Capítulo 28.

Nota: penúltimo capítulo, disfrútenlo.

Encontramos a Inuyasha en la habitación que Miroku amablemente le había proporcionado, disponiéndose a descansar para enfrentar el siguiente día. El templo encabezado y custodiado por Mushin se encontraba estratégicamente alejado de las poblaciones, por lo que los sonidos nocturnos del bosque cercano y el rumor del agua de la cascada se escuchaban perfectamente, ayudando a la meditación. Si otras fueran las condiciones es seguro que el ojidorado hubiera preferido dormir afuera, pero su curiosidad se había despertado ante la mención del libro posible fuente de inspiración para buscar las palabras adecuadas que decir el día de su boda con Aome… su boda con Aome… no es que no deseara vivir con ella en todas las formas de la ley de esa época, pero, el simple hecho de pensar en lo que vendría después le daba pánico, ya que lo que menos quería era lastimarla, y no se sentía seguro de poder controlar a la bestia que reside en su interior una vez que el ambiente se pusiera… no, mejor ni pensarlo.

Ya recostado en el futón que había en medio de la habitación se dispuso a leer.

Pero qué libro tan raro… —se dijo admirando el ejemplar, un pequeño y grueso libro encuadernado en piel—… no parece la gran cosa.

Bueno, ya estaba ahí y no se echaría para atrás. Decidido le dio una hojeada general al contenido antes de centrarse más detalladamente en la sección que Miroku le había recomendado, señalada mediante una nota en pergamino: "Que te sea de provecho todo este capítulo… y tal vez más, más adelante".

Al principio le costó trabajo entender la lectura, pareciéndole aburrida a la vez que un tanto irreal, incluso dramática en exceso. Claro, debemos considerar que, si no lees algo con el afán de entender su contenido, difícilmente lo vas a entender. Pasaba las páginas de diez en diez, deteniéndose un poco en algunas partes que consideró especiales…

¡Keh!, ¿qué clase de p#$% libro es este? —bufó con algo de irritación continuando con lo mismo—. No parece un manual de modales… y ni siquiera tiene dibujos —resopló cerrándolo momentáneamente, para iniciar desde el principio—. Creo que mejor veré que es lo que Miroku considera importante para mí… sólo espero que no se traten de las inmoralidades que tanto le gustan —agregó, soltando un suspiro de pesadez.

Así volvió a pasar las páginas hasta llegar al inicio del capítulo escogido, leyendo detenidamente el encabezado.

¡Argh… que título tan chocante! —pensó en voz alta.

Comenzó con su lectura e inmediatamente se le subió la sangre a las mejillas, ya que el lenguaje empleado en dicho texto era bastante diferente a lo poco que había leído… tenía forma poética, en tono un tanto cursi y un poco explícito en ciertas partes, no apto para la rígida mentalidad del ojidorado.

¡Carajo, esto es una verdadera payasada! —Inuyasha botó el librito como si le quemara los dedos, y eso que únicamente había leído una página—. ¡Una completa pérdida de tiempo!

Se cruzó de brazos sin acostarse debidamente, y en su gesto se reflejaba la molestia.

Ese p#$% Miroku es un estúpido enfermo mental y un… —masculló con palabras altisonantes.

Sin embargo, a los cinco minutos volvió a tomar la obra para continuar con la lectura… el interés era mayor que su indignación. Pero el rubor no disminuyó, más antes se intensificó haciendo que el rojo de la piel fuera aún más rojo, casi como si tuviera fiebre. Una vez más lo arrojó lejos y cerró los ojos, sacudiendo la cabeza con presteza para eliminar cualquier pensamiento inapropiado.

¡Con una mierda! —espetó bastante airado, conteniendo las ganas de golpear a alguien—. ¡Ahora voy a tener sueños cochinos por culpa de ese idiota pervertido de Miroku y este libro de porquería!

Se levantó de un salto y empezó a caminar de un lado a otro de la habitación. En su gesto se notaba su desagrado.

Pero la culpa de todo esto la tiene Aome por… —añadió sin dejar de moverse, tratando de justificarse—… ¡qué carajo, todas las mujeres son igual de problemáticas!

Después de dar más de veinte vueltas decidió que lo mejor era dormir un poco, así que se tumbó nuevamente en el futón sin dejar de cavilar en todas las cosas desatinadas que tiene que hacer un hombre por quedar bien con la mujer que le gusta para compañera.

Mierda… sólo a un completo idiota como Miroku se le ocurre pensar que es una buena idea… —masculló después de soltar un suspiro de pesadez, cerrando los párpados—… y yo que le hago caso.

A pesar de sentirse tan molesto no tardó mucho en caer rendido de cansancio. Con todo y que estaba en una habitación, a su nariz le llegó el conocido y delicado aroma de las flores de campanilla, tan suave y a la vez fragante. Abrió los ojos con sorpresa al reconocer el olor.

¿Dónde… dónde estoy? —se preguntó extrañado mirando a su alrededor, incorporándose entre un montón de hierbas finas y flores—. Este olor es de… ¿Kikyō? —y la buscó con la mirada.

No muy lejos de ahí divisó la esbelta silueta de aquella que fue su primer amor, vistiendo una túnica muy blanca y resplandeciente. Su larga y negra cabellera se agitaba al compás de la brisa. Al verla así de tranquila e indiferente, como si no estuviera pasando algo raro y fuera de lo normal, el Hanyō pareció incrédulo.

¿Ki… Kikyō?, ¿en serio eres tú? —volvió a preguntar, acercándose con cautela donde la miko estaba parada.

Al fin llegas, Inuyasha… ya tenía tiempo esperándote —ella le contestó sin voltear a verlo en seguida, y en su voz no se reflejaba ninguna emoción—. Fueron tres largos años para tomar la decisión correcta, ahora no puedes renunciar ni echarte para atrás.

¿Qué… qué haces aquí? —el semidemonio detuvo su caminar, sin quitarle la vista de encima… tal vez su cerebro le estaba jugando una broma—. Y… ¿qué hago yo aquí? —cuestionó en tono precavido.

Estamos en este lugar porque tú lo pediste desde lo más profundo de tu alma, así que vine a abrirte los ojos al verdadero amor —contestó la joven morena dándole esta vez la cara, sonriendo un tanto sarcástica al tiempo que lo miraba con ojos endurecidos por el odio y el desprecio, la mirada que había mostrado durante el tiempo en que su alma errante anhelaba vengarse de él—. Y esto es debido a que, al parecer, no lo conociste del todo a mi lado por haber mostrado dudas en tu corazón —añadió un tanto despectiva.

¿Ehh?... oye, Kikyō, no te entiendo… ¿a qué te refieres con eso, eh? —ante estas palabras el ojidorado pareció molestarse, cruzándose de brazos y sin avanzar más. No le agradaba en absoluto recordar ese incidente en particular, el acontecimiento que desencadenó todos los problemas posteriores por la falta de confianza mutua, pero, sobre todo, que fuera ella, Kikyō, la que se lo echara en cara.

Vamos, querido Inuyasha, no tienes por qué ofenderte —le respondió la joven miko sin dejar de sonreír altanera, tomando la iniciativa y avanzando hacia él—. Debes venir conmigo para que te aclare todo —agregó.

Sin darle tiempo a protestar lo tomó del brazo y lo jaló con firmeza, llevándolo con ella como si fuera un muñeco.

Este… Kikyō… oye… ¿qué… qué pasa? —fue lo único que pudo murmurar Inuyasha, y se quedó perplejo al ver que no podía oponer resistencia.

Siguieron su camino por el estrecho sendero bordeado de esas pequeñas flores de fragante aroma. En ese momento el rostro de Kikyō reflejaba felicidad, ya que iba junto al único hombre que podría decirse había amado con intensidad, aunque nunca lo terminó de aceptar con su doble naturaleza pues temía que, al ser ella una sacerdotisa de prestigio y él un feroz semidemonio, no conseguirían ser siempre felices; y, como ya todos sabemos, por ese motivo trató de convencerlo de pedirle a la Shikon no Tama el deseo de ser solamente un humano como los demás, para que pudieran vivir unidos sin preocuparse por las murmuraciones de las personas… un deseo egoísta que desató el caos posterior con el nacimiento de Naraku.

Pero eso ya no importaba ahora, porque el destino se había encargado de enderezar todo con la llegada de Aome, su reencarnación del futuro. Aome regresó en el tiempo para solucionar los conflictos desatados por las dudas de Kikyō, e incluso se ganó el amor de Inuyasha. La antigua miko tuvo que morir para que la joven del futuro naciera y corrigiera el fallo. Si las cosas no hubieran sido así… el porvenir sería incierto.

Al fin llegaron a un pequeño templo no muy alejado de donde empezaron a caminar. Las puertas se abrieron solas para cederles el paso, ya que no parecía que hubiera más seres vivos aparte de ellos en ese lugar. Entraron en una estancia no muy larga, donde se encontraba una mesa de mediano tamaño y había cojines cómodos para sentarse.

Inuyasha, por favor toma asiento —en cuanto entraron Kikyō lo soltó retornando a la seriedad. Se dejó caer suavemente en uno de los cojines, en la forma acostumbrada por las mujeres de la época—. Puedes preguntar lo que necesites preguntar.

El semidemonio se acomodó también, mirando hacia todos lados con un gesto de extrañeza dibujado en su rostro, como deseando encontrar algo lógico en todo lo sucedido. El lugar no tenía más que una pequeña ventana y las paredes eran tan blancas… por un momento creyó que estaba en algún sitio donde las almas esperaban por ir al cielo.

¿Y bien, Inuyasha, ya pensaste en algo? —después de darle un minuto para reaccionar, la miko volvió a cuestionarlo mirándolo fijamente, sin inmutarse ni un poco.

¿Qué? —el aludido volvió a la realidad y volteó a verla, como si apenas notara su presencia—. Pe… perdón… —y pareció avergonzarse un poco—. Kikyō, dijiste que me… que me… ¿ayudarías a…?

Así es, aclararé algunas de las dudas y temores que oscurecen tus pensamientos, y lo que decidas hacer va a depender de ti —ella le interrumpió con gravedad—. Así que abre tu corazón y expresa todos los sentimientos que tienes hacia Aome —puntualizó como si estuviera regañándolo.

El joven semidemonio abrió la boca con ganas de protestar, pero decidió callar y meditar un momento en las palabras dichas por Kikyō, su amada de cincuenta años atrás. Sus dudas y temores estaban más bien relacionados a cuál sería la forma ideal de comportarse con su actual amor una vez que se hubieran casado como era debido, ya que no deseaba mostrarse como un patán aprovechado e insensible; no quería lastimarla en lo más mínimo, quería ser para ella el marido ideal sin dejar de ser… él. Y llegar a ese punto se le hacía a lo sumo complicado pues, las pocas veces que habían discutido desde que la muchacha regresó de su época, era porque, en opinión de Aome, Inuyasha se había vuelto un criticón en todo lo relacionado con la bonita relación matrimonial que llevaban sus amigos, Miroku y Sango.

En lo que ambos estaban de acuerdo es en que el joven monje continuaba siendo un manolarga indomable a pesar de los tres años de feliz unión con la bella exterminadora, y no dudaban de que, en la intimidad, sus excesos llegaran a más. Y lo más exasperante, por lo menos para el Hanyō, era el hecho de que el ojiazul no disimulara su afecto hacia su esposa en los momentos más inoportunos, aunque se ganara un buen regaño por ello. Para la morena no tenía nada de malo que sus amigos mostraran lo mucho que se querían ante todo el mundo, especialmente porque, en ese período, las exhibiciones de cariño en público no eran muy bien vistas, cosa que al Hoshi le tenía sin cuidado.

Eso era parte del meollo del asunto, porque Inuyasha no se había visualizado en ese terreno afectivo… bueno, tal vez lo imaginó en alguna ocasión pero, ahora que podía decirse estaba a un paso del altar, no sabía qué hacer, aunado al hecho de llegar a la intimidad con Aome… esa parte lo llenaba de horror. Kikyō miraba sus expresiones con escrutinio, aunque sonreía con disimulo, ya que el rostro del semidemonio evidenciaba su lucha interna.

Inuyasha… ¿por qué te atormentas tanto con la idea de casarte con Aome? —le interrumpió en sus pensamientos, utilizando en esta ocasión un tono de voz más amable—. ¿Acaso no lo has anhelado por mucho tiempo?

¿Eh? —el joven ojidorado levantó la vista y la miró, mostrándose avergonzado. ¿Cómo decírselo? No le parecía correcto, ya que ella, Kikyō, fue y siempre sería su primer amor—. No es nada, Kikyō… no me pasa nada.

Vamos, Inuyasha, no trates de mentirme porque no lo conseguirás… te conozco lo suficiente como para que pretendas engañarme —observó la pálida joven escuetamente, disimulando un mohín de fastidio y contrariedad.

Este… yo no… —y él se quedó momentáneamente callado, intentando ocultar un suspiro de desazón.

Engañarse el uno a la otra… en realidad, viéndolo bien, la forma en la que habían sido confundidos por Naraku fue tan estúpida. A pesar del poco tiempo que llevaban de relación en ese lejano tiempo habían aprendido a interpretar sus gestos, y joven Hanyō siempre fue transparente con la sacerdotisa, no podía ocultarle nada. Ante esa muestra de aflicción Kikyō pareció recordar lo mismo.

Ya no te atormentes por el pasado, Inuyasha querido —le volvió a hablar sin dejar de observarlo fijamente, dulcificando un poco la mirada y el gesto. Toda la conmoción desatada por Naraku había sido ocasionada por sus dudas, y le había hecho sufrir tanto—. Tú tenías tus razones para desconfiar de los humanos porque siempre fuiste despreciado por ellos, y yo permití que la rabia me dominara al creerme engañada, dudando de ti y de todo lo que habíamos vivido… —pero, a continuación, su gesto se hizo un tanto pícaro y travieso al continuar, algo no muy común en ella—… más lo relevante en este momento no es lo que ocurrió entre nosotros, sino tu problema de llegar a la intimidad con Aome… ¿o me equivoco?

¿Eeehhh?... ¿cómo… cómo lo supiste? —al verse descubierto, al semidemonio se le subieron los colores al rostro. ¿De cuándo acá Kikyō dominaba dichos temas? Nunca la había escuchado hablar así.

Eso no es importante ahora, lo importante es que lo sé y punto — la miko hizo un gesto con la mano, restándole proporción al hecho—. Sólo necesito preguntarte algo antes de continuar… —pero, al instante, volvió a adquirir la seriedad habitual, fijando nuevamente las pupilas en él—… cuando yo te pedí que vivieras a mi lado como un humano, ¿qué pensaste en realidad?

Estee… — el pobre Hanyō hubiera querido ocultarse de esa mirada tan profunda que no mostraba ahora ninguna emoción—… a… ¿a qué viene esa idiotez? ¡Yo ni siquiera estaba seguro de hacer lo que me pedías! —soltó sin pensar, completamente ruborizado hasta las orejas.

Los ojos fríos e inconmovibles de la extinta sacerdotisa se llenaron de lágrimas ante esta declaración. En un momento se puso a llorar muy al estilo de Aome, ocultando el rostro entre las manos y encogiéndose sobre sí misma.

¡Oh, Inuyasha, no sabes cómo me duele el que me trates así! ¡Yo creí que sí me amabas! —dijo en voz ahogada y sollozante, aunque no era un reproche tan fuerte como los de su reencarnación.

Y claro, ante ese repentino cambio en Kikyō, comportándose como lo haría la joven del futuro, al semidemonio se le bajó el bochorno. Acercándose cautelosamente a ella la tomó delicadamente por los hombros, sin saber qué hacer para confortarla.

Kikyō no… no llores, por favor… yo… yo no quería… —tartamudeó más que apenado, esperando no tener que abrazarla.

Parecía que la sacerdotisa se ahogaría en su llanto, ya que de sus labios salían lastimeros gemidos, gemidos que le taladraban el alma al Hanyō.

Kikyō… por… por favor perdóname… yo… lo siento tanto… —bien, ni hablar. Tomarla entre sus brazos era lo mejor, para demostrarle que en verdad la llegó a querer más que a su vida.

Pero, tan súbitamente como soltó el llanto, la miko dejó de llorar y, soltándose de él, retornó a sonreír con algo de ironía.

No tenías que molestarte, Inuyasha, de todos modos, después de todo este tiempo, eso ya no me afecta para nada — le dijo con bastante reserva al apartarse, colocándose una vez más en pose solemne al otro extremo de la mesa.

El ojidorado abrió momentáneamente la boca con un poco de asombro.

Eee… entonces, ¿para qué armaste todo este teatro, eh? —le replicó enojado, mirándola con bastante irritación.

Sólo para comprobar la verdad de tus sentimientos, Inuyasha, y si estás dispuesto a abrir tu corazón de una vez por todas —le contestó la sacerdotisa un tanto arrogante, sin perder la compostura—. A veces eres bastante voluble en tus acciones, y eso no está bien —puntualizó con firmeza—. Así que ahora te pido toda tu atención sobre lo que verás a continuación como punto de partida.

Bien, el joven ojidorado no sabía ni que pensar ante esa rara situación, y hasta se pellizcó el antebrazo para comprobar que no fuera un sueño y, como no le dolió, llegó a la conclusión de que aún estaba dormido. Pero todo parecía tan real.

No te distraigas, Inuyasha, que vamos a ver algunos de los momentos más significativos entre Aome y tú cuando estuvieron buscando la Shikon no Tama… —cambiando un poco el tono la antigua miko volvió a hablarle, manipulando una especie de artefacto parecido a un control remoto—… y no me negarás que los recuerdas muy bien —añadió con picardía inusual, ocultando una sonrisita.

Y, efectivamente, tal como la joven lo mencionó, en la blanca pared frente a la mesa se proyectaron algunas imágenes tan nítidas como si de proyectar una película de su memoria se tratara… varios bellos momentos, algunas situaciones peligrosas, en los cuales empezó a sentir el revoloteo de las mariposas en su estómago cuando estaba cerca de la del futuro:

La ocasión en que fueron a cuidar el cuerpo muerto de una princesa para evitar que su alma fuera robada, y Aome se apoyó en su hombro alegando que tenía miedo de que el cadáver se levantara de un momento a otro;

el breve instante en que la vio desnuda sin querer, al tratar de rescatarla del ermitaño Tokajin;

cuando la rescató de Koga, aquella primera vez que toparon con el lobo, y el muy Sarnoso dijo que quería a la adolescente como su mujer, lo cual le hizo hacerse de palabras con el Ōkami;

todas esas veces que el impertinente Sarnoso se cruzaba en su camino para "molestar" a Aome;

cuando tuvo que enfrentarse al gran Cho – Kui – kai, el monstruoso jabalí venido de China que se robaba a las doncellas más hermosas para hacerlas sus esposas, porque el muy cerdo se llevó a la chica empleando un truco barato para obligarla a tener hijos con él;

varias de las ocasiones en que fue con la muchacha a su época y tuvieron algunas peripecias;

todas esas veces en las que, de una forma u otra, Aome se las arreglaba para ser la "dama en peligro"… etc., etc., etc.

Ante tanta evidencia no pudo evitar ruborizarse en extremo, en tanto la ya difunta sacerdotisa sonreía con discreción.

Dime, Inuyasha, ¿hace cuánto tiempo te diste cuenta que la amabas más que a mí? —le preguntó una vez más en cuanto la pared volvió a ser blanca, mirándolo fijamente con curiosidad.

Este… Kikyō… yo… yo no… es que tú… —el Hanyō desvió la vista del rostro pálido de su antiguo amor. Esa verdad no quería confesársela, sería como traicionar su recuerdo y su promesa.

Vamos, Inuyasha, no necesito que me tengas lástima, así que habla sin temor… te aseguro que ya no me importa —ella interpretó correctamente lo que pensaba en ese momento y hasta endureció el semblante por unos segundos, ironizando un poco.

No, Kikyō, no es… no es lástima —le dijo el ojidorado sin atreverse a verla de frente.

Entonces… ¿acaso es miedo de lastimarme? —fue el mordaz cuestionamiento de la joven, sin mudar el semblante impasible—. ¿Es qué me amas aún? —añadió.

¡No! —él levantó la voz sintiéndose agraviado con el cuestionamiento, mirándola un poco enojado. Al segundo volvió a agachar la mirada, avergonzándose otra vez por su duro proceder—. No… no, Kikyō, no es… no es eso… es que… es que yo… —tartamudeó vacilante.

La sacerdotisa se carcajeó un momento, tal vez con algo de sarcasmo.

Por favor, Inuyasha… —agregó mirándolo fijamente una vez más—… ¿amas o no a Aome? —y sonrió un poco más abiertamente, aunque esta vez pareció delicada —. De verdad te lo digo, no debes de atormentarte más por mi alma… ahora ella está tranquila, y lo estará más cuando vea que eres feliz al lado de la mujer que también te ama —adicionó con algo de melancolía.

El Hanyō no hizo más que afirmar con la cabeza, dedicándole a la sacerdotisa una mirada algo triste… no le negaría que, de verdad, ahora su corazón le pertenecía a la joven venida del futuro, pero prefirió no decirlo en voz alta. Kikyō también afirmó y no le dijo nada más, esperando a que abriera la boca.

Kikyō… yo… yo… —cuando al fin el semidemonio se atrevió a decir algo suspiró con pesar, desviando nuevamente la mirada de ella y sintiendo el peso de la culpa sobre sus hombros—… yo juré protegerte… tenía que protegerte y… y… y no pude hacerlo… no pude y dejé que ese imbécil de Naraku acabara con tu vida… soy… soy un fracaso —añadió con desgarradora voz.

Inuyasha… —la miko empleó un tono más tierno al responderle, su corazón palpitaba deprisa, pero dejó de sonreír, pues nunca había querido herirlo de esa forma—… las cosas que tenían que pasar son las que pasaron. Naraku causó mucho daño y era mi responsabilidad detener lo que yo provoqué… de todas maneras yo tenía que morir para que Aome viviera, pues no debíamos ni podíamos estar juntas al mismo tiempo —y está vez fue ella la que desvió la vista para disimular las lágrimas sinceras. Aome nació y llegó del futuro para sustituirla en todo, incluso en el corazón de Inuyasha.

Kikyō… —Inuyasha la miró nuevamente, con sus propios ojos un tanto temblorosos… el primer amor será siempre el primero y ocupará un lugar especial en tu corazón por más que pasen los años.

Se… se feliz con Aome, Inuyasha querido —le dijo la joven miko sin verlo, aguantando los sollozos—. Ella te ama como eres a pesar de todo y… y siempre sabrá perdonarte cuando te equivoques porque… porque aprendió a conocerte muy bien… —y levantó la vista ya para mirarlo, dedicándole una sonrisa sincera y una dulce mirada como cuando ellos eran una pareja, en aquellos lejanos cincuenta años—… no es cuestión de cambiar drásticamente tu esencia —agregó al final, intentando calmar su pequeño llanto.

Kikyō… —él no pudo decirle nada más y sólo la envolvió entre sus brazos como en esos años, a lo que la antigua sacerdotisa correspondió esta vez, volviendo a sollozar.

Y únicamente se quedaron algunos minutos así, abrazados y sin besarse, con el Hanyō acariciándole delicadamente la cabellera, dejándola llorar hasta que se sintiera más tranquila, liberando de esa manera los últimos sentimientos de cariño entre ellos. Eso no significaba que la olvidaría… Kikyō fue la persona más importante en su vida antes de la llegada de Aome, la mujer especial que lo hizo sentir nuevamente importante después de tantísimos años sin su querida madre; la que le hizo apreciar el lado humano de su ser, como siempre lo hizo su amada progenitora… sin embargo, el dilema que asomó en el corazón de la miko fue lo que arruinó el bello sentimiento del amor puro, permitiendo que la envidia de Naraku fuera más fuerte.

Inuyasha… —ya más serena, Kikyō se apartó una vez más con suavidad, retomando la seriedad usual de sus últimos días—… no tengas miedo de enfrentarte con las pasiones humanas, son parte de la vida.

Es que… es que yo… yo… yo no… —a lo que el peli plateado enrojeció por enésima ocasión, ya que el comentario le pareció muy directo.

Vamos, querido, recuerda lo que te ha dicho su Excelencia, dentro de un matrimonio son básicas ese tipo de demostraciones —la pálida joven continuó su observación sin inmutarse en lo más mínimo—, ya que el mismo cuerpo lo pide —y sonrió levemente ante el encendido tono carmín de las mejillas del ojidorado —. Así que quítate la vergüenza, porque sería una afrenta para Aome el que no quieras intimidad con ella, que ustedes dos no se hicieran una sola carne como lo manda el Nuestro Gran Señor de la Vida —adicionó con solemnidad.

¿Ehh?… ¿qué… qué dijiste? —y eso le ocasionó una conmoción al joven, por lo que casi se le va la quijada al piso—. ¿Desde… desde cuándo aprendiste… aprendiste los discursos de Miroku? —preguntó más que anonadado.

El discurso de su Excelencia no es un simple discurso sin sentido, es la enseñanza más pura del amor —le contestó la miko sin perder la calma, sonriendo una vez más—. Porque el hombre y la mujer fueron creados para ser uno solo a través del amor… y el matrimonio es la representación del amor del Dios Creador para con la humanidad.

… —Inuyasha pareció más que atónito, ¿acaso las cursilerías de su amigo manolarga tenían… tenían verdaderamente una base espiritual?

Te invito a que continúes con la lectura de las Sagradas Letras y abras tus pensamientos —complementó la sacerdotisa—, te será de gran ayuda para ambos, pues Aome también debe madurar más a tu lado. Y, por favor, nunca se guarden nada importante… hablen siempre con la verdad aunque sea dura, ya que entre los dos encontraran mejores soluciones —puntualizó para terminar, silenciándose para darle la oportunidad de pensar. Y sí que necesitaba digerir lo que oyó.

Así que el pervertido idiota de Miroku no andaba para nada errado en sus cosas… por algo había enamorado a Sango y ella lo aceptó a pesar de sus múltiples defectos. El de plateada cabellera admitía que, en el fondo, llegó a comprender que la inseguridad por el futuro es lo que había hecho al monje actuar de esa forma tan libertina, pero ahora, aunque en apariencia parece comportarse igual que en esos locos días, la realidad ya no es así. Respeta a su familia, su mujer y sus tres hijos, y hasta toma las responsabilidades con mayor seriedad… no porque antes fuera un completo inconsciente, pero el sentar cabeza se ve reflejado en su actuar.

El amor hace cosas maravillosas… sólo es cuestión de que él y Aome siempre se tuvieran confianza e hicieran a un lado sus temores y miedos. Todo saldría bien si ambos así lo deseaba y ponían de su parte.

Inuyasha, ¿necesitas algo más? —le dijo Kikyō después de un breve lapso, volviendo a sonreír un tanto pícara—. Tal vez podamos ver algunos de los románticos momentos de su Excelencia y su esposa… para que te des una idea de lo bello que es amar sin inhibirse —sugirió como quien no quiere la cosa.

¡Por supuesto que no! —el aludido gritó un poco ofuscado, enrojeciendo por enésima ocasión—. No tengo porque ver… esas cosas —agregó en voz baja.

Tranquilo, era nada más una propuesta… no la tomes tan en serio —ella le pidió calma sin quitar la sonrisa—. Bien, ahora tengo que irme —se levantó con calma, volviendo a la seriedad habitual—. Ya no dudes más y sigue adelante… piensa en la felicidad que te espera al lado de Aome.

Kikyō… —él se levantó también recuperando el tono normal en la piel.

Sé que algún día volveremos a vernos, y si me necesitas estaré cerca, en tu corazón —ella le sonrió un segundo antes de retornar a la formalidad—. Pero no te atormentes nunca más con el pasado… déjame ya descansar en verdadera paz.

Yo… yo… —el semidemonio volvió a tartamudear apenado, buscando palabras precisas—… siento no… siento no haberte ayudado, Kikyō, en verdad perdóname.

Lo hiciste bien, querido, no lo dudes —la joven miko dulcificó el semblante una vez más al acariciarle una mejilla con suavidad y cariño, con ese tacto tan delicado que él recordaba muy bien, plantándole un pequeño beso en ella—. Ahora sé un buen hombre y hazla muy dichosa.

Caminó rápidamente hacia la puerta y salió sin voltear y sin esperarlo, perdiéndose de vista entre las flores de campanilla que bordeaban el sendero. Inuyasha no pudo moverse… antes más bien sintió que el piso se hundía a sus pies.

Un alarido salió de su garganta y abrió los ojos con sorpresa.

¿Pero qué…? ¡Kikyō!, ¿dónde…? —dijo enderezándose sobre el futón, y darse cuenta de que se encontraba una vez más en la habitación—. Sólo fue un tonto sueño… —suspiró con fuerza.

A través de la ventana pudo observar el cielo aun oscurecido, señal de que faltaban algunas horas para el amanecer. Tal vez podía leer un poco antes que Miroku lo llamara para irse. Así que recogió el libro y continuó con su interrumpida lectura.

Nota: Ya para terminar no pude resistir a la tentación de que fuera Kikyō la que lo animara a dar sin temor el último paso importante en su vida… no temerle a la intimidad con Aome… . Algo chusco, pero yo pienso que en su rudeza es lo que le daba miedo de vivir al lado de la pelinegra, el consumar su amor y tal vez… no quería ni pensar que se le saldría lo "Bestia"… .

P.D. La enseñanza del amor es algo que todos debemos saber… Dios nos ama y el matrimonio es la representación de su amor, pues el hombre dejara a su padre y a su madre para ser una sola carne con su mujer… Saludos y sean felices, y nos vemos en el último capítulo escrito.