Capítulo 20

Nota: continuaremos con algunas cosas pendientes en la aldea por el regreso de Aome, sé que disfrutaran este capítulo de una forma especial.

En los días posteriores a su llegada, y esperando por el regreso de Inuyasha, Aome fue a saludar a todos los pobladores de la aldea. También se dedicó a practicar, con ayuda de la anciana Kaede, el control de su poder espiritual para auxiliarla en muchas otras cosas, aprendiendo rápidamente en conjunto con Lin, la cual estaba muy emocionada porque sería, al igual que la señorita Aome y a su debido tiempo, la sacerdotisa de la aldea. Nuestra joven amiga de negra cabellera ya había cambiado los ropajes de su época dado que tenía que adaptarse al período Sengoku, así que empezó a usar el vestuario de sacerdotisa y a utilizar nuevamente el arco que obtuvo en el Monte Asuza, el cual Kaede había guardado muy bien.

Ya lo extrañaba —dijo muy contenta al tomarlo entre sus manos en cuanto la anciana se lo entrego.

Bueno, Aome, yo te ayudaré lo más que se pueda para que de nuevo controles tu energía espiritual a un mejor nivel —le dijo la viejecita con un poco de seriedad—. Y me parece que lo mejor que puedes hacer es ir al templo donde mi hermana Kikyō se consagró como sacerdotisa… creo que eso te ayudará más.

¿Acaso no es en ese lugar donde enfrentamos a la malvada Tsubaki? —la joven parpadeó un tanto sorprendida por esa petición.

Así es, el lugar ya fue reparado y purificado nuevamente —Kaede sonrió brevemente al ver su asombro—. Sé que las señoritas Momiti y Botán podrán ayudarte más que yo.

¿Todavía siguen ahí esas dos jóvenes? —Aome se extrañó al recordar a ese par de muchachas aprendices que también pelearon contra ellos, ya que habían sido engañadas por la malvada Tsubaki—. Pensé que tal vez habían regresado a sus respectivas aldeas —agregó.

Claro que regresaron a sus hogares durante el tiempo en el que el templo estuvo en ruinas —le confirmó su interlocutora con un movimiento de cabeza para darle peso a sus palabras—. Ahora han terminado su ordenación y van de vez en cuando para instruir a más doncellas que tenga aptitudes… sólo que Lin no quiere ir todavía, ya que aún es muy chica y no está segura de que Sesshōmaru vaya a permitírselo —añadió con algo de preocupación.

Bueno… tal vez si le explicamos las cosas a Sesshōmaru acepte que Lin se instruya como es debido —la joven sonrió un poco con un típico gesto anime de bochorno, sopesando sus posibilidades de tener una "conversación" civilizada sobre el futuro de la niña con el gran demonio blanco. Al menos, el "abuelo" de su buen amigo Shinosuke le había dicho que la pequeña Lin también había sido sacerdotisa como ella, así que era seguro que aceptaría… la cuestión era convencerlo ahora en ese tiempo.

Y, por andar a las vueltas con la anciana Kaede, Aome dejó a su amiga Sango sola con sus hijos. Fue a disculparse con ella un tanto apenada, más su amiga castaña la confortó con una de sus bellas sonrisas.

Descuida, Aome, no es la primera vez que me quedo sola, ya que Miroku se ha ausentado en varias ocasiones y por varios días —le dijo con amabilidad el siguiente día que fue a visitarla—. Lo importante es que te ocupes en lo que te corresponde porque Inuyasha va a volver… y tú y él tienen sus asuntos pendientes —observó con algo de picardía.

La morena se sonrojó levemente al meditar en ello, pues es lo que anhelaba, lo que le había hecho volver… el vivir al lado del hombre que ama, pero no quería verse tan urgida y lanzada para no presionarlo mucho. Así que, antes de decidirse a ir al templo donde Kikyō fue formada como sacerdotisa, tenía que arreglarse bien con el joven semidemonio dueño de su corazón, dado que él era la razón principal de su regreso.

¿No cree que eso afecte mi poder espiritual? —le preguntó con curiosidad a la anciana Kaede después de darle sus razones para posponer su preparación.

No lo creo —le contestó la viejecita con sinceridad—. Ya vez que Su Excelencia no ha perdido nada a pesar de… bueno, tú entiendes a lo que me refiero —la madura mujer puso los ojos en blanco por un instante en tanto que la chica sonrió tontamente, porque le constaba que el Hoshi no había abandonado ciertas manías, manías inadecuadas para su profesión—. Así que no veo problemas —añadió en tono complaciente.

Bueno… ¿por qué Kikyō no lo pensó así? —una duda surgió en Aome, una pequeñísima duda que le dio vueltas en la cabeza a la sola mención de la antigua miko—. Me parece que bien podía seguir cuidando la Shikon no Tama aunque se hubiera casado con Inuyasha.

No, Aome, eso era diferente —contestó Kaede después de suspirar brevemente—. Como guardiana responsable de su cuidado, mi hermana Kikyō tenía que mantener sus pensamientos libres de influjos que pudieran perturbarla en su encargo, y así no sembrar en su corazón esa clase de dudas que afectarían negativamente a la joya… Recuerda que tú fuiste presa de su poder maligno cuando estuvo oscurecida por la perversa ambición de Naraku.

Comprendo —Aome bajó la vista, compadecida una vez más por la pobre sacerdotisa que perdió la existencia en el cuidado de esa perla, condenada a su voluntad y sin poder vivir la vida que hubiera querido.

Vamos, Aome, ya no te angusties más por lo sucedido… unirse a Inuyasha no era el destino de mi hermana Kikyō —la anciana la miró fijamente con cariño, palmeándole un hombro para confortarla—. Ella hizo lo que tenía que hacer, esa era su misión en la vida y, para lograrlo, para terminar su tarea inconclusa, parte de su ser reencarnó en tu persona… pero recuerda que todo lo demás fue y será hecho por ti —añadió sonriéndole, a lo que la joven le correspondió.

No había querido pensar tanto en Kikyō porque eso podría detenerla en su regreso, ya que no deseaba que Inuyasha la viera únicamente como la reencarnación del amor pasado, anhelaba ser la amada a su lado.

A pesar del tiempo transcurrido, Aome no podía sacarse del todo lo que Kikyō significó en la vida de Inuyasha y en la de ella misma. Y tampoco podía dejar de sentirse un poco mal por eso… tal vez su conciencia recobraría la calma en cuanto el semidemonio de dorados ojos se sincere con ella y le confiese que su amor, el que siente por Aome, supera lo que alguna vez creyó amar a Kikyō; lo cual no significa que no haya amado a la miko, pero la forma en la que ellos se amaron fue diferente. Esas palabras la harían sentir mejor y su alma se libraría del pesar por el triste final de la sacerdotisa, a la que no pudo ayudar aunque sinceramente deseaba hacerlo.

En la tarde anterior a la noche de luna nueva, los viajeros regresaron del Oeste… exceptuando el Hanyō.

¡Hola, señorita Aome! —Kohaku le saludó acercándose a la cabaña de Kaede, llevando a rastras un bulto. La aludida se encontraba junto a Lin, dispuestas a salir de paseo—. Es una verdadera dicha el verla otra vez por acá, y lamento no haberla saludado antes ni haberle agradecido por todo lo que hizo por mí y por mi hermana hace tres años —dijo con tono amable al llegar a su lado.

Hola, Kohaku —ella le saludó también con alegría, abrazándolo con afecto—, el gusto es mío, y no tienes nada que agradecer ya que ustedes son mis amigos… ¡Veo que has crecido mucho en estos años! —observó con admiración mirándolo de arriba a abajo—. ¿Y dónde está el monje Miroku? —preguntó dudosa al notar que hacía falta alguien importante.

Su Excelencia fue a saludar a mi hermana y a mis sobrinos — contestó el chico sin borrar la sonrisa, más, en cuanto su mirada volvió a su pequeña amiga, la cual lo contemplaba con mucha atención mientras sonreía grandemente, pareció un poco avergonzado —. Hola, Lin, me da gusto verte también a ti —dijo con algo de timidez.

Hola, Kohaku, yo también te extrañaba —le respondió la chiquilla con sinceridad—. ¿Cómo les fue matando monstruos? —preguntó con curiosidad sin dejar de mirarlo con sus grandes y bonitos ojos cafés.

Este… bien, en lo que cabe nos fue bien, gracias por preguntar —respondió el muchacho tartamudeando levemente.

Eso suena bien, Ahome y Kikyō ya preguntaban por Su Excelencia y por ti —afirmó la niña palmeándole un hombro con bastante cariño.

Aome miró un momento al muchacho, un poco sorprendida al oírlo nervioso. Recordaba que el chico era bastante tímido, pero no pensó que pudiera mostrarse así frente a la pequeña con la cual había convivido y compartido algo de tiempo junto al gran demonio blanco. Se sonrió brevemente al hacer memoria de algo… el joven exterminador ya no era un niño y, en pocos años, la niña sería una linda mujercita; los dos formarían una linda pareja y tendrían una gran familia de abolengo por el lazo que unía a la infanta con Sesshōmaru, el Señor de las Tierras del Oeste. Después reaccionó al percatarse de que le faltaba alguien más.

Kohaku… ¿dónde está Inuyasha? —le preguntó con visible extrañeza.

El señor Inuyasha fue donde el maestro Totosai, señorita Aome —explicó el jovencito recuperándose un poco de su bochorno—, así que lo más probable es que llegue mañana.

Bien… tendré que ir a saludar al anciano Myoga y al viejo Totosai un día de estos —se dijo Aome suspirando con alivio.

¿No íbamos a ver a las niñas, señorita Aome? —intervino Lin en tono complaciente.

Es verdad, Lin —contestó la aludida volviendo a sonreír—. Dime, Kohaku, ¿qué traes ahí? —le cuestionó al muchacho con amabilidad y curiosidad, señalando lo que venía arrastrando.

¡Ah!, es algo que trajimos para la escuela de exterminadores. Su Excelencia y la anciana Kaede los purificarán antes de que lo llevemos con el maestro Totosai para que forje algunas armas —respondió el chicuelo dejando el bulto cerca de la entrada de la cabaña—. Imagino que mi hermana ya le contó sobre eso —añadió con complacencia.

Los tres dirigieron sus pasos hacia la vivienda de Sango y Miroku, en tanto el muchacho les platicaba algunas de las peripecias del viaje. Al llegar vieron al pobre monje ser "generosamente torturado" por sus hijas, las cuales montaban sobre él como si fuera "caballito", mientras la castaña alimentaba al pequeño Miatsu y sonreía grandemente ante la escena.

¡Arre, papi, arre! —decían las chiquillas carcajeándose jovialmente.

¡Hola, niñas, no deben tratar así a su padre! —les saludó Lin con su alegre sonrisa, aguantándose las ganas de burlarse también de su Excelencia.

¡Es Lin! —al verla, las mellizas exclamaron a una sola voz—. ¡También tío Kohaku! —y casi se caen al querer bajarse del "lomo" de su progenitor, por lo que el hombre tuvo que tenderse en el piso cuan largo es para permitir que lo "desmontaran".

Mis lindas "mujercitas", tengan cuidado —Miroku les reprendió un poco empleando una entonación cariñosa, porque las pequeñas se abalanzaron sobre su amiga, y posteriormente sobre su joven tío.

Es un gusto verlo otra vez, monje Miroku… hola Sango, discúlpame por haberte tenido abandonada —Aome les saludó al acercarse donde ellos se encontraban, dedicándoles una sonrisa sincera.

Hola, Aome, hola Kohaku, sean bienvenidos —Sango les contestó sonriéndoles con cariño.

El gusto es mío, señorita Aome, usted siempre tan gentil, y permítame decirle que el traje de sacerdotisa le sienta muy bien —contestó el aludido Hoshi levantándose y sacudiéndose el polvo de la túnica, correspondiendo el gesto amable.

¡Tía Aome! —las gemelas no se habían olvidado de su reciente "tía", así que la abrazaron por las piernas y por muy poco la tiran.

Vamos, Ahome y Kikyō, estense tranquilas por favor —les indicó Sango a sus primogénitas con un poco de severidad—. Mejor vayan a jugar con Lin para que no se haga más tarde… muchas gracias por venir, Lin —y le dedicó a la chiquilla una sonrisa de agradecimiento.

Sí, mami —dijeron las chiquillas al unísono, y se dispusieron a llevarse a su "maestra" con ellas al interior de su vivienda.

Usted ya sabe que me gusta venir a jugar con las niñas, señorita Sango… con permiso su Excelencia —antes de irse con sus revoltosas "aprendices", la pequeña morena se inclinó respetuosamente frente a los dueños de la morada.

Pasa con confianza —el Hoshi le correspondió el gesto a la jovencita y se acomodó al lado de su esposa, dirigiéndose cortésmente a sus invitados señalándoles la banca para que también pudieran sentarse—. Por favor, señorita Aome, Kohaku, tomen asiento que están en su casa —les dijo en su característico tono bondadoso.

Este… hola, hermana —Kohaku saludó con bastante pena por ver a su pariente mostrar el torso—, lamento mucho no haber venido antes.

Vamos, no te culpo pues has estado ocupado… pero no olvides que aquí te queremos mucho —le respondió Sango con un poco de reproche tierno—. Recuerda también que debemos tener lista la escuela para el momento oportuno —añadió con algo de seriedad antes de dirigir la vista hacia su amiga—. Y tú tampoco te sientas mal Aome, sé que también has estado atareada —le dijo amablemente.

Aun así… —la joven tartamudeó un tanto ruborizada por su descortesía.

Por cierto, señorita Aome… —intervino Miroku con el afán de hacerla sentir mejor y desviar su atención de ese tema hacia otro de suma importancia—… le comunico que Inuyasha llegará…

Muchas gracias, monje Miroku, ya Kohaku me contó lo sucedido con él —la muchacha recuperó la sonrisa, entendiendo que había otras cosas de las cuales ocuparse—. Pero, por cierto… ¿cómo les fue de verdad? —le preguntó mirándolo un tanto escrutadora, para después observar al muchacho por un momento.

Bueno, verá usted, señorita Aome… —respondió el joven Hoshi tras meditarlo brevemente—… se hizo lo que estuvo a nuestro alcance. Hay ciertas cosas que están fuera de control.

Y eso… ¿por qué? —le preguntó dudosa.

Bien… no es de mi gusto armar conjeturas pero… —Miroku trató de explicarse con palabras sencillas—… hay yōkais tan poderosos como Sesshōmaru involucrados en el alboroto, y usted recordará que no es nada fácil de exterminar a demonios como él por los medios tradicionales.

Mmm… —Aome trajo a su memoria esa escena de hace mucho tiempo atrás—. Entonces… ¿él tiene…?

Así lo creemos, señorita Aome —el monje la interrumpió educadamente—. Aunque Sesshōmaru ha cambiado por Lin no deja de ser… —añadió en tono sereno—… bueno, conocemos que nunca le ha gustado involucrarse con los humanos… más este no es el caso, y, por lo tanto, debe haber una razón de peso para su actitud.

Kohaku asintió con un leve movimiento de cabeza en lo que Sango veía atentamente a su esposo, sin dejar de acariciar a su pequeño, el cual ya se veía somnoliento después de un buen banquete.

Entonces las cosas no mejoraron —fue el suspiró de la castaña con algo de preocupación en la voz, dirigiéndose a su amado—. Así que tendrán que regresar otra vez, ¿verdad?

Sango, amada mía, no debes angustiarte por nada —y su marido la abrazó por los hombros hablándole en tono calmado, controlando a la vez sus ganas de darle más que un buen apretón por tener ella a su pequeño hijo en brazos—. Con la implementación de una buena barrera espiritual hemos detenido el avance de los yōkais, y volveremos en quince días para ver el progreso de las cosas.

¿Podré acompañarlos ese día? —Aome le preguntó entre curiosa y emocionada.

Bueno… si Inuyasha no ve ningún inconveniente, por mí no hay problema —le contestó Miroku con su amabilidad característica—. Sango, querida, creo que Miatsu se ha dormido al fin —y se dirigió a su mujer después de observar a su retoño con visible cariño.

¿Y por qué Inuyasha me diría que no? —la joven de negra cabellera pareció rebelarse un poco ante ese comentario machista en su sentir—. Si voy con ustedes me serviría mucho para nuevamente manejar y mejorar mi energía espiritual.

Aome, es bueno que consultes la opinión de Inuyasha si piensas vivir con él más adelante —le dijo Sango al tiempo que le entregaba cuidadosamente a su marido a su bebé dormido, para posteriormente acomodarse la túnica, a lo que su hermanito desviaba la vista un tanto avergonzado—, ya que en un matrimonio el hombre y la mujer deben estar de acuerdo en muchas cosas —añadió guiñándole un ojo, y se levantó con cuidado—. Por favor, se quedan a cenar con nosotros, la anciana Kaede y Shippou nos alcanzaran más tarde.

Aome le ayudó a su amiga a preparar los alimentos, y todos juntos disfrutaron de una amena y tranquila cena en lo que cabe, pues las mellizas no perdieron el tiempo y, en cuanto les fue posible, "obligaron" a papá a hacerles "caballito" otra vez, y, como el hombre no es alcahuete… Sango tuvo que poner orden y sentó a sus hijas para que terminaran sus verduras, regañando un poco a su indisciplinado y consentidor esposo. Más tarde se retiraron a sus aposentos, y Kohaku fue convencido por sus sobrinitas para que se quedara a dormir en familia, compartiendo el cuarto con ellas. Después de asegurarse de que las dos "diablillas" estuvieran bien dormidas junto al llorón del pequeño Miatsu, Miroku y Sango conversaron un poco de otro tema. Ambos ya se encontraban acostados uno al lado del otro, abrazados como todas las noches.

Me preocupa un poco Inuyasha —dijo el monje mirando fijamente al techo de su habitación—, no pensé que en realidad le diera pavor… llegar a tener intimidad con la señorita Aome.

¿En serio? —su esposa lo miraba con atención, apoyada en su pecho, y se asombró un poco ante esa revelación—. ¿Entonces esa es la razón por la que no le ha expresado a Aome lo que siente por ella?

Tal parece que sí, que esa es la razón de que no se haya sincerado con ella para proponerle matrimonio —opinó el de ojos azules soltando un profundo suspiro de contrariedad—. Por lo visto nunca le había pasado por la cabeza que al desposarse es así… ni con la señorita Kikyō lo llegó a imaginar —agregó y esta vez la miró con algo de picardía y pasión—. No sabe de lo que se perdería si no llega a…

Miroku, cariño mío… —Sango se sonrojó un poco y desvió su mirada café de las azules pupilas de su amado con un poco de pena—… qué cosas dices.

Bueno, en fin… —él volvió a fijarse en el techo suspirando una vez más—… Es mi deber como buen amigo y su consejero espiritual el darle ánimos… y alguna clara explicación de las cosas para que sepa de lo que se trata en realidad, ya que no está nada bien que le tenga miedo a algo tan bello y sagrado como lo es el acto más puro de amor y entrega que se ha podido concebir —puntualizó en entonación dramática y quijotesca, como si estuviera actuando en una obra de teatro.

Oye, Miroku querido… —Sango lo miró una vez más, y esta vez pareció enfadada—… ¿acaso pretendes que Inuyasha nos…?

No, no, Sanguito amor, nada fuera de algo teórico… —le dijo mirándola con pena, sonriendo como bobo por un momento al haber sido malinterpretado—… eso no volverá a repetirse, ¿cómo crees? —y la abrazó un poco más, acercándola a su cuerpo y cambiando la expresión por una de mucho amor—. Tú sólo eres para mí y por ningún motivo dejaré que alguien te vea como sólo yo tengo derecho a hacerlo —le dijo susurrándole al oído, ocasionándole una sonrisita traviesa.

Empezó a besarla apasionadamente en los labios, las orejas, las mejillas, el cuello… a lo que Sango le correspondió igual de amorosa, pues siempre lo extrañaba mucho cuando se iba por varios días. Claro que, más allá de eso, la cuarentena aún no termina y el mañoso monje no quería abusar de la confianza de su esposa, o ella lo mandaría a dormir afuera con un buen golpe en la mejilla.

Y en cuanto a Aome… ésta se encontraba pensando en su amado Inuyasha y en lo que estaría haciendo en esos momentos. Suspiró hondamente y cerró los ojos para dormir, acostada sobre su futón en la casa de la anciana Kaede. Después de levantar una plegaria a Dios por el semidemonio se adentró en el mundo de los sueños.

¡Pero qué bello lugar! —se dijo al encontrarse recostada en un hermoso prado, rodeada por flores de campanilla—. ¿Por qué estaré aquí? —se preguntó al enderezarse y percatarse de que no había nadie más con ella.

El cielo tenía un lindo tono azul y la brisa agitaba las pequeñas flores, llenando el ambiente con su suave perfume, revolviendo también su negra y alborotada cabellera. Se levantó del todo y caminó siguiendo un sendero que pasaba en medio del prado. Vestía el traje de sacerdotisa y andaba con paso lento, tratando de reconocer algo del paisaje.

Mmm… recuerdo que me acosté a dormir hace un rato —se dijo a sí misma meditándolo en voz baja, aun con la vista fija en el camino—. Así que seguramente esto debe ser un sueño.

Estás en lo cierto… pero eso no significa que no pueda ser una realidad —le contestó una armoniosa voz a lo lejos, una voz que hacía tiempo había dejado de escuchar.

¿Ki… Kikyō? —deteniéndose un poco por la impresión, volteó a ver a todos lados buscando el origen de la voz—. ¿Eres tú?, ¿dónde estás?

Sigue adelante, Aome, te espero al final del sendero —le respondió la antigua miko aun sin dejarse ver.

Ella apuró el paso, tratando de imaginar cual sería el motivo que nuevamente hiciera aparecer a la sacerdotisa muerta después de tanto tiempo. Y unos metros más adelante divisó su silueta… la suave brisa movía sus largos cabellos negros de una forma armoniosa, de la misma manera que a las flores que bordeaban el camino. Al observarla, Aome no sabía si estar contenta o mostrarse apenada ante el antiguo amor de su amor. Kikyō volvió la vista y la miró con la altivez conocida dibujada en su pálido rostro de lindas facciones, como si los años no hubieran pasado y siguiera sintiendo un gran desprecio hacia la joven del futuro.

¿Qué te pasa, Aome? —le dijo con algo de dureza—. Parece que viste un muerto.

Estee… —tartamudeó la aludida, no encontrándole sentido a ese comentario—… Kikyō… me da tanto…

Vamos, Aome, no trates de disimular lo que sientes… tú guardas dos formas de pensar en tu interior —la miko le interrumpió—. Te doy pena, lo sé… aunque también sé que eres sincera y que te da gusto verme —añadió sonriéndole un poco—. Bien, estoy aquí para ayudarte porque así lo has pedido.

¿En… serio? Oye, Kikyō, ¿cómo es que…? —la del futuro dudó un poco, pues las palabras de la antigua sacerdotisa le parecieron un poco duras y algo confusas.

Acompáñame, por favor —la interrumpió una vez más, dándole la espalda para continuar caminando—. Necesitas mi ayuda para hacer lo que yo nunca pude hacer.

La miko avanzó hacia un pequeño templo que se ubicaba unos metros más delante de su posición. Aome no recordaba haberlo visto en cuanto llegó a su lado, más, recomponiéndose de su asombro, no dudó en seguirla a una distancia prudente.

Oye, Kikyō, ¿qué es…? —empezaba a decirle, pero nuevamente fue interrumpida.

Sigues hablando mucho, Aome —le dijo Kikyō empleando en esta ocasión un tonito sarcástico que obligó a la del futuro a decidir cerrar la boca—. Ya aclararé tus dudas en cuanto lleguemos al lugar adecuado.

En unos minutos que a Aome le parecieron horas entraron al recinto sagrado, el cual no era muy grande. Las paredes y los pisos eran muy blancos y brillantes, como que tenían resplandor propio. Al centro del mismo se encontraba una mesa con un servicio de té para tomar. Una ventana al fondo permitía seguir viendo las bellas flores y el azul del cielo. En la mesa también había un platón con galletas y bocadillos propios de la época actual, por lo que la chica del futuro parpadeó extrañada ante tan inusual servicio.

Toma asiento, por favor —le indicó Kikyō a Aome, empleando en está ocasión un tono más amable—, así podremos estar cómodas para charlar.

La anterior miko se acomodó suavemente en un cojín, en la pose habitual de las mujeres en el Sengoku, y la del futuro le imitó. Ambas se miraron atentamente, y el gesto de la sacerdotisa muerta era de absoluta indiferencia.

Kikyō… ¿qué significa esto? —en vista de que Kikyō guardó silencio por unos segundos, Aome se animó a romperlo con la duda reflejada en su cara.

Bueno… esté es tu sueño y tú lo decidiste así —le respondió la aludida sin dejar de mirarla fijamente, con esa misma expresión seria de años atrás—. Yo sólo estoy aquí para explicarte las cosas con calma.

¿De… verdad? —la del futuro preguntó más que extrañada—. ¿Y qué es lo que tienes que decirme? —y tomó una galleta para llevársela a la boca, sin dejar de observar a la otra chica—. ¡Mmm! ¡Estás galletas las hizo mi mamá! —exclamó al saborearla, visiblemente sorprendida por ese detalle en un sueño.

La primera sacerdotisa movió la cabeza un poco en forma negativa, disimulando una sonrisita y pensando en que su reencarnación del futuro seguía comportándose bastante infantil. Decidió tomar su respectiva "taza" de té y darle un pequeño sorbo.

Bueno, Aome, ¿cuáles son tus inquietudes con respecto a Inuyasha? — le indicó con gravedad a la del futuro.

La aludida se había comido ya unas cinco galletas y un bocadillo, y, al escucharla, en ese momento se atragantó un poco con el té.

¡Oh, lo siento mucho! —contestó tosiendo un poco, enrojeciendo de las mejillas—. No pensé que era de él de quien querías hablarme.

¿Pues de que más te hablaría sino de Inuyasha? —la del pasado puso los ojos en blanco un momento—. Tú volviste a esta época pasada porque tenías que volver, ya que lo amas tanto como tal vez nunca yo lo amé… y él te ama de verdad como quizá no me amo a mí —y retornó a ponerse seria, mirando escrutadoramente a su interlocutora.

No, Kikyō, eso no lo creo… —Aome enrojeció más y trató de ponerse igual de seria para no quedar mal con su antecesora—… Inuyasha siempre…

Por favor, Aome, no quieras justificarte conmigo —Kikyō le interrumpió una vez más, endureciendo nuevamente el tono como si tuviera ganas de llorar—. Inuyasha te ama mucho más de lo que llegó a amarme… ¿por qué lo dudas? —le cuestionó al final.

Aome no le contestó al momento, ya que por su mente cruzaron varias de las veces en las que el Hanyō se fue con su antiguo amor sin importarle que ella estuviera presente, ni el dolor que le causaba por su indecisión a pesar de que sabía lo que sentía por él, aunque fuera un ser agresivo y desconsiderado la mayoría del tiempo. Kikyō dulcificó su expresión al adivinar sus pensamientos.

Aome, el tiempo entre él y yo quedó muy atrás ya que no éramos realmente el uno para el otro… y eso lo descubrí antes de morir por segunda ocasión —le dijo más calmada empleando una entonación serena—. Cuando vi nuevamente a Inuyasha, ese día en que la bruja Urasue trajo mi atormentada alma de regreso a la vida, sólo sentía que me había traicionado y que debía que compensarme de alguna manera —agregó.

Oye, Kikyō… —la chica del futuro le respondió con tristeza, evitando verla a la cara—… tú sabes que si Inuyasha hizo todo lo que hizo es porque… porque te seguía amando.

Bueno, tal vez tengas razón en parte… —la miko se sonrió una vez más, esta vez de forma sutil—… pero métete en la cabeza de una buena vez que nuestro amor no pudo ser por diversas razones, y ahora es tu tiempo, el tiempo de Aome.

Kikyō… yo… —la joven del futuro miró con un poco de vergüenza a su antecesora.

No me tengas lástima, Aome —Kikyō continuó hablando con algo de dureza, como antaño solía ser—, yo cumplí con mi misión, como sea que haya sido. La primera vez que llegaste aquí fue para ayudarme con mi destino, y así terminar de una buena vez con esa maldita joya. Pero ahora ya no tienes que hacer algo más a mi nombre o por encargo, ahora es cuando Aome debe sobresalir y ser la realidad también para Inuyasha —y le volvió a sonreír con amabilidad, mostrándose como la dulce sacerdotisa que era al principio, cuya misión había sido el confortar al triste y al afligido—. Tú y él deben ser tan felices como el monje y la exterminadora.

Ante esas palabras, la joven del futuro también se sonrió con timidez. Por supuesto que su mayor anhelo en esos tres años lejos había sido estar junto a su amado de dorados ojos y vivir con él así como sus amigos, Sango y el monje Miroku, los cuales no dudaron en casarse y tener hijos… ser y darle una linda familia a Inuyasha, algo de lo que el semidemonio no había disfrutado en compañía de su propia madre, y menos a la muerte de ella, quien lo dejó solo a muy tierna edad, a merced de todos, siendo verdaderamente humillado y discriminado hasta que tuvo la edad suficiente para hacerle frente a los que lo agraviaron.

Kikyō, dime cómo puedo ayudar a Inuyasha… tú lo conoces mejor que yo —Aome volvió a dirigirse a la antigua miko, clavando sus pupilas en el pálido y bello rostro que en ese momento le sonreía como pocas veces.

Bueno, para eso estoy aquí —le contestó la aludida en tono amable—. Pero creo que tú conviviste con él más tiempo del que duraron mis días a su lado, así que lo conoces más —añadió y volvió a beber unos sorbos de té—. Felicidades, el té te queda muy rico —observó.

Eee… gracias —dijo la joven del futuro en voz baja.

Antes que nada me parece adecuado que no lo presiones a decir algo que no salga de su corazón —sugirió Kikyō sin borrar la sonrisa—, hay que tenerle paciencia.

Kikyō, dime una cosa más —Aome le interrumpió con un poco de curiosidad, ya que una duda cruzó por su mente en ese momento—, ¿a ti… qué te dijo Inuyasha?

Ella suspiró un poco y sus pupilas cafés adquirieron un brillo soñador, de esos que en muchas ocasiones le brotaron a Aome cuando miraba al semidemonio de una forma especial, apreciándose más el parecido de ambas en ese momento.

¿De verdad quieres que te lo diga, Aome? ¿Aunque pueda dolerte mucho? —habló mirándola fijamente, a lo que la joven del futuro afirmó con convicción—. Inuyasha nunca me dijo que me amaba en realidad —agregó con serenidad.

¿No? —Aome pareció asombrada por tal revelación—. Y… ¿entonces tú y él…?

Nadie le enseñó a Inuyasha a amar —dijo Kikyō sin perder la calma—, ya que su madre entregó el alma mucho antes de que él fuera lo suficientemente maduro para valerse por sí mismo… a pesar de ser un Hanyō.

Bueno, eso sí, pero… —la del futuro quiso decir algo, pero la miko se impuso.

Guarda silencio, Aome, eres bastante curiosa y desesperada —le reprochó con algo de dureza—. Cuando yo conocí a Inuyasha era demasiado fiero, arrogante y áspero en su trato, ya que esa era la única forma que conocía y utilizaba para conseguir las cosas que quería.

No cambió mucho cuando lo liberé del sello —susurró Aome en voz baja.

Es que él se quedó con una idea negativa de mi persona… pero sí cambió, o no hubiera dudado en matarte antes que a esa mujer ciempiés, o incluso antes de que Kaede te auxiliara —Kikyō negó un poco con la cabeza, adquiriendo una vez más esa dulce entonación de sacerdotisa abnegada—. Conforme Inuyasha y yo nos fuimos tratando fue dándose cuenta de que había otras formas más positivas de actuar. Y aprendió porque dentro de él tiene la nobleza de un buen corazón humano, aunque quiera mostrarse como un demonio insensible por fuera —añadió con una sonrisita.

Aome no dijo nada más para no interrumpir la historia, poniendo cara de interés, pues siempre había tenido la duda de cómo Inuyasha y Kikyō se enamoraron. Kikyō la miró momentáneamente en lo que guardó un breve silencio para beber otro sorbo de té, y posteriormente continuó con su relato.

Mi deber y obligación como sacerdotisa me alejaba de relacionarme más íntimamente con otras personas, especialmente con hombres —dijo retomando la seriedad—. Todo eso era correcto para mí, pues me correspondía mantener la Shikon no Tama libre de las influencias negativas que abundan en el mundo.

Pero te enamoraste, Kikyō… —intervino Aome soltando un leve suspiro de abatimiento y pena— aunque yo no le veo lo malo.

El amor no es malo, Aome —continuó Kikyō sobreponiéndose una vez más a su reencarnación, y sonriéndole otra vez para transmitirle confianza—, pero a veces te suele confundir, más especialmente si ya tenías una meta y un destino establecido por el que no te era permitido flaquear.

Pues eso fue un tanto injusto —la joven del futuro no podía guardar lo que pensaba de todo ese asunto—. El amor es algo bello y puro, así que no tendría por qué influenciar negativamente en la perla.

Aome… —esta vez, la miko miró a su sucesora con un poco de pena—… la figura y la posición que alguien representa a veces pesa más que si fuera como el común de los mortales. Yo era la sacerdotisa elegida entre varias para cuidar y conservar la perla, y esa misión me sentó muy bien porque nunca pensé que traicionaría mis ideales y principios… —continuó disimulando su malestar… cómo le dolía no haber cumplido su cometido de la forma indicada—… no podía darme el lujo de que un hombre ocupara mi vida y mi corazón por sobre lo que ya me había impuesto con anterioridad, no podía ser simplemente una mujer enamorada —las pupilas de Kikyō temblaron un poco, parecía que algunas lágrimas brotarían, más sin embargó volvió a sonreír—. Por ello me comporte un tanto egoísta y quise utilizar la Shikon no Tama para beneficio propio: haciendo de Inuyasha un simple humano para vivir con él me libraría de ese trabajo, porque la joya desaparecería para siempre, o eso es lo que pensé. Permití que ese egoísmo me hiciera dudar en mis convicciones, lo que fue aprovechado por el malvado ser que deseaba a toda costa el poder negativo que se podía obtener… Naraku —añadió encogiéndose un poco sobre sí misma y ahogando un sollozo, sintiendo nuevamente en su pecho brotar algo de sentimiento por ese amor que no tuvo futuro.

Kikyō… —Aome no sabía si debía abrazarla y permitirle llorar, quería ahora ser ella la que la sostuviera—… tú no fuiste…

Sí, Aome, si lo fui —más Kikyō se enderezó y volvió a hablar con dureza—. Amé a Inuyasha, sí, pero de la forma equivocada ya que no pude aceptarlo como lo que es, por ello casi lo obligué a renunciar a su propia naturaleza al pedirle que deseara ser sólo un humano ordinario, y nada más para ser libre de la carga —después soltó un breve suspiro—. Fue entonces que yo… le insinúe que quería vivir a su lado, sin decirle tampoco que se lo pedía porque lo amaba —y se sonrió una vez más—. Ahora tú debes y puedes cambiar eso… y, de hecho, lo has hecho ya.

Aome no dijo nada otra vez, y recuerdos de antaño volvieron a apoderarse momentáneamente de su mente… en ese tiempo, cuando la misión de recuperar los fragmentos de la Shikon no Tama era la que la tenían allí en el Sengoku, Aome le había dicho a Inuyasha que no le importaba que él fuera un Hanyō, ya que siempre quería estar a su lado por ser alguien especial e importante en su vida; lo único que verdaderamente le aterraba era que el semidemonio se olvidara de todos ellos, de sus amigos y de su persona, si llegaba a transformarse en un yōkai completo, y no dudó en hacérselo saber. A su vez, conforme conocieron a sus compañeros y fueron teniendo una relación más estrecha, Inuyasha se fue abriendo más al trato con los demás, cambiando bastante de su rudeza inicial. Además, en muchas ocasiones había demostrado que Aome era importante para él, y, aunque también se disgustaba con ella por motivos absurdos en su mayoría, no dudaba en disculparse a su manera, y se mostraba verdaderamente preocupado si algo le pasaba a la muchacha. Pero, aun así, faltaba el paso más importante, que era la confesión final.

Bien, creo que ya estás lista para el siguiente paso —Kikyō interrumpió sus pensamientos hablándole en tono amable y considerado—. Lo que debes hacer ahora es hacerlo sentir seguro de hablar lo que guarda en su corazón… y escúchalo sin interrumpirlo con preguntas u observaciones tontas porque entonces no dirá nada más —agregó antes de añadir con algo de picardía—. Has de reconocer que no es el hombre excesivamente romántico que alguna vez soñaste… no tiene nada que ver con esas películas que te gustaban tanto cuando tenías 14 años.

Kikyō… ¿qué dices? —la pobre de Aome enrojeció como tomate, ya que era verdad que en su no tan lejana niñez había soñado alguna vez a Robert Pattinson declararle su amor con un poema.

¿Por qué te sonrojas de ese modo? —la joven miko se carcajeó levemente ante el bochorno de su reencarnación, para después continuar alegremente con su razonamiento—. Así que, ante cualquier insinuación de su parte… tómala y dale el sí —puntualizó ofreciéndole más bocadillos—. Bien, nos iremos hasta terminar con esto —expresó en tono relajado tomando también uno, y le dio un pequeño mordisco en tanto que la del futuro tomó otro—. Tienes toda la razón, Aome, tu mamá cocina muy rico —dijo al sonreír abiertamente, saboreando el bocadillo.

Las dos se miraron y se rieron con ganas, como si fueran muy buenas amigas. Aome nunca pensó en que el antiguo amor de su amor le ayudaría a tomarse las cosas con calma; y no porque Sango no se lo hubiera dicho, pero la ayuda de Kikyō le sacó un peso de encima. Disfrutaron el té y terminaron los bocadillos sin decir una palabra más del asunto de Inuyasha, sólo se miraban con verdadero afecto. Al final, la miko del pasado se levantó para despedirse con una leve reverencia. La joven del futuro pensaba enderezarse también pero ya no pudo moverse de su lugar.

¿Pero… qué me pasa? —se dijo asombrada, dirigiéndole a la otra una mirada de extrañeza.

Ya es hora de irme, Aome, cada quien debe regresar a su sitio —le contestó su interlocutora recobrando la seriedad habitual—. Como este es tu sueño te toca quedarte. Y si algún día vuelves a necesitarme no dudes en buscarme, ya que estoy dentro de ti —en ese momento su entonación se hizo algo dura, como si tuviera algo que reprocharle—. Pero, por favor, ya no quiero tu lástima ni la necesito, así que no te sientas mal por mí y mi destino… morí porque así tenía que ser, ya que debía regresar con más fuerza en tu interior, y no podíamos estar juntas al mismo tiempo. No me quejo por ello, no lo hagas tampoco y déjame descansar en paz —al término pareció relajarse, ya que volvió a hablar con dulzura—. Agradezco que tus amigos me recuerden con agrado.

Kikyō… —Aome sintió que se hundía más en el cojín.

Adiós —ésta le dio la espalda y se fue por la puerta.

Aome la miró andar lentamente por el sendero bordeado de flores de campanilla, la suave brisa agitaba su larga cabellera negra al compás del movimiento de las flores. Ni una sola vez Kikyō volvió la vista atrás y se perdió en la lejanía, como esfumándose entre los árboles. Después de eso, nuestra amiga se hundió en un profundo sueño.

Nota: Espero de verdad les haya gustado esta versión para honrar un poco la memoria de Kikyō, el primer amor de Inuyasha. Para mí ella fue un alma atormentada por el dolor de ver su amor frustrado y el ansia de tomar venganza, sin querer darse cuenta, al principio de la trama, que no fue culpa del Hanyō el que hubiera muerto. Y por esa razón se comportaba de esa manera, entre dura, cruel, indiferente, egoísta hasta cierto punto, y aprovechando cualquier situación a su favor. Más en su interior aún se encontraba la sacerdotisa noble y bondadosa que siempre fue, y por ello me tomé el atrevimiento de presentar mi versión de los hechos que motivaron a Kikyō a actuar de esa forma mezquina, no porque verdaderamente lo fuera. Al final se superó a sí misma al utilizar la última luz pura de la perla en devolverle a Kohaku la vida, por sobre sus deseos de castigo en contra de Naraku… así realmente su alma pudo descansar en paz, y se ganó de Sango y Miroku la admiración y el respeto.

P.D. Yo no odio a la miko, más en ciertas historias la manejan con un carácter que dan ganas de patearla… y que conste que para mí no es tanto el OoC al haberla presentado como lo hice, me parece más descarado cuando la manejan como una arpía envidiosa que quiere que Kagome sufra a toda costa o que se burla de Inuyasha. Un saludo.