Capítulo 23.

Vámonos rápidamente al Sengoku, para no perder el hilo… se van a sorprender de lo acontecido.

Los tonos rojizos en el horizonte indicaban la proximidad del amanecer, y un ágil joven de ojos ambarinos y plateada cabellera yacía a la puerta de una modesta vivienda. El joven tomó un poco de aire para lanzar una potente exclamación.

¡Miroku idiota, ya casi amanece! —habló sin medirse—. ¿Se puede saber qué mierda esperas?

Alguien que no esperaba respondió a su llamado… una hermosa mujer de castaña cabellera se asomó a la puerta de la cabaña y lo miró retadoramente con sus pupilas café oscura.

Pero qué manera de hablar es esa, Inuyasha… no tienes que gritar así o vas a despertar a mis hijos —le regañó sin disimular su desagrado—. Miroku no tarda en salir, está arreglándose como es debido… ¿o acaso pensabas que mandaría a mi marido sin desayunar? —puntualizó antes de volver al interior, dejando al Hanyō un tanto avergonzado.

"Esa Sango sigue teniendo un maldito carácter…" pensó sin dejar de mirar fijamente hacia la puerta. Un minuto después se presentó Hachi, quien parecía bastante apenado.

Muy buen día, señor Inuyasha —lo saludó respetuosamente mirándolo un momento.

¡Keh! —fue su "amable" saludo, cruzado de brazos—. Oye, mapache, ¿por qué m"#$ se tarda tanto tu amo, eh? —le preguntó con su usual tono majadero.

¡Es vergonzoso decirlo… qué pena! —y el pobre tanuki desvió la vista, enrojeciendo un poco más de las mejillas.

Ante esa expresión de pena ajena, Inuyasha comprendió todo… Miroku podría morir asesinado pero nunca dejaría sus obscenidades de lado. Y, hablando del aludido…

Muy buen día, amigos, lamento haberlos hecho esperar —el joven Hoshi salió hablando en tono cordial, llevando sobre el hombro un atado del cual se desprendía el olor de ricas viandas—. Andando, ya más adelante consumiremos estos sagrados alimentos —detalló como si nada.

Oye, Miroku tonto… —le espetó Inuyasha observándolo detenidamente con expresión asqueada—… ¿en serio crees vivir lo suficiente para llegar a tener veinte hijos? —y señaló acusadoramente el pómulo enrojecido de su colega—. A menos que Sango te lo permita, creo que las cuarentenas se alargaran hasta cincuenta días —añadió un tanto irónico. Hachi no se atrevió a decir ni media palabra, y el aludido monje sólo se sonrojó momentáneamente ante lo evidente.

Vamos, Inuyasha, no te fijes en detallitos sin importancia —habló calmadamente y empezó a andar con paso firme, siendo secundado por los otros—. Únicamente quería asegurarme que el muy fresco del anciano Myoga no… —dijo con algo de seriedad para al segundo siguiente hacer un gesto de diversión pervertida—… anduviera metido donde no tiene permitido.

Inuyasha y Hachi volvieron a sonrojarse, y el Hanyō no pudo disimular su repulsión de pensar en ese anciano mañoso y libidinoso divirtiéndose a costillas de sus amigos, como espectador de tan…

¡Agh!, ¡cállate, idiota, no seas asqueroso! —le soltó a su camarada con visible enfado—. En este momento no quiero saber más de ese descarado voyerista… ya me va a escuchar —añadió más que fastidiado.

OK., cuando lo veas no dudes en decírmelo… —recalcó el ojiazul sonriendo con una mueca malvada en su rostro generalmente apacible—… tengo unas cuantas leccioncitas para él, y aprenderá a respetar lo que no es suyo…

Llegaron a la casa de la anciana Kaede y Aome les esperaba en la puerta, en cuanto los vio venir agitó la mano a modo de saludo. La muchacha ya había cambiado su traje de sacerdotisa y lucía un conjunto deportivo de pants verde con vivos amarillos, y a su lado se encontraba la típica mochila amarilla que solía acompañarla en sus viajes a través del tiempo.

¡Muy buen día a todos! —les saludó educadamente con una sonrisa en cuanto llegaron a su lado.

Buenos días, señorita Aome —Hachi fue el primero en saludar, haciendo frente a la joven una reverencia profunda pero sin atreverse a mirarla directamente, no fuera el agresivo semidemonio a molestarse con él por su atrevimiento.

Muy buen día, señorita Aome, usted siempre tan gentil —Miroku correspondió el saludo con la misma educación—. Puedo darme cuenta que le gusta madrugar —agregó como observación, dedicándole una leve reverencia.

En realidad programé el des… —la joven miró fijamente al Hoshi con amabilidad pero, al percatarse de la mejilla enrojecida, le habló empleando una entonación entre avergonzada e irritada—. Ay, monje Miroku, ¿es qué acaso no puede controlarse ni un momento?... y no me salga conque su mano está maldita porque eso ya no viene al caso —le regañó.

Lo que pasa es que… —el aludido no hizo más que sonreír apenado, y pensaba dar sus argumentos más fue interrumpido.

¡Keh!, tú ya conoces como es este idiota, Aome, prefiere morir masacrado por Sango antes de cambiar de costumbres —intervino Inuyasha antes de permitirle a su colega decir algo más a su favor, agarrando la petaca y subiéndola a su hombro—. ¿Qué mierda traes aquí? —recalcó un poco extrañado de su peso.

Pues comida… —contestó ella muy seria, ya que no era necesario el emplear palabras altisonantes para describir el carácter de sus amigos de años, y menos interrumpir al Hoshi—… ¿qué ya no recuerdas qué me pediste comida para llevar? —le preguntó un tanto asombrada por ese aparente descuido del semidemonio.

Este… sí, es cierto… creo que lo olvidé —dijo él más tranquilo, un tanto apenado por hablarle en ese tono.

¿Cómo que lo…? —la morena pareció más que perpleja, ya que lo último que olvidaría su amado de dorados ojos sería precisamente la comida. Haciendo gala de una paciencia infinita respiró hondo para contestar, sonriendo nuevamente como si nada raro hubiera sucedido—. Muy bien, entonces creo que debemos irnos… ¿Me llevarás en tu espalda, Inuyasha? —le preguntó en forma natural, recordando esas ocasiones en que viajó así con él.

Este… tal vez más adelante —respondió el aludido con un tono más colorado en las mejillas.

A todo esto el monje se sonrió discretamente, sabiendo que sus predicciones no eran incorrectas, ya que el viaje era el pretexto más que perfecto para que su colega semidemonio se abriera al fin de capa con la joven del futuro. "Muy bien, Inuyasha amigo, espero que esta vez no vayas a meter la pata con la señorita Aome y termines diciendo incoherencias o imbecilidades…" pensó más que divertido "… o, tal vez, en vez de boda haremos tu funeral". Al momento en su rostro se dibujó una típica expresión anime ante esa loca idea: si bien era cierto que la señorita Aome podía ser una mujer sumamente agresiva cuando el Hanyō la hacía perder la paciencia, en estos días demostró ser también bastante considerada ante los torpes esfuerzos del joven de plateada cabellera… aunque ellos no habían progresado mucho. Sin duda la separación por tres años fue bastante efectiva para que tanto uno como otra mejoraran sus arranques infantiles y, próximamente, su relación de pareja.

Muchachos, andando que se hace tarde, así que no nos entretengamos más —dijo Miroku alegremente, palmeándole un hombro a su amigo de dorados ojos antes de encaminarse por el sendero que conducía a la salida del pueblo.

Todos le siguieron y en pocos minutos el Hanyō y la joven se les adelantaron un poco al tanuki y al Hoshi, quien no dejaba de sonreír entretenido. Ya unos metros más adelante el mapache se transformó adquiriendo su aspecto grande, y los tres amigos subieron en su lomo.

Este… oiga, monje Miroku… —Aome se animó a hablar, mirando escrutadoramente al monje y señalando la mejilla inflamada—… debería comportarse mejor después de todos estos años —añadió algo apenada en cuanto el ojiazul fijó su vista en ella.

Mi estimada señorita Aome —le contestó un poco melancólico por esa llamada de atención—, tres años de placentera vida matrimonial no son nada… además, mi amada Sango es tan hermosa que no puedo…

¡Keh!, no empieces a hablar de más, Miroku idiota… tus p#$%& cosas guárdalas para ti —Inuyasha no dudó en dar su opinión hablando secamente, recostado de lado.

El Hoshi desvió la vista de la muchacha volviendo a sonreír discretamente… ese Inuyasha y sus temores, y ella adquirió un tono rosado en las mejillas.

Bueno, Inuyasha, no tienes por qué molestarte, yo sólo iba a darle a la señorita Aome la explicación que me ha pedido —dijo Miroku tratando de disimular.

¡Keh!, eso dices —espetó el Hanyō viéndolo con reproche… como si Aome necesitara que le explicara algo.

Pero… —la chica respiró con profundidad, imponiéndose al semidemonio—… monje Miroku, creo que usted debería respetar y cuidar a Sango aunque ya sea su esposa —y lo miró escrutadoramente una vez más, todavía con el rubor en las mejillas—. La cuarentena aún no termina… —especificó en un hilo de voz.

Vamos, señorita Aome… —dijo el aludido sin mirarla, sonriendo más abiertamente. A pesar de que la muchacha venía de un futuro progresista y bastante abierto en muchas cosas según les había platicado, no dejaba de ser una doncella inocente—… usted bien debe saber que a veces es la misma mujer la que pide un poco más de amor… bueno, ya pronto le tocara —agregó pícaramente tratando de sonar ecuánime—. Sólo déjeme decirle que no hago nada que mi bella mujercita no quiera —puntualizó en entonación formal de caballero.

La avergonzada chica mejor se quedó calladita y más coloradita, meditando en ello. Estaba más que consciente de que su amiga castaña era inmensamente feliz con su esposo a pesar de esas manías de antaño que tanto la habían hecho enfadar, y las cuales, por lo que se veía, el Hoshi no había abandonado del todo; y tampoco dudaba en que ahora muchas de esas manías eran de su agrado, ya que sólo se las dedicaba a ella… pero, aunque fueran marido y mujer, la cuarentena tenían que respetarla así tuvieran las hormonas al tope, para que el cuerpo se recuperara mejor. Esperaba no llegar a esos extremos en cuanto fuera su turno de ser madre junto a Inuyasha… y ese momentáneo pensamiento la hizo hiperventilar "¡Ay, pero qué pena!" recapacitó en sus adentros, enrojeciendo más intensamente.

Por cierto que el aludido semidemonio no le quitaba los ojos de encima, y se sorprendió al verla reaccionar de esa forma. "¿Pero en qué mierda estará pensando Aome?..." se dijo mentalmente con algo de curiosidad dibujada en su rostro, "… Este p#$% Miroku idiota y sus explícitas explicaciones que nadie le pide…", añadió bufando por lo bajo.

Señorita Aome, ¿se siente usted bien? —Miroku también la miró, y pareció algo preocupado.

No… no se preocupe, monje Miroku, no es nada… —la pelinegra trató de controlarse al responder, con el rubor encendido en sus mejillas—… es sólo que…

¡Keh!, paren ya de decir estupideces que no estoy de humor —Inuyasha les interrumpió de mala manera, enderezándose de su posición sin dejar de ver a la joven—. Oye, Aome, no le des cuerda a éste depravado… Tenemos que irnos ya —agregó un poco más amable.

Tomó la mochila colocándola rápidamente sobre su hombro, y agarró a la aturdida morena con la mejor delicadeza que se pueda esperar de él… de la cintura, llevándola en el otro brazo como si fuera un costal de naranjas vacío.

Y no se preocupen por nosotros… —dijo al bajar de un salto del lomo del tanuki, como una forma de despedirse.

El joven Hoshi parpadeó un tanto sorprendido al ver a su colega de plateados cabellos retirarse tan intempestivamente con la chica tomando dirección hacia la zona Oeste, perdiéndolos de vista en cuanto se internaron en un bosquecillo cercano… quien lo hubiera creído, a pesar de ser hijo de un yōkai, Inuyasha le salió más "puritano" de lo que aparentaba. Al segundo soltó una buena carcajada, regodeándose por ello. Y el mapache tenía sus grandes mejillas coloraditas de la pena, ya que no había perdido detalles de la conversación.

Oiga, su Excelencia… —le dijo a su amo con un hilo de voz—… ¿usted cree que Inuyasha y la señorita Aome…?

Para nada, Hachi… al menos no por ahora —le contestó el ojiazul con una gran sonrisa de oreja a oreja—. Sólo espero por su bien que el pretexto de ver a los lobos sea efectivo, o esto no llegará a buen término en poco tiempo —adicionó sin dejar de sonar amable y seguro.

Por su parte, en tanto avanzaban a través del bosque, Aome no dejaba de mirar a Inuyasha con los ojos abiertos como platos, y por un momento no pudo decir ni pío, ya que sus labios también estaban abiertos de la sorpresa, y más que nada por el hecho de que él la cargara de esa forma tan poco delicada, aunque no le disgustaba demasiado en realidad, ya que las peligrosas garras la sujetaban con cuidado. Pero, aun así, en cuanto recuperó la conciencia…

Inuyasha, ¿puedes decirme por qué me llevas así? — le soltó con un poco de molestia.

¿Qué? —el Hanyō la miró extrañado, ya que no encontraba motivo de queja en su forma de actuar, así que le preguntó sin comprender.

¿Qué por qué me llevas… de la cintura?... No es muy cómodo para mí, ¿sabes? —especificó la muchacha lanzándole una mirada amenazadora, aunque también podía notarse el rubor en sus mejillas.

El semidemonio parpadeó y hasta entonces se percató de lo que había hecho, por lo que se frenó bruscamente colocándola con suavidad de pie en el piso.

Este… lo… lo siento mucho, Aome… no… —le dijo apenadísimo tratando de no mirarla para disimular su vergüenza—… no era mi intención.

La pelinegra se cruzó de brazos un instante, mirándolo fijamente con gesto de enfado, como si pensara en mandarlo a probar el pasto. Después le sonrió, recuperando su color natural de piel.

Acepto tus disculpas, Inuyasha —observó amablemente mirándolo con cariño, ya que le agradaba estar a solas con él y, sobre todo, viajar en sus brazos—. Creo que podemos desayunar aquí… allá hay un pequeño arroyo —observó mirando a su alrededor.

Él se guardó un suspiro de alivio, y tomándole la palabra se encaminaron hasta la orilla del arroyo cercano. Ahí la muchacha sacó de su mochila una ollita para poner el agua a hervir, varios paquetes de sopa instantánea y sobrecitos de té, en tanto el muchacho buscaba ramitas secas de buen tamaño para improvisar una pequeña fogata, donde pusieron la olla con agua, y hasta asaron unos pescados que el Hanyō capturó fácilmente de un zarpazo certero. Un rato más tarde…

¡Chomp, chomp, chomp, esto es delicioso! —tragaba el ojidorado sin nada de cultura—. ¡Ya moría de hambre!

Y que lo digas —la chica hizo un gesto de asco, hablándole con reproche.

¡Keh!, Aome, no seas pesada que arruinas el desayuno —contestó él sorbiendo el último trago de su segundo tazón de sopa, con la boca llena y sin pizca de educación.

Ella suspiró resignada… era una batalla perdida pretender que el joven tuviera buenos modales a sus más de doscientos años de vida. Volvió a verlo dulcemente, sonriéndole.

Bueno, me parece que ya están asados —señaló los pescados hablándole con amabilidad—. Come con cuidado que está caliente —y tomó cuidadosamente uno, entregándoselo.

Eee… —el semidemonio tartamudeó enrojeciendo ante esos lindos ojitos capuchinos de tierna mirada—… gr… gracias —añadió al sostener el pescado.

Y trató de comer con un poco de delicadeza, para así parecer educado a sus ojos. La chica le sonrió más abiertamente y le sirvió té.

Después se entretuvieron un poco porque Inuyasha se empeñó en asearse escrupulosamente las garras para quitarse el aroma a pescado, aunque en realidad tenía la necesidad de ganar tiempo para pensar mejor las palabras. "¡Diablos!, ¿por qué mierda no le hice caso a ese idiota de Miroku?" se sintió un tanto arrepentido por haber desperdiciado la oportunidad de explayarse utilizando a ese mapache tan bobo… las desquiciantes ideas del monje no eran tan locas después de todo. Si no fuera por sus estúpidos prejuicios, en ese momento ya le habría declarado todo su amor a Aome.

También Aome aprovechó el tiempo para meditar, sentándose un tanto alejada de donde el muchacho se remojaba. Respiró hondo varias veces estirando los brazos, recordando una vez más las palabras que en sueños le dirigió Kikyō.

¡Aaahhh! —suspiró con un poco de pesadumbre—. Tiene que ser ahora, o no sé cuándo será —y recordó también las conversaciones que tuvo con un amigo muy querido del Instituto—. Si Shinosuke me viera ahora de seguro se atacaría de la risa porque Inuyasha y yo seguimos siendo tan… infantiles —agregó tapándose la cara con las manos, sacudiendo la cabeza con desesperación—. ¡Aayy!, ¿por qué, por qué? ¿Qué tan difícil puede ser decirlo?

Aome… ¿acaso decías algo? —el Hanyō se había acercado lentamente al notar su impaciencia—. ¿Y quién es ese Shinosuke? —añadió con algo de desconfianza.

Aome enrojeció como un tomate y se levantó de un salto al escucharlo, haciéndose unos pasos atrás.

Eee… no, nada —tartamudeó nerviosa bajando la vista avergonzada—. Shinosuke era un amigo mío del Instituto… recuerda que te conté sobre la historia de nuestras aventuras y…

Mmm… —él le interrumpió meditando en eso, buscando en el rincón de sus memorias—… Me parece que no, no lo recuerdo —y sus doradas pupilas se mostraban algo enojadas.

Inuyasha, por favor —ella recuperó su color natural y lo miró retadoramente—, ¿cómo se te ocurre molestarte por un amigo mío al que tal vez nunca vuelva a ver en mi vida?

El joven ojidorado desvió la vista sintiéndose como un patán sin cerebro… ella tenía razón, si estaba allí en el Sengoku era por él, y había cambiado toda una vida en el futuro por vivir un futuro a su lado. Volvió a serenar el rostro y la voz.

Aome… yo… —le dijo a modo de disculpa, sin atreverse a mirarla de frente.

Inuyasha… no tienes que disculparte, te perdono —la muchacha le sonrió nuevamente, acercándosele confianzudamente—. Ahora es mejor continuar porque no quiero que se haga muy tarde —puntualizó alegremente.

Bien, ya con seguridad Inuyasha asintió y tomó la mochila una vez más, lanzándole a la morena una mirada tímida de soslayo.

Este… Aome… —murmuró tratando de no enrojecer otra vez—… ¿te… subes? —y le señaló su espalda.

Pero por supuesto —dijo alegremente la aludida, y de un salto se acomodó en el sitio donde siempre le había gustado viajar, muy cerca de su mochila—. Ya extrañaba viajar así —agregó suavemente, apoyando su mejilla y abrazándolo con cariño.

Bueno… el joven torció brevemente el gesto sintiéndose tratado como mula de carga. Más después su rostro recuperó la serenidad y avanzó rápidamente internándose en el bosque, con una pequeña sonrisa en los labios. Él también había extrañado su presencia y el sentirla apoyada en sus hombros… era tan ligera y frágil.

Recorrieron un buen trecho sin decirse nada, disfrutando su soledad y su mutua compañía, rodeados únicamente por tanta naturaleza. Unas dos o tres horas más tarde, cerca del mediodía, a la muchacha le dio algo de calor por el conjunto deportivo que llevaba puesto. Ya sentía unas ganas terribles de tomar un baño en las tranquilas aguas de un pequeño lago que se divisaba no muy lejos del sendero por el que caminaban.

Oye, Inuyasha, ¿podríamos detenernos cerca del lago? —dijo Aome un tanto sofocada.

¿Qué te pasa, Aome?... no podemos perder tiempo en este lugar —el semidemonio pareció un tanto duro al preguntarle, queriendo ocultar sus verdaderos anhelos de compartir con ella un buen tiempo juntos a solas antes de llegar donde el clan lobuno, por lo tanto debía comportarse de forma habitual—. Además, el que carga con todo soy yo, y no me estoy quejando tanto —reprochó con ironía.

Es que tengo muchas ganas de bañarme ahora… hace mucho calor —respondió la joven queriendo a su vez disimular su bochorno y su molestia… ¿cómo pudo habérsele pasado por alto ese importante detalle?

¡Keh!, todas las mujeres son bastante raras, tercas y caprichosas —le observó el ojidorado volviendo la vista para verla con algo de curiosidad—, desde hace un buen rato me llegó un olor a sangre, y Sango huele de la misma manera cada mes que no ha estado embarazada… ¿es que acaso se lastiman con algo? —cuestionó con una pizca de preocupación deteniendo su andar.

Los colores de Aome variaron desde el rubí hasta el carmín, ya que fue un descuido de su parte no ponerse su perfume para la higiene íntima femenina dado que el fino olfato de Inuyasha capta el más sutil de los aromas, y en buen momento ella se encontraba en "sus" días. Y su mente retornó varios años atrás…

********** Todo sucedió aquella primera vez en el Sengoku **********

¡Ups!... ¡Ay, no puede ser, ahora no! —Aome se despertó sobresaltada una mañana, pues sintió algo fluido y húmedo. Sacó de su equipaje un pequeño calendario y lo revisó cuidadosamente, mostrándose visiblemente contrariada—. ¿Pero cómo pude ser tan descuidada?... ¿no están? —levantó la voz y vacío rápidamente la mochila, de la que cayeron varias cosas, pero no lo que estaba buscando.

¡Keh!, oye, Aome, ¿qué p#$% escándalo te traes, eh? —espetó el Hanyō que se encontraba en un árbol cercano, mirándola desde arriba con sus dorados orbes molestos. No la había perdido de vista desde el momento en que se percató de su despertar.

Este… oye, Inuyasha… —ella metió todo precipitadamente, enderezándose al instante, hablando con algo de timidez—… tengo que regresar a mi casa por unos tres días.

¡¿Qué?! —él al oírla bajó de un salto, y se le plantó enfrente para impedirle su avance—. ¿Y quién diablos te dio permiso de irte?... Por si acaso lo olvidaste, tenemos que continuar buscando los fragmentos de la perla que tú rompiste —le recalcó en tono de enfado.

Pues yo no necesito tu permiso para hacer algo… necesito irme y punto —la joven contestó con algo de irritación… claro, faltaba más que ahora el semidemonio quisiera controlar su vida por causa de esa perla, y levantó la mochila con decisión—. Si no me quieres llevar me voy en mi bicicleta, ya conozco el camino, gracias —y enrojeció levemente desviando la mirada de él.

Al joven de plateada cabellera le llegó un aroma extraño y familiar procedente de alguna parte del cuerpo de la chica… eso explicaba todo y a la vez no. Se le acercó sin mucha cautela, olfateando como un sabueso. La pobre se puso muy nerviosa y trató de hacerse para atrás sin éxito, porque topó con el árbol.

Eee… Inuyasha… ¿qué estás…? — dijo visiblemente asustada, evitando caer entre las raíces.

Aome… ¿dónde mierda te lastimaste?... —le soltó en tono que aparentaba preocupación, mirándola sin disimulo y sin dejar de olfatear, como tratando de llegar al sitio del cual se desprendía el olor —… no veo ninguna herida superficial.

Ella parpadeó asombrada y al instante recordó que…

¡OSUWARI! —le gritó con verdadero enfado… ¿quién se creía ese fresco para olisquearla de esa forma?

¡Aome! —exclamó el peli plateado al sentirse jalado por el cuello, y el azotón causado por el conjuro no se hizo esperar.

¡Torpe! —la chica le reprochó antes de montar en su bicicleta, alejándose de él.

********** Fin **********

Este… oye, Inuyasha… —dijo Aome tartamudeante, desviando la vista con vergüenza—… ¿no recuerdas que… ya se te olvidó cuando yo… en serio no lo sabes? —le cuestionó con curiosidad.

… ¿y qué mierda tendría que recordar? —le preguntó dudoso antes de bajarla con cuidado, mirándola como si estuviera mal de la cabeza—. Lo único que puedo decirte es que eso significa que a Miroku le falló la puntería con Sango, o ella siempre estaría embarazada.

¡Osuwari, Osuwari, Osuwari! —la joven se sintió insultada ante semejante comentario, que no dudó en mandarlo a comer tierra.

Y vaya que fue una buena demostración de su poder espiritual, ya que el pobre Hanyō cavó un hoyo de aproximadamente un metro de profundidad… ¿Por qué no se había quitado el maldito rosario en alguno de esos tres años? Debió haber aprovechado la ocasión.

¡Aome!, ¿por qué mierda lo haces? —escupió un buen bocado de tierra, y la miró desde su posición con verdadera irritación.

¡Eres un…!... —ella le habló en tono ofendido—… ¿cómo te atreves a decir eso de Sango?

Él se incorporó rápidamente y se sacudió con algo de violencia, terminando de escupir lo que por poco se comía.

¡Keh!, ese idiota de Miroku tiene la culpa por ser tan indiscreto en sus… —soltó en su defensa evitando sonrojarse, ya que, en algún momento, él tendría que hacer lo mismo cuando se casara con ella—… pero Sango no hace gran cosa por corregirlo… —añadió bajando un poco la voz, esperando no llegar a esos extremos.

¡Pues lo que el monje Miroku y Sango hagan en su matrimonio no es de tu incumbencia! —le espetó la joven sin dejar de mostrarse ofendida—. ¡Y voy a bañarme, así que no se te ocurra espiarme!

¡Keh!, ya me iba de todos modos… yo no estoy enfermo para verte sin ropa y soportar tu repugnante aroma —resopló el semidemonio antes de darse la vuelta.

Inuyasha… ¡largo! —la furia de Aome se desbordó y el Hanyō huyó tan rápido como le permitieron sus piernas.

"¡Ush, sigue siendo tan bobo!" pensó la muchacha quitándose la ropa. Afortunadamente había cargado con su traje de baño para asearse a gusto… en tanto ella y él no se casaran como Dios manda debía ser precavida en muchas cosas. Se lavó lo mejor que pudo disfrutando un poco del agua fría, y después se apenó un poco ante su falta de atención para con su amado. A pesar de ser tan brusco, Inuyasha había dicho la verdad… la discreción era uno de los dones de los que carecía su buen amigo de azules pupilas, lo mismo que la cordura tratándose de temas matrimoniales, especialmente ahora en que la joven castaña que le había robado el corazón desde hace mucho era su esposa, y con la que dejaría la numerosa descendencia que siempre había soñado.

Al terminar su baño, Aome se vistió poniéndose unos cómodos pantalones cortos de mezclilla y una femenina playera de manga corta, levantando su cabellera negra en una coleta alta, y fue a buscar al ojidorado para que pudieran comer.

Por cierto que el semidemonio estaba sentado entre unos arbustos alejados, en su pose habitual con el ceño fruncido y los brazos cruzados, meditando en tantos sucesos. "¡Mierda… esa tonta de Aome es tan…!..." pensaba enojado tamborileando los dedos "… preocuparse por lo que haga ese par de sucios buenos para nada…", y sacudió al cabeza con presteza en cuanto la imaginación lo traicionó.

Recuperó la serenidad soltando un suspiro de contrariedad, y se dio cuenta de que no había dado un buen comentario… las mujeres son bastante sensibles, y, en lo que se refiere a sus cuerpos y a sus cambios de humor, era muy difícil entenderlas; por lo menos él no acababa de concebir porque la chica se molestaba ante la verdad, si Miroku y Sango no podían dejar de ser una pareja de… "¡Keh, Dios los hizo y ellos se juntaron!" terminó de pensar. Decidió no levantarse para no sorprender a Aome sin ropa y así no darle motivos de mandarlo por enésima ocasión a comer tierra, eso era algo que no se le apetecía.

Inuyasha… —escuchó un dulce llamado acercándose.

¿Ya acabaste? —le preguntó sin voltear, tratando de fingir indiferencia y no sentir maripositas en el estómago al escuchar la manera en que le hablaba la joven.

Sí, ya me siento mucho mejor —Aome se detuvo a su lado llevando sus pertenencias al hombro, para después dejarlas en el pasto—. Creo que ya es hora de comer, esta vez traigo sardinas en lata y mucha sopa instantánea —añadió sonriente.

¡Qué bien, más de esa deliciosa comida "ninja"! —exclamó el ojidorado relamiéndose de gusto y agitando las orejitas perrunas. Si tuviera cola era capaz de menearla de contento.

La joven morena preparó una "gran comida", si se le puede llamar así a comer varias latas de sardina con galletas saladas, frijoles refritos en lata, tostadas y sopa instantánea que fue devorada sin miramientos por el Hanyō… no me culpen de la modernidad de Aome ya que es lo usual en nuestra época para los días de "picnic". Al finalizar se recostaron en el pasto, admirando el azul del cielo.

Oye, Inuyasha… —Aome le habló con algo de timidez, dirigiendo su clara mirada capuchina al rostro del ojidorado —… discúlpame por ser tan brusca contigo… tienes razón en decir que Sango y el monje Miroku son… —y se sonrojó intensamente, más le sostuvo la mirada en esta ocasión.

Descuida —le respondió el aludido en tono cordial, sin dejar de mirarla también—. Tú tienes razón al decir que los asuntos de… ese par de… —sonrojándose al mismo tiempo, más tampoco apartó la vista—… son privados… no era mi intención hacerte sentir mal.

No… yo fui la que se comportó como una tonta… perdón —ella tartamudeó un poco antes de responder, sintiendo un cosquilleo recorrer su cuerpo al verse reflejada en los dorados orbes de cálida mirada.

Bueno, el idiota de Miroku dice que generalmente es el hombre quien se porta como tonto —observó él sin modificar la mirada de ternura, casi como si de un momento a otro fuera a besarla—, y a diario lo comprueba con algunos de sus actos —admitió al final.

Se quedaron en silencio un buen rato, sin dejar de verse fijamente a las pupilas, como queriendo leer sus más profundos pensamientos, hasta que Aome soltó una risotada por el comentario sobre las ocurrencias de su amigo el monje. En un minuto los dos reían muy contentos, ya que no había razones para pelear o discutir por la forma en la que sus amigos viven su dicha familiar. Después de una buena sesión de carcajadas se levantaron para continuar su camino.

Siguiendo un sendero cercano al bosque, Inuyasha y Aome cruzaron por varias aldeas. No iban tomados de la mano pero a su alrededor se respiraba una atmósfera de mucha cordialidad y cariño. De vez en cuando se miraban un poco a los ojos, y eso hacía que la joven adquiriera un hermoso tono rosado en sus pómulos.

La extraña apariencia de la muchacha y su vestimenta conmocionó a muchas personas, tanto como la aparición del "hombre mitad bestia" que la acompañaba, pero se tranquilizaron al sentir el aura de energía cálida y espiritual que emanaba de ella. Así pudieron enterarse de que los disturbios en la región Oeste iban cediendo poco a poco. Su presencia tal vez no fuera necesaria en cuanto Miroku fuera para allá. Eso alegró mucho a Inuyasha, pues no pensaba en acompañar nuevamente a su amigo ojiazul para enfrentar basuras, ni quería que su amada volviera a estar en peligro… como tantas veces le había sucedido en los lejanos días de aventuras buscando la Shikon no Tama.

Ya con más calma hablaron de otras trivialidades por el camino, como las indiscreciones de Myoga espiando a sus amigos; el hecho de que Kohaku, el hermano de Sango, fuera tan tímido que prefiriera pasar largos periodos de tiempo entre los restos de lo que fue su aldea antes de quedarse más de dos días con ellos; sobre la nueva escuela para exterminadores que los dos hermanos pensaban desarrollar; la evidente enfermedad del monje Mushin, el anciano maestro de Miroku; y el extraño comportamiento de los yōkai en las tierras del Oeste, así como la lenta respuesta de Sesshōmaru ante ese suceso; e hicieron conjeturas de qué era lo que pasaba en esos lejanos dominios celestiales. Para su mala suerte se habían internado otra vez en el bosque cuando la tarde se les vino encima, por lo que el ojidorado buscó rápidamente unas ramitas secas e improvisar así una fogata antes de que oscureciera más.

Lo que Aome no sospechaba es que todo había sido planeado por Inuyasha, ya que si se quedaban a dormir en una aldea, rodeados de gente extraña, no se sentiría en confianza para confesarse con ella… bueno, ni delante de sus conocidos lo hizo. El joven Hanyō sabía que era el momento más adecuado para hablar, para dar a conocer sus sentimientos pero… no se le ocurría como empezar. "¡Mierda!, ¿qué hago ahora?" pensó desesperado antes de volver a su lado. Se exprimió los sesos tratando de traer a su memoria alguna cursilería barata de Miroku, su pervertido compañero de aventuras, de aquellas pocas ocasiones en las que Sango se enfadaba con él por indiscreto, sin tener éxito. Lo que sí desfilaba en sus recuerdos eran varios de los besos que la pareja se dio en sus narices…

¡Carajo!, ¿por qué sólo eso? —resopló resentido. Sacudió al cabeza para despejar la mente y regresó al lado de la morena, respirando profundamente antes de llegar, echándose porras a sí mismo—. Vamos, Inuyasha, tú puedes hacerlo, no eres un gallina y esto no te va a detener —se dijo en voz baja dándose valor.

Es una pena que nos hayamos internado tanto en el bosque, Inuyasha… —una decepcionada Aome interrumpió sus pensamientos al verlo llegar—… Me hubiera gustado dormir bajo un techo —suspiró algo entristecida.

¡Keh!, ya cálmate, Aome, no te vas a morir por dormir en el bosque como antes —dijo Inuyasha un tanto áspero para disimular sus nervios, dibujando en su rostro una mueca que pretendía ser de resignación—. Aquí está lo que pediste —añadió con más amabilidad, dejando junto a ella las ramas que había recogido para la fogata.

Muchas gracias… ahora dame un minuto y en seguida te preparo la cena —ella le sonrió con esa sonrisa que la hacía ver radiante a sus ojos, irradiando ternura en sus pupilas cafés.

La muchacha desvió la vista del joven y se concentró en prender la fogata, sacar los utensilios y disponerse a "cocinar", e Inuyasha se había quedado un tanto abstraído al mirarla. Ahora creía entender a la perfección el comportamiento tan estúpido que solía presentar Miroku cuando Sango le dedicaba una mirada amorosa, el cual se había acentuado por ser ya marido y mujer, por eso no se le quitaban las mañas. Él se sintió transportado al cielo con tan solo esa tierna mirada, y al parecer no pensaba en regresar. Afortunadamente la chica estaba tan metida en sus labores y no notó ese gesto de bobo perdido mirándola.

Su conciencia lo hizo volver a tiempo a la realidad, el recuerdo de que tenía que formalizar algo serio con ella le hizo serenarse y concentrar nuevamente sus pensamientos. "¡Muy bien, este es el momento perfecto que he estado esperando!... al fin estamos solos pero… ¿cómo empiezo?". Y justo entonces una brillante idea le cruzó por la mente.

¡Pero claro!... ¿cómo pude olvidarlo? —masculló por lo bajo con una sonrisita en el rostro, y se acercó decididamente a su amada. Después de todo algunas de las burradas de su amigo el monje le serían de utilidad—. Este… Aome… —se le acercó agachándose a su altura hasta mirarla fijamente a los ojos, como si por sus doradas pupilas pudiera asomarse al interior de su ser—… yo… tengo que decirte… tengo que pedirte…

¿Qué te pasa, Inuyasha? —la aludida lo miró un poco dudosa e inmediatamente enrojecieron sus mejillas al notar su cercanía —. Estás actuando un poco raro… —le dijo con timidez, sin saber si alejarse de él o no.

Eee… no… Aome, lo que pasa es que yo… es que quiero decirte que… —el joven semidemonio también se sintió más que abochornado por estar tan cerca de la morena, y tartamudeó algo cohibido, pero ya había tomado su decisión y tenía que seguir adelante, así que era ahora o nunca. Tomó delicadamente las pequeñas manos de la joven entre las suyas, consiguiendo que el tono de sus pómulos adquiriera un tono carmín más intenso—… ¿Te gustaría tener un hermoso hijo conmigo? —le soltó lo más rápido que pudo, sin detenerse a meditarlo más.

¡¿QUÉ?!... ¿Dijiste hijos? —la exclamación de Aome no se hizo esperar, alarmada por tan directa petición… nunca se hubiera imaginado eso por parte del Hanyō, era tan repentino.

No… Aome… es decir… ¡no pienses mal! —y el ojidorado se mostró más que avergonzado al fijarse en el último momento cuales fueron las palabras elegidas para su declaración, "¿Por qué precisamente ahora tenía que recordar esas palabras?..." se reprendió mentalmente soltándole las manos y agitando los brazos con desesperación—… ¡nunca quise decir eso!... bueno si… es decir no… pero… —"… ¿Y ahora qué hago?... Aome va a pensar que me volví un degenerado", le preguntó a su yo interior con visible desesperación.

La joven del futuro desvió la vista visiblemente avergonzada, pero no molesta en realidad. "¿Pero qué ocurrencias son esas?" pensó un tanto nerviosa. Las palabras que en sueños le dirigió Kikyō, su antigua personalidad de poco más de cincuenta años en esa época, vinieron a su memoria con total claridad: "Si Inuyasha te pide algo no dudes en darle el sí".

Inuyasha… —tartamudeó antes de animarse a hablar, y, volviendo a verlo con total emoción, con una enorme sonrisa en su rostro, añadió sin dudarlo—… ¡Oh, sí, Inuyasha, sí quiero tener un hijo contigo!

Este… ¿qué?... ¿es… es en serio lo que dices?... —al que se le enredó al lengua fue al semidemonio, bastante cohibido al ver la seguridad de la muchacha.

¡Muy en serio! —ella le tomó las manos muy decidida, mirándolo con ojos de amor—. Nada me haría tan feliz como ser la madre de tus hijos.

Este… entonces… ¿no estarás… acaso me… no estarás pensando que… que tú y yo… en este bosque… a esta hora…? —Inuyasha enrojeció como tomate al dejar volar su imaginación, bajando la vista… de sólo pensar en eso le dieron náuseas.

¿Pero qué estás insinuando? —ahora la expresión de Aome fue la que se hizo bastante seria, y le soltó las manos con incomodidad—. ¡Por supuesto que no haría nada aquí!

¡Uf, menos mal!... —él suspiró aliviado limpiándose la frente, ya que había sudado un poco—… Por cómo andas ahora no sería nada…

¡OSUWARI! —más ella soltó enfadada al tiempo que se levantó, mirándolo esta vez con mucho enojo— ¡OSUWARI, OSUWARI, OSUWARI!

Así que… más de tres veces tragó tierra al azotarse contra el piso.

¡Agh!... — gritó al tiempo que la boca se le llenaba de pasto—… ¡pido paz, lo siento!

¡Eres un… PERVERTIDO! —le dijo la joven en entonación ofendida, fulminándolo con sus pupilas capuchinas—. ¡Sinvergüenza, descarado, mira quién es el libidinoso ahora!... ¡Y, encima de todo, sigues siendo un grosero que no entiende nada! —y se cruzó de brazos dándole la espalda.

"¡Pero qué imbécil fui… como se me ocurrió eso!" el joven Hanyō se reprendió una vez más en su fuero interno. Bien, ahora a pedir perdón.

Aome… yo… —sin levantarse, en posición de súplica, dijo desde el piso—… no quise molestarte… lo… lo siento —y su tono era de sincero arrepentimiento.

Ella sólo lo vio por encima del hombro y volvió a hacerle un mohín desdeñoso. "Bueno, ya empezaste, ahora termina", una vez más el peli plateado se dio valor, tenía que continuar con su cometido, no era momento de acobardarse. Incorporándose lentamente se acercó a la joven, tomándola delicadamente por los hombros y hablándole en voz serena.

Aome, tengo que contarte… muchas cosas importantes —le dijo en un susurro de voz, consiguiendo que sintiera un calorcito interno al contacto de sus manos, lo que la hizo enrojecer levemente, quizá esperando al fin la anhelada confesión de su parte. Desafortunadamente el agua que puso en la cacerola para preparar la sopa empezó a hervir, amenazando con desbordarse.

Oh, se va a tirar el agua y no podré preparar la cena —dijo un tanto afligida al escuchar el silbido del líquido en ebullición, y trató de apartarse para dirigirse a la fogata.

¡Carajo, Aome, ni quien mierda quiera cenar ahora! —pero el semidemonio levantó la voz con enfado y, más veloz que ella, se dirigió hacia el fuego botando la olla un poco más allá de su posición—. ¡Lo que tengo que decirte es más importante que un estúpido rameen!

La morena parpadeó asombrada, ya que lo último en esperar por parte del joven es que dejara de comer esa sopa que tanto le gustaba para hablar, considerando que difícilmente expresaba lo que sentía. Una vez más él fijó sus dorados orbes en ella y, suavizando las facciones de su rostro, se le acercó tomando sus pequeñas manos entre las suyas.

… Inuyasha… ¿estás… qué estás…? —la muchacha quería ahogarse en el mar ambarino de su mirada, y sólo atinó a tartamudear.

Aome, yo… —el ojidorado tartamudeó de igual manera al sentirse reflejado una vez más en esas grandes pupilas cafés de dulce mirar; más tomó aliento para proseguir, sin soltarla ni dejar de verla fijamente—… yo te extrañé mucho en estos tres años que no estuviste a mi lado, y estuve a punto de cometer estupideces porque no quería sentir el paso del tiempo sin ti… Me has hecho tanta falta, ahora me doy cuenta de todo —completó suspirando un segundo, y calló un momento para ver si la doncella decía algo. Pero Aome únicamente lo miraba absorta con la boca entreabierta, sopesando lo que estaba escuchando. Bien, tenía que terminar de darle sus razones—. Hace tiempo debí haberte dicho esto pero… fui demasiado cobarde para admitirlo —pareció dudar un poco antes de avanzar, y desvió un momento la mirada del bonito rostro femenino—. También sé que has de pensar en que aún pueda amar a Kikyō… que ella es el gran amor que nunca olvidare, pero…

Volvió a verla al percatarse que la joven del futuro había agachado la vista ante la mención de la sacerdotisa muerta. A pesar de todo, no podían negar nunca la presencia de Kikyō en sus vidas, y lo mucho que significó para ambos. Eso era algo contra lo que Aome jamás podría competir, ya que la antigua miko tuvo el privilegio de conocer y amar primero a Inuyasha.

Mírame Aome, velo tú misma en el fondo de mi corazón… —le reiteró mirándola con mayor intensidad, a lo que ella volvió a levantar la vista queriendo disimular una lágrima. Si hubiera podido evitar la muerte de Kikyō, aunque significara perder a Inuyasha, lo habría hecho así se le partiera el corazón—… eso ya quedó en el pasado, lo he entendido, y estoy seguro que Kikyō lo entendería también… ella fue esa primera persona especial, pero contigo las cosas serán diferentes —y guardó silencio una vez más, ya que sus ambarinas pupilas reflejaban la sinceridad de sus palabras. La joven le sonrió tímidamente, sintiéndose halagada.

Inuyasha… qué lindo… —dijo en un suspiro enamorado.

Claro que al principio no me simpatizabas para nada y eso lo sabes muy bien —más el semidemonio no pudo dejar de lado un poco de ironía, recordando la extraña situación en la que se conocieron—, eras tan odiosa para mí… sólo una niñata boba que no sabía nada de nada —agregó desviando momentáneamente la mirada para no soltar una risotada.

Muy gracioso, Inuyasha… —ella pareció molestarse un poco y quiso liberarse de su agarre.

Por ser demasiado impulsiva y a veces no pensar las cosas —Inuyasha no permitió que lo soltara y regresó a verla fijamente, con una mirada tierna y poco usual, haciéndola enrojecer por enésima ocasión —. Pero con el paso de los meses me di cuenta de que eras más de lo que aparentabas a simple vista, alguien demasiado especial… —y la atrajo un poco más a él sin cambiar la expresión de cariño con que la miraba —… más el orgullo y la desconfianza me cegaba y no me permitían admitirlo, y una y mil veces me negué a mí mismo que yo… —el rubor que coloreaba su piel no podía ser más rojo que su traje, pero esta vez no desvió las pupilas ni cambió el tono afectuoso—… que yo te amo.

La joven morena se quedó sin palabras en tanto lo miraba con asombro, en los ojos del Hanyō no había ni pizca de duda… al fin sacaba desde adentro esas palabras que Aome deseaba escuchar hace mucho tiempo.

Inuyasha… yo… yo no tenía… —la chica trató de recuperar un poco el sentido, sentía que tenía que decirle algo, que ella también lo amaba y que por ello dejó todo en su mundo para volver al pasado con él.

Todos estos años que estuviste lejos fueron una pesadilla —más Inuyasha le detuvo tapándole delicadamente los labios con uno de sus dedos. Como era de pocas palabras, en ese momento tenía la necesidad de explayarse con su amada, de sacar todo lo que guardaba para ella—. Sin ti me siento incompleto, vacío… y entendí que te necesito a mi lado.

Oh, Inuyasha, nunca quise lasti… —de las pupilas cafés empezaron a brotar lágrimas… ¡cómo lo había hecho sufrir sin proponérselo!

No es tu culpa, Aome, tenías una vida que vivir en tu época… Miroku, Sango, Shippou y todos los demás me han apoyado siempre desde tu partida, nunca me abandonaron aunque tenían sus propios asuntos… —le interrumpió una vez más empleando una entonación afable al mencionar a sus inseparables compañeros de aventuras—… pero sin tu presencia nunca más podría ser yo, y eso también lo saben — esta vez sí desvió la vista, ya que el rojo brillante de su piel daba la impresión de que se había asoleado demasiado.

Sí, pero… lo siento, de verdad lo siento tanto… —aun así la muchacha no pudo evitar un sollozo de sentimiento. Es cierto que fueron sus miedos los que la hicieron quedarse en la época actual, y por los que el pozo se cerró durante tanto tiempo. Se sintió a gusto de estar en la tranquilidad de su hogar y dedicarse de tiempo completo a los estudios, más siempre recordó sus vivencias en el Sengoku y, de manera más que especial, al semidemonio de dorados ojos y platinados cabellos que se quedó con su corazón.

Ya no tienes que preocuparte por lo pasado, Aome —Inuyasha le habló nuevamente empleando ese tono tan cariñoso que muy pocas veces había utilizado—. Tal vez teníamos que madurarlo, tal vez tenía que admitirlo abiertamente… las cosas pasan por algo —y volvió a mirarla irradiando ternura en sus doradas pupilas—. Aome… te… te gustaría… —tartamudeó con algo de nerviosismo sin soltarle las manos, el contacto con la suave piel de la doncella le transmitía paz; aun así casi parecía echar humo por las orejas, de la vergüenza que sentía por lo que iba a decir a continuación—… ¿te gustaría casarte conmigo?

Las lágrimas que caían de las pupilas capuchinas no se detuvieron, aunque está vez eran de felicidad absoluta. ¡Al fin Inuyasha se había sincerado con ella, al fin le había propuesto lo que nunca le propuso a Kikyō!… ¡al fin estarían juntos lo que les restara de vida, al fin compartirían su futuro y serían una familia!… ¡al fin!

¡Oh, sí, Inuyasha! —le dijo llorosa moviendo la cabeza levemente en señal de asentimiento, hablando entre sollozos—. ¡Claro que quiero casarme contigo! —y se colgó de él en un abrazo efusivo, mojándole el rostro.

Este… no… Aome… no llores —le dijo un tanto preocupado abrazándola también. "¿Será por sus días que está más sensible?" se preguntó internamente con cautela.

Tomándolo por sorpresa, Aome le plantó un tierno y pequeño beso, sonriéndole amorosamente sin dejar de llorar. Él la miró un tanto sorprendido y después la atrajo más, besándola de forma suave y tierna por un poco más de tiempo… de verdad pudo comprobar por qué su amigo el monje tenía más que razón para perderse en los besos de su amada exterminadora. Los suaves labios de la joven le eran un dulce placer. Sólo que no quería abusar ni lastimarla, así que la apartó con delicadeza acariciándole una mejilla para enjugar su llanto… para muchas más cosas el futuro matrimonial les sonreía.

Inuyasha… nunca quise lastimarte ni hacer que te preocuparas tanto por mí… —Aome trató de controlarse secándose las lágrimas, regalándole una bella sonrisa al momento de separarse con suavidad —. Lamento de verdad haber sido tan grosera contigo… ¿me perdonas? —añadió con algo de timidez, y el rubor de sus mejillas la hacía ver más linda.

Olvídate ya de eso, tonta, yo también fui muy grosero contigo —Inuyasha le respondió muy cariñoso al tiempo que le acomodaba un mechón de cabello tras la oreja—. Lo importante es que tú y yo nos amamos, así que de eso… sólo recuerda lo mejor —puntualizó abrazándola nuevamente de forma delicada, sintiendo ese hermoso cuerpecito junto al suyo. Soltó un suspiro bajo al acariciarle la espalda, y le habló en un susurro cerca del oído—. Ahora sí quiero cenar una de esas deliciosas sopas estilo "ninja".

Una vez más se separaron, mirándose profundamente con todo el amor que habían ocultado por mucho tiempo, y con una sonrisa en sus rostros. Afortunadamente no se había derramado toda el agua caliente, así que rápidamente tuvieron tres tazones de sopa listos para ser devorados por el Hanyō, unas tazas de té y algunas galletas con chispas de chocolate. Más tarde Aome se acomodó en su saco de dormir y se rindió al cansancio, sin borrar la alegría de su cara después de desearle dulces sueños a su amor. Inuyasha se quedó despierto unas horas más… el estar en un bosque de noche no es lo mejor para relajarse, es necesario no confiarse. La observó dormir por un buen rato, ya que la chica parecía soñar con algo bello pues respiraba con calma. Sus facciones masculinas se enternecieron al verla en esa forma, tan pura, inocente y frágil.

El primer paso estaba dado… ahora debían de fijar la fecha para el acontecimiento. Y eso era algo que le presumiría al Sarnoso de Koga.

Nota de la autora: ¡Al fin terminé de sacar lo cursi del Hanyō!, y no podrán negar que fue una declaración bomba, algo cursi tal vez para el semidemonio, pero tenía que ser de esta forma, un tanto hilarante y tal vez con un poco de OoC… jajaja, pero al menos ya lo dejé explayarse. De aquí en adelante me iré algo rápido hasta la boda de ellos y, tal vez, algo más. Gracias por su comprensión y por seguir este fic sin pretensiones de grandeza más que entretener.