Capítulo 21

En la mañana, muy temprano, en un área cercana a la zona volcánica, se había armado un pequeño alboroto. Un joven de largos y platinados cabellos intentaba hacer reaccionar de "una muy buena manera" a un viejo de extraño aspecto. El sol apenas despuntaba tras el horizonte.

¡Carajo contigo, viejo Totosai! —le espetó Inuyasha con brusquedad—. ¡Muévete de una buena vez que no tengo toda la p#$%& mañana para estarte esperando! —y lo zarandeó sin nada de delicadeza.

Y es que el viejo forjador de armas le había ofrecido acompañarlo y llevarlo de regreso a la aldea donde habitaba para que no se tardara mucho en llegar, pero, al parecer, perdió la memoria por completo, lo que obligó al Hanyō a sacudirlo con su habitual rudeza para hacerlo despertar.

¿Eh? —el aludido abrió de golpe sus enormes ojos y, haciéndose un poco para atrás, en su cara se dibujó un gesto de terror—. ¡Sesshōmaru, ten piedad de mí, por favor! ¡Te juro que yo no fui! —gritó visiblemente asustado.

¡Keh!, ¿qué mierda tiene que ver el idiota de Sesshōmaru conmigo, eh? —Inuyasha lo miró con una momentánea y tonta expresión anime ante esas palabras sin sentido.

¡Ah, Inuyasha, por un segundo se me olvidó que estabas aquí! —el anciano herrero demonio exhaló un suspiro de tranquilidad—. Yo pensé que Sesshōmaru había…

¿Y qué diablos le harías tú a ese engreído de mierda para que quisiera acabar con tu vida? —el semidemonio le lanzó una mirada más suspicaz—. ¿Es acaso algo relacionado con lo que ocurre allá arriba? —le preguntó con dureza.

¡Ay, pero qué gritos son esos! —el anciano Myoga emergió de entre el ropaje del de dorados ojos, frotándose los sus grandes ojos de canica—. Ya no puede uno descansar como Dios manda, caramba.

¡Keh!, par de vejetes buenos para nada —Inuyasha tomó a la pulga entre sus dedos y la sacudió con fuerza—. Ya despierten de una buena vez que se nos hace tarde.

Entre tanto regaño, los dos longevos yōkais consideraron adecuado desperezarse para que el Hanyō no fuera a desesperarse más, poniéndose de peor humor… tal parecía que no había dormido bien.

Inuyasha… no puedo salir a ningún lado sin antes haber desayunado bien —le dijo Totosai después de haberse estirado un poco.

¡Keh!, ya te conseguiré algo para comer por el camino —espetó el aludido una vez más, sin disimular su contrariedad… o sea, aparte de olvidadizo, ese viejo loco era un tragón—. Andando —les dijo a ambos con autoridad y salió del hogar con paso firme y seguro.

Pues ni hablar… —habló Myoga colocado sobre el hombro de su viejo amigo—… cuando al joven amo le apura algo… Es mejor que camines ya, viejito, o por tu culpa nos puede golpear a los dos.

Aaahhh… ya no sé cuál de los dos hijos de nuestro Gran Señor es peor —observó Totosai después de exhalar un suspiro resignado, tomando su "martillo"—. Ese Inuyasha es tan brusco, agresivo, de muy mal genio… pero Sesshōmaru esconde bajo su divina y apacible apariencia a un monstruo despiadado, sanguinario y cruel que puede surgir en el momento menos esperado… ¿cuál de los dos acabará primero con mi vida? —y tembló un momento de sólo imaginarse una muerte dolorosa.

Ya no exageres, viejo gallina —la pulga le llamó la atención cruzándose parsimoniosamente de brazos—. Ninguno de los dos te matara porque… bueno, en realidad no eres un rival peligroso para ellos.

¿Estás insinuando que no puedo darles una pelea y defenderme? —el anciano herrero se molestó un poco, mirando con desagrado a su compañero.

¿Qué tanto murmuran, eh? —justo entonces, el joven de dorados ojos había vuelto sobre sus pasos y les lanzaba una mirada fulminante desde el acceso a la vivienda.

No… nada, nada —les contestaron al unísono después de pasarse un trago de fluido bucal, espantados por su repentina aparición, así que Totosai apuró el paso.

Montaron sobre la vaca y salieron disparados con rumbo al pueblo. El sol ya había sobrepasado el horizonte y pintaba para un buen día.

Dígame una cosa, amo Inuyasha, ¿cómo es que Aome volvió? —le preguntó Myoga con curiosidad.

Inuyasha no les había hablado mucho al respecto. Si les afirmó lo que Kohaku ya les había comentado, que Aome regresó del futuro y ahora lo estaba esperando en la aldea, sin agregar nada más. En general, la plática giró sobre las desgracias ocasionadas por los espíritus desatados ante el aparente "descuido" de su hermano, antes de que los dos veteranos se soltaran a roncar. De ahí en fuera prefirió reservárselo en sus sueños, meditando en todo lo que tenía que aclarar.

En realidad no lo sé, Myoga —le contestó un poco serio y formal—. Aome y yo aún no hemos podido platicar ya que ella llegó el día anterior a nuestra salida de la aldea —añadió y no pudo evitar enrojecer levemente de las mejillas, desviando la vista de sus acompañantes para que no fueran a cuestionarlo.

¿Entonces, amo, todavía no le ha expresado su gran amor a Aome? —a la pulga casi se le salen los ojazos de la sorpresa.

¿Pero… qué tonterías dices, bocón? —el semidemonio está vez enrojeció con mayor intensidad, así que miró con enfado al ancianito por un segundo antes de desviar la vista una vez más.

Bueno… yo no entiendo nada de eso, Inuyasha —intervino Totosai en voz calmada—, pero sí puedo afirmar que te debe de haber dado mucho gusto el regreso de Aome ya que ella siempre se mostró al pendiente de ti.

¡Iuuuu!, hay más que eso, viejito… —afirmó Myoga con una risita traviesa—… Ahora el amo vivirá con Aome y ya podrá hacerle todo lo que hace su amigo Miroku con su propia esposa… —y se carcajeó un poco más fuerte al añadir—… cosa que no me extraña porque Sango es todo un mangazo de mujer.

Ante esas palabras tan… vulgares, Inuyasha no dudó en aplastar a la vieja pulga habladora entre sus dedos, echando chispas por los ojos y aun con la piel encendida.

¡Ya cállate, p#$%& fisgón! ¡Deja de decir estupideces que nadie te pidió tu opinión! —exclamó antes de dejarlo caer.

Y Totosai sólo parpadeó un poco al ver a Myoga como una estampilla de correo descendiendo sobre el lomo de su vaca, sin entender el motivo de semejante enfado.

No se enoje, mi joven amo… —susurró lentamente el bichito transformado como hoja de papel—, sólo es un chascarrillo para pasar el rato —agregó al recuperar su figura en cuanto tocó firme.

Pues por tu bien cierra la bocota y guárdate tus comentarios… o la próxima vez no voy a medirme — Inuyasha se cruzó de brazos volteándole el gesto.

Un poco más tarde llegaron a un bosque, el cual era relativamente cercano al sitio volcánico habitado por el herrero, y en donde el Hanyō pudo cazar a un pobre y despistado jabalí. Totosai encendió una fogata usando sus artes, para así asarlo y desayunar tranquilamente. Ambos se sentaron esperando el momento propicio para hincarle el diente.

Óyeme bien, vejete del demonio, más te vale que no pienses comértelo todo y fingir indiferencia como es tu manía —le indicó el semidemonio al anciano distraído, hablándole ásperamente según su costumbre—. No quiero tener que sacártelo de mala manera —le puntualizó tronando una de sus garras.

Pero qué geniecito el tuyo, Inuyasha —externó Totosai con algo de resentimiento, y se dedicó a darle vueltas al cerdo salvaje.

¿Y yo que voy a desayunar? —se quejó Myoga desde el suelo, ya que era obvio que no le tocaría nada del jabalí.

Bueno… no esperarás que yo te dé un poco de mi sangre —le dijo el herrero mirándolo fijamente, sin detenerse en su labor.

¡Iugh!, no gracias, sabe horrible —respondió el parásito un tanto asqueado. Después se dirigió respetuosamente a su señor—. Bien, amo Inuyasha… si usted me permite yo… —y le lanzó una mirada suplicante.

¡Keh!, si no hay de otra… —contestó el aludido con algo de resignación, descubriéndose un poco el brazo izquierdo—. Pero no te pases de glotón.

Myoga brincó en dirección a la vena y succionó con ímpetu, adquiriendo un tamaño considerable para ser visible a simple vista, hasta que el joven de doradas pupilas juzgó que ya era demasiado y lo mandó a volar golpeándolo con dos dedos. Por muy poquito no cae entre las llamas.

Oye, pedazo de idiota, te dije que no fueras avorazado —le gruñó mirándolo de fea manera, cubriéndose el brazo con prontitud.

Tiene usted que disculparme, amo… es que Totosai no tiene un buen sabor y es lo único que he comido en estos días —respondió Myoga con algo de pena, y se levantó con un poco de trabajo al estar más gordito.

Comieron tranquilamente el delicioso jabalí asado en tanto la vaca también satisfacía sus necesidades básicas alimenticias masticando felizmente la hierba fresca del bosque. Al terminar continuaron su camino, y no se podía quejar de que la vaca fuera lenta, ya que avanzó velozmente, en lo que cabe por ser una vaca, y, aproximadamente al atardecer, arribaron a la aldea, dirigiéndose hacia la vivienda de los amigos, pues el aroma de Aome le indicó que se encontraba allá.

Se presentaron enfrente de la casa, en donde las gemelas y Lin jugaban alegremente con la joven del futuro, e Inuyasha bajó de un salto, más rápido de lo que él mismo se hubiera imaginado. Bueno, es que ya le urgía hablar a solas con ella. Las cuatro se mostraron sorprendidas al oírlo, ya que no esperaban verlo llegar de esa forma, y a las pequeñas mellizas les pareció divertido el ver al "Perrito" Inuyasha saltar desde una vaca voladora.

¡Aome! —fue la exclamación del semidemonio para llamar su atención antes de tocar tierra.

¡Oh, Inuyasha, eres tú! Estuve esperándote… —la chica se abalanzó sobre él y lo abrazó en cuanto lo reconoció, haciéndolo enrojecer ya que no se esperaba un recibimiento tan cálido, y, en cuanto ella percibió la herida de su cuello, le preguntó con extrañeza, apartándose con cuidado—… ¿Pero qué fue lo que te pasó ahí?

El joven de dorados ojos no quiso decirle nada de Sesshōmaru porque Lin estaba presente.

¡"Perrito", "Perrito"! —y ese momento de indecisión fue aprovechado por las pequeñas Ahome y Kikyō, quienes lo tomaron por sorpresa haciéndolo caer, y jalaron sus orejas con el "cariño" de siempre.

No… mocosas… déjenme… eso me duele —él tartamudeó algo asustado, tomándolas lo más suave que pudo de sus kimonos para alejarlas de sus sensibles apéndices auditivos. Aome parpadeó un poco con incredulidad ante esa sumisa actitud sumisa del semidemonio.

Hola, señor Inuyasha —Lin sonrió saludándolo amablemente, aguantando las ganas de reírse.

¡Totosai, anciano Myoga!... —y la joven se percató de la presencia de los dos viejos yōkais, a los cuales saludó con emoción—… ¡Me da tanto gusto verlos otra vez!

Los dos aludidos se habían quedado un tanto estupefactos al ver al brusco y salvaje Hanyō dominado por esas niñas traviesas. Al escuchar a la chica volvieron a la realidad, y correspondieron el saludo.

El gusto es mío, Aome —respondió Totosai en voz baja haciendo una leve inclinación de cabeza.

¡Aome! —y Myoga no perdió el tiempo, dándole un acostumbrado "besito" en el cachete.

Oiga… pensé que había dicho que mi sangre le era pesada —la muchacha le asentó a la pulga un fuerte manotazo, hablándole con visible seriedad.

Y lo afirmo… —el viejecillo mañoso cayó nuevamente como pluma, pero no dejó de hablar—… sólo que eso no quita que te salude como es debido… aquí se te ha extrañado muchísimo —completó en cuanto recuperó su forma al aterrizar.

Oye… Aome… —desde el piso, Inuyasha se dirigió a su chica en un tono entre suplicante y desesperado—… ¿podrías hacer algo con esto…?

Ya Lin reía alegremente al compás de la "tortura" constante a que lo habían sometido las gemelas, las cuales lo montaban como caballito. Para su fortuna, Sango salió en ese momento llevando a su menor hijo en brazos.

Disculpen por la tardanza, amigos, estaba cambiando a Miatsu —dijo en tono de pena para después dirigirse a sus hijas con severidad—. Ahome y Kikyō… ya les he dicho que no jalen las orejas de tío Inuyasha —y las miró con ceño.

Ante el regaño de su madre, las niñas soltaron a su "víctima" con expresión avergonzada.

Sentirlo mucho, mami —dijeron al unísono agachando la carita, aunque Kikyō le acarició suavemente la cabeza al semidemonio, quien parecía noqueado.

Bien… así está mejor —Sango pareció más tranquila, sonriéndole a sus pequeñas con expresión de ternura—. Ahora terminen de jugar con Lin porque más tarde ella se va a ir con el Señor Sesshōmaru… ¿verdad, Lin? —les explicó amablemente al tiempo que le preguntaba a la pequeña morena guiñándole discretamente un ojo.

¡Viva el Señor Sesshōmaru! —ante la mención del gran demonio blanco, las chiquillas parecieron emocionadas.

Por supuesto que sí, señorita Sango… —la jovencita respondió afirmativamente sin ocultar también su emoción, y después se dirigió a sus amiguitas—. Vamos, niñas, vamos a jugar con las muñecas —y se encaminaron a la parte de atrás, llevando todo su "tianguis".

Anciano Myoga… maestro Totosai… —en cuanto las niñas se retiraron, la dueña de la casa saludó respetuosamente a sus visitas—… sean bienvenidos a mi humilde hogar, y tomen asiento por favor. Hola también para ti, Inuyasha, y disculpa que las niñas sean tan traviesas contigo —agregó un poco más informal, dedicándole a su amigo una sonrisa más amplia a modo de pedirle perdón por el maltrato.

¡Keh!... ¿A dónde está el maníaco de tu marido? —el aludido sólo gruñó un segundo para después preguntar en tono áspero al momento de enderezarse. Aome se le había acercado para ayudarle, sacudiéndole el polvo del traje.

Mi querido Miroku regresará más tarde ya que fue con Kohaku a nuestra antigua aldea en el fuerte —le contestó Sango acomodándose parsimoniosamente junto a Totosai, quien educadamente se arrimó para dejarle espacio.

Aome jaló suavemente a Inuyasha para también tomar asiento en el banco y poder platicar con comodidad. Y el pequeño Miatsu empezó a lloriquear ya que era la hora de su merienda… los asuntos de los adultos le tienen sin cuidado.

Tranquilo, Miatsu, ya sé que tienes hambre…. Toma tu leche, mi pequeño —le dijo tiernamente su madre al tiempo que se descubría un seno para alimentarlo, acariciándolo con mucho amor y mirándolo como si fuera lo mejor del mundo.

Las expresiones de los varones presentes fueron diversas al ver y escuchar al bebé succionar con ganas: Inuyasha desvió la vista, muy colorado de la piel; Totosai parpadeó un poco y también optó por ver hacia otro lado; pero Myoga fijó sus grandes ojos de canica en la suave piel de la exterminadora… y se le hizo agua la boca, queriendo comer junto al infante. La joven morena los quedó mirando a todos con una expresión entre enfadada, divertida y apenada… cuando ella tuviera a su hijo procuraría ser más discreta. Al momento recordó algo.

Oye, Inuyasha, aun no me has dicho que te paso allí —le habló al de dorados ojos con preocupación, señalando una vez más las lesiones en el cuello.

El nombrado Hanyō recuperó la conciencia y masculló en voz baja al tiempo que se tocaba la parte herida…

Mierda… se acordó… —y después trató de aparentar calma—. No… no es nada grave, Aome… no tienes por qué angustiarte tanto, en serio —desviando la vista del lindo rostro, avergonzado ahora por otro motivo.

Y todos voltearon a verlo exceptuando el nene, porque lo único importante para Miatsu en su corta existencia es su alimento, y no pensaba soltarlo aunque temblara.

Pero, ¿qué fue? —la muchacha insistió, mirándolo fijamente.

Es que… bueno, me encontré a Sesshōmaru en donde Totosai y… —él le contestó aun apenado y sin ganas de verla de frente.

Ah, ya veo… ¿Acaso te pelaste con él?... —y ella parpadeó un poco con asombro por la respuesta no esperada, para añadir después en un tono triste y resignado—… Así que ustedes dos siguen siendo unos hermanos peleoneros… no han cambiado mucho en estos tres años.

¡Keh, claro que no, Aome! Yo no me peleé con ese engreído de mierda ni tengo necesidad de hacerlo… —Inuyasha levantó tantito la voz con su tono habitual de molestia ante una acusación infundada, mirándola una vez más—… Él fue el que me atacó porque… porque sí —y volvió nuevamente la vista hacia otro lado para no descubrir su mentira descarada.

La joven lo miró de forma escrutadora… Conocía muy bien el carácter y genio de su amado Hanyō, así que sospechaba la verdad aunque se empeñara en ocultarla, ya que también sabía cómo era la forma de actuar del Daiyōkai, su gran hermano. Hacía un buen tiempo que el mayor de los Taishō no atacaba al menor así porque sí dado que ese no es su estilo, además, ya había conseguido una espada propia, con mucho más poderosa que la Tessaiga, y ahora era el dueño absoluto de la región Oeste, por lo que no habría motivo importante para conservar la rivalidad; y eso fuera de que Sesshōmaru no aceptaría nunca ante nadie que Inuyasha le llegó a preocupar en alguna ocasión, como buen hermano mayor, ni Inuyasha admitiría jamás que admiraba al gran demonio blanco, como hacen los hermanos menores.

Pensándolo mejor, recordando las recomendaciones que Kikyō le había dado en sueños, Aome decidió ya no presionar más a Inuyasha sobre el asunto, y volvió a abrazarlo por la cintura muy sonriente, apoyando su cabeza en el pecho de él.

Lo bueno es que regresaste con bien, Inuyasha… te extrañé mucho —le dijo en tono cariñoso, haciéndolo enrojecer una vez más.

Aunque el joven de plateada cabellera se debatió un poco entre corresponder el gesto de la muchacha o aguantarse por estar delante de algunos inoportunos, al final la abrazó delicadamente por los hombros, aunque utilizó un solo brazo para no ser tan evidente.

Gr… gracias por esperarme, Aome —le dijo en voz baja un tanto apenado.

Sango sonrió ante la romántica escena y desvió la vista para fijar su atención en su pequeño tragón, más su expresión de dulzura y cariño cambió drásticamente a una de incomodidad, ya que el viejo mañoso de Myoga había aprovechado la distracción de todos para abalanzarse sobre la desnuda piel de su pecho, muy cerca de la cabecita de Miatsu, absorbiendo sangre con expresión de placer infinito.

Óigame, anciano Myoga, ¿cómo se atreve?… —le soltó con molestia tomándolo rápidamente entre los dedos de su mano libre, sacudiéndolo sin delicadeza—… A mi esposo no le va a hacer ninguna gracia saber en dónde me ha picado usted —y lo arrojó con fuerza y precisión hacia los arbustos en los límites del patio—. Y, de hecho, a mí tampoco me hace gracia —agregó al final.

¡Echen pajaaaaa! —gritó el pobre parásito al salir disparado.

Todos se mostraron abochornados por el incidente y, hablando del marido ausente, justo se acercaba en ese instante caminando con la pequeña nekomata a su lado, así que también vieron volar a la pulga chupasangre.

… Kirara, ¿qué ese que pasó volando no era el anciano Myoga?... —le preguntó a la gatita un tanto extrañado, como si ella fuera a responderle. Al momento cayó en la cuenta de que tenía invitados en su casa—… Eso significa que… —y se fijó bien en todos los allí sentados—… Inuyasha, amigo mío, me da gusto verte de regreso… Maestro Totosai, es un gran honor que nos visite… Señorita Aome… —a la mencionada le dedicó una breve reverencia aproximándose un poco más —… puedo decir sin temor a equivocarme que ya se siente más contenta el día de hoy —hizo la observación con una mirada pícara por un segundo, para después acercarse a su amada esposa y plantarle un tronado beso en la mejilla—. Sango, amorcito corazón… ¿qué fue lo que pasó con el anciano Myoga? —preguntó, y no pudo dejar de notar la zona enrojecida donde el viejo yōkai le picó a su mujercita, poniendo a su vez uno de sus gestos de morbosa perversión, ya que le encanta ver también el seno de su esposa (ese Miroku y sus…cosas).

Este… creo que después podemos hablar de eso, querido mío —contestó la castaña un tanto ruborizada ante la expresión de su cónyuge, cambiando a Miatsu de posición y tratando de acomodarse la túnica—. ¿Y Kohaku? —le preguntó extrañada.

Se quedó en el fuerte… me dijo que quería acomodar todo y… bueno, querida mía, ya sabes cómo es de tímido ese muchacho —él recuperó la compostura para posteriormente dirigirse a sus invitados con cortesía—. Nos acompañarán a cenar, ¿verdad?

Inuyasha no había soltado a Aome en esta ocasión y, después de haber puesto unos típicos ojos de rendija anime al mirar escrutadoramente a su amigo el monje y su expresión idiota de maniaco sexual, prefirió desistir de la propuesta para poder platicar, al fin, con su amada de negra cabellera, suponiendo que, ahora sí, nadie los interrumpiera. El plazo se había cumplido al fin.

¡Keh!, por nosotros no se apuren, Miroku —le dijo con un poco de su brusquedad habitual—. Aome y yo tenemos mucho de que… hablar a solas —y se sonrojó levemente al decir lo último.

A su vez, la joven morena también adquirió un lindo tono rojizo en las mejillas, sin saber sí decir algo o no, aunque mejor fue no hacerlo. Recordando las recomendaciones que Kikyō le dio en sueños, si bien por un instante no le pareció que Inuyasha tomara una disposición por ella, acostumbrada como estaba en la época actual de decidir por sí misma, Aome optó por guardarse la queja para otro momento y darle así la oportunidad de hablar, ya que también había esperado por ello.

Y he de imaginar que tú tampoco vas a quedarte, ¿verdad Totosai? —ya recobrando la seriedad en menos de un segundo, el Hanyō se dirigió al anciano yōkai mirándolo escrutadoramente.

Este, pues yo… —el aludido tartamudeó sin decir nada en concreto, ya que la perspectiva de quedarse a merced de las pequeñas "mujercitas" del monje no se le hacía nada atractiva—… Se los agradezco tanto, de verdad, pero creo que mi deber es ir allá con Kohaku y a forjar algunas cuantas armas que piensan utilizar en su escuela.

¡Oh, es cierto! —Sango pareció recordar algo importante, levantándose emocionada ante la preocupada mirada de su marido, quien prefirió no decir nada que pudiera incomodar a su mujer—. Maestro Totosai, voy a pedirle de favor que le lleve algo de cenar a mi hermano y otras cuantas cosas más que se le olvidaron, así que permítame un minuto… —dijo en tono respetuoso mirando al viejo herrero con expresión bondadosa, retirándose al interior de su vivienda.

Una media hora más tarde, después de que el pequeño Miatsu cayó dormido al acabar su "merienda", Aome e Inuyasha decidieron regresar a casa de la anciana Kaede acompañando a la pequeña Lin. Ya las gemelas habían querido tomar a su padre de "caballito" una vez más, pero esta vez el hombre se puso serio al indicarles que ya no era hora de jugar, dado que él llevaba al niño dormilón en brazos para permitirle a su esposa preparar la cena, así que las mandó a asearse. Despidiéndose cortésmente de los anfitriones y de Totosai, el cual se dirigió hacia el fuerte de los exterminadores sin preocuparse por el destino de su pequeño amigo perdido entre las sombras, los tres se retiraron siguiendo el camino principal del pueblo.

Y dígame una cosa, señor Inuyasha —habían caminado algunos metros cuando la curiosidad invadió a Lin, así que, mirando fijamente al semidemonio, le preguntó—, ¿ya se va a casar con la señorita Aome?... si no lo hace no puede dormirse con ella en la misma cama —agregó con toda la seriedad del mundo, casi como si los estuviera regañando.

Los dos nombrados enrojecieron como tomates… la chiquilla era demasiado perspicaz y analizaba las cosas mejor de lo que podía pensarse de una criatura de su edad. Fue Aome la que le contestó, disimulando lo mejor que se podía una boba expresión anime en su rostro.

Este… Lin… los adultos veremos cómo arreglar nuestras cosas —le dijo con amabilidad suspirando un poco—. Por ahora Inuyasha y yo no… no dormiremos juntos —y le dirigió una rápida mirada al de dorados ojos, como pidiéndole que le dijera razonable y concreto a la niña.

Eee… yo… —tartamudeó éste pasándose al momento un trago de fluido bucal por la garganta… ¿qué podría decir?—… yo… yo no tengo ninguna necesidad de dormir con Aome, Lin, ¿cómo crees eso? —y soltó con apuración estás palabras, esperando que esa fuera una buena respuesta.

La mirada de la joven del futuro cambió por una de peligro inminente para la humanidad del joven ojidorado, ya que le dieron ganas de azotarlo contra el piso más de diez veces y hacerlo cenar tierra… para buena suerte de Inuyasha, la siguiente observación de Lin le salvó el pellejo.

Entonces, señor Inuyasha, no puede estar con nosotras allá donde la anciana Kaede, ya que eso no sería correcto —dijo con seriedad, meditando mejor que una persona mayor —. La abuela Kaede ya es muy viejita y por ella no hay problema, y yo todavía soy una niña, pero la señorita Aome es una mujer joven y bonita y a usted le gusta mucho… por lo tanto le sugiero que no posponga su boda con ella por mucho tiempo —añadió mirándolo una vez más de forma escrutadora.

El Hanyō abrió y cerró la bocota con incredulidad, en tanto su piel adquiría el tono enrojecido de su traje… esa jovencita sabe de la vida más que él a pesar de sus buenos doscientos años, y eso es mucho decir. Asimismo, Aome se puso más colorada… sin duda Lin es bastante práctica y para todo encuentra una respuesta.

… Y creo que al Señor Sesshōmaru le agradará la noticia —la pequeña continuó hablando como si nada hubiera sucedido, y fuera de lo más normal el que una niña les llame la atención a los adultos—, y tal vez hasta usted pueda convencerlo de hacer lo mismo, señor Inuyasha, ya que él es muy guapo y también necesita una bella esposa a su lado —concluyó volviendo a sonreír.

Bueno, en esta ocasión a los dos les brotó una imperceptible y minúscula gota anime colectiva en lo alto de sus cabecitas… lo último que se le ocurriría al joven de plateada cabellera y doradas pupilas como el sol era invitar a su altanero y antipático hermano a la celebración de su boda, y, encima, el que la chiquilla creyera que él sería la fuente de inspiración para que el gran demonio blanco siguiera el mismo camino… y sin una prospecta de por medio, por lo menos que le conocieran.

Este… oye, Lin, ¿qué tú…? — fue lo único que dijo Inuyasha mirando a la pequeña pelinegra como si estuviera mal de la cabeza.

Aome le dio un pellizco para hacerlo callar, y se abstuvieron de comentar algo más sobre ese argumento sonriendo como tontos hasta llegar a la choza.

Inuyasha, bienvenido seas —Kaede se asomó por la ventana al escuchar ruidos, y les saludó amablemente al verlos—, para mí es un gusto que hayas regresado con bien… muchachas, ya las esperaba —añadió con complacencia.

Eee… yo también te doy las gracias, anciana Kaede… —le contestó el aludido un tanto apenado ante tanta amabilidad, entrando en la cabaña—… por cuidar de Aome en mi ausencia.

Anciana Kaede, cuanto siente el no haberla ayudado con la cena… —en tanto la chica se disculpó con una apenada expresión en su rostro, dedicándole una leve reverencia a la mujer—… no creí que fuera tan tarde.

También le pido perdón, abuela Kaede, fue mi culpa —la pequeña Lin también sonrió con timidez y vergüenza, inclinándose a su vez frente a la buena señora.

Oh, no se preocupen por eso, muchachas, vengo llegando apenas y no hay nada para cenar — contestó Kaede con una sonrisita.

¿¡Qué!? ¿¡No hay comida!? —exclamó el ojidorado, arrepintiéndose en ese instante de no haber aceptado la invitación de sus amigos.

¡Oh!, ¿cómo pude olvidarlo? —Aome hizo un movimiento de recordar algo, y se dirigió presurosa al cuarto del fondo—. Esperen aquí, por favor, vuelvo enseguida —les dijo a los demás sonriendo.

Se escuchó un poco de ruido, y después la muchacha regresó cargando varias latas, un paquete de galletas saladas y varios tazones de sopa instantánea.

Con esto ya no hay nada de qué preocuparse, en unos minutos cenaremos —les dijo más sonriente mientras ellos parpadeaban con admiración. Inuyasha no tardó ni medio minuto en reconocer los tazones.

¡Pero qué bien!, ¡es comida ninja, mi favorita! —exclamó en tono ansioso y complacido, relamiéndose de gusto—. Tenía mucho tiempo sin probarla.

Ahora sólo queda esperar a que hierva el agua, así que no comas ansias —le puntualizó Aome sin borrar la sonrisa.

La joven colocó sobre el fogón encendido por Kaede una olla para hervir agua, sacó otros recipientes que la buena mujer tenía guardados en un rincón y vació el contenido de tres latas de ensalada de atún con mayonesa, revolviéndolo un poco con una cuchara, y posteriormente puso unos sobres de té en las correspondientes "tazas". La buena señora y la niña seguían sus movimientos con extrañeza y admiración, e Inuyasha se dedicaba a contar el tiempo en el reloj que Aome puso a funcionar, salivando un poco y pensando en la deliciosa "comida estilo ninja" que la muchacha le había comprado.

Y dígame una cosa, anciana Kaede, ¿en dónde está Shippou? —le preguntó la pelinegra a Kaede en tanto que todos se acomodaban en sus lugares.

Bueno, el pequeño Shippou se fue con sus amigos zorros… me dijo que tiene que realizar algunas pruebas y no quiso perder la concentración de sus deberes —le respondió la viejecita recuperándose de la sorpresa.

¡Eso sí que es emocionante! —intervino Lin sonriendo como siempre—. Shippou es un zorrito muy inteligente y sabe hacer muchísimas cosas.

Al Hanyō le tenía sin cuidado el que su amiguito no estuviera ahí, lo únicamente importante en ese momento era la cena. Así que, en cuanto sonó la alarma del reloj, se acomodó mejor agitando las orejitas en éxtasis.

Toma, Inuyasha, sé buen chico y come con educación —Aome le sonrió al pasarle su primer tazón.

Educación… la educación es algo inentendible e insignificante para el ojidorado. Tomando el tazón sopló brevemente sobre el contenido moviéndolo levemente con los palillos, hasta que le pareció en la temperatura adecuada para su paladar, y empezó a devorar como acostumbra, consiguiendo que las mujeres pusieran muecas de desagrado.

Oye, Inuyasha… ¿qué te dije sobre los modales? —observó la joven morena con verdadera molestia.

¡Keh!, Aome, no me fastidies con eso… ¡chomp, chomp!... —y él continuó masticando con la bocota abierta, sin preocuparse por el hecho de que lo hubieran visto de mala manera—… está sopa es deliciosa y yo moría de hambre… ¡chomp, chomp!

Este… ¿podría probar un poco de eso, señorita Aome? —la niña preguntó con curiosidad al tiempo que Kaede, volviendo a la realidad, le servía a la pequeña un poco de atún.

Claro que sí, Lin, permíteme y te preparo una —respondió la aludida al tiempo que le lanzaba una mirada desagradable al ojidorado—. Inuyasha, también vas a comer de la ensalada de atún para que la sopa nos alcance a todos —le indicó en tono bastante serio.

¡Keh!, yo quiero más comida ninja, Aome —el aludido se quejó botando el tazón vacío—, no se me apetece para nada esa otra comida… huele más raro que el pescado de río —añadió olfateando el aire.

Vamos, Inuyasha, esta comida también está muy sabrosa, así que te recomiendo que la pruebes y no ofendas a Aome — intervino Kaede después de degustar el atún con una galleta salada.

Lin le ofreció al semidemonio una galleta con atún mientras ella masticaba la que se había echado a la boca, y el Hanyō le dio un mordisco a regañadientes; en cuanto comprobó que sabía mucho mejor de lo que aparentaba pidió hasta doble porción, eso sí, sin perdonar sus siguientes tazones de sopa. Aome le sirvió un tazón de sopa a la pequeña pelinegra y también llenó las "tazas" con agua caliente para saborear el té. Y así, la noche llegó a la aldea, y la oscuridad cubrió el cielo dado que esa noche era luna nueva.

Inuyasha adquirió su condición humana antes de terminar de cenar, y Lin siempre le decía que esa apariencia lo hacía ver más joven y guapo, ya que como simple humano sus facciones no eran tan duras, y sus negros cabellos eran mucho más oscuros que los de ella o Aome, pero eso era algo que al Hanyō no le importaba demasiado. Y en lo que la pequeña esperaba a que Jaken fuera por ella, la inequívoca señal de que Sesshōmaru había arribado al lugar, le ayudó a Kaede a limpiar todo lo que se había ensuciado.

Por cierto que la pareja de jóvenes decidió salir de la vivienda y caminar juntos hacia las afueras del poblado, muy cerca del arroyo a insistencias de él, para al fin conversar sin que nadie los perturbara, ya que el Árbol Sagrado y sus alrededores no eran en ese lapso un buen lugar porque el joven sabía perfectamente que su hermano se apersonaba en el sitio y no tenía nadita de ganas de verlo de frente… sus propios asuntos pendientes eran más importantes que preocuparse por los "problemas" del gran demonio blanco en "sus" tierras. Aome quería hablar ante el silencio de Inuyasha, acostumbrada a expresar continuamente lo que pensaba y sentía como una chica de la época actual, pero decidió que fuera el semidemonio el de la iniciativa, ya que así se manejan las cosas en la época Sengoku y era mejor respetarlas hasta cierto punto, por lo que tuvo que morderse tantito la lengua y no arruinar el momento, consiente a su vez de que tal vez, por fin, él le pediría vivir a su lado. Caminó un poco detrás del muchacho, y él no le dirigió la mirada ni la palabra hasta que llegaron a un lugar relativamente apartado del poblado. Ahora sí, nadie les interrumpiría y podía hablar sin ocultar nada.

Oye… Aome… tengo que… tengo que… —dándose el valor, Inuyasha volteó a verla con sus oscurecidas pupilas, las cuales no podían ocultar su temor al ridículo. "¡Diablos, es más difícil de lo que pensé!" dedujo en su interior, y empezó a sudar un poco y a tartamudear incoherencias—… es que yo… yo quiero que… bueno… tú… tú sabes…

Y es que al verse reflejado en esa linda mirada café claro sentía que le flaqueaban las piernas, y que todo el valor y el coraje del que alardeaba todo el tiempo eran únicamente para enfrentar a seres y criaturas terribles y despreciables. "¡Carajo…", pensó otra vez, desviando la vista de ella, avergonzado de su torpeza, "… el idiota de Miroku pedía hijos a todas las mujeres como si fuera tan sencillo, y a mí me cuesta un mundo pedirle a Aome que viva a mi lado!".

Inuyasha… —Aome se le acercó un poco y le tomó una mano con cariño, agachando coquetamente la mirada en cuanto el semidemonio se puso rígido de la impresión—… cualquier cosa que intentes decirme…

El mágico momento bajo las estrellas fue, desgraciadamente, interrumpido… por enésima ocasión por alguien inesperado e inconsciente.

¡Señorita Aome, señorita Aome! —fue Lin la que llegó corriendo entre los arbustos—. ¡Venga pronto por favor, señorita Aome, que el Señor Sesshōmaru quiere verla!

Y, sin darles tiempo de nada, jaló a la joven por la amplia manga del traje de sacerdotisa.

Oye, Lin, espera… —le dijo la mencionada un tanto sorprendida de sus palabras.

… —el desconcertado Hanyō sólo atinó a parpadear de incredulidad en tanto las dos muchachas se perdieron de vista tras el seto.

En cuanto recuperó el habla tras unos segundos, sacudió la cabeza y fue tras ellas, alcanzándolas antes de que llegaran al Árbol Sagrado.

¿Acaso oí bien, Lin? ¿Dijiste que Sesshōmaru quiere… qué quiere ver a Aome? —le dijo a la chiquilla mirándola con un poco de molestia como pocas veces, pues lo que menos deseaba era portarse grosero con la niña.

Lin, en serio, ¿por qué Sesshōmaru querría verme especialmente a mí? —fue Aome la que habló antes que la niña, tratando de conservar el piso y el paso.

Pues porque quiere saludarla, señorita Aome —le contestó la pequeña con simplicidad, como si fuera lo más lógico del mundo—. Le dije que usted había regresado y pareció interesado en verla personalmente.

Se aproximaron al Árbol Sagrado y vieron que efectivamente el gran demonio blanco se encontraba ahí; su elegante silueta resaltaba entre los árboles de los alrededores al desprender un espléndido resplandor plateado, lo que le hacía lucir más imponente por entre la oscuridad del follaje. A su lado se encontraba el pequeño sirviente verde, con expresión de cansancio. El Daiyōkai los miró fijamente en cuanto estuvieron más cerca, manteniendo la inexpresión en su rostro de prefectas facciones griegas.

¡Mire, Señor Sesshōmaru, le dije que la señorita Aome volvió con el señor Inuyasha! —dijo la niña muy sonriente y emocionada al llegar frente a él—. ¿No le parece maravilloso que vayan a casarse? —y le preguntó dedicándole su típica mirada enternecida.

El Inugami no dio muestras de nada… es más, ni siquiera se dignó en dirigirles la palabra ya que únicamente los miraba sin parpadear, en tanto los aludidos enrojecieron de pena ante el comentario de la jovencita. Unos segundos después, el gran demonio blanco aparentó sonreír de manera leve y sutil, como si encontrara algo gracioso en la situación, y posteriormente dirigió la dorada mirada hacia la niña, dulcificando momentáneamente su grave expresión.

Lin —le dijo con su tono habitual de calma, mostrándose la mar de amable—, está noche no iremos a ningún lado lejos de aquí.

¿Pero por qué no, Señor Sesshōmaru?... —la pequeña se mostró entristecida—… ¿Es por lo que sucede en la mansión? —le dijo un tanto acongojada, a lo que el Daiyōkai le acarició lentamente la negra cabellera sin quitarle la vista de encima, al parecer conmovido por no poder llevarla a pasear como acostumbraban.

Al escuchar el sentir de la chiquilla, Inuyasha confirmó sus sospechas. La niña conocía la verdad de lo que ocurría allá arriba en la región Oeste. Pero, por el momento, sus preponderantes asuntos habían sido interrumpidos una vez más… y por el engreído de su hermano. Recuperando la expresión de molestia habitual, espetó con enojo antes de que el gran demonio blanco le dijera algo más a la mocita.

¡Keh!... Sesshōmaru idiota, ¿no me digas que vas a dormir en la aldea como un buen perro? A todos nos vas a llenar de bichos —le ironizó un tanto molesto, sin medir, como siempre, el alcance de sus palabras.

Considerando la gravedad de la situación y el peligro en el que se había metido su amado por bocón, Aome lo abrazó instintivamente tratando de protegerlo de la posible furia del mayor de los Taishō, indicándole con un disimulado mohín de enfado que mejor cerrara su enorme boca. Y es que, ante la injuria, el gran demonio blanco volvió la vista hacia ellos endureciendo rápidamente las líneas de su semblante, y sus doradas pupilas centellaron por una fracción de segundo con el tono rojizo de monstruo, casi como si hubiera pensado transformarse en el perro gigantesco que era en su forma real.

¡Inuyasha insolente, no cabe duda de que lo que tienes de Bestia…! —Jaken empezó a vociferar cuando un rápido coscorrón de parte de su amo lo obligó a guardar silencio, ya que un doloroso chichón coronaba ahora su pequeño cráneo.

Inuyasha… sabía que no eras más que un estúpido Hanyō sin pizca de cerebro, y debes agradecer que aun sigues vivo ya que no me place matarte en estos momentos que eres tan débil —le espetó Sesshōmaru con bastante dureza al tiempo que tronaba una garra, casi como si un gruñido de cólera brotara de lo más profundo de su garganta. Eso le pondría los pelos de punta a cualquiera, y ciertamente el semidemonio no era tonto para entender la amenaza y no arriesgar así a su amada, aunque se sintió desprestigiado por no poder hacerle frente a su hermano en ese estado.

Al momento, el Daiyōkai volvió a dulcificar la mirada, fijándola nuevamente en "su" niña.

Lin, si la anciana mujer con la que estás viviendo te lo permite, dormirás aquí en el bosque con nosotros —le dijo recupero su tono de calma, como si nada hubiera sucedido, retomando también a acariciarle la cabellera.

¿Será cómo antes? —la pequeña morena se emocionó ante esas palabras, recuperando la sonrisa, y el Inugami confirmó con un leve movimiento de cabeza—. ¡Oh, sí, muchas gracias, Señor Sesshōmaru! —al segundo lo abrazó por las piernas hasta donde su estatura le permitía, y después se encaminó de regreso a la aldea siguiendo el sendero—. ¡Esperadme aquí, no tardo! —les dijo a voces y se fue tan veloz como le permitía su pequeño kimono.

Sesshōmaru la vio irse y sus facciones volvieron a adquirir la "suavidad" del mármol blanco, justo como una efigie griega o romana. Sin permitirse ver nuevamente a la pareja se encaminó un poco más allá del camino, ya cerca de las raíces del Árbol Sagrado, para esperar de pie por el regreso de la muchachita. Una suave brisa agitó lentamente sus plateados y largos cabellos.

Jaken —se dirigió a su lacayo con gravedad acostumbrada, sin verlo tampoco directamente—, ya sabes lo que debes hacer.

Sí, amo Sesshōmaru, todo será como usted lo ha pedido —el aludido se inclinó exageradamente unas tres veces antes de retirarse entre unos arbustos cercanos.

A todo esto, Aome e Inuyasha parpadearon un poco, dándose cuenta de que en verdad el gran demonio blanco no había tenido intenciones de verlos… a ninguno de los dos. El joven decidió que ya había sido suficiente y la tomó de la mano con algo de delicadeza para encaminarse también de regreso a la aldea. Ella lo detuvo un instante, meditando en algo de lo que se había enterado en su época.

¿Y ahora qué te pasa, Aome? —le soltó un tanto molesto, contrariado por su actuar.

Espera, Inuyasha, tengo que decirle a Sesshōmaru algo de suma importancia —le dijo la chica un tanto indecisa.

Sobre… —él la miró escrutadoramente, intentando entenderla.

Es sobre Lin y su futuro como… como sacerdotisa —le contestó y se acercó cautelosamente al Daiyōkai, guardando una prudente distancia de su posición, temerosa por su impresionante aspecto aunque ya había estado muy cerca de él en alguna ocasión—. Este… oye, Sesshōmaru… —tartamudeó un poco tratando de conservar la calma—… ¿te molestaría que Lin… que Lin fuera la sacerdotisa de la aldea en un futuro?

Por supuesto que el aludido había escuchado sus murmuraciones y entendió a la perfección la pregunta. El porvenir de la pequeña de negra cabellera y dulce mirada sí le interesaba, aunque no pareciera prestarle demasiada atención a ese tema porque la vida de la niña podía irse en un suspiro y ya no podría evitarlo. Sin siquiera volver la vista a Aome le respondió con absoluta calma y seriedad.

Lin es libre de hacer lo que quiera con su vida —dijo y ya no agregó otra palabra, dando a entender que lo mejor es que se fueran de ahí y lo dejaran en paz.

Jaken regresó trayendo unas ramas secas para prender una fogata, y la traviesa Lin venía por el otro lado cargando una especie de cobija y, al parecer, también con dos paquetes de sopa instantánea. Aome e Inuyasha tomaron el camino de regreso para topar con ella.

¡Muy buenas noches, señorita Aome! —les sonrió la jovencita al alcanzarlos—. Dormiré con el Señor Sesshōmaru esta noche y le daré un poco de la extraña y deliciosa comida que usted trajo de su época —agregó al señalar los tazones desechables de sopa—. Señor Inuyasha, pórtese bien con la señorita Aome y ya no sea tan enojón o se va a hacer viejito pronto —dijo mirando al Hanyō con algo de severidad antes de sonreírles una vez más y correr hacia donde se encontraba el Daiyōkai—. ¡Señor Sesshōmaru, ya estoy lista!

¿Esa es mi… mi comida? —el aludido tartamudeó al notar sus tazones de "comida ninja" en manos de la pequeña, y casi quiere ir tras ella para evitar que se los entregue al Inugami. La joven morena lo tomó firmemente de la manga para evitarle cometer una tontería más.

Inuyasha… no pensarás de verdad pelearte con Sesshōmaru por unos simples tazones de sopa —le dijo forcejeando unos segundos con él, lanzándole también una mirada de severidad y hablándole en un tono que no admite contradicciones—. Además, Lin me los pidió de favor.

¿¡Le diste mi comida!? ¿¡por qué lo hiciste!? —Inuyasha pareció sorprendido ante esa confesión, y luego se mostró molestó—. Aome… ¿cómo pudiste traicionarme?

Porque Lin es muy dulce y quería regalarle algo a Sesshōmaru, así que no pude negarme —le contestó jalándolo con firmeza para seguir caminando y alejarse de allí—. Vamos, no te enfades, si podemos regresar al futuro te prometo que compraremos más —añadió más dulce mirándolo de forma amorosa—. Por el momento me parece mejor que descansemos… ya tengo mucho sueño y la anciana Kaede me ha de estar esperando —puntualizó bostezando un poco.

Este… sí… creo que tienes razón, Aome —el joven aceptó ya más calmado, ya que se vería ridículo el irle a reclamar a su hermano por unos simples tazones de deliciosa sopa. Decidió que lo menos que podía hacer era tomarle la mano a la muchacha para compensar el mal rato, aunque al hacerlo enrojeció por brevemente por enésima ocasión. Lo bueno es que, en la oscuridad de la noche, eso no era notorio.

Aome sonrió ante el cálido gesto y le correspondió apretando su mano con firmeza y suavidad al mismo tiempo, sin decir nada más sobre lo que pudo haber pasado antes de que Lin los interrumpiera. Teniendo presente lo dicho por Kikyō, decidió no presionarlo sobre el asunto ni obligarlo a nada. No faltaría otro momento para que Inuyasha se explayara de verdad.

Nota: Poor Inuyasha! Lo estoy haciendo sufrir de lo lindo… pero comparto su dolor porque yo también sufrí con él al escribir de esto, dado que la confesión no tarda en darse y le afiné en sus detalles para hacerla sorprendentemente tierna y única… y, tratándose del Hanyō consentido de muchas, eso es mucho pedir. Sigan disfrutando esta historia que tiene para más, porque, después de la confesión, nos iremos un tanto rápido para disfrutar algunas otras peripecias de los protagonistas que se me ocurrieron antes de su tan ansiada boda. Yo y mis loqueras.

P.D. Sesshōmaru debe de tener esposa, lo sé, pero ese tema ha quedado congelado en mi mente, así que lo dejaremos por la paz, además la historia de este fic no es de él.

P.D dos: Oigan, no me juzguen equivocadamente porque a Kagome se le haya ocurrido darles de cenar atún… es lo práctico de nuestra época, y cualquiera lo haría si fuera lo único que hubiera en su alacena en tiempos de crisis… XD. Un saludo y nos leemos pronto por aquí.