Capítulo 24 parte dos.

En cuanto Sesshōmaru se perdió de vista, Inuyasha decidió retirarse, y en su gesto se dibujaba la irritación al sentirse menospreciado por las palabras de su hermano.

¡Keh!, mejor me voy, Sarnoso, no soporto este maldito lugar —dijo en voz alta antes de volverse sobre sus pasos—. Por cierto que tu mujer me dijo vayas a saludar a Aome en cuanto termines con todo —recordó con algo de amabilidad.

¡Jah!, vamos, Bestia, ¿no me digas que de verdad piensas soportar mi olor esperando a que retorne al cubil? —el lobo le preguntó con algo de sarcasmo, aguantando las ganas de reírse en su cara—. Te conviene quedarte un momento, yo sé lo que te digo —añadió más que divertido.

Prefiero estar allá con Aome que ver tu carota… —rezongó el semidemonio sin animarse realmente a caminar.

Pues no te creo… —el Comandante pareció divertirse más con eso—… Me apuesto lo que sea a que tuvieron que darte otra vez la bebida para levantarte.

Inuyasha lo fulminó con una de sus típicas miradas de furia, pero sin causarle a Koga el más mínimo temor, ya que ambos se conocían bastante bien. Obvio que, si una mirada similar apareciera en el fino rostro del Gran Señor Sesshōmaru, las cosas fueran diferentes.

Muy bien, Sarnoso… tú ganas —le espetó cruzándose de brazos, quedándose en su lugar—. Pero más vale que te apures ya que no tengo toda la tarde para soportarte.

Descuida Bestia, esto será rápido —respondió con una sonrisita traviesa y posteriormente se dirigió a sus hijos, hablándoles con algo de amabilidad, pero sin dejar de sonar firme—. Muchachos, vengan acá… le enseñarán a esta Bestia de lo que son capaces —añadió con bastante confianza.

¿Vamos a cazar, papá? —los lobeznos se acercaron emocionados, y uno de ellos, el de las pupilas verdes, quien aparentaba ser el mayor de la camada, le preguntó con curiosidad.

En parte, Yuuji… —le dijo el Ōkami sin perder la calma—. Conduciré a una presa muy cerca de aquí, así que empleen bien el olfato y asegúrense de rematarla para llevar la comida de hoy. ¿Les quedó claro, Akihisa y Kouta? —y miró a los otros dos pequeños con algo de severidad paterna.

¡Sí, papá! —los chiquillos le contestaron al unísono, plantándose en pose de firmes.

Bien —al segundo volvió la vista al ojidorado, mirándolo con su habitual gesto de salvaje confianza—. Te recomiendo que no vayas a moverte, Bestia, o arruinarás todo… y eso no te lo disculparía.

¡Keh!, no ch#$%& Sarnoso y ocúpate de tus asuntos —contestó el aludido con su tono grosero, alejándose a una distancia prudente y dejándose caer sentado sobre una roca sobresaliente, en un ángulo justo para no perder las acciones.

El joven Comandante se retiró, adentrándose en el bosque, y los pequeños lobos tomaron sus posiciones, ocultos entre el follaje de algunos arbustos cercanos para disimular su olor contra el viento. Era obvio que el Ōkami se esmeraba en hacer de sus hijos yōkai habilidosos y buenos cazadores… es parte de su naturaleza salvaje y sus instintos de fiera.

El Hanyō parpadeó un tanto sorprendido por la precisión de los movimientos de las pequeñas criaturas. En algún momento de su vida él también había dependido de esos instintos y habilidades para sobrevivir en el mundo hostil que no lo reconocía como integrante de ningún lado: ni es humano, ni es yōkai… es una mezcla de los dos, y eso no era muy bien visto. En ese momento aguantó un poco la respiración para no delatar su presencia, ya que quería ver que tan bien entrenados estaban los pequeños Sarnosos.

En aproximadamente diez minutos apareció un enorme jabalí malherido, corriendo desesperadamente al sentir los pasos del lobo tras él, y ni cuenta se había dado de que era una trampa. Súbitamente uno de los lobeznos brincó a su cuello, mordiéndolo con violencia hasta casi desgarrar la piel. Los otros dos brincaron en su lomo actuando de la misma manera. Aun así no derribaron al jabalí, que se sacudía con brusquedad tratando de librarse del agarre de los pequeños lobos. Ellos no cedieron y el mayor, el que se había lanzado al grueso cuello, hizo un giro rápido para tratar de cortar la yugular… sin mucho éxito al caer a un lado, llevando en el hocico un buen trozo de carne y dejando otro pedazo colgando. Sus hermanos lo miraron sin soltar a la presa, un poco asustados al verlo en el suelo. El jabalí pareció querer abalanzarse sobre el lobezno, aunque del cuello le brotaba sangre en abundancia. El chiquillo había fallado por muy poco. Afortunadamente el padre llegó a tiempo para rematarlo de un zarpazo dado en el sitio exacto que el hijo mayor no pudo cortar. El pesado animal cayó agonizante, los otros pequeños no lo soltaron hasta que dejó de moverse. El lobezno mayor se levantó apenado, con el hocico llenó de tierra y sangre, llevando en su pequeña garra el pedazo de carne que casi se traga.

Lo siento mucho, papá —dijo con algo de pesar sin mirar directamente a su progenitor, entendiendo que se merecía un castigo por fallar de esa forma—, casi se escapa por mi culpa.

Descuida, Yuuji… —le contestó su padre en tono paternal acariciándole la cabeza, manchándole el alborotado y negro cabello con sangre—. Akihisa, Kouta, todos hicieron un buen trabajo… ahora hay que llevarle esto a su madre —añadió mirando a los otros con orgullo.

Me sorprendes, Sarnoso, quien te viera —le dijo Inuyasha en cuanto Koga y sus pequeños se acercaron a su posición llevando el jabalí a rastras, todos ellos impregnados de la sangre de su víctima.

¡Bah!, hasta tú lo harías si no fueras tan bestia —el nombrado minimizó el asunto lamiendo un poco su garra, saboreando la sangre fresca—. Nosotros tenemos que luchar para comer… y a ti te preparan la comida —añadió con desfachatez.

¡Keh!, ¿te estás burlando de mí? —el ojidorado lo miró enojado, espetándole al momento de levantarse de la roca.

Tómalo como quieras, Bestia —el Ōkami no pudo ocultar una sonrisa burlona, disfrutando el hacer enojar al semidemonio—. Vives entre humanos y debes de comportarte como humano… aunque a veces te sale lo animal.

¿Qué insinúas, Sarnoso?... —el Hanyō preguntó con molestia, torciendo de más el gesto—… ¿qué no podría sobrevivir fuera de la aldea?

Yo no dije eso… —el lobo lo miró divertido—. Mejor camina ya, Inuyasha, que Aome te está esperando —puntualizó al final retomando a andar.

Todos caminaron casi juntos por el sendero que conducía de vuelta a las cuevas habitadas por los lobos, aunque Inuyasha trató de mantener una distancia prudente, ya que el olor de los carniceros se hizo un tanto más desagradable al mezclarse con el olor de la sangre del jabalí.

Oye, papá… —dijo uno de los chicuelos de azules pupilas, mirando sin disimulo al peli plateado—… todavía no conocemos quién es la Bestia.

El aludido Hanyō miró al lobezno de forma un tanto intimidante para un lobo joven e inexperto, echando chispas por sus dorados pupilas, a lo que el pequeño optó por cerrar la boca un tanto atemorizado.

Sarnoso idiota, haz malcriado a tus hijos —se dirigió en tono de reproche al Comandante lobuno.

Por favor, Bestia, ¿crees que mis hijos no saben distinguir el olor de un animal como tú? —el nombrado lo cuestionó un tanto dramático—. No me insultes…

¡Jah!, ahora resulta que eres experto en olores —le contestó el semidemonio con ironía—. Te apuesto lo que quieras a que no podrías derrotarme en eso —puntualizó con arrogancia.

No requiero hacer eso, Bestia, ya que tengo lo que necesito para sobrevivir aunque lo dudes —el Ōkami afirmó muy orgulloso de sí mismo, sin aceptar el reto. Al parecer, la paternidad lo había vuelto más cauto, porque, en otro tiempo, no dudaría en enfrentarse al Hanyō.

Papá… ¿cómo se llama la Bestia? —preguntó el otro lobito de ojos azules, que tenía la voz un poco más aguda que sus hermanos, envalentonado por el tono despreocupado con que el autor de sus días se dirigía a Inuyasha—. Se parece un poco al Gran Señor Sesshōmaru.

Eso no es cierto, Akihisa —opinó el tercero en tono de reproche hacia su hermanito, el de verdes pupilas—. El Gran Señor Sesshōmaru es un Daiyōkai muy fuerte… éste no es más que una simple Bestia, ¿verdad, papá? —y se dirigió a su padre con respeto y veneración.

¡Jah!, pues para que lo sepan, Sarnositos malcriados, ese altanero de Sesshōmaru, al que ustedes llaman "Gran Señor", es mi hermano mayor… medio hermano —les respondió el ojidorado de mala manera, ofendido por sus comentarios—. Y, aunque si soy un Hanyō, soy más fuerte que su padre.

Los pequeños parpadearon con un poco de asombro y, al momento, dirigieron la mirada hacia su progenitor, el cual fulminó a Inuyasha con sus azules pupilas.

Ejem… —Koga carraspeó tratando de disimular su enojo—… exceptuando lo último que dijo, todo es cierto —les explicó a sus hijos en entonación calmada—. ¿Recuerdan lo que les conté sobre un engendro malnacido que utilizó la Shikon no Tama para…?

¿Ese tal Naraku? —le interrumpió el mayorcito queriendo dárselas de conocedor del tema—. ¿Y qué tiene que ver la Bestia ésta con eso? —volviendo a cuestionar con interés.

Bien, él fue quien acabó al final con ese engendro, Yuuji, auxiliado por el Gran Señor Sesshōmaru —le dijo el lobo sin perder la paciencia—. Y por eso es que nos conocemos, ya que fue de gran ayuda en vengar a nuestros camaradas asesinados por Naraku… su nombre es Inuyasha.

¡Aaahhh! —exclamaron los lobeznos volviendo a mirar al peli plateado con los ojos abiertos como platos.

Así que ya lo saben, Sarnositos igualados, váyanme tratando con el respeto que me merezco —agregó el ojidorado como saldando la cuestión, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Mejor apurémonos con esto, chicos —evitando soltar una carcajada, Koga les habló a sus hijos en tono cordial y amable, como cualquier padre le hablaría a sus niños—, y adelántense para que vean a su madre.

¡Sí, papá! —exclamaron los dos pequeños de ojos azules, y emprendieron a correr por delante.

Yuuji, hermano, ¿no vienes? —antes de avanzar más de 10 ms., el más pequeño se dirigió al mayor, el de ojos esmeralda.

No, Akihisa, yo voy con papá —le contestó el aludido empleando un tono de seriedad, queriendo hacer notoria su madurez por sobre sus hermanitos.

Después de caminar un trecho más llegaron a la cueva del Ōkami y, ante el olor, Inuyasha volvió a sentirse mareado, por lo que tuvo que tomar otro poco del brebaje de hierbas. Koga saludó a Aome muy efusivamente, dándole un fuerte abrazo sin el cuidado de no mancharle la ropa con la sangre que se le había impregnado en las garras, preguntándole que tal había estado en esos años sin la Bestia idiota a su lado. La joven se apartó delicadamente más correspondió al saludo con toda su educación, ya que le daba tanto gusto el ver a los lobos felizmente casados y con una familia en crecimiento. Por cierto que, de haber podido responder al comentario insultativo, el Hanyō hubiera contestado con un puñado de golpes a la cara del lobo Sarnoso, pero sentía su estómago revuelto. Claro que a su favor Ayame reprendió firmemente a su marido, recordándole la presencia de sus hijos y la buena educación que debía inculcarles. Los lobitos se presentaron respetuosamente a la joven pelinegra, la cual terminó de ensuciarse al abrazarlos cariñosamente y decirles que eran tan guapos como su padre; y esas palabras dichas tan dulcemente hincharon de más el orgullo del Comandante lobuno, que no pudo evitar sonreírle descaradamente al ojidorado.

¿Oíste eso, Bestia? Aome dice que soy un tipo apuesto —dijo con altanería dándole un nuevo abrazo a la muchacha, la cual enrojeció de la pena.

Koga, estás ensuciando a Aome —y Ayame no dejó de llamarle la atención, lanzándole una fulminante mirada de sus verdes ojos, a lo que el lobo obedeció sin chistar y sin decir nada que fuera a comprometerlo delante de sus cachorros.

Y en cuanto correspondía al semidemonio… "Ya me las pagarás Sarnoso, en cuanto vuelva por aquí" se dijo internamente aguantándose las ganas de vomitar.

Un poco más tarde, después de confirmarle a la pareja de lobos sobre su relación y las intenciones de casarse, aunque en realidad fue Aome la que soltó "la sopa" prometiéndoles enviar la invitación en cuanto tuvieran fecha, se marcharon de ahí, desistiendo a su vez de la proposición de quedarse a comer, pues no creían que los lobos llegaran a cocinar el jabalí. Además, a pesar del té preparado, al Hanyō le dolía terriblemente la cabeza ante la repugnante pestilencia lobuna mezclada con sangre… demasiado para su fino y sensible olfato.

¡Pero qué simpáticos y educados son los hijos de Koga y Ayame! —había dicho Aome en cuanto salieron de la zona.

¿Educados? —observó Inuyasha con molestia, recuperándose del mareo—. ¡Esos p#$% Sarnositos me faltaron al respeto como su Sarnoso padre!

Oye… no deberías quejarte ya que tú también sigues siendo igual de grosero con Koga —le reprochó la muchacha mirándolo con disgusto.

¡Keh!, pues él no se ha ganado mi respeto, y tampoco lo tendría aunque me diera alabanzas —dijo el semidemonio sin ocultar su irritación, cruzándose de brazos… o sea, ¿de parte de quién estaba su amada?

Bueno… tú tampoco te has ganado el suyo —observó ella un poco seria.

¡Jah!, ahora resulta… ¿por qué mierda lo defiendes tanto, eh? —espetó mirándola de fea manera, sintiéndose ofendido.

Aome suspiró comprendiendo el malestar de su amado Hanyō, pero sin entenderlo del todo, considerando que él estaba siendo muy injusto con el Ōkami. Fueron tantas las veces en que Inuyasha había visto "moros con tranchete" tratándose de Koga, cuando en realidad la joven no le había brindado ni una esperanza al lobo, y mucho menos desde que conocieron a Ayame y su compromiso. ¿Es que acaso eso era muy difícil de entender?

No lo defiendo… —le dijo en tono comprensivo, mirándolo dulcemente—… sólo opino que, en todos estos años que no he estado aquí, ustedes no han cambiado nada.

¡Keh!, yo no tengo porque cambiar con el Sarnoso —el semidemonio contestó a la defensiva.

La chica volvió a suspirar en forma de derrota. OK., pensándolo bien esos dos se habían hecho amigos de ese modo aunque ambos lo negaran, y verse de vez en cuando no era tan malo.

Muy bien, Inuyasha, como tú digas —agregó dándole un tierno beso en la mejilla a manera de saldar la charla, volviendo a sonreír grandemente—. Mejor vamos a bañarnos ya que tengo mucho calor… y también debo lavar esta ropa sucia —añadió.

Esteee… —él tartamudeó enrojeciendo brevemente ante el cariñito, pasándose disimuladamente un trago de fluido bucal—. Creo que… cerca de aquí hay un arroyo… ahí nos lavaremos.

Una hora más tarde ya se encontraban en el arroyo, disfrutando la frescura del agua en un buen baño al tiempo que lavaban las prendas manchadas… Aome lucía su traje de baño e Inuyasha no se había quitado los pantalones. La joven hasta se animó a lavarle con un poco de shampoo el plateado cabello al muchacho, quien no se hizo mucho del rogar ya que la había mojado en exceso a modo de travesura. Al atardecer Aome preparó la sopa instantánea y algunas otras de las viandas enlatadas para que ambos comieran mientras la ropa terminaba de secarse al sol. Después de comer se recostaron al césped bajo la sombra de un árbol cercano, abrazados.

Oye, Inuyasha, ¿qué crees que dirán el monje Miroku y Sango? —le preguntó Aome con curiosidad, jugando con un mechón de sus cabellos plateados.

¡Jah!, ¿y qué más puede decir ese par? —él opinó seriamente teniéndola rodeada con sus brazos, para posteriormente soltar un imperceptible bufido de contrariedad—. El que va a estar de molón es el enano de Shippou, y ni como cerrarle la bocota.

Vamos, Inuyasha, Shippou sólo es un niño pequeño —y ella lo miró con algo de severidad ante esas palabras tan impropias.

¡Keh!, ese abusivo ya no es ningún niño —observó el Hanyō sin cambiar de posición, mascullando su desacuerdo—. Tal vez hace tres años podía usar eso de pretexto… pero el tiempo ha pasado y también ha crecido, así que es casi seguro de que piense otras cosas que no son propias de mocosos.

¿A sí?... ¿Y cómo qué tipo de cosas? —la joven se apartó un poco de él, mirándolo con suspicacia.

¡Keh!, y yo que sé —respondió el semidemonio un tanto incómodo al verse obligado a soltarla, mirándola a su vez—. Supongo has de recordar que era un coquetón con las niñas humanas que conocimos buscando los fragmentos de la Shikon no Tama… era tan cursi como el idiota de Miroku, y creo que ahora le gusta la pequeña Lin… — expresó, no muy convencido de su argumento.

Mmm… es verdad, Shippou era muy amable con las niñas, pero no creo que sea peor que el monje Miroku —Aome pareció meditar un momento en ello, y después, retornando a sonreír con amabilidad, volvió a abrazarlo apoyándose en su pecho—. Seguramente si le gusta Lin, pero no lo imagino faltándole al respeto ya que ella aún es muy niña.

¡Jah!, y es seguro que Sesshōmaru lo asesinaría si se atreviera a hacerle daño —murmuró el ojidorado un poco divertido, correspondiendo el abrazo.

No hay que pensar en cosas tétricas, Inuyasha… —dijo la morena hablando con ecuanimidad—… Shippou tampoco ha llegado a la madurez y, al parecer, a Lin le gusta Kohaku, el hermano de Sango —añadió convencida, ya que ella sabía cuál era el futuro para esos dos jovencitos.

¿El… el hermano de… Kohaku? —el ojidorado se mostró algo sorprendido, ya que él no había notado nada inusual en el comportamiento de los muchachitos. Si bien era cierto que ambos habían convivido tal vez uno o dos meses juntos al lado de Sesshōmaru, eso no podía decirse un tiempo suficiente para enamorarse, aunado a que el joven exterminador no se pasaba mucho tiempo en la aldea—. ¿Por qué estás tan segura de eso? —le preguntó dudoso.

Por algo soy mujer… —observó la muchacha sonriendo más abiertamente—… sin embargo no es tiempo de armar conjeturas ya que los tres son todavía unos chiquillos para pensar en esas cosas —puntualizó un tanto apenada por llevar la conversación a esos extremos.

Bueno, el hermano de Sango y la niña son humanos y no desarrollan muy rápido… pero el enano abusivo es un yōkai kitsune, así que ya debe haber madurado, o por lo menos le ha de faltar poco tiempo para llegar a una edad reproduc… —el peli plateado habló un tanto pensativo, como sopesando lo que podría ocurrir en un triángulo amoroso.

Inuyasha, no seas malpensado… yo no creo que Shippou quiera pasarse de listo y abusar de su condición sobrenatural —la joven le interrumpió un poco desesperada… ¿de cuándo acá su amado Hanyō tenía esos pensamientos subidos de tono?—. Además, nosotros no se lo permitiríamos —agregó mirándolo fijamente una vez más.

Este… sí, claro —afirmó el ojidorado sintiéndose un poco tonto por pensar en cosas impropias. A final de cuentas, lo prioritario eran sus asuntos personales—. Shippou va a estar de insoportable en cuanto les comuniquemos nuestras intenciones de casarnos —bufó a modo de volver al tema que les ocupaba.

Tal vez tengas razón… Por cierto, Inuyasha… —Aome se enderezó otra vez, aunque en esta ocasión no se soltó de los brazos del semidemonio, y lo miró con ternura—… me gustaría ir nuevamente al futuro para darle la buena noticia a mi familia… claro, sí es que se puede —mostrándose al instante algo apenada por su descabellada petición.

Eee… pues… —él tartamudeó sin dejar de verla, asombrado por su petición… se le hacía tan absurdo "volver" al futuro únicamente para comunicarles a todos que en el pasado se casaron como lo mandan las leyes. ¿Acaso podrían cometer semejante temeridad por enésima ocasión?—… Aome, ¿de verdad lo crees… necesario? —le preguntó dudoso.

A mí me gustaría mucho volver una vez más si es que el pozo funciona… así mi mamá y mi abuelo estarían más tranquilos de saber que tú y yo vivimos bien —afirmó ella con seguridad, mirándolo nuevamente de forma suplicante.

El joven Hanyō tenía dibujado en el rostro un gesto de incredulidad, más prefirió no contrariarla y concederle su capricho. Si como él creía, el pozo no funcionaba más, no habría ninguna forma de marchar hacia atrás y regresar a ese futuro que ya había sido abandonado.

Bueno, si el pozo funciona volveremos —le dijo cambiando la expresión a una un poco más confiada y tranquila.

¡Oh, Inuyasha, muchas gracias! —los ojos de Aome brillaron de felicidad y le dio un fugaz beso en la mejilla—. ¡Me haces muy feliz!

¡Jah!, ¿y qué sólo merezco un beso así de pequeño? —Inuyasha puso una cara de picardía haciéndose el ofendido—. Creo que merezco algo más por complacerte en lo que quieres.

Bueno… sí mereces algo más —la morena enrojeció levemente ante esa petición, y presurosa le plantó un beso más profundo y largo. El muchacho correspondió el beso apasionado apartándola en cuanto sintió que podía cometer una locura, levantándose y levantándola con él para continuar su camino.

Esa noche la pasaron en una pequeña población ubicada a orillas del camino y así descansar para el siguiente día, partiendo con rumbo a su aldea a primera hora de la mañana, arribando a ella pasado el mediodía. Antes de otra cosa se dirigieron a ver a Sango, dado que era muy posible siguiera sola ya que Miroku fue a cuidar a su mentor, el anciano Mushin, por diez días. Posteriormente, en cuanto le fuera posible desocuparse, el joven Hoshi debía regresar a la región Oeste para comprobar el estado de las cosas y… bueno, cobrar por los servicios pendientes. Así que llegaron y encontraron a la joven castaña bañando a Miatsu, su pequeño hijo, porque el calor estaba a todo lo alto.

¡Sango, Sango! —Aome le llamó a voces en cuanto se acercaron a donde ella se encontraba, sonriéndole grandemente.

¡Inuyasha, Aome, me da tanto gusto verlos! —ella correspondió amablemente el saludo terminando de tallar la espaldita del bebé con delicadeza—. ¿Cómo les fue? —les preguntó con curiosidad mirándolos con suspicacia.

Bien —le contestó Inuyasha tan parco como es su costumbre, evitando verla de frente porque no quería ser cuestionado.

¿Y las niñas? —le preguntó la morena extrañando a las chiquillas.

Están durmiendo la siesta después de comer… con este calor les da mucho sueño —respondió la joven madre envolviendo al pequeño en una toalla, habiendo finalizado la hora del baño.

¡Oh, Sango, Ayame y Koga tienen unos hijos preciosos, y son seis! —Aome exclamó emocionada en extremo, retomando la pregunta de su amiga—. ¡Deberías conocerlos! —puntualizó.

Bueno, eso está muy bien tratándose de lobos… —opinó la exterminadora muy sonriente abrazando a su hijo—. Permítanme un minuto, por favor, tengo que vestir a Miatsu para hacerlo dormir, y también ver a las niñas. Siéntanse como en su casa, procuraré no tardar —añadió retirándose al interior de su vivienda.

Ambos recién llegados se dejaron caer sentados en la banca a las afueras de la casita. Estuvieron un rato callados, disfrutando el soplo de la tenue brisa de principios de la tarde. Aome le tomó una mano a Inuyasha, mirándolo cariñosamente.

Inuyasha, ¿se lo decimos juntos? —le dijo en entonación dulce.

Eto… —el ojidorado enrojeció momentáneamente al sentir la suavidad y el calor de esa pequeña mano en la suya—… ¿no podemos esperar hasta que… hasta que regrese el idiota de Miroku? —dijo en un hilo de voz, tratando de no atragantarse con su fluido bucal.

¿Quince días? —la doncella abrió los ojitos sorprendida, pues no se esperaba esas palabras—. ¿Acaso tiene algo de malo decírselo ahora a Sango?

Es que no quiero repetirlo dos veces —el semidemonio contestó abochornado, simulando el fastidio de su voz.

Vamos, Inuyasha, me parece que Sango y el monje Miroku han estado esperando por esta noticia desde que regresé del futuro… —la morena se puso bastante seria —… y por cierto, también invitaremos a toda la aldea cuando nos casemos —adicionó.

¿¡Qué!? —Inuyasha le soltó la mano como si le quemara de repente, siendo ahora él el sorprendido por lo que ella acababa de decir—. ¿Por qué mierda tendríamos que hacer eso? —le cuestionó ya sin ocultar su desagrado.

Oye, si voy a ser la sacerdotisa de la aldea debo de ganarme la confianza de los aldeanos y conocerlos como ellos a mí —le dijo Aome algo ofendida por su actitud—. Imagino que Kikyō hubiera hecho algo similar… —agregó con toda la seguridad del mundo.

¡Keh!, eso era diferente ya que Kikyō si fue una buena sacerdotisa —el mitad demonio no midió el alcance de su dicho, espetándole con brusquedad.

¡Osuwari, Osuwari, Osuwari, Osuwariiiiiiii! ¡Eres un tonto! —por obvias que recibió su castigo, ya que tal comparación no podía quedar impune.

Justo en ese momento Sango salió con sus hijas, ya que escuchó parte de la discusión. La castaña hizo gesto resignado al ver a su amigo estampado en el suelo y con la boca llena de tierra, y las niñas parpadearon de asombro, e inmediatamente rieron muy divertidas de la cara del Hanyō.

Ay, Inuyasha, tú no aprendes… —murmuró en tono contrariado soltando un suspiro.

¡"Perrito" malo, "Perrito" malo! —dijeron las mellizas al unísono abalanzándose sobre él y, tomándole de las orejas, lo jalonearon de forma "cariñosa".

¡Agh, auxilio! —se quejó un tanto asustado sin poder levantarse— ¡Aome, Sango, tengan piedad de mí! —y miró a ambas con ojos de súplica.

La morena le volteó la cara muy enojada, pues no lo disculparía con facilidad. La exterminadora volvió a suspirar.

Kikyō, Ahome… —y les habló a sus gemelas mirándolas fijamente—… ya dejen en paz a tío Inuyasha y vayan a recoger sus muñecas ahora, o no las dejaré ir a jugar con Lin —les indicó en tono severo.

Lo sentimos, mami —la pequeña Kikyō soltó apresuradamente la oreja de su "víctima" y miró a su madre con carita avergonzada, acariciándole la cabeza al semidemonio a modo de disculpa.

Perdón "Perrito" —y Ahome no dudó en imitar a su hermana, sobándole el apéndice auditivo correspondiente.

Ambas besaron al mismo tiempo las mejillas del Hanyō y posteriormente se retiraron corriendo hacia el jardín posterior de la casa, lo más rápido que sus kimonos y sus pequeñas piernas podían llevarlas, dispuestas a obedecer a su progenitora. Sango sonrió con ternura mirándolas alejarse.

¡Esas son mis niñas!... si Miroku las viera ahora —externó con alegría y un poco de melancolía a su vez, ya que extrañaba mucho a su marido cuando se iba por varios días.

Por cierto que Inuyasha no se había levantado y le dirigía a Aome unos ojos de borrego tierno, ya que la joven del futuro siguió ignorándolo y concentró sus vista en las pequeñas mellizas, confirmando sin palabras que pensaba lo mismo que su amiga. Las doradas pupilas del semidemonio expedían un brillo de ternura que la exterminadora soltó una risita muy baja en cuanto recordó que su amigo se encontraba también ahí, y en una posición no muy agraciada, con lo que consiguió que la morena volviera la vista y se apenara excesivamente al notarlo.

¡Ay, Inuyasha, pero qué lindo eres! —la castaña trató de sonar discreta, mirando fijamente al Hanyō—. ¿Qué hiciste está vez para que Aome te mandara al suelo? —le preguntó con curiosidad evitando volver a reír.

¡Jah!... te crees muy graciosa, Sango, pero para payasos el tonto de tu marido —por supuesto que el ojidorado no iba a delatarse tan fácilmente, así que le lanzó a su amiga una mirada de enfado.

Oye, no vayas a gritar o despertarás a Miatsu —la muchacha no se achicopaló ante esa mirada y le hizo la observación puntual sin borrar la cara alegre—. Por cierto… ¿por qué no te levantas ya?... —volvió a cuestionarle con picardía y al segundo cruzó la vista con su amiga, guiñándole discretamente un ojo—… Creo que Aome ya no está enojada, ¿verdad que sí? —dirigiéndole la pregunta con fingida inocencia.

Este… pues yo… sí… no, es decir… no —el tartamudeo de la pelinegra no se hizo esperar, mostrándose abochornada por su agresivo comportamiento de minutos atrás—. De verdad lo siento mucho, Inuyasha… —y se le acercó para ayudarle a levantarse.

No, tú tienes razón, Aome, creo que hablé sin razón… —le dijo él levantándose presuroso para tomarle de las manos—… ¿podrías perdonarme? —añadió empleando un tono muy suave… inusual para alguien como él.

¡Pero qué ternurita de hombre! —Sango interrumpió el momento romántico mirando a sus amigos con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Ya me van a contar o lo adivino sola? —preguntó.

Estee… —Inuyasha enrojeció como tomate y soltó instintivamente las manos de Aome para desviar la vista y cruzarse de brazos, haciéndose el disimulado—… no sé de qué diablos hablas, Sango.

Mmm… —la mirada de la castaña se hizo suspicaz, posando sus manos en sus redondas y anchas caderas—… y bien, Aome, ¿tú también me lo vas a negar?

La aludida estaba igual de colorada que su amor, un tanto indecisa… ¡pero por supuesto que se lo contaría a su amiga del alma, faltaba más! Era lo que había esperado por tres largos años, y se lo gritaría al mundo si se lo preguntaban.

Pues… —más, antes de decidirse a hablar, trató de sonar convincente y no comentar algo que pudiera herir la susceptibilidad de su adorado semidemonio—. ¡Oh, Sango, es maravilloso, Inuyasha me ha pedido matrimonio! —más al final no pudo contener su emoción y le dio un efusivo abrazo a su amiga—. ¿Verdad que es genial? —le preguntó al final.

¡Pero por supuesto que sí! —la castaña le correspondió el gesto con la misma emoción, saltando ambas juntas y abrazadas—. ¡Miroku, Shippou y todos los demás también se pondrán muy contentos!

¡Sí, será algo grandioso! —repitió la joven morena soltando unas lagrimitas de felicidad—. ¡Invitaremos a todos los de la aldea, a nuestros amigos y conocidos de todos lados, a Koga, a Sesshōmaru…!

El pobre Hanyō había dado un brinco de lado ante el emocionado griterío de las amigas, asustado por el alboroto, más, ante lo último, decidió imponerse, ya que no podía permitir un acto de esa naturaleza en su boda.

¡Un momento, Aome, un momento!... —soltó como si fuera un ladrido rabioso, y las dos amigas lo miraron con algo de estupefacción—… te paso que quieras invitar a todos en la aldea y hasta a algunos colados más, pero no voy a aceptar al Sarnoso de Koga y mucho menos al pedante de Sesshōmaru… tuve bastante de su inmunda presencia ayer y no pienso soportarlos nuevamente juntos.

Inuyasha… es nuestro casamiento… —Aome lo miró con algo de tristeza, ya que ella apreciaba al lobo e incluso al gran demonio blanco podía tenerle admiración, ya que dejó de lado su orgullo y odio hacia los humanos por el bienestar de una niña huérfana que confió en él—… un día tan especial para compartir la felicidad con nuestros seres queridos…

¡Jah!, tú lo has dicho… "seres queridos" —el joven volvió a interrumpirla mirándola muy fijamente con la irritación reflejada en sus ambarinas pupilas—… y ni el lobo Sarnoso ni el engreído ese son "queridos" para mí.

Pero… pero, Inuyasha, aunque tú no quieras Sesshōmaru es tu hermano mayor… —la expresión de Aome cambió a una de molestia y exasperación… ese peleonero nunca iba a cambiar —… y Koga es nuestro…

Sango decidió intervenir en la conversación de sus imprudentes amigos, simulando un gesto de contrariedad ya que no quería ver el desenlace del pleito.

Oigan, chicos, ¿gustan que les prepare un poco de té? —les dijo sonriendo como tonta… la típica expresión anime para representar su bochorno ante una situación—. Por favor tomen asiento, en seguida regreso —añadió sin esperar respuesta, retirándose una vez más al interior de su vivienda.

La pareja se dejó caer una vez más en el asiento de la entrada, ya sin decirse nada, pero Inuyasha refunfuñaba su contrariedad y molestia en voz muy baja… OK., le consentiría a Aome regresar al futuro, si es que se podía, sin rezongarle tanto, pero eso de convidar a ese par de odiosos al casorio… primero muerto, no estaba loco. Y Aome se quebraba la cabeza buscando la manera apropiada de convencer a su amado, ya que no era su intención imponérselo por las malas. Soltando un suspiro se animó a hablar.

Oye, Inuyasha, no quiero que… —le empezaba a decir cuando una pequeña de negros cabellos se presentó ante ellos.

¡Hola, señorita Aome, señor Inuyasha, me da tanto gusto verlos otra vez después de todos estos días! —Lin les saludó con una amplia sonrisa, dedicándoles una reverencia respetuosa.

¡Hola, Lin, y a mí me agrada verte contenta! —la joven morena correspondió al saludo, sonriéndole grandemente.

Y díganme una cosa, señorita Aome, ¿cómo les fue con los lobos? —la niña preguntó con curiosidad—. El Señor Sesshōmaru dice que ellos son algo corrientes y que apestan —añadió con convencimiento, ya que todo lo que el gran demonio blanco le dijera estaba bien.

Nos fue muy bien, Lin, ya que nuestros amigos los lobos tienen una gran familia —Aome no borró la sonrisa, aunque le brotó una imperceptible gota anime en lo alto de la cabeza… había cosas en las que el Daiyōkai no cambiaría—. Son seis lindos cachorros, deberías conocerlos también —puntualizó con amabilidad.

Eso suena bien… entonces le pediré al Señor Sesshōmaru que me lleve a verlos la próxima vez que vayamos a pasear —manifestó la chiquilla un poco emocionada.

A todo esto el ojidorado no se había dignado en contestar con palabras, únicamente gruñó a modo de saludo. Nuevamente Sango asomó por la puerta de su vivienda, está ocasión llevando una charola en las manos, y saludó a la chiquilla con amabilidad.

Sé bienvenida, Lin… Ahome y Kikyō te esperan en el patio de atrás, y ojalá hayan recogido sus juguetes para que puedan ir al arroyo —le dijo haciendo la puntual recomendación.

No se preocupe, señorita Sango, enseguida voy a verlas —la jovencita entendió la petición y respondió sin borrar la sonrisa. Pero antes de irse hacia el traspatio, se dirigió una vez más al ojidorado—. Oiga, señor Inuyasha, ¿ya pronto se va a casar con la señorita Aome? —cuestionándole con inocencia.

El aludido la miró algo sorprendido, disimulando sus ganas de toser de la puritita pena… ¿acaso Sesshōmaru le había enseñado a la pequeña Lin a hurgar en la mente de los demás? La joven del futuro se vio asimismo asombrada, ya que aún no le comentaban nada de nada, y la exterminadora se encogió de hombros discretamente lanzándole a su amiga una miradita, a modo de dar a entender que debían decirlo ya.

Eee… —tartamudeó la del futuro mientras la dueña de la casa les servía el té—… Muy pronto Lin, muy pronto les daremos la gran noticia, pues el señor Inuyasha ya me pidió matrimonio… ¿no te parece algo genial? —terminó sonriendo con alegría.

¡Pero por supuesto que sí, señorita Aome! —la niña sonrió más ampliamente al ver confirmadas sus sospechas—. Le diré al Señor Sesshōmaru en cuanto regrese para que se prepare, ya que lo esperaba desde hace unos días —y se fue saltando de gusto.

Bueno, ante eso no había ni como echarse para atrás, y el semidemonio se quedó boquiabierto sin poder negarse… la pequeña Lin consigue casi siempre lo que quiere y ni para negárselo, ya que, aun sin invitación personal de por medio, Sesshōmaru llegaría a la ceremonia para estar junto a la niña de sus ojos y darle unos buenos zapes al Hanyō si acaso había tenido la intención de incomodarla. A Aome y a Sango les brotó una diminuta gota anime colectiva, y únicamente miraron al de dorados ojos con una expresión de preocupación y una sonrisita algo tonta dibujada en sus rostros.

Este… Inuyasha… —la morena se animó a decirle algo, tratando de sonar amable y comprensiva—… en vista de esto creo que no podrás negar que Koga y Ayame también están presentes en nuestra boda —dijo dedicándole una mirada de ternura y afecto.

El joven peli plateado volvió a verla manteniendo la bocota abierta de la incredulidad, y posteriormente la cerró y asintió con la cabeza, resignado por su infortunio, ya que ese día que se supone sería uno de los más felices de su vida parecía condenado a ser un día de sufrimiento… pero, por lo menos, Aome estaría contenta. Después prefirió tomarse un buen sorbo de té y desviar la vista hacia la lejanía para no verse obligado a contestar nada más.

Este… bueno, entonces deberían fijar la fecha… —Sango habló también, empleando un tono amable y un tanto apenado —… ¿será pronto o esperaran un poco más? —dijo dirigiéndose especialmente a su amiga.

Me parece que esperaremos algún tiempo… no hay porque precipitarse, ¿verdad, Inuyasha? —respondió la aludida usando un tono tímido al preguntarle a su amor. Aquel volvió a asentir sin decir nada y sin verlas, pues se veía bastante abochornado por haber cedido a invitar a ese par de yōkai presuntuosos que le caían en la punta del hígado.

Bien, entonces es necesario preparar todo o nos pueden ganar las prisas —agregó la castaña con ese tono amable y sincero que la caracteriza.

Lin y las mellizas pasaron corriendo en ese momento, llevando un pequeño atado bajo el brazo.

Vamos, niñas… ¡Al rato regresamos, señorita Sango, usted no se preocupe por nada! —les gritó la pequeña pelinegra a modo de despedida—. ¡Adiós señorita Aome, señor Inuyasha! —y agitó la mano antes de apurar el paso.

¡Adiós mami, adiós a todos! —dijeron las gemelas imitando el gesto de su "maestra", lanzando besitos al aire.

¡Ahome, Kikyō, pórtense bien con Lin y no lleguen tarde! —les contestó la aludida con una sonrisa, levantándose un momento de su postura para agitar la mano también.

Por un segundo guardaron silencio mientras las miraban partir, ya que las chiquillas irían con otros niños de la aldea a jugar a la orilla del arroyo donde no había peligro de ser arrastrados por la corriente. El gesto de Aome se hizo tierno y Sango suspiró hondamente, como recordando a alguien.

Mis niñas… cada día son más traviesas pero Miroku y yo las queremos tanto como a Miatsu… —dijo la castaña en un murmullo cariñoso, poniendo una romántica y apasionada expresión en su lindo rostro—… nos alegran la vida.

Y… ¿cuántos hijos más piensan tener el monje Miroku y tú, Sango? —su amiga le cuestionó con curiosidad, recordando los deseos del Hoshi—. ¿Otros diez? —preguntó suspicaz.

¡Pero por supuesto que no, no estoy tan loca! —ella negó ampliamente con la cabeza, enrojeciendo por un segundo—. Miroku puede decir lo que quiera, pero la que se embaraza soy yo… así que le pondré límites —puntualizó con convicción.

¡Jah!, ¿es en serio lo que dices, Sango? —al oír estas palabras Inuyasha se animó a hablar otra vez volviendo a la realidad, y no dudó en ironizar la pregunta—. Si bien que te gusta darle alas y picarle la cresta a ese pervertido que tienes por marido…

Inuyasha… no tienes que ser grosero —le reconvino Aome en lo que la castaña le dirigió una mirada bastante fea.

¡Keh!, bien sabes que no miento, Aome, ya que ese idiota de Miroku no deja pasar un día sin… —el semidemonio alegó en su favor.

Oye, quedamos en no meternos en la vida matrimonial de nuestros amigos —ella le interrumpió recordándole su promesa, mirándolo con molestia.

Tú empezaste, Aome, como si a mí me interesara el número de críos que este par de sucios pueda tener —él respondió a la defensiva.

Sólo es curiosidad, eso no tiene nada de malo —ahora fue la muchacha la que se defendió.

¡Keh!, aun así es meterse en lo que no te importa —espetó el joven cruzándose de brazos.

Inuyasha… —Aome se enojó y le lanzó una mirada más que amenazadora.

Y en todo ese tiempo, al ser ignorada, Sango no había hecho más que verlos de uno a otro "disfrutando" del juego de tenis. Ahora le era necesario intervenir por enésima ocasión.

¡Oigan, oigan, no hay porque discutir otra vez, tranquilos! —dijo para apaciguarlos. En cuanto ellos la miraron con expresiones apenadas, observó a su amigo semidemonio con un gesto de picardía en su rostro—. Inuyasha, ya veremos si te comportas mejor que Miroku en cuando te hayas casado con Aome —sonriéndole ampliamente.

Oye, oye, no tienes por qué confundirme con el urgido de tu marido… yo no soy un hentai —le espetó él con un rubor muy subido en sus mejillas.

Bueno, si tú lo dices… —la joven castaña no pudo evitar reírse en forma cantarina—… ¿Se quedan a cenar? Shippou no ha de tardar en llegar, y a él también tiene que contarle la buena nueva —les ofreció con amabilidad, puntualizando en el detalle del pequeño kitsune.

¡Claro que sí, Sango!... pero, por favor, déjame ayudarte con la cena —Aome asintió muy contenta.

Esa noche disfrutaron una cena familiar en reunión con sus amigos, y el zorrito tomó la noticia tal y como Inuyasha se lo esperaba… "Éste p#$% chaparro se encargará de regarla" pensó resignado escuchando sin oír la gran perorata que decía el chico sobre cómo él se percató de todo cuando estuvieron buscando la Shikon no Tama, mostrando sus dibujos representativos y explicativos, presumiendo de las veces que les dio sus sabios consejos y…

Por fin se fueron a descansar, ya que los siguientes días serían muy largos.

Nota de la autora: Siento la tardanza, es lo que pasa cuando escribes tres fics al mismo tiempo y procuras no descuidarlos a todos, aunque de este tengo más avance. Como les dije, estoy puliendo los detalles para que la historia no pierda forma, tengo que redactarla bien y pedir la corrección de mi progenitora, en los tres fics.

Y todavía hacen falta algunas peripecias más para que se casen… jajaja, así que no se las pierdan porque se van a divertir como yo al imaginarlas. ¡Ya verán otros sufrimientos del Hanyō consentido! Un saludo.