¡YAHOI! Aquí bruxi reportándose con la continuación de este fanfic regalo para Fumiis Braginski (Inner: portuguesa). ¡No he sido yo, ha sido ella! *señala*.
Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.
¡Espero que esta continuación te guste, veciña! ¡Te quierooooooo!
Capítulo 2
El despertador sonó por décima vez y lo apagó tirándolo al suelo. Probablemente tendría que comprar uno nuevo, pero por el momento se acurrucó bajo las mantas e intentó seguir durmiendo. Claro que la paz no podía durar demasiado… —. ¡InuYasha, levántate! ¡Llegarás tarde!—Gruñó al oír los gritos y los golpes de su padre al otro lado de la puerta.
—¡Ya va!—Al fin, el ruido cesó y él bostezó, acomodándose boca arriba en el futón. Miró de reojo y vio que Sôta ni se había movido de su cama. Ese niño dormía como las piedras. Se levantó y abrió la persiana, con lo que la luz del sol dio de lleno sobre el rostro durmiente del pequeño, espabilándolo.
—InuYasha-nii-chan, un poquito más. —InuYasha sonrió y, acercándose a él, lo cogió como si nada, poniéndolo sobre su hombro.
—Venga, vamos. —Sôta bostezó, tallándose los ojos. InuYasha caminó con él hasta el baño, pasando por delante de la habitación de las chicas, cuya puerta estaba abierta. Vio a Kikyô terminando de arreglarse el cabello. La chica lo miró a su vez a través del espejo y le sonrió de forma tímida. InuYasha le devolvió el gesto…
—¡Aparta de mi camino, Taisho!—…Y Kagome casi lo tira al pasar corriendo por su lado. InuYasha torció el gesto al verla entrar en el cuarto de baño, cerrando la puerta tras de sí. Con el ceño fruncido, dejó a Sôta en el suelo y golpeó la puerta.
—¡Vamos, Kagome, sal!
—¡Un segundo!
—¡Siempre dices lo mismo y luego tardas una hora!
—¡Pues levantaos antes, vagos!
—¡Abre, niña!
—¡Espera!—Los gritos y reclamos continuaron durante varios minutos. Sôta bostezó, se encogió de hombros y se encaminó escaleras abajo, donde Tôga y su madre preparaban el desayuno mirando a su vez para el techo.
—Ritual mañanero—dijo el niño, dando otro bostezo a la vez que se sentaba en una silla. Y es que todas las mañanas siempre tenían la misma discusión por el baño.
Finalmente, los gritos cesaron y se escuchó un portazo. Kagome apareció ya vestida y peinada, y se sentó al lado de su hermano. Kikyô no tardó en bajar y en hacerles compañía. Naomi terminó de servir el desayuno y, dos minutos después, InuYasha entraba en la cocina, con su uniforme puesto—. InuYasha, la camisa. —Kagome y Kikyô ahogaron una risita ante el bufido del chico, quien ese bajó las mangas, las cuales tenía arremangadas hasta el codo. Aunque todos sabían que en cuanto saliera, se las pondría como le diera la gana.
Terminaron de desayunar entre pullas y comentarios triviales, como si empezaran a ser una auténtica familia. Naomi y Tôga les agradecían el esfuerzo de todo corazón, de verdad deseaban que aquello funcionara.
Pronto, las amigas de Kikyô pasaron a recogerla—. ¿Te llevamos, Kagome?—le preguntó su hermana. La aludida negó. No quería que luego todos se pasaran el día comparándolas. Los profesores no hacían más que alabar lo buena alumna que había sido Kikyô, y eso la exasperaba.
Kikyô se despidió de su madre y de Tôga con un beso en la mejilla, abrazó a Sôta y le sonrió a InuYasha de una forma que a Kagome le pareció coqueta. Lo que la molestó, fue que el muchacho respondiera el gesto, esbozando una sonrisa arrogante. Dejó el cuenco con el arroz sobre la mesa con más fuerza de lo normal—. ¿Kagome?—llamó su madre.
—Voy a por mi mochila—murmuró ella, escabulléndose escaleras arriba. ¿Por qué le había molestado que InuYasha flirteara con su hermana? ¡Podían hacer lo que quisieran! Total, Kikyô se lo llevaría de calle, ella no tenía ninguna oportu-
Sacudió la cabeza, masajeándose las sienes. Era cierto que en la última temporada ella e InuYasha ya no discutían a lo bestia ni se hacían la vida imposible mutuamente, pero de ahí a gustarle…
Negó. Era absolutamente imposible que sintiera algo por él. No debía.
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InuYasha acabó de ayudar a Naomi a lavar los cacharros del desayuno y esta se lo agradeció, con una cálida sonrisa—. Gracias, InuYasha-kun. —Él se encogió de hombros. Le rascó la coronilla a Sôta al pasar tras él, provocando los quejidos del niño, y casi choca con Kagome al pie de la escalera.
—Mira por dónde vas, enana.
—Eso te iba a decir yo, idiota. —Vio a la chica agacharse para ponerse los zapatos, en el pequeño vestíbulo de la entrada, y, fingiendo colocarse bien el jersey, observó lo bien que le sentaba al cuerpo femenino aquel diminuto uniforme. Sus ojos recorrieron las largas piernas de arriba a abajo, así como la melena azabache llena de rebeldes ondulaciones.
Desvió la vista a un lado y suspiró, rascándose la nuca. Aquello no estaba bien. ¿Por qué de repente se le daba por fijarse en Kagome? Desde que vivían bajo el mismo techo había llegado a apreciar cada uno de sus gestos. Sabía cuando iba a llorar, cuando estaba enfadada, molesta, alegre… Era absurdo, no tenía sentido. No era más que una niñita tonta—. InuYasha, hijo. —Se colocó bien la bandolera sobre el hombro y miró a su padre—. ¿Por qué no llevas a Kagome al colegio? Anda. —Los dos adolescentes parpadearon, se miraron y luego apartaron sus sonrojados rostros.
—No hace falta, Tôga-san, puedo ir andando, como siempre—dijo ella, esbozando una radiante sonrisa.
—Pero te lleva el doble. Ya que parece que nunca quieres ir con Kikyô-chan… ¿por qué no dejas que mi hijo te lleve?
—Papá, ha dicho que no. Además ¿qué dirán de mí si me ven pasar con esta niñita?—Kagome lo miró con furia.
—Eso debería decir yo.
—Copiona.
—Idiota.
—Loca.
—Imbécil.
—¡YA!—gritó el único adulto allí presente, haciéndolos enmudecer. Desde el umbral de la cocina, Naomi rio.
—Deja que te lleve, Kagome. Me quedaría más tranquila. —Haciendo una mueca de disgusto, finalmente la colegiala asintió. InuYasha maldijo entre dientes, abriendo la puerta de golpe y saliendo al patio del templo.
—¿Vienes o qué?—Kagome frunció el ceño y corrió para ponerse a su altura. Bajaron las enormes escaleras de piedra y el chico se encaminó hacia una preciosa scooter de color rojo brillante. La chica no pudo evitar admirarla.
—Es preciosa. —InuYasha se sintió halagado por el comentario, inflando el pecho con orgullo.
—Trabajé todo el verano para poder comprármela. Prácticamente ahorraba todo lo que ganaba. —Kagome le sonrió.
—No sabía que fueras tan perseverante.
—Keh. —InuYasha rodó los ojos, poniéndose tras la moto y abriendo el pequeño compartimento que había detrás. De su interior sacó dos cascos y guardó su mochila—. Dame tu mochila y ponte esto. —Kagome obedeció, abrochándose la correa bajo la barbilla.
—Mmm… me queda un poco grande…
—Es lo que hay, no te quejes—masculló el pelinegro, montándose en la scooter y prendiendo el motor—. ¡Vamos, sube!—La azabache vaciló, observando el vehículo.
—Es que… ¿no es peligroso?—InuYasha bufó.
—Me he subido a esta preciosidad cientos de veces y sigo de una pieza. ¡No tengo todo el día, niña!—Tragando saliva, Kagome se acercó y, con mucho cuidado, se acomodó tras InuYasha. El chico giró la cabeza, con una ceja alzada, al notar el flojo agarre de ella—. Como no te sujetes bien saldrás volando, y entonces sí que no me haré responsable.
—¡No te burles! Nunca he subido a una… ¡Es normal que tenga miedo!—InuYasha parpadeó, sorprendido.
—¿Ningún chico te ha invitado a subir a su moto o coche?—preguntó, tratando de aguantarse la risa. Kagome frunció el ceño y los labios, molesta.
—Algunas no tenemos la suerte de ser perfectas—susurró, casi más para sí misma que para el chico. No obstante, InuYasha la oyó a la perfección y ladeó la cabeza, intentando averiguar lo que aquella frase significaba.
Aunque pronto se quedó sin respiración al sentir los brazos de Kagome rodear su cuerpo con inusitada fuerza. Se mordió el labio inferior, tratando de controlar sus reacciones en cuanto algo blandito se pegó a su espalda, al tiempo que el aliento de la muchacha le erizaba el vello a la altura del codo.
Apretando los dientes, arrancó. No podía negar que era la primera vez que llevaba a una chica en la scooter, y que además esta fuera su hermana le resultaba… extraño.
Kagome intensificó el agarre sobre su jersey al notar el viento silbar a su alrededor, producto de la velocidad. Cerró los ojos, dejándose invadir por el calor del cuerpo masculino delante de ella, relajándose al instante. Puede que fuera un pensamiento extraño, pero sabía que, estando con él, nada malo le sucedería.
Tardó la mitad de tiempo en llegar al colegio. Bajó de la scooter de InuYasha y le devolvió el casco, con una sonrisa de agradecimiento pintada en sus labios—. Gracias, onii-chan. —InuYasha gruñó y ella rio. Se colgó la mochila a la espalda y rodeó el vehículo para entrar en el recinto escolar.
No sin antes plantar un beso en la bronceada mejilla, a modo de agradecimiento.
El pelinegro llevó la mano a su rostro y sonrió tontamente, mientras un agradable cosquilleo se extendía por su estómago—. Creo que la traeré todas las mañanas—se dijo, volviendo a ponerse en marcha.
Ya en su clase, Kagome colgó la mochila de su pupitre y sacó el libro correspondiente a la primera asignatura del día. Estaba acomodando la libreta y el estuche, cuando la puerta del aula se abrió de golpe, revelando a sus amigas—. ¡Ahí estás!—Eri la señaló con un dedo acusador y las tres se aproximaron a su sitio—. ¡¿Qué es eso de que te han visto montada en moto con un chico?!—Kagome suspiró.
—Era una scooter, no una moto, y el chico era mi hermano. —Yuka, Eri y Ayumi se miraron, para luego enfocar la vista de nuevo en la azabache.
—¿InuYasha te ha traído hasta aquí? ¿Y cómo es que tiene moto?—interrogó Yuka, muerta de curiosidad.
—Scooter—corrigió de nuevo su amiga—, y sí, me ha traído hasta la entrada. Nuestros padres se lo pidieron.
—Ahm…
—¿Y te gustó el paseo?—Kagome enrojeció al oír la pregunta de Ayumi. Esa chica tenía el don de hacer las preguntas menos oportunas en los momentos menos oportunos.
—Eh… —Gracias a dios, el timbre sonó, salvándola de tener que responder. Aunque a ver cómo salía del paso.
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—¡InuYasha! ¡¿Qué es eso de que te han visto en la scooter con una hermosa dama?!—El pelinegro levantó la vista de su almuerzo y le frunció el ceño a Miroku, su mejor amigo.
—De hermosa nada. Solo llevé a Kagome hasta su colegio.
—¿Kagome? ¿Te refieres a tu nueva hermana?—InuYasha asintió distraídamente, tomando una salchicha con los palillos y metiéndosela en la boca.
—Podrías presentárnosla ¿no crees? A ella y a la otra chica ¿cómo se llama…
—Kikyô. Y os voy a decir una cosa que espero quede grabada en vuestros diminutos cerebros: acercaos a cualquiera de las dos con malas intenciones y os acordaréis de lo que vale un peine. —Los ojos azules de Miroku y Kôga chispearon, burlones.
—Tranquilo, tío. No sabía que las quisieras tanto. —InuYasha bufó.
—Son mi familia ahora, y por tanto es mi deber cuidarlas y protegerlas de buitres como vosotros, memos.
—¡Oye! ¡Te has pasado!—Miroku fingió enojarse—. Aunque de escoger me quedaría con Kagome, en las fotos de la boda parece la más alegre y abierta.
—¡Oh, cállate, Miroku!—siseó InuYasha. La ira se había apoderado de su ser al tan solo pensar en Kagome y en Miroku, juntos.
La sola idea de que la chica pudiera estar con otro, lo disgustaba sobremanera.
Intentando no pensar en ello, se concentró en su almuerzo. Tendría que felicitar a Naomi. Estaba delicioso.
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El timbre que anunciaba el final de las clases fue música celestial para los oídos de los alumnos. Kagome recogió sus cosas y se levantó, acomodándose la mochila y el cabello a la espalda—. ¡Higurashi!—Se volvió a la puerta, descubriendo a un sonriente muchacho de pelo y ojos castaños.
—Hôjô-kun—saludó ella, sonriendo fugazmente. El castaño se acercó a ella.
—Me preguntaba si este domingo estarías libre. A mi padre le regalaron en el trabajo un par de entradas para el Maron Dome*, y me las dio a mí así que… ¿t-te gustaría ir conmigo?—cuestionó, sonrojado. Kagome enrojeció a su vez, poniéndose nerviosa.
—¿E-el domingo?—Hôjô asintió, expectante, aguardando ansioso por su respuesta. Kagome lo pensó un momento: no tenía nada que hacer el domingo y hacía tiempo que no se permitía el lujo de pasar un buen rato en compañía de un buen amigo, así que ¿por qué no?
Por un segundo, el rostro de InuYasha se le cruzó en la mente y negó. Ya se estaba volviendo paranoica, pensando si a él le molestaría que tuviera una cita con un chico.
Levantó la cabeza y le sonrió ampliamente—. Me encantaría ir contigo al Maron Dome, Hôjô-kun. —El chico parpadeó, sorprendido.
—¿De… ¡¿De verdad?!—Kagome asintió, con las mejillas rojas—. ¡Genial! Te recojo a las cinco, entonces, en tu casa.
—El domingo a las cinco. —El castaño dio vuelta y se fue por el pasillo, sumamente feliz.
—¡Kagome! ¡Vas a tener una cita con Hôjô!
—¡No lo puedo creer! ¡Al fin abres los ojos!
—¡Bien hecho, Kagome!—Kagome sonrió al entusiasmo de sus amigas, mientras bajaban las escaleras hacia la entrada. Una vez en el exterior, Kagome se paralizó al ver de nuevo a InuYasha frente a la verja del colegio, apoyado sobre su reluciente scooter rojo brillante. Le sonrió de forma arrogante nada más verla, contento por haber conseguido descolocarla.
—¿Qué haces aquí?—La arrogancia se convirtió en burla.
—Venir a buscarte. —Le puso el casco en la cabeza y le dio un golpecito—. Vamos, así no podrán decir que no soy un buen hermano mayor. —Kagome puso los ojos en blanco.
—Como si te importara, onii-chan—soltó ella, con un bufido. InuYasha dejó salir una carcajada, mientras la azabache se acomodaba a su espalda, exactamente igual que esa misma mañana. Kagome se sintió bien al oírlo reír. Era un sonido agradable, ronco y muy varonil. Se sonrojó por el rumbo que estaban tomando sus pensamientos y suspiró.
¿Qué era lo que InuYasha estaba provocando en ella?
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A partir de ese día, InuYasha y Kagome establecieron una rutina diaria con la cual ambos estaban cómodos.
Kagome terminó de cambiarse el uniforme por ropa normal y suspiró. Llevaba toda la semana intentando averiguar qué era lo que estaba empezando a sentir por su nuevo hermano, pero no era capaz de definir ni de poner nombre a la extraña calidez que la invadía cada vez que él le sonreía o a la falta de respiración cada vez que la tocaba.
Se echó hacia atrás en la silla y cerró los ojos, con un suspiro. Ni siquiera los estudios lograban distraerla—. ¿Cansada?—Abrió los párpados, topándose con InuYasha, apoyado cómodamente contra el marco de la puerta, en una pose relajada. Se sentó bien y se giró.
—¿Qué quieres? Kikyô no está—dijo secamente, volviéndose a sus apuntes. InuYasha amplió su sonrisa.
—Lo sé, venía a verte a ti. —No se esperaba esa confesión. Apretó tanto sin querer el lápiz contra la mesa que la punta se rompió. Se maldijo: ahora tardaría unos minutos preciosos en sacarle punta de nuevo.
Mientras rebuscaba un afila en los cajones, rememoró en su mente todas las veces en las que InuYasha la había ignorado esa semana por su hermana. Aunque ¿qué esperaba? Kikyô era alta, esbelta, delgada, de cabello azabache liso, brillante y sedoso, piel blanca como la nieve y con unos orbes castaños capaces de hipnotizar a cualquier persona. Todos la adoraban, todos la alababan y todos los chicos la querían como novia. Era simplemente perfecta—. ¿Para qué?—preguntó en un tono de voz neutral, tratando de sonar indiferente.
—Estamos solos en casa, y es viernes.
—No me digas—dijo la chica, irónica. InuYasha se removió, incómodo, no sabiendo como pedírselo. ¡Joder, ni que fuera una cita!
—En vez de malgastar tu tiempo de adolescente estudiando, ¿te gustaría venir conmigo al parque? He quedado con unos amigos para jugar al baloncesto. —Kagome se volvió, atónita, mirándolo con ojos como platos.
—¿Me lo estás diciendo en serio?—InuYasha se enfadó.
—¡Si prefieres quedarte aburrida, sola y amargada, allá tú!—Se dio la vuelta. Kagome respiró hondo varias veces, antes de ir tras él. Lo alcanzó al borde de las escaleras y lo agarró de la manga de la sudadera.
—Dame cinco minutos. —InuYasha descompuso el ceño fruncido y asintió, más tranquilo.
—Cinco minutos. Si no, me iré sin ti. —A toda prisa, la muchacha se metió de nuevo en su cuarto y, en tiempo récord, se cambió de nuevo y se hizo un par de graciosas trenzas a los lados de la cabeza. A InuYasha le pareció más niña que nunca con ese peinado y un intenso sentimiento de protección hacia esa niña se instaló en su pecho.
Salieron de casa y bajaron las escaleras del templo. Anduvieron en silencio hasta el parque que quedaba justo enfrente de su casa. InuYasha la condujo hacia la zona de hierba, al lugar donde siempre se reunía con sus amigos—. Ya pensábamos que no venías. —Chocó puños con Miroku, quien amplió su encantadora sonrisa al percatarse de la presencia de Kagome a la espalda de su mejor amigo—. ¡Pero qué tenemos aquí! Belleza, permítame presentarme: soy Miroku Kinomoto, el mejor amigo de InuYasha. —Kagome se sonrojó por el agarre tan suave sobre su mano. Abrió la boca, para responderle…
… Y de un chillido se apartó, aferrándose a la ropa de InuYasha—. ¡Me ha tocado el… —Enrojeció de nuevo e InuYasha enfureció.
—¡MIROKU!—El aludido echó a correr, perseguido por InuYasha.
—¡Ha sido mi mano! ¡Sabes que tiene vida propia!
—¡Nadie se traga ese cuento, imbécil! ¡Ven aquí!—Kagome veía la escena, con una gotita resbalando por su nuca.
—Desde luego, menudo par de críos. —Kagome se giró al escuchar una voz grave a su lado y sus labios se abrieron: ¡era el chico más guapo que había visto en su vida! Cabello negro amarrado en una coleta, ojos azul intenso, como el mismo cielo, alto, de piel bronceada como InuYasha y con músculos—. Soy Kôga Takayama, amigo de ese par de idiotas. —Le sonrió ampliamente y Kagome quedó embobada al instante.
—Kagome Higurashi, la nueva hermana de InuYasha. —Kôga suspiró.
—¿Quieres que vayamos a comer algo?
—Me encanta-
—¡Kagome no va a ir a ninguna parte contigo! ¡Vino conmigo y se irá conmigo!—Kagome notó como alguien la agarraba de la cintura y la separaba de Kôga. Lo único que alcanzaba a ver ahora era la ancha espalda de InuYasha, como protegiéndola.
—¿Qué eres? ¿Su perro guardián?—Ambos se miraron, desafiantes. Miroku llegó jadeante en ese momento, doblándose sobre sí mismo para tratar de recuperar el aliento. Vio la escena y fijó la vista en una confundida Kagome. Sonrió, posando ahora su vista en InuYasha.
—No es por nada, InuYasha, pero la señorita aquí presente creo que es la que tiene la última palabra. —Aquellas palabras hicieron reaccionar a la azabache.
—¡Tiene razón, InuYasha! ¡Tú no eres quién para decidir por mí!—Pasó al lado del ojidorado y sonrió a Kôga.
—Me encantaría ir a comer algo contigo, Kôga-kun. —¿Kôga… -kun? ¡¿Kôga-kun?! ¡¿KÔGA-KUN?!
—¡No puedes estar pensando en serio en salir con este idiota!
—¡Saldré con quién a mí me dé la gana!
—¡No, no lo harás! ¡Soy tu hermano mayor y te lo prohíbo!
—¡Me importa un comino! ¡Y no puedes prohibirme nada! Además ¡¿a ti no te gusta Kikyô?! ¡Llevas toda la semana siguiéndola como perrito faldero! ¡Así que déjame en paz!—InuYasha retrocedió, como si le acabasen de dar una bofetada, aturdido por esas palabras. Kagome centró de nuevo la atención en Kôga—. Me gustaría mucho, Kôga-kun. —Y así, ante la atónita mirada de InuYasha, Kagome se alejó con Kôga, ambos charlando y riendo felices.
—¿Jugamos?—le dijo Miroku, haciendo girar sobre su dedo un balón de baloncesto.
—Vete a la mierda. —El chico soltó una carcajada. ¡Oh, qué bien se lo iba a pasar a partir de ahora!
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Con furia, Kagome terminó de atarse el lazo en el pelo. La merienda con Kôga, el amigo de InuYasha, había ido la mar de bien. El chico la había acompañado hasta su casa, había sido de lo más divertido, educado y amable, y se había despedido dándole un beso en la mejilla.
Claro que InuYasha se comportó luego con ella como un auténtico energúmeno. El sábado no hicieron otra cosa más que discutir y gritarse por todo, y cuando no estaban insultándose, él estaba pegado a Kikyô. Eso a Kagome fue lo que más le fastidió.
Agarró el bolso y bajó las escaleras. Su madre y Tôga habían ido a dar un paseo, Sôta estaba jugando videojuegos con InuYasha en la sala y Kikyô estudiando sobre la mesa de la cocina—. ¿Vas a salir?—preguntó su hermana, al verla pasar arreglada. Kagome asintió.
—He quedado.
—¿Con quién?—saltó cierta voz masculina a su espalda. Haciendo uso de su autocontrol, Kagome se giró.
—No te importa—contestó, yendo hacia la entrada para calzarse. InuYasha torció el gesto y la siguió.
—Vas con ese idiota de Kôga ¿no?—Kagome respiró hondo.
—No, no voy con Kôga-kun. Tengo una cita para ir al parque de atracciones Maron Dome.
—Ya, claro. Como si alguien quisiera ir contigo—dijo InuYasha, burlón. Kagome sintió la ira crecer en su interior.
—¡Pues resulta que sí quieren! ¡No seré una modelo pero tengo mis cualidades!—El timbre interrumpió su acalorado discurso. Lanzándole una última mirada furiosa a InuYasha, abrió la puerta y sonrió ampliamente al chico de cabello y ojos marrones—. ¡Hola, Hôjô-kun!
—Buenas tardes, Higurashi. Estás muy guapa…
—¿Quién es este, Kagome?—Todas las cabezas se movieron en dirección a la voz. Naomi y Tôga ya habían vuelto, y este último observaba a Hôjô con el semblante duro y expresión indescifrable.
—Oh, Tôga-san. Mamá ¿te acuerdas de Hôjô-kun?
—Claro que sí, cariño.
—Encantado de volver a verla, Higurashi-san.
—No, querido, ahora soy Taisho.
—¡Cierto! ¡Felicidades por su boda! Siento no haber venido a presentar antes mis respetos. —Naomi se estaba aguantando la risa de ver a su marido y a su hijastro exactamente con la misma expresión, evaluando minuciosamente cada rasgo y gesto de Hôjô. Disimuló una sonrisa.
—¿Vais a salir?—Hôjô y Kagome asintieron.
—Hôjô-kun va a llevarme al parque de atracciones.
—No tan deprisa, jovencito. ¿Cuál es tu nombre completo?—preguntó Tôga, adelantándose un paso. Kikyô rodó los ojos, Sôta soltó una risita y Hôjô pestañeó.
—Es-esto…
—¿Estudias o trabajas? ¿Tu edad? ¿Quiénes son tus padres? ¿Qué…
—Vamos, querido, no seas así. Hôjô-kun es un buen chico.
—Así es, señor, le garantizo que cuidaré de Kagome.
—Y espero que la trates como una reina. Nada de sobrepasarte y…
—¡Ya, ya! ¡Vámonos, Hôjô-kun!—Roja de vergüenza, Kagome tomó del brazo al castaño y se lo llevó, ante la iracunda mirada de unos ojos dorados.
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Kagome sonrió algo forzada al chiste de Hôjô, para luego dar un mordisco a su hamburguesa con beicon y queso. La cita no estaba yendo tan genial como ella pensaba en un principio, si bien es cierto que había supuesto una dulce victoria ver los incrédulos ojos de su hermano al ver al castaño. Su sonrisa se amplió, volviéndose una genuina, haciendo que los ojos de Hôjô brillaran—. Me alegro de que te lo estés pasando bien. —Parpadeó, saliendo de sus pensamientos. Enrojeció al ver la alegre sonrisa en el rostro del chico. Estaba tan perdida en sus pensamientos que no se había enterado de nada de la conversación.
—Sí, claro. —Dio otro mordisco a su comida y bebió un sorbo de coca-cola.
—No pensé que comieras tanto. Normalmente, las chicas suelen hacer dieta, ejercicio y esas cosas. —Kagome tuvo ganas de retorcerle el cuello; con ese comentario, su perfecta hermana con su perfecto cuerpo apareció en su mente. Miró para su hamburguesa y de pronto le dieron arcadas. La dejó con aversión, casi con miedo, sobre la bandeja. ¿Y si por eso no le gustaba a InuYasha? ¿Y si estaba gorda y ella ni cuenta se había dado?
Buscando distraerse, paseó la vista por los alrededores de la cafetería en la que estaban, dentro del parque de atracciones. Diviso el lugar perfecto para desahogar sus angustias con escalofriantes gritos y chillidos. Se giró sonriente a su acompañante.
—¿Qué te parece si vamos ahí ahora, Hôjô-kun?—El muchacho siguió la dirección de su dedo.
—¿A la casa del terror?—Kagome asintió. Normalmente no entraba en sitios cerrados a cal y canto, debido a su claustrofobia, pero siempre y cuando fuera acompañada por un hombre valiente que la protegiera, no pasaría nada.
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InuYasha caminaba a grandes zancadas, murmurando y maldiciendo entre dientes, buscando con la mirada por todos lados el rostro de Kagome. Tras él, Kikyô suspiró. Sabía que cuando InuYasha le sugirió, hacía dos horas, ir al mismo parque de atracciones donde iban a ir su hermana y su cita, no era porque quisiera un plan romántico. Aún así había esperado que el ambiente del parque en domingo, lleno de parejas de enamorados, endulzase un poco sus acciones, luego ella ya se encargaría de convertirlo en una cita.
Se había esmerado especialmente en su vestimenta, y todo para nada. Los juegos de coqueteo y flirteo que solían funcionarle con otros chicos, con InuYasha no tenían cabida. Estaba tan concentrado buscando a su hermana que ni cuenta se daba.
InuYasha le gustaba, le gustaba de verdad. No era un simple capricho o juego como le había pasado con sus antiguos ligues. Al principio ella creía que él también estaba interesado en su persona, pero lo descartó en cuanto empezó a fijarse en la forma especial en la que miraba a su hermana menor. Pero todavía no pensaba rendirse. En el amor y en la guerra todo vale, y pondría toda la carne en el asador para conseguir a InuYasha. Además, él no parecía haberse dado cuenta aún de sus sentimientos.
Por supuesto, no haría nada que dañara a Kagome, Quería a su familia por sobre todas las cosas, y no se perdonaría si llegara a hacerle un daño serio—. ¡Maldita sea!—Vio como InuYasha pateaba una lata, enfadado con el mundo. Se acercó a él y le puso una mano en el brazo, poniendo una sonrisa tranquilizadora.
—No sé lo que te pasa—mintió—, pero vamos, anímate. ¿Por qué no nos montamos en algo?—InuYasha abrió la boca, dispuesto a replicarle, pero la ilusión en los ojos femeninos lo desarmaron. Se sintió fatal por haber arrastrado a Kikyô a aquella búsqueda absurda. Ella no tenía culpa de que su hermana fuera una imbécil que no distinguía a un pelele de un auténtico hombre. ¡Si Kagome quería estar con un payaso enclenque a él qué! ¡Keh! ¡Que se jodiera! ¡Luego que no le fuera llorando!
—Perdóname por haberte traído sin preguntar. —El corazón de Kikyô bombeó a toda velocidad en cuanto una mano grande y suave se posó sobre la suya, que todavía se mantenía en el brazo masculino. Sus mejillas se tiñeron de un leve tono rosado y bajó los párpados, en un gesto tímido y a la vez coqueto.
—No te preocupes. ¿Por qué no subimos en- —Un repentino alboroto llamó su atención. A un lado del parque, vieron a un montón de gente acumularse. Se acercaron, curiosos, descubriendo que el motivo del aglomeramiento de gente era algo que había pasado en la casa del terror. Vieron salir a varias personas del interior, pálidas y asustadas—. ¿Qué habrá pasado?—InuYasha se encogió de hombros; ya estaba por darse la vuelta y salir con Kikyô de allí, cuando sus ojos dorados captaron al idiota con el que Kagome había quedado, saliendo de la atracción blanco como el papel. Escudriñó a su alrededor, buscando la figura de Kagome, pero no dio con ella.
Habiéndolo visto también Kikyô, ambos se aproximaron al castaño, quien respiraba agitadamente, a un lado—. Oye, tú. —Hôjô levantó la vista, encontrándose con los hermanos de Kagome—. ¿Dónde está Kagome? ¿Qué ha pasado?—Hôjô tomó aire y se incorporó.
—Alguien se cargó uno de los muñecos, destrozando todo el sistema de la casa… volviéndose loco e impredecible… Había niños pequeños que empezaron a llorar, algunos echaron a correr, desatando el pánico y… No tuve tiempo… Me obligaron a salir… —Kikyô abrió los ojos como platos, sorprendida. Se adelantó un paso. InuYasha se sorprendió al notar que estaba enfadada.
—¡¿La has dejado sola?! ¡¿Ahí dentro?!
—No pude…
—¡Idiota!—Kikyô lo abofeteó. Hôjô se llevó la mano a la mejilla lastimada, mientras InuYasha no entendía nada—. ¡InuYasha, tienes que ir por ella! ¡Ve a buscarla!
—¿Kikyô, qué…
—¡Kagome es claustrofóbica!—Algo hizo clic en el cerebro del pelinegro y, como alma que lleva el diablo, se precipitó a las puertas abiertas de la casa del terror, bramando el nombre de Kagome. Hôjô estaba pálido.
—No… no lo sabía…
—Idiota—dijo Kikyô, con desprecio, al tiempo que notaba algo resquebrajarse en su pecho.
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Encogida en un rincón, en posición fetal, Kagome se tapaba los oídos y sollozaba, balanceándose adelante y atrás. El alboroto que se había armado no había sido nada, lo peor fue el haberse encontrado sola, rodeada de un montón de desconocidos que gritaban y corrían, buscando una salida, inmersa en una total oscuridad. Empezó a transpirar y a temblar. Alguien la empujó, haciendo que chocara contra una pared, y allí se había dejado caer al suelo, acurrucándose.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí, sollozando sin parar; oyó ruidos y a alguien gritar. Algo en el tono de voz se le hizo terriblemente familiar. A medida que la voz se acercaba, distinguió el tono grave y varonil de InuYasha—. ¿InuYasha?—susurró.
—¡Kagome! ¡Kagome, ¿dónde estás?! ¡Kagome, Kagome!—El alivio la recorrió entera y se puso en pie de un salto.
—¡InuYasha, estoy aquí! ¡InuYasha, InuYasha!—Oyó unos pasos rápidos y la luz de una pantalla de móvil la hizo parpadear. Distinguió dos soles en medio de la oscuridad y no lo dudó: se lanzó a abrazarla, hundiendo la cabeza en su pecho, comenzando a llorar desesperada, aferrándose a su camisa con fuerza.
—¡Kagome!—Soltó el móvil, que cayó al suelo con un ruido sordo, y la envolvió en sus brazos de forma protectora—. ¿Estás bien?—Ella asintió, entre hipidos—. Ya está, ya pasó, preciosa, estoy aquí, contigo, y no me voy a ir a ningún lado. —La sintió temblar y, sacándose su cazadora, tapó a la muchacha con la prenda. Seguidamente, la tomó en brazos, besándola en la frente cuando la muchacha se apegó más a él, rodeándole el cuello con sus delgados brazos.
Notando su corazón acelerarse, InuYasha echó a andar hacia la salida. Una calidez que nunca antes había sentido se expandía por su piel. Miró para Kagome, ya más tranquila, descansando como si de una muñeca se tratara junto a su pecho. Sus hermosos ojos chocolates se abrieron y le sonrió—. Gracias, onii-chan. —El rostro femenino se elevó y, sin ninguno proponérselo, sus labios acabaron tocándose, moviéndose los unos sobre los otros, sin prisa, con suavidad y ternura, de una forma totalmente natural.
Se separaron por falta de aire y, con una sonrisa en los labios, Kagome volvió a acomodar su cabeza contra el pecho masculino, quedando dormida casi al instante. InuYasha la observó unos minutos, anonadado.
Luego, una ancha sonrisa curvó sus labios. Al fin había descubierto lo que le pasaba con Kagome.
Se había enamorado de ella, de esa loca, chillona, tonta, bipolar y absolutamente encantadora muchachita azabache.
El problema era ahora averiguar lo que la chica en cuestión sentía por él.
Fin Capítulo 2
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¡Nos leemos!
¡Ja ne!
bruxi.
