11. La playa

El poder de Kanon volvía a refulgir con más fuerza que nunca. Ahora se sentía cómodo empleando su cosmos, porque iba a luchar al lado de su diosa. Claro, si ella aceptaba sus disculpas.
De momento se sentía embargado por una alegría desbocada al saber que, al menos, el caballero de Libra confiaba en él. Quizás debería haber esperado a regresar con él y acudir juntos al Santuario, así evitaría suspicacias entre sus compañeros.
Pero se quitó ese pensamiento de un plumazo. Si quería obtener el perdón de sus hermanos de armas, tenía que hacerlo de frente, sin escolta. Probar su valía.

Inmerso en esos pensamientos, Kanon llegó a Atenas rápidamente gracias a ese portal interdimensional que abrió en Lushan.

Caminó por las oscuras calles de la ciudad, decidido a enfrentarse a ese gran reto. A medida que avanzaba, su templanza iba agotándose y cuando llegó a las puertas se sintió vacío por dentro, e incapaz de atravesar la entrada. Tragó saliva e infló sus pulmones. Pero el nerviosismo era mayor de lo que podía soportar y sin querer, sus piernas tomaron otro rumbo.

Vagó por las calles, pensando en su cobardía. Sin saber muy bien cómo ni por qué, un olor conocido acarició su sentido del olfato. Ese olor a sal impregnaba el ambiente y el rumor de las olas acariciaba su alma, aliviando su congoja.
Otra vez frente al mar. Bajo una noche sin luna, donde las estrellas brillaban con fuerza. No había rastro de ninguna nube. Sólo unas escasas en el horizonte, alejándose para llevar la lluvia a otras poblaciones.
Ese mar, que tantos quebraderos de cabeza le dio en su día, que fue la fuente de su maldad y le devolvió el golpe con fuerza, en venganza por haber engañado a su dios. Indomable como fue, ahora la espuma llegaba suavemente a la arena.

Kanon se descalzó y sujetó las sandalias por las cintas. Se arremangó los pantalones y pisó la arena. Escarbó con sus dedos en ella, y los diminutos granos resbalaban por su piel. Continuó caminando hasta llegar a la orilla, donde la arena estaba apelmazada por el agua del mar.
Plantó un pie, sintiendo como se hundía en esa masa. Adelantó el otro pie y disfrutó con esa sensación de hundimiento. Rápidamente una ola llegó a tiempo para bañar sus cansados pies.
Ese alivio fue como un bálsamo. El mar se retiró hacia atrás, dejando al hombre de pie.
Y otra vez la ola regresó para aliviar a Kanon. Al retirarse la espuma, observó que el mar había traído algo con él.
Gracias a que no había luna, sólo pudo vislumbrar una sombra oscura. Dio un par de pasos hasta aquella silueta y se acuclilló.

Era un pez muerto. Lo más curioso es que estaba entero, cuando debería haber sido devorado por otros de su especie.

El hombre parpadeó un par de veces y recogió el pez entre sus manos. Incapaz de identificar la especie, decidió volver sus pasos hacia el paseo marítimo, donde la luz de las farolas desvelarían la identidad de ese pez.

Al exponerlo a la luz, reveló un color nacarado, con reflejos rosáceos.
— ¿Tethys?— preguntó Kanon con un deje de terror en su voz. Dio la vuelta al pez entre sus manos y observó las aletas del animalito. Doradas, como los cabellos de esa muchachita. El cuerpo nacarado, como su pálida piel. Y esos reflejos rosados, imitando su armadura.

Sin poderlo evitar, Kanon derramó varias lágrimas, mientras musitaba "Lo siento pequeña" continuamente. Acarició el cadáver. Le sorprendió saber que permanecía incorrupto, a pesar de que ella murió hacía unos días. Pero el aspecto terso de la piel, las escamas perfectamente alineadas en un cuerpo aerodinámico, hecho para surcar el mar sin problemas, y los ojos azules brillantes, declaraban su frescura, a pesar de su estado inanimado.

Kanon se pasó una mano por el cabello y sorbiendo la nariz, caminó hasta la orilla del mar de nuevo. Depositó el pez a su vera y se arrodilló. Comenzó a escarbar rápidamente, retirando los pequeños moluscos enterrados bajo la arena.
Cuando estuvo satisfecho con la profundidad del agujero, se rasgó un pedazo de la venda que cubría su antebrazo. Era lo único blanco que poseía. Envolvió con ese trozo el cadáver de Tethys y lo depositó con delicadeza en el fondo del boquete.

Permaneció unos instantes arrodillado, con las manos entrelazadas y los ojos cerrados. Rezó unas plegarias por ella. Pidió a Atenea y a Poseidón que la cuidaran, cosa que él no había hecho mientras permaneció en el templo submarino.
Finalmente, con lágrimas en los ojos y una tristeza profunda, besó sus dedos y los depositó sobre el pez.
—Hasta siempre, Tethys—

Y empezó a echar arena encima, con sumo cuidado. Trazó el nombre de ella en griego, sobre su improvisada tumba, pero quizá la mejor que podría tener.

El hombre se incorporó suavemente, al ver que llegaba el amanecer. En el horizonte, una claridad se vislumbraba suavemente, desterrando el índigo de la noche.

Permaneció frente a la tumba unos minutos más, y cuando el primer rayo de sol hizo su aparición, se colocó de nuevo sus sandalias y se marchó de aquella playa.

Una ola se adentró en la arena y cubrió la tumba de Tethys. A pesar de que su nombre estaba trazado en arena, el agua no borró los caracteres griegos.


NOTAS:

No pude evitar dedicar este pequeño capítulo a la Sirena. En el manga era una pez, en el anime una sirena. Me ceñí al manga.
Es el inicio del último día de Kanon, antes de ir a ver a Atenea, que lo hará ese día, por la noche. Con esto quiero empezar a cerrar el fic. Quedan dos capítulos, finalmente.

Podéis poner la música que queráis a este capítulo. Personalmente lo escribí escuchando "Ballad of the Windfish" en versión orquestada por Fox Amoore, de mi juego favorito de mi infancia "Zelda: Link's awakening"

Como siempre, agradezco a Lule de Zodiak, Sanathos Ananke, Raixander, Hikaru Kino88, tomoechan100, Kaito Hatake Uchiha, Greece SJL y grisselldemonns por sus comentarios :) me hacen mucha ilusión.
Y a todos los que seguís esta historia o la marcáis como favorita, muchísimas gracias a vosotros también ^^

¡Que tengáis un buen inicio de semana!