¡YAHOI! Aprovechando que tengo que guardar reposo absoluto y que gracias a eso tengo tooooooodo el tiempo del mundo para dedicarme a escribir pues... ¡aquí vengo con el quinto capítulo! ¡Fumiis, preciosa, espero que lo disfrutes tanto como los anteriores! ¡Sabes que te adoro y que me está encantando escribir este regalito para ti! ¡Te quiero!
Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.
Capítulo 5
—¡Pásame el martillo!
—¿Qué tal si cada una trae uno de cada tipo?
—¡Necesito ayuda con estas tablas!
—¡Ay! ¡Me has vuelto a pinchar!
—¡Si dejaras de moverte, no te pinchaba!—Kagome soltó una risita mientras acomodaba la falda del traje de una de sus compañeras de clase. Todos estaban entusiasmados: el festival cultural estaba a la vuelta de la esquina, las clases se habían suspendido y el colegio era un hervidero de estudiantes que iban y venían dando gritos y cargando materiales diversos.
—¡Listo, Setsuna-chan!—Se alejó un poco y ayudó a su compañera a sacarse la ropa, dándosela luego a Ayumi para que anotara las medidas y los cambios que había que hacerle a la prenda en una hoja de papel.
—¡Kagome! ¿Puedes ayudarme con este cartel?
—¡Enseguida!—Se subió a la escalera mientras uno de sus compañeros se la sujetaba para que no se cayera.
—Más a la derecha. —Les indicó Eri por gestos, desde abajo—. Súbelo un poco, Kagome-chan… No, un poco menos… ¡Ya, perfecto!—Se bajó de la escalera y contempló satisfecha como estaba quedando todo. Su clase iba a montar una mini-pastelería. Pondrían un puesto fuera para atraer clientes y el aula quedaría como si fuera una pastelería de verdad, con mesas para sentarse y todo. Y lo mejor, lo mejor iban a ser los uniformes. Todas las chicas estaban entusiasmadas.
Consultó su reloj, comprobando que se había hecho muy tarde. Fuera estaba empezando a oscurecer—. ¡Bien, chicos! Creo que podemos dejarlo así por hoy. —El delegado de la clase comprobó los avances que habían hecho ese día y sonrió—. Moriyama, Tsuchida y Higurashi ¿acabaréis en dos días con los trajes de las chicas?—Ayumi, Yuka y Kagome se miraron y sonrieron.
—No hay problema.
—Kariya, necesito esas mesas montadas mañana. No podemos retrasarlo más. —Un chico moreno hizo una mueca y asintió. Todos los demás soltaron risitas: el delegado se lo estaba tomando demasiado en serio.
Se despidieron mutuamente y cada uno emprendió su camino a casa. Para cuando Kagome subió las escaleras del templo y abrió la puerta de su casa, ya eran casi las nueve—. ¡Ya estoy en ca-
—¡Kagome!—Su madre apareció corriendo en el vestíbulo y la abrazó como si le fuera la vida en ello. La muchacha parpadeó, confundida.
—¿Mamá?
—¡Estábamos tan preocupados! ¡Es muy tarde y… —Naomi se separó de su hija mediana y dejó que su marido también la abrazara. Detrás de ellos, pudo distinguir el rostro enfadado de su novio.
—Lo siento, se nos alargó la cosa un poco…
—¡¿Un poco?! ¡Nos tenías a todos con el alma en vilo! ¡Ya estaba a punto de salir a buscarte!—gritó InuYasha. No había dejado de pasearse por toda la casa como león enjaulado. No había ido a buscarla porque ella tenía ese rollo del festival cultural y se iban a quedar tiempo extra preparándolo todo, pero llegó a casa del trabajo y ella todavía no había vuelto.
—La próxima vez avisa, Kagome—dijo la calmada voz de Kikyō. Kagome suspiró y estiró los brazos.
—Estoy bien ¿veis? No me ha pasado nada. Ahora ¿podría, por favor, subir a bañarme y ponerme el pijama? Estoy que me caigo. —Los dos adultos se apresuraron a dejarle paso hacia las escaleras.
Una vez que el alivio recorrió a la familia, InuYasha se escabulló escaleras arriba. Pilló a Kagome justo antes de que se metiera en el baño y la tomó de la muñeca. La chica dio un respingo, pero le sonrió cálidamente al ver que se trataba de él—. InuYasha… —No le dio tiempo a más; él la besó de improviso, acorralándola entre la puerta del baño y su cuerpo.
—La próxima vez iré a buscarte—murmuró contra sus labios antes de separarse de ella. Sonrojada hasta la médula, Kagome asintió, apresurándose a meterse en el baño. El pelinegro sonrió, todavía con la agradable sensación de los labios de su novia sobre los suyos.
La muy tonta lo había tenido muerto de preocupación. Se metió las manos en los bolsillos del pantalón y se dio la vuelta, para bajar a ayudar a poner la mesa para la cena. Algo se le pegó a la planta del pie y, curioso, levantó dicha extremidad y despegó un papel de la misma.
Observó el cuadrado brillante. ¿De dónde habría salido? Tal vez se le había caído a Kagome de entre la ropa. Le dio la vuelta y sus ojos se abrieron al ver la inscripción que rezaba en el dorso.
¡¿Por qué coño su novia tenía la tarjeta de visita de una agencia de modelos?!—. ¿InuYasha?—La voz de Kikyō lo sacó de sus pensamientos. Con el ceño fruncido, guardó la tarjeta en un bolsillo y se volvió a mirar a la chica—. ¿Ocurre algo?
—No—contestó algo brusco, pasando de largo de la chica. Kikyō cerró los ojos y suspiró, notando un pequeño escozor en el pecho.
Aún le dolía el rechazo de InuYasha. Aún le dolía haber perdido contra su hermana pequeña.
Miró con interés por encima del libro que estaba leyendo el rostro de concentración de Kagome: esta estaba acomodada en el suelo, con la cesta de costura de su madre abierta a un lado e hilo y trozos de tela desperdigados por el suelo. Ya casi era hora de dormir, pero Kikyō veía que su hermanita no tenía intención alguna de irse a la cama, por el momento—. ¿Qué haces?—preguntó, observando las pequeñas y pálidas manos de su compañera de cuarto dar puntada tras puntada.
—Tengo que terminar estos vestidos. Son los trajes para el festival cultural—explicó Kagome, sin despegar la vista de la aguja en ningún momento. Kikyō dejó el libro a un lado y se arrodilló en el suelo, cogiendo uno de los vestidos que al parecer ya estaban terminados—. No lo muevas mucho, a ese le falta rematar las mangas. —Inmediatamente lo soltó, temerosa de arruinar el trabajo de su hermana.
—¿Qué haréis este año?
—Una pastelería. La idea fue de los chicos de la clase. Tendremos que hornear muchos pasteles y tartas y galletas… —Suspiró Kagome, masajeándose el cuello. Le dolía después de tanto tiempo inclinada en la misma posición.
—¿Por qué no le pides a mamá que te ayude? Yo también podría ayudarte. —Kagome sonrió a su hermana mayor.
—Muchas gracias, Kikyō pero… mamá apenas da abasto entre la casa y el trabajo y tú tienes suficiente con el instituto y tu propio trabajo. Puedo yo sola. —Kikyō suspiró.
—Al menos, déjalo por hoy. Se nota que estás agotada. —Kagome negó volviendo a la tarea de coser la falda del vestido que sostenía entre sus manos.
—Tengo que terminar al menos este y ese hoy. Los trajes tienen que estar listos en dos días. —Sabiendo lo cabezota que era su hermana menor, Kikyō frunció el ceño y salió de la habitación; si seguía ahí dentro acabaría discutiendo con Kagome.
Bajó las escaleras y casi choca contra InuYasha al descender el último escalón—. ¡Cuidado!—Se sonrojó ligeramente al ver que él la había esquivado y la sostenía del brazo. El chico la soltó nada más comprobar que estaba equilibrada—. Deberías ir a dormir.
—Lo mismo te digo—suspiró y miró para la cima de las escaleras—. Kagome aún está despierta, cosiendo los dichosos vestidos para el festival cultural. Creo que tiene para rato. —Al oírla, InuYasha frunció el ceño, claramente molesto. Kagome llevaba varios días sin dormir bien, preparando su parte para el dichoso festival de las narices. Había notado un claro aumento de las ojeras bajo sus bonitos ojos castaños.
—Tonta—masculló. Kikyō asintió, mostrando su acuerdo.
—¿Por qué no le preparas algo calentito, nii-chan?—Ambos adolescentes se sobresaltaron ante la voz infantil de Sōta.
—¡¿Y tú de donde sales, enano?!—El niño sonrió.
—Deberías llevarle algo a nee-chan, para que duerma bien. Mamá y Tōga-jii-chan se preocuparán como su cara siga empeorando. —Kikyō sonrió y se agachó a la altura de su hermanito.
—Tienes razón, Sōta. ¿Qué te parece si dejamos a InuYasha prepararle algo?—El aludido parpadeó.
—¡Sí! ¡Que sepas que le gusta mucho el chocolate!
—¡Oye, esperad! ¡¿Por qué tengo que…
—¡Porque eres su novio!—El grito de Kikyō lo hizo enrojecer hasta las orejas. Luego, miró para la penumbra de las escaleras y, rascándose la cabeza, se internó en la cocina. Mientras su padre y Naomi no supieran que era para Kagome, todo estaba bien. Todavía no les habían dicho nada de su relación porque, en gran parte, no sabían cómo se lo tomarían, aunque algo le decía que Naomi ya lo sospechaba.
Unos suaves golpes en la puerta interrumpieron el movimiento de la aguja—. Adelante—dijo, preguntándose quién podría ser. La respuesta se materializó cuando vio la alta figura de su novio entrar de espaldas. Este cerró la puerta y Kagome pestañeó al verlo entrar con una bandeja con un par de tazas y unas cuantas galletas.
Con las mejillas rojas, InuYasha se arrodilló a su lado y depositó la bandeja en el suelo, ofreciéndole una de las tazas—. Es cacao. Te vendrá bien. —Kagome le sonrió, soltando la tela y tomando la taza entre sus manos, agradecida.
—Gracias. —InuYasha se sonrojó aún más, desviando la vista al suelo y agarrando él mismo la otra taza. Elevó el brazo, pasándolo por la pequeña cintura femenina y atrayendo a su novia hacia sí. Kagome suspiró, apoyando la cabeza en su hombro y acomodándose mejor contra su cuerpo. InuYasha pudo notar entonces la tensión que recorría su pequeño cuerpo.
—Deberías dormir.
—Lo sé, pero tengo que dejar esto terminado.
—Es solo un festival cultural, Kagome.
—Pero es muy importante… —Soltó un bostezo y dio otro sorbo a su bebida. InuYasha miró con curiosidad para los vestidos que reposaban sobre el tatami.
—¿Y quién se va a poner esto?—preguntó.
—Pues las chicas, por supuesto. Los chicos van vestidos de blanco, con un traje de chef, aunque sin el gorrito, claro. —InuYasha frunció el ceño. Estaba empezando a odiar que Kagome se vistiera con ropa que no fuera su uniforme escolar. Estaba seguro de que se vería preciosa con uno de esos trajes llenos de cintas, encajes y volantes.
Suspiró una vez más, dejando la taza sobre la bandeja y abrazándola como dios manda, al tiempo que besaba sus cabellos azabaches, con cariño—. Prométeme que no te irás muy tarde a dormir. —Kagome levantó la cabeza y le sonrió.
—Te lo prometo—dijo, rozando sus labios con los de él. InuYasha no iba a conformarse con un simple roce: abrió los labios, atrapando los de su chica en lo que ambos llamarían un buen beso. Kagome gimió y lo abrazó por el cuello, pegándose más a él, buscando inconscientemente su calor. InuYasha sonrió en mitad de la acaricia. Le encantaba que su novia fuera tan inocente y apasionada a la vez.
Pero todavía quedaba el asuntillo de la tarjeta. Solo que no sabía cómo abordarlo sin sacar a relucir sus celos. Tampoco quería ser un novio asfixiante y controlador.
Terminó de atender al último cliente y por fin pudieron echar el cartel de cerrado—. ¡Excelente trabajo, queridos míos! Sabía que había hecho bien al contrataros. —InuYasha y Sango alzaron las cejas, viendo la inmensa alegría de su jefe al ver la caja registradora llena y bien llena de relucientes billetes.
—La gente viene a comprar ropa, no a admirarnos a nosotros—dijo Sango, estirándose. Jakotsu meneó la cabeza.
—Sango, mi amor, creo que no te das cuenta de que la mitad de los chicos que entran aquí lo hacen para ver tu figura. —Sango rio.
—¿Y la otra mitad?
—¡Pues para admirarme a mí, por supuesto! Son gays reprimidos que se dan cuenta de lo que valgo nada más verme. —Ambos adolescentes estallaron en carcajadas. Su jefe era único en su especie—. ¡Espero que mañana sigáis haciendo un buen trabajo!
—Hablando de mañana… —InuYasha se acercó a Jakotsu, algo nervioso. Era la primera vez que le iba a pedir algo así y no sabía si se lo concedería.
—¿Ocurre algo, bombón?
—Verás, jefe… Es que… mañana… ¿Podría tomarme el día libre?—Soltó sin rodeos. Jakotsu se lo quedó mirando fijamente.
—¿Y eso por qué?
—Es que Kagome… —empezó a explicar el pelinegro.
—¡No me digas que quieres escaquearte para pasar una buena tarde con tu novia!—Lo interrumpió Jakotsu, haciéndolo enrojecer hasta límites insospechados.
—¡Cla-claro que no! ¡No soy un pervertido!
—No sé yo, con los amigos que te gastas… —comentó Sango, divertida con la situación.
—¡Miroku no tiene nada que ver conmigo! ¡Y dejad ya de decir estupideces!—Respiró hondo y volvió a mirar a su jefe—. Kagome tiene mañana el festival cultural en su colegio. Ha trabajado mucho y… bueno…
—¡¿Y por qué no me lo dijiste antes?!—chilló Jakotsu, entusiasmado de repente.
—¿Ah?
—¡Querido, adoro los festivales! ¡Por supuesto que puedes ir! ¡Yo también iré! Y tú, Sango, preciosa, también puedes ir si quieres. —Sango pestañeó.
—¿Yo?
—Kagome me dijo que fueras si podías, Sango. También andará Rin por ahí. —La castaña se sonrojó un poco.
—¿De verdad puedo ir? Pero… ¿y la tienda, jefe?
—¡Que le den a la tienda! Los pobres mortales trabajadores como nosotros también necesitamos descanso de vez en cuando. —InuYasha y Sango se miraron y se encogieron de hombros. Jakotsu era un caso perdido.
—InuYasha… ¿no me habías dicho que íbamos a ver a un montón de quinceañeras? ¿Qué hacemos aquí, entonces?—El aludido rodó los ojos, metiendo las manos en sus bolsillos.
—Estamos esperando a alguien.
—¿A quién?—preguntó Kōga.
—Pues espero que se dé prisa, no quiero perderme de ver a un montón de hermosas damiselas vestidas para la ocasión.
—Miroku…
—Seguro que la mayoría llevan unos preciosos vestidos de camarera o…
—Miroku… —llamó esta vez Kōga.
—¿Qué? Solo expongo mi…
—¿Tu…?—El chico se quedó paralizado en el sitio al escuchar aquella voz. Tragó saliva mientras giraba el cuerpo, lentamente, topándose con unos enfadados ojos marrones.
—Sa… ¿Sango…?
—Sabía que eras un pervertido de primera. ¡Hola, chicos!—Pasando olímpicamente de Miroku, la castaña se acercó a InuYasha y a Kōga para saludarlos, los cuales intentaban en vano contener las risas—. ¿Está muy lejos el colegio de Kagome-chan?
—No, a un par de manzanas—contestó InuYasha.
—Ya tengo ganas de verla, y a Rin también. Desde el desfile casi no he sabido nada de ellas. Solo sé lo que Rin me pone en sus mensajes. En serio, deberías decirle a tu hermana que se compre un móvil. —InuYasha esbozó una pequeña sonrisa.
—Créeme, la tenemos muy quemada con ese tema. La última vez que alguien se lo mencionó salió gritando que la dejaran en paz, que era un gasto inútil y que no le hacía falta.
—Kagome siempre tan atenta. Es una chica como pocas. —InuYasha fulminó a Kōga con la mirada.
—Vuelve a halagar a mi novia y te parto esa jeta de imbécil que tienes.
—Para empezar: ni siquiera sería tu novia si yo no hubiese intervenido.
—¡Ja! Eso no te lo crees ni tú.
—¿Que no?
—Habríamos acabado juntos igual. —Entre los dos muchachos, Sango suspiró. Miró por el rabillo del ojo acercarse a Miroku.
—Acércate y te mato.
—No, oye, Sango, lo que oíste antes… No iba en serio… De verdad… Yo no…
—Sí, claro, lo que tú digas.
—Sango, en serio, que no… —Pero ella apresuró el paso, dejándolo atrás. Miroku apretó los labios y miró con reproche para InuYasha, quien al fin había dejado de insultarse con Kōga—. ¡¿Por qué no me avisaste que venía Sango?!—InuYasha alzó las cejas, mirándolo por encima del hombro.
—Creí que sería mejor darte una sorpresa.
—¡No tiene gracia, tío! Sabes que Sango me gusta.
—No me digas—dijo el pelinegro, en tono sarcástico.
—InuYasha, por favor: ayúdame.
—¿He oído bien? ¿Miroku el casanova me está pidiendo ayuda en materia de mujeres?
—Sango es difícil, y sé que a Kagome me costará convencerla. ¡Te pasas las tardes con ella! ¡Algo podrás hacer!
—¿Y qué quieres que haga este idiota?—soltó Kōga de repente, quien había oído toda la conversación.
—¡No lo sé! Háblale bien de mí, de mis buenas notas, de lo majo que soy... Ponme por las nubes ¡yo que sé!
—Sí que te ha dado fuerte, tío.
—Me gusta, InuYasha, me gusta de verdad. —InuYasha suspiró.
—No te prometo nada, Miroku. Sango es de armas tomar. —El aludido sonrió, observando la alta y esbelta figura de la mencionada balancearse delante de ellos.
—Eso es lo que encanta de ella. —InuYasha y Kōga desviaron la vista, intentando por todos los medios no reírse de la cara de idiota enamorado que había puesto su amigo.
Tras unos minutos más de caminata llegaron al fin al colegio de Kagome. Dos chicas que iban con trajes de azafata se acercaron a ellos y les tendieron varios papelitos—. ¡Bienvenidos al festival cultural de nuestra escuela!—Cada uno cogió el suyo y se internaron entre la masa de gente que abarrotaba la entrada y el patio. Distinguieron diversos uniformes de distintos institutos y colegios de secundaria, todos admirando los puestos a cargo de los alumnos del colegio.
—¡Takoyaki, takoyaki!
—¡Vengan a ver nuestras esculturas de cera!
—¡Ramen! ¡Tenemos el mejor ramen del mundo!
—¡Prueben nuestros ricos pasteles! ¡Están dulces y deliciosos!—Al oír la palabra pasteles, InuYasha enseguida se dirigió hacia allí. Descubrió a Yuka y Eri delante de un puesto que exponía diversos pastelillos y galletas, a modo de muestra. Ambas llevaban el mismo vestido, solo que en diferente color: el de la primera era rojo mientras que el de la segunda era azul; eso sí: los dos eran en un tono pastel.
—¡Ah, InuYasha!
—Hola, Ayumi. —La chica le sonrió.
—¿Buscas a Kagome-chan?—Se puso rojo como un tomate pero asintió. Ayumi soltó una risita.
—Está en clase, atendiendo la cafetería. A nosotras nos toca estar aquí, atrayendo clientes—dijo Eri.
—¿Y dónde…
—¡InuYasha-san! ¡Sango-san!—La alegre voz de Rin los hizo volverse a todos.
—¡Rin!—Sango y ella se abrazaron, contentas de verse después de tiempo—. ¿De qué vas vestida, Rin? ¿Qué es lo que hace tu clase?—Rin sonrió y dio una vuelta.
—¿Te gusta? ¿Qué te parece? Nosotros hemos montado una especie de posada tradicional de la era Sengoku. Tenemos té y dango.
—Ah, claro, por eso llevas ese yukata. —Rin asintió.
—¿Queréis venir? ¿O estabais buscando a Kagome-sempai? Si es así, yo puedo llevaros a su clase. —Sin esperar respuesta, Rin enganchó su brazo con el de Sango y ambas echaron a andar entre la maraña de estudiantes. InuYasha las siguió enseguida, Miroku no tardó en imitar su ejemplo mientras que Kōga suspiraba. No le apetecía ir con sus amigos ni ver como InuYasha le restregaba en la cara su triunfo para con Kagome. Así que decidió que se daría una vuelta por los distintos puestos. ¿Quién sabe? Igual y hasta encontraba a su alma gemela.
—Bien, entonces: un cupcake de chocolate, un muffin, un trozo de tarta de limón, otro de pastel de calabaza, un té y dos cafés con leche. —Los clientes de esa mesa confirmaron su pedido y ella les sonrió de forma alegre—. ¡Enseguida se lo traigo!—Sorteó con maestría al resto de sus compañeros que iban con bandejas y se acercó al improvisado mostrador.
Estaba sudando a chorros y agotada, pero terriblemente satisfecha. Le encantaba como había quedado la clase decorada, los vestidos eran súper bonitos y los pasteles y demás repostería estaba para chuparse los dedos. En definitiva: habían tenido un éxito rotundo—. ¡Kagome! ¡Ve a atender la mesa seis, por favor!
—¡Vale! ¡Pero lleva este pedido a la diez!—Ayumi agarró la bandeja al pasar a su lado y Kagome se dirigió a la mesa seis.
—¡Hola! ¡Bienvenido a nuestra pastelería!
—¡Uao! ¡He caído directamente en el cielo de los dulces!—Kagome levantó la vista de la pequeña libreta en la que anotaba los pedidos y su rostro se iluminó con una gran sonrisa al ver allí a Jakotsu.
—¡Jakotsu-san! ¿Y usted por aquí?
—Tu novio me pidió el día libre para venir a verte al festival cultural y me dije "Jakotsu, no puedes perdértelo". Así que vine acompañado de mi encantador hermano mayor. —Señaló a su acompañante y los ojos de Kagome se abrieron al ver a Bankotsu Rakuzan.
—Oh, Rakuzan-san. —Hizo una reverencia algo formal, para acto seguido centrar de nuevo la vista en Jakotsu con una enorme sonrisa—. ¿Y bien? ¿Qué van a tomar?
—Mmmm… No sé… —Jakotsu cogió la pequeña carta hecha de cartulina—. ¿Qué nos recomiendas, guapa?
—Yo me conformaría con una buena ración de…
—Bankotsu—cortó su hermano, sabedor de por dónde iban los tiros. El moreno resopló y echó un vistazo rápido a los productos que ofrecían.
—Tráeme un café solo y una magdalena de manzana. —Kagome lo apuntó en su libreta, girándose luego hacia Jakotsu, quien tenía el ceño fruncido y totalmente concentrado.
—Si gustas, nuestras cookies están deliciosas, también tenemos tarta de chocolate, de fresas con nata, pastelitos variados… Puedes pedir una bandeja a tu gusto, incluso tenemos raciones para llevar.
—Nena, me convenciste con lo de la tarta de fresas con nata. Tráeme un buen pedazo de esa y un café con leche grande. —Kagome anotó el pedido y sonrió ampliamente.
—¡Marchando!—Fue a por las cosas, topándose con algunas de sus compañeras, que también andaban recogiendo pedidos.
—Oye, Kagome ¿quiénes son esos?—le preguntó una en susurros.
—El moreno no lo conozco mucho, el otro, el castaño, es el jefe de mi novio. Y es gay. —La desilusión que de pronto mostró el rostro de la chica la hizo reír—. Pero el otro no lo es: se llama Bankotsu Rakuzan.
—¡Pues está buenísimo! Oye, ¿no podrías dejarme a mí atenderlos?—Por toda respuesta, Kagome le cedió la bandeja a su compañera, quien pegó un chillido y la abrazó, entusiasmada y agradecida. Kagome vio con una sonrisa como se ajustaba bien el vestido y, adoptando un aire de coquetería, se dirigía con paso seguro hacia los dos chicos.
—¡Kagome-sempai, Kagome-sempai!—La alegre voz de Rin la sacó de su ensimismamiento. Sonrió al ver a la chica de pelo negro dando saltitos y moviendo las manos, tratando de llamar su atención. Cogió una de las bandejas vacías y fue hacia ella.
Su corazón se aceleró nada más percatarse de que InuYasha iba con ella. Se puso nerviosa de repente, enrojeciendo levemente al darse cuenta de cómo iba vestida. No se había atrevido a probarse el vestido en casa por vergüenza a que la vieran—. Ho-hola—tartamudeó.
—¡Uaaaaaaaaaaah! ¡Estás guapísima, Kagome-sempai! ¡Te queda genial!
—Pues a ti el yukata te favorece muchísimo, Rin-chan. —Rin sonrió ampliamente. Kagome levantó la vista y, con algo de timidez, se acercó a InuYasha y le dio un pequeño beso en la mejilla, a modo de saludo. Aquello pareció sacar al pelinegro de sus pensamientos.
Vio como su preciosa novia ataviada con un precioso vestido rosa pastel de mangas abullonadas, adornado con unas cintas de raso negras que le ceñían el pecho y con unas mangas cortas y abullonadas, chillaba y se abrazaba a Sango, ambas comenzando a saltar y a parlotear sin parar, contándose las novedades—. ¡Estás muy guapa, Kagome-chan!
—¡Y tú estás genial, Sango-chan! ¡Me encanta la cazadora! Oh, pero… ¡qué tonta soy! ¡Vamos, venid por aquí!—Tiró de Sango y los guio a todos a una mesa vacía al lado de la ventana—. Bienvenidos a nuestra pastelería, soy Kagome Higurashi y seré su camarera. ¿En qué puedo servirles?
—Esa pregunta creo que tiene trampa, Kagome. —Miroku retuvo el grito de dolor que quiso escapar de su garganta al sentir la patada que su mejor amigo le largó por debajo de la mesa. Los ojos dorados de InuYasha chispearon en cuanto los azules de Miroku se desviaron más de la cuenta a ciertos atributos de su novia.
—Eres insoportable. —Suspiró Sango, cogiendo una carta. Kagome miró para su novio sin comprender muy bien lo que había pasado pero este tan solo se encogió de hombros, inclinándose sobre la mesa para ver él también la carta.
—Quiero una cookie gigante de chocolate blanco y un chocolate con nata—demandó. Kagome asintió, escribiendo la orden en su libreta.
—Yo quiero un trozo de tarta de queso con arándanos y un té—pidió Sango.
—Pues yo quiero… —Miroku rodó un segundo los ojos por el aula. InuYasha bufó y le propinó otra patada por debajo de la mesa, haciéndolo gemir de dolor.
—Liga en otra clase si quieres. Aquí, no. —Miroku suspiró.
—Aguafiestas… Vale, quiero un trozo de tarta selva negra y un café con leche mediano. —Kagome sonrió ampliamente mientras anotaba el pedido de Miroku.
—¡Enseguida os lo traigo!—Se dio la vuelta e InuYasha se comió con los ojos la malditamente bien proporcionada figura de su chica balancear sus caderas. Para más inri, aquellas sandalias de plataforma con cintas a juego con el vestido realzaban sus esbeltas y blancas piernas, así como la que llevaba anudada a un lado del cuello resaltaba el mismo. Era cierto que todas las chicas iban vestidas iguales aunque con distintos colores, pero eso no quitaba que Kagome fuera la más bonita de su clase.
No se perdió las miradas que otros chicos le lanzaron a la azabache al pasar, ni como alguno se la quedaba mirando como imbécil cuando le dedicaba una de sus preciosas sonrisas. ¡Malditos todos! ¡Kagome era suya! Y pensaba demostrarlo cuanto antes—. Un poco más y te sale espuma de la boca. —InuYasha gruñó.
—Sango, consíguete un novio.
—¡Esa es una excelente idea! Yo sería un candidato ideal si me permites… —El codazo que le dio la chica bastó para dejar sin respiración a Miroku durante un par de minutos. InuYasha rio con ganas al ver la mueca en el rostro de su mejor amigo.
—Te lo tienes merecido.
—¡Aquí tenéis!—Kagome regresó justo en ese momento con lo que habían pedido. Sango palmeó, feliz, en cuanto su amiga le puso delante un gran trozo de tarta de queso con arándanos—. ¡Espero que os guste!—Sonrió a InuYasha antes de volverse para marcharse a seguir atendiendo más mesas…
…Pero sus intenciones fueron rápidamente frustradas. Sintió un tirón en su muñeca y antes de que pudiera saber lo que estaba pasando se encontraba sentada sobre las piernas de InuYasha mientras este devoraba sus labios con hambre, con sus manos aferrando fuertemente su cintura.
Todos en el aula se quedaron, literalmente, pasmados ante el arrebato de pasión de la pareja, incluidos Sango y Miroku, quienes observaban con la boca totalmente abierta el espectáculo.
Finalmente InuYasha se separó de ella, relamiéndose los labios con una arrogante sonrisa en su bronceado rostro. Esperaba con eso haber dejado bien clarito que Kagome era su novia.
Suya.
Todavía aturdida, la azabache miró para InuYasha. Enrojeció completamente a causa de la vergüenza al caer al fin en la cuenta de lo que había pasado. Se apresuró a levantarse del regazo del chico, se arregló la ropa con manos temblorosas y, nerviosa a más no poder, siguió con su cometido. InuYasha alzó las cejas al ver la cantidad de miradas de puros celos masculinos que estaba recibiendo. Haciendo como si nada, se acomodó en la silla y dio un mordisco a su cookie, todavía con la sonrisa arrogante en sus labios.
Frente a él, Sango y Miroku se miraron, confusos y aún en shock.
—¿Qué ha sido eso, Kagome-chan?—La aludida se puso todavía más roja y empezó a abanicarse con la mano de forma frenética.
—N-no sé de qué hablas, Ayumi-chan.
—Pues del morreo que te acaba de meter tu novio. —Kagome escondió la cara tras su bandeja, incapaz de mirar a su amiga a la cara.
—Y-yo…
—¡Vosotras dos! ¡Dejaos de cháchara y moveos!—Ambas pegaron un respingo al oír la voz del delegado de la clase y se apresuraron a continuar con la tarea de recoger, servir y anotar pedidos. Todavía temblando, Kagome fue hacia una mesa que acababa de quedar vacía y comenzó a recoger los platos y las tazas vacíos.
—Wow, Kagome: tu novio es un celoso posesivo compulsivo. —Se volvió a mirar a Jakotsu y soltó una risita nerviosa—. Aunque si yo tuviera por novio a un chico tan guapo como tú tampoco estaría tranquilo al dejarlo campar a sus anchas por ahí.
—¡Jakotsu-san!—exclamó ella, tropezando sin querer con la pata de la mesa por culpa del comentario del castaño. Él rio.
—Concuerdo con mi hermano, y debo decir que eso es raro—dijo de pronto Bankotsu, observando minuciosamente a la chica.
—Vaya, hermanito, nunca pensé que estaríamos de acuerdo en algo.
—Lo que me lleva a reiterar mi oferta. Me pregunto por qué no me has llamado. Te di mi tarjeta. —Kagome se sonrojó al recordar el trozo de plástico que tenía tirado por algún rincón de su habitación. Lo cierto es que no tenía intención ninguna de hacerse modelo, pero había pensado en darle la tarjeta a Kikyō. Fijo que a ella sí le interesaba y además: su hermana mayor sí tenía madera y cuerpo de modelo.
—¿Le ofreciste un trabajo de modelo? ¡Kagome! ¡Eso se cuenta!—El grito de Jakotsu había resonado por todo el aula. Kagome volvió a taparse el rostro con las manos. ¿Por qué tenía que pasar ella esos bochornos, dios mío?
—¡¿QUÉ?!—Oh, genial. No pasaron ni dos segundos y ya estaba siendo arrastrada por un enfadado InuYasha fuera del aula.
Una vez en el exterior, la soltó y la encaró—. InuYasha…
—¡¿Te ofrecieron un trabajo de modelo y no me dijiste nada?!—Kagome frunció el ceño, ahora molesta.
—Sí, Rakuzan-san me dio su tarjeta el día del desfile. —InuYasha metió una mano en el bolsillo y sacó el cuadrado de plástico.
—¿Te refieres a esta?
—¡¿Has estado rebuscando en mi cuarto?!—chilló, enfadada y arrebatándole la tarjeta.
—¡Claro que no, idiota! ¡Se te cayó hace un par de días en el pasillo de casa y yo solo la recogí!—Kagome respiró hondo, tratando de calmarse—. No quiero que lo hagas. Dile que no.
—¿Ah? ¿Y eso por qué? ¿Es que acaso crees que no puedo hacerlo? ¿Que no tengo buen cuerpo o algo?—El nerviosismo y el enfado habían hecho mella en ella, haciéndola explotar y sacando su lado más orgulloso.
—¡Yo no he dicho eso!—le gritó de vuelta el pelinegro, con las mejillas rojas, observándola de reojo.
—¡¿Entonces qué?!
—¡Solo no quiero que lo hagas!
—¡Eso lo decidiré yo! ¡Tú no me mandas!
—¡Soy tu novio!
—¡Pero no mandas en mí! ¡¿Y sabes qué?! ¡Lo haré! ¡Le diré que sí a Rakuzan-san!—Y dicho esto entró de nuevo airadamente en el aula, dejando a un confundido y contrariado InuYasha clavado en mitad del corredor. ¿Qué acababa de pasar?
Que acababa de hacer que su novia dijera que sí para que babosos desconocidos le babearan encima.
¡¿Pero qué cojones había hecho?! Ahora sí que la había armado buena.
Fin capítulo 5
¡Ooooooooooh! ¡La cosa está que arde! ¿Qué os ha parecido? ¿Se merece un review vuestro relleno de cookies con pepitas de chocolate? ¡Mira que hace tiempo que no las como y me pongo muy muy feliz de solo pensar que me llegarán bolsitas enteras con vuestros adorables y magníficos reviews! (?).
(Inner: ignoradla, es el ventolín).
¡Espero de todo corazón que os haya gustado, gente!
¡Nos leemos!
¡Ja ne!
bruxi.
