Capítulo 27
Nota: ¿Disfrutaron el capítulo anterior?... jajaja. Avancemos en el Sengoku ya que aún hay otros pequeños pendientes para la boda… pero es algo breve, no os preocupéis… . Mejor saboreen el nuevo capítulo.
Después de la fallida boda en la época actual Inuyasha y Aome estaban listos para regresar al Sengoku. A pesar de todo sí disfrutaron brevemente de la cena de bodas, e incluso recibieron los obsequios que les habían llevado los invitados aunque no se hubiera celebrado el casamiento como tal… y digo brevemente porque ambos se mostraron más que avergonzados al darse cuenta de que todos se encontraban ahí esperándolos; así que, en cuanto tuvo oportunidad, el Hanyō volvió a fugarse para ocultarse en la seguridad de su habitación.
El obsequio que más destacó fue una pantalla de plasma de 40'', lo más nuevo que saldría al mercado, regalo de los hermanos Takahashi y sus primos Zaotome… obvio, era marca SONHY y tenía la venia de su querido "abuelo" Sesshōmaru.
¡Qué pena!, es demasiado grande para que Inuyasha pueda llevarla al hombro —dijo Aome algo compungida, admirándola muy de cerca—. Además, en el Sengoku no hay electricidad ni señal de cable —añadió soltando un suspiro de resignación.
¡Pero qué bien! —exclamó Sota muy contento, sonriendo grandemente de oreja a oreja—, ¡disfrutare de mis programas favoritos en alta definición!
El semidemonio sólo atinó a abrir la boca, completamente anonadado por semejante armatoste… claro, únicamente un anciano excéntrico y chiflado como el dueño de la SONHY regalaría algo como eso. Y al otro día, después de desayunar y despedirse de la familia, llevando con ellos una gran bolsa de obsequios para los amigos, atravesaron una vez más la barrera del tiempo.
Oye, Aome… ¿qué tanta mierda traes aquí, eh? —preguntó el Hanyō al momento de subir por el brocal del pozo con tremendo bulto, ya del lado del Sengoku, un tanto irritado al tener que cargar con todo.
Inuyasha, ya te había dicho… les compré obsequios a todos, así que no rezongues y lleguemos pronto donde la anciana Kaede para que te liberes —contestó la joven morena con paciencia—… Además, también hay varias de tus sopas favoritas —agregó muy sonriente, guiñándole un ojo travieso.
¿En serio?... pues por ahí hubieras empezado —el joven peli plateado pareció emocionado, a lo que ella afirmó con la cabeza—. Entonces vamos ya, de seguro nos están esperando —agregó, levantando nuevamente el costal con las compras.
Se tomaron de las manos y avanzaron con rumbo a la aldea. Iban muy contentos y de vez en cuando se lanzaban una que otra mirada cariñosa, sin decir palabra para no interrumpir la magia del romántico momento. Pero, antes de entrar a la pequeña comunidad, alguien les salió al paso.
¡Aome, Inuyasha!... ya era hora de que llegaran —era Shippou, quien les habló en tono de reproche al topar con ellos, brincando hacia los brazos de Aome—. Nos tenían preocupados.
P… enano entrometido —masculló Inuyasha mirándolo con rabia por un instante. ¿Por qué Shippou tenía que ser tan inoportuno?
¡Oh, Shippou, hola! —por lógica Aome soltó la mano de Inuyasha y abrazó tiernamente al pequeño zorro—. ¿Qué no deberías estar en la escuela a esta hora? —le preguntó un poco dudosa, acariciándole la cabeza.
Tenemos tres semanas de descanso para el siguiente examen… —dijo el kitsune muy orgulloso de sí mismo, hablando con aire de suficiencia—. Las pruebas son más difíciles a cada nuevo grado que obtienes, pero las superaré otra vez y me coronaré rey de los zorritos mágicos.
¡Keh! —ahora sí el ojidorado externó su pensar en voz alta mientras continuaban caminando—. Oye, chaparro latoso, si no mal recuerdo me dijiste que reprobaste el examen anterior —dijo un poco burlón.
¡Perro envidioso, yo no reprobé!... sólo me falló el último truco, eso es todo —alegó el muchachito en su defensa, teniendo ganas de lanzarle al Hanyō uno de sus mejores hechizos y darle en la cabezota—. Pero los demás los hice mejor que varios de mis compañeritos —agregó un tanto resentido.
Ya, Shippou, no te enojes y no le hagas caso a Inuyasha — le dijo una comprensiva Aome dándole un fuerte abrazo de consuelo, dirigiéndole también a su amado una mirada de reproche—. Él no sabe lo que es hacer un examen y lo trabajoso que puede ser.
¡Keh!, a quien le importa —rezongó el mencionado y prefirió no hablar más, fulminando al pequeño kitsune con una mirada fiera.
Shippou apoyó mejor su cabeza en el regazo de Aome, sonriendo pícaramente al mostrarle la lengua a Inuyasha, sabedor de que, si el Hanyō se tomaba el atrevimiento de maltratarlo, la pelinegra lo mandaría inmediatamente al suelo. Por supuesto que el ojidorado adivinó las negras intenciones del zorrito, así que su gesto se torció de más y le dedicó un ademán amenazador por su atrevimiento. Los tres llegaron a casa de la anciana Kaede, y fueron recibidos amablemente por ella junto con la pequeña Lin.
¡Señorita Aome, señor Inuyasha, qué gusto verlos otra vez! —dijo la chiquilla al salir de la vivienda, abrazando a la joven del futuro.
¡Lin, hola! —Aome correspondió el saludo soltando a Shippou, quien cayó de pie en el suelo.
Sean bienvenidos, Aome, Inuyasha, les estábamos esperando desde ayer —les dijo la buena mujer asomándose también por la puerta—. Gracias por traerlos hasta aquí, Shippou, eres muy amable —añadió dirigiéndose al kitsune con tono cordial.
No fue nada —dijo el chicuelo en tono cortés.
¿Su familia está bien? —le preguntó la chiquilla a Aome con toda la amabilidad, dedicándole una sonrisa más grande.
Ellos están bien, Lin, gracias por preguntar —respondió Aome de igual manera, y, posteriormente, se dirigió a la mujer madura en tono respetuoso—. Anciana Kaede, muchas gracias por recibirme en su casa, espero no molestarle.
Descuida, Aome, esta es tu casa también mientras no te cases con Inuyasha —la aludida le sonrió grandemente, haciendo la puntual observación que los hizo enrojecer a ambos—. Lin y yo iremos por hierbas medicinales a donde Jinengi, regresamos antes del anochecer.
Este… lo siento mucho, anciana Kaede… yo debería ser quien… —la joven se mostró más apenada por eso. Si quería ser la sacerdotisa del pueblo tenía que empezar a comportarse como tal y tomar el oficio con seriedad.
Vamos, Aome, no debes preocuparte por eso ahora ya que tienes otros pendientes que arreglar —Kaede le interrumpió sin dejar de sonreír, mirándola con cariño—. Ya tendrás el tiempo para entrenar mejor… nos vemos más tarde, Inuyasha —agregó despidiéndose del Hanyō, caminando por delante de la pequeña morena.
¡Adiós, señorita Aome, señor Inuyasha! —Lin les dedicó una reverencia y se fue tras su tutora.
Creo que voy a ir con Sango, allá nos vemos —les dijo Shippou disponiéndose a seguirlas, ya que no se le apetecía soportar a Inuyasha por muchas horas—… ¡Lin, Lin, espérame! —y llamó a voces a la niña, corriendo para alcanzarlas.
Al quedar solos Aome decidió que lo mejor sería limpiar un poco el lugar, para acomodar en orden todo lo que trajeron, así que, ni tarda ni perezosa, tomó la escoba para barrer el suelo e inmediatamente, terminando con eso, sacudió los pocos enseres que tenía la anciana, teniendo el cuidado de no romper nada. Incluso se dio el lujo de tararear una cancioncita que le gustaba desde pequeña, como cuando le ayudaba a su mamá con los quehaceres de la casa.
A todo esto Inuyasha resolvió mantenerse apartado en un rincón para dejarla hacer, sin decirle nada para no interrumpirla, observándola con detenimiento y perdiéndose un poco en sus cavilaciones. Y es que, estando así con ella, los dos solos, por su mente cruzaron tantos de los momentos románticos y especiales en el matrimonio de sus amigos y camaradas de aventuras, Sango y Miroku… aquellos momentos es los que, por pura casualidad, él se encontraba presente; sólo que esta vez, en su imaginación, dichos momentos eran protagonizados por él y su amada pelinegra, y, por unos breves segundos, se vio imitando a la perfección las mañas del monje manolarga, cosa que lo hizo enrojecer intensamente.
Inuyasha… ¿sucede algo? —la voz de Aome lo regresó a la realidad de sopetón. La chica se le había acercado bastante al notar su sonrojo, y lo miraba muy fijamente con la duda reflejada en su carita.
Este… ¿qué?... no… no es… no es nada —al notar su cercanía parpadeó para despejar su cabeza, respondiéndole en entonación disimulada y alejándose un poco de ella para no caer en la tentación.
Mmm… pues a mí me pareció que estabas perdido en… en otra galaxia —dijo la joven a modo de observación, sin dejar de mirarlo escrutadoramente—. ¿Qué estabas pensando? —le preguntó curiosa, ya no era común que él se "ausentara" de esa forma.
Es que… lo que pasa es… es que yo… —tartamudeó un tanto indeciso. Indudablemente no podía contarle lo que había pensado o ella deduciría que su necesidad era muy grande y que ya se había vuelto un pervertido como… si, Miroku, esa era la salida—… estoy intranquilo porque el idiota de Miroku no ha regresado de donde el viejo Mushin. Me di cuenta ya que no percibí su olor cuando llegamos, y Shippou lo confirmó indirectamente al ir con Sango y no decirnos nada de ese tonto —dijo con seriedad, aliviado de tener un buen pretexto con la ausencia de su amigo.
… Sí, tienes razón, el monje Miroku ya se ausentó por muchos días y ha dejado a Sango tan sola con sus hijos —la mirada de Aome pareció dudar por un segundo, más, al instante, se mostró visiblemente afligida—. Entonces hay que ir a visitarla para ayudarle —añadió enderezándose.
Oye… en realidad creo que a Sango le conviene el que Miroku no esté en estos momentos… —claro, la verdad es que no había tenido la intención de visitar a la exterminadora, ya que no quería ser acosado por las pequeñas gemelas, así que está vez habló empleando un tonito sarcástico—… así respetan la dichosa cuarentena o tal vez volvería a embarazarse más pronto de lo debido.
Inuyasha… no empieces otra vez con tus cosas —por supuesto que ese comentario no le hizo mucha gracia a la muchacha, así que lo miró con reproche.
¡Jah!, si yo sólo digo la verdad de lo que veo —replicó el Hanyō en su defensa—. Tú ya conoces las mañas de ese depravado, y ella que lo deja ser.
Pues sí pero… eso es algo en lo que no debemos opinar porque no nos compete —se explicó la morena un tanto airada, y al momento enrojeció con intensidad, ya que también imaginó "cositas" raras—. El monje Miroku y Sango pueden hacer de su… de su vida matrimonial… lo que… lo que crean conveniente —admitió en un hilo de voz, intentando no pensar en escenas íntimas de sus amigos.
¡Keh!, ¿ves a lo que me refiero? —espetó el semidemonio, interpretando perfectamente el motivo de su bochorno—. Si ese ansioso de Miroku hace cualquier marranada con tal de tener veinte hijos, y Sango se lo soporta, es su problema, a mí me vale un c…
¡Osuwari! —Aome no soportó más y lo mandó al suelo sin dejarlo terminar, lanzándole una mirada de enfado—. ¡Eres un grosero vulgar! —le dijo con irritación, y abandonó la cabaña llevándose los obsequios que había comprado especialmente para su amiga.
Aome… ¿¡por qué siempre me haces esto, eh!? —Inuyasha la llamó a voces antes de levantarse. Al instante se fijó en las sopas que le gustaban mucho y, tomando varias de ellas, salió tras la muchacha—. ¡Oye, Aome!, ¿a dónde crees que vas sin mí? —le gritó antes de alcanzarla.
Arribaron a casa de su amiga y se encontraron a Shippou jugando con las pequeñas gemelas.
¡Ahome, Kikyō, hola! —les saludó la pelinegra al acercárseles, sonriéndoles grandemente. Inuyasha prefirió mantenerse alejado, no fuera que las chiquillas se arrojaran sobre él.
Los tres levantaron la vista, y sonrieron al reconocerlos.
¡Son el "Perrito" Inuyasha y su novia! —dijeron las pequeñas al unísono, señalándolos emocionadas.
Shippou, ¿dónde está Sango? —le preguntó la muchacha al zorrito después de besar a las chiquillas, obligando al Hanyō a "prestarles" sus orejas.
Ha de estar terminando el quehacer… o tal vez atendiendo al llorón de Miatsu —le contestó el kitsune empleando un tono resignado en la voz—. Ese niño es más latoso de lo que fueron las gemelas —y puso los ojos momentáneamente en blanco.
Oigan, chamacas, no… no hagan eso… suéltenme, me duele —un quejido salió de la garganta del semidemonio, ya que las gemelas acariciaban sus sensibles apéndices auditivos con el "cariño" de siempre, y no podía librarse de ellas por traer las manos ocupadas con su valiosa carga.
¡"Perrito", "Perrito"! —las mencionadas no le prestaron nada de atención, ocupadas en la tarea de darle todo su "afecto".
Ahome… Kikyō… miren lo que les traje —la pelinegra decidió llamar su atención hablándoles en tono maternal, sacando de la mochila varios libros para colorear basados en el anime de ellos, acompañados de sus respectivos colores de cera—. Y Shippou puede ayudarles a pintar, ¿verdad que sí, Shippou? —les explicó al tener su atención, dedicándoles una sonrisa tierna y mirando también a su amiguito.
¡Órale, que padres dibujos! —exclamó el kitsune con sus verdes ojos bien abiertos, tomando uno de los libros—. ¡Pero si somos nosotros! —agregó con emoción al reconocerse en la portada.
¡Aaahhh, es el Señor Sesshōmaru! —las pequeñas tomaron otro de los libros olvidándose al fin de Inuyasha, ya que también reconocieron a alguien en la portada y no pudieron acallar una exclamación de regocijo. Muy contentas volvieron la vista hacia Aome.
Niñas, denle las gracias a tía Aome por tan lindos regalos —Sango salió en ese momento y les habló a sus hijas con mucho cariño, instándolas a mostrar su educación—. Y ahora vayan con Shippou a pintar los dibujos para que queden muy bonitos, así podrán enseñárselos a su padre cuando él regrese.
¡Gracias tía! —ellas, obedientes, le dedicaron una reverencia a Aome y, tomando también los colores, se dispusieron a ir hacia el patio de atrás, siendo seguidas por el kitsune.
Shippou… si te hacen travesuras no dudes en avisar —la castaña le habló a su amiguito zorro con amabilidad antes de que se desapareciera de su vista.
Tú no te preocupes, Sango, sabes que soy un experto en cuidar a tus hijas —dijo el chicuelo muy confiado, hablando como un adulto responsable.
Aome, Inuyasha, ya les esperaba… pasen por favor, están en su casa —ahora la joven exterminadora se dirigió con cortesía a los recién llegados, indicándoles con un ademán que entraran con ella.
Sango, ¿dónde está el bebé? —le preguntó Aome con curiosidad, siguiéndola de cerca.
Miatsu está dormido, y espero que tarde algún tiempo en despertar —le contestó la aludida sonriendo un poco más, disimulando un suspiro de alivio—. ¿Gustan algo para desayunar? —les preguntó educadamente.
Gracias, pero ya desayunamos con mi mamá —repuso la morena acomodándose en un asiento.
Oye, Aome, yo si quiero comer… —Inuyasha no pudo quedarse callado mientras se sacudía la cabellera, ya que las gemelas le habían despeinado un poco—… traje un poco de rameen —y levantó los tres recipientes desechables que llevaba en las manos.
Inuyasha… no podías dejar de ser tragón —la pelinegra suspiró con resignación al ver los tazones de sopa, lanzándole a su amado una breve mirada de reproche.
Vamos, Aome, ya conoces como es Inuyasha… —la sonrisa de Sango se hizo más grande. De verdad que la presencia de Aome era lo que le faltaba a Inuyasha para ser feliz, y eso se notaba aunque tratara de ocultarlo—… denme unos minutos y calentaré agua para el té y para la sopa.
Ya acomodados en el área del comedor, tomando té y comiendo sopa, platicaron varias cosas entre triviales (para Inuyasha) e interesantes (para las dos mujeres) sobre las niñas, sobre el desarrollo de Miatsu, sobre la ya larga estancia de Miroku con su maestro enfermo, lo que posiblemente implicaría algún cambio para la familia, y sobre cómo les fue en la época actual… claro, Aome evitó comentar sobre la fallida boda para no herir la susceptibilidad de Inuyasha. Más adelante, con más calma, le contaría todo a Sango e incluso le pediría algún otro consejo.
Por cierto, Inuyasha, Miroku me dijo que te espera allá en el templo del maestro Mushin para que puedan ir a la región Oeste —le comentó Sango a Inuyasha después de que terminaron el té.
¡Keh!... ¿y por qué carajo vamos a ir allá? —eso no le hizo gracia al aludido, atragantándose con los últimos fideos del tercer tazón de sopa.
Bueno, recuerda que quedaron de ir nuevamente por ese rumbo para comprobar que retornara la calma… —observó la castaña sin perder la paciencia, aguantándose las ganas de carcajearse ante el desparpajo del ojidorado—… y también cobrar los servicios que quedaron pendientes de pago.
¡Jah!, al payaso de tu marido sólo le importa cobrar bien —el semidemonio bufó su irritación limpiándose con la manga de su Hitoe.
De algo tenemos que vivir… —dijo alegremente la exterminadora, mirándolo en forma traviesa—… además, tú también te llevas siempre un porcentaje, no lo niegues.
¡Keh!... Por allá ya no hay nada, así que no es necesario ir otra vez —el Hanyō miró a la joven con algo de molestia mal disimulada—. Al parecer, el engreído de Sesshōmaru le encargó el trabajito al Sarnoso de Koga, y éste, como buen lobo faldero, cumplió con lo prometido a "su gran señor" —ironizó al final, poniendo un gesto que expresaba desagrado.
¿Y por qué Sesshōmaru le pediría eso a Koga?... no entiendo —preguntó Aome con duda y extrañeza… cualquier petición de parte del gran demonio blanco podría considerarse peligrosa.
¿Tú por qué crees, eh?... por pura mierda —espetó el ojidorado escupiendo su desagrado. El sólo hecho de ver a su hermano mayor encumbrado como un "Gran Señor Demonio" le daba dolor de estómago—. Para ese arrogante todos los demás son sirvientes a su disposición, los que hacen el trabajo sucio… mira que bajo ha caído ese Sarnoso idiota —añadió, sonriendo levemente con ironía al final.
Las dos amigas convinieron en que era mejor guardarse su opinión al respecto, cerrando momentáneamente los ojos y negando con la cabeza al mismo tiempo… a pesar de la ayuda que el poderoso Daiyōkai les brindó "desinteresadamente" para acabar con el malvado de Naraku, pareciera que nada haría cambiar la opinión del Hanyō con respecto a lo que pensaba de él y, sin temor a equivocarse, el sentimiento del gran demonio blanco era mutuo.
¡Keh!, no me digan que ustedes también creen que Sesshōmaru es… —el joven peli plateado interpretó correctamente el significado del gesto, así que no dudó en reclamarles.
No, Inuyasha, nadie dijo nada sobre eso que estás pensando —la joven morena no le dejó terminar, levantando un poco la voz para imponerse—. Lo mejor es que sí acompañes al monje Miroku, aunque sea para cobrar… aquí Sango me ayudará para arreglar todos los pendientes antes de nuestra boda —puntualizó con seguridad mirándolo fijamente, por lo que el ojidorado se sonrojó y decidió desviar la mirada, sorbiendo las últimas gotas de té que quedaban en su taza.
Pensándolo bien no era mala idea el alejarse unos días, así despejaría un poco su cabeza y volvería a meditar sobre todo con un poco más de calma y, especialmente, necesitaba encontrar las palabras adecuadas con las cuales matrimoniarse. Bien, era el momento de recibir la ayuda incondicional que su amigo el monje podría darle, y sin chismosos de por medio.
Muy bien, entonces me voy —dijo con seriedad levantándose un poco apurado, botando los tazones vacíos de lado.
¿Pero cómo… cómo que te vas?... si acabamos de llegar hoy —Aome no pudo ocultar su asombro. ¿Cuál era la prisa por irse?
¡Keh!, entre más pronto terminemos con ese maldito asunto más pronto regresaremos, y así Miroku deja de fastidiarme —respondió el semidemonio con visible irritación, encaminándose a la salida de la cabaña—. Estaremos de vuelta a más tardar en tres días —puntualizó, encarrerándose por el sendero hasta perderse de vista.
¡Inuyasha, dile a Miroku que lo extrañamos! —le alcanzó a gritar Sango, agitando la mano en señal de despedida.
Inu…yasha… —y la joven morena sólo atinó a parpadear, teniendo la boca abierta del desconcierto.
Aome… creo que es lo más sensato que Inuyasha pudo hacer ahora —la joven castaña le habló a su amiga en tono considerado y amable, mirándola con comprensión—. Ahora sí, podemos hablar de todo aquello que estuviste ocultándome y de tus nuevos planes de boda —añadió sonriendo con aire picaresco, adivinando que la morena tenía mucho más que contar.
Etoo… sí, tienes razón… ya podemos hablar con libertad —al verse descubierta Aome soltó un largo suspiro, dispuesta a hacer una reseña de su fallida boda en la época actual.
Y así Sango se enteró de lo acontecido en ese lejano periodo mientras atendía a su pequeño, el cual había despertado muy exigente al sentir que ya era hora de almorzar.
Bueno, Aome, es lógico el que Inuyasha reaccionara de esa forma… —le dijo muy comprensiva al tiempo que se acomodaba a su hijo en el seno izquierdo—… debió haberse sentido muy presionado.
Si… creó que sí me excedí en mi petición y en la forma en la que lo traté, pero… —Aome se mostraba bastante apenada, ayudando en la preparación del arroz para la comida —… ¡es que, si lo hubieras visto con el traje puesto, lucía como todo un príncipe! —confesó sin ocultar su emoción, enrojeciendo intensamente de las mejillas.
Y no lo dudo… hay veces en que destaca todo su atractivo animal —Sango soltó una suave carcajada de complacencia.
Oye, Sango, no le digas tan feo a Inuyasha —la morena se quejó haciendo carita de puchero.
Vamos, Aome, vamos, es un cumplido y nada más —comentó la castaña sin borrar la sonrisa —. No negarás que ese aire animal es de familia… basta con ver a Sesshōmaru —adicionó pícaramente.
Ambas se carcajearon con ganas ante esa alusión, y posteriormente deliberaron que lo apropiado por el momento era disfrutar la tarde en familia. Por lo tanto, después de comer, llevaron a los niños a bañarse en el arroyo cercano a la aldea, acompañadas también por Lin… afortunadamente ella y Kaede regresaron más temprano de lo previsto; y por Kohaku y Kirara, quienes se dieron un tiempo para ir de visita. Las pequeñas mellizas gozaron chapoteando en el agua que incluso quisieron llevar a su hermanito a nadar con ellas, a lo que Sango consintió aunque fuera unos minutos, ya que el agua, en su impresión maternal, estaba demasiado fresca para Miatsu. Y la noche cayó…
Las dos amigas se encontraban contemplando el fragmento de la luna en creciente que ya asomaba por el horizonte. Sango había tardado como media hora en acostar y dormir a sus hijos antes de que pudieran platicar otra vez, a pesar de que los chiquillos parecían bastante cansados después del paseo. Gracias al convencimiento de las mellizas Kohaku consintió en pasar la noche con ellos, y ahora descansaba a su lado; mientras que, por su parte, el pequeño Miatsu compartía la habitación con su mamá aprovechando la larga ausencia de su padre.
Entonces, Aome, ¿cuándo juzgas conveniente el que Inuyasha y tú se casen en definitiva? —le preguntó ya acomodada a su lado, mirándola con algo de curiosidad.
Creo que lo mejor será hacerlo en unos dos meses, cuando sea nuevamente luna nueva —respondió la aludida muy segura de sí misma, sin apartar sus pupilas del astro nocturno.
¿Piensas casarte de noche? —le cuestionó su amiga sin ocultar su sorpresa—. Eso no es muy común aquí —afirmó desconcertada.
No exactamente… nos casaremos en el día de la noche de luna nueva —Aome sonrió complacida, volviendo la vista hacia su amiga—. Así tal vez Inuyasha podrá asimilar las cosas con más facilidad, y aguantarse los nervios.
Ah, claro, ya entiendo… —la exterminadora pareció deducir de qué se trataba el asunto—… así también disfrutaran la noche de bodas sin tanto problema, ¿verdad? —y le guiñó un ojo travieso, sonriéndole grandemente.
¡Sango, no… eso… eso me da mucha pena! —la joven morena se sonrojó intensamente ante la observación de su amiga, tapándose la cara para no mostrar su vergüenza.
Aome, en serio… ya somos mujeres adultas y conocemos lo que implica el matrimonio —externó la de castaña cabellera poniéndose algo seria, haciendo la puntual observación y moviendo la cabeza un poco—. Además… —ahora a ella le tocó sonrojarse momentáneamente, bajando el tono de voz hasta hacerlo un susurro—… tienes más información que yo en… en esos temas —concluyó.
Bueno… si, pero… es un poco… es verdaderamente… bueno, tú entiendes —tartamudeó Aome sin que le bajara el sonrojo.
Las dos se quedaron en silencio por un momento, prestando su atención a los sonidos nocturnos. Recordando los demás obsequios que llevaba para su amiga Aome volvió a hablar.
Ah, por cierto Sango, traje esto para ti… —dijo, sacando del interior de su gran mochila varias de las cajitas que tiempo atrás, antes de irse esos tres años, le había obsequiado, y también varios paquetitos nuevos—… No quise dártelas delante de Shippou para que fuera a preguntar algo indebido. Y si puedo regresar a mi época con Inuyasha te traeré más —agregó sonriendo con timidez, entregándoselas.
Oh, Aome, muchas gracias… era justo lo que necesito para estos días. Eres muy amable —Sango tomó los paquetitos reconociéndolos, y parecía visiblemente aliviada y emocionada—. Por cierto, ¿estos qué son? —preguntó con curiosidad y asombro, admirando las pequeñas cajas de contenido desconocido para ella.
Eto… pues eso es… es… —la sonrisa de Aome se transformó en una mueca boba, y el rubor de sus mejillas volvió a incrementarse—… son los anticonceptivos para caballeros que te conté hace tiempo… adentro trae el instructivo —y al momento cubrió su rostro una vez más, y su voz se hizo más chillona al agregar—. Sólo espero que el monje Miroku no me odie por esto.
Mmm… son algo raros —la exterminadora pasó por alto el bochorno de su amiga y se dedicó a examinar esas cajitas con detenimiento, intentando deducir el tipo de contenido en ellas. Después le dirigió una mirada suspicaz—. Aome, ¿también traes esto para ti? —le preguntó abiertamente.
¡Sa… Sango! —la nombrada dio un respingo y resopló, abanicándose con la mano al sentir un leve golpe de calor—. Por supuesto que pienso cuidarme para no embarazarme pronto… sonará algo egoísta pero me gustaría disfrutar de un buen tiempo a solas con Inuyasha —puntualizó con decisión, a lo que la castaña sonrió complacida.
Un poco más tarde Aome se despidió de su amiga y regresó a la cabaña de la anciana Kaede, dispuesta a descansar para iniciar nuevamente con su preparación de sacerdotisa.
Pero vamos a ver lo ocurrido entre los caballeros de esta obra…
Inuyasha apuró el paso dirigiéndose hacia el Templo de Mushin por un atajo que él conocía, y a su memoria volvió el bochornoso incidente sucedido en la muy lejana época de Aome; esta vez su boda tenía que ser perfecta, porque esta vez sí que era significativa y definitiva.
Ojalá que ese bueno para nada de Miroku me ayude en serio, o voy a dudar de su vocación de monje — murmuró para sí, recordando también varias de las ocurrentes y nada prácticas ideas de su amigo.
Era alrededor del mediodía cuando al fin arribó en el templo, encontrándose a Hachi limpiando escrupulosamente los pasillos.
Oye, mapache tonto… —dijo a modo de saludo sin nada de amabilidad—… ¿dónde está el idiota de tu jefe?
Se… señor Inuyasha… —le respondió éste después de haber dado un respingo del susto, inclinándose respetuosamente ante él —… es un honor que nos visite.
¡Keh!, no estoy aquí de visita de cortesía, así que déjate de payasadas —fue la contestación del Hanyō cruzándose de brazos, olfateando bien el aire—. Ahora dime en donde se encuentra Miroku porque es claro que aquí no está.
El jefecito Miroku fue de compras a la aldea más cercana, ya que se nos terminaron los víveres — contestó el tanuki en entonación apenada.
El anciano monje Mushin se presentó asomándose con bastante trabajo por la puerta corrediza que daba al exterior… a leguas se le notaba lo borracho, como si no estuviera delicado de salud.
Pero si tú eres… ¡hic!... —dijo arrastrando las palabras, y bizqueando levemente tratando de enfocar al ojidorado—… tú eres Inuyasha… ¡hic!... el amigo de… ¡hic!... de Miroku… ¡hic!... —exclamó emocionado—… no… ¡hic!... no esperaba encontrarte por… ¡hic!... por estos rumbos… ¡hic!
¡Keh!, mejor iré por Miroku —el aroma del alcohol era tan intenso para el sensible olfato del semidemonio que optó por retirarse, más el viejecito le tomó de la ancha manga de su traje, impidiéndole moverse.
¿Por qué no lo… ¡hic!... no lo esperas?... ¡hic!... te aseguro que no… ¡hic!... que no tarda — sugirió el anciano hombre.
Eee… está bien… —el Hanyō se soltó de su agarre con brusquedad, apartándose un poco—. Tenías razón, viejo, Miroku se acerca —agregó al segundo, pues el aroma familiar de su amigo llegó a su nariz.
En menos de dos minutos Miroku hizo acto de presencia llevando varios bultos en los brazos, acompañado por dos pequeños que le ayudaban a cargar más.
¡Inuyasha, que agradable sorpresa! —le dijo sonriéndole al notar su presencia—. Puedo ver que Sango te dio mi recado.
¡Keh!, olvida los formalismos y vámonos de una buena vez hacia el Oeste… quiero acabar con esto de una buena vez —fue la "amable" y "considerada" respuesta del ojidorado.
Calma, calma, no seas maleducado… anda, Hachi, no te quedes ahí parado y sostén esto —observó el ojiazul con tranquilidad, hablándole a su vez a su sirviente en forma de orden.
Excelencia Miroku, ¿nos va a pagar? —intervino uno de los chicuelos que le acompañaban, entregándole al mapache todo lo que llevaba a la mano.
Por supuesto… anótenlo en mi cuenta y a fin de mes les pagaré —el joven monje se dio su importancia con los muchachitos, y éstos se retiraron inclinándose respetuosamente frente a todos. Inmediatamente se dirigió al anciano maestro hablándole con respeto y cortesía, ofreciéndole cuidadosamente una de las bolsas—. Aquí tiene usted, maestro Mushin, traigo lo que me pidió… pero por favor no se lo acabe pronto o tendré que ocultarlo, ya que es carísimo y difícil de conseguir.
Miroku… ¡hic!... eres muy amable… ¡hic! —el viejo monje tomó el paquete y de su interior extrajo… una gran botella de sake—… ¡El elixir de los dioses, la ambrosía celestial!... —dijo muy alegre antes de destapar la botella para beber su contenido. Miroku y Hachi no pudieron ocultar un gesto de pesadez, e Inuyasha torció la boca en un gesto de desagrado—… ¡hic!... ¡qué delicia, qué placer!... —suspiró en cuanto se pasó el primer trago, saboreándolo—. Bien… ¡hic!... los dejaré para que… ¡hic!... platiquen a gusto en lo que… ¡hic!... sirven la comida… ¡hic!... Inuyasha… ¡hic!... siéntete como en tu… ¡hic!... casa… ¡hic!
Y se alejó de ellos tambaleándose, al parecer muy dispuesto a terminar con el licor en ese día. Parecía que llevaba más de una semana bebiendo.
Oye, Miroku, ¿no se supone que el vino lo está matando? —le preguntó Inuyasha a su colega con algo de duda.
Bueno, no es exactamente así —le contestó el monje sonriendo tontamente—. Si Mushin no toma por lo menos una botella al día se pone irritable e insoportable… Mira, mejor vamos a comer, voy a preparar algo delicioso —agregó con una sonrisa más sincera, invitándolo a pasar.
¡Jah!, ¿en serio sabes cocinar? —observó el semidemonio en tono burlón.
Aunque lo dudes —el ojiazul se dio sus aires de suficiencia—. Claro que no es tan bueno como lo que prepara mi Sanguito pero… —adicionó apenándose un poco—… es comestible. Vamos, Hachi, tienes que acomodar los comestibles en su lugar que yo voy a estar muy ocupado —y posteriormente se dirigió al mapache hablándole con algo más de amabilidad.
Sí, jefecito, como usted ordene —presto el tanuki fue tras ellos, arrastrando como pudo toda la mercancía.
Se adentraron en el templo encaminándose hacia el área habilitada como cocina, y el joven monje preparó una verdadera delicia culinaria… arroz hervido con pescado asado.
Debemos agradecer al Creador de todo por obsequiarnos tan finos manjares… así que bendigo estos alimentos y las manos que los prepararon con tanto cuidado —una media hora más tarde, ya "sentados" a la mesa, Miroku hablaba en forma seria y solemne citando la oración antes de comer—. Adelante, Inuyasha, ya puedes hincarle el diente —añadió retomando el tono alegre, mirando a su amigo semidemonio con aire de diversión.
El aludido no espero que se lo repitieran dos veces cuando ya tenía medio pescado en la boca.
¡Buen provecho!... ¡Chomp, chomp, chomp!... —dijo con la boca llena, masticando ruidosamente—… por lo menos se puede comer… —señaló atragantándose un poco—… ¡chomp, chomp, chomp!... —y continuó devorando su gran porción.
El anciano Mushin parecía estar ausente en su mundo y no notar la pésima educación del Hanyō, tomando sus sagrados alimentos con toda la calma del mundo. Hachi sólo lo miró de reojo antes de concentrarse también es su plato, y el ojiazul aguantó las ganas de carcajearse, dedicándose a masticar con más educación.
Ya era de noche cuando al fin los dos amigos pudieron hablar en privado. Inuyasha se encontraba sentado en uno de los pasillos principales del patio trasero, mirando con toda atención el fragmento de la luna en creciente. Miroku pudo desocuparse de su mentor al dejarlo dormido, bajo la vigilancia de su buen sirviente. Acercándose donde el Hanyō y se acomodó a su lado, sentándose también. Ambos estuvieron en silencio por un buen rato hasta que el monje decidió romperlo con su característico tono de voz, amable y comprensivo.
Inuyasha… me imagino que ya tienes una fecha para casarse con la señorita Aome —le dijo sin voltear a verlo, con la vista centrada en la luna.
Pues… bueno, yo… Aome… —el joven ojidorado tampoco quería verlo de frente, avergonzado por su falta de decisión—… yo… es decir… no… aun no —y terminó enrojeciendo brevemente, rememorando su torpe comportamiento en la época de su amada.
Ah… ya sabía que eras bastante lento pero… —Miroku no pudo ocultar un suspiro de resignación, cerrando los ojos y negando con la cabeza—… esto es el colmo.
Oye, oye, no vine hasta acá sólo para oír tus sermones tontos… —por obvias que el de plateada cabellera no estaba dispuesto a la crítica, así que espetó su molestia—… ahórrate el esfuerzo y déjame en paz.
Bien, si eso es lo que quieres… —el joven Hoshi se encogió de hombros y pareció dispuesto a retirarse, haciendo el intento de levantarse.
Miroku, no… espera, yo… lo que pasa es que yo… —eso no era lo que Inuyasha necesitaba en esos momentos, así que detuvo a su amigo mirándolo con leve súplica, enrojeciendo intensamente de las mejillas—… bueno, es que… es que tú sabes que… me cuesta mucho hablar de… de eso —dijo tartamudeante.
Miroku sonrió brevemente con aire de comprensión, reacomodándose a su lado. Le palmeó el hombro para demostrarle su apoyo.
Inuyasha, déjame decirte que, antes de que la linda señorita Aome se fuera por esos tres años, le regaló a Sango un pequeño libro de su época, lleno de bellas enseñanzas de vida —le dijo serenamente, mirándolo con interés—. Nosotros lo hemos leído y hemos aprendido mucho de él. Pienso que tal vez en ellas puedas encontrar esa palabras adecuadas para el día en el que al fin se unan en matrimonio… como has deseado por tanto tiempo —agregó con seguridad.
¿De verdad… de verdad lo crees? —preguntó el Hanyō más que esperanzado… ya no tenía caso ocultar sus verdaderos sentimientos hacia la joven del futuro, y sabía que podía contar con su amigo.
Vamos, tú confía en mí, ya que, aparte de vocablos bellos, también encontrarás una explicación detallada sobre todas las bendiciones y delicias matrimoniales —Miroku guiñó un ojo de forma traviesa, hablando ya con picardía.
¡Keh!, no empieces con tus marranadas… yo no soy como tú —lo que no le hizo gracia al semidemonio. Se levantó con brusquedad y miró a su interlocutor con reproche, espetándole con voz irritada.
Inuyasha, Inuyasha, no me vengas con el cuento de querer conservar la castidad porque ni Sesshōmaru te lo creería… —el joven Hoshi continuó sentado, sonriendo ampliamente ante la molestia de su amigo, y luego pareció meditar en algo que hasta ahora había pasado por alto—… mmm… eso en él me parecería más probable.
¡Keh!, no digas el nombre de ese arrogante en mi presencia… —resopló el de larga cabellera sentándose nuevamente, cruzándose también de brazos—. Para mí será mejor no tener que soportar alguna descendencia suya.
Bueno, como tú digas —opinó el monje sin querer agregar una palabra más para no contrariarlo y provocarle un disgusto mayor—. Ahora lo mejor es descansar ya que mañana partiremos después de desayunar, y Hachi nos acompañará para no tardar más de lo debido —dijo como quien no quiere la cosa, cambiando de tema.
¡Carajo!, ¿es en serio que tengo que ir? —preguntó Inuyasha sin cambiar el tono de molestia, torciendo de más el gesto enfurruñado.
Aparentemente la paz ha vuelto a la zona pero… —Miroku adoptó un aire profesional de quien sabe a lo que se dedica—… uno nunca sabe cuándo puedan atacar los espíritus, así que lo mejor es ir preparados por…
¡Jah!, yo sé lo que te digo… ese inútil de Koga arrasó con esas basuras por órdenes expresas de "su Gran Señor" —le interrumpió el ojidorado con sarcasmo, sin disimular su desagrado ante la mención del Comandante lobo—. Quien viera al Sarnoso, terminó siendo el "lobo faldero" del idiota de Sesshōmaru —al momento casi se suelta una carcajada por su propio comentario, imaginándose al Ōkami "menear" la cola dócilmente frente al Daiyōkai.
Aun con todo es mi deber de monje exterminador de espíritus… a esos pobres pueblerinos no les debió agradar ver más yōkai en sus aldeas, especialmente de ese tipo de yōkai, tan peligrosos por lo rápidos y organizados que son —ahora fue el ojiazul quien interrumpió su instante de alegría—. Pero estoy de acuerdo contigo, Sesshōmaru jamás se mostraría de frente a los humanos, por ello me parece lógico que haya enviado a Koga y los suyos.
¡Keh! Siempre lo he dicho… Sesshōmaru es un maldito aprovechado que abusa de los débiles —puntualizó el semidemonio en un bufido.
Bueno, siendo justos… no sabemos a ciencia cierta lo que originó el alboroto de los yōkai —opinó el de cortos cabellos una vez más, hablando en tono de filósofo—, pero agradezcamos que tu hermano se encargó de la raíz del problema.
¡Mierda, eso no me importa!... Para mí que él tiene mucho que ver con este des"#$, ya que fue en la mansión celestial donde habita su madre que se originó todo —Inuyasha se mostró alterado una vez más, resoplando su enfado.
Mmm… bueno, podría ser —a lo que Miroku dio por zanjada la discusión, empleando un tono firme en esta ocasión… dijera lo que dijera, Inuyasha y Sesshōmaru no habían aprendido a tolerarse mutuamente, por ello era mejor darle por su lado al semidemonio. Levantándose para dirigirse a su habitación, le habló a su amigo de mejor manera—. Sé que te gusta dormir al aire libre, así que no hay problema si deseas quedarte aquí… pero, si quieres un techo para estar más cómodo, dímelo con confianza —agregó solícito.
Este… creo que… prefiero un cuarto en esta ocasión —le respondió su interlocutor tras meditarlo un segundo—. Y… ¿podrías… podrías prestarme ese… ese libro? —preguntó en un susurro alto, intentando disimular su interés.
Por supuesto que sí, Inuyasha —a lo que el monje sonrió levemente, tomándolo por los hombros para llevarlo con él—. Si haces el favor de acompañarme te indicaré donde descansarás hoy.
Lo condujo hasta una pequeña recámara y lo dejó ahí para que pudiera meditar en la Palabra… con la seguridad de que a través de ella encontraría la forma precisa de explayar ante todos, esta vez sin miedo, el amor que le profesaba a la joven del futuro. La señorita Aome e Inuyasha se merecían unos magníficos esponsales, y su deber como padrino de la pareja, como monje y como amigo, era asegurar de que así fuera.
Nota: espero el capítulo haya sido de su agrado, y no les cuento lo que sigue para que lo disfruten igual, únicamente les adelanto que Inuyasha tendrá progresos para su boda. ¡Estamos llegando ya al final del fic! Sean felices.
