5. Cambio de rumbo
Despertó muy tarde. Cuando abrió los ojos descubrió demasiada claridad en su cuarto. Miró el reloj de la mesita y vio que marcaba las 11:38.
Aún así, podría haber continuado en la cama, pero sintió que no sería apropiado.
Había dormido bien durante la noche tras la ducha de madrugada y la conversación con Voula.
Compartían un secreto, aunque él fue cauto y no quiso desvelar mucho más.
Bostezó con fuerza, estirándose todo lo que su cuerpo le permitía. Sus tripas resonaron en su abdomen y se deshizo de las sábanas.
Rápidamente se vistió y meditó las siguientes acciones. Definitivamente tenía que irse. No sólo por él mismo, sino por no interrumpir más en la vida de sus anfitriones.
No tenía apenas posesiones, todo lo que pudiera tener estaba en el Santuario. El legado y herencia de su hermano permanecía en el templo de Géminis. Así que debía confiar un poco en sus propias habilidades para viajar sin soltar un duro. Básicamente, no tenía absolutamente nada.
Cambió las sábanas de la cama y las sustituyó por otras limpias. Recogió y limpió concienzudamente el baño y abrió la ventana del dormitorio, para que ventilara adecuadamente la estancia.
Se despidió a su manera de ese pequeño refugio y abrió la puerta. El olor a café y a tostadas se percibía en el ambiente. Su estómago gruñó una vez más al verse tentado y bajó corriendo las escaleras.
No había mucha gente, un par de lugareños que paraban para el descanso de su trabajo de albañilería y ya está.
— ¡Buenos días Kanon!—saludó Voula alegremente.
Vasilis escuchaba las noticias de la televisión, y solamente lanzó una mirada al joven.
Kanon se sentó en la barra, mientras Voula le plantaba un croissant grande tostado. Le acercó la mantequilla y la mermelada mientras preparaba un zumo de naranja. Lo devoró todo sin demora y se quedó jugueteando con una servilleta, haciendo tiempo hasta que los dos albañiles se largaran.
Cuando al fin se marcharon y quedaron a solas los tres Kanon les pidió atención a ambos.
—Me voy de aquí. Tengo que ir en busca de una persona para que me ayude en mi viaje y tengo que desviarme de mi ruta principal. No puedo ir a Atenas aún— declaró.
Vasilis suspiró y preguntó por su nuevo destino.
—China—
Los dos hosteleros abrieron la boca.
— ¿Piensas ir a China? ¡Pero si está lejísimos!— exclamó la mujer.
Vasilis se quedó un segundo pensando.
—Irás en avión ¿no? Pero no puedes ir directo. Los aviones que salen de aquí van todos a Eleftherios Venizelos. Y ya desde allí puedes coger uno a China, pero obligatoriamente pasas por Atenas—
Kanon no había caído en eso. Y no quería pisar Atenas porque si alguno de sus compañeros le veía, no dudarían en acabar con su vida.
Las cosas se torcían aún más de lo esperado.
—Además ¿con qué dinero vas a pagar un billete? No creo que tengas ni para llegar en autobús hasta la ciudad de Zakynthos— aseveró Vasilis, que apagó la tele.
—Bueno…podríamos hacerle un préstamo… ¿no?— dejó caer su mujer.
Su marido se giró lentamente, como si le hubiera costado entender lo que le dijo.
— ¿Qué?—
Voula sabía que no iba a ceder fácilmente. Una cosa era que se alojara un día en su casa, que comiera gratis un par de días y usara la ducha. Es más, había hablado con ella durante la mañana para solucionar definitivamente el asunto de anoche. Pero ¿prestarle dinero? Por ahí sí que no pasaba.
Miró a Kanon que se limitó a agachar la cabeza. Ante tal gesto de sumisión, el hombre lanzó una pregunta.
— ¿Y cómo me lo devolverías?—
Kanon sabía que estaba en un callejón sin salida. Aún era muy arriesgado aventurarse a dar su palabra. Todo eran hipótesis. En el mejor de los casos tenía esa herencia de su hermano, pero en el peor…Decidió ser honesto e hizo partícipe de su secreto al hombre, relatando lo mismo que le contó a Voula.
—No puedo garantizarte nada. Es verdad que un préstamo me vendría muy bien, pero ahora mismo no puedo decirte ni cuándo ni cómo te lo devolvería. Cuando mi hermano y yo vivíamos en el Santuario teníamos una fuerte suma de dinero, posiblemente aumentada mientras mi hermano permaneció allí. Llegado el caso, sí, podría hacer frente a ese préstamo, dándote además una parte más por las molestias ocasionadas. Pero eso sería si todo sale bien. En el peor de los casos, no me volveríais a ver…ni siquiera en el Inframundo, porque estoy seguro que vosotros iréis a los Campos Elíseos y a mí me mandarán directo al Tártaro…—
Vasilis meditó las palabras de Kanon. Era una apuesta arriesgada, pero estaban hablando del Santuario. Un lugar mítico. Quizás incluso podría beneficiarse de haber acogido en su casa a un integrante, aún cuando no conocía su rango. Conocía de sobra el poder que otorgaba la Orden de Atenea, sobre todo por el abuelo de su mujer, que dejó muy bien acomodadas a su muerte a su viuda, su hija y su nieta. De hecho él no hubiera podido abrir su bar si no fuera por la generosa herencia que dejó Kostas a su nieta.
Tras pensarlo adecuadamente, accedió a hacerle un préstamo.
—Más te vale conseguir esa herencia de tu hermano, porque si no…— dijo a modo de amenaza.
Kanon y Voula se miraron cómplices y pudieron respirar aliviados.
—Te puedo ofrecer hasta 50.000 dracmas. Creo que con eso vas a tener suficiente para ir hasta Atenas en avión y estar por allí unos días. Si necesitas alojamiento, vete al bar de mi hermano pequeño y que acomode una habitación para un día—
Kanon agradeció el gesto y decidió ir al aeropuerto a sacar el billete.
—Está bien muchacho, te llevaré en mi coche hasta Dionisos Solomos, el aeropuerto de esta isla. Pero antes, haré una llamada—
Vasilis se fue al teléfono de la cocina y llamó a su hermano para arreglarlo todo.
Voula se desapareció escaleras arriba, y apareció con la cantidad de dinero acordada.
—Toma, espero que te llegue para ambos billetes. Sé que no es mucho, pero nuestra economía no es precisamente boyante—
Kanon se levantó de la silla y estrechó entre sus brazos a la señora.
—Os lo devolveré, lo prometo. Si no soy yo, que al menos alguien pueda venir a dároslo—
La mujer se limpió los ojos húmedos y se despidió de su marido y de Kanon. A pesar de haber estado con él menos de 24 horas, le había tomado mucho cariño.
—Cuídate y recuerda lo que te dije— musitó ella a su oído. Él asintió y se separó de ella cuando su marido apareció listo para llevar al muchacho.
Vasilis y Kanon se subieron al destartalado coche y emprendieron el viaje por carretera hasta la capital de la isla, llegando al aeropuerto rápidamente.
Allí, Kanon compró el billete, que gracias a Vasilis, le salió más barato por ser nativo de la isla.
Quedaban más de dos horas para que saliera el avión, pero no les daba tiempo a volver al bar. Kanon insistió al hombre para que se marchara a su casa, pero insistió en acompañarle.
Una vez llegó el tiempo para embarcar, los dos se despidieron. Vasilis le dio una palmada en la cara.
—Mi mujer confía en ti plenamente. Como nos hayas mentido en esto, juro que te encontraré te escondas donde te escondas— le advirtió a modo de broma. Kanon tragó saliva y se despidió del hostelero.
Una vez sentado en su asiento, el joven se quedó mirando por el cristal de la ventanilla.
Sonó una melodía suave.
—Bienvenidos señores pasajeros a Olimpian Airlines. Este es el vuelo 9371 con destino Atenas…—
Kanon murmuró en voz baja la palabra. Atenas. La tierra conquistada en la antigüedad por su diosa Atenea en conflicto con Poseidón, cuando ofreció a sus habitantes un olivo.
NOTAS:
Eleftherios Venizelos es el aeropuerto de Atenas y Dionisos Solomos el de la isla de Zakynthos.
Pues sí, Kanon tiene que pisar Atenas antes de ir a China, para su intranquilidad.
Con esto ya se sabe a quién quiere ir a ver ¿no?
El dracma era la moneda oficial de Grecia antes del euro. Me he basado un poco en lo que me ha contado mi padre, ya que él ha viajado mucho y ha estado en Grecia en multitud de ocasiones, sobre todo en los años 80 y 90. Así que he hecho un cálculo estimado.
Esto es todo por ahora, veremos qué sucede cuando pise la ciudad.
¡Un saludo a los que leen y siguen esta historia!
