¡YAHOI! Actualización, actualización. Qué emoción ¿verdad? (Inner: si tú lo dices...).
Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.
Capítulo 7
—Así, Kagome, así, guapa. Eso es, mira aquí. —Kagome sonrió coqueta a la cámara mientras sostenía contra sus labios un bote de brillo para los mismos. Debía reconocer que era divertido posar de esta forma, pero lo mejor era, sin duda, poder ponerse toda esa ropa tan bonita.
Ahora mismo llevaba puesto un vestido negro de tiras que se ajustaba a su cintura con un cinturón ancho del mismo color del vestido. La falda era toda desigual en el borde y le llegaba poco más arriba de las rodillas. Los pies iban desnudos, y el césped de aquel parque le hacía cosquillas ente los dedos, haciéndola reír de vez en cuando, cosa que el fotógrafo aprovechaba para sacarle alguna que otra foto. Abrió los ojos, divisando a su enfurruñado y fastidiado novio entre la gente de maquillaje y dirección de la campaña. Había insistido hasta la saciedad para que le permitiera acompañarla a las sesiones de fotos, cosa que al final había conseguido.
InuYasha estaba, en verdad, fastidiado. No solo tenía que soportar que su novia posase para completos desconocidos, sino que, aún encima, tenía que dejar que toda la gente que había de espectadores en aquel parque se deleitara con las perfectas curvas de su pequeño cuerpo. Ya se había sentido tentado más de una vez en esa mañana a romperle la cara a más de un gracioso que insinuaba querer meterse con Kagome. ¡Lo llevaban claro! Esa niña ya tenía dueño, y no iba a dejar que nadie se la arrebatara.
Sonrió al ver como Kagome lo saludaba desde la distancia con la mano. Él correspondió el saludo, para acto seguido fruncir el ceño al ver como uno de los directores de la campaña esa de publicidad se acercaba a ella y ponía las manos sobre la cintura de la chica, para indicarle una nueva pose. Vio como ella se sonrojaba y asentía. Apretó los dientes, controlándose—. Está buena ¿eh?—Se giró furioso al oír aquella voz tras él, dispuesto a partirle la cara a quienquiera que lo hubiese provocado—. ¡Vale, lo siento! ¡Tranquilo, InuYasha!—Con el puño en alto, el pelinegro parpadeó, hasta reconocer por completo al muchacho de ojos azules.
—Miroku… ¡¿Qué cojones haces tú aquí?!
—¡Solo es casualidad, lo juro! Simplemente pasaba por aquí y vi a toda esta gente apelotonada, sentí curiosidad y entonces me acerqué, vi a Kagome y luego te vi a ti y quise meterme un poco contigo ¡nada más, lo prometo!—Movió las manos delante de él, como intentando convencerlo de su inocencia. InuYasha bajó el brazo, suspirando sonoramente.
—¿Y qué estabas? ¿De paseo?—preguntó, escéptico. Miroku se rascó la nuca, algo avergonzado.
—Pues… buscaba un regalo para Sango, me he enterado de que dentro de poco es su cumpleaños. —InuYasha asintió, recordando que su compañera castaña los había invitado a él y a los demás a cenar al día siguiente, para celebrarlo.
Sin despegar los ojos ni un instante de Kagome, preguntó—. ¿Y bien? ¿Qué le has comprado?
—De momento, nada. No tengo ni idea de qué regalarle. ¿Algún consejo?—InuYasha quiso carcajearse de su mejor amigo.
—A mí me vas a preguntar.
—¿Crees que tu encantadora chica podría ayudarme?—InuYasha lo miró con odio, provocando que Miroku retrocediera unos pasos, amedrentado.
—¡No te imagines cosas raras! ¡Solo sería para que me aconsejara sobre el regalo! ¡Sabes que a mí me gusta Sango!—InuYasha respiró hondo varias veces, volviendo a posar sus ojos dorados en la azabache que seguía posando para el fotógrafo, ahora ataviada con un top rojo que se ataba al cuello y unos vaqueros claros, dejando entrever su estómago plano.
¡Malditos fueran todos por obligarla a posar con ropa tan provocativa! No solo mostraba más de lo necesario, sino que además le sentaba condenadamente bien, acentuaba todos sus atributos femeninos.
Metió las manos en los bolsillos del pantalón, con todo el cuerpo tenso y los labios apretados. Tras él Miroku sonrió, volviendo a fijar la vista en la novia de su mejor amigo. Admitía que Kagome era hermosa hasta decir basta, y por eso comprendía las reacciones de InuYasha. Él también se pondría hecho una furia si viera a Sango en semejante tesitura.
La sesión de fotos pareció terminar y Kagome se sintió aliviada. No es que no le gustara su trabajo de modelo, pero le parecía un poco estresante, y el tener a un novio celoso pendiente constantemente de sus movimientos no ayudaba en nada a que se relajara.
Terminó de cambiarse y salió de la pequeña caravana en la que se había pasado la tarde mudándose la ropa. Se masajeó el cuello mientras iba hacia InuYasha. Esbozó una radiante sonrisa al llegar junto a él y se puso de puntillas para darle un beso. Él no se conformó con el simple roce y la atrapó de la cintura mientras devoraba sus labios con fiereza. Kagome jadeó y se sostuvo de sus brazos para que sus temblorosas piernas no la traicionaran—. ¡Oye, tío! ¡Que estás en medio de la calle!—InuYasha rompió el beso y, abrazando a Kagome contra sí, fulminó a Miroku con la mirada.
—¿No tenías que irte a comprar un regalo?
—¡Cierto! Oye, Kagome ¿me ayudarías con-
—¡Ahora no puede!—Kagome suspiró. Miró a Miroku desde su posición entre los brazos de su novio.
—A Sango-chan le gustan mucho los gatos y el color rosa. No le compres un peluche, no le gustan demasiado. El verde es otro de sus colores favoritos. —Miroku tomó nota mental de todo lo que le dijo su amiga y asintió.
—¡Gracias, Kagome! Creo que ya me hago una idea. —Se despidió de la pareja y echó a correr hacia la salida del parque. Una vez lo perdieron de vista, Kagome miró para su novio.
—No tenías que ser tan grosero. —InuYasha frunció el ceño.
—Keh—soltó, hundiendo la nariz en la mata de rizos azabaches de su chica—. ¿Vamos al cine? Echan la película esa que tenías tantas ganas de ver. —Kagome se emocionó porque su arrogante y malhumorado novio quisiera ir a ver una comedia romántica con ella, cuando no las soportaba.
Le habría gustado decirle que no, que se encontraba demasiado cansada como para tener la cita que le había prometido, pero también era cierto que llevaban varios días sin poder quedar a solas, como la pareja que se suponía que eran. Así que le sonrió ampliamente y lo besó en la bronceada mejilla—. Claro, cari. —InuYasha se sonrojó ligeramente por el apelativo cariñoso y la besó una vez más, antes de encaminarse ambos hacia el cine más próximo.
No pasó ni una hora y la pobre muchacha ya estaba cabeceando. InuYasha suspiró y, entrelazando sus dedos con los suyos, le dio un suave apretón. Kagome pareció espabilar y lo miró, horrorizada—. Lo siento—susurró. InuYasha no dijo nada, tan solo se levantó y salieron lo más sigilosamente posible de la sala.
—¿Por qué no me dijiste que estabas agotada?—preguntó en tono de reproche. Kagome bostezó, recargando la cabeza en su hombro mientras andaban.
—Es que yo quería pasar tiempo contigo… —Otro bostezo interrumpió lo que quisiera que fuera a decir. InuYasha gruñó.
—Tonta. —Le pasó un brazo por la cintura apegándola a él y la fue guiando hasta casa.
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—¡No me lo puedo creer, Kagome!—Se sobresaltó al ver como Eri le ponía delante una revista. La cogió y los ojos se le abrieron al percatarse de que la que aparecía en una de sus páginas era ella. Era una de las fotos de la campaña publicitaria para la que había posado.
—Yo…
—¡Uaaaaah, Kagome! ¡Sales genial!—exclamó Yuka, sonriéndole—. ¡Y este vestido te queda que ni pintado!—dijo la chica, arrebatándole la revista y mirando para la foto. Ayumi se juntó con sus amigas y asintió.
—¡Estás muy guapa!
—Bu-bueno… si vosotras lo decís… —Se sintió observada y movió la cabeza, descubriendo a todos sus compañeros con la dichosa revista en las manos, mirando fijamente para ella. Enrojeció al máximo y trató de esconderse tras su cuaderno abierto de lengua. ¡Todos estaban viendo sus fotos! ¡Qué vergüenza! Debió pensárselo mejor antes de acceder al trabajo de modelo. Estúpido orgullo.
El timbre sonó anunciando la siguiente clase y se relajó al ver entrar al profesor. Bien, tendría al menos dos horas para poder sentirse de nuevo una persona normal y no una atracción de circo.
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—¿Has visto la nueva campaña publicitaria de Iwamura? ¡Me encanta el nuevo brillo de labios! ¡Y el esmalte de uñas!
—¡Yo quiero la colonia que sacaron la semana pasada!
—Oye ¿y qué me decís de la modelo del anuncio? ¡Es guapísima!
—Bah, seguro que esos rizos no son naturales.
—A ti lo que te pasa es que tienes envidia.
—Chicas, no es por menospreciaros, pero ya podíais tener ese cuerpazo.
—¡Oh, cállate, Tachibana-kun!—InuYasha hizo acopio de voluntad para no plantarse ante sus compañeros de clase y arrancarles la maldita revista de las narices de las manos. ¡Todo el jodido país estaría a estas horas admirando a su novia! ¡Estúpida Kagome! ¡Estúpido Bankotsu Rakuzan! ¡Estúpida agencia de modelos! ¡Estúpida campaña publicitaria!
—InuYasha, tranquilo. —Respiró hondo, intentando por todos los medios hacerle caso a Miroku.
—Oe, chucho, si Kagome fuera mi chica no…
—¡Kōga! ¡No lo cabrees!—El aludido se encogió de hombros con una sonrisa. Le encantaba molestar a InuYasha. Este hizo oídos sordos a la provocación de su amigo, total, él sabía que Kagome solo lo quería a él. Tenía que ser así.
—¿Creéis que será virgen? He oído que las modelos son más… promiscuas. Mi padre conoce a la dueña de la agencia de modelos que contrataron para esta campaña… —Suficiente.
Como un rayo, se incorporó de su sitio y se lanzó a golpear al desgraciado que había pronunciado tan sacrílegas palabras—. ¡¿Pero qué haces, Taisho?!
—¡InuYasha, no!
—¡Grandísimo idiota, para!—Con esfuerzo, Miroku y Kōga consiguieron separarlo del chico al que InuYasha le estaba dando una paliza. Cuando al fin los pusieron a una distancia prudencial InuYasha se soltó de ambos y, fulminando por última vez con la mirada al otro tío, salió del aula pisando fuerte. Miroku y Kōga suspiraron, derrotados.
—¡¿Pero qué leches le pasa?! ¡Está loco!
—No, Tachibana, solo le pareció mal lo que dijiste de su novia—contestó Miroku a su compañero. El tal Tachibana parpadeó, mirando de soslayo para la revista caída en el suelo, a unos metros.
—¿Me estás diciendo… ¡Venga ya, Kinomoto! ¡Te estás quedando conmigo!
—¡¿Esta es la novia de Taisho-kun?!—Mientras Miroku se quedaba para satisfacer la curiosidad de toda la clase, Kōga salió en busca de InuYasha.
Lo encontró tirado en la azotea del instituto—. Lárgate, Kōga. —Lejos de hacerle caso, el moreno se dejó caer a su lado.
—Eres un imbécil redomado. —Un gruñido salió de la garganta de InuYasha—. No deberías tener tantas inseguridades, se nota que Kagome solo te quiere a ti.
—¡Inseguridades tu abuela!
—¿Entonces eran celos?
—¡Claro que no!—Kōga alzó las cejas al ver el rojo cubrir el rostro de InuYasha.
—Lo que tú digas. Pero otra escenita como la de hoy y acabarás expulsado una semana, y no creo que a tu padre le haga gracia. —InuYasha desvió la vista, molesto consigo mismo y con sus reacciones. Pero es que no podía evitarlo, no podía evitar mostrarse posesivo en lo que se refería a Kagome.
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Kagome esbozó una sonrisa de felicidad al ver la brillante scooter roja de InuYasha a las afueras del colegio, con el dueño de la misma subido en ella. Lo saludó con un pequeño beso en los labios que él correspondió y, tras ponerse el acostumbrado casco, se acomodó tras él, aferrándose a su cintura—. ¿Hoy no tienes que ir al sitio ese?—Kagome suspiró y negó con la cabeza, mientras InuYasha encendía el motor.
—No, ya he terminado con la campaña publicitaria. —InuYasha se relajó considerablemente al oírla.
—Ya era hora. —Kagome dejó escapar una risita que rápidamente disimuló con una fingida tos—. ¿Vas a comprar el regalo de Sango, entonces?
—Sí, y luego te iré a buscar al trabajo. —InuYasha puso la scooter en marcha, con una ancha sonrisa adornando su rostro. Hacía días que Kagome no iba a su trabajo, cuando antes iba siempre que podía.
Se despidió de ella con un buen beso en mitad del centro comercial y se encaminó hacia la tienda de Jakotsu. Al verlo entrar tan contento, tanto Sango como su jefe arquearon una ceja—. Vaya, muñeco, te ves feliz.
—Será porque lo estoy.
—¿Y eso?—inquirió Sango, doblando unas camisetas. InuYasha se encogió de hombros.
—Apuesto lo que sea a que has tenido buen sexo con Kagome. —La cara del pelinegro se transformó en un enorme semáforo en rojo y se giró a Jakotsu con el ceño fruncido.
—¡No digas gilipolleces! ¡Yo nunca… —se interrumpió abruptamente y bufó, con irritación—. ¡No te importan los motivos por los que estoy feliz!—Jakotsu estalló en carcajadas nada más verlo desaparecer por el sótano de la tienda.
—Es una mente aún inocente y virginal. Ahora que lo pienso, tú, Sango…
—¡Jefe!—exclamó la castaña, sonrojada también hasta la médula. Jakotsu frunció los labios.
—Ains, mira que sois aburridos vosotros dos. Con la cantidad de adolescentes calenturientos con las hormonas a flor de piel que hay por el mundo adelante y justo he tenido que contratar a los únicos dos vírgenes de 16 y 17 años. —Murmurando incoherencias a causa de la vergüenza, Sango se retiró al otro extremo de la tienda, prometiendo no acercarse en un buen tiempo a su jefe.
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Kagome degustó con deleite su batido de chocolate, haciendo tiempo hasta la hora de ir a buscar a su novio a la tienda de ropa. Ya le había comprado su regalo a Sango, una preciosa pulsera de plata de ley con varios enganches para colgantes. Le había cogido asimismo, por supuesto, un par de colgantes para la pulsera, para que la fuera ya adornando: un gracioso gatito lamiéndose la pata y un pequeño llamador de ángeles—. ¿Estás sola encanto?—Levantó la vista, topándose con un grupo de tres chicos delante de ella—. ¿Podemos hacerte compañía?—Y sin esperar respuesta los tres se sentaron a su mesa. Kagome dejó con tranquilidad el vaso de batido y se levantó, dispuesta a irse.
—Gracias por el ofrecimiento, pero ya me iba. —Agarró la bolsita con el regalo de Sango y giró los pies, pero una mano en su muñeca le impidió dar siquiera un paso. Lo siguiente que sintió fue un tirón y que estaba sentada sobre las piernas de uno de ellos.
—Vamos, nena, no te hagas la estrecha. Con ese uniforme… —Kagome se indignó por la insinuación. Cogió el vaso de la mesa y descargó lo que quedaba de batido sobre la cabeza de aquel desgraciado.
—Idiota—dijo antes de levantarse y echar a andar de nuevo, mientras los amigos de aquel sujeto se burlaban de él.
Llegó a la tienda de Jakotsu y entró. Sonrió ampliamente al ver a Sango desocupada—. ¡Sango-chan!
—¡Kagome-chan!—Ambas adolescentes se abrazaron, contentas de verse—. Oye, no me fallarás mañana ¿verdad?
—¡Claro que no, Sango-chan! Allí nos tendrás, a InuYasha y a mí.
—¿Alguien me llamaba?—Kagome esbozó una gran sonrisa al sentir una mano en su cintura y unos labios cálidos y gruesos posarse en su sien.
—¡Kagome, preciosa! ¡Sales de muerte en las fotos! ¡Bankotsu estaba más que satisfecho!—InuYasha se tensó, harto ya de oír hablar por enésima vez de la jodida revistita.
—Gracias, Jakotsu-san. ¿Nos vamos?—InuYasha asintió.
—Sí, vamos. —Se despidieron de Sango y de Jakotsu y bajaron hasta el parking para coger la scooter e ir de vuelta a casa. El trayecto duró poco, para alegría de Kagome. Hacía bastante frio a esas horas como para exponerse más de la cuenta.
—InuYasha—lo llamó una vez que se bajaron de la scooter, a los pies del templo en el que vivian. El chico se giró a mirarla, interrogante, mientras se deshacía de su casco y lo guardaba en el compartimento trasero del vehículo. Kagome se mordió el labio inferior. Había sopesado mucho si hablar o no sobre este tema con él, pero debía hacerlo—. Tú… sé que no te gusta que haga de modelo… —el gruñido que salió de la garganta masculina le indicó que estaba en lo correcto, así como el ceño fruncido y la mandíbula tensa en el bronceado rostro—pero tendrás que acostumbrarte. Es importante para mí. —InuYasha dio la vuelta, negándose a mirar a los ojos suplicantes de la azabache para no acabar cediendo.
—No me gusta que todo el maldito país te vea. —Kagome se acercó a él con paso vacilante hasta abrazarlo desde atrás, acomodando la cabeza en su espalda—. Hoy casi le rompo la nariz a uno de mis compañeros de clase por hablar sobre ti. —Kagome abrió la boca, sorprendida por la confesión. Lo rodeó hasta ponerse frente a él.
—InuYasha… —Le tocó el rostro con las yemas de los dedos—. Yo… te quiero a ti. —Un tenue sonrojo se apoderó de las mejillas femeninas. InuYasha soltó lentamente el aire que había estado reteniendo. La abrazó, con fuerza, hundiendo la nariz en su pelo.
—Lo sé, preciosa. Pero eso no quita que odie que otros admiren lo que es mío. —Lejos de ofenderse con esas palabras, Kagome se sintió la chica más afortunada del planeta. Adoraba que su novio fuera así de celoso y posesivo con ella, era su forma de demostrarle sus sentimientos.
Se abrazó a él unos minutos más, para luego comenzar a subir las escaleras hacia el templo. Atravesaron el umbral y, tras saludar a sus respectivos padres, subieron las escaleras para ir cada uno a su cuarto. Kagome se volvió al pelinegro en la oscuridad del pasillo y lo besó una última vez. InuYasha sonrió contra sus labios y correspondió de buen grado, adentrando su lengua en la boca de la azabache. Kagome gimió, apretándose contra el cuerpo masculino. Las manos grandes y cálidas acariciaron su cintura y bajaron hasta rodearle los glúteos sobre la tela del uniforme.
Casi sin quererlo, InuYasha la empujó haciéndola chocar contra la pared del pasillo, mientras la besaba de forma desesperada. La bolsita con el regalo de Sango resbaló de la mano de Kagome hasta impactar contra el suelo. El ruido metálico que hicieron los objetos que en su interior se guardaban despertaron a la quinceañera del trance en el que estaba sumida.
Abrió la boca, dispuesta a decirle al chico que se detuviera, pero todo lo que escapó de su garganta fue un gemido de placer al sentirlo morder la piel de su cuello. InuYasha no quería detenerse, su pequeña novia era exquisita. Coló sus manos bajo la falda de ella, comenzando a subirla por sus esbeltas piernas—. I-InuYasha… —Intentó hacerlo volver a la realidad, pero él hizo oídos sordos. Estaba demasiado ocupado deleitándose con la suavidad y tersura de la piel de la muchacha.
—Kagome… —Gimió contra su cuello, pegándose lo más posible a ella. Kagome notó un pequeño bulto clavarse en su vientre y abrió los ojos. Tembló ligeramente a causa del miedo y el nerviosismo y no se le ocurrió otra cosa para hacerlo reaccionar.
Le dio un rodillazo justo en dicha parte. InuYasha se echó hacia atrás, soltándola al fin y llevando las manos a la zona afectada—. ¡Joder, Kagome! ¡Eso duele!
—¡Idiota! ¡Es-estabas a punto de… de… casi violarme. —Fue su pensamiento. Enrojeció al instante y bajó la cabeza, sonrojada hasta los huesos. InuYasha bajó la cabeza, avergonzado, al darse cuenta de lo que había estado a punto de pasar entre ellos. Maldijo para sus adentros el haberse comportado como un auténtico imbécil. Pero la reciente confesión de Kagome de que lo quería y con sus sentimientos a flor de piel, no había podido evitarlo.
Deseaba a Kagome.
Lo había descubierto durante todos esos días de acompañarla a posar para los malditos fotógrafos de la agencia de modelos. Kagome tenía un cuerpo hecho exclusivamente para el pecado, y cada vez le era más difícil resistirse. Pero ella tenía tan solo quince años, probablemente él era el primero en tocarla de esa manera (lo que le producía una gran gran sensación de satisfacción masculina), y no había sido su atención asustarla. Era gilipollas perdido—. Perdóname, preciosa—le pidió, elevándole el mentón para obligarla a mirarlo. Kagome sonrió de forma tímida, aliviada al ver arrepentimiento en sus ojos dorados.
—No te preocupes. No fue solo culpa tuya—murmuró, volviendo a sentir que las mejillas le ardían. InuYasha esbozó una media sonrisa y se inclinó para besarla de nuevo; esta vez procuró ir lento y suave. Kagome le sonrió cuando se separaron.
—Voy a ponerme el pijama. Nos vemos abajo. —InuYasha retrocedió unos pasos y asintió, viendo como la chica se introducía en la habitación que compartía con Kikyō. Se alborotó el pelo y, con un suspiro, InuYasha se encerró también el cuarto que compartía con Sōta.
Ninguno de los dos sospechaba que, durante el tiempo que había durado su pequeño encuentro, unos sorprendidos ojos castaño oscuro los había estado observando desde las sombras del pasillo, sin que se hubiesen percatado de su presencia—. InuYasha… —El suspiro de Kikyō se perdió entre las paredes blancas que la rodeaban.
Nunca se imaginó que la relación de su hermana con InuYasha fuese tan en serio. Aunque, si Kagome no le daba lo que él pedía (cosa que Kikyō aprobaba; su hermanita todavía era muy joven para hacer eso) ¿podría ella tener una oportunidad?
Se le revolvió el estómago al tan solo pensar en hacerle eso a Kagome pero… como se suele decir:
En el amor y en la guerra todo vale.
Fin capítulo 7
Huy huy huy... Parece que la cosa está que arde jeje. ¿Os ha gustado? Espero de todo corazón que así sea y que me dejéis un precioso y rico review acompañado de tarta de limón.
Buenas noches, internautas.
¡Nos leemos!
Ja ne.
bruxi.
P.D.: Fumiis, parrula, no sé si te pasas por este tu regalo de cumple o no pero... quiero que sepas que lo estoy haciendo con mucho cariño para ti, y que ojalá lo estés disfrutando. ¡Espero leerte pronto!
