Capítulo 26 parte 2

Nota: Continuaremos en donde nos quedamos aunque también es un capítulo corto, y se sorprenderán con el final de la boda en la época actual… no digo más y diviértanse.

Inuyasha consideró adecuado tener esa noche con Sota la plática de hombres que éste último le prometió alrededor del mediodía, y, para que nadie más se enterara, el Hanyō fue por él en cuanto toda la familia, especialmente su amada pelinegra, se fue a descansar, o sea bastante tarde. Abrió sigilosamente la ventana de la habitación para no hacer mucho ruido, encontrándolo plácidamente dormido.

¡Pst, oye, Sota, despierta!, ¿ya podemos hablar? —parándose al lado de la cama le susurró disimulando su ansiedad, sacudiéndolo también con algo de delicadeza para ser él.

¿Qué…?... oh, Inuyasha, eres tú… ¡ajum!... —el chicuelo abrió los ojos con pereza, estirándose con calma—… lo siento, creo que me ganó el sueño.

Eso no importa ahora —respondió el semidemonio jalándolo del pijama para llevarlo con él, bajando de un salto por la ventana.

Al pobre muchacho le dio un mareo ante la brusquedad del movimiento, pero se aguantó de protestar como todo un hombrecito. El ojidorado lo subió en su hombro hasta unas ramas algo altas del Árbol Sagrado.

Bien, dime de una buena vez que tengo que decir en la dichosa ceremonia… —habló el peli plateado sin mostrar un poco de consideración por el chicuelo, dejándolo caer entre los ramales sin preocuparse por acomodarlo—… y que sea rápido ya que no quiero que nos descubran.

Espera, dame un minuto —Sota cerró los ojos tratando de recuperar el piso, agarrándose fuertemente a una de las ramas para no caerse—. No me agradan mucho las alturas… no soy tan valiente como mi hermana Aome —puntualizó apretando los dientes por un segundo, intentando sentarse de forma adecuada.

Este… perdón, no lo sabía —al percibir al fin los sufrimientos de su joven cuñado por amoldarse al ramaje, el semidemonio se mostró apenado de su proceder.

No te apures, estoy bien, únicamente necesito sentarme en un buen sitio para que pueda ayudarte como habíamos quedado —contestó el niño abriendo los ojos para fijarse mejor hacia donde se movía.

Sin decir agua va el Hanyō volvió a tomarlo del pijama colocándolo mejor entre dos gruesas ramas a modo de asiento, y así evitarle la dolorosa caída.

Gracias, Inuyasha, un día de estos tendrás que enseñarme a trepar un árbol —Sota no dudó en mostrar su agradecimiento sincero, y lo miró atentamente con los ojos bien abiertos—. Bien, mañana en la noche será la ceremonia… —añadió para empezar con su explicación.

¿Qué, tan pronto? —el ojidorado no pudo ocultar un gesto horrorizado y preguntó espantado—. ¿Pero por qué?

Inuyasha, Aome nos contó que en las noches de luna nueva eres un hombre normal ya que pierdes tus poderes de demonio… —la mirada de Sota se hizo apenada al ver esa reacción en su futuro cuñado—… y que por ello sería mejor casarse en la noche. ¿Acaso no te lo dijo? —y le interrogó en un leve tono compungido.

Etoo… —Inuyasha tartamudeó algo cohibido, tratando de recordar… sí, verdaderamente Aome le había comentado de eso cuando fueron al centro comercial—… sí, es cierto, se me había olvidado que ya mañana es luna nueva —especificó con seriedad, para así pasar por alto su olvido. Al momento fijó la vista en el cielo, en donde, efectivamente, sólo se divisaba una delgadísima franja lunar. Después volvió su atención al niño hablándole ya con más calma—. Muy bien, entonces ¿qué es lo que debo decir? —preguntó ya sin dudar.

Verás, tendrás que decir lo importante que es Aome para ti, lo que sientes por ella y…—dijo el pequeño sonriendo, sonrojándose un poco al pensar en las muchas palabras románticas que pueden decirse los amantes—… y todas esas cosas de enamorados como… como que la amarás toda la vida y que… —e inmediatamente tartamudeó cohibido, ya que no es él quien va a casarse, por lo tanto no era su momento de explayarse de esa forma—… que la protegerás en… en la salud y en la enfermedad y… bueno, tú me entiendes… El caso es que nadie dude que se casan porque ustedes se aman y no porque los obliguen a hacerlo —agregó al final sin que se le bajara del todo el bochorno.

… ¿Y… nada más es… eso? —al semidemonio le pareció algo confuso el tener que decir toda esa sarta de… así que su mirada ambarina pareció cuestionar al chicuelo.

Pues… por lo menos eso es lo que se dice en la ceremonia, sí —afirmó el muchacho moviendo la cabeza para que no quedara duda—. ¿Ves que no es tan difícil? —adicionó más relajado, sintiendo que ya había cumplido con su parte.

¿Y después qué sigue? —claro que el ojidorado volvió a interpelarle, al cabo de medio minuto de procesar la información escuchada.

Después… ¿después de qué? —y por lógica que la expresión de Sota fue de confusión ante la pregunta planteada.

Pues que sigue después de la… ceremonia —Inuyasha estuvo tentado a soltar una palabrota, más se contuvo de hablar empleando un tono que pretendía sonar educado.

Me imagino que nos iremos a la fiesta para celebrar… —respondió el niño sin querer detallar más al respecto—. Ya me dijo mi mamá que habrá mucha comida especial para ti —agregó sonriendo nuevamente.

Ah… que bien —bien, esa explicación le sonaba convincente al Hanyō… la comida era lo mejor de las fiestas.

Volvió una vez más la vista al cielo fijando la mirada en el fragmento lunar, y Sota decidió no molestarlo por lo menos durante dos minutos, esperando a ver si preguntaba alguna otra cosita. Pasado ese tiempo se animó a hablar.

Oye Inuyasha, no quiero importunarte pero… —le dijo con timidez—… ¿podrías llevarme a mi cuarto?... mañana temprano voy a clases… ¡ajum! —y soltó un bostezó disimulado, sintiendo como se le cerraban los párpados.

Este… sí, lo olvidaba, tienes razón —contestó el semidemonio un tanto distraído, pero esta vez fue delicado al conducirlo a su habitación.

Muchas gracias, amigo. Mañana te traeré alguna información útil que conseguí en el Internet, unas palabras más para ese momento —el chicuelo se estiró al volver al alfombrado suelo de su recámara, agradecido de estar nuevamente en un lugar seguro.

¿Dijiste Inter… qué? —a lo que el de larga cabellera plateada parpadeó asombrado, sin comprender a que se refería su cuñadito.

Este… luego te explico, Inuyasha… —Sota se disculpó apenado y se botó en su cama—. Creo que también deberías dormir —añadió con timidez.

Sí, tal vez más tarde lo haga —respondió el Hanyō dirigiéndose nuevamente a la ventana, despidiéndose antes de salir—. Que descanses.

En esta ocasión se encaminó al Árbol Sagrado, e "Inu" le siguió haciéndole fiestas. Ante la insistencia se animó a acariciar brevemente la cabeza del animal, tomándose la molestia de hablarle al darse cuenta que el can parecía dispuesto a no dejarle ir hasta que le contara como le había ido esa noche.

OK., "pulgoso", ya está bueno de tanto alboroto, así que suéltame en este instante… —le dijo en tono levemente autoritario queriéndoselo quitar de encima—… necesito meditar bien las cosas para no meter las "cuatro".

Y el canino únicamente le ladró en tono agudo sin hacerle mucho caso, moviendo la cola y mirándolo como si quisiera dar su opinión.

Oye, ni sé porque estoy platicando esto contigo… —por lo que el semidemonio lo miró con enfado, como si ese ladrido le hubiera denigrado en lo más profundo de su ser—. Tú no eres más que un simple perro, así que no creo que entiendas mi sentir.

Ante esas palabras "Inu" pareció ofenderse pero no se apartó del Hanyō, casi como si le dijera con sus ojos perrunos: "Mira que tú también pareces perro, no tienes que echármelo en cara". Por unos segundos se miraron fijamente, y el ojidorado recordó algo particular… Koga, el lobo yōkai, parecía entenderse muy bien con los lobos verdaderos que usualmente lo acompañaban, por lo que… ¿acaso él también podía hacer algo semejante?

¡Bah!, eso sólo lo hace alguien como el Sarnoso de Koga —minimizando el fenómeno manoteó un poco, dándole al can unos golpes suaves en lo alto de su peluda y esponjosa cabeza—. Tal vez si el bobo de Sesshōmaru estuviera aquí podría entender tus ladridos —agregó un poco burlón, pensando en lo ridículo que se vería su hermano mayor hablando con un perro.

Ante la mención del gran demonio blanco, el animalito ladró otro poco más agudo y se sentó en sus "cuatro traseros" sin dejar de ver al peli plateado, intentando darle a entender que verdaderamente podía comprenderlo. A Inuyasha le sorprendió un poco el comportamiento de la mascota, aunque por lo menos ya lo había soltado.

Estee… bueno, tengo que ir… tengo que ir allá —tartamudeó sin atreverse a moverse, señalando hacia las ramas del árbol—. Ahora sé un buen perro y… adiós.

Hábilmente trepó hasta llegar a una de las ramas más altas, su favorita, y se sentó en ella. El perro lo miró subir sin dejar de menear la cola, y después se acomodó educadamente cerca de las raíces, cerrando los ojitos de cansancio. El Hanyō volvió a verlo un instante antes de retornar la vista al cielo nocturno para meditar, hasta que finalmente el cansancio lo venció y se quedó dormido, teniendo esta vez un sueño más tranquilo y reparador. Al otro día su despertar fue algo sobresaltado en cuanto escuchó la voz de su amada pelinegra.

¡Oye, Inuyasha!, ¿qué haces allá arriba? —fue la pregunta de Aome en una fuerte entonación para hacerlo reaccionar—. ¿Por qué no dormiste en tu cuarto? —cuestionándole entre curiosa y enojada en cuanto él la miró.

Aome… sólo quise respirar aire freso, eso es todo —le respondió el aludido procurando sonar amable, sacudiendo la cabeza para despabilarse del todo.

Vamos, es hora de desayunar, mi mamá te preparó algo especial —la joven le sonrió amorosa, invitándolo al interior de la vivienda.

Ni tardo ni perezoso el Hanyō bajó del árbol y entró con la muchacha en la casa, para desayunar tan opíparamente como su querida y futura suegra, la señora Naomi, lo tenía acostumbrado. Después, a insistencia de la chica, fue a darse un baño y, al volver a pensar en lo importante y especial que debía ser la ceremonia de esa noche, se tardó un poco dejando correr el agua de la regadera.

Suspiró con pesadez… en realidad seguía sintiéndose nervioso ante la perspectiva de formalizar su unión con Aome en esa época; para él no tenía sentido una ceremonia de la forma acostumbrada en la actualidad, y, muy posiblemente, después de todo el trámite, la muchacha quisiera que hicieran… no, aún no estaba preparado para hacer "eso", y mucho menos ahí, donde estaba la familia de ella. Por lo que sabía, gracias a los sabios consejos de su buen amigo el monje Miroku, el matrimonio debe tener su "nidito de amor" privado… ¿Y qué podía hacer para no quedar mal con su amada ni sentirse presionado? Unos toques a la puerta lo hicieron regresar a Tierra.

Inuyasha… Inuyasha… —la morena le habló desde afuera en tono de reproche—… llevas media hora con la llave abierta, te vas a acabar toda el agua.

Yo… lo siento… —respondió tartamudeante el semidemonio, saliendo presuroso del baño. Y sin detenerse siquiera se dirigió al cuarto que le asignaron, vistiéndose con una ropa ligera que la joven morena le dejó a su disposición, debido a que su traje del Sengoku fue lavado en la lavadora y aún no se secaba.

Al verlo tan apurado Aome decidió darle un poco de tiempo, por lo que regresó a la cocina para terminar de ayudar a su mamá con los quehaceres del hogar mientras su abuelo limpiaba el templo. Un rato más tarde volvió para ver lo que le preocupaba a su amado peli plateado, llamando a la puerta de la habitación muy suavemente.

¿Inuyasha… puedo pasar? —preguntó con timidez desde afuera, esperando por una respuesta.

Al no obtenerla se animó a abrir la puerta, y encontró al joven echado en la cama, profundamente dormido. A pesar de ello su rostro parecía intranquilo. "… ¿qué tendrá?" se preguntó internamente mirándolo con preocupación, y se le acercó con cuidado para tocarlo en la frente, ya que, al parecer, tenía algo de temperatura. "Qué raro, Inuyasha nunca se ha enfermado…" se dijo con duda.

Inuyasha, despierta… despierta, Inuyasha… —dijo suavemente hablándole con cariño, sacudiéndolo levemente.

¿Mmm…? —el aludido reaccionó y, abriendo los párpados volteó a verla—. Aome… ¿qué sucede? —le dijo soñoliento, y se enderezó lo mejor que pudo.

Es que tienes fiebre y eso es raro… —le respondió ella sin ocultar su inquietud—… ya que estás acostumbrado a dormir a la intemperie.

¿En… en serio? —él mismo se tocó la frente para cerciorarse, sintiéndose un tanto tonto por dejarse caer "enfermo"—. Vamos, Aome, esto no es nada, es sólo que me… me siento… —al instante se sonrojó y desvió la vista muy aturullado, farfullando avergonzado—… yo…

Ella le dedicó una mirada más tierna, y sorpresivamente le dio un pequeño beso en los labios.

Inuyasha, estás nervioso, ¿verdad? —le dijo amorosa, acercándosele bastante.

Este… Aome… no… —él trató de hacerse tantito atrás, asustado por lo repentino del movimiento… no estaría nada bien pasarse de manolarga como cierto conocido suyo. Y es que la muchacha vestía un pequeño short y una blusita sin mangas, pero no porque quisiera provocarlo, sino porque así le era más cómodo hacer la limpieza.

Oh, lo siento… no quise incomodarte —ahora fue ella la que se ruborizó, apartándose a una distancia prudente.

Ambos se quedaron unos minutos en silencio mirando en distintas direcciones, hasta que el joven del pasado se animó a contestar la anterior observación que le hizo la muchacha, eso sí, sin animarse a mirarla otra vez.

Pues sí, Aome, si estoy nervioso porque… —le dijo con la voz ronca.

Bueno, no tienes de que preocuparte… si tú no quieres… —pero ella le interrumpió sin fijar la vista en él, con las mejillas aun coloradas.

Oye, oye, no dije que no quería casarme —a lo que Inuyasha levantó un poco la voz para imponerse, y esta vez sí la miró atrayéndola hacia él—. Ya sabes que te amo y quiero que vivas conmigo como… como mi mujer —clavando las doradas pupilas en los lindos ojos cafés.

Y nuevamente el silencio que no se atrevieron a romper. Se miraron fijamente perdiéndose en ellos mismos, aproximándose lentamente para besarse a profundidad… hasta que el llamado de la mamá de Aome los volvió otra vez a esta dimensión.

Aome, hija, ¿cómo se encuentra Inuyasha? —la buena mujer habló desde afuera, escuchándose su sincera preocupación.

Tiene un poco de fiebre, mamá, pero no es nada grave —contestó la joven apartándose del muchacho y levantándose de la cama con cuidado, dirigiéndose a la puerta para disimular.

Y el ojidorado se tumbó de lado para ocultar su bochorno, cubriéndose con la sábana. La señora Naomi asomó la cabeza dentro de la habitación en cuanto su hija abrió la puerta.

¿De verdad Inuyasha se encuentra bien? —preguntó nuevamente con algo de intranquilidad.

Descuida, mamá, le hará bien descansar —dijo Aome procurando discretamente evitar que su madre entrara, para que así no importunara a su amado.

Inuyasha, cariño, ¿quieres algún medicamento para la fiebre o te preparo un té? —volvió a preguntar Naomi con cariño y amabilidad, hablándole a su futuro yerno en dulce voz.

Mmm… ¿eh? —y el aludido se hizo el dormido, ya que la vergüenza no le bajaba.

Vayamos a preparar el té, mamá —la joven tomó la iniciativa y se llevó a su madre del brazo, hablándole en tono agradecido—. Y gracias por todo… por eso Inuyasha te quiere tanto.

Y yo a él… es un muchacho tan dulce y sensible… —la buena señora no pudo evitar sonreír de forma usual ante la observación de su hija, y cerraron la puerta para dejarlo reposar.

"¡Uf, qué cerca estuvo!" pensó el de doradas pupilas al instante, abriendo otra vez los párpados. Enderezándose de su posición volvió a tocarse la frente para checar su temperatura, mostrándose molesto y malhumorado al comprobar que efectivamente era un poco elevada.

¡Con una mierda!, sólo son unas palabras estúpidas las que tienes que decir delante de una bola de… —dijo reprendiéndose en voz alta—… ¡Carajo, esto no es para que te pongas mal!, ¡no eres un debilucho ni un cobarde! —agregó con nerviosismo. Casi se muerde las uñas sin saber a ciencia cierta que más podía hacer.

En menos de cinco minutos Aome regresó, trayendo una humeante taza de té y una cápsula.

Inuyasha, mi mamá te manda esto —le dijo un tanto seria sentándose una vez más a su lado—. Tómalo con cuidado y trágate la medicina.

¿Y eso que… qué es? —preguntó dudoso el joven semidemonio antes de animarse a beber el hirviente preparado, no fuera a quemarse la lengua.

Esta cápsula es para la fiebre, aunque no creo que en verdad la necesites —respondió la joven volviendo a desviar la vista avergonzada—, ya que lo que tienes es psicológico y se te pasará en cuanto… en cuanto… en cuanto hayamos consumado todo —agregó levemente ruborizada.

… ¿Eh?, ¿psico… qué? —esas palabras le sonaron extrañas a Inuyasha, por lo que parpadeó perplejo en tanto sorbía un poco del té… no estaba muy caliente y bien podía tomarlo.

Tu fiebre es cuestión mental, ya que te sientes presionado por lo de la boda —Aome se animó a mirarlo otra vez, sonriendo con timidez mientras señalaba su respectiva sien.

Oye, ¿acaso insinúas que estoy zafado? —por lógica que al Hanyō no le hizo gracia la observación, así que le espetó un poco molesto ante la comparación.

No, Inuyasha, no es así… —respondió ella más seria —… lo que quiero decir es que, a causa de la boda, no te sientes tranquilo y tu cuerpo ha reaccionado de esta manera —adicionó retornando a la mirada cariñosa, percibiendo sus sentimientos—. Pero ahora debes tomarte la cápsula sin morderla… trágatela o te sabrá mal —y, sin previo aviso, le apretó levemente los cachetes para meterle la medicina a la boca, cerrándosela un poco de golpe.

… ¿qué…? —al ser tomado por sorpresa, Inuyasha sólo atinó a toser sin poder meter las manos, atragantándose momentáneamente con la cápsula—… ¡cof, cof, cof!... Aome… —y se le salieron unas lagrimitas.

Vamos, bébete un sorbo más de té para pasarla, te hará bien —comprensiva, Aome le habló con dulzura acariciándole el rostro, levantándose una vez más para abandonar la habitación—. Mi mamá se ofenderá un poco si no te lo terminas —agregó antes de salir.

El joven semidemonio se bebió todo el té y decidió que lo mejor era "ausentarse" un rato para tomar aire fresco, así pasaría un tiempo con "Inu" y se ayudaría a pensar. Después de jurarle a su futura suegra que ya se sentía mucho mejor por su medicina, y permitirle a la buena señora tomarle la temperatura poniéndole el termómetro en la boca, pudo salir al patio; y Aome tuvo que disimular una carcajada ante su cara avergonzada. En cuanto el ojidorado salió Buyo fue sigilosamente tras él… todo un buen felino metiche.

Dime una cosa, pulgoso, ¿tú sabes lo que es estar nervioso? —sentado en la banca cercana al Árbol Sagrado Inuyasha le habló a "Inu", acariciándole la cabeza un tanto distraído.

El animalito movió la cola y ladró agudamente dos veces mientras lo miraba fijamente, sentado a la usanza habitual de los perros, como diciéndole que se lo tomara con calma. También el gato se unió al grupo recostado a los pies del joven, estirándose lentamente para desperezarse.

Ya, no te creo nada… de seguro me dices eso porque tú no has tenido que comprometerte con nadie —le respondió el Hanyō, ya que, al parecer, la conversación parecía tener sentido para ambos—. Eres libre de hacer lo que se te venga en gana.

El cánido dio un ladrido más grave y hasta pareció negar con la cabeza. Al momento ladró dos veces seguidas, como reprochándole por su falta de valor.

Oye, oye, perro, no tienes por qué regañarme —le espetó mirándole un poco molesto, como si lo hubiera insultado—. Tú no eres el que va a casarse, así que guárdate tus comentarios.

¡Guau, guau, guau! —pero el sabueso no se intimidó y ladró una vez más, como si tuviera razón en sus observaciones.

¡Keh, eso quisieras, pulgoso igualado! —está vez el peli plateado no dudó en mostrarse visiblemente exasperado con la mascota… eso había sido demasiado duro.

Ambos se gruñeron un poco y Buyo prefirió esconderse debajo de la banca, no quería estar presente en la exhibición de esa fiereza perruna.

¡Inuyasha, hola!, veo que entiendes a "Inu" tan bien como lo hace mi hermana… —la alegre voz de Sota se escuchó al saludarles. El chico llegaba en ese momento de la escuela y se veía un poco apurado—… yo no puedo tener con él una conversación interesante —añadió a modo de observación, contemplando a su cuñado como si fuera todo un erudito digno de admirarse.

Etoo… sí, tienes razón —el aludido tartamudeó confuso ante la observación… aunque no debía considerarse anormal que un semidemonio de tipo perruno pudiera comunicarse con los perros.

Mira, te conseguí un texto que puede ayudarte a decir las adecuadas palabras de amor para la ceremonia, por si no sabes cómo empezar —le dijo el jovencito más que sonriente—. Pero vayamos a comer, tengo mucha hambre.

Por la oferta "Inu" y Buyo no dudaron en correr por delante, ya que, tratándose de comida, el gato perdía la flojera por la abundancia de los últimos días… ya le habían tocado varios hígados de pollo y un buen pescado en su platito. Y así vemos al Hanyō más consentido del planeta devorar "educadamente" como sólo él puede y acostumbra, zampándose más de cinco platillos de una sola vez mientras Aome, Sota y el abuelo lo miraban con un gesto entre resignado y asqueado, y una gran gota anime colectiva adornaba sus cabecitas.

Un poco más tarde el ojidorado volvió a encerrarse en el cuarto, intentando entender alguno de los párrafos del texto que su joven cuñado le consiguió, ya que la lectura era a lo sumo complicada porque no entendía muy bien el japonés moderno. Y es que Sota recabó un resumen de la "Epístola de Melchor Ocampo" (el principal documento con el que se comprometían en matrimonio civil en México… actualmente ya en desuso), para un buen comienzo. Mientras tanto las mujeres de la casa terminaban de engalanar el área del patio en donde se llevaría a cabo la fiesta de bodas, el abuelo tomaba su siesta vespertina y Sota hacía su tarea. Unas dos horas después Aome fue a despedirse, ya que tenía que ir al salón de belleza para arreglarse adecuadamente, y así estar lista para la ceremonia nocturna.

Inuyasha… te… te veo más tarde —dijo la muchacha al despedirse de él, dándole un rápido, breve y suave abrazo—. Voy a ir a… a ponerme más bonita para nuestra boda —añadió ruborizándose otra vez—. Sota te ayudará a vestirte y nos encontraremos en la capilla cercana a las 7:30 en punto, cuando el sol ya se haya ocultado.

Este… si, de acuerdo, allá nos… nos vemos —él contestó cohibido y avergonzado, y no se atrevió a mirarla directamente.

Antes de arreglarse por completo estuvo practicando una vez más frente al espejo, para decir adecuadamente lo que tenía que decir.

Estee… ejem… ejem… —suspiró y carraspeó nervioso mirando su imagen, tal vez imaginando que de un momento a otro ésta podría salir del cristal para llamarle la atención—. Aome, yo… yo tengo que… yo quiero… —y volvió la vista hacia el folio, releyendo el texto—. ¡Con una mierda, esto es muy complicado! —nuevamente carraspeó para volver la vista al espejo—. Ejem… bien… Aome, me… me comprometo a darte protección, alimento y… y dirección porque… porque reconozco que la… que la mujer es… ¡Carajo, suena muy falso! —espetó enojado, arrugando la hoja y tirándola al suelo—. Debo ser espontáneo, ya lo dije una vez —para luego recomponer el gesto al volver a mirarse en el espejo.

Sin embargo no le salió ni media palabra… declararle amor a tu imagen no es de lo mejor, a menos que seas narcisista o extremadamente vanidoso. No tuvo más remedio que recoger la hoja y tratar de memorizar algunas de las palabras que le parecieron más cursis.

A ver… la mujer es la parte más… más delicada, sensible y… y fina del… —dijo monologando otra vez, tumbado en la cama—… sus dotes son la… la belleza, la com… la compasión, la ternura… el uno y la otra se… se deben respeto, confianza y… y fidelidad… —pero no pudo evitar enojarse por enésima ocasión, bufando con fastidio—… ¡Keh!, ¡cómo les gusta complicar la vida!... el idiota de Miroku lo hizo ver tan fácil —levantó los brazos como dándose por vencido, y volvió a tirar la hoja al suelo profiriendo un suspiro de resignación—. Creo que hasta el Sarnoso de Koga no lo hizo tan mal… —pero claro, él no es de los que se rinden tan fácilmente—… ¡Con una mierda, ese p"$% Sarnoso no será nunca mejor que yo!… no señor.

Y por reiterada ocasión soltó un suspiro de abatimiento… definitivamente era mucha presión para él el pretender que hable delante de toda la gente lo que ya confesó en la intimidad… ¿acaso no le era suficiente a Aome? El tratar de entender y complacer a las mujeres era mucho más difícil de lo que Miroku le había contado. Y todavía faltaba la dichosa verbena.

Antes de las siete de la noche Sota le ayudó a acomodarse el traje. Ya el chico lucía para la ceremonia un sencillo conjunto en azul eléctrico, el cual le daban un aire de madurez… por algo está entrando en la pubertad.

¡Permíteme, Inuyasha, voy a ayudarte con eso! —el chicuelo le amoldó la corbata con bastante delicadeza—. Órale, este traje es fenomenal… la tela es bastante fina —dijo con asombro apreciando la vestimenta.

Pues a mí me estorba un poco… estoy que me ahogo —se quejó el peli plateado, jaloneándose el cuello de la camisa para representar su incomodidad.

Lo imagino —opinó el niño un tanto apenado por la situación, cepillando un poco la larga cabellera de su casi cuñado—. De hecho a mí tampoco me gustan mucho vestir formal, prefiero usar mezclilla.

Oye, Sota, ¿crees que… crees que podría cambiar estos atuendos por otros? —preguntó el semidemonio, animado por la afirmación del jovencito.

Este… Aome podría ofenderse si haces eso… —observó el aludido acercándole los zapatos adquiridos especialmente para la ocasión, sonriéndole con timidez—. Mira, estos zapatos son muy suaves y no te molestaran.

Era un fino calzado de piel en color coordinado con el traje. Después de que perdiera las garras tras el ocaso, serían más que perfectos. Aunque, como no está acostumbrado a calzarse, se sentía un poco tonto usando esas cosas. En cuanto estuvieron listos se dirigieron a la capilla más cercana al templo Higurashi, en donde se realizaría la pequeña ceremonia familiar, y el abuelo les acompañaba caminando a paso lento. Para su buena suerte el señor Ryoga Hybiki pasó por ahí, invitándoles a subir a su vehículo último modelo.

Perdonen por llegar tarde… —dijo sonriente el buen hombre al momento de descender para ayudar al anciano—… y mejor suban ya que la novia no ha de tardar en llegar —añadió con la misma amabilidad regresando a su lugar—. Por cierto, mi estimado joven Inuyasha, te llevarás una grata sorpresa al ver a Aome, ya que se ve más bella de lo que es —comentó encendiendo el motor del automóvil, guiñándole pícaramente un ojo al semidemonio.

Éste no supo o no quiso responder, mostrándose más que avergonzado por el comentario.

El sol ya se había puesto antes de que llegaran a la capilla, por lo que nuestro amigo Hanyō adquirió su humana fisonomía: su larga y abundante cabellera plateada tomó el color ébano de las noches sin luna, sus doradas pupilas se oscurecieron profundamente, sus curiosas orejas y sus garras desaparecieron como si nunca hubieran estado ahí… ya sin ellas sintió más cómodos los zapatos, e incluso pensó que el traje que vestía en realidad no estaba tan mal.

Vaya… verte con ese aspecto es un tanto sorprendente. Menos mal que Rumiko supo captar y plasmar tu esencia aun como humano —declaró el buen señor Hybiki al descender del auto, observando a Inuyasha por unos segundos—. Bueno, vamos por aquí… señor Higurashi, permítame por favor —añadió recuperando la sonrisa, ayudando gentilmente al abuelo.

Gracias, señor Hybiki, es usted tan amable… mi querida Naomi tiene tanta suerte —dijo el viejecillo sintiéndose protegido, apoyándose firmemente en el caballero.

Los mayores se encaminaron delante de los jóvenes, quienes educadamente les cedieron el paso, y subieron las escalinatas que conducían al pequeño edificio. Por cierto que, ante lo dicho por Ryoga Hybiki, Inuyasha se quedó pasmado por una fracción de segundo, hasta que recordó lo que Aome le había contado de que una tal Rumiko Takahashi había hecho una adaptación de todas sus aventuras en el Sengoku, misma que derivó en un… ¿en un manga, así se llamaba?, y posteriormente en un… ah, sí, en un anime. Por cierto que Sota le había mostrado algunas de las concepciones artísticas que Rumiko le obsequió a Aome, y verdaderamente el dibujo era un retrato bastante fiel de su persona… claro, nada mejor que su atractivo visto al natural. El asombro fue momentáneo y nadie de sus acompañantes lo notó, por lo que subió junto a su cuñadito tras los dos adultos.

En la pequeña y modesta capilla, adornada sencillamente con flores blancas, se encontraban algunas personas a las que el de larga cabellera negra no les prestó mucha atención, sintiendo ya los intestinos revueltos de los nervios.

¡Es verdad, Inuyasha está aquí! —el notorio grito de las parlanchinas amigas de Aome llegó a su oídos. Las tres se le acercaron llevando a rastras a un joven que también se le hizo conocido—. ¡Hola, Inuyasha! —dijeron al unísono llegando a su lado.

Oh, también te ves guapísimo con la cabellera negra… Aome no estaba mintiendo cuando nos contó que te transformabas —observó la sonriente Ayumi empleando un tono de educada sorpresa.

Mira, Houjo, él es el apuesto joven por el que Aome no te hizo caso —por su parte Eri hizo la observación hablándole a su joven acompañante con algo de ironía… evidentemente, ese muchachito tonto no era otro más que el descendiente del atarantado de Hakitoki—. Como puedes ver, es todo un galanazo.

Estee… bueno, creo que… creo que sí —el pobre aludido no hizo más que tartamudear sintiéndose abochornado por la comparación, y en el rostro de Inuyasha se reflejó la incredulidad y la pena… verdaderamente, las amigas de Aome estaban dementes—. Mucho… mucho gusto… —saludó educadamente—… ¿no… no nos hemos visto antes? —y lanzó la pregunta al observarlo mejor.

Eee… pues… —y claro, ahora al medio demonio se le enredó la lengua y quiso huir de ahí, pero no porque tuviera miedo, sino porque empezaba a sentirse incómodo ante tanta gente desconocida que lo miraba como si fuera un fenómeno—… tal vez —respondió fingiendo indiferencia.

Chicas, chicas, por favor, el novio ya debe estar en su lugar de honor… —el señor Ryoga fue inmediatamente al rescate, imponiéndose a la juventud al interrumpir amablemente el interrogatorio—… y todos los invitados también debemos entrar a la capilla.

Sí, señor, lo sentimos —respondieron las muchachas al unísono, y, bastante apenadas, se retiraron llevándose a su amigo con ellas.

¡Mucho ánimo, Inuyasha! —dijo Ayumi al final antes de alejarse, levantando un pulgar en señal de apoyo ya que había notado el nerviosismo reflejado en la cara del novio.

Así es… era la hora de entrar al pequeño edificio y tomar sus lugares, esperando por el arribo de la novia. Como ya estaba acordado, el abuelo de Aome, en representación del difunto padre de la joven, la entregaría en el altar, por lo que el señor Ryoga Hybiki se quedó en la puerta acompañándole. Sota llevó a Inuyasha hasta el altar diciéndole que ahí tenía que quedarse en lo que llegaba su hermana, y posteriormente fue a sentarse junto a unos niños; por lo que el Hanyō pudo divisar, esos chiquillos tenían bastante parecido con algunos conocidos suyos del Sengoku, especialmente una pequeña niña de negros cabellos y gran sonrisa… bueno, tal vez, en el transcurso de sus aventuras, se habían topado con más antepasados de personas de esa actualidad, y la prueba de ello era el pobre chico que llegó a pretender a SU Aome, lo mismo que el inútil ese que tenía por antecesor. Bien, decidió mejor no preocuparse por detallitos y centralizó sus pensamientos en sus tripas y… en la difícil prueba que se avecinaba. El pobre estaba tan concentrado en sí mismo que ni por enterado del anciano hombre que se hallaba frente a él, el sacerdote de la capilla. No quedaba más que esperar.

En poco tiempo Aome se presentó junto a su madre, dándole así inicio al ritual de boda. Acompañada de su abuelo, al compás de los suaves acordes de la conocida marcha nupcial, se dirigió hasta el altar, mientras que la señora Naomi tomó un lugar preferencial en compañía del señor Hybiki. Ya Inuyasha, casi al borde de la impaciencia, esperaba por su llegada, y, al verla en todo su esplendor recorrer el pasillo, no pudo evitar enrojecer levemente sintiendo un calorcito recorrerle el cuerpo. Le pareció ver una aparición celestial, ya que el sencillo vestido de novia, en tela de raso aperlado, le daban a la pelinegra, en su opinión, un aire de princesa radiante de felicidad. Los largos cabellos azabaches se los habían peinado en una media cola, adornándolos con una pequeña tiara a la cual se enganchaba el finísimo velo de tul que cubría delicadamente su rostro. Al llegar cerca de su amado le dedicó una pequeña sonrisa y le habló en susurro bajo que sólo él pudo escuchar. El corazón del semidemonio latía a mil por hora en cuanto ella le habló, y por un segundo percibió mariposas revoloteando en su estómago.

Inuyasha… te ves como un príncipe en ese traje —le dijo dulcemente al oído.

Estee… —tartamudeó cohibido sin saber contestar al halago, luchando consigo mismo por no salir corriendo.

Oye, levántame el velo para que pueda verte mejor —la joven volvió a sonreírle tímidamente, mirando de reojo al sacerdote.

¿Eh… qué?... —el joven moreno se había ido momentáneamente al espacio, y, afortunadamente, no pasó de la luna, así que regreso inmediatamente a Tierra—… sí, sí, claro —le contestó de igual manera e hizo lo que ella le pidió… al ver esos lindos orbes cafés que lo miraban con tanto amor se sintió nuevamente en éxtasis.

Ejem… ejem… —el sonoro carraspeo del sacerdote lo sacó de sus nuevas ensoñaciones—. ¿Ya podemos comenzar? —preguntó llamándoles la atención.

Sí, lo sentimos, padre… usted disculpe —al ser interrumpidos de esa manera, la joven se mostró un poco avergonzada.

El joven novio prefirió no emitir sonido para ya no importunar a nadie. Además volvía a sentirse bastante apurado, y deseaba que todo terminara cuanto antes, o tal vez sería capaz de cometer una barbaridad.

Bien, bien… Queridos hermanos, estamos todos reunidos en este lugar para celebrar la unión de estas dos almas a través del sagrado vínculo matrimonial… —empezó a hablar el sacerdote con solemnidad.

La imaginación del Inuyasha retrocedió un poco en el tiempo, a aquel momento en el cual fue testigo importante del enlace de sus amigos, un enlace como el que ahora protagonizaba; bien, al parecer, las ceremonias no cambiaron mucho en el transcurso de los siglos. Y al fin era su turno, algo que había anhelado con emoción pero… no de esa manera ni en esa época, en un periodo al que no pertenecía y rodeado por gente que realmente no conocía bien. Bueno, todo tendría que ser diferente en el Sengoku, ahí se sentiría verdaderamente en confianza.

… Ahora, es el momento en que el novio debe decir sus votos —la autoritaria voz del sacerdote lo hizo volver a su actualidad—. Si es usted tan amable, jovencito… —le indicó un poco más calmado en cuanto obtuvo su atención—… ya sabe lo que tiene que decir y hacer.

"Ahí vamos" se dijo internamente el joven semidemonio y tomó con suavidad las pequeñas manos de su futura esposa entre las suyas, y ella le dedicó una mirada amorosa.

Estee… Aome… yo… —tartamudeó muy nervioso, aunque la miró fijamente con ternura—… yo te… yo te… —pero, inevitablemente, se quedó mudo de terror.

"¡Mierda, no puedo hacerlo!…" pensó visiblemente desesperado, y pequeñas gotas de sudor recorrieron su frente al tiempo que sus pómulos adquirían un salvaje tono rojo "¡Carajo! ¿Por qué es tan difícil, por qué?...". Ante su lapso de indecisión Aome le guiñó un ojito coqueto, para darle ánimo. Las bellas facciones de la muchacha resaltaban un poco más con ese maquillaje sutil que le daba a sus mejillas un tono sonrosado y lucía sus pestañas más coquetas. Todos los invitados estaban bastante callados, a la espera de oír las palabras de amor que sellarían la unión de esa linda pareja de enamorados.

Estee… Aome… yo tengo que… tengo que… —pero el nerviosismo del Hanyō estaba a flor de piel, sintiendo en ellos la mirada de los demás—… tengo que…

Las piernas le temblaban, se le secó la garganta y decidió tragar saliva para poder hablar. La mirada de la pelinegra ahora se hizo dudosa y preocupada.

Este, Inuyasha… —le dijo levantando un poco la voz—… ¿qué pasa?

Aome… yo… yo… —bueno, había de sacarlo de una buena vez, liberarse de eso, y ahora era el momento—… ¡Yo no puedo con esta mierda! —así que soltó en un gruñido ahogado las palabras que tenía atoradas desde hace unos días, ocasionando que la muchacha abriera la boca con asombro y se apartara de él. Por obvias que todos los presentes se quedaron también en shock.

¿Qué? —Aome parecía conmocionada y a punto de llorar. Todas sus ilusiones se desvanecieron de repente, se sintió traicionada.

¡Qué no puedo hacer lo que me pides delante de… de… de todos estos desconocidos! —él espetó ofuscado, jalándose nuevamente la corbata hasta desatar el nudo—. ¡No me obligues!

Pero… Inuyasha… yo pensé que en verdad… —sollozó la joven muy consternada, intentando retener las lágrimas.

Nadie dijo ni pío ni se movió de su lugar, observando la escena con cara de asombro y esperando por el desenlace. El joven se vio dispuesto a huir con velocidad, más, antes de hacerlo, recordó lo más importante… llevarse a su novia.

Aome… vámonos de aquí —dijo en un siseó rápido tomándola con algo de brusquedad, para colocarla sobre uno de sus hombros y así abandonar el recinto.

¿Qué haces?... ¡Bájame, Inuyasha, bájame en este mismo instante!... ¡Inuyashaaaaaa! —por supuesto que Aome se sobresaltó más ante el repentino movimiento, y únicamente atinó a gritar fuertemente entre asustada y encolerizada. ¿Pero qué tenía ese bruto en la cabeza? Y ni para mandarlo al piso.

A pesar de ser un humano normal en ese momento, Inuyasha sacó fuerzas de su interior para saltar a grandes zancadas, perdiéndose de vista en menos de treinta segundos. Los invitados, incluido el sacerdote, se quedaron con la boca abierta por lo menos cinco minutos, tratando de comprender que es lo que había pasado. Fue la señora Naomi quien rompió silencio al comentar en tono soñador:

¡Pero qué romántico, el novio se robó a la novia antes de la boda!... Ese sería el argumento de una buena película.

A todos les brotó una gota anime ante esas palabras, y sonrieron como tontos antes de recuperar el sentido.

Vaya… el "tío abuelo" Inuyasha sí que era especial —observó la pequeña Lin Zaotome mientras sus hermanos se partían de la risa.

Pues sí… el abuelo tenía razón en eso —afirmó Rumiko Takahashi suspirando levemente—. Al "tío" Inuyasha no le gustaba mucho tratar con la gente.

Y… ¿qué haremos ahora? —preguntó Sota mirando a su mamá.

Bueno, en vista de que el protocolo nupcial ya terminó… —Naomi le contestó a su hijo con amabilidad y, muy sonriente como es su costumbre, se dirigió a todos los convidados—. Muy bien, amigos, están todos invitados a la fiesta en el templo Higurashi, y brindaremos por la felicidad de los novios donde quiera que estos se hayan escondido —y pareció preocuparse un momento—… Lástima, Inuyasha se va a perder el pastel.

Los aludidos no fueron a parar muy lejos ya que el esfuerzo agotó a Inuyasha, quien de por si esos días había estado con el alma en un hilo, por lo que únicamente llegaron a un parque arbolado cercano a la casa de Aome. El semidemonio dejó cuidadosamente a la joven en el suelo y se alejó un poco de ella para recuperar el aliento. Por cierto que la muchacha se veía visiblemente molesta, echando chispas por los ojos. Acomodándose el vestido fue a encararlo.

¡Inuyasha!, ¿cómo pudiste hacerme esto, eh? ¡Eres un…! —dijo en voz alta y aguda a modo de reclamo, pensando alguna frase hiriente con la cual molestarlo.

¡Keh! Ya deja de gritarme, Aome… —éste le rezongó sin voltear a verla, conteniendo su molestia y respirando entrecortadamente—… no me hagas más preguntas tontas.

¿Preguntas tontas? —a lo que ella abrió más sus ojos, y su aura maligna casi se desborda del coraje—. ¿Tú sabes lo que nuestra boda significaba para mi mamá?

Ahora sí, el muchacho la encaró rechinando los dientes, y en sus negras pupilas se reflejaba mucho resentimiento.

Pues no me importa en absoluto —le espetó con frialdad, ignorando esa energía negativa que la rodeaba—. Tal vez para ustedes sea de gran valor hacerlo de esa forma, pero para mí no lo es.

La ira de Aome se desvaneció y parpadeó haciéndose para atrás, mirándolo de pies a cabeza. Esas palabras le llegaron como si le hubiera lanzado un balde de agua fría.

Inu… Inuyasha, ¿de verdad… de verdad no… no te importa nada? —le dijo con temblorosa voz, sintiéndose nuevamente desolada.

Estee… Aome… no es… —al instante se dio cuenta de que ella había malinterpretado las cosas, por lo que suavizó las facciones y el tono de voz acercándosele un poco—… no es eso… yo no quise…

¿Qué no quisiste, qué no quisiste?... —más la reacción de la doncella fue un tanto intempestiva, soltando lágrimas de dolor y alejándose unos pasos atrás—… ¡Eres un… un desconsiderado con las personas!

¡Pues tú no te quedas atrás! —él la acercó hacia sí jalándola con algo de brusquedad del brazo, reclamándole por todo—. ¡Ya sabes lo difícil que fue… que fue decirte que te amo porque… porque no soy espontáneo y…! —para inmediatamente soltarla dándole la espalda, alejándose de igual manera—… Nunca quisiste escucharme porque no te importaba lo que yo pensaba —añadió en voz más baja, tragándose su rabia una vez más.

La pelinegra parpadeó y, al final, agachó la cara, aceptando el reproche de su amado. Era verdad… por querer cumplirle un deseo a su mamá había pasado por alto la incomodidad del dueño de su amor. Que él hubiera expresado de viva voz esos sentimientos salidos del fondo de su corazón había sido un verdadero logro para ambos. El Hanyō tuvo que hacer a un lado el orgullo estúpido que lo ha caracterizado, ese orgullo con el que cubre la "debilidad humana" ante los que lo han importunado a lo largo de su vida, para exteriorizar en palabras lo que a veces daba a entender con sus actos… frases de amor que nunca le dirigió a Kikyō.

Inuyasha… yo… —Aome tartamudeó y se le acercó, intentando no llorar avergonzada—… yo lo siento tanto… sólo quería… sólo quería…

El joven la miró de soslayo por un instante, viéndola tan bella con esa ropita blanca, tan frágil, tan inocente y angelical… y sintió que su interior se removía una vez más, aunque en esta ocasión no era por los nervios. Volteó rápidamente rodeándola con ternura entre sus brazos y atrayéndola una vez más a él. Poco a poco comprendía el porqué de las estúpidas reacciones de Miroku ante una mirada de Sango, y en lo dulce que es el amor.

Tonta —le dijo de forma cálida acariciándole la espalda con suavidad, ya que no tenía la intención de desacomodarle el velo.

Aome lanzó un suave suspiro y se apretó más a él. Ante ese contacto más cercano se besaron un tanto apasionados… y muchas imágenes pasaron por la mente del joven semidemonio mientras saboreaba la miel de la boca de su amada, imágenes que le hicieron recordar a sus sucios compañeros de aventuras cuando se daban muestras de amor en sus narices. Lo mejor era borrarlas ya que estaba al tanto de lo que se hacía después, y todavía no era su tiempo para hacerlo. Se apartaron en cuanto les faltó un poco de oxígeno.

Inuyasha… te amo —la muchacha aspiró una pequeña bocanada de aire para recuperar el aliento, sonriéndole grandemente —. ¿Podrás perdonarme por el mal momento? —agregó un tanto tímida.

Yo también te amo, Aome, así que deja de preocuparte por esa tontería —le contestó el aludido sonriéndole de igual manera.

Tal vez el hecho de estar en su forma humana le ayudaba a explayarse más fácilmente, sus facciones no eran tan duras y sus negros ojos reflejaban el fondo de su alma… aun así, a ella seguiría gustándole más en tono dorado y cálido de sus pupilas.

Oye, Aome, ¿tú crees que todavía alcancemos a comer pastel? —claro que algunas cosas no se modificaban demasiado, como el gusto de Inuyasha por la comida, así que le preguntó sin soltarla.

¡Ay, Inuyasha, eres un tragón goloso! ¿En serio crees que haya fiesta después de que nos fugamos de esa manera?... ni siquiera concluimos la ceremonia —Aome le reprochó tiernamente a modo de explicación, mirándolo fijamente como si fuera una mascotita maleducada.

Pues yo no creo que tiren la comida —respondió convencido—. ¿Quieres viajar en mi espalda o en mi hombro? —volvió a preguntar como quien no quiere la cosa, disponiéndose a levantarla.

¡Animal! —más ella le golpeó un poco el pecho con los puños cerrados, queriendo mostrar su desacuerdo—, ¡no te atrevas a llevarme otra vez como si yo fuera un costal! —más no pudo reprimir una carcajada un tanto nerviosa y divertida.

Entonces acomódate bien —él tomó eso como una afirmación así que, echándola cuidadosamente al hombro, encaminó su carrera hacia el templo Higurashi.

¡Inuyashaaaaa, eres un bruto! —gritó Aome sin dejar de reír.

Nota de la autora: Jejeje, y a mí que me pareció corto. Concentré todo mi esfuerzo en mejorar la redacción para darle una mejor presentación a la primera boda… y ya ven el fenomenal resultado. Espero les haya agradado como todo lo demás, y que lo siguiente sea tan bien recibido como hasta ahora. Agradezco a tod s por su gran paciencia y por no perderle la pista a este fic con todo y sus altibajos por el tiempo de espera (me quedé sin red casera desde hace dos meses, y tengo los otros fics en curso)... Un saludo y mis mejores deseos por atrasado (todo un mes!) para este nuevo año que avanza a pasos agigantados… l s quiero.

P.D. Ese "Inu", la mascotita de Aome, lo esbocé como una reencarnación de Inuyasha…: D, y tenía pensado hacerle un homenaje pero nada más no me salió nada.