*Se aparece en plan zombi, con su pijama rojo, arrastrando una manta y restregándose un ojo, toda despeinada y descalza*

Fumiis, nena, ESPERO QUE TE GUSTE (nótese amenaza implícita). No sabes lo que me ha costa- *bostezo* -do. Así que lee y me cuentas.

(Inner: no le hagas caso, es que tiene sueño y pasado mañana examen. Por eso el modo zombi).

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.

Capítulo 3

—¡InuYasha, no huyas!

—¡Ya te he dicho que no! ¡Que luego la mierda me la acabo tragando yo!

—¡Pero es el cumpleaños de tu hermano!

—¡Sabes que odia las fiestas, y más las sorpresa!—InuYasha esquivó a su padre y bajó las escaleras. Tôga llevaba toda la semana hostigándolo para que lo ayudara a organizar una fiesta sorpresa para el bastardo de Sesshômaru, pero él tenía otras cosas más importantes en las que pensar.

Como por ejemplo en cierta quinceañera de cabello azabache rizado que se había pasado evitándolo desde el domingo. Seguía dejando que la llevara al colegio y que fuera a recogerla también, pero huía de él en cuanto paraba. En casa se escudaba en los estudios o en ayudar a su madre con las labores domésticas para no estar más de dos segundos con él en la misma habitación, salvo a las horas de las comidas que compartían.

E InuYasha estaba empezando a irritarse por su actitud infantil. Tenían que hablar, pero ella no parecía interesada en hacerlo. O eso o le daba demasiada vergüenza. Creía que se trataba de la segunda opción—. ¡InuYasha, no seas mal hermano!

—¡No lo soy! ¡Solo que no me da la gana de tener que aguantar luego sus malas pulgas!—le gritó de nuevo a su padre.

—¡Si no lo haces, no hay móvil nuevo!—El chico se giró, incrédulo. Tôga sonrió triunfante.

—¡No puedes hacerme eso!—¿Cómo iba a sobrevivir sin móvil? ¡Era un aparato indispensable en la vida de todo adolescente de diecisiete años que iba al instituto! Vio en los ojos de su padre que la amenaza no era en vano. Soltó una palabrota. Maldito viejo chantajista. Si no hubiera perdido el móvil cuando entró a "salvar" a Kagome en la casa del terror del parque de atracciones, ahora no estaría entre la espada y la pared. Respiró hondo y, componiendo un mohín, asintió—. ¡Bien, vale! Pero con una condición. —Tôga amplió su sonrisa.

—¿Qué condición?

—Que me compres el último iPhone. —Tôga frunció el ceño e InuYasha sonrió. ¡Oh si! Él también sabía jugar—. Y quiero que me des el dinero para ir esta misma tarde a comprarlo. —Tôga maldijo. No es que no tuviera el dinero para comprarle a su hijo un móvil Apple último modelo, lo tenía, de sobra, no en vano su empresa iba viento en popa y ganaba cantidades ingentes de dinero. Pero Tôga Taisho siempre había sido hombre sencillo, de nunca hacer ostentación de su riqueza.

—InuYasha, sabes que no me gusta…

—Yo pondré la mitad, si te parece mejor así. Todavía tengo algo ahorrado del trabajo de verano, y estoy buscando uno a tiempo parcial ahora durante el curso. Pero quiero un iPhone. —A Tôga no pudo menos que inflársele el pecho de puro orgullo paternal. Ya decía él que InuYasha no podía ser tan materialista, no era propio del chico.

—Siendo así, me parece bien. Toma—dijo sacando de la cartera una tarjeta de crédito y tendiéndosela. InuYasha la cogió.

—Gracias. Te daré la mitad cuando vuelva a casa. —Tôga asintió.

—Y acuérdate de ayudarme a organizar la fiesta. —InuYasha resopló pero asintió, con una mueca hosca, metiéndose al fin en la cocina para desayunar, dejando a Tôga al pie de las escaleras, con una sonrisa boba bailando en sus labios.

—Lo has criado bien. —Tôga se volvió, topándose a su mujer a un lado del pasillo, tras él. Naomi sonreía, sosteniendo contra su cadera una cesta con ropa recién lavada. Su marido se acercó a ella y se la cogió.

—¿Tú crees? A veces creo que tiene demasiado mal carácter. —Suspiró. Naomi le acarició la mejilla a su marido con ternura, manteniendo aquella sonrisa tranquila y amorosa.

—Es bueno que tenga carácter. Y con los años mejorará. Estoy segura de que tú, a su edad, eras igual de gruñón. —Tôga se sonrojó y Naomi le dio un pequeño beso en los labios. Cuando ella se separó Tôga dejó la cesta en el suelo y la atrapó de la cintura, besándola más profundamente. Naomi rio contra sus labios, sujetándose a los anchos hombros de su esposo.

—¡Puaj!—La exclamación hizo que separaran sus rostros pero no que deshicieran el abrazo. Ambos giraron a la vez la cabeza. Sôta los miraba con una mueca de asco.

Dejando escapar una última risita, Naomi recogió de nuevo la cesta de la ropa para echar y se dirigió al patio, no sin antes depositar un beso en la coronilla azabache de su hijo menor.

Después de años, por fin todas las piezas de su vida encajaban. Había encontrado de nuevo el amor, formaba parte de una familia completa y no podía pedir más. Era feliz.

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Nerviosa, Kagome se mordió la uña del dedo pulgar, considerando por centésima vez en el día si largarse andando a casa, dejando plantado a InuYasha.

El recuerdo del beso del domingo pasado (¡su primer beso!) acudió a su memoria por… ¿milésima vez? Ya había perdido la cuenta. No era que no le hubiese gustado, al contrario, lo había amado con todo su ser, había sentido las mariposas revolotear en su estómago y su corazón latir acelerado. Los labios de InuYasha eran gruesos y suaves, y se habían movido con gentileza contra los suyos.

Había sido la prueba definitiva que necesitaba para confirmar su teoría: estaba profunda e irremediablemente enamorada de InuYasha. No obstante, tenía miedo, estaba asustada de lo que él pudiera decirle después. Tal vez le diría que el beso había sido un error y que no volvería a repetirse, que la había besado porque se parecía a Kikyô y como a él le gustaba su hermana mayor pues… —. ¡Despierta, Kagome!—La voz de Eri la sacó de sus pensamientos—. Tu hermano ya ha venido a buscarte. —Tragó saliva y miró en dirección a la puerta, descubriendo, efectivamente, a InuYasha montado sobre su scooter roja, esperando a que ella decidiera ir hacia él y montarse.

De pronto, le entró un ataque de vanidad y, yendo hacia él a pasos lentos, se alisó el uniforme y trató de desenredarse su rebelde y rizada melena azabache. Finalmente, se detuvo a escasos centímetros del muchacho, titubeando. Podía sentir las miradas de sus amigas clavadas en su espalda. Suspiró y, sin decir palabra, se subió tras él, se puso el casco y afianzó los brazos alrededor de su cuerpo. La fragancia masculina inundó sus fosas nasales al pegar el rostro a su espalda y cerró los ojos, dejándose embriagar.

Enseguida el viento los aisló del mundo, permitiéndole así que sus sentidos se concentraran en su amor no correspondido.

Por su parte, InuYasha se aferraba con inusitada fuerza al manillar de la scooter. No sabía si enfadarse con Kagome o ignorar su irritación y centrarse en sentir lo más que pudiera la calidez que despedía el cuerpo femenino tras él. Tuvo que detenerse en un semáforo y suspiró. Miró para abajo, a las pálidas y pequeñas manos sujetas a su camisa y a los delgados brazos que lo rodeaban. El semáforo cambió a verde y, en el mismo momento en que volvió a arrancar, tomó una decisión: hoy, Kagome no se escaparía de él.

En vez de enfilar el camino de siempre para ir al templo, en su lugar giró en una esquina, bajando por una cuesta. Pudo notar tras él como Kagome se tensaba—. ¿Adónde vamos?—preguntó ella, inquieta. InuYasha esbozó una pequeña sonrisa.

—Necesito un nuevo teléfono móvil, ya que el otro lo perdí cuando fui a salvar a cierta niñita. Así que vamos al centro comercial. —Kagome susurró algo así como "Yo no te pedí que entraras a buscarme". InuYasha amplió su sonrisa, mientras se sumergían en la semioscuridad del aparcamiento subterráneo del complejo lleno de tiendas y cafeterías. Dejó la scooter contra una pared y le pasó la cadena, guardándose luego las llaves en el bolsillo del pantalón, mientras Kagome se retorcía nerviosa el pelo. ¿Qué pretendía? Conocía lo suficiente a InuYasha como para saber que aquella mirada no significaba nada bueno. Vio como se acercaba a ella y desvió la vista a un lado, mordiéndose el labio inferior con fuerza—. Vamos. —Asintió rápidamente y lo siguió. No lo miró ni un solo momento; evitaba todo contacto visual con él y eso a InuYasha estaba empezando a irritarlo aún más de lo que ya estaba.

Anduvieron en silencio, uno detrás del otro, hasta la correspondiente tienda de Apple. Kagome abrió los ojos como platos al ver que entraban allí—. InuYasha… —lo llamó.

—Vaya, al fin te dignas a hablarme. —Enrojeció de ira y vergüenza, pero las hizo a un lado para encararlo.

—¿Qué hacemos aquí?—El chico resopló.

—Te lo dije: necesito un móvil nuevo.

—Ya, pero…

—Me voy a comprar un iPhone. —Kagome lo miró, incrédula—. Mi padre me ha dado su tarjeta de crédito, así que no te preocupes, no es que tenga dinero ilegal ni nada. —Kagome frunció el ceño, obviando el comentario desdeñoso.

—Son muy caros. ¿No te sirve uno normal, como el que tiene todo el mundo?

—No. —Y esbozando una sonrisa arrogante (que a Kagome le pareció de lo más irresistible) el pelinegro se acercó a uno de los dependientes, para hacer su pedido. La chica lo miró, decepcionada. No pensaba que InuYasha fuera de esos niños ricos que iban por ahí presumiendo de su dinero.

Una vez terminadas las gestiones, ya con el iPhone en su poder, ambos salieron de la tienda. Kagome corrió para ponerse a su altura—. Que sepas que eres un sucio materialista. —InuYasha se giró a mirarla. Alzó las cejas, divertido, al ver la expresión desafiante en el rostro de la chica—. Pensé que no eras tan mala persona, pero veo que me equivoqué.

—¿Por gastarme unos cuantos miles de yenes soy una mala persona?—cuestionó, burlón.

—Por hacer que tu padre los gaste cuando no es necesario. Seguro que ahora irás presumiéndoles a las chicas para que se fijen en ti. —Quiso morderse la lengua, pero ya era demasiado tarde. InuYasha clavó sus dorados ojos en ella, serio de repente. Lentamente, se le fue acercando; Kagome retrocedió hasta chocar contra la pared de un comercio, hecho que el pelinegro aprovechó para acorralarla, apoyando una mano a un lado de su cabeza y taponando el otro con su cuerpo, impidiéndole así toda huida.

—¿Eso es lo que piensas de mí?—dijo, con voz peligrosamente baja. Kagome casi se derrite al ver el escrutinio tan intenso al que la estaban sometiendo aquellos dos soles. No había sido su intención soltarle lo de las chicas, pero es que ¿para qué otra cosa lo querría? InuYasha no era persona de hacer muchos amigos (de hecho, no entendía cómo es que Miroku y Kôga lo soportaban, teniendo en cuenta que con este último no hacía más que pelearse) y tampoco era un millonario que necesitara hacer constante alarde de su poderío—. Dime, Kagome, ¿esa es la opinión que tienes sobre mí?—El rostro de él se acercó al suyo, de forma que sus alientos se mezclaron. El corazón de la muchacha latía violentamente.

—Yo… —¡No era capaz de pensar! Durante un segundo, sus ojos se desviaron sin querer a los gruesos labios masculinos. Percatándose de ello, InuYasha curvó las comisuras en una clara sonrisa de victoria y se relamió, posando él también su vista en los tentadores labios entreabiertos de ella.

Al ver el gesto, un furioso sonrojo se hizo presente en las pálidas mejillas de la colegiala—. ¡I-idiota!—Haciendo uso de toda su fuerza lo empujó. InuYasha se dejó, apartándose así de la azabache—. ¡No vuelvas a jugar así conmigo!—InuYasha sonrió ampliamente, con suficiencia, mientras la veía alejarse a pasos rápidos. Se apresuró a seguirla, preguntándose por qué demonios había dudado en besarla cuando era lo que más deseaba volver a hacer en el mundo. El recuerdo de su dulce sabor lo tenía impreso en el paladar, y se moría por volver a probarlo.

Kagome estaba más que enfadada: estaba furiosa. ¿Cómo se atrevía el muy imbécil a jugar así con ella? ¡Y ella de idiota había estado a punto de rodearle el cuello con los brazos y besarlo!

Se detuvo un momento para secarse las lágrimas de rabia que amenazaban con desprenderse de sus ojos. Se volvió para mirar su reflejo en el vidrio de una tienda de ropa. ¿Tan poca cosa era? ¿Tan poquita cosa que InuYasha no la encontraba ni mínimamente guapa? Sabía que ella no podía compararse con la belleza y elegancia etéreas de Kikyô pero… —. Espérame aquí. —Lo oyó murmurar. Se giró a tiempo de verlo desaparecer en el interior de la tienda. Frunciendo el ceño, se asomó por la puerta: era una tienda más o menos grande, tanto de ropa femenina como masculina, todo muy a la moda. Divisó a InuYasha hablando con el dependiente, que estaba detrás del mostrador. Ambos parecían muy animados. Finalmente, tras varios minutos, vio como se daban la mano y se despedían. ¿Serían amigos?

Cuando InuYasha salió de nuevo para reunirse con ella, iba sonriente. La curiosidad pudo más que su orgullo, así que se aventuró a preguntar—. ¿Un amigo?—InuYasha giró la cabeza y la miró, todavía con la sonrisa bailando en su boca.

—No, mi nuevo jefe. —Kagome parpadeó, no entendiendo su respuesto.

—¿Tu nuevo…

—¿No viste el cártel de "Se necesita dependiente. No necesaria experiencia. Se admite jornada parcial"?—Kagome arrugó la frente.

—¿Para qué quie-

—Para pagarle a mi padre el iPhone. ¿Qué te creías? ¿Que era un niño rico de papá al que todo se lo dan hecho?—Kagome quiso morirse allí mismo al oír sus propios pensamientos de la boca del pelinegro, en un tono teñido de sarcasmo y mordacidad. Lo miró, avergonzada.

—InuYasha… yo… lo siento… no pretendía… Tonta, tonta, tonta. Kagome, tonta. Recuerda que la scooter también se la pagó él. —Se reprendió a sí misma.

—Déjalo. —El tono duro la hizo tragar saliva.

Llegaron al aparcamiento y Kagome se subió a la scooter mientras InuYasha guardaba la caja con su nuevo iPhone en el compartimento trasero. Una vez que estuvieron los dos acomodados, la voz de Kagome rompió el incómodo silencio en el que se habían sumido—. Cuando lleguemos a casa… haré ramen para cenar. —A InuYasha se le iluminó el rostro y viró la cabeza para observar la cara de una ruborizada Kagome.

Le pareció la visión más adorable del universo, y con una enorme sonrisa puso en marcha la scooter para emprender el regreso a casa.

Una buena ración de ramen lo esperaba.

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Kikyô terminó sus deberes de historia y suspiró. En los últimos días había notado que InuYasha y Kagome se habían distanciado, así que aprovechó para mover ficha. No obstante, InuYasha seguía inmune a sus insinuaciones y coqueteos. Era extraño porque, por mucho que quisiera a su hermana, los chicos no se resistían a una mujer hermosa. Se levantó y se miró al espejo. Ella era hermosa, lo sabía. Su cabello era negro y lacio, suave y sedoso, y caía como una cortina hasta más allá de sus caderas; sus ojos de un marrón oscuro eran oscuros y misteriosos, capaces de atraer a cualquier muchacho; Era alta y esbelta, delgada y cualquier cosa que se ponía le sentaba bien. Nunca había tenido problemas para comprar ropa.

El ruido de la puerta la sacó de sus cavilaciones. Por el rabillo del ojo vio entrar a Kagome, recién salida del baño. Su pelo negro como el de ella, pero salpicado de rizos y ondulaciones, con las puntas enredadas en graciosos rizos que te daban ganas de agarrar uno para tirar de él, estaba húmedo y con volumen. Se fijó en la piel blanca, no tanto como la de ella, sino más bien trigueña; también en su baja estatura y en lo bien proporcionada que estaba: su delgadez, enmarcada por unos generosos pechos, un vientre plano, una estrecha cintura y unas curvilíneas caderas, no era para nada exagerada, como la suya. Además, tenía (muy a pesar de Kikyô) un bonito trasero, firme y respingón. Sus piernas eran asimismo delgadas, aunque con algo más de carne en los muslos.

Kikyô sabía que Kagome la envidiaba, pero también era al contrario: Kikyô envidiaba a Kagome. Si bien los chicos se fijaban siempre en ella primero, en cuanto conocían a Kagome se olvidaban de su existencia. Kagome los atrapaba con su asombrosa personalidad, y en cuanto descubrían aquel cuerpo hecho para el pecado bajo sus ropas de niña, ya no había nada que hacer.

Era un círculo vicioso. Y lo mejor de todo es que su hermanita ni cuenta se daba. Aunque tampoco le extrañaba: Kagome tenía quince años recién cumplidos, y todavía poseía la ingenuidad de una niña pequeña.

Tal vez, en la fiesta de cumpleaños de Sesshômaru tuviera una oportunidad de hacerse con InuYasha. Aún no tiraría la toalla.

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Kagome sonrió satisfecha al ver al fin su regalo para Sesshômru envuelto. Le había costado dios y ayuda hacer un bonito paquete para el enorme libro que hablaba sobre la historia universal del arte. A Sesshômaru le encantaba el arte, sobre todo la pintura, algo que supo gracias a Tôga.

Escondió el regalo bajo la cama y cogió una bolsa para tirar los trozos sobrantes del papel. Luego, se levantó de su escritorio, tratando de no hacer ruido para no molestar a su hermana, quien parecía muy concentrada en sus estudios. Abrió el armario y miró para su ropa. Enseguida hizo una mueca. No tenía nada apropiado para ponerse. La fiesta de Sesshômaru iba a ser un evento muy elegante, irían compañeros de él de la universidad, todos hijos de importantes empresarios, según le había explicado su madre. Sesshômaru no tenía amigos propiamente dichos (y no le extrañaba, era un auténtico bloque de hielo; a todas horas).

Cerró el armario con cuidado y suspiró. Salió de la habitación y bajó las escaleras. Necesitaba un vestido nuevo, pero no tenía tiempo para modificar uno de los suyos. Los de Kikyô no le entraban… —. ¿Kagome? ¿Pasa algo?—Se sobresaltó al oír la voz de su madre tras ella.

—Mamá, me has dado un susto de muerte. —Naomi sonrió, acercándose a su hija.

—¿Qué ocurre?—La adolescente se mordió el labio inferior, pensativa—. Puedes contármelo.

—Es que… no tengo nada que ponerme—dijo al fin, avergonzada—. La fiesta de Sesshômaru será de lo más elegante y yo… pues bueno… no tengo ningún vestido apropiado. —Naomi se echó a reír. Kagome siempre tan inocente.

—No va a ser tan elegante, hija, a pesar de lo que Sesshômaru quiera. Será más bien familiar, y no irán tantas personas como insinuó la última vez que estuvo aquí; Tôga prefiere un cumpleaños tradicional. —El alivio la recorrió al oír las palabras de su madre. Tenía ganas de ir en busca de Tôga y besarlo—. Aún así, yo también opino que deberías comprarte algo de ropa. Hace tiempo que no vas de compras con tus amigas, y te hace falta renovar algunas cosas.

—Mamá…

—No me repliques, jovencita. Ahora no es como antes, que teníamos que andar apretándonos el cinturón a final de mes. Las facturas se pagan a medias y tanto Kikyô como InuYasha-kun colaboran con sus sueldos. Así que ven. —No muy convencida, Naomi guio a su hija hasta el dormitorio matrimonial donde convivían ella y Tôga. Kagome sintió un pequeño resquemor al recordar que aquel cuarto lo había ocupado su padre alguna vez. Apartó esos pensamientos enseguida, tenía que seguir adelante, su padre no iba a volver.

Naomi abrió un cajón de la cómoda y sacó un sobre. De su interior extrajo un buen montón de billetes y se los tendió a Kagome—. Mamá… no es necesario…

—Cógelos, Kagome. Ve a divertirte mañana. InuYasha-kun trabaja ahora en una tienda de ropa ¿no? Igual podrías pedirle consejo. —Una amplia sonrisa apareció en el rostro de la mujer al ver lo rojas que se tornaban las mejillas de la azabache.

Sabía que esos dos se traían algo.

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—¡Va para ti, Kagome!

—¡La tengo!—Saltó y golpeó con todas sus fuerzas la pelota de voleibol. Esta cayó al otro lado y botó contra el suelo, para luego salir fuera, consiguiendo así un punto más para su equipo. Se secó el sudor de la frente y observó para las muchachas del otro equipo, chicas de uno y dos años menos que habían ingresado al equipo de voleibol.

La entrenadora hizo sonar su silbato, dando por finalizado el entrenamiento. Cansadas y sonrientes, las chicas se dirigieron a los vestuarios. Quedaron un par, recogiendo todo el material. Kagome vio una pequeña figura tambalearse bajo el peso de los dos palos que sostenían la red y se apresuró a ayudarla—. ¡Cuidado!—exclamó, evitando que la pobre se diera un buen mamporro contra el suelo.

—Gracias, Kagome-sempai. —Ella negó.

—No es nada. ¿Te ayudo, Rin-chan?—A la chica se le iluminó el rostro y asintió, contenta. Rin era una de las pocas kouhais que tenían que le caía bien.

La ayudó a colocar todo en su sitio correspondiente y luego fueron juntas hasta los vestuarios—. Hoy has estado genial en la práctica, Rin-chan. —A la muchacha le brillaron los ojos.

—¡¿En serio?!—Kagome le sonrió. Rin Matsumoto tenía catorce años, una melena negra y larga hasta media espalda, con un mechón siempre recogido en una pequeña coleta, a modo de chicho, a un lado de la cabeza. Era todavía más bajita que ella y siempre parloteaba sin parar sobre cualquier cosa. Además, era la hija de dos grandes chefs. Sus padres no eran ricos, pero ganaban lo suficiente como para vivir desahogadamente. No obstante, su trabajo exigía mucho tiempo y dedicación, por lo que Rin vivía prácticamente sola. Algunos de sus compañeros decían haberla visto vagando por el parque muy tarde en la noche, y las malas lenguas la tachaban casi de prostituta por culpa esos paseos nocturnos. Kagome dudaba que fuera eso lo que la impulsaba a salir hasta tan tarde, pero tampoco era una cotilla, así que se había abstenido de pregunta—. Kagome-sempai. —Kagome se giró, terminando de colocarse la falda del uniforme—. Sé que sonará raro pero… Mis padres han sido contratados por los tuyos para hacer una tarta para una fiesta y… bueno… se supone que estoy invitada pero… —Rin estaba extremadamente nerviosa—. ¿Po-podrías acompañarme a comprarme un vestido? Es la primera vez que me invitan a uno de los trabajos de mis padres y no quiero dejarlos en ridículo. —Kagome se sorprendió primero, para acto seguido sonreírle, alegre.

—¡Claro que sí, Rin-chan! De hecho, yo también necesito un vestido y ropa nueva para mi armario. —Rin pareció aliviada al oírla.

—¡¿De verdad?! ¡Oh, qué genial! ¡Será la primera vez que salga contigo! ¡Yo te admiro mucho, Kagome-sempai! ¡Y Tôga-san fue tan amable cuando me dijo que yo también podía ir… ¡Me puse muy contenta! ¡Y mis padres también! Yo sé que a ellos no les gusta dejarme sola tanto tiempo, pero yo les digo que no se preocupen, al fin y al cabo es su trabajo, y ahora que empiezo a ser más independiente, ellos pueden tomar todos los pedidos que quieran. Antes me sentía fatal porque por mi culpa se coartaba su carrera ¡pero ahora ya pueden tener más libertad!—Kagome sonrió al oírla hablar sin parar, dando pequeños saltitos a su lado. Agradeció que en unos días hubiera un examen, porque así no se topó a la salida con Eri, Yuka y Ayumi, habría sido un infierno tener que explicarles el por qué de aquella salida improvisada. Además, ir de compras con Eri era horrible, enseguida se obsesionaba con cualquier prenda de ropa.

Fueron andando a paso ligero pero tranquilo hasta el centro comercial. Kagome se reía de las anécdotas tan divertidas que Rin le contaba sobre su infancia. Rin también estalló en carcajadas cuando Kagome le contó la vez que, de pequeña, le había teñido el pelo de verde a su padre, en venganza por haberse olvidado de comprarle su dulce favorito por haber obtenido una medalla en el colegio. Había roto su promesa y eso a la pequeña Kagome no le había sentado nada bien.

Así, entre risas y charlas, llegaron a su destino. Recorrieron cada una de las plantas, parándose en los escaparates con ropa juvenil y femenina. Hicieron un montón de tonterías y se probaron cosas solo por el placer de poder hacer bromas y reírse luego a carcajada limpia. Hacía tiempo que Kagome no reía con esa libertad, tan solo InuYasha lograba hacerla reír de esa forma, y en contadas ocasiones lo había conseguido.

Salieron de un Stradivarius, suspirando derrotadas. ¿Es que no había ni un puñetero vestido que les gustara y que les quedara bien? Algo que fuera con ellas. Justo entonces, los ojos de Rin dieron con una tienda al otro lado de la planta. Agarró a su sempai del brazo y la arrastró casi corriendo hasta allí. Kagome pestañeó al ver adonde se dirigían y al instante sus ojos se ensancharon. Era la tienda donde InuYasha había entrado la otra vez. ¡Era donde él trabajaba! Intentó detener el avance de Rin, pero la muchacha parecía entusiasmada y no le hizo caso, por lo que la azabache se vio entrando en el comercio de colorida y atrevida ropa.

Mientras Rin empezaba a rebuscar entre las perchas y estanterías, Kagome echó un vistazo rápido por toda la tienda. Suspiró de alivio al no ver a InuYasha por ninguna parte, probablemente estaría en el almacén o a lo mejor libraba hoy o… —. ¿Kagome?—Casi se cae de espaldas al oír su voz tras ella. Lentamente, sus pies viraron, y quiso morirse al ver allí, delante de ella, a InuYasha. Llevaba varias perchas vacías en las manos. Lo vio fruncir el ceño—. ¿Qué haces aquí? ¿Has venido a espiarme?—dijo, en tono juguetón. Kagome se sonrojó.

—Engreído—susurró, provocando que una sonrisa arrogante y altanera apareciera en la boca del chico—. He venido a comprar ropa. Me hace falta.

—Lo sé. —Kagome se enfadó y lo miró, indignada, para luego dar vuelta e ir a junto de Rin. InuYasha volvió a sonreír. Lo cierto es que le importaba una leche lo que Kagome estuviera haciendo allí. El poder compartir un momento con ella después de aquellos días de locos era un regalo. Además, todavía tenían que aclarar un par de asuntos.

—¡InuYasha, querido, la ropa no se va a colgar sola! ¡Por muy bueno que estés te pago para que trabajes, no para admirar tu bonito trasero!—A InuYasha le entró un ligero escalofrío al oír el llamado de su jefe. Mientras que pudo apreciar un sonrojo en las dos muchachas que ahora andaban por la tienda.

—¡Ya voy!—Se acercó al montón de ropa que había sobre el mostrador y comenzó a colocarla en las perchas para posteriormente colgarla en su sitio. Vio a su compañera de trabajo subir del almacén con otra tanda de camisas y suspiró. Recibir pedidos era un auténtico infierno.

—Oye ¿conoces a ese chico?—Kagome miró de reojo para InuYasha y suspiró, asintiendo a la pregunta de Rin.

—Sí, es mi hermano. —A Rin por poco se le salen los ojos de las órbitas.

—¡No! ¡Pero si parece que le gustas!—Kagome enrojeció.

—¡No digas tonterías, Rin-chan! ¡Solo…

—¿Puedo ayudaros, preciosuras?—Ambas pegaron un brinco, asustadas por la repentina interrupción. Levantaron la cabeza, descubriendo a un chico de unos veinte años quizás. Tenía unos curiosos tatuajes en ambas mejillas y los labios pintados de lila. También llevaba rímel.

—Nosotras… —empezó Kagome, intimidada.

—Buscamos unos vestidos para una fiesta. —Al chico se le iluminó el rostro.

—¡Oh, entonces habéis venido al lugar indicado! ¡Venid por aquí!—Las guio hasta un rincón apartado de la tienda, donde reposaban varios vestidos hechos para salir por ahí en una noche de fiesta. Los había de varios colores, telas y tamaños. Rin pegó un chillido y se sumergió entre las prendas, Kagome dudó, insegura. El dependiente debió notarlo, porque sacó un vestido rojo de lentejuelas y se lo enseñó.

—Yo creo que con este estarías divina. —Kagome enseguida negó. ¡Ella no podía ponerse eso! ¡Era demasiado llamativo!

—¡¿Pero qué narices le estás enseñando, Jakotsu?!—InuYasha llegó a su lado y le arrebató el vestido de las manos a su jefe—. ¡Kagome no necesita salir a ligar!

—Anda ¿es que la conoces, bombón?—InuYasha se ruborizó en el acto. Odiaba que Jakotsu le pusiera apodos cariñosos y candentes como ese. Pero era su jefe, y el condenado pagaba bien.

—Es mi hermana—le espetó, molesto. Jakotsu pasó la vista de uno a otro, incrédulo.

—¡Pero si no os parecéis en nada!

—Es… complicado—dijo el adolescente—. ¡Y además no te importa! ¡Ya me encargo yo!—Jakotsu resopló.

—Tampoco hace falta que saques ese carácter tuyo de perro, guapo. Ya me voy. Le diré a Sango que venga a ayudarte. Tú no tienes ni idea de gustos femeninos. —InuYasha enrojeció y Kagome tuvo que volverse, haciendo esfuerzos para no estallar en sonoras risas. Mascullando maldiciones, InuYasha colocó el vestido rojo de nuevo en su sitio y miró para la espalda de la chica.

—Ríete y te mato. —Kagome lo miró, con una expresión absolutamente inocente.

—¿Quién se está riendo?—InuYasha soltó una palabrota y Kagome sonrió, aprovechando de paso para admirar lo bien que le quedaban los vaqueros oscuros y la camiseta azul de Quicksilver.

—¡Hola! El jefe me ha dicho que necesitáis mi ayuda. —Kagome posó ahora su vista en la alta chica de pelo y ojos castaños, con una coleta alta sujeta con un lazo, una camiseta azul marinera de rayas y un peto blanco de pantalón largo, quién le sonreía.

—Así es, Sango, mi hermanita necesita ropa de verdad.

—¡Oye! ¡Mi ropa es de verdad, onii-chan cretino!

—¡Que no me llames así! ¡Me da escalofríos!

—¡Pues no insultes mi ropa!

—¡No lo haría si tuvieses algo decente!

—¡¿Qué insinúas?!—Rin, Sango y Jakotsu miraban la ridícula discusión sin poder creérselo. Finalmente, los tres rieron, haciendo que ambos hermanos callaran.

—¡¿Qué?!—saltaron los dos a la vez, mosqueados.

—Vosotros… parecéis llevaros bien. —InuYasha y Kagome parpadearon y se miraron, para luego sonrojarse.

—¡Ni hablar! ¿Quién soportaría a un idiota arrogante?

—¡Yo no aguanto a las niñas caprichosas y chillonas!—Jakotsu dio un par de palmadas, acallándolos en el acto.

—Me parece perfecto, querido, pero estas señoritas han venido a comprar ropa, no a perder el tiempo, así que Sango y tú las ayudaréis. Si me necesitáis, estaré intentando ligarme al tío bueno de la heladería de al lado. —Tanto Sango como InuYasha enrojecieron, mientras su jefe salía, silbando alegremente.

—Bu-bueno… ¿qué veníais buscando?—preguntó la castaña a las dos colegialas.

—Principalmente un par de vestidos, para una fiesta de cumpleaños—contestó Rin—, pero Kagome-sempai mencionó también que necesitaba renovar su armario. —Kagome asintió, tenuemente sonrojada. Sango las evaluó con ojo crítico unos segundos y luego asintió.

—Creo que sé lo que os puede ir. InuYasha, termina de colocar la última tanda de ropa, por favor.

—Es mi herma-

—NO me repliques. —La mirada amenazadora de su compañera de trabajo bastó para amedrentarlo. No hacía mucho que la conocía, pero ya había comprobado que enfadar a Sango podía traer MUY malas consecuencias; a pesar de que era un año más pequeña que él.

Así que, a regañadientes, hizo lo que le pedía. Sango les sonrió a las dos chicas y se acercó a una hilera de vestidos de tela, sacando uno amarillo de tiras con un bordado de nido de abeja en la parte del pecho. Luego se acercó a otra fila y sacó un vestido azul celeste palabra de honor que tenía un lazo que se ataba en la espalda.

Le tendió el amarillo a Rin y el azul a Kagome—. Es-esto… —empezó Rin.

—Probároslos y luego me decís. —Las dos se miraron, dubitativas, pero al final asintieron y se metieron cada una en un probador. A los pocos minutos salieron, con los vestidos sobre sus cuerpos, quedando boquiabiertas al ver a la otra.

—¡Estás genial, Rin-chan!

—¡Lo mismo te digo, Kagome-sempai! ¡Estás ideal!—InuYasha dejó lo que estaba haciendo en ese momento y se asomó para ver a Kagome. Sus ojos dorados se abrieron como nunca al ver a Kagome con un precioso vestido azul celeste que se ajustaba a su figura, resaltando todas sus curvas. Le levantaba el pecho y, aunque la falda quedaba suelta hasta las rodillas, el nudo del lazo se le pegaba a la espalda, marcando de esa manera la forma redondeada de su trasero.

InuYasha soltó una palabrota por lo bajo. Como la chica apareciera con eso en la fiesta de Sesshômaru, atraería más de una mirada seguro. Sobre todo como llevara su sedoso cabello azabache suelto.

Mataría a cualquier pervertido que se atreviera a intentar algo con ella. Y por eso quería aclarar cuanto antes su situación amorosa. No dejaría a Kagome en manos de algún imbécil como el tal Hôjô o, menos aún, el gilipollas de Kôga. El estúpido había estado las últimas semanas intentando sonsacarle información sobre Kagome. Por supuesto, se negó en redondo a dársela; prefería aguantar las burlas de Miroku sobre su estado de idiota enamorado a dejar que Kôga consiguiera a Kagome.

La chica en cuestión sintió que alguien la observaba y levantó la cabeza. El corazón le dio un vuelco al ver los ojos dorados de InuYasha fijos en su persona. Empezó a sudar, nerviosa; ¿Qué estaba pensando? ¿Le gustaría lo que estaba viendo? Por su escrutinio, diría que así era. Respirando hondo, miró para Sango, quien conversaba alegremente con Rin—. Me lo quedo. —La castaña sonrió ampliamente.

—¡Yo también me quedo con este! ¡Me encanta!—exclamó Rin, agarrando la falda de su vestido y dando una vuelta. Kagome rio—. ¡Ahora falta lo demás, sempai!

—Oh, pero… no hace falta. —Miró con disimulo la etiqueta del vestido. No era caro pero tampoco barato, y no quería gastarse todo el dinero que le había dado su madre, no le parecía bien.

—¡Al menos pruébate algo, Kagome-sempai! Ya que estamos aquí… —No pudo negarse a los ojos suplicantes de Rin, así que asintió.

Pasó toda la tarde probándose diferentes faldas, pantalones, camisetas, jerseys… Acabó extenuada y con ganas de no pisar una tienda de ropa en una buena temporada.

Después de varias horas, volvió a vestirse con su uniforme y tanto ella como Rin pagaron los vestidos y salieron, despidiéndose de Sango y Jakotsu, quién había vuelto más o menos a la mitad de su prueba de prendas variadas, dando su opinión cada dos por tres y discutiendo con Sango y con Rin.

InuYasha miró para el montón de ropa que Kagome se había probado y tomó una decisión—. Jefe, me lo llevo todo. Descuéntamelo del sueldo. —Jakotsu y Sango se miraron y sonrieron.

—Deberías decirle que te gusta—dijo su compañera como si tal cosa. InuYasha se ruborizó y desvió la vista, avergonzado.

—¡No digas chorradas!

—Ay, querido, es una chica muy hermosa. Como no te des prisa alguien te la quitará. —La expresión del adolescente se volvió hosca al oír el comentario de Jakotsu.

—Keh. —Tenía razón, pero no sabía cómo hacerlo sin meter la pata. Él no era bueno con esas cosas.

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Se ajustó bien el corpiño de su vestido negro escote barco y comprobó una vez más que su recogido y su maquillaje estuviera en buen estado. Sonrió satisfecha al ver su reflejo en el espejo del baño.

La fiesta iba viento en popa. Sesshômaru se había molestado; él había ido para una cena tranquila de supuestamente negocios en un buen restaurante y se encontró con un cumpleaños sorpresa. Estuvo a punto de estrangular a su padre. Menos mal que su madre consiguió calmarlo.

Salió del cuarto de baño, dejándolo libre para la siguiente fémina que hacía cola, y buscó con la mirada a InuYasha. Lo encontró observando divertido los esfuerzos de su mejor amigo de ligar con alguna universitaria. Había algunas a las que les ponían los yogurines.

Con paso seductor y un insinuante balanceo de caderas, se dirigió a él. Le sonrió de forma coqueta, haciendo resaltar su labial rojo, y se sirvió un vaso de refresco—. Parece que tu hermano lo está pasando bien. —InuYasha rodó los ojos al oír el comentario.

—Es un amargado. Ya le dije a papá que era inútil, que no le iba a hacer ni pizca de gracia. Pero él se empeña año tras año. Y luego llora y a mí me toca recoger los pedazos. —Kikyô echó la cabeza hacia atrás y rio.

—Yo puedo ayudarte con eso. Ya no estás solo. —InuYasha esbozó una pequeña sonrisa.

—Gracias. —La pelinegra abrió la boca, para decir algo más, pero calló al ver como la mano del ojidorado se cerraba en torno al vaso de papel que sostenía, estrujándolo hasta casi romperlo. Siguió la dirección de sus ojos y apretó los labios al ver que el motivo de su disgusto era la estampa de su hermana bailando con Kôga, uno de los amigos de InuYasha. Kagome se reía de los chistes malos de su pareja de baile, mientras Kôga sonreía tontamente, observándola.

—Vamos a bailar. —Sin esperar respuesta, tomó a InuYasha del brazo y lo arrastró hasta el medio de las parejas que bailaban. Lo obligó a posar las manos en sus caderas y ella misma apoyó las suyas en los anchos hombros masculinos, comenzando a mover la cintura y las piernas al ritmo de la música. InuYasha se dejó hacer. Si la tonta de Kagome quería bailar con otro, él también podía bailar con otra. Vio los ojos chocolates de la quinceañera detenerse en ellos, así que pegó más a Kikyô a su cuerpo y le sonrió con suficiencia. Kagome frunció el ceño y volvió la atención a Kôga, permitiendo que este cerrara más los brazos en torno a su cintura.

Al juego de los celos podían jugar dos.

Al otro lado, Rin suspiró, alisándose la falda de su vestido amarillo. Varios chicos la habían sacado a bailar, pero ella los había rechazado con un buen pisotón en cuanto las manos se les iban más abajo de donde deberían. ¿Acaso no se daban cuenta de que tenía tan solo catorce años? Igual era eso lo que los incitaba a acercarse.

Vio a sus padres charlando animadamente al otro lado del salón con los padres de InuYasha y Kagome. Luego se fijó en el chico (más bien hombre, pensó) que estaba a su lado.

Era el cumpleañero y parecía el ser más aburrido y huraño de todo el lugar. Lo observó con curiosidad. ¿Cómo podía alguien no pasarlo bien en su cumpleaños? Había música, un pastel riquísimo, buen ambiente y, sobre todo, gente que lo quería y apreciaba.

Rin esbozó una sonrisa traviesa. Sin pensarlo mucho, se plantó delante de Sesshômaru (si recordaba bien el nombre). Se tapó los ojos para destaparlos al cabo de unos segundos—. ¡Buh!—Sesshômaru alzó una ceja y la ignoró, desviando la vista. No dándose por vencida, Rin lo rodeó hasta tenerlo de nuevo de frente y repitió la acción anterior. Sesshômaru la miró fríamente, esperando amedrentarla. Sin embargo, la chica alzó las cejas—. ¿Cómo puede ser que lo estés pasando tan mal siendo el homenajeado?—Sesshômaru se sintió ligeramente sorprendido de que esa niña tan rara supiera el significado de la palabra homenajeado. Él era de la firme creencia de que las nuevas generaciones cada día iban a peor—. Nunca había visto a nadie tan amargado el día de su cumpleaños. —¡Pero qué…

—Eres una maleducada—le espetó, en un tono frío e hiriente. Rin puso los brazos en jarras.

—Y tú un aguafiestas. Se supone que todo esto se ha hecho por ti, y me he fijado en que no has intentado siquiera divertirte un poquito. No es justo para tu padre ¿sabes? Tôga-san se ha esforzado mucho.

—No te importa. —Rin bufó.

—¡Claro que me importa! Él ha sido muy amable conmigo y con mis padres al invitarnos, así que lo he decidido: mi misión del día será hacer que te diviertas. —Sesshômaru no daba crédito a sus oídos. ¿De qué estaba hablando esa niñata estúpida? Amiga de Kagome tenía que ser.

Sin darle tiempo a replicar, Rin lo cogió del brazo y lo llevó hacia la mesa donde yacía lo que quedaba del pastel de cumpleaños. Cortó un trozo con un tenedor y se lo metió en la boca. Sesshômaru, pillado por sorpresa, no tuvo tiempo a reaccionar y se atragantó con el pedazo de tarta, comenzando a toser. Rin le tendió un vaso de refresco y sonrió ampliamente al ver sus furiosos ojos dorados clavarse en ella cuales dagas—. Déjame en paz. —Sesshômaru se dio la vuelta, dispuesto a largarse de allí, pero Rin le interrumpió el paso.

—No puedes, es tu fiesta de cumpleaños. —Empezó a sonar una canción de rock y Rin chilló—. ¡Me encanta esta canción! ¡Vamos a bailar!—No importándole que estuvieran en una punta de la sala, lejos de la pista de baile, comenzó a moverse siguiendo la música. Sesshômaru bufó, fastidiado. ¿Por qué tenía que hacer de niñero? Estaba a punto de dar vuelta e irse lo más rápido que pudiera (a ser posible muy lejos de Japón) cuando un insulto proveniente de aquella chiquilla lo hizo detenerse en seco—. ¡Suéltame, asqueroso!—Viró, encontrando a la adolescente forcejeando con uno de sus compañeros de clase en la universidad, quien la tenía sujeta por los hombros y la manoseaba. Se notaba a leguas que estaba borracho perdido.

La moral lo obligó a acercarse y a apartarlo de un brusco tirón de Rin. La silenciosa amenaza en su mirar bastó para que el tío se buscara a otra con quien bajar su libido. Rin respiró aliviada y le sonrió agradecida—. Gracias, Sesshômaru-san. —Él la miró, indiferente.

La luminosa sonrisa de la chica había provocado algo en él. De pronto no vio a una escandalosa e irritante muchacha, sino a una niña asustada e indefensa. Y la mezcla tan variopinta lo sorprendió. No estaba acostumbrado a tanto despliegue de inocencia. Hasta que conoció a Kagome no sabía lo que era una muchacha inocente, y Rin había acabado, en un solo minuto, por romper sus esquemas.

Se acercó a ella—. No te separes de mí. —No podía dejar que le pasara algo, era su fiesta y él era responsable de lo que allí sucediera. Y aunque aquello había sonado a orden, Rin le volvió a sonreír, esta vez alegre.

Su misión del día iba mejor que bien.

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Kikyô estaba en la gloria. Llevaba una hora bailando con InuYasha, los dos bien pegaditos el uno al otro. Las caricias de él en su espalda le provocaban agradables escalofríos. Tal vez no estaba todo perdido y aún tenía una oportunidad.

Miró de reojo para su hermana pequeña, de lo más contenta con el amigo de InuYasha. La tensión en los brazos que la rodeaban le daba a entender que al Taisho menor no le hacía ni pizca de gracia semejante nivel de intimidad de la azabache con Kôga.

Miró para sus orbes dorados, los cuales brillaban de puro enfado. Lo tomó de las mejillas y se puso de puntillas—. InuYasha… —Él volvió su mirada a ella y Kikyô no lo dudó: juntó sus labios con los de él, moviéndolos de forma sensual e incitante. InuYasha quedó estático. De reojo, vio la mirada sorprendida y dolida de Kagome. Queriendo ponerla aún más celosa, estrechó a Kikyô más contra sí y cerró los ojos, correspondiendo al beso de esta.

Kagome ensanchó sus ojos y estos se llenaron de lágrimas—. ¿Kagome?—Kôga la obligó a mirarlo. Al ver sus ojos cristalinos, la abrazó fuerte, queriendo matar a InuYasha. No hacía falta ser muy observador para darse cuenta de que esos dos estaban enamorados—. No te preocupes, Kagome. Es un idiota. —La chica tembló, sintiendo su corazón encogerse en su pecho. Se separó lentamente de Kôga y le sonrió.

—Gracias, Kôga-kun. —Respiró hondo y dio un paso atrás—. Necesito salir.

—Te acom- —Kagome negó.

—Quiero estar sola. —Kôga hizo una mueca, disconforme, pero comprendiendo asintió y la dejó marchar. Una vez que la vio perderse entre la gente, puso una expresión dura y se dirigió a donde su amigo seguía besándose con la hermana de la chica que supuestamente le gustaba. Lo arrancó de un tirón de aquel contacto labial que mantenía y lo empujó.

—¡¿Se puede saber qué haces?!

—¡Eso debería decirte yo, idiota! ¡Acabas de hacer el imbécil! ¡Kagome se ha ido casi llorando por tu culpa! ¡Si querías hacerla sufrir, bravo, lo has conseguido!—InuYasha palideció. ¿Su beso con Kikyô la había hecho llorar? ¡Pero si solo había sido un beso!

—La has cagado, amigo. —La voz de Miroku tras él lo sobresaltó—. Yo que tú iba a buscarla para tratar de arreglar tu grandísimo error. —En medio de los tres chicos, Kikyô tragó saliva, miró para InuYasha, suplicándole con los ojos que no fuera, que se quedara con ella. Nunca antes había sentido algo como lo que sentía por el pelinegro. Pero InuYasha retrocedió, mirándola con tristeza.

—Lo siento—susurró. Kikyô sintió como algo se rompía dentro de ella al verlo salir corriendo como alma que lleva el diablo hasta la puerta del local.

Había perdido. Había perdido contra su hermana pequeña.

Y las lágrimas hicieron su aparición.

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Sentada en el escalón de un portal, Kagome lloraba, abrazada a sus rodillas. Era de esperarse. Nunca podría ganarle a su hermana mayor. Kikyô era la perfección hecha mujer, atraía a cualquier chico solo con mirarlo una vez. Era mejor que ella en todo: más inteligente, más sofisticada, más educada… Sabía que tenía la batalla perdida antes de empezar, pero su estúpido corazón le había permitido albergar esperanzas, y ahora estaba pagando las consecuencias—. Kagome… —Un sollozo se escapó de sus labios al oír su voz, como si él hubiera ido a buscarla—. Kagome… —gimió, rogándole a su mente que no fuera tan cruel—. ¡Basta, Kagome! ¡Mírame!—Notó unas manos agarrarla bruscamente de los hombros, obligándola a levantar la cabeza. Sus orbes chocolates vieron, a través de la cortina de lágrimas, dos soles que la observaban, acongojados.

Su cabeza chocó de pronto contra un pecho duro y cálido y unos fuertes brazos la apretaron con fuerza. Los reconoció al instante y la respiración se le cortó—. ¿I-InuYasha?—Él afianzó su presa en torno a su cuerpo. Kagome tembló, las lágrimas volvieron a correrle libres por las mejillas y se revolvió en el abrazo, chillando y golpeándolo, queriendo que la soltara, que dejara de jugar así con ella y con sus sentimientos.

Pero InuYasha no le hizo caso. Se tuvo que morder la lengua para retener el grito de dolor que quiso salir de su garganta cuando ella le clavó las uñas en su espalda, bajo la camisa. Vaya que sabía arañar, la niña.

Poco a poco ella dejó de pelear y los sollozos se volvieron cada vez más débiles, hasta que solo quedó un llanto silencioso. InuYasha aprovechó para deshacer el abrazo y subió las manos hasta sus mejillas. Le levantó el rostro y quiso golpearse a sí mismo al ver la tristeza impresa en sus expresivos ojos castaños. Acarició con sus pulgares, retirando el siguiente rastro de lágrimas que quería salir del blanco que rodeaba los irises marrones que tanto le gustaban. El cuerpo femenino se estremeció—. Perdóname—susurró. Kagome cerró los ojos, apretando los puños.

—No tengo nada que perdonarte, onii-chan. Tú no me quieres y yo no puedo cambiar eso. —La voz inundada de dolor lo hizo apretar los dientes.

—Kagome… —La azabache se deshizo de sus manos, dando un paso atrás.

—Puedes volver con Kikyô. Solo asegúrate de no seguir jugando conmigo.

—¡Tú nunca has sido un juego! Es cierto que al principio nos llevábamos mal pero… yo nunca… nunca jugaría así con tus sentí-

—¡Mentiroso! ¡Solo he sido un juguete para ti, lo sé! ¡Siempre he sabido que tú quieres a Kikyô! ¡Pero te molestaste en crearme esperanzas! ¡Pues enhorabuena, porque me has roto el corazón! ¿Pero sabes? ¡No te dejaré seguir haciéndolo! ¡Lárgate con tu novia y déjame en paz!—Se giró, intentando evitar llorar de nuevo frente a él. Empezó a caminar, para alejarse de allí cuanto antes.

Pero su intento de huida fue rápidamente frustrado. En dos zancadas InuYasha se acercó a ella por la espalda y, tomándola de forma ruda del brazo, la giró, haciendo que sus labios chocaran contra los suyos. Kagome abrió enormemente sus ojos. Se separó de él, ahora furiosa, y levantó una mano, dispuesta a abofetearlo; pero InuYasha la agarró de la muñeca y de un tirón volvió a acercarla a su cuerpo, apoderándose de nuevo de sus labios, posando esta vez la otra mano sobre su nuca, haciendo presión para impedirle alejarse.

Kagome se vio arrastrada a un mar de sensaciones con ese tórrido beso. Gimió, sintiéndose débil de repente, y tuvo que sujetarse con su mano a la camisa del chico, para no tambalearse y caer. InuYasha expandió su boca, abriendo aún más los labios femeninos, ahondando así el beso para introducir con libertad la lengua en la cavidad femenina.

¡Madre del amor hermoso! ¡Qué bien sabía Kagome! Soltó su muñeca y pasó el brazo por su cintura, pegándola más a su pecho. Kagome le pasó los brazos por el cuello, poniéndose de puntillas para darle más acceso, correspondiendo al fin a la muestra de afecto.

Por falta de aire InuYasha rompió el beso. Tomó una bocanada de aire, viendo que Kagome respiraba tan o más agitadamente que él, sus corazones latiendo a mil por hora, ambos con los labios húmedos y ligeramente hinchados.

Kagome abrió los ojos, aturdida aún por lo que había pasado—. Kagome… —La voz varonil y ronca la hizo mirarlo. Él todavía mantenía un brazo en su cintura y la otra mano en su nuca, con los dedos enredados en sus rizos azabaches—. Eres tonta. —Y ahí se fue a la mierda el momento mágico.

Sintiendo su ira crecer a niveles alarmantes, volvió a hacer amago de abofetearlo. No obstante, InuYasha volvió a frustrar sus planes con sus malditamente buenos reflejos. La acercó otra vez a él—. ¡Suéltame, Taisho!—El aludido sonrió arrogante y bajó su rostro, acariciando con sus labios la mejilla de la chica, hasta llegar a su oído, donde susurró las palabras que harían a Kagome la adolescente más jodidamente feliz del planeta.

—Solo te quiero a ti, niña boba. —Todo su cuerpo se paralizó y los latidos de su corazón se desbocaron. Cerró los ojos en cuanto notó los gruesos labios masculinos besarla por tercera vez en la noche. Cuando se separaron, InuYasha le sonrió de esa forma tan suya, arrogante y altanera.

Y Kagome no pudo hacer otra cosa que lanzarse a volver a besarlo; InuYasha le correspondió en el acto, sintiendo mariposas bailar en su estómago.

A partir de ahora Kagome era única y exclusivamente suya.

Porque había descubierto que la amaba con todo su ser.

Más que a nada ni nadie en este mundo.

Fin Capítulo 3

¡Asfgashdasfgashdasfgashd!

¡NO SABÉIS LO QUE HE TENIDO QUE SUFRIR PARA TERMINAR ESTE JODIDO CAPÍTULO! ¡Porque el muy maldito tenía que salirme más largo que el Antiguo Testamento!

Ya, me desahogué. Que a gusto se queda una.

¿Qué os ha parecido, gente? ¡Hacedme saber vuestra opinión en un bonito review que me llene de dulce chocolate con leche! Así repongo mis energías xD.

¡Nos leemos!

¡Ja ne!