¡YAHOI! ¡Y aquí tenemos el capítulo ocho! Aviso de que probablemente queden, a lo sumo, dos capítulos más (Inner: y sí, en uno de ellos habrá lemon, pero no diré en cual jijiji), pervertida.
Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.
Capítulo 8
Repasó una vez más la lista y la mochila que había abierta sobre la cama. Sonrió satisfecha al comprobar que estaba todo en orden y guardó el papelito que hasta ahora había sostenido en la mano en un bolsillo—. ¡Kagome, hija! ¡Llegarás tarde!
—¡Ya voy, mamá!—Cerró la cremallera de la mochila y se la colgó a la espalda, bajando a todo correr las escaleras.
—¿Lo llevas todo?
—Sí, mamá.
—¿Seguro? ¿También la crema para las picaduras de mosquito?
—Sí, mamá.
—¿Y ropa de abrigo?
—Sí, mamá. —Kagome rio al ver el rostro medio angustiado de su progenitora—. Solo nos vamos a Hong Kong, no es como si nos fuéramos al otro lado del mundo, y solo serán cinco días. —Tras la madre de Kagome, InuYasha hizo una mueca.
—Solo, dice la tía—bufó con fastidio. Cinco días, iba a estar cinco días sin Kagome, sin poder abrazarla, o besarla, o provocar sus adorables sonrojos. Gruñó, maldiciendo al colegio de Kagome por organizar el maldito viaje.
—¿Me traerás algo, nee-chan?
—¡Claro que sí, Sōta!—Abrazó a su hermanito menor—. ¿Tú quieres algo, Kikyō?—La aludida negó.
—¡Vamos, chicas! ¡Hay un buen trecho hasta el aeropuerto!—dijo Tōga desde la entrada. Kagome le sonrió una última vez a InuYasha, recordándole así su promesa de llamarlo todos los días. Les dio la espalda a todos y salió de la casa. InuYasha, Kikyō y Sōta se quedaron mirando desde las escaleras del templo como el coche desaparecía al doblar una curva en la distancia.
Sorbiéndose los mocos, Sōta fue el primero en regresar dentro, iba a echar de menos a su nee-chan. Kikyō hizo ademán de seguir al pequeño, pero se detuvo al ver que InuYasha seguía en su sitio, sin moverse—. ¿InuYasha? ¿Estás bien?—El chico la miró unos instantes para después suspirar.
—Sí. Vamos dentro. —Kikyō asintió y se puso a la par que él. InuYasha metió las manos en los bolsillos dando otro gran suspiro. No le gustaba nada de nada la idea de dejar ir sola a Kagome a una ciudad como Hong Kong ¿y si le pasaba algo mientras estaba allí? ¿Y si el avión se estrellaba? ¿Y si conocía a otro chico y se enamoraba de él? Sacudió la cabeza, enfadado consigo mismo. Eso no pasaría, Kagome no era tan tonta como para enamorarse del primer idiota que se le pusiera delante.
Además: él era mejor que cualquier chino estúpido.
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—¡Waaaaaaa! ¿Has visto, Kagome?—La aludida dejó caer con gesto cansado su mochila sobre su cama y se tiró sobre la misma, mientras su compañera de cuarto, Eri, se asomaba por el gran ventanal de la espaciosa habitación—. ¡Vamos, ven! ¡Hay unas vistas estupendas!—Kagome hizo un gesto con la mano, sin levantarse de la cama. Eri corrió a tumbarse junto a ella, riendo—. ¡Es fantástico!—Sonaron unos golpes en la puerta y ambas chicas se levantaron a abrir. Fuera, un profesor les sonrió.
—Tenéis una hora para descansar, luego reunión en el vestíbulo. —Las dos asintieron y cerraron la puerta.
—¿Me ducho yo o te duchas tú?
—Si no te importa, yo primero, tardo más—dijo Kagome, señalándose el pelo. Eri asintió.
—Vale, yo mientras desharé mi maleta. —Efectivamente, Kagome tardó casi tres cuartos de hora en el baño. Cuando salió, Yuka y Ayumi ya estaban allí, habían ido a buscarlas.
—¡En quince minutos estaré lista!—Kagome sonrió a Yuka y Ayumi y comenzó a vestirse. Se puso unos vaqueros oscuros, una camiseta naranja de manga corta, unas sandalias marrones y se colgó una mochilita a la espalda con la cartera, cacao para los labios, crema protectora solar y un paquete de clínex. En cuanto Eri salió del baño ya vestida y arreglada, las cuatro amigas bajaron hasta el vestíbulo, riendo. Una vez abajo, los profesores a cargo los hicieron a todos sentarse en el suelo y les explicaron la mecánica de la excursión: se dividirían en grupos de cuatro e irían juntos a todas partes, por la mañana harían visitas culturales y las tardes las tendrían libres. A más tardar tendrían que estar de vuelta a las nueve en el hotel y a las diez todo el mundo en sus habitaciones. Algunos de sus compañeros protestaron por el horario de vuelta, pero los profesores no dieron su brazo a torcer.
—¡Vamos, Kagome!—Kagome se levantó del suelo y fue junto a sus amigas.
—Chicas ¿me disculpáis un segundo? Tengo que llamar a casa. —Yuka, Eri y Ayumi se miraron y sonrieron, cómplices.
—¿A casa o a tu novio?—soltó Yuka, ladeando la cabeza con una sonrisa pícara. Kagome enrojeció.
—¡A casa, por supuesto!—contestó, nerviosa. Se dirigió a paso rápido a la recepción del hotel y pidió usar el teléfono disponible para los huéspedes. La chica se lo tendió—. Gracias. —Marcó el número de su casa y esperó.
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Sōta pegó un respingo al oír el timbre del teléfono. Con una expresión de fastidio, se levantó poniendo su videojuego en pausa y fue a contestar—. ¿Diga?
—¡Hola, Sōta! –El rostro del niño se iluminó.
—¡Nee-chan! ¿Cómo estás? ¿Qué tal el-
—¡Tre aquí, niño!—Sōta vio los largos dedos de InuYasha agarrando el teléfono y frunció el ceño.
—¡Estoy hablando yo!
—¡Que me lo des!
—¡Pero…
—¿Kagome? ¿Estás bien? ¿No ha pasado nada?—Sōta empezó a dar saltitos intentando hacerse de nuevo con el auricular, pero InuYasha lo mantenía firmemente alejado con una mano.
—¡¿Le has quitado el telérono a Sōta?!
—¡Claro que no!—exclamó, con el rostro rojo por haber sido descubierto.
—Estoy bien, InuYasha. Acabamos de llegar hace poco al hotel y ahora voy a salir a dar una vuelta con las chicas. Tenemos la tarde libre.
—¡¿Vosotras solas?!
—No va a pasarnos nada.
—¡Pero Hong Kong es muy grande! ¡Podría… —InuYasha se vio interrumpido cuando alguien le arrebató el teléfono sorpresivamente—. ¡Kikyō!
—Hola, Kagome ¿qué tal estás?
—¿Es que en esta familia nadie conoce el término "privacidad"? Estoy bien, Kikyō. No hemos sufrido ningún tipo de percance.
—Bien, me alegro.
—¿Y mamá y Tōga-san?
—De fin de semana.
—¡Yo también me voy a dormir el finde a casa de Tōshiro! ¿Me has comprado ya algo?
—¡Dadme el teléfono, vosotros dos! ¡Kagome!
—¡Dejad de comportaros como niños malcriados! Oye Kagome…
—Biiiiiip…
—Ha colgado… —InuYasha frunció el ceño, soltó una maldición y se fue escaleras arriba, sumamente molesto. Sōta se enfurruñó a su vez y Kikyō suspiró, dejando el teléfono en su sitio, preguntándose cómo iba a hacer para convivir con un irritable InuYasha durante cinco días. Aunque… algo tenía pensado.
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—Estás de un humor de perros. —InuYasha fulminó a su mejor amigo con la mirada y le lanzó la pelota de baloncesto—. ¡Hey! Yo no tengo la culpa de que Kagome se haya ido y te haya dejado solito.
—Miroku, cállate—advirtió entre dientes InuYasha.
—No seas bobo, InuYasha. No le pasará nada—dijo Sango, caneándolo.
—¡San-go!
—¡Hong Kong está a un tiro de piedra de aquí! ¡No te preocupes, InuYasha-san!—exclamó la pequeña Rin, dedicándole una sonrisa—. ¿Verdad que sí, Sesshōmaru?—El aludido levantó la vista de su tablet y gruñó en asentimiento. Todos los demás enarcaron una ceja, todavía no se explicaban el como Rin había convencido al cubito de hielo de Sesshōmaru para que fuese con ellos a jugar al baloncesto. Bueno, más bien a estar sentado con los ojos pegados a la tablet, pero oye, eso ya era un gran logro para la pequeña Matsumoto.
—Por cierto ¿y el inútil de Kōga?—Rin y Sango sonrieron.
—Tenía una cita.
—¿Una cita? ¿Kōga?—Miroku e InuYasha intercambiaron una mirada de confusión.
—¿A quién tengo que darle el pésame?—Rin soltó una risita ante el comentario de InuYasha.
—Se llama Ayame Mabuchi. Está en mi clase. Creo que ella y Kōga-san se conocieron cuando vinisteis todos a nuestro festival cultural.
—Pobre chica. —Sessōmaru miró para su hermano menor.
—Pobre Kagome.
—¡Oye, tú!—Los demás estallaron en carcajadas, haciendo enrojecer de rabia al muchacho—. ¡No os riais, desgraciados! ¡Ah, ahí os quedáis! ¡Me vuelvo a mi casa!—Dicho esto InuYasha dejó caer el balón al suelo y salió del parque dando grandes zancadas.
—Pero… ¿qué mosca le ha picado?—susurró la castaña, recogiendo la pelota.
—Será que echa de menos a Kagome-sempai. Yo también—suspiró Rin—. ¡Ne, Sesshōmaru! ¿Me invitas a un helado?—El chico simplemente guardó la tablet en su funda y se levantó, echando a andar. Rin se despidió con la mano de Sango y Miroku y fue dando alegre saltitos hasta ponerse a la altura de Sesshōmaru.
—Oye, Sango, si quieres… —empezó Miroku, con un tenue rubor cubriendo sus mejillas. Sango lo miró suspicaz.
—¿No intentarás…
—¡No! ¡Claro que no! Y-yo solo… —Sango rio al ver la vergüenza del muchacho.
—Vamos, casanova. Te dejo que me invites. —Miroku sintió que su corazón se aceleraba y sonrió, feliz. Rápidamente recogió su chaqueta y la de Sango y ambos salieron hacia la heladería más cercana.
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InuYasha entró como una tromba en su casa. Apenas había pasado un día desde que Kagome se había ido ¿cómo iba a soportar los otros cuatro que restaban hasta su vuelta sin ella? La echaba muchísimo de menos, sobre todo su sonrisa y los adorables sonrojos que él provocaba en su pálido rostro. Gruñó frustrado y se dejó caer pesadamente sobre su deshecho futón, en el suelo de la habitación que compartía con Sōta.
Justo cuando cerraba los ojos para ver si así lograba relajarse un poco y despejar la mente, una melodía taladró sus oídos sin compasión. Saltó del futón y rebuscó ansioso el móvil por toda la habitación. ¡¿Dónde leches lo había dejado?! Al fin lo divisó bajo la almohada. Se precipitó sobre él y logró contestar antes de que colgasen—. ¡¿Kagome?!
—Hola, InuYasha. —Se dejó caer de nuevo en el futón, sentado. Una pequeña sonrisa curvó sus labios.
—Hola, pequeña. Creí que no me llamarías—expresó en tono infantil. La risa de Kagome lo relajó.
—Te dije que llamaría todos los días ¿no?
—¡Sí! ¡Pero ayer tus hermanos no me dejaron hablar contigo en paz!—De nuevo percibió la alegre risa de su novia al otro lado de la línea.
—Estoy bien, InuYasha. No te preocupes. En cuatro días más me tendrás ahí. —Y ya lo estaba deseando—. ¿Qué tal tú y Kikyō?—Una arrogante sonrisa se extendió por su rostro. El tono dubitativo le hacía sospechar que estaba preocupada.
—Muy bien, Kagome. Nos repartimos las tareas y eso.
—¿Cuándo vuelven mamá y Tōga? Ya quiero hablar con ellos. He intentado llamarlos a los móviles, pero me salen que los dos están apagados o fuera de cobertura. —La sonrisa en su cara se amplió.
—Vuelven el domingo por la noche. Pero dime ¿qué tal tú? ¿Lo pasas bien?
—Divinamente. Hoy hemos ido de compras… Oye ¿seguro que Kikyō y tú estáis bien?—InuYasha quiso reír; chiquilla tonta.
—Sí, Kagome, estamos bien. No te preocupes por nosotros.
—Bueno…
—Te echo de menos, pequeña. —El silencio que se hizo tras sus palabras le dio a entender que, muy probablemente, Kagome estaría sonrojada.
—Y yo a ti… Oye, me tengo que ir, las chicas me están esperando para ir a cenar.
—Vale. Que aproveche.
—Gracias y… te quiero—dijo la chica tras un segundo de vacilación. InuYasha suspiró.
—Yo también te quiero. —Alejó el móvil de su oreja y se quedó mirando la pantalla unos minutos después de que su novia le colgara—. Kagome… —Unos golpes en la puerta lo sobresaltaron.
—InuYasha, la cena está lista—anunció Kikyō entrando en la habitación. InuYasha asintió.
—De acuerdo, bajaré enseguida. —La muchacha dio vuelta y marchó por el pasillo. InuYasha se puso el pijama y la siguió minutos después. En la mesa de la cocina vio un plato con pollo teriyaki y patatas fritas. Lo agarró y se dirigió a la sala, donde Kikyō ya estaba acomodada en el sofá, con la televisión encendida. Alzó las cejas al ver sobre la mesita baja algunas botellas de cerveza. Kikyō se encogió de hombros mientras se metía un trozo de pollo en la boca.
—Pensé que igual te apetecía. —InuYasha no dijo nada, pero se sentó a su lado y agarró una de las botellas, dándole un buen trago. Kikyō lo imitó un minuto después.
—¿Qué estás viendo?—preguntó con desinterés, pinchando un par de patatas fritas con el tenedor.
—Mentes Criminales.
—¿Repetido?
—Probablemente. Pero no hay nada más decente a estas horas, salvo que quieras ver alguna película mala. —InuYasha se encogió de hombros.
—A mí me da igual, pon lo que quieras. —Kikyō lo miró por el rabillo del ojo mientras daba un sorbo a una de las botellas de cerveza. Estaba guapísimo con su pijama de pantalón azul marino y camiseta gris de manga corta. Miró su camisón rojo de tiras y sonrió, volviendo a dejar la botella sobre la mesa. El rojo era el color favorito de InuYasha, lo había escogido a propósito.
Siguieron viendo la televisión, cenando y bebiendo cerveza. Llegó un punto en que ambos estaban un poco idos, ninguno estaba acostumbrado a beber tanto en una sola noche—. ¡Anda ya! ¿En serio la tonta de Kagome hizo eso?
—¡Que síííííííí! ¿No me crees?—Kikyō hizo un puchero, como si fuera una niña pequeña, e InuYasha soltó una carcajada—. Entonces… —la chica posó sus manos sobre su pecho, arrugando la camiseta entre sus finos dedos y dándose impulso para quedar semi recostada sobre él, con sus labios casi rozándose—… tendré que convencerte… —InuYasha parpadeó y reaccionó a tiempo, antes de que ella lo besara, agarrándola de las muñecas para alejarla.
—Kikyō no… —InuYasha sentía como la habitación daba vueltas, había bebido demasiado.
—¿Qué?—Ella escondió el rostro en su camiseta, aspirando fuertemente el aroma varonil que tanto le gustaba, y dejando un leve beso en su garganta.
—Para… —dijo él al sentirla apretarse contra su cuerpo, notando los firmes senos pegarse a su torso. Sabía lo que Kikyō estaba haciendo, lo que quería con él, pero no era la clase de desgraciado que engañaba a su novia solo por la falta de sexo. Además, no es como si Kagome le hubiera dicho que no quisiera…
Sacudió la cabeza al sentirse endurecer cuando la imagen de su chica, semidesnuda bajo él, asaltó su mente. No era la primera vez que se la imaginaba así, pero no confiaba en él mismo estando medio borracho y con una chica la mar de bonita sobre su cuerpo.
Kikyō sonrió al notar el bulto en sus pantalones. Quería que InuYasha fuese suyo. El alcohol ayudaba mucho a olvidarse de la culpabilidad y del hecho de que aquello destrozaría a su hermana menor. Lo miró, con sus ojos brillantes a causa del deseo—. InuYasha… —susurró con voz sensual, intentando ponerse a horcajadas sobre sus piernas. Él gruñó, tomándola de la cintura. Kikyō intentó besarlo de nuevo, creyendo que aquello era una aceptación por su parte.
Se equivocó. En un segundo se vio tirada sobre el sofá, con InuYasha de pie, mirándola con reproche. Aturdida, se sentó sobre los cojines, mareándose en el proceso. Llevó una mano a cabeza—. Esto no está bien, no está bien lo que estás haciendo.
—InuYasha…
—¡No, Kikyō, maldita sea! ¡No voy a acostarme contigo!—El grito la hizo encogerse contra el respaldo del sofá—. Quiero a Kagome ¡y es tu hermana, por dios! ¡¿Es que no la respetas?!—Un pinchazo de culpabilidad hizo que las lágrimas acudieran a sus ojos.
—Tú me gustas… Me gustas mucho yo… te quiero, InuYasha y sé que yo a ti tambi-
—No, Kikyō. Admito que eres guapa y que en un principio sí, me fijé en ti, pero me enamoré de tu hermana, no de ti. Estoy con ella y no voy a traicionarla solo por un calentón. —Humillada, Kikyō bajó la cabeza, mordiéndose el labio inferior con rabia.
—¡¿Por qué?! ¡¿Por qué Kagome?! ¡¿Por qué ella?!—InuYasha se sintió ahora confuso ante su arranque de furia.
—¿Qué…
—¡Siempre es lo mismo! ¡¿Por qué no yo?! ¡Siempre tiene que ser Kagome! ¡Siempre!—Kikyō se tapó la cara con las manos, comenzando a llorar. InuYasha estaba incómodo: odiaba ver a las mujeres llorar. Se sentó al lado de la chica en el sofá y le acarició el brazo, en un intento inútil de consolarla. No se atrevía a abrazarla por lo acontecido hacía unos minutos—. Siempre pasa igual, siempre…
—¿Qué quieres decir?
—¡Que siempre pasan de mí!—Kikyō se levantó y empezó a dar vueltas por la sala como león enjaulado—. ¡Todos los chicos que pasan por esta casa acaban por preferir siempre a Kagome! No importa el esfuerzo que ponga en ello, no importa que sea más hermosa que ella físicamente y que lo muestre al mundo ¡todo el maldito mundo termina por prendarse de ella! ¡¿Sabes lo humillante que es eso?! ¡¿Que te cambien por tu hermana pequeña una y otra vez?!—Estalló en llanto de nuevo, dejándose caer en el sofá. InuYasha se rascó la nuca, no sabiendo qué decir.
—Eso no es así, Kikyō, estoy seguro de que…
—¡Claro que es así! Tú, por ejemplo, acabas de decir que primero te fijaste en mí ¡pero luego conociste a Kagome y yo dejé de existir en ese momento!—No podía negar sus palabras porque eran ciertas al cien por cien—. Solo dime… ¿por qué? ¿Qué tiene ella que no tenga yo?—InuYasha suspiró.
—No sabría decirte, Kikyō, simplemente, Kagome me fascinó. Es… única. —Los labios masculinos esbozaron una sonrisa y Kikyō hipó al ver el brillo que habían adquirido sus hermosos ojos dorados al hablar de su novia. Se abalanzó sobre él en ese momento y se apoderó de su boca, con los ojos fuertemente cerrados. InuYasha desenredó los brazos de su cuello y la separó de un brusco tirón.
—¡Basta, Kikyō! Será mejor que me vaya a dormir. —La pelinegra vio con suma tristeza como el chico salía de la sala y desaparecía por las escaleras. Cogió uno de los cojines y hundió el rostro en él, sollozando sin parar.
En su cuarto, InuYasha cerró la puerta dando un portazo y se dejó caer al suelo, revolviéndose el pelo con un resoplido de fastidio. Deseaba más que nunca que su novia estuviese allí, con él; deseaba tenerla encerrada entre sus brazos para enterrar el rostro en su cuello. Ella era la única que podía calmarlo, pero todavía faltaban unos días para que volviera de su estúpida estadía en Hong Kong. Los días que faltaban se le harían eternos.
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Al fin pasaron los cuatro días y Kagome ya volvía hoy. Afortunadamente, el incidente con Kikyō no se había repetido y había quedado en el olvido. Es más, la chica se había ido a un curso pre-universitario a otra ciudad, seleccionada por su instituto, así que estaría fuera lo que quedaba de mes.
En el aeropuerto, InuYasha escudriñaba ansioso entre la multitud, al igual que Naomi—. ¿Seguro que salían por esta puerta?—preguntó la mujer, nerviosa.
—Que sí, mujer, tranquila. No tardarán. Ni que no la hubieras visto en siglos.
—Es que esta ha sido la primera vez que ha ido de viaje por su cuenta…
—¡Allí están! ¡Nee-chan!—Sōta echó a correr entre el caos de gente y maletas que era el aeropuerto, tirándose encima de una pequeña figura enfundada en una falda azul celeste y una blusa rosa palo de manga corta. La chica en cuestión rio y abrazó a su vez a su pequeño hermano.
—Me alegro de estar de vuelta, Sōta.
—¿Qué tal el viaje? ¿Me has traído algo? ¿Qué has visto?
—¡Kagome!—Su madre la abrazó, con lágrimas en los ojos.
—Ni que me hubiese ido a la guerra—bromeó, devolviendo el gesto a su progenitora.
—Oh, creo que ha sido peor que eso, créeme.
—Hola, Tōga-san.
—Bienvenida de vuelta, Kagome-chan. —Se dejó abrazar por su padrastro y, asomándose por un costado del enorme cuerpo del hombre, sonrió con los ojos brillantes para su aparentemente malhumorado novio, quien miraba enfurruñado como todo el mundo abrazaba y besaba a su novia. Sí, ya era oficial, InuYasha tenía un problema con los celos.
—¡Ya ¿no?! ¡Que la vais a asfixiar!—comentó, revelando así su enfado.
—¿Por qué estás molesto, nii-chan?—preguntó Sōta en su inocencia. El aludido se ruborizó.
—¡No estoy molesto!—gritó, dándose la vuelta y cruzándose de brazos. Kagome puso los ojos en blanco mientras que su madre sonreía disimuladamente, Tōga no entendía nada de lo que estaba pasando y Sōta parpadeaba, sin tener tampoco ni idea de qué iba el asunto.
—Vamos a por el coche. Vosotros id a por las maletas. Sōta, tú te vienes con nosotros. Os esperamos fuera. InuYasha-kun, cuídala mientras ¿si?—Naomo tomó la mano de su hijo pequeño y de su marido y tiró de ambos hacia la salida. Una vez solos, Kagome lo abrazó de costado y se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla.
—Te he echado muchísimo de menos. —InuYasha sonrió y la atrapó entre sus brazos, mirándola con arrogancia.
—Keh. Ya lo sabía. —Kagome rodó los ojos y lo golpeó en el pecho.
—Tonto. —InuYasha amplió su sonrisa y bajó el rostro para besarla. Gruñó cuando ella le correspondió en el acto.
—Yo también te he echado mucho de menos. —Kagome enrojeció levemente pero sonrió, feliz de estar de vuelta.
Fin capítulo 8
¡Qué intenso! ¿A que sí? ¿A que no os lo esperabais? xDD. En fin, espero que hagáis llegar vuestra opinión en un hermoso review acompañado de pastelitos de crema y nata. Mejor si son milhojas jeje.
Siento no haber contestado los reviews del capítulo anterior, pero muchísimas gracias a todos por vuestro apoyo. Últimamente ando escasa de tiempo, así que pido disculpas por no contestar vuestros maravillosos comentarios como se debe.
¡Nos leemos!
¡Ja ne!
bruxi.
