Capítulo 24

Vamos pronto a lo siguiente después de que ya se dijo lo que se tenía que decir… ahora viene otro interesante asunto… diviértanse.

La mañana llegó nuevamente al Sengoku, y los viajeros continuaron su camino hacia la región Oeste. Ya después de las sinceras palabras salidas del corazón las cosas entre ellos dos estaban muy claras… se amaban, y todo ese tiempo de separación había fortalecido el lazo que los unía desde siempre. Claro, Aome sabía y estaba consiente que no podía esperar de Inuyasha un comportamiento romántico de encimoso empedernido como el del monje Miroku, dado que esa no es la manera de ser del Hanyō.

Así que tuvieron un desayuno grandioso y se dieron unos cuantos besos antes de que el muchacho le pidiera algo de calma para avanzar hacia su objetivo. En ese momento la joven morena viajaba apoyada en la espalda del semidemonio, sintiéndose muy feliz. El andar de él le parecía un poco más rápido que el día anterior… ¿Inuyasha caminaba presuroso? Bueno, eso no importaba ahora, lo verdaderamente trascendental era la tan ansiada declaración de amor.

Por supuesto que Inuyasha avanzaba más rápido ya que conocía un atajo y, ahora que el principal asunto que ocupó su cabeza durante varios días estaba solucionado, no tenía por qué detenerse demasiado… entre más pronto hablara con el Sarnoso de Koga le era mejor, y así podría enterarse de algunas cosas relacionadas con los disturbios provocados por los yōkais, ya que posiblemente el Ōkami supiera algo al ser un súbdito leal de Sesshōmaru, y el hecho de vivir en esas tierras implicaba la obediencia para con el Daiyōkai.

Aproximadamente al mediodía llegaron a las cercanías del territorio ocupado por el clan lobuno, y fueron sorprendidos por algunos cuantos guardianes que no les conocían.

¡Es un Hanyō! —gritó uno al abalanzarse sobre él.

¡Keh!, ¡no me ch#$%&! —respondió el ojidorado lanzándole un golpe contundente al que lo acometió, derribándolo.

¡Alto, Hanyō!, ¿qué es lo que buscas aquí? —otro le interpeló a una prudente distancia, aunque varios gruñeron dispuestos a atacarlo.

¡Jah!, ¡p##$% lobos montoneros! —sabemos que el semidemonio no es de los que se dejan amedrentar tan fácilmente, así que fulminó a todos los lobos con sus doradas pupilas centellando.

¡Ah, basta, por favor, venimos en son de paz! —se escuchó un desesperado grito de Aome, la cual estaba oculta entre la plateada cabellera de Inuyasha, y se asomó con timidez buscando a alguien conocido con la mirada—. ¡Somos amigos de Koga!

¿Amigos del Comandante? —preguntó el lobo que les hizo el cuestionamiento acercándose a ellos con cautela, en tanto otros auxiliaban a su camarada lastimado y varios más continuaban gruñendo con desconfianza.

¡Miren, bola de sarnosos, no me obliguen a ser más violento! —y el semidemonio no dudó en corresponder los gruñidos al tiempo que tronaba una garra.

¡Inuyasha!, ¡esa no es la forma de presentarse! —Aome le recriminó en cuanto bajó de su espalda.

¡Keh!, ¿pues de que otra forma piensas hablar con una manada de lobos repugnantes? —él no dudó en mirarla con enfado e irritación. Después de lo que los lobos habían querido hacerles todavía los defendía.

Claro que los lobos gruñeron con más fuerza ante semejante ofensa, por lo que la chica trató de calmarlos.

Es en serio, conocemos a Koga y también a su esposa Ayame… y a Guinta y a Hakkaku —agitó calmadamente las manos con una sonrisa nerviosa en el rostro.

¡Jah!, salgan de ahí, par de bobos miedosos… —el Hanyō ya había detectado a los dos últimos mencionados, y los señaló sin nada de recato—… todos sus colegas apestan, pero el olor de ustedes ya lo conozco.

Ante ese dicho los demás carniceros se apartaron abriendo un camino, dejando a los aludidos al descubierto. Ambos sonrieron un poco con gesto tonto al ver la cara molesta del semidemonio, y se acercaron lentamente.

Este… hola, Inuyasha… —le saludó Guinta con una sonrisita nerviosa.

Señora Aome… es un gusto verla otra vez después de tanto… —dijo Hakkaku a su vez, dedicándole una reverencia a la muchacha.

¡Oh, muchachos! —Aome no dudó en abrazarlos efusivamente, muy contenta de verlos—. ¡Qué alegría que estén todos bien!

Inuyasha torció un poco el gesto ante esa muestra de cariño hacia los lobos, y no dudó en cruzar los brazos antes de hablar nuevamente.

¡Keh!, ¿dónde m#$%& está el Sarnoso de Koga, eh? —les preguntó sin cambiar el tono agresivo—. Ni Aome ni yo estamos aquí por una "visita de cortesía".

Inuyasha… no seas grosero —ante tal comentario, la joven le dirigió una mirada terrible, haciendo que cambiara momentáneamente el gesto por uno de espanto.

Eee… —el semidemonio trató de disimular retrocediendo un poco, esperando que ella no lo mandara al suelo frente a todos los sarnosos—… ¿podrían llevarnos con él?

Sí… claro, por supuesto —fue Guinta el que le contestó, ya que él y Hakkaku parpadearon un segundo ante el repentino cambio de carácter del Hanyó—. Síganme, por favor.

Descuiden, camaradas, en verdad son conocidos de Koga, no pasará nada —el joven lobo de peinado punk habló calmadamente con los demás, y después se fue tras los otros.

Así que penetraron a la guarida de los lobos ubicada en el área central de las montañas, no muy adentrados en la zona Oeste, y desde ahí se apreciaba como había disminuido la actividad yōkai invasiva, ya que el cielo no parecía tan oscuro como en los días anteriores cuando Inuyasha estuvo por ahí con Miroku y Kohaku. A pesar de todo, Aome no pudo dejar de sentir un breve escalofrío… los restos de las perturbaciones ocasionadas por las hordas de demonios aturdieron su poder espiritual aun dormido. Se notaba que había sido algo terrible lo que sea que haya originado todo. Tratando de aparentar calma les preguntó a los jóvenes lobos:

Díganme chicos, ¿cómo han estado todos por aquí? —dijo con amabilidad.

Muy bien, señora Aome —le contestó Hakkaku igual de amable—. Está es una buena región para vivir.

A pesar de que otros yōkai han venido a molestar… —intervino Guinta sin medir sus palabras.

¡Cállate, tonto!, ¡recuerda lo que dijo Koga sobre eso! —Hakkaku golpeó en la cabeza a su compañero llamándole la atención.

¡Ouch!... lo siento… —y el pobre maltratado lagrimeó de dolor, sobándose el chichón.

¡Jah!, así que ustedes los lobos saben algo de toda esta m#$%... más les vale que hablen —Inuyasha los miró agresivamente al escucharlos, cuestionándoles con ferocidad renovada.

¡No, nosotros no sabemos nada! —respondieron al unísono mostrando su temor y nerviosismo.

Oye, Inuyasha, no está nada bien que asustes así a los muchachos… —le interrumpió Aome con bastante seriedad—… creo que sí quieres saber algo es mejor que le preguntes a Koga.

¡Keh!... ese p&/# Sarnoso no está aquí —le rezongó olisqueando un poco el ambiente—… ¿acaso me quisieron ver la cara, par de inútiles? —e interpeló a los petimetres.

Yo… yo lo dejé con Ayame hace como media hora, en serio… —dijo Hakkaku tembloroso, y Guinta afirmó con la cabeza ocultándose tras él.

Vamos, Inuyasha, tranquilízate por favor —Aome adoptó un tono tétrico tomándolo firmemente del brazo, fulminándolo con su mirada café—. Es seguro que Ayame nos dirá a donde fue Koga.

Este… pues si tú lo dices… —el semidemonio intentó aparentar ecuanimidad mientras a los jóvenes lobos se les erizó más el cabello al notar la esencia maligna de la dama.

Caminaron unos metros más y llegaron al área de cuevas habitadas por la manada lobuna, y, obviamente, la de mejor ubicación y la más grande tenía que ser la del jefe del clan. La entrada a la misma se encontraba oculta por un tipo de cortina, y del interior se escuchaban pequeños aullidos. A Inuyasha le había afectado el intenso aroma a lobo que inundaba el ambiente, por lo que sintió que le explotaría la cabeza de un momento a otro.

Inuyasha, ¿te sientes bien? —le preguntó Aome un tanto preocupada al notar su malestar.

¡Argh!... —y él no dudó en quejarse en voz alta, tapándose la nariz para evitar respirar—… tanta pestilencia me marea.

¡Eh, Ayame! —le llamó Guinta sin decidir a asomarse—, ¡Koga y tú tienen visitas!

Koga no está en casa… ¿quién lo busca? —la loba habló asomándose discretamente, llevando en brazos a un pequeño cachorro. Grande fue su sorpresa al reconocer a los que les buscaba—. ¡Oh, Aome, Inuyasha! —expresó con emoción al verlos—. ¡Regresaste después de todo!... eso me da gusto, Koga se pondrá contento al verte nuevamente —añadió saludando con una sonrisa.

¡Oh, Ayame, hola! —dijo la pelinegra igual de contenta, dedicándole una sonrisa, y, al mirar al cachorrito, no dudó en enternecer la mirada—. ¡Pero qué lindo cachorrito! —exclamó.

Pero pasen, por favor, están en su casa —les indicó la pelirroja abriendo camino.

Aome iba a entrar pero…

Eee… Ayame, Inuyasha no se siente muy bien, es tan sensible a los olores —mencionó apenándose un poco, ya que el semidemonio parecía desvanecido, estaba en el suelo y los ojos le daban vueltas.

Mmm… ya veo, no es la primera vez y por eso no nos visita de continuo —la loba sonrió divertida, ya que recordó la ocasión anterior en que el Hanyó fue a buscar a Koga a su cubil—. Oigan, Guinta, Hakkaku… consíganme de la hierba especial y me la traen enseguida —y, dirigiéndose a los subordinados, les dio las indicaciones precisas.

Sí, Ayame, como tú ordenes —respondieron al unísono los aludidos y, cuadrándose frente a ella, se fueron con paso ligero.

Bien, Aome… ¿entramos?... —la pelirroja pareció un tanto nerviosa ya que de adentro se oyeron más chillidos—… o, si quieres esperar… Discúlpame, por favor, debo atender a mis hijos.

Eee… sí, sí, vamos adentro —la morena sonrió un poco y siguió a la loba, ya que ella sola no podría levantar a su amado Hanyō.

No podría decirse que el interior de la cueva fuera un hogar verdadero para una persona, pero es un lugar adecuado para lobos salvajes ya que en el piso abundaban varios huesos, señal más que clara de la dieta de los carniceros, y la joven del futuro trató de encubrir su asco. Por cierto, miró con detenimiento a su anfitriona, la cual dejó suavemente en una especie de cuna al crío que llevaba en sus brazos, para tomar a otro pequeño y así amamantarlo. Ayame lucía más madura, pero no por ello menos linda. Ya no usaba la armadura de antaño y traía puesta una larga y sutil túnica blanca. Sus rojos cabellos los tenía atados en una cola baja, y sus verdes pupilas brillaban con ternura alimentando al pequeño lobo. Por cierto que los lobeznos todavía tenían los ojos cerrados, y físicamente se parecían bastante a Koga, mostrando rasgos sobresalientes de su ascendencia animal al ser yōkais puros… sólo uno tenía el cabello tirándole a rojo oscuro. En poco tiempo los pequeños que se encontraban en la cuna parecieron dormir, echándose uno encima del otro.

¡Al fin!... —Ayame soltó un suspiro bajo de complacencia—… Menos mal que los primeros ya van de cacería —agregó.

¿Pues cuantos hijos tienen? —preguntó Aome con curiosidad viendo al lobezno tomar su leche de forma voraz.

Con ellos son seis… los tres mayores fueron a entrenar con Koga — contestó sonriente.

Guinta se asomó al momento, hablando en entonación respetuosa.

Aquí está lo que pediste, Ayame —indicó con propiedad.

Muchas gracias, Guinta, son tan amables —respondió la loba regalándole una sonrisita—. Ahora, ¿pueden Hakkaku y tú traer a Inuyasha con cuidado?

Eee… sí —le contestó el joven lobo un tanto apenado.

Se los agradezco tanto —le dijo Aome amablemente, dedicándole una leve reverencia de agradecimiento.

Los muchachos levantaron al ojidorado lo más cuidadosamente posible, esperando que no despertara y los agrediera, y posteriormente volvieron a sus puestos de vigilancia, mientras la morena preparó el té siguiendo las indicaciones de la loba. En lo que se cocía el brebaje las dos chicas platicaron un poco de sus cosas, así Aome se enteró que los lobeznos mayores eran machos y que tenían aproximadamente unos dos años, y los pequeños eran relativamente recién nacidos.

Oye, Ayame, ¿no son muy chicos tus hijos mayores para ir de cacería ellos solos? —la muchacha preguntó con algo de preocupación.

Vamos, Aome, nosotros los Ōkami crecemos y maduramos más rápido que ustedes los humanos —le respondió muy sonriente la pelirroja después de haber acostado al último cachorro—. Además, como te dije, Koga está con ellos ya que tienen que aprender a ser independientes.

En cuanto la bebida estuvo lista, Aome despertó al ojidorado hablándole dulcemente. El pobre Hanyō conservaba los ojos cerrados y la expresión de asco no se le borraba todavía.

Anda, Inuyasha, levántate —le dijo amorosa besándolo tiernamente en la mejilla.

¡Agh, carajo, apesta regacho! —el hombre pareció sentir el beso y estuvo a punto de corresponderlo, más el aroma le hizo taparse la nariz una vez más, soltando está frase con verdadera repugnancia.

Muchas gracias por la flor, Inuyasha —Ayame no dudó en sonreír divertida pasándole el tazón de té a Aome—. He de decirte que tú también necesitas un baño ya que intoxicas el ambiente —añadió sin sonar descortés.

El ojidorado abrió los parpados y miró a la loba por un segundo, con cara de pocos amigos.

¡Keh!, puedo ver que ya te volviste como el Sarnoso idiota de tu esposo —le espetó con desagrado.

Inuyasha… mejor tómate esto y no seas grosero con Ayame, ya que ella nos ha ayudado —Aome no dudó en reprenderle, alcanzándole el tazón del brebaje.

Y en cuanto te sientas mejor puedes ir a buscar a Koga si gustas —le indicó Ayame sin borrar la sonrisa, no mostrándose ofendida por esas palabras—. Él se encuentra al norte porque llevó a los niños de cacería a un lugar no muy lejos de aquí —indicó.

¡Jah!, ¿acaso tus Sarnositos mayores ya cazan? —preguntó el semidemonio un tanto incrédulo, oliendo a su vez la bebida.

Bueno, aún son demasiado chicos para hacerlo solos pero, en un año aproximadamente, ya podrán integrarse a la manada inicial de jóvenes —le contestó la pelirroja mirándolo fijamente—. Y te recomiendo que te bebas eso ya, desconfiado —puntualizó disimulando una risita.

Pues voy a buscarlo —el peli plateado se tomó rápidamente el té y, levantándose presuroso, externó al entregarle el tazón a Aome—. Prefiero estar lejos de aquí… apesta menos.

Dile a Koga que Aome vino de visita contigo —le pidió la loba antes de que el Hanyō tomara carrera para salir.

En diez minutos localizó a Koga con sus tres retoños mayores. Ellos eran bastante parecidos al Ōkami, y en sus infantiles rostros se reflejaba esa expresión de salvaje confianza, aunque uno tiene los verdes ojos de su madre. Se podía ver que no todos los lobos crecen igual aunque sean de la misma camada, eso se notaba un poco entre el lobezno de ojos verdes, que se veía más fuerte que sus hermanos, y los de ojos azules, uno de ellos era un poco más flaquito y esmirriado que el otro. Los chiquillos traían la cabellera negra y alborotada heredada de su padre, aunque un poco más corta, pues aún son bastante pequeños. Al parecer escuchaban atentamente las explicaciones que les daba su padre.

Muy bien, chicos, ahora aspiren profundamente para detectar los olores en el ambiente —les indicó Koga a sus hijos con seriedad—. Sigan mi ejemplo —puntualizó al final.

Sí, papá —respondieron los lobeznos al unísono, mirándolo con verdadera admiración y respeto.

Aspiró olfateando en el aire, siendo imitado a la perfección por sus hijos, e inmediatamente su gesto se descompuso al percibir un olor familiar y desagradable para él…

¡Argh, apesta a Bestia! —exclamó al exhalar intempestivamente.

¡Blegh! —opinaron los niños de la misma manera, ya que también les llegó el aroma de Inuyasha.

¡Keh!, mira quien habla de olores desagradables —espetó el semidemonio acercándose con paso firme, observándolos con desagrado.

Bestia, sabía que eras tú… —Koga lo encaró lo que sus críos parpadeaban con asombro mirando fijamente al desconocido recién llegado—… ¿qué te trae por aquí, a mis tierras?

Bueno… en realidad he venido por dos cosas… —respondió el ojidorado sin cambiar el tono de antipatía—… Aome regresó y quiso saludarte, y…

¿Qué Aome regresó? ¿Hablas en serio, Bestia? —el Comandante lobuno pareció emocionado con la noticia, más no pudo ocultar un tonito burlón y algo dudoso, esperando que no fuera un engaño por parte de Inuyasha.

Por supuesto, no creerás que yo tenía ganas de ver tu horrible cara de nuevo —espetó el Hanyō un tanto irritado… o sea, no era necesario burlarse de esa manera.

¿Quién es está Bestia, papá? —uno de los lobeznos interrumpió la charla, dirigiéndose a su padre con bastante curiosidad.

Es una Bestia conocida mía —contestó el lobo sin darle mucha importancia al asunto—. Les recomiendo que me esperen por allá para continuar las lecciones en cuanto termine de hablar con él —añadió señalándoles un árbol que no estaba muy lejos de su posición, uno donde no los perdería de vista—. Y no se vayan a ir a jugar o ya verán cómo les va —puntualizó mirándolos con algo de severidad.

Descuida, papá, te prometemos portarnos bien —afirmó uno de ellos, el de ojos verdes, poniendo su mejor gesto de inocencia, siendo secundado por sus hermanos.

Eso espero —Koga volvió a sonreírles de forma paternal

Los tres se alejaron y se sentaron muy modositos en el sitio indicando. Después, el lobo dirigió su atención nuevamente hacia el semidemonio.

Y bien, Bestia, me imagino que, ahora que Aome ha regresado, sí vas a hacerla tu mujer… —dijo mirándolo de escrutadoramente—… o, ¿acaso sigues pensando en la miko muerta? —añadió de forma interrogatoria y acusadora.

¡Keh!, Kikyō fue parte de mi vida y no tengo porque darte explicaciones de eso, Sarnoso… —contestó un tanto fastidiado, más inmediatamente adquirió una seriedad inusual—… pero es pasado… Kikyō pertenece al pasado… Aome es ahora mi presente y mi futuro, y voy a vivir con ella.

Vaya, menos mal… sabes que no te perdonaría el que hicieras sufrir a Aome de nuevo, Inuyasha —observó el Ōkami en tono de gravedad—. Yo mismo acabaría contigo si te atrevieras a lastimarla —añadió tronando una garra como si nada, a manera de advertencia.

yo nunca más haré sufrir a Aome, Koga, ya que ella es lo más importante para mí, hoy y siempre. —afirmó poniéndose momentáneamente emotivo, y hasta Koga pareció algo extrañado de oírle hablar de esa forma. Más, en menos de un segundo, adoptó su expresión y tono de voz habitual—. Pero esto es algo que a ti no te concierne ya que es entre Aome y yo… la otra razón por la que estoy aquí es porque sé que tú has de estar enterado de lo que ha pasado por estos lugares, así que te exijo una explicación —agregó cruzándose de brazos.

¡Jah!, ya veo… ¿acaso tu gran hermano no te cree digno de saberlo? —el lobo sonrió disimuladamente, y le preguntó con sarcasmo.

¡Keh!, me tiene sin cuidado lo que él piense de mí… ese arrogante estúpido puede irse nuevamente al infierno y quedarse allí —rezongó enfadado el semidemonio—. Esto me interesa porque es posible que mi amigo el monje y yo tengamos que regresar… hace no muchos días estuvimos por acá.

Así que tú y tus amigos vinieron a exterminar yōkais… que interesante —Koga aparentó deslumbrarse con la historia.

Solicitaron los servicios espirituales del charlatán de Miroku… y sólo observamos perturbaciones sobre un área específica… —contestó Inuyasha con algo de tranquilidad, e inmediatamente retomó la mala cara—… y, al parecer, el altanero de Sesshōmaru tiene mucho que ver con el paso de esos yōkais de mierda… Es mejor que me digas lo que sabes, Sarnoso, ya que queremos confirmar nuestras sospechas —puntualizó agriamente.

Pues no, Bestia, no sé nada más allá de lo que tú sabes —le contestó Koga tras meditarlo un segundo—. Disturbios en los que el gran Señor Sesshōmaru no estuvo presente, pero, al parecer, sí tiene mucho que ver. No puedo decirte más que eso.

Inuyasha le dedicó al lobo una mirada escrutadora ante la mención de su hermano en tono de respeto, por lo que se sonrió un poco.

Oye, Sarnoso… ¿acaso ya te volviste el más fiel servidor del idiota de Sesshōmaru? —le dijo sin disimular el sarcasmo en su voz—. ¿Es qué piensas quitarle el puesto a Jaken, el enano verde que lame sus botas?

¡Eres una Bestia torpe! —y el ofendido Comandante no dudó en golpearlo con fuerza en la cabeza —. ¡No tienes que insultarme de esa forma!

Los lobitos no perdían de vista la escena, sin entender porque su padre cruzaba palabras con esa Bestia, y fue entonces cuando un aroma conocido los hizo ponerse de pie.

Papá… —dijo uno de ellos en tono cauteloso.

Pero no hubo necesidad de decir más, ya que los adultos también lo percibieron y se quedaron quietos mirando hacia arriba. En un claro entre las copas de los árboles descendió suavemente una alta e imponente figura, que primero miró a Inuyasha y después a Koga, con un gesto de indiferencia y sus doradas pupilas centellantes. El Ōkami se inclinó levemente de forma respetuosa, y sus hijos lo imitaron.

Sesshōmaru… —masculló entre dientes el Hanyō en tono de irritación, ya que no esperaba ver a su hermano en ese lugar.

Gran Señor Sesshōmaru… —Koga le saludó con seriedad y respeto, sin atreverse a mirarlo de frente—… ¿a qué debo el honor de su visita?

Por el momento no le contestó. Miró de reojo a su medio hermano y pareció sonreír un poco, retornando al gesto habitual de indiferencia para dirigirse al Comandante de los Ōkami.

Lobo… debes hacer lo que voy a indicarte… por tu bien y el de tus descendientes —le reveló gravemente—. Considéralo como un honor para los lobos el servirme.

Koga se enderezó y miró fijamente a Sesshōmaru, pero sin su característico gesto agresivo, únicamente un tanto serio.

Usted dirá, Gran Señor, ordene y se cumplirá como lo solicite —le contestó respetuoso… bastante respetuoso en realidad.

Tú y los tuyos deben eliminar a todas las bazofias que osaron entrar en mis dominios… —el Inugami hizo su petición en tono sereno y pacífico, para después agregar con algo de malestar disimulado—… y a cualquiera que ose intervenir en tu trabajo —especificó mirando una vez más de soslayo a Inuyasha, sólo por una fracción de segundo.

¡Keh!, me tienen sin cuidado tus amenazas, c#$%&… si tengo que volver a estos lugares aquí estaré —claro que el aludido se dio por aludido ante esa mirada. Posteriormente le preguntó con algo de ironía, tratando de sacarle la verdad de los hechos, ya que no era usual en el comportamiento de Sesshōmaru el permitir una falta de respeto sin castigo de por medio—. Aunque… ¿por qué no te dedicas personalmente a acabar con ellos, eh? Ese tipo de basuras no son problema para ti.

¡Mph!, no tengo que perder mi tiempo en escorias como esas… y como tú… —éste respondió pausadamente sin mirarlo de frente, mostrando un tono altanero en su voz. Volvió la vista a Koga una vez más—. Bien, lobo, cumple con mi mandato a menos que quieras sentir la verdadera furia en su contra —puntualizó con suavidad amenazante.

Cuente con ello, Gran Señor —el Ōkami entendió a la perfección la petición, dedicándole una nueva reverencia al dueño de la región.

Sesshōmaru dio por terminada la conversación y la visita al elevarse lentamente con su habitual elegancia. Antes de que el Daiyōkai tomara velocidad, el Hanyō no pudo guardarse un comentario.

¡Keh!, aunque tú no quieras, Sesshōmaru imbécil, si es necesario que regrese regresaré para acabar con las inmundicias que tú dejaste entrar —espetó en voz alta contemplándolo con desprecio.

Que idiota eres, Inuyasha… —el gran demonio blanco clavó sus doradas y frías pupilas en él, y éstas parecieron fulgurar en color rojo, el tono de sus ojos de demonio—… sólo déjame advertirte que, si pretendes regresar a mis dominios y meterte en mis asuntos, la mujer que regresó de tan lejos por ti va a sufrir de soledad, y no creo de verdad que quieras dejarla sola —recalcó tronando una garra.

La mirada del semidemonio reflejaba la gran furia que sentía, más no se atrevió a refutarle nuevamente a su hermano. Antes que arriesgarse a algo protegería a Aome, aunque eso significara no apoyar a Miroku, pero sabía que el Hoshi lo entendería, pues por amor hay que ser valientes o prudentes según sea el caso. El Daiyōkai sonrió nuevamente en forma breve, como si pudiera leer los pensamientos de su hermano menor, y se alejó con velocidad después de atravesar las copas de los árboles.

Nota: corto este capítulo pues me quedó muy largo en realidad, así que no pierdan la siguiente parte, con algunas peripecias divertidas para antes de la boda entre Inuyasha y Kagome. Gracias por su paciencia y un saludo a todos.