¡YAHOI! Bueno, este no costó tanto como el anterior pero aún así costó (Inner: vaya que sí costó). Seh, pero bueno, espero que os guste. ¡Especialmente a la personita a la cuál va dedicado este fanfic! ¡Fumiis, te quiero, nena! ¡Ojalá ames este capítulo con todo tu ser!

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.

Capítulo 4

Se peinó el cabello con los dedos y sonrió satisfecha a su reflejo. Se sorprendió al ver sus ojos brillar cual niña con zapatos nuevos. Las palabras de su novio resonaron en su mente:

Solo te quiero a ti, niña boba.

Otra estúpida sonrisa de felicidad se le dibujó en la cara. Salió del baño tarareando una de sus canciones favoritas a la vez que daba pequeños saltitos. A veces se detenía, cerraba los ojos y soltaba risitas, para luego seguir su camino, de nuevo, a saltitos, toda sonriente.

Sus amigas la vieron entrar en clase de esa misma forma, atontada. Esperaron a que se sentara en su sitio y entonces se le echaron encima, abordándola a preguntas—. ¡Vamos, escupe! ¿Quién es?

—¡Es tu hermano! ¿A que sí?

—¿Cuánto lleváis? ¿Os habéis besado ya? ¿Quién dio el primer paso? ¿Se te declaró?—Kagome permitió que su nube de felicidad descendiera unos metros y las miró.

—Sí, es InuYasha. Apenas unos días. Sí, ya nos hemos besado. Los dos a la vez. Y también sí, se me declaró. —Yuka, Eri y Ayumi chillaron entusiasmadas. Le pidieron mil y un detalles, pero tuvieron que interrumpirse en cuanto el profesor entró en el aula.

Kagome abrió su libro y cogió su portaminas. Pero su mente volvió a distraerse con el recuerdo del atractivo rostro de su novio. Amplió su sonrisa y dejó caer la mejilla contra su palma, soltando un suspiro de adolescente cursi enamorada que no se podía con él.

Era tremendamente feliz.

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Frenó la scooter y, como un imbécil enamorado, se miró en el espejo retrovisor, revisando que no tuviera ninguna imperfección. Él nunca había sido vanidoso, al contrario que Miroku o que Kôga, pero ahora sentía la necesidad de estar mínimamente arreglado, y todo para que Kagome lo encontrara atractivo.

La misma idea sonaba estúpida. Pero es que Kagome era extremada y malditamente hermosa, y, en todas las tardes que había pasado a buscarla, no se había perdido las miradas embelesadas que otros chicos le daban al pasar. Así que por muy cursi que sonara, se mantendría en buena forma y bien acicalado.

Y ya había empezado a agilipollarse—. ¡InuYasha!—Levantó la cabeza al oír la voz de su novia (qué rara le sonaba esa palabra), solo para que su blando corazón se acelerara al verla detenerse frente a él con su sonrisa perfecta y amorosa. Sus mejillas enrojecieron y desvió la vista a un lado.

—Sube—dijo, en un tono algo brusco. Kagome amplió su sonrisa, con sus ojos brillantes, y se apresuró a obedecer. InuYasha se giró para ponerle el casco en la cabeza y él mismo se lo abrochó. La oyó suspirar tan tontamente como llevaba haciendo él en clase toda la mañana y una fugaz sonrisa teñida de arrogancia curvó sus labios. Hablando de labios… Posó su vista en los femeninos, rosados y carnosos. Solo había podido robarle pequeños besitos desde la fiesta. ¿Estaría bien robarle uno como dios manda en mitad de la calle? Observó, por el rubor de la colegiala, que ella también quería que la besara.

¡Claro que está bien, imbécil! Es tu novia ahora. Bésala. —E hizo caso a su vocecita interior. Se giró del todo sobre el asiento de la scooter, quedando frente a frente con Kagome y, agarrando sus hombros con firmeza, bajó la cabeza y la besó. Al segundo Kagome le pasó los brazos por el cuello, estirándose para profundizar el contacto. InuYasha bajó las manos a su espalda y la estrechó lo más que pudo contra él, teniendo en cuenta la incómoda posición en la que se encontraban, al tiempo que sus lenguas se rozaban.

Finalmente, se separaron, necesitados de oxígeno para poder respirar. Se sonrieron, una sonrisa de enamorados—. Ehm… ¿Nos vamos?—dijo Kagome, su sonrojo acentuándose al percatarse de que eran el centro de miradas de todos sus compañeros. InuYasha amplió su sonrisa y la besó una última vez en los labios, nada más que un pequeño contacto, un pico, para seguidamente girarse y agarrar el manillar, poniendo la scooter en marcha.

Tras él, Kagome se pegó a su espalda y se aferró a su jersey, con fuerza. Cuando pararon en un semáforo, ella habló—. ¿Hoy tienes que trabajar?

—Todas las tardes, preciosa. Ya lo sabes. —La muchacha se sonrojó por el apodo cariñoso que él le había puesto.

—Ah… —Hizo una mueca. El día que había ido con Rin no se había percatado, pero su nueva amiga había vuelto unos días después, y en la práctica de voleibol del día anterior le había comentado de la cantidad de chicas que había comprando ropa o, más bien, mirando a cierto dependiente que estaba como un tren. Le había asegurado que InuYasha no les hacía ni caso, y que si se ponían muy pesadas, su compañera de trabajo las ahuyentaba—. Oye… sería mucha molestia si yo… —Se mordió el labio inferior. ¿Y si lo incomodaba? No quería comportarse como una novia insufrible y celosa nada más haber empezado una relación seria con él.

—¿Mmmm?

—Nada, olvídalo. —InuYasha frunció el ceño y abrió la boca, para preguntarle qué pasaba, pero el semáforo cambió y tuvo que guardarse la pregunta para luego.

Justo había un pequeño atasco más adelante, así que aprovechó y la miró a través del espejo retrovisor—. ¿Qué ibas a decirme antes, Kagome?—Ella sacudió la cabeza.

—Nada, nada. No te preocupes.

—Kagome… —El tono de advertencia la hizo suspirar. Era un tono que conocía a la perfección, un tono que indicaba que el pelinegro no iba a rendirse hasta que consiguiera una respuesta.

—Es que… me preguntaba si… si estaría bien que yo… bueno… si podría acompañarte en tu trabajo hoy. Es una mala idea, déjalo. —Se apresuró a decir ella, con un suspiro. InuYasha quiso echarse a reír. La cola de vehículos avanzó y él hizo lo propio. Esbozando una sonrisa, enfiló la cuesta que bajaba al centro comercial. Kagome parpadeó, sorprendida, al ver como se internaban en la semioscuridad del parking—. InuYasha… —llamó, en cuanto el motor de la scooter paró.

—¿No querías acompañarme hoy?—replicó, sin darle tiempo a decir nada más. Un tenue sonrojo se extendió por las mejillas femeninas y Kagome asintió. Se quitó el casco y lo guardó en el compartimento trasero. Vio a InuYasha tenderle la mano y se apresuró a llegar a su lado para cogerla, entrelazando sus dedos con los de él.

Anduvieron en silencio todo el trayecto hasta las escaleras, ambos sonrojados, sonriéndose de vez en cuando.

—¿Qué tal en el instituto?—preguntó Kagome, mirándolo, rompiendo así el silencio. InuYasha suspiró.

—Como siempre. Clases aburridas, charlas sin sentido con Miroku y discusiones aún más ilógicas con Kôga.

—¿Sigue molesto contigo?—InuYasha asintió, tirando de ella para poder abrazarla con el brazo que tenía libre. Kagome se dejó hacer, sonrojándose en el acto. Se sentía estupendamente con la cercanía. Además, tendría que acostumbrarse, puesto que ahora eran pareja.

Llegaron finalmente a la tienda—. ¡Oooooooh, si vienes con tu chica, InuYasha, querido! Qué bien que me traigas un poco de compañía femenina. —Jakotsu, el jefe de InuYasha, sonrió, inclinándose sobre el mostrador para observarlos mejor, con una sonrisa en sus labios, hoy pintados de verde.

—¡Oye! ¡Yo soy una chica, ¿sabes?!—exclamó su otra empleada, Sango, fingiendo ofenderse. Jakotsu e InuYasha pusieron los ojos en blanco.

—Sí, Sango, guapa, pero admite que tu feminidad raya un poco en el límite de lo marimacho. ¡Nunca te he visto con falda más que la de tu uniforme!—Sango se sonrojó, tanto de vergüenza como de enfado.

Kagome soltó una risita y la castaña miró para ella, sonriéndole. InuYasha suspiró y se volvió a ella, soltándola—. Tengo que ir a cambiarme. Tendrás que estar aburrida detrás del mostrador con Jakotsu.

—¡¿Aburrido yo?! Cariño, no hay nadie que se aburra conmigo, ya deberías saberlo—dijo Jakotsu, guiñándole un ojo de forma juguetona. InuYasha lo miró con una ceja alzada antes de volverse de nuevo a su novia.

—No te preocupes. Ve. —InuYasha la besó en la mejilla para luego desaparecer por una puerta lateral. Sango le sonrió mientras terminaba de doblar unas chaquetas de chico. Kagome le devolvió el gesto, observando su atuendo con curiosidad: unos pantalones lilas con un suéter negro, en cuya parte delantera tenía unas letras en color blanco que rezaban: Don't touch me. I have better things to do.

—Vamos, querida, no te quedes ahí parada, ven. —Jakotsu le hizo señas para que se acercara y le cedió la banqueta que estaba detrás del mostrador. Kagome se sentó, sin saber muy bien qué hacer—. Cuéntame ¿cómo es eso de que acabaste siendo hermana del bombón?—Sango rodó los ojos y meneó la cabeza, colgando una falda. Kagome se sonrojó.

—Nuestros padres se enamoraron y se casaron… Por eso.

—Aaaaaah, lo suponía. Hoy en día está muy de moda eso de juntar familias.

—No generalices, jefe. —Se escuchó la voz de InuYasha. Kagome le sonrió, medio embobada, al verlo aparecer con unos pantalones negros y una camiseta a rayas horizontales blanca y negra, arremangada hasta el codo—. Nuestros padres se quieren.

—Eso, Jakotsu, no generalices. No todo el mundo tiene pensamientos superficiales. —Jakotsu frunció el ceño.

—Si no fuerais tan jodidamente guapos, sobre todo tú, InuYasha, amor—un escalofrío recorrió la espalda del aludido— ni tan buenos vendedores, os despediría ahora mismo. Por irrespetuosos. —InuYasha y Sango se sonrieron—. Kagome, nena, vámonos a tomar algo por ahí, tú y yo solos, ¿te parece? Dejemos a estas víboras despacharse a gusto. —Kagome rio y se cogió del brazo de Jakotsu, levantándose a su vez de la banqueta. InuYasha bufó, molesto, pero así al menos Kagome no se aburriría.

Sonrió como idiota al ver el sensual movimiento de su cabello azabache al balancearse de un lado a otro, al mismo hipnotizador compás que sus caderas—. Tú, el baboso ¿te traigo un babero?

—Déjame en paz, Sango. —Rodeó una mesa con pantalones doblados y se subió a una pequeña escalera, con un trapo en la mano, para retirar el polvo acumulado de las estanterías más altas—. Ah, y consíguete un novio. —Sango rio.

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Ya era la hora de cierre. Kagome tenía el ceño fruncido y movía el pie, impaciente, observando a una arpía insinuársele descaradamente a su chico. Sango estaba atendiendo a otro par de clientes, y Jakotsu lo mismo, en otra sección de la tienda. Apretó los dientes, contando mentalmente hasta cien, intentando calmarse. No tenía por qué estar celosa, no iba a ser una de esas novias posesivas y controladoras. No. Miró de reojo, viendo cómo iban hacia ella, hacia la caja. InuYasha le dedicó una pequeña sonrisa antes de efectuar el cobro de las prendas que la chica iba a llevarse.

Kagome quiso gritarle en cuanto vio que entre los billetes iba un papelito con (probablemente) un número de teléfono. Respirando hondo y poniendo su mejor sonrisa inocente, se acercó a su novio—. ¿Te falta mucho, cari?—Lo agarró del brazo y amplió su sonrisa al ver la mirada sorprendida de la chica. Esta cogió la bolsa con un ademán brusco y se fue, decepcionada de que el tío bueno de la tienda de ropa estuviera ya cogido.

InuYasha alzo una ceja y se giró a mirarla—. ¿A qué ha venido eso?

—¿El qué?—preguntó Kagome, haciéndose la desentendida. InuYasha sonrió y, acercándola a su cuerpo, le dio un beso en la frente. Kagome se sonrojó pero sintió las mismas mariposas en su estómago que sentía siempre que él le daba una muestra de cariño.

—Celosa. —Al fin, el último cliente se fue y Sango puso el cartel de Cerrado en la puerta.

—Buen trabajo, niños. Espero que mañana sigáis así—felicitó Jakotsu a Sango e InuYasha. Ambos hicieron una pequeña reverencia para luego ir a cambiarse la ropa. Jakotsu los obligaba a usar ropa de la tienda como uniforme de trabajo; una manera de promocionarse como cualquier otra.

Kagome suspiró aliviada al verlo vestir de nuevo el uniforme del instituto. Señal de que ya se irían—. Bueno, espero verte más a menudo por aquí, Kagome. Está bien tener a otra chica con la que hablar en el descanso. —Kagome sonrió a la castaña y asintió. Sango era una chica agradable y simpática. Habían congeniado desde el primer segundo y habían descubierto que tenían muchas cosas en común.

—¡Antes de que os vayáis!—Jakotsu se inclinó y extrajo un sobre de debajo del mostrador. Se acercó a ellos y sacó de su interior lo que parecían ser entradas para algún evento.

—¿Qué es esto?—preguntó InuYasha, desconfiado, cogiendo la suya.

—Son unas invitaciones que me ha dado mi hermano para un desfile de modas que organiza su empresa. Pensé que, si no teníais nada mejor que hacer el sábado, querríais ir. —Los tres chicos se miraron entre sí.

—Jakotsu, un desfile de modas es algo muy… sofisticado. No creo que nosotros…

—¡Tonterías, Sango, preciosa! Además, el muy cretino se piensa que necesito hacerme publicidad, por eso me invita. ¿Publicidad yo? ¿Con este cuerpo serrano? ¡Se me tirarán todos los diseñadores encima y me suplicarán que venda su ropa en mi tienda!—Los adolescentes miraron con una gotita en la cabeza el arrebato de maldad de Jakotsu.

—Jefe, me encantaría ir pero yo… No tengo con quien—confesó Sango en un susurro, con las mejillas rojas de vergüenza por tener que admitir algo así.

—Puedes venir con nosotros, Sango-chan, si quieres—ofreció Kagome, cogiéndole las manos.

—¡Hey! ¿Quién ha dicho que vayamos a ir?—soltó InuYasha, a quien no le gustaban nada esa clase de eventos sociales.

—Iremos, InuYasha. Jakotsu-san está siendo muy amable al cedernos algunas de sus invitaciones—dijo, para luego girarse de nuevo a Sango—. ¿Qué dices? ¿Vienes?

—Pero Kagome-chan, no quisiera molestar… Iréis como pareja y no quiero hacer mal tercio.

—Oh, pero no molestas. Aunque… —Kagome miró para InuYasha, con una sonrisa. Se le acababa de ocurrir una idea—. InuYasha ¿por qué no le pides a Miroku o a Kôga-kun que vengan también?

—¡¿Y para qué quieres tú que venga el imbécil de Kôga?!—Kagome rodó los ojos y suspiró. A pesar de haberle explicado durante dos horas que no tenía ningún interés amoroso en Kôga y que solo eran amigos, a InuYasha no le gustaba un pelo verlo cerca de ella.

—Para que Sango-chan no se sienta incómoda. Le diré a Rin-chan que venga también. Cuantos más, mejor.

—Eso, querido: cuántos más, mejor. —InuYasha fulminó a su jefe con la mirada, quien tenía una mueca burlona y un destello divertido en sus ojos.

—No sé, Kagome-chan…

—¡Vamos, Sango-chan! ¡Lo pasaremos bien! Seguro que también va una de mis mejores amigas porque su madre es editora en una revista de moda. Así que venga, di que sí. —Sango suspiró y finalmente asintió.

—De acuerdo, iré. No sé cómo, pero me has convencido. —Kagome chilló y la abrazó, feliz. InuYasha sonrió levemente al ver la felicidad de su novia.

Bueno, si Kagome quería ir, pues irían. Si eso la ponía contenta, no se negaría.

Solo quería verla sonreír todos los días. Y si era por su causa, mejor.

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—¡¿De verdad que puedo ir?!—exclamó Rin, sin poder creérselo, observando la invitación en su mano.

—Claro que sí, Rin-chan.

—Pero… ¿No es esta tu invitación?—Kagome negó.

—Cada invitación vale por dos ¿ves?—Señaló la parte baja del papel, donde ponía Vale por el invitado y un acompañante.

—Oh, en ese caso ¡muchísimas gracias! Aunque no sé con quién ir… —Suspiró.

—No te preocupes por eso, InuYasha va a invitar a sus amigos, así que puedes ir con uno de ellos.

—¿En plan pareja?—dijo Rin. Kagome asintió.

—Bueno, solo si quieres, sino siempre puedes decirle que tan solo es una salida en plan amistosa. —Rin sonrió ampliamente, feliz.

—¡Muchísimas gracias, Kagome-sempai! ¡Allí estaré!—Kagome rio, viendo a Rin alejarse hacia su clase por el pasillo, dando saltitos. Se apoyó contra una de las ventanas y miró para el paisaje urbano, con expresión soñadora.

—¿Higurashi?—Se sobresaltó al oír que la llamaban. Se volvió.

—Hôjô-kun… —Parpadeó. Adoptó una expresión seria y se enderezó—. Me has asustado. —Desvió un segundo la vista detrás del chico, donde sus amigas se asomaban por la puerta de su clase, haciéndole señas, indicándole que ellas no habían tenido nada que ver. Suspiró y encaró al castaño, quien parecía avergonzado por algo.

—Yo… quería pedirte disculpas, por la desastrosa cita del parque de atracciones. Me he pasado estas dos semanas buscando la manera de pedirte perdón. Lo siento y…

—No tiene importancia, Hôjô-kun, no fue culpa tuya. —El alivio se reflejó en sus ojos marrones, haciendo que se relajara considerablemente.

—Gracias. Y… bueno… quería saber si estarías disponible el do-

—Escucha, Hôjô-kun: eres un chico estupendo, dulce, atento y amable. Pero yo… ya estoy saliendo con alguien, y no quisiera que te crearas falsas esperanzas con algo que no va a pasar. Quiero a mi novio. —El rostro del chico se tiñó de una infinita tristeza.

—Supongo que entonces no tengo nada que hacer. —Kagome negó.

—Lo siento. —Hôjô suspiró, derrotado.

—Da igual, Higurashi. Gracias por tu sinceridad. —Kagome asintió.

—Oye ¿por qué no invitas a salir a esa chica de primero? Cómo se llamaba…

—¿Aisawa?

—¡Sí, ella! Se nota que le gustas y, no sé… Puede que surja algo. —Hôjô se rascó la cabeza y le sonrió.

—Puede que lo haga. Gracias. —Kagome le devolvió la sonrisa.

—No hay de qué. —Hôjô se despidió y se fue por el pasillo. Yuka, Eri y Ayumi se acercaron a ella enseguida.

—Pobre chico. Estaba coladito por ti—comentó Yuka, viéndolo meterse en su clase.

—Lo superará—dijo Kagome, apoyándose de nuevo en la ventana—. Esto… Eri. ¿Irás al desfile del sábado?—La aludida asintió.

—Sí, mi madre me llevará. ¿Por qué preguntas?

—Es que el jefe de InuYasha nos dio una invitación, para ir. Le regalé la mía a Rin-chan y también irán los amigos de InuYasha. Lo decía por si podrías hacernos de anfitriona, como no vamos a conocer a nadie…

—¡¿Vas a ir al desfile, Kagome?! ¡Qué envidia!—exclamó Yuka. Eri frunció el ceño.

—¿Vosotras queréis ir?—les preguntó a Yuka y Ayumi.

—¡Pues claro que queremos ir! ¡Es el desfile más importante del año!—exclamó de nuevo Yuka, cogiéndose del brazo de Ayumi, quien parecía algo incómoda.

—No sé… Dentro de poco tenemos los exámenes y…

—¡Vamos, Ayumi! ¡Los estudios pueden esperar cuando se trata de ver la ropa más bonita del mundo y conocer a modelos súper guapos!—Kagome rodó los ojos mientras veía a sus amigas empezar una discusión sobre quién era el ikemen más guapo de Japón.

Luego meneó la cabeza y sonrió. Así eran sus amigas, y así las quería.

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—¡Kagome-sempai!

—¡Rin-chan!—Ambas chicas se abrazaron, riendo, en medio de aquella multitud de ricos, celebridades y personas conocidas—. ¡Guao! ¡Estás que te sales, sempai!

—Tú estás increíble, Rin-chan.

—¿E InuYasha-san?—preguntó la otra chica con curiosidad, al no verlo llegar con Kagome.

—Está ocupándose de los abrigos, con los chicos. Mira, por allí vienen. —Rin sonrió tímidamente al grupo de chicos que se acercaba.

—Rin-chan, estos son Kôga-kun y Miroku. A InuYasha ya lo conoces.

—Encantado de conocer a tan bella damisela. —Rin se sonrojó por las palabras aduladoras de Miroku, mientras Kôga le hacía un gesto de saludo con la cabeza.

—¿Y Sango? ¿Aún no ha llegado?—Kagome negó a la pregunta de su novio.

—¡Oh, mira, sempai! ¿No es esa de ahí?—Kagome escudriñó el punto al que Rin señalaba y, efectivamente, vio llegar a Sango. Lo cierto es que casi no la había reconocido con aquel vestido verde de finas tiras y las sandalias de plataforma. Ambas chicas corrieron hacia ella, abrazándola en el acto. InuYasha también se acercó.

—Vaya, Sango, si hasta pareces una chica y todo. —La castaña rodó los ojos y le golpeó el brazo.

—Idiota. —Al otro lado, Kagome hizo lo mismo.

—Sé amable, InuYasha.

—Solo decía la verdad—dijo él, con un destello de diversión en sus ojos dorados.

—¡Oh, ven! ¡Te presentaremos!—Kagome la arrastró hasta donde los esperaban Kôga y Miroku—. Sango-chan, estos son Miroku y Kôga-kun. Chicos, esta es Sango-chan.

—Encantada—dijo, haciendo una pequeña reverencia. Kôga contestó el gesto con una sonrisa y otro "Encantado". InuYasha miró para Miroku, extrañado de que no hubiera comenzado con su juego de coqueteo habitual.

—¿Miroku?—Pero el aludido parecía estar hipnotizado, observando fijamente para Sango, embobado. Sango rio, nerviosa por la intensa mirada de esos ojos azules—. ¡Miroku!—El grito pareció sacarlo de su ensimismamiento. Adoptando una expresión de lo más seria, se acercó a Sango y, cogiéndole las manos, la miró anhelante.

—Preciosa criatura—Sango enrojeció— ¿me harías el inmenso honor de ser la madre de mis hijos?—Kagome y Rin ahogaron un grito, Kôga se echó a reír e InuYasha miraba incrédulo para su mejor amigo.

—¡PERVERTIDO!—La afectada en cuestión, Sango, le propinó tal rodillazo en la entrepierna que Miroku gimió y cayó al suelo, con lagrimillas en el borde de los ojos.

—¿Qué ha sido eso?—le susurró Kagome a su novio, quien meneó la cabeza.

—Luego te cuento. ¿Vamos entrando?—Cogió a Kagome de la cintura y la guio hasta el interior de la sala. Sango los siguió, a paso rápido y con la cara ardiendo de vergüenza. Kôga sonrió a Rin.

—¿Vamos?—La chica miró para el accidentado y se encogió de hombros, echando a andar tras los demás. Kôga echó un vistazo rápido para su amigo y suspiró—. Eres un caso.

—Cállate—gimió Miroku, incorporándose al fin y siguiéndolo a duras penas.

Una amplia sonrisa que hizo que le brillaran los ojos asomó a sus labios. Aquella castaña de intensos ojos castaños era extremadamente hermosa. Y él siempre conseguía a las chicas hermosas.

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—¡Es increíble!

—¡Mira, mira! ¡¿No es ese Hayao Miyazaki?!

—¡Oh, dios mío! ¡Hikaru Utada, sempai! ¡HIKARU UTADA!

—¡¿DÓNDE?!—InuYasha y los chicos rieron al ver la emoción en los rostros femeninos. Ellos ya estaban acostumbrados a eventos de este tipo, bueno, más Miroku y Kôga que InuYasha, quien raras veces se aparecía por los actos de la empresa de su padre.

—¡Vamos a sentarnos!

—¡Oh, sí! ¡Están a punto de empezar!—Empujándose sin querer unas a otras y riendo como solo unas adolescentes lo harían, buscaron unas sillas libres para poder sentarse. Las luces empezaban a atenuarse, indicando así que faltaba poco para que empezara el desfile.

Sin querer, Kagome chocó con alguien, perdiendo el equilibrio. Unas manos la tomaron de la cintura. Kagome se volvió, descubriendo a un chico moreno de tez nívea y ojos azules—. Lo siento—se disculpó, con las mejillas rojas de vergüenza. Intentó apartarse, pero el chico mantuvo una mano en su espalda, con una sonrisa en su perfecto rostro.

—Tenga cuidado, señorita. No quisiera que algo tan bonito resultara dañado. —Enrojeció todavía más si cabe por el cumplido—. Oh, disculpe mi descortesía. —Al fin, el hombre la soltó, apartándose un paso de ella—. Soy Bankotsu Rakuzan. —Le dedicó una amplia sonrisa, dejando a la vista todos sus dientes blancos.

—Y-yo… —Kagome no sabía qué decir—. De-debería…

—¡Aquí estás!—InuYasha apareció junto a ella como por arte de magia—. ¡¿Se puede donde te habías metido?! ¡Me has dado un susto de muerte!

—Lo siento, tropecé y este chico tan amable me ayudó. —InuYasha se giró, percatándose entonces de la presencia de Bankotsu.

—¿Y tú quién coño eres y qué quieres con mi novia?

—¡InuYasha!—lo regañó Kagome, por el tono hostil y las palabras groseras—. ¡Esas no son formas! ¡Discúlpate ahora mismo con Rakuzan-san!

—Keh. —InuYasha metió las manos en los bolsillos, haciéndose el desentendido. ¿Pero es que Kagome no se daba cuenta de cómo la estaba mirando ese tío? Sus ojos estaban fijos en la pequeña figura femenina. Supo en ese momento que no debería haber ido al estúpido desfile, no con todos esos buitres revoloteando por ahí, a la espera de presas frescas.

—¡Bankotsu, cariño, te estamos esperando! Necesitamos que aplaques a Suikotsu. Ya sabes: él y su bipolaridad. —InuYasha y Kagome parpadearon sorprendidos al ver salir de entre la multitud a Jakotsu.

—¿Jefe?

—Jakotsu-san… —El aludido se volvió y su faz se iluminó de inmediato.

—¡InuYasha, querido, habéis venido! ¡Kagome, nena, estás para comerte! ¡Si fuera heterosexual ya te habría arrinconado en la primera esquina que hubiese encontrado libre!—InuYasha gruñó al oír el comentario de Jakotsu: era exactamente lo que él estaba pensando. Los shorts vaqueros de color blanco acentuaban su bien formado trasero, ciñéndose a sus muslos, y contrastaba a la perfección con aquella camiseta negra de lentejuelas, la cual se pegaba a su cuerpo, dejando entrever la opulencia de sus pechos. Todo ello, sumado a la cascada de rizos azabaches que le caía libre por la espalda, le daban un aspecto sexy a la vez inocente.

Oh, genial, ya parecía Miroku. Maldijo para sus adentros y la abrazó por la cintura, pegándola lo más posible a él y fulminando con la mirada al tal Bankotsu, dejando en claro que Kagome era su chica—. ¿Los conoces, hermanito?

—Oh, sí. InuYasha es uno de mis empleados, en la tienda, ya sabes, esa que tú y todos en la familia os empeñáis en que cierre para dedicarme a algo serio y con futuro. —Bankotsu frunció el ceño.

—Aquí no, Jakotsu.

—No, claro que no, hermanito. Ya te vapulearé en condiciones cuando estés borracho perdido y yo más fresco que una lechuga, a eso de las dos de la mañana ¿te parece?—Kagome tuvo que esconder el rostro en la camisa de InuYasha para ahogar la carcajada que quería escapar de sus labios. InuYasha hizo lo mismo, enterrando la cara entre los cabellos de la chica, disimulando una risa.

—Ya hablaremos luego—masculló Bankotsu entre dientes—. Un placer conocerla, señorita. —Bankotsu dio vuelta y desapareció entre el gentío. Jakotsu le guiñó un ojo a la pareja y fue tras su hermano.

Los dos adolescentes se miraron y estallaron en risas. Desde luego, Jakotsu era único.

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Rin salió del baño, echando para atrás su larga melena oscura. Lo estaba pasando genial. El desfile había sido espectacular y los amigos de su sempai y el novio de esta eran de lo más divertidos. Atravesó el pasillo de moqueta, esquivando a la gente que iba en dirección contraria o que estaba parada, charlando en grupos o parejas.

Se acercó a una mesa donde había varias bebidas y cogió una coca cola. Le encantaba esa bebida marrón burbujeante. Era una completa adicta—. La cafeína es para mayores. —Rin se volvió, sin dejar de beber de la lata de color rojo con letras blancas. Casi se atraganta al ver de pie, ante ella, erguido en toda su imponente figura, a Sesshômaru, con expresión indescifrable.

—Se-Sesshômaru-san. —Se sonrojó y comenzó a juguetear con un mechón de cabello, nerviosa—. ¿Q-qué haces…

—Eso debería preguntártelo yo a ti. Este no es lugar para niñas. —Sesshômaru había creído imposible encontrarse en un lugar como ese con la loca de su fiesta de cumpleaños. El otro día Rin le había calentado la cabeza con su parloteo constante, sin parar de moverse a su alrededor, incapaz de quedarse quieta por más de dos segundos en el mismo lugar—. ¿Con quién has venido?—cuestionó en tono indiferente.

—Con InuYasha-san y Kagome-sempai—contestó la adolescente, poniéndose aún más nerviosa al tener aquellos fríos ojos dorados clavados en ella.

—¿Ese idiota está aquí?

—¡¿A quién llamas idiota, imbécil?!—Sesshômaru miró por encima de su hombro, viendo a InuYasha parado tras él. El pelinegro ignoró a su hermano mayor y se volvió a Rin—. Estábamos preocupados, Rin. Tardabas demasiado. Los demás te están buscando.

—Oh, vaya. Lo siento. Me entretuve con tu hermano. —InuYasha bufó. Rin soltó una risita para luego dedicarle una radiante sonrisa al Taisho mayor.

—¡Nos vemos, Sesshômaru-san!—InuYasha dejó que Rin pasara delante y él hizo amago de seguirla.

—No me dijiste que venías. Padre dijo que no iba a venir. —InuYasha se giró.

—Y no iba a venir, pero mi jefe nos regaló las invitaciones y Kagome insistió.

—Podrías haber avisado. Una buena imagen nuestra…

—Me importa una mierda la buena imagen que quieras dar, Sesshômaru. Eres tú el que está obsesionado con hacer más grande la empresa, a papá y a mí nos gusta tal y como está. —Sesshômaru frunció los labios, taladrando con la mirada a su hermano menor. InuYasha le dio la espalda—. Desde que murió mamá no hay quién te aguante. —Sesshômaru sintió la ira hervir en su interior, pero no dejó que se trasluciera en su rostro.

Él no necesitaba estar con su familia. Solo necesitaba que sus negocios fueran bien. Solo eso. No necesitaba nada más.

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—¡Rin-chan! ¡Nos has dado un susto de muerte!—Kagome se lanzó a abrazar a la chica. Rin sonrió.

—Lo siento. Me encontré con Sesshômaru-san y…

—¡¿Sesshômaru está aquí?! ¡InuYasha! ¡¿Por qué no lo has traído?!

—¿Para que nos amargue la noche? ¡No, gracias!

—¿Quién es Sesshômaru?—preguntó Sango, quién hasta ese momento no había oído tal nombre.

—Es el hermano mayor de InuYasha. —Se sobresaltó al sentir la voz justo a su lado. Dio un paso a un lado, con las mejillas rojas.

—Acércate y te enteras. —Miroku le sonrió de forma seductora, observando fascinado el pequeño sonrojo en su rostro.

—Querida Sango, sabes que los pequeños roces de antes fueron meros accidentes que…

—¡No te acerques!—amenazó ella de nuevo, al ver como el cuerpo masculino se inclinaba hacia ella. Y es que Miroku no había cesado en su empeño de conquista, intentando pegarse a Sango y, en el proceso, deleitarse con el tacto de las curvas femeninas. Claro que la castaña no se había dejado. Y eso a Miroku le fascinaba: una chica con carácter que no estaba interesada en que le coquetearan.

De pronto, la sala se llenó de luces de colores y la música empezó a sonar. El dj encargado tomó el micrófono y su voz retumbó por todo el lugar—. Bueno, gente, ha llegado la hora de divertirse. Dejemos ahora los negocios a un lado. ¡Todos a menear las caderas!—InuYasha, Miroku y Kôga vieron con desaprobación como las chicas chillaban emocionadas y se metían de lleno en la pista de baile. El primero en seguirlas fue InuYasha, quién no pensaba permitir que cualquier cuarentón borracho se acercara a su novia. Lo siguió Miroku, con la idea de bailar con Sango y cuando esta bajara la guardia… En fin, ya me entendéis. Con un suspiro de resignación, Kôga siguió a sus amigos. La pequeña Rin también necesitaría que alguien le espantara los moscones. Había mucho pervertido al que le iban las jovencitas inocentes, además, Kagome no le perdonaría jamás si dejaba que le pasara algo. A fin de cuentas, le había pedido que la cuidara.

La música era movida y lo estaban pasando genial. InuYasha consultó su reloj: era casi la una y media de la mañana. Le había prometido a Naomi que como muy tarde estarían a las dos en casa. Atrapó a Kagome por la cintura y le dio un corto beso en los labios. Ella le sonrió una vez que se separaron, algo sonrojada. A él le sorprendía que ella todavía mostrara vergüenza con esas muestras de afecto. Aunque bueno, él no se quedaba atrás cuando de demostrar sus sentimientos se trataba—. Tenemos que irnos. —Le enseñó la hora y Kagome suspiró, resignada, asintiendo.

—Reúne a los chicos, iré un momento al baño y os pillo en la entrada. —A InuYasha no le hacía gracia dejarla ir sola por ahí. Kagome sonrió al ver la mueca de desaprobación en el rostro masculino—. No me pasará nada. Te aseguro que un buen rodillazo soluciona muchas cosas. —InuYasha se relajó un tanto al oír sus palabras. Kagome le dio un beso en la mejilla antes de alejarse hacia el cuarto de baño.

Se regocijó al ver que no había cola y entró al baño de mujeres. Hizo lo que tenía que hacer allí, se lavó las manos y se refrescó la cara, limpiando así las gotas de sudor que le resbalaban por el rostro. Una chica entró justo cuando ella terminaba de secarse. Salió del baño, sonriente. Aquella noche lo había pasado estupendo. Había sido su primera fiesta y no podía ser mejor—. ¡Kagome, cariño!—Se volvió y parpadeó al ver llegar junto a ella a Jakotsu—. ¿Qué tal lo estáis pasando?

—¡Genial, Jakotsu-san! ¡Muchísimas gracias por las invitaciones!—Hizo una pequeña reverencia.

—Ush, no seas tan formal, nena. Me alegro de que lo estéis pasando bien. —Le sonrió, apoyándose contra la pared. Kagome le devolvió el gesto.

—Sí, pero ya nos tenemos que ir. Le prometí a mi madre que estaría en casa a más tardar a las dos. —Jakotsu suspiró.

—Estas madres… Aunque lo entiendo. Una chica tan guapa como tú no debería andar suelta a estas horas, y menos a tus años. —Kagome rio. Le agradaba Jakotsu. Era amable y divertido.

—¿Quién es tu amiga, Jakotsu?—El aludido se incorporó y, tomando a Kagome del brazo, tiró suavemente de ella para ocultarla parcialmente con su cuerpo. La azabache lo miró, confusa, centrándose luego en los tres chicos parados frente a ellos.

—Familia, esta es Kagome, una buena clienta.

—¿De esa tienducha de mala muerte que regentas?—Jakotsu torció la boca.

—Sí, Renkotsu, de esa tienducha de la cuál soy dueño. Ah, por cierto ¿te he dicho ya mi margen de beneficios?—Se volvió a Kagome—. Cielo ¿no te ibas? No quisiera que tu novio me acusara de levantarle a la churri. —Kagome sonrió.

—Sí. Gracias de nuevo, Jakotsu-san. —Dio unos pasos, mirando con curiosidad para los tres hombres allí parados. Uno de ellos la tomó de la muñeca.

—Perdone. —Kagome intentó liberarse, pero el agarre era firme.

—Suikotsu, déjala. No es una de tus amiguitas.

—No, pero está de muy buen ver. Y yo que creía que eras gay.

—Soy gay, hermanito. Por favor, suéltala, no tiene más de quince años. Es una niña. —Aquellas palabras hicieron al fin que la soltara. Salió casi corriendo del pasillo, con el corazón latiéndole a mil por hora. No era tan idiota como para no saber lo que ese hombre quería de ella. Se veían casos a diario de agresiones sexuales a adolescentes en las noticias. Maldito país machista.

En su ansia por salir de allí cuanto antes, chocó con alguien. Consiguió mantener el equilibrio—. Discúlpeme. —Hizo amago de seguir su camino.

—Vaya, tenemos que dejar de conocernos así. —Los ojos azules de Bankotsu brillaban divertidos al ver el sonrojo en las mejillas de la chica.

—Yo ya me iba. Adiós.

—¡Espera! ¡Oye, espera!—Bankotsu la tomó del codo. Kagome dio un respingo y se apartó de un salto, como asustada. Bankotsu rio y le tendió una tarjeta.

—Toma. Trabajo para una agencia de modelos. Si te interesa, llámame. Tienes las proporciones perfectas. —Asintió rápidamente, tomó la tarjeta sin prestar atención realmente a sus palabras y se fue a paso rápido de allí.

En cuanto llegó al vestíbulo y vio a sus amigos respiró aliviada. InuYasha hizo lo mismo al verla llegar sana y salva. Ya estaba a punto de entrar de nuevo a buscarla, preocupado por su tardanza.

Cogieron un taxi y se metieron dentro. Kagome había arrancado la firme promesa a Miroku y a Kôga de que cuidarían de Rin y de Sango respectivamente—. Kagome ¿estás bien?—La azabache sonrió a su novio.

—Sí, sí. Solo estoy cansada. —Lo cierto es que la mirada del tal Suikotsu la había amedrentado. No sabía por qué, aquel hombre le daba la impresión de que era peligroso. Menos mal que no lo iba a volver a ver nunca más. Solo había sido un encuentro casual.

InuYasha le pasó un brazo por los hombros, pegándola a él, y Kagome cerró los ojos y se acurrucó contra el cuerpo de su novio.

Una sonrisa curvó sus labios, el incidente de la fiesta del desfile ya olvidado.

Al lado de InuYasha se sentía protegida. Y feliz.

Muy feliz.

Fin capítulo 4

¿Y bien? ¿Qué tal ha estado? ¿Os ha gustado? Espero que sí xD. Personalmente, me divierto muchísimo con las escenas y los diálogos de Jakotsu. No sé si me habrá quedado OOC, pero a mí es que me chifla como lo he retratado. Tengo que hacer que aparezca más en mis historias xD.

¡Espero que sigáis leyendo! Ah, casi me olvido: ¡muchísimas gracias a los reviews de anónimos! Es una lata, porque no puedo contestarlos directamente por mensaje como hago con los otros, pero os agradezco muchísimo que os toméis la molestia de leer y dejar comentario. ¡Realmente lo aprecio! ¡Gracias, gracias y gracias!

Y tú, sí, tú, lector, el que estás al otro lado de esa pantalla, leyendo ¿me dejas un review con tu opinión? ¡Los escritores necesitamos energía! ¿Sabías que los reviews me llenan de azúcar y philadelphia con milka para que pueda seguir escribiendo? ¡Venga, anímate a dejarme tu opinión! ¡No muerdo!

¡Nos leemos!

¡Ja ne!

bruxi.