Capítulo 26
Nota previa: este capítulo será algo corto, les pido que lo disfruten tanto como yo cuando lo escribí… y gracias a todos los que siguen esta historia a pesar de mis inconstancias, un saludo.
Sota, al igual que su abuelo, se había quedado relativamente pasmado al ver ahí a su hermana junto a su futuro cuñado, como si nada hubiera ocurrido y fuera de lo más común viajar constantemente entre épocas. La noticia de que el matrimonio tendría lugar en ese su tiempo le pareció muy bien, ya que, al igual que su mamá, quería ver a Aome unir su vida al buen Inuyasha "Orejas de Perro", luciendo un primoroso vestido blanco. En la noche la joven morena se comunicó con sus amigas, Yuka, Eri y Ayumi, y por supuesto con Houjo, dejándolos sorprendidos por su "precipitado" e inesperado enlace matrimonial, pero claro que todos estarían presentes, faltaba más.
El siguiente día fue relativamente tranquilo. Aome se encontraba muy alegre hablando con Rumiko Takahashi, su buena amiga y hermana del gran Shinosuke, quedando de acuerdo para verse formalmente y platicar en persona, a la vez que le agradeció sutilmente por el detallazo del "abuelo" Sesshōmaru para con Inuyasha… bueno, a él quizá lo vería en otra ocasión allá en el Sengoku.
Bien, Rumiko, entonces, sí no hay inconveniente, te veo en el Instituto y nos tomamos un café… ¿te parece bien a la hora de la salida?… —le dijo la joven a su interlocutora hablándole con amabilidad.
Por supuesto que no hay problema, Aome —se escuchó la voz de la señorita Takahashi un tanto distorsionada—, el abuelo y mi papá ya me dieron permiso.
Hasta más tarde entonces —ya de acuerdo en los detalles la morena se despidió cortésmente y colgó.
De hecho muy temprano ella planeó salir para acompañar a Sota, y así dirigirse a la prestigiosa Universidad de Tokio a ver a sus amigas; todo esto lo haría sin llevar a Inuyasha, ya que al Hanyō no le agradó nadita eso de andar de vago perdiendo el tiempo con algo que lo tenía sin cuidado. Al joven semidemonio no le cabía duda que el organizar una ceremonia de ese tipo era una lata; lo había vivido con sus amigos y ahora era su turno, y, por si no fuera poco, lo haría por partida doble… ¿qué acaso le era tan importante a Aome hacerlo así, teniendo a tantos "chismosos" cerca?
Este… oye, Aome, es… ¿es realmente necesario hacer toda esa clase de cosas que… que tú quieres para…? —le dijo un poco apenado en cuanto tomaba su desayuno, el cual consistía de un buen tazón de arroz frito y un gran pescado horneado acompañado de verduras encurtidas.
Inuyasha, ya hemos hablamos de esto y es lo que vamos a hacer —le dijo la chica con seriedad, lavando la primera ronda de trastes.
Anda, "Orejas de Perro", no te va a doler darle el sí a mi hermana —agregó Sota terminando su correspondiente tazón de cereal.
No, si no es por… no es por eso —tartamudeó el aludido, levemente enrojecido de los pómulos.
Vamos, Sota, debes asearte ya o se te hará tarde —Aome reprendió cariñosamente a su hermanito, urgiéndole. En cuanto el chico salió del comedor se dirigió amorosamente al semidemonio—. Inuyasha, no te angusties demasiado, te aseguró que no serán muchos invitados por lo que la ceremonia será rápida —y le sonrió con cariño para retirarse también—. Ahora, si me disculpas…
Los dos hermanos terminaron con su arreglo en tanto el ojidorado devoró su pescado, pero no pudo dejar de meditar en algo que le había dado vueltas durante toda la noche, algo que no podía pasar por alto… "¡Esa méndiga de Aome… otra vez me va a hacer decir m"$%&, pero delante de una bola de…!" pensó entre angustiado y molesto "¡Mierda…, cómo si no me conociera, encima de todo me quiere torturar!" Bueno, tal vez lo mejor que podía hacer era acudir a un método desesperado, porque huir de la situación no sería de lo más correcto.
Y así que, en tanto la muchacha iba con su mamá a hacer un sinfín de cosas, como comprar, arreglar algunos detalles que faltaban para la boda, pasar a ver a sus amigas al campus universitario, a Rumiko en el Instituto, visitar a la familia de Houjo, etc., etc., etc., Inuyasha se planteó pedirle ayuda al único hombre en quien podía confiar en esos momentos y en ese tiempo extraño para él: Sota.
Pues ni hablar, tendré que pedirle ayuda porque no pienso volver a decir alguna estupidez como Miroku… bueno, él conoce a Aome mejor de lo que aparenta, así que tal vez… —eso es lo que se había dicho el Hanyō a sí mismo en cuanto la familia se despidió para tomar rumbos diferentes, escondido ya entre el follaje del Árbol Sagrado.
Por obvias que ese encuentro tenía que ser a escondidas de la pelinegra, ya que no quería arruinar la noche especial, y por ello tuvo que esperar un tiempo prudente para salir sin ser visto, aprovechando cuando el abuelo se echaba su siestecita matutina junto con Buyo, y el buen "Inu" se mostró dispuesto a colaborar al no ladrarle en cuanto tomó carrera hacia el centro de Tokio, meneando únicamente la cola en señal de que tuviera suerte.
Sabemos que Sota estudia la secundaria la misma escuela donde Aome había estudiado, y hacia allá se había encaminado acompañado por varios de sus camaradas, esos quienes en alguna ocasión le solicitaron explícitamente les presentara a la hermosa de su hermana mayor, y él les contestó que ella se había ido al extranjero para casarse con su novio. Pues bien, nuestro peli plateado amigo siguió el olor del pecoso chico, y "voló" por sobre edificios y avenidas transitadas para encontrarlo. Afortunadamente no olvidó llevar la gorra con la que cubre sus orejas por si llegaba a presentarse algún inconveniente, y así no verse más extraño de lo que podría decirse de sus platinados cabellos y sus dorados ojos.
Al llegar frente a la escuela recordó perfectamente el edificio, alto, cuadrado, de varios pisos con un gran reloj al frente para fastidiar marcando las horas sin parar… ¿es que acaso medir el paso de las mismas les era de importancia a los humanos? Notó que el patio se encontraba en ese momento lleno de muchachitos y niñas de entre 13 y 15 años que, en cuanto notaron su presencia, pues sin ninguna precaución se dejó caer en medio del concurrido lugar y caminó como si nada, lo observaron extrañados… era la hora del almuerzo. "¡Bah!, bola de…" juzgó con fastidio al sentir sobre su persona las miradas de todos, especialmente las de algunas chiquillas que le lanzaron miradas coquetas cuando pasó a su lado buscando a su futuro cuñado. Al fin lo encontró sentado en una banca, platicando con sus amigos cosas divertidas porque todos se carcajeaban alegremente.
¡Vaya, Sota, al fin te encuentro! —dijo algo molesto parándose atrás del jovencito, observándolo fijamente mientras cruzaba los brazos.
Higurashi… me parece que te buscan —uno de los amigos del aludido fue el primero en percatarse de la llegada del joven del pasado, y fijó la mirada en él—. ¿De dónde eres amigo?... tienes aspecto de extranjero —le cuestionó con visible curiosidad, pues no recordaba haber visto un color de ojos como los del medio demonio.
¿¡I… Inuyasha!? —Sota casi pega un brinco al comprobar su presencia y oír el malhumorado tono de su voz—. ¿Qué, acaso ocurrió algo malo en casa? —le preguntó un tanto nervioso, intentando conservar la calma.
¿Inuyasha… acaso dijiste Inuyasha? —intervino otro de los muchachitos, mirando al hermano de Aome con renovado interés—. ¿Cómo el del anime que escribió tu hermana?
Estee… que te digo… —el pobre Sota tartamudeó y se carajeó levemente como tonto, moviendo un poco los brazos en señal de desesperación—… aquí mi vecino que le gusta… ser "cosplay" del personaje principal.
Ante tanta palabrería sin sentido el Hanyō no pudo ocultar un gesto de perplejidad en tanto le daba un breve tic en la ceja… ¿qué diablos era el anime?, ¿y un "cosplay"? Bueno, ahora tenía asuntos más importantes que arreglar y por los que se encontraba ahí, ya después se enteraría a qué se referían Sota y sus amigos con eso… además, él es el original Inuyasha y no tiene porqué imitar a nadie.
Vamos, Sota, tenemos que hablar ahora… —dijo seriamente tomando con "delicadeza" al jovencito por el cuello del uniforme, para llevarlo a un lugar apartado del escándalo.
Si… claro, lo que digas… —contestó el chico dejándose llevar, intentando seguir el paso de su "cuñadito"—… descuiden, amigos, en un momento estoy con ustedes —les dijo a sus colegas, despidiéndose amablemente para que no fueran a preocuparse de más.
¡Oye, Higurashi!, ¿puedo comerme el resto de tu almuerzo? —le gritó un tercer compañero y, sin esperar respuesta, le hincó el diente al último sándwich que quedaba en la fiambrera.
Inuyasha y Sota llegaron al claro cerca de las canchas deportivas, alejándose del bullicio del patio principal.
Bueno, Inuyasha, ¿qué se te ofrece? —le dijo un Sota más tranquilo, aunque no podía disimular su nerviosismo—. No quisiera ser grosero contigo pero tengo sólo quince minutos para volver a clases y… tendré problemas si algún profesor o prefecto te ve ya que no eres alumno de la escuela.
Bien… lo que pasa es que… es que yo necesito… pues quisiera que… —el joven del pasado se puso algo rojo de pena y empezó a tartamudear… "¡Carajo, es solo un mocoso, no te va a comer!" pensó furioso consigo mismo, así soltó una maldición para darse valor—… ¡mierda, necesito que me ayudes en ese día!
Al oír tan desesperada confesión el muchacho parpadeó un tanto sorprendido, y también adquirió un tono encendido en sus mejillas.
¿Me estás pidiendo que… o sea que quieres que… quieres que te ayude a… a pedirle a Aome que…? —preguntó tímidamente el chicuelo imaginando lo peor.
¡Claro que no, no seas cerdo! —por lo que casi se infarta con el alarido del semidemonio… por nada del mundo éste deseaba ser malinterpretado—. Bueno… sí, pero no… lo que pasa es que… como te digo… —y trató de explicarse sin encontrar las palabras adecuadas.
¿Es qué acaso no le has declarado tus sentimientos a mi hermana? —preguntó nuevamente Sota, mirando a Inuyasha con visible curiosidad y duda.
Estee… créeme, fue algo difícil y… —el joven peli plateado volvió a desvariar un poco, sintiéndose más abochornado que nada.
¡Uff!, menos mal… ya me habías asustado, Inuyasha —el muchachito soltó un suspiro de alivio y después sonrió más relajado—. ¡Ah, creo entender lo que te preocupa!... —añadió más alegre—… no sabes que palabras decir para el día de la ceremonia, ¿verdad?
Bueno, pues… sí, no tengo idea —afirmó el semidemonio sin que le bajara el rubor—. ¿Tú…tú sabes lo que se tiene que decir?
La mirada de Sota siguió siendo de curiosidad, aunque ya sin pizca de vergüenza, sonriéndose un poco más… a veces su cuñado pecaba de tímido a pesar de ser demasiado mayor con tantos siglos de vida.
De verdad que me sorprendes, Inuyasha, si no mal recuerdo una vez me dijiste que fuera espontáneo para declararle mi amor a Hitomi, la niña que me gustaba, y yo seguí tu consejo con muy buen resultado —dijo al fin un tanto serio, queriendo darle al asunto la solemnidad que se merece—. Y, si ya le declaraste tu amor a mi hermana, no veo en donde está la dificultad… eres un adulto que ya sabe lo que debe hacer.
Oye, oye, no tienes porque recordármelo de esa manera —rezongó el ojidorado un tanto molesto, aun enrojecido—. No es que no sepa que hacer, es que no sé cómo… cómo decirlo bien sin que… sin que se oiga mal —puntualizó con visible contrariedad, como si le costara mucho trabajo hablar del tema.
OK., ante esto al jovencito le brotó una gotita anime en lo alto de su frente, y lanzó una pequeña nube de resignación por la boca al soltar un suspiro imperceptible… tratándose de cosas del corazón de forma personal, Inuyasha era una verdadera nulidad en cuanto a sentimientos, y por eso es que había tenido varias dificultades con Aome en el transcurso de sus aventuras.
De acuerdo, amigo "Orejas de Perro", te ayudare para que todo sea lo más perfecto posible, ya que será la noche más especial en la vida de mi hermana —Sota volvió a hablar empleando un tono más animado, para transmitirle seguridad a su futuro cuñado.
Estee… gracias —respondió el aludido sin que se le bajara el rubor.
Bien, lo primero que tendrás que hacer es tomarle de las manos y verla a los ojos en cuanto el sacristán que oficiara la ceremonia les diga que… —el chicuelo empezaba a dar su explicación, más fue interrumpido por un nervioso Inuyasha.
El… ¿qué?... —cuestionó éste con incredulidad y nerviosismo extremo, empleando su tono agresivo—… ¿y quién demonios es ese?
Así se les llama a los que se encargan oficialmente de celebrar matrimonios religiosos —le dijo el jovencito conservando la calma—. Y déjame terminar con la explicación ya que no puedo faltar a clases en cuanto toquen el timbre.
Sí, sí, tienes razón, disculpa… —a lo que el Hanyō se mostró avergonzado de su infantil comportamiento.
Bueno, te decía… le tomas las manos y entonces la miras fijamente a los ojos en lo que el sacristán dice algunas palabras —dijo Sota continuando con lo suyo.
A los… ¿ojos?... —más Inuyasha volvió a interrumpir ruborizarse en extremo por enésima ocasión, recordando cuando los bonitos orbes achocolatados de Aome lo miraban con mucho amor—… y… ¿tomar sus manos? —y un calorcito interno le recorrió la espina dorsal… acariciar la suave piel de Aome y sus manos tan delicadas entre las suyas la causaba una dulce sensación.
Sip —observó Sota complaciente, comprendiendo correctamente el sentir de su cuñado.
Y… ¿algo más? —el ojidorado trató de disimular su bochorno.
Pues… si no me equivoco creo que tendrás que decirle, frente a todos los invitados, lo que sientes por ella —añadió el jovencito algo pensativo.
¿Qué?, ¿¡otra vez con eso!? —por lo que, está vez, al Hanyō se le escapó una exclamación más fuerte.
Por favor, Inuyasha, no te alteres… es lo que comúnmente se hace en estas ceremonias —Sota se hizo un tanto hacia atrás, visiblemente consternado por la exclamación, rogando mentalmente porque nadie más haya prestado atención a ese grito—. Tú tienes que reconocer frente a la sociedad lo importante que es Aome para ti, y lo que representa aceptar el pacto matrimonial.
Inuyasha no dijo nada, procesando en su cerebro la información que acababa de conocer… "¡Carajo, tener que decir eso que me costó tanto trabajo… delante de gentes chismosas e impertinentes!… ¡Esa Aome es una pesada!" deliberó bastante molesto. En ese momento se escuchó el timbre que indicaba el regreso a clases.
Inuyasha… tengo que irme —le dijo Sota bastante apenado—. Pero, si gustas, más tarde podemos platicar.
Bien, no quiero que Aome se entere de nada —observó el semidemonio sin disimular su desesperación, pero intentando oírse indiferente.
Descuida, amigo… nosotros los hombres también podemos tener charlas privadas —el adolescente se sonrió y se encaminó de regreso a su salón—. Te veo luego —añadió despidiéndose, echándose a correr hacia un pasillo cercano.
El ojidorado también se retiró aprovechando la confusión y el alboroto de los jóvenes al volver a sus aulas. "¡Me lleva la…!," gruñó en su fuero interno saltando de edificio en edificio, "… tener que decir más cursilerías… ¿qué no le es suficiente a Aome habérselo pedido una vez?... ¡Cómo le gusta complicarme la vida!".
Regresó justo a tiempo a casa y decidió quedarse sobre el Árbol Sagrado para meditar sobre lo complicado que era tratar de formalizar una relación, después de acariciarle las orejas a "Inu", quien lo recibió como esperando que le contara todos los detalles de su paseo. El can se alejó al darse cuenta de que el "oloroso" compañero de su amita no hablaría ni media palabra, al parecer algo ofendido porque corrió lo más rápido que pudo con rumbo a la casa en cuanto el Hanyō trepó hasta una alta rama. Algunos pájaros se posaron en las ramas cercanas y le relajaron con sus trinos. El peli plateado cerró los ojos y se dejó llevar por sus ensoñaciones.
Bien, Inuyasha, ha llegado el momento de decir sus votos… ¡ahora!
Nuestro amigo semidemonio escuchó una voz bastante familiar aunque en un tono terrible. Abrió repentinamente los ojos y se encontró frente a Aome y rodeados de mucha gente, vestido con el horrible traje que ella había insistido en comprarle… tal vez ese era el centro ceremonial de la época actual. Por cierto que la joven lucía un tanto diferente, como si de un momento a otro pudiera transformarse en otra persona, aunque también se veía muy bella vestida de blanco resplandeciente.
¿Pero qué…?... ¿Dónde estoy? —parpadeó comprobando que no estaba alucinando.
Vamos, Inuyasha, debes decir tus votos en este momento, las palabras que brotan de tu corazón enamorado —y le hablaron una vez más llamándole la atención.
El Hanyō volvió la vista al frente para comprobar de quien se trataba. Y no, no se había equivocado… Miroku se encontraba vestido de una forma más rara que de costumbre, y hasta se notaba más serio de lo habitual llevando un extraño libro en las manos.
Mi… Miroku… ¿cómo… cómo es que llegaste aquí? —preguntó extrañado y tartamudeante, esperando que su amigo le aclarara la situación.
Apresúrate ya, Inuyasha, no tenemos todo el día para la ceremonia —otra voz familiar llegó a sus finos oídos, un poco atrás de donde la pelinegra se encontraba.
¿¡Sa… Sango!?... —por lo que no hizo más que abrir la bocota con incredulidad y asombro—… ¿tú también?
Y no sólo ellos… aquí estamos todos los que quieras e inclusive los que no quieras —le respondió la voz de Shippou llamando su atención, por lo que inmediatamente se fijó más detenidamente en los invitados que se encontraban ahí.
Mezclados en los asientos se encontraban personas de la época actual, lo intuyó por la forma tan extraña en que vestían, a quienes no recordaba del todo, y varios de sus conocidos del periodo Sengoku, como la anciana Kaede, la pequeña Lin, el viejo Mushin, Kohaku con los hijos de sus amigos, algunos yōkai conocidos como Koga en compañía de Ayame y sus lobeznos, así como Guinta y Hakkaku con varios miembros de su manada, el viejo Totosai, el anciano Myoga, Hachi el mapache, y, por sobre todos ellos se distinguía a Sesshōmaru, quien lo miraba muy fijamente desde la parte posterior del lugar. El Daiyōkai no mostraba ni un cambio en su expresión de estatua griega y sólo lo miraba, como esperando a que tal vez se muriera de la impresión por verlo. Y vaya que el Hanyō por poco se infarta ante la presencia de tanta gente, parpadeando una vez más casi con la quijada en el piso.
¿Cómo es que…? —dijo volviendo las doradas pupilas hacia su futura esposa—… Aome… ¿qué ocurre?... no entiendo nada —añadió apesadumbrado.
Inuyasha, ¿no te parece maravilloso que todos estén aquí presentes para celebrar con nosotros? —ella lo miró fijamente con dulzura.
Pues… es que yo… —él únicamente atinó a vacilar una respuesta.
¡Así que deja ya de perder el tiempo y di tus votos! —pero la mirada de la morena cambió drásticamente a una de enfado absoluto, levantándole la voz hasta casi despeinarlo.
Este… ¿qué?... ¿qué me apure a decir qué…? —el ojidorado seguía sin entender que había sucedido, ya que todo fue tan repentino.
La joven estaba en ascuas, por lo que se soltó a llorar con desesperación.
¿Cómo qué a qué? —le dijo sollozante gritando con toda la fuerza de sus pulmones—. ¡Vamos a casarnos ya, tontoooooooo!
¿En… en serio? ¿Tan pronto? —él la miró intrigado y con cara de susto. Eso significaba que…
Entre la concurrencia se levantaron murmullos de asombro mientras el ojidorado intentaba apaciguar el llanto de su amada.
Vamos, Inuyasha, no tengas miedo… mi hija no va a comerte —la voz dulce de la mamá de Aome llegó a los oídos del semidemonio, dándole ánimo. Toda la familia se encontraba sentada en los asientos delanteros: el viejo abuelo, Sota, el tal Ryoga Hybiki galán de la señora Naomi, y también las parlanchinas amigas de Aome acompañadas de ese muchacho debilucho pariente del atarantado de Akitoki Houjo, y todos le sonreían grandemente, aunque a él le parecían sonrisas falsas.
¡Jah!, ya sabía yo que al Bestia de Inuyasha no se le quitaría lo bestia… —a lo lejos oyó susurrar a Koga mientras Ayame movía afirmativamente la cabeza, dándole la razón a su marido—… Óiganme bien, niños, nunca vayan a mezclarse con las bestias… son un mal ejemplo —posteriormente el lobo se dirigió a sus lobeznos mayores hablándoles con seriedad.
Sí, papá, cómo tú digas —contestaron los pequeños al unísono.
Tiene usted razón, Señor Sesshōmaru, el señor Inuyasha es muy torpe —Lin, al lado del Daiyōkai, negó moviendo la cabeza y poniendo un resignado gesto infantil en su lindo rostro.
Oigan todos ustedes, bola de… —Inuyasha ya había tenido suficiente de cuchicheos, así que se iba a quejar tratando de levantar la voz cuando recibió un buen zape en la cabeza que lo hizo ver estrellas por unos segundos.
¡Basta ya, Inuyasha!, ¿quieres decir tus votos de una buena vez y dejar de hacer el papelón de tu vida? —Miroku le había golpeado con el grueso libro, y le fulminaba con la mirada—. No nos hagas esperar más a todos, y especialmente a la señorita Aome aquí presente.
Sango y Shippou lo miraban de una forma semejante a la de Miroku, como si quisieran asesinarlo por su falta de tacto. Las gemelas se burlaron sonoramente de él y Miatsu, sentado en una silla de bebés, se sacó el chupete de la boquita y le mostró la lengua mirándolo de igual manera, con un gesto bastante similar al de su progenitor a pesar de ser tan pequeño. Los tres niños se encontraban junto a su tío Kohaku, sentados también en una butaca del frente, y el pecoso muchacho se mostraba apenado por el bochornoso momento.
Estee… —llegado a este punto el ojidorado consideró que lo más adecuado era ya no ver a nadie y concentrarse únicamente en lo importante, así que tomó nuevamente las manos de Aome entre las suyas, hablándole con cariño y pena y fijando sus doradas pupilas en el bello rostro femenino—. Lo siento mucho, Aome, no quise ser grosero… te ves tan hermosa —añadió limpiándole suavemente una lágrima.
Con esas palabras mágicas la joven dejó de llorar, y levantó la vista sonriéndole ampliamente.
Oh, Inuyasha, yo… —dijo soltando un suspiro de emoción.
Ejem… ejem… bien, llevemos el orden de la ceremonia, así que primero el novio —carraspeó el ojiazul recuperando el tono de formalidad en su voz, llamando la atención de los contrayentes—. Adelante, Inuyasha, dale tus votos a la señorita Aome y sella este pacto de amor. Todos seremos testigos de esa verdad —dijo solemnemente abriendo el grueso libro en una sección en especial.
Aome, yo… yo… tengo que… tengo que decirte… —el aludido volvió a enrojecer como rábano y tartamudeó buscando las palabras adecuadas para expresarse delante de todos los metiches sin hacer más el ridículo.
Justo en ese momento la puerta del lugar se abrió intempestivamente, dándole paso a unos invitados inesperados e inoportunos… Kikyō venía seguida de Naraku, el cual llenó el ambiente de oscuridad. Extrañamente nadie se movió, como si se hubieran congelado en sus posiciones.
Bien, menos mal que llegamos a tiempo, Naraku… lo siento mucho, Inuyasha querido, pero está boda tendrá que cancelarse indefinidamente —dijo la antigua miko encaminándose al altar con paso ligero y elegante, dirigiéndose especialmente al semidemonio.
¿Pero qué…? —el aludido volvió a tener cara de desconcierto sin soltar a su amada y futura esposa, la cual pareció aterrada ante los recién llegados y ni siquiera pudo decir o hacer algo en su defensa—. Oye, Kikyō, ¿qué estás haciendo aquí, y por qué vienes con Naraku? —reclamó visiblemente desconcertado.
¡Mph, mph, mph…! —rio Naraku con su altanería habitual, abrazando momentáneamente a Kikyō por los hombros—. Bueno, querida Kikyō, como quedamos en el otro mundo… Aome se encargará de crear una nueva perla para mí y tú podrás casarte con Inuyasha —y, sin previo aviso, tomó a la joven novia por la cintura y se alejó con ella en una nube de veneno.
¡Ayúdame, Inuyasha, Inuyashaaaaaa! —la pobre no dejó de gritar hasta perderse de vista, a punto de desmayarse.
¡Aome, Aomeeeeee! —y el Hanyō quiso moverse para rescatarla, para acabar con Naraku una vez más, pero no pudo ni despegarse del suelo… parecía clavado en el mismo sitio.
Bueno, Inuyasha querido, ya podemos continuar con la ceremonia —Kikyō se aferró de su brazo y lo miró dulcemente mientras le sonreía como antaño, con mucha sinceridad y afecto—. Lo lamento de verdad por Aome pero… como me amaste a mí primero, tienes que quedarte conmigo, así me lo prometiste hace más de cincuenta años —agregó algo más seria.
Kikyō, malvada… ¿cómo pudiste aliarte con Naraku y hacerle esto a Aome? —el semidemonio no dudó en espetarle su enfado, contemplándola con coraje como si no la conociera.
Entonces… si no quieres por las buenas… —y la mirada de ella se hizo despectiva ante su desdén—… ¡Osuwariiiiiii!
El pobre peli plateado dio con su humanidad en el piso.
El golpazo que se dio lo hizo despertar, y se encontró tirado junto a las raíces del Árbol Sagrado mientras Aome, en cuclillas a su lado, lo miraba alarmada.
¡A… Aome!... ¿qué…?... —se enderezó rápidamente y la tomó por los hombros sin mucha delicadeza, sacudiéndola con un algo de rudeza. Al segundo parpadeó y la miró fijamente, ya que la muchacha torció el gesto con algo de dolor—… porque… sí eres tú, ¿verdad? —le preguntó un tanto inseguro, soltándola con cuidado.
¡Auch!... claro que soy yo… —respondió la chica levemente asustada por el movimiento repentino. Así que también fijó las pupilas en él, tratando de encontrar alguna señal que le indicara algo fuera de lugar—. ¿Qué tenías, Inuyasha?... —le preguntó con algo de curiosidad y preocupación en la voz—… te retorcías como si te pasara algo malo y… como yo no puedo subir pues… —al instante enrojeció intensamente de las mejillas y desvió la vista apenada—… pues tuve que gritarte "Osu…"
¡Cállate, cállate, no lo digas!... —él la hizo silenciarse tapándole la boca con brusquedad—… oh, lo siento… es que tuve un mal sueño, y menos mal que sólo era eso —dijo avergonzado al darse cuenta de su error en cuanto ella rezongó soltando un leve quejido. Quitó delicadamente la garra de los labios de la muchacha y la abrazó con cuidado para compensar su grosería, acariciándole la espalda con cariño.
¿Y qué soñaste? —ella correspondió al abrazo apoyándose en su pecho, suspirando un poco bajo al sentirse protegida.
Era algo sobre la… —Inuyasha pensaba explayarle su sentir pero prefirió guardárselo para no hacerla sentir mal—… olvídalo, Aome, únicamente eran estupideces sin ningún sentido.
Por unos minutos se quedaron un momento así, recostados y abrazados, hasta que "Inu" salió de la casa ladrándoles en requerimiento de su atención.
Nota: ¡Pobre Inuyasha! , no es que no quiera casarse, pero todo se le hace tan complicado que no entiende el porqué de dichas ceremonias… ¡hasta tuvo pesadillas! ¡Jajajaja! Me mandé con el final del "sueñito"… y todavía lo que falta… así que esta historia no se acaba hasta que se acaba… Un saludo y sean felices.
