo que ambos hicieron una cómica expresión resignada.

Shippou… — dijeron al unísono en tono abatido.

¿Cuándo aprenderá ese zorrito a no ser tan inoportuno? —observó el monje cambiando el gesto por uno más rígido.

Creo que lo mejor es ir ahora, querido… —dijo la joven castaña acomodando a su hijo dormido en su "sillita", y ella cambió el gesto por uno de preocupación—… o Inuyasha puede terminar matándolo.

Bueno… eso si antes la señorita Aome no lo manda al piso —completó el hombre un tanto divertido… sólo de pensar en lo que le esperaría al Hanyō si hacia enfadar a la joven morena era para reírse.

Miroku, por favor, no tienes por qué burlarte de Inuyasha —le reprendió su esposa con un poco de severidad.

Ya, Sanguito querida, no te enojes y terminemos con nuestra parte —observó apenado sin ánimo de contradecirla, algo que en realidad casi nunca hace.

Tomaron unas "tazas" y una bandeja para llevarlas junto con el recipiente para servir el té que les habían ofrecido a sus amigos, esperando llegar a tiempo y evitar un final drástico para ese día.

Oye, Inuyasha, ¿por qué hiciste…? —decía la muchacha de negra cabellera con molestia mientras tomaba al desventurado y desmayado kitsune entre sus brazos, abrazándolo protectoramente.

¡Porque se lo merece ya que es un "metomentodo"! —le soltó él con enojo sin dejarla terminar— ¿Cómo se atreve a molestarme en…? —y, al instante, dándose cuenta a tiempo de que estaba por irse de boca, se calló y cambió su expresión de furia por una de vergüenza.

Aome le lanzó una mirada de reproche sobando la cabeza del pequeño zorro, levantándose del suelo.

¡No tienes por qué ser tan agresivo con el pobre de Shippou! —le dijo bastante enfadada—. ¡Sólo es un niño indefenso!

¡Qué va a ser este un niño indefenso ni que nada! —el joven de plateada cabellera volvió a enfurecerse levantándose también—. ¡Es un miserable aprovechado, eso es lo que es!

Justo en ese instante hicieron su aparición los esposos… era el momento preciso para evitar que la joven del futuro se irritara más y mandara al Hanyō de cara al suelo como hace tanto tiempo no lo hacía.

Ejem… —Miroku carraspeó para hacerse notar, llevando la charola con las "tazas"—… ustedes perdonen, señorita Aome, Inuyasha, es que el agua tardaba en hervir…

… pero el té ya está listo —Sango completó lo dicho por su esposo, sonriendo muy falsamente para disimular.

La pareja de peleoneros volteó a verlos sin cambiar sus gestos de enfado, pero se tranquilizaron al darse cuenta que sus amigos les habían evitado un pleito como los que acostumbraban tener en esos años, poniéndose colorados de las mejillas ante su actuar.

Eee… muchas gracias, Sango… monje Miroku —Aome se dejó caer nuevamente con gracia acomodándose en su lugar, algo aturullada y sin soltar a Shippou, quien aún no se recuperaba, sobándole suavemente los chichones.

Inuyasha también se dejó caer al piso en su pose habitual y cruzado de brazos. La señora de la casa sirvió cuidadosamente el té y su esposo le entregó una "taza" a cada uno de sus invitados. Bien, los cónyuges se sentaron juntos, un tanto apartados de sus amigos para no incomodarlos, y nadie dijo nada más empezando a beber de su respectiva "taza". El joven de dorados ojos notó que la bebida en realidad no estaba tan caliente, así que les lanzó a sus camaradas una mirada de lo más escrutadora porque comprendió que lo habían hecho a propósito. Al verse descubiertos, el matrimonio le sonrió disimuladamente con un poco de pena, eso sí, sin dejar de tomar su té. Y en todo ese rato se hicieron los desentendidos de la presencia de Shippou, hasta que el pequeño se despabiló y se tocó los chichones de la cabeza lanzando un quejido.

¡Ay, mi cabecita! —lloriqueó sonoramente el kitsune sobándose el mismo la cabeza.

Shippou… —le dijo Miroku en tono serio, fingiendo sorprenderse ante su manifestación—… a mi parecer deberías estar dormido ya, ¿o no? —recalcó.

Bien podías esperar hasta el día de mañana para saludar a Aome —le puntualizó Sango con el mismo tono de circunspecta que su marido.

¡Inuyasha, tonto! —el aludido se volvió al semidemonio para reclamarle—. ¿Se puede saber por qué diablos me golpeaste?, ¡yo también quise saludar a Aome hoy!

Tranquilízate, Shippou, Inuyasha no va a volver a golpearte —le dijo la joven morena abrazándolo nuevamente.

¡Keh!, mira quién es el idiota aquí, chaparro pen… —le espetó Inuyasha de muy mala manera—. Eso y más te mereces por ser tan insolente y metiche.

¿Y qué tiene de malo venir a saludarla, eh? —el pequeño lo encaró, sin apartarse de la muchacha para darse valor—. Tú no fuiste el único que la extrañó en todo este tiempo, inmaduro.

Y tú no eres más que un miserable enano hijo de p… —el de dorados ojos lo fulminó con una mirada cargada de ira contenida.

Oigan, Inuyasha, Shippou, no peleen por favor —Aome trató de tranquilizar las cosas.

Ante tanta palabrería de esos bravucones "animales", a Miroku y a Sango les brotó una gota anime para representar su bochorno y vergüenza, después pusieron los ojos en blanco por un breve instante, y posteriormente le lanzaron al kitsune llorón una mirada de enojo. "Este despistado jovencito no se da cuenta de nada" pensaron por igual.

Shippou… ¿por qué no te tomas una taza de té y te vas a dormir ya? —Miroku le habló en tono lúgubre y terrible, lo cual le hizo temblar hasta la colita.

Recuerda que los niños como tú deben dormirse temprano —Sango completó el dicho de su marido, aunque su expresión no era tan aterradora como la de él—. Ya mañana platicarás todo lo que quieras con Aome.

La aludida Aome parpadeó por enésima ocasión, sin comprender el porqué del comportamiento de sus amigos hacia el pequeño zorro, así que lo soltó con cuidado dejándolo en el piso. Asimismo, el pobre kitsune se asustó un poco por ver a los esposos enfadados con él como casi nunca. Ya Inuyasha no pensaba decir nada más, únicamente le dedicó una mirada rabiosa al zorro entrometido y le volteó el gesto. Pero, aun así, Shippou no se iba a dar por vencido sin antes aclarar algo que lo tenía intrigado. Con algo de cautela le dirigió al Hanyō una mirada entre tímida y retadora.

Por cierto, Inuyasha… ¿qué pensabas hacerle a Aome cuando la agarraste así de las manos? —le soltó hablando no muy alto, haciéndose rápidamente para atrás.

El de dorados ojos lo miró una vez más, ahora con cara de enfado y el tono súbitamente enrojecido. Al instante se levantó de un salto para abalanzarse sobre él.

¡Carajo, Shippou —dijo agresivamente como si lanzara un gruñido—, lo que yo haga a ti te vale m…!

¡OSUWARI! —pero, más veloz de lo que pudiera imaginarse, Aome gritó con enojo.

Y así llegó el azotón acostumbrado de hace tiempo… y nunca había olvidado lo que dolía. Shippou salió disparado hacia la cabaña de la anciana Kaede al notar que no era nada conveniente compartir esa noche el té con sus amigos. Miroku y Sango se abrazaron fuertemente, entrecerrando los ojos en el instante en que la joven del futuro dijo el conjuro mágico; parpadearon al ver al de plateada cabellera en el suelo, para después soltar un suspiro de resignación.

Aome… —el Hanyō habló con la cara embarrada en el piso—… ¿por qué mierda lo hiciste?

¿Y por qué tú sigues siendo tan enojón, eh? —soltó la chica acercándose a él, mirándolo aun con molestia —. ¡Insensible y abusivo!

Señorita Aome, escúcheme por favor —el Hoshi decidió intervenir sin haber soltado a su mujer, tratando de suavizar la situación en favor de su colega y compadre—, usted no sabe cómo la extraño Inuyasha, y por eso es que…

Claro que, ante esto, el nombrado se levantó presuroso… por ningún motivo permitiría que el monje charlatán se expresara por él. Tenía que decirlo personalmente, pero no frente a ellos.

¡Ya cállate, Miroku idiota, no hables más o te juro que te mato! —le soltó con enojo sin mostrarse agradecido por su preocupación.

Inuyasha… —la muchacha se sobresaltó al verlo reaccionar tan rápido, ya que estaba cerca de él, y su mirada se suavizó de sólo pensar en que lo había hecho sufrir por su ausencia—… yo también te extrañé mucho, en serio.

Y, tomándolo por sorpresa, volvió a abrazarlo fuertemente apoyando el rostro en su pecho, consiguiendo que se le bajara el enojo y enrojeciera otra vez, aunque también se apenó en exceso porque en esta ocasión sus amigos se encontraban presentes; los jóvenes cónyuges recompusieron el mismo gesto de tranquilidad al ver que por lo menos ya no pelearían. Y del interior de la vivienda se escuchó un pequeño llanto… el bebé gimoteó al no sentir a su madre a su lado.

Miatsu… —los esposos suspiraron resignados al reconocer los lamentos de su pequeño recién nacido.

Miroku ayudó a Sango a levantarse y ella entró presurosa.

Sólo espero que Ahome y Kikyō no vayan a despertar también —observó el joven monje volviendo a sentarse. Posteriormente dirigió la vista a sus amigos hablándoles con amabilidad—. Bueno, señorita Aome, Inuyasha, creo que por hoy es tiempo de descansar… ya mañana será otro día para poder platicar.

La morena había soltado al semidemonio al momento de escuchar el llanto del niño, así que vio entrar a su amiga castaña a su hogar y pensó que el Hoshi había dicho algo muy cierto: ya era muy tarde y era mejor dejar la charla para mañana. No volvería a separase de todos sus amigos y, lo más importante para ella, es que no dejaría a su amado.

Inuyasha, el monje Miroku tiene razón —le habló al de plateada cabellera con bastante cariño, mirándolo profundamente—. Por cierto, ¿en dónde voy a dormir hoy? —preguntó con duda… eso era algo que no se había planteado.

¿Y… por qué me… me lo preguntas a mí, Aome? —tartamudeó el Hanyō volviendo a enrojecer. "¿En qué diablos está pensando Aome?" se dijo internamente sintiendo como ardía su rostro.

Oye, no voy a incomodar a nuestros amigos ni… a la anciana Kaede a estas horas de la noche —ahora fue ella la que sintió el nudo en la garganta… en verdad no tenía ni la más remota idea de donde sería el lugar ideal para dormir esa noche.

Pues… no pensaras que… —Inuyasha desvió la dorada mirada de la muchacha, haciéndose el disimulado—… que tú y yo…

Miroku parpadeó un poco al observar sus reacciones, entendiendo casi de inmediato lo que ocurría entre esos dos… más que obvio no podía ser ya que Inuyasha no se había sincerado con la señorita Aome, y la doncella no iba a ser la lanzada que se le ofreciera. Bien, era menester echarles la mano como buen amigo y como guía espiritual de muchas personas.

Descuide usted, señorita Aome, puede quedarse con nosotros esta noche. Recuerde que es bienvenida a esta su humilde casa —le dijo cortésmente con una gran sonrisa en el rostro—. Dormirá en el cuarto de las niñas, ellas son muy quietecitas cuando duermen.

Monje Miroku… que pena… ¿no será mucha molestia? —la aludida sintió que se le caía la cara de vergüenza por tanta atención.

Para nada, no olvide que usted es como una hermana para Sango —añadió el Hoshi con la misma educación y se levantó para entrar en la cabaña—. Ahora mismo le diré que prepararé algo para su estancia, así que permítanme por favor.

El chico de plateados cabellos hizo un gesto mal encarado en cuanto el monje entró a su vivienda. "¿Qué pretende este maniaco libidinoso teniendo a Aome en su casa?" caviló con desconfianza.

¡Ay, pero qué vergüenza! No quería molestar a Sango —la voz de la joven lo sacó de sus pensamientos, y al mirarla notó su turbación. En este momento le pareció razonable, pues no podría estar con ella hasta no formalizar nada ya que él no pasaría por pervertido. Pero Miroku sí lo era, así que…

Oye, Aome… —le habló cautelosamente sin quitarle la vista de encima, pero no supo decirle nada.

Sí, ¿qué pasa? —ella lo miró y le preguntó con duda al notar su indecisión.

No… no es nada —y mejor desvió la mirada para ocultar su turbación, ya que era a otro al que tenía que poner sobre aviso.

El monje volvió a salir en ese momento.

Ya puede usted pasar, señorita Aome, yo esperaré aquí afuera para que se ponga ropa más cómoda —le dijo antes de volver a sentarse—. No se preocupe por nada ya que Ahome y Kikyō dormirán con Sango y conmigo.

¿Acaso se despertaron? —interrogó la joven bastante aturullada.

Fue por los gritos de su hermano —Miroku sonrió otra vez—. Ahora los tres ya se encuentran con Sango, así que adelante, por favor, pase con confianza.

Muchas… gracias —la chica tartamudeó otra vez, y, tomando su equipaje, penetró en la morada.

Asimismo, Inuyasha entró por un instante, para colocar dentro el bulto que él había cargado. Después, al salir y sentarse al lado de su amigo, lo miró de forma escrutadora.

Óyeme bien, libidinoso manolarga —le soltó con molestia—, donde quieras pasarte de listo con Aome…

El joven de ojos azules se mostró incómodo por esas palabras.

Vamos, Inuyasha, ¿quién crees que soy, eh? —espetó en tono grave—. Un hombre casado que ama a su mujer y a su familia… me ofendes con tus dudas.

¡Keh!, será que conozco bien de tus mañas —observó el semidemonio sin inmutarse.

Pues no me conoces bien todavía —el monje le reprochó con la misma gravedad—, ¿cómo se te ocurre pensar que yo pueda hacer algo tan bajo con la señorita Aome, y faltarle el respeto a mi esposa?

Bueno… tal vez seas capaz de… con eso de la cuarentena —el de cabellos plateados pareció titubeante en sus argumentos. El monje podía aparentar no haber cambiado, pero, en verdad, había madurado con el paso de los años y ya no acostumbraba hacer ese tipo de tonterías de antes.

Lo que debería darte vergüenza es poner en entredicho la virtud de una mujer tan íntegra y linda como la señorita Aome —le puntualizó su amigo a modo de regaño.

Inuyasha bajó la vista avergonzado. ¿Cómo se le ocurrió pensar que Aome permitiría… que Sango consentiría… que Miroku hiciera…?

Lo… siento —sacudió la cabeza para despejar sus ideas—. Es que… bueno, es que…

Tranquilo, entiendo perfectamente que estés preocupado por ella ya que la extrañaste mucho porque la amas más que a tu vida, y es lógico que sientas celos de cualquier otro hombre que se le acerque aunque sólo sea para saludarla —Miroku le palmeó un hombro para confortarlo.

Eso no es… es decir… no… ¡no digas idioteces! —a Inuyasha se le subieron los colores al rostro por enésima ocasión. Era claro que no pensaba confesarse ni admitir nada hasta que se lo dijera personalmente a Aome.

Vamos, vamos, amigo, soy hombre como tú y puedo comprender tus motivos —el monje se mofó un poco al verlo así de apurado—. Y mis vicios de antes… ya sabes, eran por una razón estúpida —y continuó hablando, está vez con algo de calma y serenidad—. Pero ahora tengo todo lo que siempre quise tener: una atractiva y hermosa mujer que me ama, unos lindos hijos que son mi orgullo… —soltando un suspiro bajo—… yo sería un verdadero idiota si anduviera buscando en otra dama lo que mi Sanguito adorada me brinda desinteresadamente con tanto amor —añadió volviendo a suspirar, poniendo por un instante una expresión de bobo perdido, la cual Inuyasha no se atrevió a criticar—. Bien, además la señorita Aome merece todo el respeto de mi parte, sólo que no puedo dejar de reconocer que también es una doncella muy agraciada y gentil, y por eso me costó tanto darme cuenta que Sango era tan especial para mí como ella lo es para ti —agregó al mirar nuevamente al semidemonio, sonriéndole amablemente—. Inuyasha, amigo mío, discúlpame si alguna vez me pasé de amable con tu damisela, no era mi intención incomodarlos.

Oye… no… no es necesario… —el pobre Hanyō se sintió aturrullado con tanta palabrería.

Se silenciaron un momento, recordando algunas de las situaciones vividas en aquella época lejana. Era cierto que Miroku le había insinuado a Aome, el día que lo vieron por primera vez, la descabellada petición de tener un hijo suyo sin nada serio de por medio, como hacía con todas las mujeres bonitas que le pasaban por enfrente, y sólo con el afán de dejar una descendencia que pudiera continuar la lucha contra Naraku si él llegaba a morir antes de romper la maldición; claro que Sango no podía ser la excepción, que si bien es bastante temperamental no deja de ser una atractiva mujer, aunque tuvo la delicadeza de esperar a que la joven castaña se recuperara de sus lesiones cuando la conocieron, y eso por haberse enfrentado a uno de los esbirros de ese maldito engendro. Conforme el trato entre ellos se fue familiarizando pudo darse cuenta que la yōkai taijiya era la mujer especial con quien verdaderamente quería vivir y compartir todo, y por eso se animó a pedirle que vivieran juntos como matrimonio, muy a su manera, al sentirse más confiado en que terminarían con el demonio que lo maldijo a él y a sus ancestros, y sería libre para tener una familia de verdad.

Ajena a todos esos recuerdos, en ese instante salió Aome, vestida ya con su típica pijama de pantalón, y se abrazó de Inuyasha una vez más.

Inuyasha… muy buenas noches, que descanses —le dijo con cariño reservándose un beso, ya que también le daba algo de vergüenza externar su amor—. Nos vemos mañana.

El Hanyō sintió que el calor le subía hasta la cabeza, más se armó de valor para corresponder el gesto aunque fuera con un solo brazo, y le dirigió al monje una mirada como diciéndole que no abriera la boca. El de azules pupilas entendió la indirecta así que, sonriendo una vez más, se levantó en silencio y le dedicó un gesto de despedida muy disimulado, entrando a la vivienda.

Aome… buenas noches —le dijo muy suavemente sin soltarla, aspirando el delicado aroma de su negra cabellera.

Se quedaron unos minutos más así, deleitándose en su cercanía y sintiendo el soplo de una suave y cálida brisa que agitaba sus cabellos, hasta que Inuyasha la apartó cuidadosamente porque si no… no quería llevársela de mala manera, no quería faltarle al respeto de ninguna forma. Le acarició la mejilla regalándole una sonrisa tímida, y se fue ágilmente con rumbo al Árbol Sagrado. La joven lo vio alejarse y sintió un fuerte latido en su corazón… ya no se iría nunca de su lado y esperaba vivir junto a él en poco tiempo. Sólo era cuestión de que ambos se sinceraran.

Entró nuevamente en la vivienda para desearles las buenas noches a sus amigos, sintiéndose una vez más apenada con ellos por su falta de cortesía al perturbarles con su presencia. Abochornada se presentó ante la puerta de la habitación principal, en donde la familia entera reposaría esa noche dejándole una recámara para ella sola. Las gemelas ya se habían dormido otra vez y Miroku las acomodaba cuidadosamente y de mejor manera sobre el futón, en tanto Sango arrullaba al pequeño Miatsu cantándole en voz bajita y cariñosa.

Sango… monje Miroku… perdón… —les dijo asomándose tímidamente a través del resquicio—… gracias y… muy buenas noches.

No tienes de que disculparte, Aome, sólo descansa y duerme bien —Sango le contestó con una dulce y bella sonrisa en su rostro.

Así es, señorita Aome, usted no tiene que preocuparse por nada —Miroku empleó el mismo tono cordial de su esposa, mirando a la chica con amabilidad.

Bueno, es que… —la aludida se sonrojó más intensamente—… no quise ser inoportuna.

Vamos, señorita Aome, lo que debe hacer es relajar su alma y mejor pensar en cómo va a hacer para que Inuyasha se sincere con usted, y le diga los más profundos secretos que esconde su corazón de Hanyō —el Hoshi le dirigió en esta ocasión una sonrisa picaresca.

El sonrojó de la chica se acentuó hasta adquirir el tono brillante del traje del semidemonio.

Eee… monje Miroku… yo… —tartamudeó con indecisión.

Miroku, por favor, ese asunto sólo les compete a ellos —Sango se dirigió a su marido con un poco de reproche.

Vamos, Sanguito linda, yo no veo mal en que le brindemos a la señorita Aome nuestra ayuda desinteresada… porque a ese muchachito cabeza hueca no se le quita del todo lo testarudo y quisquilloso —el monje le echó un vistazo momentáneamente a su esposa con un poco de temor, para después volver a mirar fijamente a la morena con picardía —. Así que, señorita Aome, no dude en consultar a su humilde servidor si se le ofrece algo —añadió.

Si… gracias otra vez… lo… tomaré en cuenta — contestó la aludida y se retiró algo apurada y bastante avergonzada después de brindarles una reverencia en agradecimiento.

"¡Pero qué disparates se le ocurren al monje Miroku!" pensó al llegar al cuarto donde dormiría, y después suspiró hondamente por un breve instante, pues realmente quería aclarar las cosas con su amado de dorados ojos y plateados cabellos.

Miroku… —la joven castaña le habló muy seriamente a su marido, sin cambiarle el gesto de reproche.

Amorcito… cosita linda… ¿puedes creer que Inuyasha no le ha dicho nada a la señorita Aome?, ¿nada de nada? —el aludido trató de hacerse el inocente, lanzándole unos ojitos tiernos de borrego a medio morir.

… —ella ni le contestó, a modo de decirle que no estaba de acuerdo en meterse en la relación de sus amigos.

Y eso que anhelaba su regreso —añadió el Hoshi muy bajito antes de animarse a tomar a su hijo en brazos—. Querida… puedes darme a Miatsu para que te acomodes con cuidado —le dijo tímidamente.

Bien, creo que… bueno, ya sabemos que Inuyasha no es… muy abierto que digamos… aquí tienes amor —la joven castaña recuperó un poco la tranquilidad meditando en el asunto, y le dio el bebé a su marido agradeciéndoselo con la mirada.

Si hasta poemas le escribió —el hombre sonrió nuevamente al recordar los intentos de su amigo por escribir correctamente, y tomó al pequeño dormilón entre sus brazos para que su esposa se acostara en el futón. A continuación le vino a la memoria otro incidente simpático—. Y ni que decir las veces en que nos espió para aprender algo más… —suspiró riéndose por lo bajo—. No cabe duda de que Inuyasha es… algo tímido todavía.

¿Todavía se acuerda de…? ¡Qué vergüenza! —Sango enrojeció intensamente antes de acostarse… el indiscreto atrevimiento de su amigo le daba harta pena.

No lo creo… o ya se hubiera sincerado sin ninguna dificultad —Miroku controló sus ganas de carcajearse para no avergonzar más a su esposa.

Vaya… sí que ha de ser muy difícil para Inuyasha decírselo de frente a Aome —la yōkai taijiya suspiró hondamente sintiendo un poco de pena por su amigo, comprendiendo lo escabroso de la situación para alguien tan especial como él, y se acomodó bien en su "cama".

En cuanto la castaña estuvo acostada, su esposo colocó al pequeño dormido a su lado derecho, junto a las gemelas, y él se acomodó del otro lado para no incomodarlos.

Pues, a mi parecer, amada mía, habrá que darles un empujoncito a esos dos tortolitos o van a tardarse otros tres años —dijo Miroku muy propio para darle fin a la charla—. Ahora… "vengaché pa'acá" con este su humilde esclavo, vida mía y dueña de mi corazón, que el mundo nos pertenece… —y, volviéndose a ella, la abrazó cariñosamente mirándola con deseo contenido, atrayéndola a él y besándola con mucha ternura y suavidad en los labios—… Te voy a comer a besos —le susurró mañosamente plantándole varios ósculos en el cuello y las orejas de forma amorosa.

Miroku… amor… basta… —Sango se hizo un poco la ofendida, retorciéndose entre sus brazos como queriendo soltarse, aunque sin hacerlo realmente—… me haces cosquillas… la cuarentena todavía… los niños están… Aome puede… —añadió al sonreírle de forma apasionada, soltando un suspiro ahogado de mujer enamorada—… no seas malo conmigo…

No temáis, reina mía, sólo dame diez besitos más y entregaremos el cuerpo al sueño —indicó el hombre con entonación quijotesca en tanto la apretaba un poco más cerca de su cuerpo… ¡pero que hermosa y tierna es su linda mujer!, y la hizo callar con un beso profundo y apasionado en la boca, a lo que ella correspondió abrazándolo también con éxtasis.

Y en el cuarto de las pequeñas mellizas, Aome meditaba sobre ciertas cosas… ¿Por qué Inuyasha se había comportado tan extraño? En realidad notó que se veía algo desesperado por decirle algo, tal vea algo importante para él… ¿qué podría ser? ¿Acaso el monje Miroku y Sango conocían de que se trataba? Soltó un nuevo suspiro y decidió tomar el álbum con los poemas, tratando de leer a la luz de la vela. Leyó algunos cuantos y volvió a cerrarlo, guardándolo otra vez en el equipaje y, tomando a su perrito de peluche, lo abrazó con cuidado. Suspiró por enésima ocasión y se percató de que en ese lugar se respiraba amor… amor de pareja y de familia.

¡Ay, Inuyasha! —se dijo en voz baja mirando fijamente al techo— te hace mucha falta este tipo de amor… —y se sonrojó levemente enrollándose entre las sábanas—. Ahora ya estoy aquí pero… no sé qué hacer para… ayudarte.

Decidió no mortificarse más y se acomodó mejor sobre el futón apagando la vela, buscando en su interior cuál podría ser la manera correcta de hacerle entender al Hanyō que sus sentimientos hacia él seguían siendo los mismos de hace tres años… que quería estar a su lado y no le era necesario que se lo dijera de frente. Antes de caer dormida se imaginó viviendo juntos los dos, así como vivían sus amigos, en un ambiente de armonía. Sonrió complacida y se dejó llevar por sus sueños.

Y en el Árbol Sagrado, Inuyasha también se encontraba sumido en sus pensamientos antes de poder dormir. Había estado tanto tiempo a solas con la joven y no pudo sincerarse con ella, no tuvo el valor necesario para expresarle lo que guardaba en su corazón y en su mente. Se sintió un tanto estúpido al comprobar que todos sus esfuerzos no le ayudaron a la hora de la verdad.

¡Carajo!... —se dijo en voz alta rechinando un poco los dientes—… ni porque fui a escuchar a ese par de… cursis… decirse… sus cosas…

Se sonrojó otra vez al volver a su memoria todos esos "tragos amargos" que tuvo que pasar en sus intentos de…, y las imágenes que le cruzaron por la mente cuando…, que un escalofrío acostumbrado le recorrió la espalda ante el recuerdo de las "indiscreciones" de sus amigos.

¡Keh!, ¡tú no puedes pensar en esas "cochinadas", no eres depravado! —se reprendió duramente al sacudir la cabeza para borrar de su cerebro una imagen nítida de Aome en… actitudes cariñosas, así como a veces Sango se comportaba con Miroku.

Suspiró y dirigió la ambarina mirada a la luna en cuarto menguante. En menos de seis días sería luna nueva… tal vez como humano podría expresarse mejor.

Nota de la autora: Hasta a mi me cuesta que Inuyasha exprese sus sentimientos porque nunca he pasado por una situación semejante… por eso me queda tan mal, pero se hace lo que se puede con ayuda profesional jajaja. Todavía otro poquito más de indecisión hasta la hora de la verdad, y otras cositas para darle más interés ya que tendrá un final de telenovela (eso digo jajaja). Un saludo y Sayonara.