3. Dos caras de la misma moneda
Cuando Kanon bajó de nuevo al bar cargando la ropa sucia, se detuvo a mitad de las escaleras.
Sus anfitriones discutían acaloradamente, sin haberse percatado de la posible presencia del joven.
Escuchó atentamente lo que se decían y aunque no le sorprendió el tema de conversación, ya que era obvio que tratarían de él, sí las razones para ello.
Vasilis era desconfiado por naturaleza, y no estaba del todo contento con la decisión de su mujer.
-¡Pero si no le conocemos de nada! ¿Y si es un ladrón? Imagínate por un momento que mañana despertamos con las habitaciones arrasadas. O peor aún, un asesino. ¡Voula, que no tienes cabeza!-
Kanon sintió punzadas en el corazón. De repente todo el peso que deseaba descargarse de encima, se hizo aún más duro de soportar. Si un desconocido, que no tenía ni la más remota idea de su pasado, desconfiaba de él ¿cómo iban a aceptarle sus compañeros?
Voula se mantenía en sus trece, con los brazos cruzados.
-No soy una paranoica como tú. De hecho no me importaría si robara algo, porque sé que eso añadiría más peso a su equipaje, y tengo la intuición de que lo que quiere es deshacerse de algo malo que le ha llevado a esta situación. ¿Acaso no puedes ver su sufrimiento? No es externo, no son las heridas las que le han dejado marcas sino que es algo interno. Cariño, déjame ayudarle. Si no quieres participar, de acuerdo, lo entiendo. Pero no me prohíbas ayudar a quien más lo necesita, no importa lo que sea o lo que haya hecho-
Ya no pudo más. Kanon tragó saliva y subió las escaleras para encerrarse en la habitación. Cerró la puerta sin echar el pestillo y se tiró en la cama, colocándose en posición fetal.
Esa sensación había regresado. Tantas veces la había sentido y no era capaz de darle un nombre adecuado, tal vez porque era desconocida para él. Empezó a llorar en silencio, ahogando los sollozos lo mejor que podía. Y lo peor es que no era capaz de parar, por más que lo intentaba.
Dos suaves golpes tocaron a la puerta.
-Kanon, ábreme, por favor-
La voz balsámica de la mujer reconfortó a Kanon, que se mantuvo en silencio unos segundos, antes de contestar "Adelante".
Voula abrió la puerta suavemente y se quedó a la puerta unos segundos, contemplando al joven encogido en la cama. Parecía un conejillo asustado. Ella esbozó su maternal sonrisa y se sentó en el borde del colchón.
Kanon mantenía la mirada perdida y los ojos acuosos. Con delicadeza, sin saber muy bien si debía hacerlo o no, Voula adelantó una de sus manos y acarició suavemente el hombro del joven, en un gesto de confortación. El gemelo centró su mirada en la mujer y poco a poco su corazón fue latiendo a un ritmo más calmado, hasta que las lágrimas cesaron.
-Tan fuerte que aparentas y sin embargo qué frágil eres- musitó la mujer.
Kanon parpadeó un par de veces, dándole sentido a esa frase. Revolvió sus manos, sin saber muy bien qué hacer con ellas, mientras la mujer seguía acariciándole. Decidió incorporarse.
Se sentó junto a la señora y suspiró mientras se limpiaba las lágrimas.
Hacía apenas quince minutos que estaba feliz tomando una ducha. No habían pasado más que un par de horas, a lo sumo tres, desde que apareció en la playa varado. Demasiadas emociones en tan poco tiempo. Y tan desequilibrantes. Se sentía sumido en un océano de dudas, de sentimientos nunca sentidos. O quizás que no había demostrado en muchísimos años.
Como un gesto automático, buscó el hombro de Voula, que le miraba como si estuviera estudiando cada rincón de su alma. Reclinó la cabeza sobre aquel hombro, ancho y blandito y cerró los ojos. La mujer estrechó al muchacho y ahora le acarició la larga cabellera azulada, sedosa y limpia. Le sorprendió ese tacto tan suave.
-Te falta cariño. Mucho cariño y amor. Por eso estás así. Creo que debería dejarte a solas un rato y deberías dormir un poco. No te preocupes por mi marido, te acabará acogiendo y ya verás cómo no es tan gruñón como aparenta. Sólo es un escudo-
Kanon suspiró fuertemente y se separó del hombro de la señora.
-Quisiera ir a dar una vuelta por el pueblo, si no le importa- solicitó.
Voula se lo pensó dos veces, pero finalmente accedió y le guió hasta la puerta del bar.
En el bar había dos ancianos, que conversaban con Vasilis, mientras éste les servía un par de cafés. Al ver a su mujer con el muchacho, frunció el ceño pero se mantuvo callado. Ella despidió a Kanon desde la puerta y le recomendó un par de sitios para ver.
El cielo continuaba despejado, con el sol brillando fuertemente. Aún así, las temperaturas no eran excesivamente agobiantes, ya que la brisa marina ayudaba a mantener el ambiente fresco.
Caminó por las callejuelas del pueblecito, sintiendo que era observado tras los visillos de las ventanas. Le hizo gracia descubrir a una señora esconderse rápidamente al verse detectada.
Siguió caminando y saludó cortésmente a una viejecilla, totalmente vestida de negro, con la pañoleta en la cabeza y la cachaba entre las piernas. Ella estaba sentada a la puerta de su casa, en un simple banco de piedra, pero disfrutando del sol. Apenas se le veían los ojos, tras los arrugados párpados. Como no respondió al saludo de Kanon, éste se acercó a la señora y repitió el saludo. La anciana se sobresaltó y sonrió con su boca desdentada.
-Ay mozo, que no te escuché- respondió con una cálida risa. Kanon sonrió abiertamente y decidió sentarse al lado de la anciana.
Conversaron un poco y Kanon recibió información atropellada, a veces ininteligible debido a la ausencia de dientes de la señora. Que era huérfana de padre porque murió en el frente de la guerra de 1919. Que vivió la guerra civil de Grecia. Que tenía doce hijos, la mitad ya fallecidos. Que tenía más de 80 años, pero que no era educado decir la edad a un joven. Kanon reía con las anécdotas de la anciana. Cuando ella se excusó para entrar en su casa a por un yogur, el joven se ofreció para traérselo y así ella no se tendría que mover. Siguieron conversando hasta que Kanon sintió que debía dejar tranquila a la señora, ya que era un esfuerzo para ella hablar tanto. Con un cariñoso gesto, ella se despidió de él y le pidió que se llevara fruta para merendar. Kanon aceptó y cogió un par de albaricoques.
Finalmente reemprendió su camino por las calles del pueblo. Los albaricoques estaban maduros y sabrosos. El dulzor de la pequeña fruta le embriagaba los sentidos y dejándose llevar llegó hasta un camino de tierra.
Anduvo durante poco más de media hora. A los lejos divisó una hermosa bahía, rodeada de escarpados acantilados. Como emergiendo de la arena, un barco naufragado. Recordó que Voula le dijo que era bahía Navagio. Aunque no se podía acceder por tierra, sólo por mar, desde puerto Vromi.
Maldijo su suerte, ya que le gustaría ir. Así que dio media vuelta y se encaminó al pueblo de nuevo, pero esta vez de camino a la playa que le vio renacer.
Y ahí estaba de nuevo. Ahora atardecía y el sol tornaba de colores anaranjados su reflejo sobre el mar. No había mucha gente por allí, sólo deportistas corriendo de un lado a otro y matrimonios que paseaban lentamente.
Quería estar solo y encontró un pedazo de playa solitario. Se sentó pesadamente y contempló el horizonte.
En apenas unas horas su vida había cambiado totalmente. Un giro de 180 grados. Ahora debía acostumbrarse a esto, a pulirse el alma antes de pedir clemencia. De nada servía pedir perdón si no lo sentía realmente.
Recordó a su hermano Saga. Nunca antes había pensado tanto en su gemelo. No sabía cómo dirimir con su ausencia. Si con alegría o con tristeza.
Por una parte fue él quien lo encerró en cabo Sunión. Fue él quien hizo que su odio hacia el Santuario se hiciera tan fuerte como para hacer chocar a dos deidades. Fue él quien le empujó a su perdición, a hacer lo mismo que él, a suplantar una identidad para dominar al mundo.
Kanon se llevó las manos a la cabeza.
-¿Pero qué estoy diciendo?- dijo en voz alta.
No. No fue Saga quien hizo todo aquello. Fue él. No podía responsabilizar a su hermano de todo aquello. Ni siquiera de que lo encerrara en la prisión, puesto que lo merecía, al doblegarse ante su egoísmo y propia ambición. Saga lo hizo por su bien, aunque supusiera asesinar a su propio hermano. Sí. Él era el gemelo oscuro, el que se regodeaba con su maldad e incitaba a su hermano a ser igual. Fue él quien despertó el lado oscuro a su hermano. Saga lo encerró en cabo Sunión por incitarle a matar a Atenea y a Shion. Luego él se encargó de ese trabajo.
Las lágrimas volvieron a brotar con fuerza.
-¡Hermano ¿por qué?!- gritó al mar.
Recordó su infancia. Recordó cada segundo compartido con Saga. Las risas, los juegos, los entrenamientos. A puerta cerrada, ya que nadie en el Santuario conocía la existencia de Kanon. ¿Por qué fue ocultado? Si él hubiera podido estar con los otros compañeros, quizás no hubiera desarrollado su lado pérfido.
Atenea le había salvado en cabo Sunión, sabía que estaba allí. Que era Kanon, el hermano gemelo de Saga.
Kanon dejó de llorar al caer en la cuenta. Atenea aún no se había reencarnado cuando su cosmos le salvó. ¿Cómo podía saberlo? ¿Y cómo es que Shion no? Tantos años allí, tendría que haberlo notado de alguna manera.
Demasiadas preguntas y sin ser satisfechas.
-Sé quién me ayudará a resolverlas- se dijo.
Se levantó de la playa, sacudiéndose la arena de los vaqueros y regresó al bar.
Notas:
Como ya expresé en mi otro fic, disculpad las molestias ocasionadas por la ausencia en actualizar. Tuve un problema informático.
Gracias a Lule de Zodiak, Sanathos Ananke, Hikaru Kino88 y Greece SJL por los comentarios, los agradezco muchísimo :)
Además de a Nemain y Sylver Hunter por seguir la historia y a Ede Monster por darle como favorita, aunque aún quede mucho por escribir las andanzas de Kanon.
Vuestro apoyo me anima a proseguir, a pesar de que a veces flaqueo por situaciones personales, un tanto difíciles.
Trato de ponerme en el pellejo de Kanon para hacer este fic, por eso puede tirar a ser emotivo, pero el proceso de cambio requiere muchos sacrificios y su depuración será lenta.
¡Un abrazo, gracias por todo!
