¡YAHOI! Sí, yo actualizando (Inner: otra vez). Seh, a ver si así deja de remorderme la conciencia.

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi, si fuesen míos, InuYasha y Kagome habrían estado juntos casi desde el principio.

Capítulo 6

Observó intimidada el pulcro y enorme edificio que tenía ante ella. Se mordió el labio inferior con fuerza, nerviosa, nada segura de haber hecho lo correcto al ir allí. Levantó la vista a la placa dorada que había a un lado de las elegantes puertas, la cual rezaba:

Agencia de modelos Namichi

—Kagome, cielo ¿te encuentras bien?—Miró a su madre y asintió.

—Sí, mamá, estoy bien.

—¿Estás segura, Kagome-chan? Podemos dar vuelta, si quieres. —Kagome sonrió a su padrastro. Tōga estaba con el ceño fruncido, sujetando fuertemente la mano de su madre. Era más que obvio que no le agradaba lo más mínimo el que ella fuera a entrar allí. Por una vez en la vida, había concordado con su hijo en algo.

—¡No puedes estar hablando en serio!—le había gritado su novio ayer por la noche, durante la cena, cuando anunció su decisión de probar suerte como modelo—. ¡Creí que lo habías dicho porque estabas enfadada! ¡No puedes hacerlo!

—¡¿Y por qué no?! ¡Tú no me mandas!

—Hija ¿de verdad quieres hacer esto?

—¡De ninguna manera! Eres aún una niña, ese mundo es muy peligroso y sacrificado y además está el colegio… —Empezó a decir Tōga. A su lado, InuYasha asintió repetidamente.

—¡Eso! ¡¿Qué harás con el colegio?!

—¡Puedo con las dos cosas! ¡Tú y Kikyō lo hacéis ¿no?! ¡Yo también puedo hacerlo!

—¡Eso es diferente! ¡Kikyō no se va exhibiendo por ahí! ¡Y yo tampoco!

—¡No voy a exhibirme!

—¡No lo harás!

—¡Porque lo digas tú! ¡Mamá!

—Yo no tengo problema, cariño.

—¡Naomi, no! ¡Es una niña!—exclamó su marido, negando rotundamente con la cabeza.

—Si es lo que ella quiere, no podemos impedírselo. Lo hará de todos modos, créeme. —Se volvió a su hija mediana y le sonrió—. Eso sí: Tōga y yo iremos contigo a ese sitio. Quiero cerciorarme de que es un lugar serio antes de dar mi consentimiento. —Kagome sonrió, triunfante, y se giró a InuYasha, sacándole la lengua. El chico apretó los puños y los dientes, furioso. Pero ya nada podía hacer.

Salió de sus recuerdos al oír el claxon de un coche. Respirando hondo, echó a andar hacia la entrada del edificio. Empujó una de las puertas y quedó boquiabierta nada más entrar: el vestíbulo parecía casi un salón lujosamente decorado, con sofás, lámparas de araña, revistas de moda repartidas por las mesitas… Tras un mostrador de pulcra madera lacrada, una recepcionista con el pelo teñido a mechas de varios colores y uñas pintadas de amarillo chillón atendía varias llamadas. Mientras Naomi se sentaba en uno de los sofás y cogía una revista para ojearla, Kagome se acercó con Tōga a la chica. Esta los miró un segundo de reojo, atendió una llamada que justo le acababa de entrar y luego centró su atención en ellos, con cara de aburrimiento total—. Bienvenidos a la agencia de modelos Namichi ¿en qué puedo ayudarles?—Kagome titubeó unos instantes, pero finalmente sacó la tarjeta que le había Bankotsu el día del desfile del bolso y se la tendió a la chica.

—Rakuzan-san me dio su tarjeta hace unos días y me dijo que viniera… —La recepcionista resopló.

—Ya, claro… Espera un momento. —Descolgó el teléfono, marcó un número y esperó—. ¿Señor? Sí, hola, tengo aquí a una chiquilla que dice que usted le dio su tarjeta… ¿Eh? ¿Qué como es? Pues… no muy alta, demasiado flacucha diría yo… ¿Su pelo? Negro con rizos. —Kagome se sentía estúpida mientras oía a la chica hablar de ella como si no estuviera allí—. ¿Cómo ha… —El semblante de la recepcionista se crispó en una mueca de sorpresa, para luego dar paso al disgusto—. Sí, señor. —Colgó y miró con odio para Kagome—. Es tu día de suerte, niña, Rakuzan-san quiere que subas. —La azabache le dio las gracias y fue directa a los ascensores, seguida de cerca por su madre y Tōga. Respiró hondo un par de veces para tratar de tranquilizarse mientras el ascensor ascendía piso a piso hasta detenerse en el décimo. Las puertas se abrieron, dando paso a una estancia todavía más elegantemente decorada que el vestíbulo que acababan de abandonar, en la que chicas altas, esbeltas, delgadas y de piernas largas, vestidas con ropa de las mejores marcas, esperaban su turno de ser atendidas. La mayoría alzó las cejas con sorpresa, escepticismo o desprecio al ver allí a una adolescente acompañada de sus padres. Con las mejillas rojas de vergüenza (y considerando seriamente el dar media vuelta y salir corriendo del edificio), Kagome se pegó a Naomi y Tōga y los tres caminaron hasta sentarse en un sofá vacío.

Aunque no pasó mucho tiempo antes de que una de las tantas puertas de cristal se abriera y de ella saliera Bankotsu y se dirigiera a ellos con una radiante sonrisa en el rostro—. Kagome ¿verdad?—Se levantó precipitadamente, hizo una rápida reverencia y asintió a la pregunta del hombre—. Me alegra que hayas decidido venir. Eres justo lo que estamos buscando. —Un carraspeo llamó la atención de Bankotsu. Este se giró, descubriendo así a Naomi y Tōga—. Oh, ustedes deben de ser sus padres.

—Así es. —Kagome no pudo evitar soltar una risita nada disimulada al ver el ceño fruncido de Tōga. Ahora ya sabía de donde había sacado InuYasha sus gestos y manías—. Siendo Kagome-chan menor de edad… —Bankotsu asintió.

—Lo entiendo perfectamente, de hecho, nos preocuparía mucho que no hubieran venido. Por favor, pasen por aquí. —Bankotsu les dejó paso y los guio hasta su despacho, ante la mirada llena de rabia de las demás aspirantes a modelo.

Una vez dentro, Bankotsu cerró la puerta y se puso tras el escritorio. Con un gesto les indicó que se sentaran—. Antes de nada, Rakuzan-san: muchas gracias por esta oportunidad—dijo Kagome, tratando de sonar decidida. Él sonrió.

—Como te dije hace unos días, tienes el cuerpo apto para ser modelo, no hace falta medir 1,90 para lucir la ropa, salvo que vayas a desfilar el resto de tu vida. Ser modelo implica algo más que las pasarelas.

—Rakuzan-san ¿verdad?—interrumpió de pronto Naomi—. Verá, estoy muy feliz por mi hija, pero… si hace esto de ser modelo ¿interferirá con sus estudios? No quiero que de repente empiece a faltar al colegio porque sí ¿entiende? Su futuro es muy importante. —Bankotsu se echó para atrás en su silla y sonrió.

—No se preocupe por eso. No es la primera vez que trabajamos con estudiantes de instituto, y puedo asegurarle que ninguna ha perdido ni un solo día de clase salvo que el proyecto fuera de vital importancia o complicaciones de algún tipo.

—Eso era lo que quería oír.

—¿Y qué es exactamente lo que va a tener que hacer nuestra niña?—Kagome rodó los ojos ante la pregunta de su padrastro. ¡Ni que tuviera cinco años!

—Para empezar, tenemos que hacerle lo que se llama un book, un álbum, libro o archivador con fotos de ella posando. Eso les dará a nuestros clientes una idea de a quién estarían contratando y le valdrá para futuras oportunidades de trabajo. También necesito su consentimiento, al ser ella menor de edad. —Sacó de un cajón de la mesa una carpetilla con varios papeles y se los entregó a Tōga. Este los cogió con un ademán algo brusco y empezó a leerlos con ojo crítico.

—¿Podemos pensarlo?

—¡Mamá!—exclamó Kagome.

—Tu madre tiene razón, Kagome-chan, necesito examinar estos papeles con calma y consultar un par de cosas con nuestro abogado. Espero que lo entienda. —Bankotsu asintió.

—Por supuesto, es lógico. Me alegra ver que ustedes son personas sensatas. Les sorprendería la cantidad de padres y madres que llegan aquí con sus hijas pensando que todo el monte es orégano. Somos una empresa seria y responsable de nuestras chicas, eso puede tenerlo por seguro.

—Ya veremos si eso es cierto—murmuró Tōga. Su mujer le dio un codazo mientras Kagome suspiraba. En parte se sentía feliz y aliviada de tener a su madre y a Tōga apoyándola en aquello.

Ojalá su novio pudiera hacer lo mismo.

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—Son 2.400 yenes. —Le tendió algo bruscamente la bolsa con las prendas de ropa a la chica y esta a su vez le tendió un par de billetes y unas monedas, junto con un papelito en el que iba su número de teléfono.

—Si algún día quieres… O si estás libre cuando salgas…

—Tengo novia—contestó automáticamente, cerrando con fuerza la caja registradora y tratando de no pensar en Kagome posando para un montón de tíos babosos. Ahora mismo, eso es lo que debía estar haciendo. La furia y la rabia lo invadieron al pensar en que su chica estaría siendo admirada por alguien más que no era él. Sonaría absurdo y egoísta, pero no quería que nadie más la viera con los mismos ojos con los que él la miraba. ¡Claro que Kagome tenía un buen cuerpo! Eso era más que obvio para cualquiera que no estuviera ciego.

—Oh, pero… ella no tiene por qué enterarse… —InuYasha bufó y miró con asco para el generoso escote de la chica.

—No soy de esos, lo siento. Búscate a otro para pasar el rato—soltó. Y dicho esto se fue al otro extremo de la tienda, con Sango, dejando a la chica llena de rabia allí plantada.

Mascullando maldiciones, agarró unas camisas y comenzó a colocarlas en su sitio. Sango alzó las cejas al ver los ademanes bruscos del muchacho—. Acabarás rompiendo las perchas como sigas así. —InuYasha murmuró algo ininteligible y Sango rio—. No sé qué problema le ves a que Kagome quiera hacer de modelo. Seguro que saldrá guapísima en las fotos…

—¡Ese es el problema! ¡Saldrá preciosa y todos la verán y podrán admirarla y seguro que algún imbécil se creerá con el derecho de acercarse a ella y entonces…

—¡Para, para!—exclamó Sango, alzando una mano—. Estás pensando demasiado. ¿De verdad crees que Kagome se fijaría en otro? Con lo que te quiere, lo dudo mucho.

—No, pero… ¡Espera! ¿De verdad me quiere? ¿Te ha dicho algo al respecto?—Sango suspiró y negó con la cabeza. Hombres, podían ser tan cortitos a veces…

—Vamos a ver, InuYasha ¿es que no te has dado cuenta de cómo te mira? Está claro que Kagome-chan se muere por ti. Deberías tenerle más confianza. —Una arrogante sonrisa se extendió por el rostro del pelinegro. ¿Así que Kagome ser moría por él? Bueno, era algo que no podía evitar. Por algo las chicas le iban detrás. Luego, la imagen de su novia siendo acosada por hordas de modelos masculinos hizo que volviera a su expresión irritada y hosca. No es que no le tuviera confianza, confiaba plenamente en Kagome, sabía que no se iría con otro así como así, no lo engañaría, ella no era así, la conocía. En quien no confiaba era en los tíos. Su novia era demasiado inocente e ingenua para según qué cosas, pensaba siempre lo mejor de las personas y eso podría traerle problemas a la larga. Por ahora estaban él, su padre, Naomi, Kikyō y el resto de sus amigos para protegerla pero… ¿qué pasaría si algún día ellos no estaban a mano?

—¡Huy! ¿Qué ha pasado, encantos? Me voy una horita y ya estáis tirándoos los trastos a la cabeza. —Sango sacudió la cabeza y miró para su jefe, señalando para InuYasha.

—Este, jefe, que está en modo celoso-posesivo.

—¿Por lo del trabajo de modelo de Kagome? Nene, no te preocupes, esa niña te quiere, no se fijaría en nadie más ¡y menos teniéndote a ti! ¡Si es que… ¡Mira que eres tontito!—Sango rodó los ojos.

—Jefe, se lo suplico, haga el favor de no subirle más el ego, creo que ya lo tiene bastante alto sin necesidad de alentarlo.

—Es que el que lo vale, lo vale, Sango.

—Idiota. —Jakotsu rio.

—Ahora, a trabajar, que para algo os pago.

—¡A la orden, jefe!—contestaron a coro ambos adolescentes.

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Se precipitó al interior de su casa, se descalzó en tiempo récord y subió a toda prisa las escaleras sin saludar siquiera. Abrió la puerta del cuarto que compartían Kagome y Kikyō y suspiró aliviado al verla con su ropa de siempre, con una expresión de sorpresa en sus preciosos ojos chocolates—. ¿InuYasha? —Kagome parpadeó, confusa, al ver a su novio en la puerta de su habitación; parecía realmente aliviado por algo.

El aludido no contestó: se limitó a plantarse delante de ella, a abrazarla y a besarla sin contemplaciones. Kagome abrió los ojos, no entendiendo nada, pero abrazándolo igualmente y correspondiendo a la muestra de afecto con el mismo entusiasmo. Sintió la lengua del chico entrar en su boca y se pegó más a él, abriendo los labios para permitirle total acceso, mientras ella también adentraba la suya propia en la boca masculina. Cuando se separaron, InuYasha la miró unos segundos profundamente con sus ojos dorados como el sol para luego volver a besarla. Esta vez, Kagome intentó romper el beso—. I-Inu… es-espe-, n… ¡InuYasha!—gritó, consiguiendo desasirse al fin. A regañadientes, InuYasha se separó de ella, pero sin soltarla—. ¿Qué te pasa?

—Nada ¿es que no puedo besar a mi novia?—Kagome miró de reojo para la puerta abierta, rezando para que nadie los hubiera visto. Rápidamente, fue hacia ella, miró a un lado y otro del pasillo cerciorándose de que no hubiese nadie y la cerró cuidadosamente, para acto seguido volverse a InuYasha, con el ceño fruncido y las manos en las caderas.

—InuYasha… —dijo, a modo de advertencia—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué me has besado así?

—Keh, solo me apetecía besarte, no es un crimen—dijo, en tono infantil, rodando los ojos. Kagome dejó caer los brazos, derrotada; esbozó una pequeña sonrisa y se acercó a él. Le pasó los brazos por la cintura y acomodó la cabeza en su pecho, con los ojos cerrados y totalmente relajada. InuYasha la abrazó a su vez y hundió la nariz en los rizos azabaches, aspirando el aroma a vainilla que Kagome desprendía. Sonrió, orgulloso de que Kagome fuera su chica.

Y pobre del que se atreviera a posar los ojos en ella, porque le rompería los dientes al primero que la mirara más de la cuenta. La próxima vez que Kagome fuera a la dichosa agencia, iría con ella.

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—¡Uaaaaaaah! ¡Estás genial en todas, Kagome-sempai!—Kagome sonrió al ver a Rin juntar las palmas y sonreír, feliz, mientras ambas pasaban las páginas de su nuevo book. Bankotsu había insistido tanto el día anterior en que cuanto antes lo hiciera, mejor, que tanto ella como su madre y Tōga no pudieron negarse. Y ese día lo había llevado al colegio para enseñárselo a sus amigas. Claro está que Yuka, Eri y Ayumi habían chillado emocionadas. A quien sí que no se había atrevido a enseñárselo era a InuYasha, quién sabe lo que diría. Fijo que soltaba alguna burrada y volvían a discutir. Y ella odiaba discutir con él, no le gustaba estar enfadada con la persona a la que más quería en ese mundo—. ¡Oh, me gusta este vestido! ¡Y las bailarinas! Jo, qué envidia, poder ponerte toda esta ropa tan bonita. —Suspiró Rin; Kagome rio.

—Sí, la pena es que no te dejan llevártela. Es propiedad de la agencia. —Justo en ese momento, el móvil de Rin vibró y la chica se apresuró a cogerlo. El sonrojo que adornó sus mejillas y la risita que dejó escapar al mirar la pantalla hizo que Kagome alzara las cejas, preguntándose quién sería para provocar semejante reacción en su kouhai.

—¿Quién es el que últimamente no para de mandarte mensajitos?—El sonrojo de Rin se acentuó.

—P-pues y-yo… ve-verás… e-es… e-e-esto… yo… bueno… —tartamudeó Rin. Kagome esbozó una sonrisa maliciosa.

—¿No será mi hermano mayor?—Rin trastabilló y a poco más se le cae el móvil al suelo; su cara parecía un enorme semáforo en rojo, lo que le indicó a Kagome que había acertado en su suposición—. ¿Te gusta Sesshōmaru?—Rin se dejó caer en el césped con un suspiro.

—¿Tanto se me nota?—Kagome le sonrió de nuevo. Rin le devolvió el gesto—. Sí, me gusta, me gusta mucho. Le pedí su número cuando salíamos de su fiesta de cumpleaños. Tuve que insistir como una hora, pero acabó cediendo, creo que más que nada para que me callara y lo dejara en paz. Solo lo hice para poder agradecerle como es debido ¿sabes? Tenía pensado hacerle algún dulce que le gustara y luego quedar con él para dárselo, pero solo eso. Entonces empecé a mandarle mensajes; al principio no me contestaba, pero yo seguía mandándoselos igual, hasta que un día me contestó. Un monosílabo, pero algo es algo. Desde esa a veces me contesta, a veces no… Sé que es demasiado mayor para mí pero… me gusta. —Kagome asintió, comprensiva.

—Venga, no lo hagas esperar. Sesshōmaru no se distingue precisamente por su paciencia. En eso es igualito a InuYasha. —Rin se apresuró a hacerle caso, cogiendo de nuevo el móvil y haciendo que sus dedos volaran sobre la pantalla.

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Dejó los papeles que estaba leyendo sobre la mesa y miró con una ceja alzada para el móvil, como exigiéndole que hiciera algo. Habían pasado ya diez minutos desde el último mensaje de Rin, y era raro, muy raro, extremadamente raro. Normalmente, no pasaba más de uno sin recibir algún mensaje suyo. ¿Le habría pasado algo? A esas horas estaría en el colegio…

¡Y a él qué le importaba! Irritado, agarró de nuevo los papeles, dispuesto a ignorar el móvil.

Y justo entonces el aparato sonó, anunciándole un nuevo mensaje. Ansioso, agarró el teléfono y leyó:

Deberías ver el book de Kagome-sempai. ¡Sale genial en todas las fotos! ¡Y la ropa es tan bonita *suspiro*!

Elevó las cejas ante el comentario tan trivial, preguntándose qué se le contestaba a una niña de catorce años que decía gustarle ropa, sobre todo teniendo en cuenta que esa niña era Rin y no era una niña normal.

Rin era distinta de las otras chicas de su edad.

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—¡Hola!—Se puso de puntillas y besó a su novio a modo de saludo, quien la atrapó de la cintura para profundizar la caricia. Cuando se separaron, Kagome tenía las mejillas de un tenue rosado que la hacía ver, a los ojos de InuYasha, de lo más tierna y adorable.

—Hola, pequeña. —Le colocó el casco en la cabeza con una palmadita y se subió a la scooter. Esperó a que Kagome se acomodara tras él, con sus brazos rodeándolo, y arrancó—. Tienes que ir al sitio ese ¿no?—Kagome suspiró al sentir el tono afilado en sus palabras.

—Sí, InuYasha, tengo que ir hoy a la agencia. Quedé con Rakuzan-san. Pero mamá y Tōga-san vienen conmigo y-

—Iré contigo. —Kagome parpadeó.

—Pero…

—Iré contigo—repitió él, volviéndose a ella mientras estaban parados en un semáforo.

—¿Y tu trabajo? No creo que a Jakotsu-san…

—¡Bah! Por un día no pasa nada, ya me las apañaré con él.

—Pe-pero… —Quiso protestar ella. Pero InuYasha arrancó y el motor de la scooter ahogó cualquier cosa que fuera a decir la chica.

En menos de quince minutos llegaron a la agencia de modelos. Ambos adolescentes se bajaron del vehículo. InuYasha se pegó a la azabache y rodeó su cintura con un brazo, pegándola a él todo lo posible. Kagome suspiró, rogando en su interior porque el chico no hiciera una escena. Entraron en el vestíbulo y se encaminaron a los ascensores. Una vez arriba, todas las miradas femeninas se volvieron al muchacho pelinegro…

…Y los celos de Kagome se dispararon. No había caído en que la mayoría de la población femenina se sentía atraída por su novio. Aferró con más fuerza la cintura masculina y les lanzó una mirada desdeñosa a todas las chicas que esperaban su turno de ser atendidas. InuYasha tuvo que contener la risa, pues la chica se veía en extremo graciosa con esa expresión en su rostro—. ¡Kagome, InuYasha, aquí!—Ambos se dirigieron a donde Naomi los estaba llamando.

—¿No trabajabas hoy?—le preguntó su padre.

—Quería venir con Kagome—dijo él. Su padre entrecerró los ojos acusatoriamente pero no dijo nada.

—¿Por qué venís abrazados?—preguntó de pronto Naomi, reparando en la comprometedora posición de los adolescentes. Tanto Kagome como InuYasha parpadearon y se miraron, para luego enrojecer como nunca y separarse bruscamente. Era para ellos tan natural el abrazarse de esa forma o el besase, que ni se habían percatado de que sus padres todavía no sabían nada de su relación.

—Es que me entró un poco de claustrofobia en el ascensor, eso es todo.

—¿Estás bien?—le preguntó su madre, ahora preocupada. Hacía tiempo que su hija no sufría un ataque de ansiedad, pero siempre solía estar alerta por si las moscas.

—Sí, ma, no te preocupes. Solo fue un pequeño susto, no pasó a mayores. —InuYasha suspiró aliviado al ver que los dos adultos se tragaban la mentira.

—Kagome Higurashi. —La aludida empezó a sentirse nerviosa de repente. Su madre le tomó la mano y le sonrió, para infundirle ánimos. Detrás, Tōga e InuYasha fruncieron el ceño, pero no dijeron nada. Siguieron a la mujer que había pronunciado su nombre hasta el despacho de Bankotsu. InuYasha torció el gesto al verlo, no le gustaba un pelo ese tío, mucho menos la manera en que miraba para cualquier chica que tuviera piernas largas y un buen culo.

—¡Hola de nuevo, Kagome!—Ella sonrió a modo de saludo.

—Hola, Rakuzan-san.

—Bien ¿qué han pensado?—preguntó sin rodeos dirigiéndose a los dos adultos allí presentes. Tōga suspiró y le alargó una carpetilla de plástico que Bankotsu cogió sin borrar la sonrisa.

—No hemos encontrado ni una sola falla en su contrato. Todo parece estar en orden así que… Kagome-chan, tienes nuestro permiso. —InuYasha maldijo para sus adentros. En su interior, aún albergaba una pequeña esperanza de que su padre y Naomi se negaran en el último momento. Por su parte, Kagome se abrazó a Tōga.

—Gracias, Tōga-san.

—Bueno, en ese caso, Kagome, empezaré a enseñar tus fotos a los clientes que nos vayan llegando. Ellos son los que tienen la última palabra pero… me da a mí que se van a pelear por ti, eso tenlo por seguro. —Kagome se sonrojó por el cumplido implícito en esas palabras. InuYasha fulminó a Bankotsu con la mirada.

Tras ellos, Naomi ocultó la enorme sonrisa que quería escapar de sus labios. Si esos niños se creían que la engañaban, estaban muy pero que muy equivocados. Solo esperaba que el nuevo trabajo de su hija no hiciera estragos en su relación.

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—¿Todavía nada, sempai?—Kagome negó. No es que estuviera muriéndose por hacer de modelo, pero habían pasado dos semanas y aún no tenía noticias de la agencia ni de Bankotsu. Él le había asegurado que era normal que las agencias publicitarias y las compañías y empresas tuvieran sus recelos en contratar novatas. La mayoría quería modelos ya rodadas en ese mundillo, pero la alentó con palabras amables y le dijo que no se preocupara, que enseguida la llamarían—. Bueno, mira el lado positivo: InuYasha-san estará contento. —No hacía falta que se lo dijeran. El muy estúpido sonreía ampliamente cada vez que le mencionaba que no había recibido ninguna llamada. Recordó que la noche anterior a punto estuvo de gritarle, por idiota, pero el muy tramposo, viéndole las intenciones, la había besado como si no hubiera un mañana, dejándola completamente indefensa.

Estúpido y sensual novio, estúpido corazón adolescente.

—¡Higurashi!—El grito de uno de los profesores llamó su atención. Extrañada, se levantó del césped y, seguida de Rin, fue a ve qué pasaba.

—¿Ocurre algo, Hirano-sensei?

—Tienes una llamada en conserjería. —Kagome pestañeó.

—¿Una llamada ha dicho?

—Sí, Higurashi, una llamada. Y, por el tono, parecía urgente. —Rin y ella se miraron.

—Gracias, sensei. —Salió corriendo hacia conserjería junto con Rin. Ambas chicas llegaron jadeantes. El conserje la miró unos segundos.

—¿Higurashi?

—Yo. —Le tendió el teléfono; Kagome respiró hondo para recuperar el aliento perdido minutos antes y se llevó el auricular a la oreja—. ¿Diga?

—¡Kagome! ¡Qué bien que te localizo! Tienes que comprarte un móvil… luego hablaremos de ello. ¡Tienes un contrato!—Kagome se quedó sin respiración—. Es una campaña publicitaria ¡al publicista encargado le encantaron tus fotos desde el minuto uno! Tienes que venir aquí al salir del colegio ¿de acuerdo?

—¡Cla-claro que sí! ¡Allí estaré, Bankotsu-san! ¡No lo defraudaré!—Colgó el aparato y se volvió a Rin, emocionada. Ambas muchachas empezaron a chillar y a saltar, abrazadas la una a la otra, visiblemente entusiasmadas.

El conserje meneó la cabeza con un bufido. Adolescentes. Quién las entendía.

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Detuvo la scooter ante el colegio de su novia y sonrió. Hoy había tenido un buen día: había sacado la máxima puntuación en el examen sorpresa que la semana pasada les había hecho el profesor de matemáticas, sus compañeras de clase no lo habían acosado con cartas de amor ni regalos estúpidos, le había ganado en una discusión al imbécil de Kōga y había comido un delicioso almuerzo casero que le había hecho Kagome. Oh, sí, nada podría estropearlo.

Vio salir a Kagome del colegio, portando una enorme sonrisa en su rostro que hacía brillar sus preciosos ojos chocolates. Tuvo un mal presentimiento y frunció el ceño. Ella se puso de puntillas para besarlo y él correspondió de buen grado, acercándola a él lo más posible. Cuando se separaron, la azabache lo abrazó por el cuello y lo miró con súplica. Oh, no. Algo le iba a pedir que no le iba a gustar un pelo. Kagome siempre ponía esa cara cuando quería salirse con la suya—. ¿Puedes llevarme a la agencia?

—¿Para?—preguntó él a su vez, con recelo.

—Rakuzan-san llamó al colegio… me ha surgido un trabajo… —Y la peor pesadilla de InuYasha se hizo realidad. Apretó el agarre que sus manos mantenían en las caderas de la chica, con todo el cuerpo tenso, imaginándose a un montón de tíos pendientes de su novia, todos admirando sus perfectos atributos femeninos—. InuYasha… —No contestó—. Inu… por favor… —Cerró los ojos y contó hasta diez, intentando tranquilizarse.

—Te llevo y me quedo—sentenció con rotundidad.

—Tu trabajo…

—¡Que le den!—Kagome respiró hondo y se puso el casco, mientras lo veía subirse en la parte delantera y aferrarse al manillar de la scooter como si le fuera la vida en ello. Pudo sentir cada músculo de su espalda en tensión en cuanto lo rodeó con sus brazos. En su fuero interno, rezaba para que no le diera un ataque de celos y/o posesividad.

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—¡Al fin, Kagome! Vamos, ven. —Bankosu la agarró del brazo separándola de InuYasha, quien estuvo a punto de arrearle un buen puñetazo al idiota ese por llevarse a su novia, y la llevó hasta una sala donde un grupo de hombres esperaba, todos sentados en los elegantes sillones de cuero, mientras InuYasha quedó fuera—. Aquí la tienen, señores.

—Mmm… ¿no es un poco pequeña?—dijo uno. Uno de sus compañeros negó.

—Es justo lo que estábamos buscando, una mezcla de sensualidad y atrevimiento, una quinceañera.

—Es perfecta para la campaña. —Kagome miró para Bankotsu. Este le sonrió y le indicó que se sentara. La muchacha así lo hizo y esperó pacientemente hasta que se dirigieron a ella.

—Bueno, Higurashi ¿verdad?—asintió algo tímida—. Queremos que tú presentes nuestro producto. —Uno de aquellos hombres trajeados sacó una lámina tamaño A3 de una carpeta y se la mostró—. Como puedes ver, se trata de una línea de cosméticos hechos exclusivamente para adolescentes: colonia, maquillaje, esmaltes de uñas… Y tú encajas en el perfil: quinceañera, guapa, natural…

—Les gustaste desde el primer instante—le susurró al oído Bankotus, agarrándola del brazo. Kagome se sonrojó.

—Gra-gracias por sus palabras, lo haré lo mejor que pueda. —Ellos asintieron, conformes.

—Bien. Mañana por la tarde te esperamos, entonces. Las fotos tienen que estar listas antes de un mes. Uno de nuestros directores de campaña vendrá para ver que todo marcha bien y para indicar como queremos que se vea el producto a la hora de anunciarlo. —Bankotsu asintió.

—De acuerdo. —Kagome los observó intercambiar un par de palabras más hasta que al fin se despidieron. Una vez el grupo de hombres desapareció por la puerta, Bankotsu se volvió a ella con una gran sonrisa en su rostro—. ¡Te dije que no tardarían en escogerte! Y además, esta empresa es de las más importantes en el sector de la cosmética. ¡Qué suerte, Kagome! ¡Estoy seguro de que lo harás genial!—La tomó por los hombros y amplió su sonrisa.

De reojo vio como, desde la puerta entornada, InuYasha miraba de forma asesina por el espacio abierto para Bankotsu, probablemente imaginando mil y una maneras de matarlo por tenerla semi abrazada.

Suspiró. No quería saber su reacción cuando la viera posar.

Fin capítulo 6

Bueno, espero que os haya gustado y que me dejéis un precioso review relleno de nata y pastelitos de crema. Siento ser tan escueta, pero hoy me encuentro espesa, así que nada, dadme vuestra opinión sobre el capítulo y yo iré a ver si descanso un poco, que tengo un dolor de espalda que no se lo deseo a nadie.

¡Nos leemos!

¡Ja ne!

bruxi.