Capítulo 19

Hermosa mañana en el Sengoku…

Aome se despertó cuando el sol ya resplandecía en el azul firmamento, estirándose sobre el futón, y un aroma delicioso le llegó al olfato. Se levantó y recordó que ya estaba en el Sengoku, con sus amigos y con su amado Inuyasha. Salió presurosa de la habitación y se topó con una linda estampa. Sus amigos, el monje Miroku y Sango, tienen una bonita familia. Las gemelas estaban sentadas al lado de su papá, el cual cargaba al pequeño recién nacido en brazos mientras su esposa servía el desayuno. Y el niño gimoteaba un poco exigiendo su ración de leche correspondiente a la mañana.

Vamos, Miatsu, debes tranquilizarte —le decía Miroku amorosamente arrullándolo con suavidad—, enseguida desayunaras.

Papi… ¿por qué mi hermanito es un llorón? —le preguntó Kikyō con duda, mirando al pequeño con un algo de curiosidad y asombro en sus pupilas azules.

Porque Miatsu es bebé y no puede hablar, por eso nos llama así —le contestó Sango a su hija con dulzura, terminando de servir los correspondientes platillos—. Ahora, niñas, coman que se enfría —y les sonrió a ambas pequeñas acariciándoles la cabellera castaña.

¡Buen provecho! —dijo Ahome muy sonriente y se comió un buen bocado de arroz… aunque tiró un poco en la mesa.

Sango tomó cuidadosamente al bebé entre sus brazos para darle pecho después de haber descubierto el seno, y, ni tardó ni perezoso, el infante empezó a mamar ruidosamente, provocando una mirada escrutadora de Miroku.

Vaya con tus modos, Miatsu… eres más escandaloso de lo que fueron tus hermanas —le dijo el hombre a modo de reproche tierno y, posteriormente, se dirigió a sus hijas en entonación cariñosa, reprendiéndoles un poco al verlas jugar en la mesa, ya que se habían lanzado mutuamente algunos granos de arroz—. "Mujercitas", por favor, la comida no se tira.

Sentirlo mucho, papi manolarga —le dijeron las mellizas al unísono, a lo cual su padre las miró seriamente.

Aome sonrió al verlos y se dispuso a entrar en la estancia, saludando alegremente al presentarse frente a ellos.

¡Muy buenos días a todos! —dijo amablemente—. Sango, siento mucho no haberte ayudado, pero podías haberme levantado —y miró a su amiga con algo de pena.

Descuida, Aome, ya estoy acostumbrada a despertarme temprano —la aludida le contestó sonriente sin dejar de acariciar a su pequeño bebé—. Y muy buen día para ti también.

Espero que haya tenido una buena noche, señorita Aome —Miroku también le correspondió el saludo empleando su habitual acento de cortesía—. Ahome, Kikyō, saluden a la señorita Aome… ella es la novia y futura esposa del tío Inuyasha —les indicó a sus hijas en tono más formal.

Las pequeñas miraron a la joven morena con algo de duda cuando se presentó en el comedor, más, al ver que sus padres le hablaban con familiaridad y notar que es una buena persona, le sonrieron y hablaron de la mejor forma posible.

Hola —le dijeron al unísono.

¡Pero qué bonitas son! —les contestó Aome sentándose junto a ellas, dedicándoles unos ojitos de admiración y ternura—. Yo también me llamó Aome como… monje Miroku, ¿quién es Ahome? —y se dirigió al Hoshi con algo de duda.

Esta belleza que usted ve aquí es mi pequeña Ahome —el aludido sonrió señalando a la niñita de ojos marrones, la cual también se señaló a sí misma con uno de sus deditos—, y mi querida Kikyō es esta otra preciosidad —añadió en tono de orgullo acariciando la cabecita de la mencionada, la cual sonrió un poco más —, y ambas son mis tesoros… sin dejar de lado a mi hermosa y amada Sanguito y a mi pequeño Miatsu, el hombrecito de esta casa —agregó como quien no quiere la cosa, hablando al más puro estilo de un poeta romántico.

Miroku… eres un adulador —le dijo Sango enrojeciendo un poco de las mejillas, disimulando su satisfacción ante el hecho de que su marido la considerara la mejor mujer del mundo.

Amor mío, mujer divina, sabéis que eres quien le da sentido a mi vida, la piedra preciosa más magnífica en la Tierra, el vaso frágil al cual debo de cuidar, la madre de mis hijos… —dijo el hombre sin dejar ese tono quijotesco, a lo que Aome sonrió grandemente, mirando al moreno de corta coleta como si fuera un actor de Hollywood en su mejor papel—. Ahora, cariño, el deber me llama, así que no descuides a Miatsu —agregó ya más normal, y se dispuso a servirle una porción de desayuno a su amiga del futuro.

¡Niñas, tienen unos nombres muy lindos! —la de negra cabellera volvió a sonreírle a las mellizas.

Por favor, señorita Aome, coma usted con confianza porque creo que Inuyasha no ha de tardar en llegar a verla —Miroku le pasó un tazón con arroz y verduras, dedicándole una sonrisa amable.

Monje Miroku, no se moleste… en serio —la chica se apenó bastante al ser atendida de esa manera considerada.

Vamos, vamos, para mí no es molestia atender a alguien tan bonita y encantadora como usted. Además, es nuestra invitada de honor —le afirmó el caballero con la misma sonrisa amable, a lo cual la muchacha no se pudo resistir, tomando el platón.

Es usted muy amable, monje Miroku —respondió retornando a sonreír.

Y, en ese preciso instante, una alta figura penetró en la estancia, sin siquiera haber llamado con educación.

Aome, ¿ya estás despierta? —era Inuyasha, el cual le habló un tanto áspero a modo de saludo.

Miró fijamente a la muchacha de negra cabellera por un instante, haciéndola enrojecer sutilmente de las mejillas. Parecía no haber tenido una buena noche, porque algo en su rostro denotaba que no durmió lo suficiente. ¿Acaso se había desvelado pensando…?

Muy buen día, enojón —Sango rompió el momento al dirigirse al semidemonio con entonación divertida, cambiando de seno a su hijo—, ¿gustas desayunar un poco de arroz?

Inuyasha parpadeó al fijarse en ella, sonrojándose al ver su pecho desnudo por una fracción de segundo, por lo cual se vio obligado a desviar la vista, diciendo bastante apenado:

Sango, no me hables de sopetón cuando estés… así.

Miroku se carcajeó por lo bajo ante la visible incomodidad de su amigo Hanyō, y las pequeñas gemelas se guardaron sus intenciones de levantarse e ir a abrazar al "Perrito" para saludarlo de forma acostumbrada, evitando así que su padre se enojara con ellas.

¡"Perrito" Inuyasha es enojón! —dijeron al reírse de su cara.

Aome había parpadeado de incredulidad al verlo tan avergonzado, más entendió el motivo de su reacción en cuanto se percató que su amiga tenía el pecho casi descubierto al alimentar a su hijo recién nacido, quien continuaba amamantándose como si no hubiera comido en su corta vida, por lo que también se avergonzó un poco, pues nunca se le hubiera ocurrido pensar que la antes exterminadora fuera tan desinhibida. Aunque, meditándolo detenidamente, con el marido que tiene… era lógico especular sobre cualquier manía que se le hubiera pegado en el transcurso de tres años de feliz unión. Sonrió muy levemente, con una expresión típica anime dibujada en su rostro ante una situación semejante.

Inuyasha, ve aquí y siéntate cómodamente junto a la señorita Aome —Miroku se levantó y lo obligó a acomodarse al lado de la joven morena—, he de serviré un poco para que comas, ya que es menester no andar con el estómago vacío y eso lo sabes muy bien.

Oye, Miroku, no hagas esto… —el quisquilloso de plateada cabellera se sintió más avergonzado por ser tratado como niño, más decidió hacerle caso a su amigo, dejándose caer sobre los almohadones que utilizaban como asientos.

Las gemelas observaron detenidamente los movimientos del semidemonio sin dejar de sonreír con picardía e inocencia, como si estuvieran pensando cual sería el mejor momento para tomarlo de las orejitas. Y Sango desvió la vista de su amigo, mirando primero a sus hijas y concentrándose después en acariciar al bebé recién nacido.

Mis pequeñas y educadas "mujercitas"… no vayan a molestar al tío Inuyasha —Miroku pareció adivinar cuales eran las "perversas" intenciones de sus hijas, así que las reprendió con algo de dureza en tanto le alcanzaba a su amigo un gran tazón de arroz—. El día de hoy va a estar muy ocupado con su novia —lanzándole al momento una mirada maliciosa, imaginando cosas diferentes a una simple travesura infantil.

Por enésima ocasión, el Hanyō enrojeció de la vergüenza y el enojo… ese tonto monje estaba hablando demasiado en su opinión. Lo fulminó con sus doradas pupilas tomando el recipiente.

¡Keh!, Miroku idiota, no empieces de impertinente como el enano de Shippou —le dijo enfadado antes de llevarse un gran bocado de arroz a la boca, masticando ruidosamente como acostumbra—. Yo… ya hablaré cuando tenga que hacerlo —añadió y se empinó todo el platillo para no mirar directamente a los ojos de su amada de negros cabellos, la cual lo contemplaba con curiosidad.

Acto seguido, las niñas rieron otra vez al ver como el "Perrito" enojón parecía excesivamente turbado, algo que pocas veces habían visto.

Oye, Inuyasha, ¿qué te pasa? —le preguntó Aome en un tono bastante preocupado—. Te he notado algo…

Nada, no me pasa nada —le interrumpió con algo de rudeza levantándose bruscamente—. Y mejor voy a… bañarme al río para… despertarme bien. Gracias por el desayuno, Sango —agregó al final.

Salió presuroso dejando a todos los presentes con una expresión de desconcierto en sus rostros. Bueno, el pequeño Miatsu seguía muy ocupado en desayunar, y por unos breves segundos sólo se percibió el sonido que hacía al alimentarse.

Sango… monje Miroku —la chica de negra cabellera volteó a ver a sus amigos conservando la misma cara de sorpresa—, ¿ustedes saben que le pasa a Inuyasha?

Terminemos de desayunar, Aome, y luego platicamos de eso —le respondió Sango antes de que su marido abriera la boca para comentar algo indebido. Inmediatamente lo miró con una significativa mirada, hablándole en tono cariñoso—. Miroku, querido mío, ¿puedes darle la leche a las niñas cuando terminen de comer su arroz? —especificó sonriéndole.

Por supuesto que sí, cariño, lo que tú digas —el hombre contestó un poco apenado, comprendiendo que su mujer le impidió decir una indiscreción—. Bien, mis niñas, ya oyeron a mamá, así que terminen sus verduras —y miró a sus hijas hablándoles con dulzura, para después cambiarles un poco el gesto por uno de molestia ante su proceder, dado que las gemelas masticaban su comida imitando de forma perfecta a Inuyasha—. Oigan, "mujercitas", esa no es la forma de comportarse cuando se come — les reprochó con seriedad.

Aome, por favor, desayuna con confianza —la yōkai taijiya se dirigió a su amiga con amabilidad, regalándole una bella sonrisa—. Ahora tenemos tiempo de sobra para platicar muchas cosas.

La joven del futuro hizo caso al consejo y, después de una breve oración, empezó a degustar sus alimentos, y sospechó que su querido Hanyō no encontraba la forma, lugar y momento adecuado para decirle… eso que quería decirle.

Pero Inuyasha no se había alejado mucho del lugar… Temiendo que Miroku abriera su "enorme boca" para soltar la "sopa" sobre lo que no es de su incumbencia, fue sigilosamente atrás de la vivienda para enterarse de cualquier cosa que se dijera adentro, gracias a su fino sentido del oído. Suspiró aliviado al escuchar como Sango le llamaba indirectamente la atención a ese torpe que tiene por esposo. Sólo que no contaba con la llegada de dos inocentes observadores… estaba más que concentrado en su nerviosismo que no se percató de su presencia.

No cabe duda que ese perro ya se volvió loco… —masculló uno de ellos, sonriendo maliciosamente por lo bajo.

Y es que Shippou, junto con la pequeña Lin, no había perdido de vista su comportamiento. Ambos niños lo miraron a lo lejos, extrañados de verlo salir tan precipitadamente de la vivienda y dar un brusco viraje dirigiéndose al traspatio. Así que el kitsune decidió ir tras él, ocultándose entre el follaje de los matorrales que crecían alrededor de la casa de sus amigos, y la niña lo siguió de la misma forma. Al momento en que el joven semidemonio suspiró con alivio, el zorrito se incorporó sin salir del todo de su escondite.

¡Inuyashaaaaa!, ¿se puede saber qué diablos te pasa? —le soltó bastante alto, aguantando las ganas de carcajearse de su cara.

El grito sorprendió al aludido, quien pegó un brinco hacia adelante porque no esperaba que alguien lo hubiera descubierto.

¡Carajo, p#$% enano, tenías que ser tú! —espetó al reconocerlo, y ya se disponía a descargar su ira con un golpe furioso en el pequeño cráneo del chico zorro cuando…

¡Muy buen día tenga usted, señor Inuyasha! —Lin asomó en el momento oportuno, impidiendo sin querer esa acción violenta— ¿Está jugando al escondite tan temprano?... —le preguntó algo dudosa, a lo que el Hanyō enrojeció un poco.

Eto… no… no estoy jugando a nada… yo sólo…—el aludido tartamudeó avergonzado, pues delante de la niña no quería ser agresivo para no darle motivos de queja ante Sesshōmaru, así que bajó el puño para aparentar, acariciando la cabeza de su amiguito. Shippou se sonrió sintiéndose vencedor, ya que no había recibido ningún castigo aunque se lo había ganado.

¿Y dónde está la señorita Aome? Hace mucho tiempo que no la veo y también quiero saludarla —agregó la chiquilla mirando fijamente al joven de plateada cabellera.

Aome… Aome está allá adentro —le respondió tratando de sonar amable, cruzándose nuevamente de brazos.

Muchas gracias, señor Inuyasha —la pequeña le dedicó una mirada dulce y una reverencia a modo de agradecimiento y, antes de retirarse hacia el acceso principal, le dijo algo más—. Por cierto, me dijo Kohaku que no se vaya a ir ya que hay trabajo para usted… Vamos, Shippou —añadió, llevándose al kitsune con ella. El jovencito le mostró disimuladamente la lengua al Hanyō en señal de victoria.

"¡Mph!, ni hablar…", recapacitó al recuperar la compostura y el porte, encaminándose también a la entrada de la casa con paso lento "… tengo que encontrar la forma adecuada de hacerlo… después de que medio mundo la salude por su regreso" completó al final con algo de fastidio.

¡Muy buen día a todos!, ¡es un gusto verla otra vez con nosotros, señorita Aome! —Lin saludó educadamente al entrar en la vivienda, dirigiéndose especialmente a Aome y dándole un abrazo—, al Señor Sesshōmaru le dará mucho gusto saberlo y querrá saludarla personalmente —agregó muy feliz—. Y ahora sí el señor Inuyasha podrá casarse con usted, así estará más contento y se portara mejor con todo mundo —añadió.

Sus palabras inocentes y sin malicia provocaron varias reacciones diplomáticas: el leve sonrojo de la chica del futuro, y veladas sonrisitas bobaliconas en el rostro de sus amigos, con una minúscula gota anime colectiva para representar su bochorno. Únicamente las gemelas, que no tenían ni la menor idea de nada de lo ocurrido antes de que sus padres se casaran, saludaron a la recién llegada con gestos emocionados, y el pequeño Miatsu tenía otras obligaciones más significativas que cumplir de acuerdo a su edad, como alimentarse bien y dedicarse a crecer.

¡Lin, hola! —las mellizas le hablaron sin hacer caso de las expresiones de los adultos.

A mí también me da tanto gusto verte de nuevo, Lin, y veo que has crecido mucho —le dijo Aome correspondiendo el abrazo—. También saludaré a Sesshōmaru cuando venga a la aldea, será todo un honor —adicionó con algo de fingida efusividad, para no hacerla sentir mal con respecto a la mención del Daiyōkai, al cual, obviamente, su regreso no le afectaría para nada.

¡Hola, niñas!, regresaré más tarde a jugar con ustedes porque tengo que ayudar a la abuela Kaede con unas hierbas medicinales —la jovencita correspondió el saludo de sus amiguitas al momento de separarse de Aome, y posteriormente se dirigió a Miroku en tono respetuoso, haciendo que el monje la mirara con atención—. Disculpe usted, Excelencia, Kohaku le trae noticias de la región Oeste… es sobre un trabajo para usted y para el señor Inuyasha —detalló en cuanto el mencionado semidemonio hizo nuevamente acto de presencia y se dejó caer sentado en su pose habitual.

Mmm… ¿así que la región Oeste? —el monje recuperó la compostura y adoptó una actitud más profesional al ponerse serio.

Eso es lo que él me dijo —afirmó la chiquilla sin perder el aplomo y el tono cortés—. Ahora se encuentra con la abuela Kaede, esperándolos junto con Kirara —y miró una vez más a la joven morena—. La abuela Kaede y Kohaku le mandan saludos, señorita Aome, y dicen que, en cuanto se desocupen, vienen a verla… señorita Sango, me parece que Miatsu ya se durmió —para después dirigirse a la castaña con su característica amabilidad.

Efectivamente, al fin el bebé se había dormido, y tenía en su carita una expresión de satisfacción mientras se apoyada en el seno desnudo de su madre.

Miatsu es muy flojo y sólo sabe dormir —Ahome se quejó con su vocecita infantil, siendo secundada por Kikyō. Ambas le lanzaron a su hermano unos ojitos escrutadores de reproche.

Niñas, Miatsu sólo es un bebé, aun no puede hacer muchas cosas como ustedes —Sango las miró amorosamente, e inmediatamente levantó al niño dormido para hacerlo eructar.

Y cuando ustedes fueron así de pequeñas también dormían mucho —les dijo Miroku con cariño y, solícitamente, se levantó para tomar al pequeño dormilón y permitirle a su esposa acomodarse la túnica en forma adecuada.

Aome puso una expresión de ternura, Lin sonrió grandemente y Shippou le lanzó una mirada escrutadora a Inuyasha, que había desviado la vista al instante, pues no quería ver nada indebido para después no imaginar cosas raras.

Lin, pequeña señorita, dile a Kohaku que nos espere, por favor, no tardamos mucho —le dijo amablemente el monje a la chiquilla en tanto sobaba la espaldita de su hijo para sacarle el aire—. Ya tenemos casi todo listo.

Y también recuérdale que no me olvide —añadió Sango arreglándose bien, estirándose un poco y mirando a la niña con dulzura—, para continuar con la escuela.

Sango, amorcito, creo que no es el momento… las niñas… Miatsu… —Miroku pareció momentáneamente contrariado por ese comentario de su esposa.

Ya habíamos hablado de esto, Miroku, yo sé lo que estoy haciendo —ella lo miró un tanto retadora, a lo que él dio un paso atrás, ya sin ánimo de contestarle. En menos de un segundo la castaña volvió a sonreírle, y el monje suspiró por lo bajo al darse cuenta que su mujer no estaba seriamente enojada—. Sólo vamos a preparar algunas armas, querido mío, no tienes que angustiarte todavía ya que las lecciones tienen que esperar.

Descuide usted, señorita Sango, ya lo conoce como es de tímido y reservado, y por eso no quiso acompañarnos a Shippou y a mí, pero no dude que la quiere mucho, a usted y a sus sobrinos —le respondió Lin respetuosamente después de la breve discusión de los esposos, dado que no estaría nada bien interrumpir la conversación de los adultos—. Nos vemos más tarde, señorita Aome… adiós niñas… vámonos, Shippou —se despidió educadamente y salió corriendo de la casa, sin esperar realmente al kitsune.

Adiós, Aome, voy a ir a la escuela y en la tarde regreso —le dijo presurosamente el kitsune antes de salir tras la pequeña jovencita de negra cabellera—. ¡Lin, espérame!, ¡no me dejes solito!

Ya me lo estaba temiendo —el joven Hoshi suspiró después que los pequeños salieron, y, en cuanto su hijo eructó, lo acomodó en su "sillita", dirigiéndose amablemente a su esposa—. Sango, querida mía, creo que Inuyasha, Kohaku y yo nos ausentaremos de la aldea por tres o cuatro días… has de recordar lo que te dije unas noches atrás.

Pero… ¿qué dices? —el aludido semidemonio dio un respingo a modo de réplica, levantándose con algo de brusquedad—. ¿Cómo qué nos vamos?

Tranquilo, por favor, ya te lo explicaré en el camino… aunque he de suponer que también percibiste el cambio en las energías, ¿o no? —le recalcó el monje con calma, mirándolo con un poco de suspicacia.

Bueno… sí —afirmó el Hanyō tranquilizándose repentinamente. Hacía algunas noches había sentido algo extraño en el ambiente, aunque no estaba muy seguro de donde procedía.

Monje Miroku… ¿qué pasó? —Aome no pudo disimular su preocupación… tantos años lejos le habían embotado un poco su poder de percepción.

Usted no tiene porque angustiarse, señorita Aome, nosotros lo arreglaremos —el hombre le habló con tranquilidad para transmitirle confianza, y después se agachó a abrazar a sus hijas, a las cuales les alarmó la reacción de su progenitor—. No os asustéis, mis lindas "mujercitas", que su padre, su tío Kohaku y el tío Inuyasha acabaran con esos monstruos malos en muy poco tiempo.

¡Papi! —ambas lo abrazaron también, más serenas al oírlo hablar en tono alegre.

¿Y les va a doler mucho a los monstruos? —le preguntó Kikyō inocentemente, mirándolo con ojitos tiernos.

Muchísimo —Miroku les dedicó una gran sonrisa a sus pequeñas, las cuales correspondieron el gesto. Dirigiéndose a su amada esposa, le habló con mucho amor—. Sango, cariño, ahí te encargó cuides de nuestros hijos… y también lo demás —y la abrazó suavemente tomándola por la cintura, guardándose de rozar con la mano "maldita"… bueno, esa mejor parte de su anatomía, la que tanto le gusta acariciar.

Ella le plantó un dulce y tierno beso cerca de la oreja y después un roce en los labios.

Nada más no nos vayan a desesperar a Aome y a mí tomándose otro día, ¿eh? —observó cariñosamente la yōkai taijiya, y se separaron con lentitud.

No hay problema por eso, vida mía… ya sabes que no puedo estar muy lejos de ustedes o valdría más morir —dijo el Hoshi empleando ese tono de quijote novelero, y, al momento, volvió la vista hacia su amigo de dorados ojos para reclamarle en tono divertido—. Oye, Inuyasha, despídete tú también de la señorita Aome, no seas grosero —levantándose sin mucha prisa, se dirigió a las habitaciones del fondo—. Arreglaré algunas cuantas cosas que necesitaremos, así que no tardaré mucho.

El Hanyō no se había animado a hablar más, cavilando en lo que podría estar sucediendo en esa zona tan remota. La región Oeste, los dominios de Sesshōmaru, abarcaban más allá de lo que a simple vista podía verse sobre el horizonte… pero, al parecer, el Daiyōkai no le tenía demasiado aprecio a esas tierras. Claro que había percibido movimientos inesperados de energía negativa hacia esa zona, movimientos de demonios insignificantes. Por lo menos, que él supiera, su medio hermano no residía permanentemente en la región y, de acuerdo a lo que llegó a enterarse a través de Koga, no era específicamente en tierra donde se ubicaba su "hogar". Era de suponerse entonces que también yōkais inferiores notaran esta particularidad y se hayan adentrado en ese específico lugar… eso debía ser la causa que los haría moverse de esa manera tan desafiante a la autoridad del gran demonio blanco, aunque seres insignificantes como esos no le harían cosquillas en absoluto, y a lo mejor él mismo lo había permitido por alguna razón desconocida. Inuyasha volvió a poner su mueca habitual de superioridad por un momento.

¡Keh!, esas escorias malolientes no serán problema para Tessaiga —soltó soberbiamente.

Pero aun así debes despedirte como es debido, Inuyasha, ya que Aome va a estar esperándote —fue la voz de Sango la que lo hizo reaccionar, dado que la castaña lo miraba escrutadoramente—. Vamos, niñas, alcancen a su papi —les indicó amablemente a sus gemelas, sin quitarle la vista de encima a su amigo.

El nombrado enrojeció levemente por enésima ocasión, y dirigió una mirada algo tímida hacia la azabache, la cual también adquirió un tono rojizo en el rostro. Ninguno se atrevió a romper el incómodo silencio entre ellos. Las dos chiquillas se levantaron y los miraron con curiosidad, extrañadas de sus reacciones. Después, al notar el azoramiento del joven, se abalanzaron sobre él haciéndolo caer.

¡"Perrito" Inuyasha tiene novia, tiene novia! —le dijeron al besarlo en las mejillas con cariño, para tomar sus orejas con fuerza y jalárselas sincronizadamente como acostumbran.

No… mocosas… deténganse… me duele… —al instante, con una mueca de susto en su rostro, las tomó con un poco de cuidado del kimono y trató de apartarlas de sus sensibles apéndices auditivos.

Ahome, Kikyō, por favor… —su mamá les habló con más seriedad, y les dirigió una mirada de molestia —, ya dejen en paz al tío Inuyasha y vayan a lavarse con su padre.

Si, mami, sentirlo mucho —respondieron las mellizas mostrándose avergonzadas de sus modales, soltando a su "víctima" al momento y retirándose rápidamente para alcanzar a su progenitor.

En el gesto de Aome se dibujó la ternura al verlas caminar deprisa… las niñas eran tan lindas y educadas, e inmediatamente volvió a avergonzarse otra vez al sentir a Inuyasha tan cerca de ella, pues el joven Hanyō se le acercó a gatas para despedirse como es debido.

Oye, Aome… yo… — tartamudeó un poco nervioso, apreciando nuevamente la opresión en su garganta. "¿Por qué no puedo hacerlo como ese pervertido idiota de Miroku, por qué?" se preguntó internamente al sentir como le ardía la cara de la pura pena.

Cuídense mucho, Inuyasha —ella lo interrumpió abrazándolo con cariño por el cuello, guardándose las ganas de besarlo para no ponerlo más nervioso—. Espero ir la próxima vez con ustedes.

Con ese movimiento tan repentino el sonrojo del semidemonio se incrementó hasta adquirir el tono carmesí de su traje, pero del puro bochorno ante la presencia de su amiga castaña, quien se sonrió con complacencia y picardía antes de levantarse con cuidado y en silencio, y así darles un "chancecito" a solas, a ver si está vez su amigo de dorados ojos se sinceraba con la azabache. Pero al parecer ese aun no era el momento propicio, pues Sango ya iba a salir de la estancia cuando…

¡Mami, mami, protégete! ¡Un monstruo! —las gemelas se presentaron una vez más en el área, corriendo, gritando y riendo al ser perseguidas por su padre, llevando el báculo sagrado a modo de "caballito".

¡Wuaaa! ¡Soy un ogro aterrador, y mi platillo favorito son las hermosas mamás y las niñas bonitas! —les decía Miroku haciendo muecas raras y, al aprisionar fuertemente a su esposa entre sus brazos, la besó sonoramente en la mejilla—. Las doncellas son un manjar apetitoso… sobre todo cuando son tan jóvenes y bellas como tú —le dijo pícaramente guiñándole disimuladamente un ojo.

Miroku… eres un niño travieso —observó Sango con una sonrisa.

Los gestos que Aome e Inuyasha hicieron ante la escena fueron diferentes: La chica miró a sus amigos con expresión de complacencia, y el joven puso cara de enojo ante la, en su opinión, ridiculez del Hoshi.

¡No, papi, no te comas a mami! —las pequeñas aun reían divertidas por las ocurrencias de su progenitor.

Querido mío, me parece que Kohaku los está esperando —dijo la señora de la casa tratando de apartarse un poco de su marido, hablándole entre seria y cariñosa.

¡Pues qué me espere otro poco! —contestó aquel con su mañosa actitud de antaño, dado que, sin pudor alguno, le acarició a su adorada mujer la parte de su bella anatomía que siempre ha admirado desde el principio de los tiempos—. Tengo que despedirme bien de todo.

Obviamente que el gesto de la exterminadora cambió a la velocidad del rayo, retomando también la tradicional expresión de molestia de aquellos años y, aunque lo cacheteó por su atrevimiento, trato de ser delicada frente a sus primogénitas, las cuales parpadearon de asombro ante lo sucedido en seguida. A sus amigos no les quedó más que poner el mismo mohín antiguo de resignación cuando el monje salía con sus… "chistecitos".

¡Miroku, por favor —le reclamó al tiempo que le soltó el golpe—, te he dicho mil veces que no hagas esto delante de las visitas… y tampoco de las niñas! —agregó viéndolo amenazadoramente—. ¿Qué van a pensar nuestras hijas de los hombres, eh? Qué mal ejemplo les estás dando —puntualizó ofendida.

Lo siento, corazón, yo sólo quise ser… —el mañoso pareció avergonzado de verdad, y se sobó el cachete con cuidado.

¡Papi manolarga, papi manolarga! —las gemelas le interrumpieron en su discurso, carcajeándose ruidosamente ante su gesto de dolor.

¡Keh!, Miroku idiota, ¿ya vez quién es el que les enseña malas palabras a las "diablitas" estas? —le dijo irónicamente Inuyasha, observándolo con una típica expresión anime de reproche.

Ay, monje Miroku… ¿por qué sigue haciendo eso? —y Aome imitó la mueca de su querido semidemonio, mirando fijamente al de ojos azules.

Considerando que su marido ya había tenido suficiente, Sango lo empujó sosegadamente hacia la puerta de su hogar, entregándole el báculo en las manos.

Anda ya, cariño mío, —le dijo más calmada retornando a sonreír delicadamente—, apúrense que se hace tarde, y no está nada bien que hagas esperar a Kohaku.

Adiós, papi manolarga —las niñas le hicieron un gesto de despedida con la mano, sin dejar de sonreír ante su gesto adolorido, y también se despidieron del Hanyō—. Adiós, "Perrito" Inuyasha.

El semidemonio se levantó al momento y, dándole un rápido abrazo a la azabache, salió junto con el monje, y ambos hombres se encaminaron rumbo a la cabaña de la anciana Kaede. Las dos mujeres suspiraron un poco al verlos marchar.

Veo que hay mañas que no han cambiado, ¿verdad? —Aome se animó a comentar, sonriendo con una bobalicona expresión.

No —y el leve sonrojo de su amiga no se hizo esperar—, pero…

Papi manolarga, papi manolarga —las pequeñas gemelas canturrearon al unísono, pues, a su parecer, su papi hacía a veces cada graciosada.

Ahome y Kikyō, ahora tienen que ayudarme junto con tía Aome para limpiar el arroz que tiraron —les indicó su madre de forma dulce, para desviar su atención de lo que habían presenciado.

Entre todas asearon la cabaña… en realidad las niñas se aburrieron y salieron a jugar con la tierra del jardín. Sango las miró seriamente y después exhaló una típica nubecita de alivio.

Ya las bañare —dijo resignada.

Ya más tarde, Aome compartió el baño con las gemelas y les ayudó a lavarse bien detrás de las orejas, en tanto que Sango bañó al pequeño llorón de Miatsu, pues, aparte de que se ensució en el pañal, ya era la hora, provocando un simpático mohín de asco y molestia de parte de sus hermanas, lo que hizo que su joven madre las mirara con expresión divertida al recordar un gesto similar en su esposo. Después del baño, la joven de negra cabellera entretuvo a las chiquillas mostrándoles todas las cosas que traía en su gran mochila amarilla, las cuales les regalaría, en lo que la castaña alimentaba nuevamente a su bebé. Las niñas y su madre tenían rostros de asombro al ver todos los presentes traídos de la época actual.

… y estás son unas muñecas que traen ropita para que las cambien… unos libros para colorear… y por supuesto que les traigo también colores… —les decía en lo que sacaba uno a uno los obsequios—… aquí hay mucha ropa para ustedes, ¡se verán muy lindas!... y esto es para su hermano… —y le mostró a su amiga un minúsculo mameluco azul, ideal para un bebé recién nacido, preguntándole con algo de timidez al tiempo que le sonreía—… Sango, ¿te gusta?

Es muy bonito, Aome, en serio te doy las gracias por todo —contestó la aludida correspondiendo la sonrisa—. Pero no te hubieras molestado tanto, me da mucha pena contigo.

Vamos, Sango amiga, para mí no es ninguna molestia el darles estos sencillos obsequios —afirmó la morena sacando otras cuantas cosas—. Ustedes se merecen más, ya que siempre estuvieron conmigo apoyándome en todo cuando buscábamos la Shikon no Tama —agregó mirándola por un segundo, para volver a revisar su mochila buscando algo más en el fondo.

Oh, Aome… eso era algo que también teníamos que hacer… —dijo la exterminadora un tanto apenada—… tú hacías la mayor parte del trabajo, y pasaste por muchas angustias, de verdad no es…

Ya no nos mortifiquemos por el pasado… —la azabache dio por saldado el asunto al enderezarse otra vez, y le enseñó algunas pequeñas cajas sonriendo grandemente—. También te traje esto a ti, te serán útiles ahora que… termine la cuarentena —agregó sonrojándose por un segundo, y continuó hablando en voz muy baja—. He de imaginar que las que te di antes de irme te sirvieron bastante, porque, conociendo al monje Miroku…

Y que lo digas —ahora la sonrojada fue otra—. Tengo que agradecerte también por eso.

Este… oye Sango, no te ofendas pero… —la joven de negra cabellera tartamudeó un poco ante lo que quería preguntarle a su amiga—… ¿cómo fue tu primera vez?... ¿qué sentiste cuándo…?... bueno, tú sabes a lo que me refiero —puntualizó algo avergonzada por su curiosidad.

A todo esto las gemelas habían estado muy entretenidas admirando todos los presentes para ellas y su hermano, y, en ese momento, miraron como su madre enrojecía intensamente, y en sus tiernas caritas se reflejó la duda, pues nunca la habían visto tan colorada… ni con su padre se ponía así de roja.

Aome… mejor después hablamos de… eso… y me platicas que más hiciste aparte de estudiar —Sango sonrió levemente como boba, tratando de disimular su bochorno ante sus hijas, y cambió al nene de seno para que continuara con su "importante" deber de alimentarse—. Niñas, ¿por qué no le dan color al libro que les trajo tía Aome?... se ve que está muy divertido —dirigiéndose tiernamente a ellas—, y más tarde podrán enseñarle a Lin todos sus regalos.

¡Si mami! —ambas contestaron al unísono, y tomando las crayolas, se dispusieron a pintar.

Luego me cuentan lo que es —añadió la yōkai taijiya al sonreírles. Posteriormente miró a su amiga morena con bastante curiosidad—. Cuéntame, Aome, ¿extrañaste mucho a Inuyasha en ese tu tiempo?... Él te recordó bastante en todos estos años.

Yo también lo extrañé mucho —la aludida suspiró con algo de melancolía—. Todos los días pensé en él, pero sentía que en algún momento regresaría porque… porque quiero vivir con Inuyasha, así como tú vives con el monje Miroku.

Vaya, puedo ver que piensan lo mismo; a veces se veía muy seguro de tu regreso… aunque tenía sus ratos de melancolía —afirmó la exterminadora un poco sorprendida—. Pero dime una cosa, Aome, ¿por qué tardaste tanto en volver?

Bueno, creo que tenía que terminar mis estudios y así ser un buen ejemplo para mi hermano Sota, y, asimismo, darle a mi familia el gusto de mi graduación. Además yo también quería concluir el Instituto, por el cual me esforcé tanto para ingresar… no podía abandonarlo a la mitad —sonrió la joven tras meditarlo un segundo—. Fueron tres años de estudio desde que volví allá.

Supongo que tienes razón —razonó la castaña.

Se quedaron un momento en silencio observando a las gemelas, las cuales coloreaban muy contentas las páginas del libro, y al pequeño Miatsu, quien parecía más dormido que despierto.

¡Mira, mami! —Kikyō le mostró a su progenitora las dos páginas que llenó de rayones—. ¡Es un arcoíris!

¡Y el mío es un sol! —Ahome no quiso quedarse atrás, señalando lo que ella había pintado.

A mí se me hace que al arcoíris le falta color —contestó la aludida, y le guiñó un ojo a su amiga—, ¿no estás de acuerdo conmigo, Aome?

Me parece que tienes razón —admitió la azabache con una sonrisa similar—, y al sol le falta brillo.

Así que Aome les ayudó a pintar, explicándoles y mostrándoles la forma correcta de tomar los colores y cómo iluminar con cuidado. Sango llevó al pequeño a dormir en su "sillita" después de haberle sacado el aire, y fue a preparar de comer. Y pasaron las primeras horas de la tarde, después de comer, con las mellizas divirtiéndose de lo lindo mientras la joven morena les narraba una historia entretenida y romántica, personificándola con las muñecas, permitiendo así que su amiga castaña tomara su baño. En media hora el pequeño bebé despertó por enésima ocasión para ser cambiado y alimentado, y… volver a dormir como si nada le inquietara. Cerca del anochecer Lin se presentó en la vivienda.

Muy buenas tardes, señorita Sango, señorita Aome, siento haber tardado tanto, pero la abuela Kaede y yo fuimos a un lugar un poco apartado de nuestra aldea —les saludó la jovencita un tanto apenada, dedicándoles una respetuosa reverencia y explicando los motivos de su tardanza.

Hola, Lin, es un gusto verte de nuevo por acá —Sango correspondió el saludo a sabiendas de lo que ocurriría a continuación.

¡Lin! —las gemelas no dudaron en abalanzarse sobre su amiga y "maestra", mostrándole una muñeca—. ¡Mira lo que nos trajo tía Aome!

¡Pero qué bonita muñeca! —dijo ella muy emocionada admirando el juguete, y después miró a la aludida y todas las cosas que se encontraban regadas en el piso—. No sabía que todo eso fuera de su época, señorita Aome —le comentó en tono de asombro.

Sólo son algunos regalos sencillos, Lin, y también traje algo para ti —le sonrió dulcemente la azabache tomando varias de las prendas de vestir y algunos adornos para el cabello, los cuales la niña tomó con cuidado, mirándolos absorta—. Espero sean de tu agrado… y que a Sesshōmaru le guste como te veas con ellos —agregó sin dejar de sonreír.

¡Oh, son muy lindos! —la chiquilla también le sonrió, y después preguntó con curiosidad—. ¿Y le trajo algo al Señor Sesshōmaru?

Bueno… no estoy segura de que es lo que pueda gustarle… por eso no le traje nada en esta ocasión —tartamudeó Aome en respuesta. En realidad nunca se le había pasado por la cabeza el regalarle algo al Daiyōkai porque… ¿qué se le puede regalar a un Inugami? En su tiempo, el "abuelo" Sesshōmaru ya lo tenía todo.

Entonces yo le preguntaré —la jovencita lo meditó un segundo, y retornó a sonreír.

Bien, y si alguna vez regresó a ver a mi mamá le traeré algo a Sesshōmaru —dijo la joven morena con una sonrisita bobalicona.

¡Lin, vamos a jugar! —Kikyō exigió la atención de su amiguita, hablando en tono de chiquilla berrinchuda.

Y juguemos a las muñecas como nos enseñó tía Aome —opinó a su vez la pequeña Ahome.

Bien, jugaremos a las muñecas como les enseñó la señorita Aome —la jovencita les regaló una sonrisa sincera a las mellizas, y después le habló respetuosamente a Sango—. Señorita Sango, ¿puedo guardar aquí las cosas que me trajo la señorita Aome?

Puedes dejarlas en el cuarto de las niñas, no te preocupes —le indicó amablemente la aludida. Al momento se dirigió cariñosamente a sus primogénitas—. Ahome, Kikyō, sean buenas hermanas y no peleen al jugar con Lin, y tampoco se ensucien mucho o voy a enojarme con ustedes.

Si, mami —le respondió Kikyō en un tono bastante formal para su edad.

No, mami —dijo Ahome poniéndose igual de seria.

En menos de dos minutos las niñas fueron al patio de atrás para terminar la tarde de forma divertida, llevando con ellas varias muñecas y complementos. Casi al tiempo llegó Shippou, y se abalanzó sobre su amiga de negra cabellera.

¡Aome, Aome! ¡Me da tanto gusto verte de nuevo! —le dijo muy feliz al abrazarla con fuerza, sabiendo que ya nadie lo golpearía—. Ayer ya no me dejaron saludarte como es debido —añadió, y le lanzó una mirada significativa a Sango.

Oh, Shippou, no te ofendas —le contestó tranquilamente la aludida regalándole una gran sonrisa—, es que a veces eres… bastante impertinente en tus comentarios y tus acciones, y por eso Inuyasha se molesta contigo.

Ese Inuyasha es un perro tonto y gruñón, ¿verdad que sí, Aome? —afirmó el zorrito en tono exageradamente formal, como si tuviera la razón en todo, dirigiendo la mirada esmeralda nuevamente a la azabache.

Este… Shippou, Sango es la que tiene razón; ya conoces como es Inuyasha, y por eso no deberías discutir con él —le respondió ella acariciándole la pequeña cabeza, sonriéndole con cariño y colocándolo en el piso.

Ahora hasta lo defiendes y te pones de su parte —observó el kitsune en tono ofendido—. Pero dime una cosa, ¿ya se ha sincerado contigo y te ha dicho lo que siente por ti? —y la miró de forma escrutadora, esperando por una respuesta que le hiciera cambiar de idea con respecto al Hanyō.

Eee… —el tartamudeo y el sonrojó no se hicieron esperar, en lo que la castaña puso los ojos en blanco. ¿Qué sería eso tan importante que Inuyasha tenía que decirle? ¿Acaso al fin le diría…?—… no, Shippou, Inuyasha no me ha dicho… ¿a qué te refieres exactamente con eso? —le preguntó con bastante curiosidad.

Ay, Aome, pues a que más será —el chico zorro resopló brevemente cruzándose de brazos, comprendiendo que el retrasado semidemonio no se había abierto de capa para externarle sus sentimientos a la mujer de sus sueños—, a lo ese inútil de Inuyasha siente por ti desde ha…

Sango lo abrazó más rápidamente y le tapó la boca, mirándolo con inusual seriedad.

Oye, Shippou… —le dijo en tono tétrico—… ¿por qué no dejamos que sea el propio Inuyasha quién se exprese y te vas a jugar con las niñas al patio de atrás?

Aome parpadeó ante esa reacción tan poco común en la exterminadora, la cual solía ser muy dulce con el kitsune. El aludido también puso carita de miedo. Su amiga castaña lo soltó sin dejar de verlo con seriedad.

Eee… —ahora el tartamudeo fue del pequeño zorro—… sí, bueno… ¿Vas a dormir con nosotros hoy, Aome? Con la anciana Kaede, con Lin y conmigo.

Claro, y ya me contarás como te va en la escuela —ella le sonrió otra vez.

Hoy subí de grado, y fue difícil —afirmó más contento—. Pero para alguien tan talentoso como yo es pan comido.

Me alegro por ti —intervino Sango más tranquila.

Y también te traje regalos —volvió a decirle Aome, entregándole varias cajas con colores, muchas hojas y libros para colorear.

¡Órale, son muchisísimos colores! —los miró extasiado—. ¡Ay, Aome, muchas gracias!

Diviértanse un rato más y ve con las niñas, por favor —Sango volvió a intervenir, esta vez en entonación formal—, ya que Aome y yo tenemos que platicar… cosas de mujeres adultas.

El sonrojo del kitsune no se hizo esperar, y, sin decir nada más, se retiró con paso ligero hacia donde se encontraban las chiquillas.

Oye, Sango… —dijo Aome observando atentamente a su amiga, un tanto asombrada por esa petición—… ¿de qué vamos a platicar?

Bien, Aome, en primer lugar no debes darle alas a Shippou si vuelve a preguntarte sobre Inuyasha, o terminara por arruinarle todo —le puntualizó la castaña sin perder la serenidad, mirándola también—. Él ha esperado mucho tiempo por tu regreso, y lo correcto es dejarlo explayarse por sí mismo… al menos esa es mi opinión.

Mmm… Sí, creo que tienes razón —la azabache lo meditó un momento.

Además… se pondría furioso con nuestro pequeño amigo si le arruina… bueno, ya me entiendes — recalcó la exterminadora sin intenciones de decir nada más del asunto.

Eso no lo dudo, pero… yo lo mandaría al suelo si intenta lastimar a Shippou —afirmó la joven morena con convicción.

Mejor evítale la pena a Shippou y no te molestes con Inuyasha, Aome, o no va a atreverse a decir nada —le recalcó Sango moviendo negativamente la cabeza.

Eee… nuevamente tienes razón, Sango, lo siento mucho —Aome se dio cuenta de que, si quería conocer los motivos que preocupaban a su amado semidemonio, realmente lo conveniente era darle la confianza de hablar.

Así que, si más tarde Shippou pretende decirte algo con respecto a Inuyasha, o piensa seguir criticándolo… —observó la exterminadora en tono solemne—… lo mejor es que desvíes su atención hacia otro tema, y coméntale que después hablarás de ello.

Sí… eso será lo adecuado —respondió la muchacha de negra cabellera agachando un poco la cabeza. Tenía tanto que aprender de las costumbres en el Sengoku. Por unos segundos se quedaron en silencio, hasta que Sango se animó a contestar el cuestionamiento que Aome le hizo antes.

En cuanto a tu pregunta de hace un rato… Para mí fue algo maravilloso cuando su Excelencia me… cuando él y yo… bueno, cuando hicimos… eso… y de hecho siempre es… fantástico —suspiró levemente y se sonrojó con intensidad al rememorar ese momento tan único y especial en su vida, cuando ella y su amado esposo se entregaron al amor por primera vez, así que desvió un poco la mirada del rostro de su amiga para ocultar su rubor.

Vaya… Dime una cosa, Sango, ¿el monje Miroku es muy tierno al hacer el amor o… es muy salvaje? —Aome puso un gesto soñador en su rostro antes de comentar lo último con un deje de picardía.

Bueno, él es… él tiene… ambas cosas, y… eso… ¡ay, pero qué vergüenza! —la joven castaña se abanicó un poco con la mano, ardiendo de la mejillas.

Oye, no tiene nada de malo disfrutarlo siendo que ya es tu marido… —comentó la azabache con una risita cantarina—… ¡Ya sabía yo que eras una pillina, qué guardadito te lo tenías! —añadió.

Sango aspiró una bocanada de aire como si se hubiera quedado sin respirar por un instante, y en tanto Aome no podía dejar de reír por lo bajo. Ella ya sospechaba que, muy en el fondo, a su amiga siempre le había gustado que Miroku fuera… manolarga, sí, pero sólo con ella, y de una forma discreta, algo de lo que el joven Hoshi carecía. Así que no le cabía duda de que, desde que sus amigos se casaron, la exterminadora se hubiera contagiado y dejado llevar por los arrebatos pasionales de su amado cónyuge.

Bien, Aome, muy bien… ahora explícame porque me preguntaste eso —dijo la castaña al recuperar la compostura, aunque sus mejillas seguían coloradas, y le lanzó a su amiga morena una mirada escrutadora y suspicaz.

Eee… sólo es curiosidad para cuando… cuando Inuyasha y yo… —el tartamudeó no se hizo esperar, porque en realidad no había planeado confesarse de esa forma, por lo menos no ese día—… ¡ay, me da mucha pena decirlo! —y ocultó el rostro entre sus manos.

Aome, amiga… —Sango volvió a suspirar, pero esta vez con gesto de resignación y su mirada se puso seria—… no quiero desilusionarte pero… tú mejor que nadie has de saber que no todos los hombres son iguales y… bueno, ya conoces que Miroku es… e Inuyasha… En fin, conoces lo mucho que le cuesta ser expresivo y mostrar lo que siente en verdad, así que no lo presiones demasiado.

Entiendo —respondió la joven morena al descubrirse, suspirando también con algo de abatimiento.

¡Vamos, ni porque nos espió a Miroku y a mí en muchas ocasiones se arma de valor para… para confesar lo que siente por ti! —la yōkai taijiya no pudo contenerse en guardar este secreto, soltándolo sin mucho tacto antes de desviar nuevamente la mirada para encubrir su bochorno.

¿Qué dices?… ¿Qué Inuyasha los espió cuándo el monje Miroku y tú estaban…? —Aome se impactó con la noticia… sí que Inuyasha debía estar desesperado para cometer algo así.

Sí, eso hizo —Sango afirmó sin mirarla directamente, aun recordando lo sucedido—. Creo que ha intentado aprender a ser… bueno, cariñoso como… como mi marido; y sé que hasta le pidió ayuda para poder escribirte poemas de amor.

¿Entonces eso hizo Inuyasha para mí? —las pupilas de la azabache temblaron un poco. Todos esos poemas fueron escritos únicamente para ella, así hayan representado un gran esfuerzo para el Hanyō.

Pero debes de mantenerte tranquila, como si no supieras nada más —la castaña la interrumpió agitando una mano para saldar el tema—. Si lo dejas hacer las cosas a su manera no tardará en abrirse y sincerarse contigo, y tal vez entonces… —y no terminó la frase, pues en el rostro de su amiga estaban dibujadas muchas ilusiones y sueños futuros. Ambas sonrieron.

La noche cayó sobre la aldea, y Aome se fue con Shippou y Lin hacia la cabaña de la anciana Kaede, saludándola muy gustosa, entregándole sus obsequios, y platicando con ella de muchas cosas cuando se sentaron a cenar. Nuestra amiga le pidió de favor que la entrenara para mejorar y controlar sus poderes espirituales, y así llegar a ser la principal sacerdotisa de la aldea, a lo que la viejecita accedió gustosamente ya que su tiempo en la vida era más corto con el paso de los años, y su poder espiritual nunca había sido tan especial como lo fue el de su hermana Kikyō; y a la pequeña Lin le faltaba más edad para poder siquiera aspirar a ese importante puesto, aunque ya había mostrado progresos al tener también dentro de ella una energía mística comparable con la de la chica del futuro. Shippou le había insistido en platicar acerca del torpe de Inuyasha y su falta de valor, pero la joven, poniendo en práctica el consejo de la exterminadora, le dijo que sobre eso platicarían en otro momento, y lo distrajo pidiéndole que le contara sobre la gran escuela de zorros y los difíciles exámenes que había tenido que hacer para la obtención de sus títulos indispensables de magia ordinaria, a lo que el kitsune se enorgulleció contando sus logros.

Al llegar la hora de descansar, Aome levantó una silenciosa plegaria a Dios en agradecimiento por estar ahí, y pidiendo por el bienestar de sus amigos y de su amado Inuyasha, para que no sufrieran ningún contratiempo en aquella lejana región. Después se dejó llevar al mundo de los sueños, en donde ya vivía junto a él.

Nota de la autora: en la siguiente parte… Inuyasha pedirá la ayuda desesperada de su amigo para poder explayarse, por supuesto que recibirá primero un regaño y después… No se lo pierdan, que para darle más sabor a esto nuestro Hanyō sufrirá la gota gorda, pero para ser sincero y cursi… jajaja. Un saludo.