9. Atenea, protégeles, por favor

Al llegar a la puerta del bar, la calle estaba sumida en profunda oscuridad. La farola que debería iluminarla, estaba averiada. Cuando salió precipitadamente del bar en busca de Sorrento, no se acordó de coger una llave para entrar de nuevo.
—Maldita sea— murmuró con fastidio.
Empujó la puerta de aluminio, pero ésta no cedía ni un ápice. Frunciendo el ceño, se sentó abatido en el bordillo de la acera. Aún tenía el cabello y las ropas ligeramente húmedas de la lluvia y al sentir un vientecillo suave, su cuerpo tiritó de frío.

Mordiéndose el labio inferior, observó las palmas de sus manos. Otrora poseedoras de un gran poder otorgado por los mismos dioses, ahora eran simplemente las manos de un humano abatido. Cerró los puños y se mantuvo unos instantes de esa manera.

"Podría usar mi poder para derribar esa estúpida puerta". Y con esa idea se incorporó rápidamente. Se colocó enfrente de su rival…una simple puerta de aluminio…y echó el brazo hacia atrás con el puño bien cerrado.
Pero se quedó en esa posición unos segundos, estático. Emitiendo un suspiro, abandonó la posición de ataque y regresó al bordillo.

—No puedo usar mi poder, no sé quién o qué soy…sería indigno y soberbio por mi parte emplear el poder de Dragón Marino o de Géminis sin poseer una armadura y, sobre todo, sin tener el perdón de los dioses—

Desde que había aparecido varado en la playa, no se había planteado hacerlo, ya que no se vio en la estricta necesidad. Además, su cansancio era demasiado evidente como para andar elevando su cosmos, que delataría su presencia a sus compañeros.

Un sentimiento se agolpó en su corazón, y sin saber muy bien cómo ni por qué, una extraña fuerza le empujó a levantarse de ese abatimiento y encaminarse hasta la entrada del Santuario.

Había caminado como un muerto en vida, sin pararse a pensar el rumbo que tomarían sus extremidades inferiores. Y ahora estaba allí, frente al Santuario. Podía distinguir las empinadas escaleras, el recinto de las amazonas…los 12 templos recortados en la noche y en lo más alto, el templo Patriarcal y la estatua gigante de Atenea.

Se quedó observando aquel sitio, que antaño fue su hogar. Ahora se arrepentía de haberlo abandonado.

Escudriñó los templos de oro y las luces titilantes en algunos de ellos. En muchos, eran simples antorchas que guiaban los pasos.

Sin embargo, en el Templo Patriarcal, una luz resplandecía suavemente. Kanon no pudo sino esbozar una sonrisa y se quedó mirando en aquella dirección con añoranza.

Tras permanecer en esa posición durante unos largos minutos, decidió que lo más sensato sería largarse de allí rápidamente.

[Templo Patriarcal]

Atenea escuchó unos suaves golpes en la pesada puerta de su estancia privada. Se giró sobre sí misma, desviando la dulce mirada hacia dicha puerta.
—Adelante—

La puerta se abrió lentamente y tras ella apareció el caballero de Aries. Realizando una reverencia ante su diosa, se adentró en la estancia.
— ¿Tú tampoco puedes dormir, verdad?— musitó la diosa al lemuriano, sin perder la sonrisa.

Mü sacudió la cabeza negativamente.
—Estoy inquieto, desde que el Viejo Maestro nos comunicó ese sueño, soy incapaz de pegar ojo—

La diosa caminó hasta su fiel siervo, y alargando su delicada mano, la pasó por la mejilla del muchacho. Ese gesto reconfortó a Mü, quien cerró los ojos mientras recibía aquella caricia.

—Hay algo que me gustaría preguntarte. Vamos fuera— indicó Atenea con un gesto. El lemuriano obedeció y ambos salieron del Templo Mayor.
Bajaron las escaleras que daban a Piscis, con paso lento.
—Observa el firmamento. ¿Cuántas estrellas podrías contar?—
—Infinitas—
Atenea sonrió.
— ¿Y cuántas de ellas conforman constelaciones?— continuó preguntando.
Mü lo pensó unos segundos antes de contestar.
—Desde luego que no todas las estrellas que vemos, forman parte de una constelación—
Asintiendo con delicadeza, ella se giró hacia el caballero.
—Dime, Mü…una estrella que no forme parte de una constelación, ¿sería digna de ser admirada?—
—Por supuesto Atenea pero ¿a dónde quieres llegar?— dijo parándose súbitamente.
En ese momento iban a atravesar el templo de Escorpio. El caballero custodio de dicho templo, se incorporó al escuchar las voces de su diosa y su compañero.
—Buenas noches, mi señora. Mü— musitó dirigiéndose a cada uno. Los dos respondieron al saludo.
—Milo ¿estás desvelado?— preguntó Atenea. El griego asintió emitiendo un suspiro y mirando al horizonte.
—Más bien…me han despertado— pronunció, aún con la mirada perdida, más allá de los límites del Santuario.
Mü levantó las manos a modo de escudo.
—Lo siento Milo, procuré no hacer ruido— dijo excusándose ante su compañero. Milo cerró los ojos y esbozó una sonrisa de medio lado.
—No Mü, no me despertaste tú. Puedes estar tranquilo. Es…una presencia la que me ha causado esa impresión. Quizás sean meras especulaciones pero, he sentido un cosmos extrañamente familiar, pero a la vez indescriptible—

Atenea se quedó unos segundos pensativa.
—Quizás tu sexto sentido no esté errado. Pero sería mejor que descansaras, tras las noticias que nos dio Dohko, tenemos que estar preparados para cualquier suceso— alegó la diosa. Tras el asentimiento del caballero de Escorpio, Mü y ella prosiguieron su camino, esta vez en silencio.

Al llegar al templo de Aries, el lemuriano se giró hacia su diosa, incapaz de ocultar sus sentimientos. Hincó la rodilla en tierra, agarrando la mano de Saori.
—Atenea, si algo le ocurriera yo…— sollozó Mü, con un nudo en la garganta.
La diosa esbozó una cálida sonrisa e inclinándose sobre el caballero, depositó un beso dulce en su frente.
—No olvides para qué estamos aquí. Debemos servir a la humanidad y defenderla en estos días aciagos. No te puedo ocultar, ni a ti ni a ninguno de tus compañeros que estoy turbada por la que se avecina, pero debemos coger fuerzas para enfrentarnos a lo peor ¿de acuerdo? Cueste lo que nos cueste—

Mü comprendió las palabras de su diosa y se incorporó. Justo cuando iba a adentrarse en su templo, se giró por última vez.
—Por cierto… ¿por qué me dijiste aquello de las estrellas?— preguntó retomando la conversación cortada.
Saori simplemente señaló el firmamento. En ese momento, una estrella emitió un destello extraño.
—Hay una estrella perdida, que ilumina tan fuerte como si perteneciera a una constelación. Va siendo hora de darle su lugar en el cielo—

El caballero de Aries parpadeó unos segundos, sin entender bien lo que quería comunicarle su diosa. Sin embargo, ella no le dio importancia y deseó buenas noches a su protector, volviendo sus pasos hacia su templo.

No bien había cruzado el templo de Géminis cuando se encontró con una figura estática frente al tótem de la armadura. Permanecía hipnotizado por el inusual fulgor de la misma.
La diosa se colocó a su vera. El hombre al fin despertó de su ensimismamiento.
—Está brillando— murmuró sin atreverse a tocar la armadura. Atenea asió la mano del caballero de Escorpio.
—Vámonos a dormir— dijo tratando de ocultar una risa.
Milo se resistió unos segundos.
—Pero ¿por qué brilla? Esto tiene algo que ver, sin duda, con esa sensación que me despertó—
Atenea seguía sonriendo mientras arrastraba fuera del tercer templo al curioso griego.
—No seas tan desconfiado. Quédate tranquilo— respondió ella, aún de la mano con el caballero.

Subieron de esa manera el resto de templos, hasta Escorpio.
—Pero Atenea, ¿cómo puedo estar tranquilo? Algo sucede con Géminis— dijo aún con cierto nerviosismo.
—Estáis todos nerviosos hoy— respondió ella, emitiendo una risa cristalina. La faz de Milo, hasta entonces preocupada, tornó a una dulce y avergonzada.
—Lo siento, mi diosa, sé que éstos días te hemos agobiado un poco con nuestras inquietudes. Pero si tú estás tranquila, confiaré en tu juicio—
Atenea cogió a Milo de ambas manos y las estrechó fuertemente. A pesar de lo que esas manos suponían, la diosa se sorprendió al notar la suavidad de las mismas.
—Duerme sin preocupaciones— le deseó despidiéndose del caballero.

Y ella retornó a su templo, para descansar.
—Kanon ha regresado— musitó con una sonrisa en la cara, antes de echarse sobre su lecho.

[Frente al bar]
—Vamos estúpida puerta, ábrete que quiero dormir ya— gruñó Kanon forcejeando de nuevo con la puerta del bar. Pero ésta seguía en sus trece. Cansado por todo esto, decidió dar una vuelta al edificio, buscando la posible ventana de Aaron.
Cuando la localizó, empezó a lanzar piedrecitas contra el cristal. Primero lanzó una pequeñita, que rebotó sin apenas hacer ruido. Sabiendo que con ese ruido no habría despertado a nadie, recogió tres piedras más, esta vez, mucho más grandes.
Las lanzó una tras otra, esperando una respuesta. Al cabo de un minuto, vio como una luz se encendía y una sombra se acercaba a la cortina. Se abrió la ventana.
— ¡Pero quién diantres anda lanzando piedras contra la ventana! ¡Gamberro!— gritó Theófilos.

Kanon empalideció y se excusó ante el hombre, quién alzó una ceja y desapareció para abrirle la puerta al muchacho.
— ¿Pero qué haces fuera? Anda pasa…— dijo haciéndole entrar. Kanon explicó brevemente su metedura de pata y Theófilos le miró con severidad.
—Tenía que haberte dejado a la intemperie— musitó mientras subían por las escaleras de camino a las habitaciones. El hombre se encerró en su cuarto dando un portazo.
Por su parte, Kanon caminó de puntillas hasta la puerta del cuarto de Aaron y se deslizó dentro.
— ¿Qué jaleo es éste?— musitó adormilado el joven, cuyo sueño fue interrumpido.
—Nada, que no me llevé las llaves y tuve que despertar a tu tío— respondió metiéndose en la cama y cubriéndose con la sábana.
Aaron emitió una risa y dio las buenas noches a su compañero de habitación.

Pronto ambos estaban profundamente dormidos.

"Demuéstrame que puedes sucederme…¡Explosión Galáctica!"

Esa frase era lo último que recordaba, cuando se despertó porque alguien le estaba agitando.
Aaron estaba sentado a su lado en la cama, mirándole con preocupación.
— ¿Estás bien?— preguntó.
Kanon se pasó la mano por los cabellos, empapados en sudor. Su respiración agitada se normalizó y se llevó una mano al pecho.
— ¿Qué soñabas? Me despertaron tus gritos— continuó Aaron. Los ojos azules de Kanon revelaban aún un estado de agitación y se incorporó de la cama de un salto.

Salió de la habitación y corrió a encerrarse en el cuarto de baño. Allí se desnudó completamente y observó su cuerpo.
A pesar de no tener ni una sola marca, salvo la del tridente en el vientre, sentía como si le hubieran dado una paliza tremenda.
Recostándose contra los azulejos del baño, deslizó su espalda hasta quedar de cuclillas en el suelo. Se recompuso como pudo tras permanecer unos minutos en esa posición. Fue a observarse en el espejo y frunció el ceño.
Su reflejo no realizaba los mismos movimientos que él, simplemente permanecía con gesto adusto frente a él.
Kanon alargó la mano al espejo y la colocó sobre el mismo. Súbitamente, la imagen reflejada se tornó borrosa y desapareció, revelando a Kanon con la posición correcta.
—Hermano…— musitó con la mano aún pegada.

Aaron y Theófilos desayunaban copiosamente en el bar antes de abrir a la clientela. Se giraron al ver a Kanon bajar las escaleras, recién duchado y con semblante serio.
—Buenos días— saludó lacónicamente.
Tío y sobrino cruzaron miradas y respondieron al saludo. Kanon se sirvió un zumo y unas tostadas, sin abrir apenas la boca para nada.
Tras finalizar el desayuno, se levantó de la silla y declaró su intención de marcharse.

Theófilos sacudió la cabeza e indicó a su sobrino que acompañara al muchacho hasta el aeropuerto para sacar el billete.
—Con suerte tendrás un viaje en el día— declaró al despedirse.
Kanon agradeció sus palabras y se marchó junto a Aaron en dirección al aeropuerto.

Al llegar, por cuestiones del destino, había un viaje a China ese día, hasta Shanghai. Desde allí iría hasta Lushan, donde vivía Dohko.
Con el billete en la mano, se dirigió a Aaron, que durante el trayecto al aeropuerto se quedó con miles de preguntas por contestar. Le tendió un sobre al muchacho.
—Ten. Este es el dinero que me dieron tus padres. He añadido otra parte para tu tío y un extra por las molestias causadas—
Al abrir el sobre, Aaron abrió los ojos desorbitadamente.
—Pero…¡esto es muchísimo dinero! ¿No necesitas nada para tu viaje?—
Esbozó una sonrisa y colocó su mano en el hombro del muchacho.
—Adonde voy, con lo que me sobra tendré suficiente. No te preocupes— dijo despidiéndose del chaval –Cuídate, quizás nos veamos pronto— respondió antes de embarcarse.

— ¡Kanon, espera!— gritó el joven para que el otro frenara. El aludido giró la cabeza.
— ¡Que Atenea te ayude a conseguir lo que te propones!— dijo agitando la mano a modo de despedida.
"Ojalá me perdone" pensó Kanon, girándose de nuevo. "Atenea, protege a esta familia"
Fueron sus últimos pensamientos antes de subir al avión.


NOTAS:

Al final he decidido separar el capítulo en dos partes, ya que si no se hacía excesivamente largo para este fic. Así que ya en el próximo capítulo visitamos a Dohko en China (aparte quería preguntarle unas cosas a mi 老师 para poder cerrar ese capítulo).

Atenea en este fic se comporta un poco como una madre para los caballeros, ya que nota su nerviosismo y tiene que apaciguarles un poco. No imaginéis cosas raras, que ya dije que nada de romances en esta historia. Es una actitud protectora, bilateralmente.

Espero que os haya gustado, nos vemos en el siguiente capítulo, que ya sí que sí, vamos a China (y yo debería ir pensando a quién secuestrar para venirse conmigo a ese país, que para poder examinarme oficialmente hablando, tengo que demostrar haber ido allí...pero oye, que yo encantada, me encanta viajar)

¡Muchísimas gracias a todos los que me leéis y me comentáis la historia, vuestro apoyo es clave para el desarrollo!