4. Reconoce tus defectos

Kanon entró en el bar, abarrotado de gente por la hora de la cena. Caminó directo hacia Vasilis, que servía platos con comida a la clientela.

—Quiero hablar contigo— reclamó Kanon, ignorando la ocupación de su anfitrión.
—Largo muchacho, ¿no ves que estamos hasta arriba de gente? Estoy trabajando— contestó bruscamente el hombre, que iba y venía sin parar.
—¡Pero es urgente!— insistió.
Vasilis tomó nota a unos clientes y cuando terminó se giró hacia el muchacho.
—Me importa un bledo que sea urgente, tiene que esperar. Márchate o me hundirás el negocio—
Kanon se ofuscó y emitió un bufido, desapareciendo escaleras arriba.

Dio un par de vueltas por el cuarto y se paró frente a la ventana, abriéndola de par en par. Las luces del pueblo titilaban suavemente en la oscuridad de la noche, y el rumor de las olas a lo lejos le ayudó a relajarse. Permaneció apoyado un rato, con la vista puesta en el horizonte.

Tenía prisa, pero no entendía que servir a otras personas una comida fuera más relevante que ayudarle. ¿Qué podía significar una cena en un bar de un pueblo comparado con Atenea?

Cerró la ventana y se tumbó en la cama, boca arriba. Miró al techo pensativo. Tenía que salir de esa isla cuanto antes.
Los ruidos del bar, de la vajilla, de los tenedores, de los vasos, las conversaciones que llegaban entremezcladas a su oído, como un zumbido constante pero imposible de descifrar.
Fue aminorando, hasta que miró el reloj en la mesita y decidió que ya podía bajar. Eran las once menos cuarto de la noche y salió de su encerramiento.

Bajó por las escaleras, y vio a Voula barriendo el suelo.
—No sabía que habías regresado— dijo la mujer, sonriendo mientras trataba de colocar una silla sobre una de las mesas.
Kanon frenó en seco y vio que la mujer requería mucho esfuerzo para hacerlo. Sin decir nada, recorrió todas las mesas rápidamente colocando las sillas en las mesas. Ya había terminado cuando Voula tomaba aire al colocar la suya. No parecía haberse dado cuenta y continuó su tarea.

Vasilis estaba en la cocina fregando. Kanon entró y antes de que pudiera decir nada, el hombre cerró el grifo.

—¿Pero tú quién te crees que eres, para interrumpirme en mitad del trabajo?— preguntó directamente.
Kanon abrió los ojos al máximo.
—Efectivamente, no tienes idea de quién soy y si yo fuera tú, hubiera dejado todo lo que estaba haciendo para atenderme adecuadamente— respondió Kanon.

El hombre enfurecía por momentos.
—¡Será posible! Eres un desagradecido chaval, y por ello quiero que abandones mi casa. No voy a darte nada más—

Voula, que había escuchado la conversación a lo lejos, acudió rauda antes de que hubiera un posible enfrentamiento.

—Tendré clemencia contigo, por darme de comer y por tu mujer. No te mataré, porque no soy un asesino. Pero podría acabar contigo de un solo golpe. No sabes a quién tienes delante— Kanon se había enfurecido y replicó casi sin pensarlo.

Esta vez fue la mujer quien contestó.
—¡Kanon cómo puedes hablar así! Con esa soberbia y esa falta de respeto por nosotros—
Su voz tembló, no sólo por la decepción que acababa de tragarse sino porque tenía la intuición de que efectivamente estaban ante una persona muy poderosa, que podría destruir el pueblo entero si quisiera.
Aguantó las lágrimas, pero el labio inferior temblaba. Vasilis notó que su mujer estaba profundamente dolida y corrió a su lado abrazándola.

—Recoge tus ropas y vete ya. Sabía que no eras de fiar. No quiero volver a verte nunca más por aquí— fue la respuesta tajante del hostelero.

Kanon se quedó callado unos segundos y miró al hombre, que mantenía una pose firme. A su lado, Voula con la mirada en el suelo y dos lagrimones recorriendo sus rechonchas mejillas.

Subió corriendo las escaleras al cuarto y cerró la puerta. Escuchó la última advertencia de Vasilis.
Sus ropas de entrenamiento estaban cuidadosamente dobladas dentro del armario. Un delicado perfume a lavanda brotaba de las dos prendas. Hasta las sandalias y el cinturón estaban relucientes, gracias a las ceras para piel que Voula había aplicado en ellas con delicadeza.

Sintió una punzada en el corazón mientras se quitaba las ropas del hijo de ellos y se ponía sus trapos. Terminó de anudarse las sandalias mientras cientos de de cuestiones fluían una y otra vez.

"Eres un desagradecido"…"Eres soberbio"…
—Y egoísta…— murmuró sentado en el borde del colchón. Se mordió el labio inferior y levantándose, abandonó la estancia.

Bajó las escaleras con la cabeza agachada. Por una vez, no se atrevía a mirar a los ojos a alguien.

Sólo estaba Vasilis, con la barra de hierro en la mano, dispuesto a abrirle la crisma si osaba a enfrentarse a él. Kanon pensó tristemente que si él supiera que podría matarle a distancia de un golpe, abandonaría esa pose defensiva.

Se paró frente a él, desviando la mirada.
—Lo…lo siento— musitó. Parecía como si su corazón se desinflara.
El hombre permaneció impávido.
—No quería ser grosero con vosotros. He sido un imbécil por trataros así a ti y a tu mujer— continuó rápidamente. La sensación de desinflamiento del corazón se hizo más patente y se llevó la mano a esa parte del tórax, con un gesto de dolor.

Vasilis miró el gesto y relajó las facciones.
—¿Te encuentras bien?— preguntó ligeramente alarmado. Kanon parpadeó varias veces y negó con la cabeza.
Sintió como todo daba vueltas a su alrededor y una fuerza que lo empujaba. Otra vez la oscuridad.

Abrió los ojos. Tenía algo debajo de su cabeza, pero el cuerpo sobre una superficie dura. Las luces de neón del bar le deslumbraron.
—Parece que ya vuelve en sí— escuchó a Vasilis decir a alguien.
Sintió unos pasos a su derecha y vio a Voula arrodillándose a su lado.
—Te desmayaste— informó la mujer. Había recuperado la sonrisa y Kanon sonrió automáticamente.
Iba a hablar pero ella le mandó callar.
—Lo que tengas que decirnos, mañana por la mañana. Ahora a descansar a la cama. Estás muy débil, y no te dejaré marchar—
Kanon agradeció el gesto y se incorporó torpemente. El equilibrio no se había restablecido y por un momento casi vuelve a caerse.

Finalmente se las apañó para subir por las escaleras hasta el cuarto. Sin pensarlo dos veces se desnudó completamente y se deslizó en la cama. La suavidad de las sábanas y la comodidad de un lecho le hicieron cerrar los ojos rápidamente.
Estaba extenuado. Su primer día de su nueva vida y ya había protagonizado un enfrentamiento.

"Kanon, no desaproveches esta nueva oportunidad. Deja de actuar como un ególatra y céntrate. Sé que no eres malvado, así me lo demostraste continuamente cuando éramos pequeños. Deja que afloren esos sentimientos dentro de ti, no los escondas."

Despertó en mitad de la noche repentinamente. Tenía el cuerpo empapado en sudor y sentía los músculos agarrotados, posiblemente de moverse mientras dormía.
No sabía si lo había soñado o era real.

—¿Saga?— pronunció su nombre, temeroso. Estaba seguro que había muerto, que se había suicidado frente a Atenea.

La luz lunar que entraba por la ventana no desvelaba a ningún intruso en el cuarto.
Kanon se pasó la mano por los cabellos, húmedos de sudor. Había tenido un sueño muy vívido con su hermano.
Retiró las sábanas hacia su vientre y se incorporó, apoyando la espalda en el cabecero de la cama. La almohada estaba a un lado, casi caída en el suelo.
Permaneció unos minutos, escuchando los ruidos de la casa. A lo lejos podía oír los sonoros ronquidos de Vasilis.
De repente sintió frío, por el contraste de su piel desnuda y sudorosa con el frescor de la madrugada.
Sintiéndose sucio, quiso ir a darse una ducha, no sin antes cerciorarse de que la pareja de hosteleros dormía profundamente. No quería despertarles.

Saltó de la cama, aún desnudo completamente y abrió la puerta suavemente. El estrecho pasillo estaba oscuro, apenas iluminado por la luz de la luna que entraba por la ventana del pequeño salón—comedor del piso de arriba. Al fondo, el baño y el dormitorio de ellos.
Kanon suspiró aliviado. Entre el baño de su cuarto y el dormitorio de Voula y Vasilis había mucha distancia.

Sintió ganas de beber agua y ya que estaba en el pasillo, no le costaba bajar a la cocina del bar a por un vaso. Anduvo de puntillas, porque sus pies descalzos hacían ruido al despegar las plantas del suelo.
El sonido del reloj proveniente del salón—comedor le enervaba un poco, pero prosiguió su andadura hasta llegar al borde de la escalera.

—¿Kanon?— la voz susurrante de Voula hizo que el muchacho casi emitiera un grito. Se giró y entre las sombras del salón comedor divisó a la mujer, que se levantó de inmediato para acercarse.
—¿Dónde vas?...¡Oh, por todos los dioses!—
El joven no pudo ver como el rostro de Voula se tornaba de un color rojo intenso y lo desviaba a un lado.
—Perdona Voula no sabía que estabas aquí…es que tenía sed y quería un vaso de agua—

Ella seguía con el rostro girado.
—Vale, vale, ahora te lo subo pero haz el favor de…ponerte algo encima ¿de acuerdo?—
Kanon se percató de que estaba desnudo frente a ella y sintió vergüenza, tapándose los genitales con las manos.
La mujer desvió la mirada y contuvo la risa. Se volvió de nuevo y le entregó un cojín que cogió de la butaca.

—Anda tápate bien, que con las manos no te da— dijo Voula emitiendo una risita, mientras Kanon ocultaba sus partes tras el cojín.

Regresó a su cuarto y se metió en la cama, tapándose convenientemente puesto que la mujer regresaría con el vaso.
Al cabo de un minuto, Voula apareció por la puerta y le tendió el vaso, que lo bebió de un trago.
—¿Mejor?— preguntó ella, poniéndole la mano en la frente al muchacho. La retiró y confirmó que el joven no tenía fiebre.
—Sí, gracias Voula. Oye…respecto a lo de esta noche…— iba a comenzar Kanon. Pero la mujer le mandó callar.
—Tranquilo, pudiste pedir perdón a mi marido antes de desplomarte en sus brazos. Kanon, lo que dijiste estuvo realmente mal por tu parte. Solamente dime si te arrepientes de tus palabras—
Kanon asintió sin lugar a dudas.
—Me alegro. Pero aún así, quiero que seas sincero conmigo. ¿Vas a responder a mis preguntas con sinceridad?— preguntó ella.
Con cierta reticencia, él volvió a afirmar y la animó a que le hiciera las preguntas pertinentes.
—¿Quién eres?—

Kanon sonrió ante esa pregunta. Ni él mismo sabía cómo responderla adecuadamente.
—Soy…soy un hombre arrepentido Voula. De muchísimas cosas…si pudiera volver atrás y reparar el daño que hice…o mejor, no haberlo hecho, directamente. Mi vida ha sido una mentira, he hecho cosas basadas en una percepción errónea de la realidad y por eso estoy así. Ahora estoy buscando las respuestas a una serie de preguntas, para poder pedir perdón a aquella a quien defraudé porque fui ingrato con ella. Como lo fui con vosotros. Solo que a un nivel que no podéis entender—

La mujer asintió con la cabeza lentamente.
—Kanon, no se puede ser juez y parte. Creo que estás juzgándote con demasiada severidad y que, sea a quien sea que hayas decepcionado, estoy segura que sabrá perdonarte— dijo acariciando la mejilla de él.
—¿Incluso un dios?— la pregunta salió como un resorte. Buscó la manera de enmendar su error, pero Voula respondió.
—Incluso ellos pueden llegar a perdonar. Ella sobre todo—
Esta respuesta desencajó a Kanon, sobre todo al hacerlo en plural. A pesar de ser un país laico, la mayoría de los griegos profesaban la ortodoxia griega.
—¿De qué te sorprendes Kanon? Sabía que eras distinto a los demás, e intuía que tenías un poder no otorgado a cualquiera—
El gemelo agradeció el cumplido.
—Además, conozco perfectamente el símbolo de la Orden de Atenea. Y en tus ropas aparece escondido su sello— prosiguió Voula, señalando el cinturón de cuero tirado en el suelo.

Kanon emitió una leve risa y se sintió reconfortado.
—¿Y cómo sabes eso? No todo el mundo tiene conocimiento del Santuario. Es más, podría entenderlo en los pueblos cercanos, puesto que los caballeros suelen ir por esas localidades. Mi hermano solía hacerlo ¿pero aquí?—

Voula emitió un suspiro profundo.
—Porque un antepasado mío estuvo allí— declaró.
El gemelo se sorprendió y preguntó por el nombre.
—No era caballero, era guardia. Mi abuelo Kostas, que sirvió fielmente hasta su muerte. Aún recuerdo sus historias de guerras antiguas, de dioses y diosas peleando para salvar al mundo. De los caballeros de bronce, los de plata y los de oro. Los 12 caballeros portadores de las constelaciones zodiacales, la guardia personal de Atenea y los más fuertes del universo. Sin olvidar a las amazonas, claro. Me sabía el nombre de las 88 constelaciones del firmamento y a día de hoy puedo colocarlas, tanto en el hemisferio norte como en el sur y en cada estación del año. Pero mi abuela y mi madre pedían que se callara, porque me empeciné en querer ser amazona de pequeña—
El recuerdo de aquellos días emocionó a Voula, que dio un par de palmadas en el hombro a Kanon.
—¿Y tú qué haces allí? ¿Portas alguna armadura?— preguntó ilusionada.
El muchacho negó con la cabeza y sonrió para sus adentros.
Ella sonrió tristemente.
—Qué lástima, pues tienes mucho potencial. Kanon, será mejor que te pongas a dormir de nuevo, mañana hablaremos con más calma ¿de acuerdo?—

Kanon dijo que se ducharía antes, porque estaba sudado del mal sueño que tuvo. Ella asintió y fue a salir de la habitación. Apoyada en el marco de la puerta se giró una última vez.
—Oye…si voy una vez allí…¿podría ver a un caballero de oro? Es la ilusión de mi vida, poder ver esas armaduras, que dicen que brillan como la luz solar—
Kanon asintió y dijo que lo intentaría.
—¿Qué signo zodiacal eres Voula? Porque ya que vas, pues para mostrarte la armadura correspondiente—
Ella titubeó un momento y respondió
—Soy Géminis—
Kanon guardó la sonrisa para sí mismo y deseó buenas noches a la mujer, que cerró la puerta.


NOTAS:

-_-U Ya me vale…mira que he estado dándole vueltas a lo del guión largo y lo encuentro en "caracteres especiales" de Word. Aún así, es un tostón andar dándole a ctrl+alt+- (de teclado numérico), así que directamente a los documentos le doy a "reemplazar" y cambio un símbolo por otro. Pues ya está, al fin se ven bien los diálogos. A partir de ahora, todos mis fics llevarán este tipo de guión para abrir un diálogo.

No os enfadéis con Kanon, pobrecito, es un hombre temperamental y contestón.

¡Gracias por leer y comentar!