Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda

Hola, gracias por entrar aquí n.n

Espero que la continuación les agrade. Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


II

Y ahora tendré que adaptarme


En el último tiempo a bordo del Sunny, después de que uno de sus tripulantes dejara la vida por el bien del resto, Sanji se había sentido atrapado. El recuerdo de aquel fatídico desenlace, el modo como se había producido y su propio papel en la historia lo fueron carcomiendo desde adentro, poco a poco, hasta agrietar su voluntad.

Tratándose de un Mugiwara podría juzgarse inverosímil, porque si hay una cualidad que los hace destacar en el mundo de la piratería es la de su perseverancia y firmeza de espíritu. Sin embargo, en Sanji el desaliento obró tan sigilosamente que ni siquiera él mismo fue conciente de su tristeza hasta que ya fue demasiado tarde incluso para negarla.

De pronto un día comprendió que se levantaba de la cama sin ganas, que cocinaba sin ganas, que departía con sus compañeros sin ganas. Los demás se reponían de la pérdida pero él, jornada tras jornada, se sentía cada vez más desanimado, desinteresado, vacío. Y para peor, su trastornada mente le traía una y otra vez la imagen de su nakama caído.

Sus amigos no tardaron mucho en advertir el cambio: su creciente apatía, su silencio, su esquiva actitud. Sabían que por haber estado involucrado sus heridas quizá tardarían más en sanar, pero siempre guardaron la esperanza de que con el tiempo se reacomodaría a la nueva realidad. No obstante, mientras cada uno de ellos atravesaba el duelo como mejor podía, él se empacaba en la inconformidad; y mientras los otros alcanzaban a superar la pena, melancólicos pero agradecidos, él permanecía estancado en el dolor.

Todos en algún momento necesitaron aislarse en sus respectivos espacios personales: Robin se refugió en sus libros, Nami en sus mapas, Chopper en sus estudios… Luffy, sin ir más lejos, tardó una semana completa en salir de su camarote y, cuando lo hizo, el apetito descomunal con el que atacó la nevera fue la señal definitiva para dejar de lamentarse. Pero el cocinero se resistió a darse por enterado.

Le parecía una cruenta burla del destino el que aun después de haber alcanzado algunas de sus metas, o de estar en proceso de lograrlas, aun después de que Luffy se convirtiese en el Rey de los Piratas, les aguardara del otro lado el sacrificio, un sacrificio que tendría que haber sido el suyo y eso lo llenaba de rabia. El tiempo giraba caprichosamente sobre sí mismo.

Dadas así las cosas, Luffy, que siempre parecía el más distraído, fue el primero en tomar una decisión al advertir el sombrío estado de ánimo en el que se hallaba su compañero. Intentó, como de costumbre, transmitirle optimismo y energía, pero fue en vano. Además, de sobra sabía él que ante ciertas pérdidas ese tipo de apoyo no siempre resultaba efectivo, entonces lo pensó mejor, los reunió y les pidió que por un tiempo regresaran a sus hogares. Sanji ni siquiera pestañeó.

Desandar los derroteros del Nuevo Mundo y del Grand Line, por alguna razón, nunca era tan complicado como recorrerlos de ida, por lo que en pocas semanas cada Mugiwara fue llevado a su lugar de origen. Franky se quedaría a cargo del barco y aguardaría las indicaciones del capitán en Water 7 para recogerlos de nuevo.

Cuando le llegó el turno en la distribución, el cocinero esperó a que apareciera la primera isla ordinaria en el horizonte del North Blue para indicarles a sus amigos que se quedaría allí. El Sunny navegaba rumbo al Baratie, pero nadie osó cuestionar esa repentina desviación de los planes. Sanji desembarcó, se instaló en la casa más apartada del reducido núcleo urbano y no se volvió a saber de él hasta que dos meses más tarde fueron a recogerlo y se encontraron con el deplorable panorama de su desidia.

Fue entonces cuando a Luffy se le ocurrió darle un nuevo objetivo.

-o-

-No puedo creerlo –se indignó Nami.

-No esperaba que vinieras, Nami-san –se justificó Sanji.

-¡Mira el estado en que estás!

-Es porque bebí demasiado.

-Y esas… mujeres… ¡desnudas!

Sanji les echó un vistazo.

-La mejor compañía de un pirata –murmuró en tono sentencioso.

La joven lo encaró con el ceño fruncido, airada. Como si con eso bastara para justificarse. Lo siguió con la vista mientras el tipo iba hacia ellas, removía sus cuerpos adormilados y les pedía con delicadeza que se vistan y se retiren, pues tenía visitas. Nami ya no sabía si mostrarse indignada, enojada, escandalizada o superada ante la insólita situación.

Sanji, en tanto, mascullaba maldiciones. Maldijo con tibieza a Nami por llegar así, tan bella pero inesperadamente, y luego maldijo con ahínco a Luffy, porque entreveía su caprichoso designio detrás. Después se maldijo a sí mismo y, de paso, a todo el malintencionado universo por haberse complotado en su contra.

Las jóvenes, entre somnolientas y disgustadas, procedieron a cubrirse con los sugestivos atavíos propios de su oficio, refunfuñando infantilmente al ser despedidas de esa manera. A causa del desorden y la oscuridad, a veces se les hacía difícil encontrar algunas de las prendas, entonces Sanji, caballero nato, procedía a compensar el mal rato localizándolas por ellas.

Al verlo, Nami puso los ojos en blanco. Luego, incómoda, prefirió esperar a que su amigo se libere de la compañía en la estancia contigua, tan mal iluminada como el resto de las habitaciones. Una vez allí exhaló el aire que sin darse cuenta había contenido, molesta y ofendida por la escena encontrada. Ese hombre ya no era Sanji, era un completo extraño. Y ella tendría que lidiar con él.

Que el diablo se la lleve si sabía cómo hacerlo. Había ido hasta allí con sus mapas, su coraje y la confianza ajena depositada sobre los hombros para ocuparse de un amigo que estaba más cerca de la imagen del pirata trasnochado que la del idealista tenaz que supo ser en el pasado. La cosa se había complicado, nadie había tenido la deferencia de prevenirla y ahora estaba allí, sola y a su suerte. ¿Qué podía hacer ella con ese Sanji desconocido?

-¿Ya no te basta con pregonarlo, tienes que convertirte en un pervertido de veras? –le reclamó cuando el cocinero vino a buscarla-. ¿Qué son esas fachas? ¿Cuándo piensas afeitarte? ¿Cuántas horas llevas durmiendo? ¿Qué demonios pasa con la iluminación en esta casa?

Sanji encendió una lámpara de queroseno que halló tirada en cualquier parte y por fin hubo luz de verdad, aunque tal vez hubiese sido mejor continuar en penumbras. Nami observó en derredor y descubrió que se hallaban en… un lugar que en otro tiempo pudo haber sido la cocina.

-¿Qué has estado haciendo en este sitio? –exclamó, tratando de no apoyarse mucho ni en los aparadores ni en las paredes. El estado de abandono y suciedad le arrancó una visible mueca de disgusto-. ¿Llamas hogar a esta pocilga?

-Bienvenida a mi humilde morada –dijo Sanji con simpleza, un nuevo cigarrillo entre los labios y un breve encogimiento de hombros-. De haber sabido que vendrías, quizás…

No sabía qué más decir y la cara que puso Nami lo obligó a desistir de sus esfuerzos. Nada de lo que dijera lo excusaría.

Se sentía molesto por esa abrupta alteración de la rutina, en los meses transcurridos se había permitido el abandono y la tristeza y había vivido bastante bien con ello, acompañándolo todo con alcohol, cigarrillos y amores de alquiler. Pero hete aquí que de buenas a primeras aparecía Nami para recordarle quién era él en verdad, o quién había sido, y esas semanas monótonas vividas de noche y omitidas de día regodeándose en su miseria se transformaban de pronto en una estúpida ficción, porque la realidad era otra, siempre había sido otra.

En parte se alegraba de verla, en parte se odiaba a sí mismo y en parte quería mandar al infierno todo y continuar revolcándose en ese fango cuidadosamente cultivado para su satisfacción. Quién era él o quién había sido todavía estaba por verse, o le importaba un comino, así que hubiera sido mucho mejor contar con unos cuantos días más de licencia degradante y autoflagelante mientras lo resolvía. Pero con Nami allí ya no podría permitírselo.

Maldito Luffy y sus ocurrencias.

-Qué, ¿no te agrada? –le preguntó luego al verle el disgusto pintado en la cara-. Así es la casa de cualquier hombre soltero, Nami-san.

-¡Cómo has podido vivir en este chiquero!

-Lo hubiera convertido en un palacio de haber sabido que vendrías.

-Luffy me pidió que viniera a buscarte –explicó ella, alejando con la mano a unos insectos que le rozaron la cara.

-Lo suponía.

-Nunca pensé que me encontraría con semejante cuadro –dijo Nami con enojo, aunque más calmada que antes-. ¿Cómo has hecho para llegar tan lejos?

-No hice nada en especial –repuso Sanji con una vaga sonrisa.

-Ni que lo digas –masculló Nami-. ¿Y qué es ese olor?

Sanji, reparando por fin en el detalle, entornó una ventana. El aire viciado del encierro se mezclaba con el hedor propio de los restos de comida abandonados en el aparador, la mesa y el piso de la cocina. Nami volvió a escandalizarse.

-¿Pero qué diablos?

Describir el grado de desidia en que se hallaba esa casa a Nami le hubiera insumido varias horas de plática con Robin. Sin poder contenerse más, tomó la lámpara y recorrió con desagradables resultados el resto de la planta baja y la planta superior, donde repitió el sondeo. En donde miraba había desorden, en donde pisaba había objetos que se hacían añicos bajo sus tacones y en donde sea que pasaba el dedo acopiaba suciedad.

El dictamen fue lapidario: o demolían esa casa para reconstruirla, o lisa y llanamente se mudaban de allí, porque de ninguna manera una dama como ella, que además venía de hacer un largo viaje, pasaría una sola noche en ese tugurio para cocineros deprimidos. Sanji, ajeno a su virulencia, no pudo menos que sonreír ante el inefable encanto que la chica desplegaba incluso con ese nivel de indignación.

-Si Nami-san me lo pide, de inmediato acondicionaré una habitación para ella y le prepararé un perfumado baño reparador –expresó con devoción.

-Nami-san te lo pide, pero dadas las circunstancias desconfía de tu capacidad para conseguirlo.

-¡Nunca debes subestimar la determinación de un hombre enamorado! –repuso él, atolondrado, y echó a correr para cumplir con su promesa.

-¡No, Sanji-kun, no quiero quedarme aquí!

-Pues a esta hora de la noche no encontrarás otro lugar –se oyó de lejos-. ¡Y un caballero jamás permitiría que su amada se marche en estas condiciones!

Nami se golpeó la frente con la mano, superada por la situación. A favor: al menos conservaba lo cursi, un Sanji conocido para ella. En contra: ya tenía demasiadas cosas con qué lidiar como para sumar sus tradicionales exabruptos amorosos.

Unos veinte minutos después Sanji la condujo hasta uno de los cuartos de la planta alta donde ya había acomodado la mayor parte de su equipaje. La habitación era pequeña, pero al menos se veía limpia y ordenada, así como el cuarto de baño. Esa célere predisposición hacia ella también le resultó familiar, y por un momento hizo a un lado el enojo para mirarlo con suavidad.

-Ahora sí eres tú.

Sanji sonrió levemente, encendió otro cigarrillo y le dio una profunda pitada antes de responder.

-Todavía no lo sé, Nami-san –murmuró-, todavía no lo sé. Pero me alegra mucho que estés aquí.

-o-

Después del baño y de un sueño reconfortante, Nami abrió los ojos en ese cuarto extraño casi olvidada del lugar donde estaba, hasta que algunas anomalías de la improvisada decoración le recordaron lo acontecido y suspiró con resignación. Había venido a buscar a un pirata quebrado, dolido y desaliñado, un pirata que se parecía a un viejo amigo al que debía restituir. Ojalá hubiese sido sólo una pesadilla… pero aquí estoy. Me pregunto por qué diablos me tocó a mí.

Suspiró de nuevo, refunfuñó, pataleó molesta, se estiró para desentumecerse y luego elevó la vista para advertir que entre las rendijas de la ventana se colaba gradualmente la blanquecina luz del amanecer. Era temprano. Se quedó en la cama unos minutos más remoloneando, hablando sola y contando distraídamente las largas grietas que se abrían en el techo, hasta que un poderoso estruendo y la sacudida subsecuente la sobresaltaron.

¿Acaso no había tenido suficiente con quedarse a dormir en una casa que más valía demolida que edificada? ¿Era muy necesario tener que demostrarlo además con un bombardeo? ¿Y por qué había piratas adondequiera que iba?

Nami saltó de la cama chillando y comenzó a vestirse con prisa. ¡Ni siquiera llevaba veinticuatro horas en ese lugar! Otro estruendo resonó a lo lejos e inmediatamente después los cimientos se sacudieron con mayor contundencia, por lo que tuvo que sostenerse del marco de la puerta del baño para conservar el equilibrio. Por lo visto, todavía les costaba afinar la puntería.

-¡Sanji-kun! –exclamó bajando precipitadamente las escaleras.

Nami temía que el tipo estuviese dormitando la resaca tirado en cualquier parte. Recorrió los cuartos en medio de aquella salva de bombas mal calibradas aunque ensordecedoras, lo buscó llamándolo a gritos, pero no lo encontró. Recién entonces, en esa situación, las ansias asesinas que no la aquejaron la noche anterior la acometieron de pronto dibujando en su mente el rostro del cocinero que sería su víctima.

Salió de la casa y corrió en dirección al muelle como alma que lleva el diablo. Antes de llegar, no obstante, cuando la perspectiva de la irregular geografía de la isla se lo permitió, alcanzó a divisar el galeote pirata que los asediaba. ¿Quiénes eran y por qué bombardeaban la isla?

Sin embargo, por la trayectoria de las municiones, siempre lanzadas hacia el lugar de donde ella venía, sospechó que no se trataba de un asalto casual. Esos sujetos sabían de Sanji y hacia él iba dirigido el ataque, podía afirmarlo sin temor a equivocarse. ¿Pero por qué? ¿En qué líos se había metido el cocinero además de parrandear con mujerzuelas?

La navegante corrió hasta llegar a una elevación del terreno. Luego tomó el Clima Tact y empezó a maniobrar hasta formar la densa nube característica del Thunderbolt Tempo. Por último, buscó a Sanji con la mirada para asegurarse de no electrificarlo también si es que andaba cerca, aunque se lo mereciera. Después tuvo el buen tino de acordarse de los isleños, por lo que contuvo el gran nubarrón sobre su cabeza mientras repensaba la estrategia.

La gente hacía rato que había corrido a refugiarse del otro lado de la isla, habituada a aquellas nefastas y reiteradas visitas. Por fortuna esos piratas tenían una pésima puntería y acertaban sólo en los espacios abiertos, defecto que les dio tiempo más que suficiente para alejarse. Nami no vio a nadie que pudiese estar en peligro.

Luego alcanzó a divisar la figura de Sanji. Corría hacia el muelle desde una dirección diferente a la suya y esporádicamente se elevaba en el aire para devolver algunas de las pesadas balas de cañón con una patada formidable. Nami sonrió. Por un momento había olvidado la fuerza sobrehumana de su nakama.

Después de aventar una bala que terminó destrozando una parte del maderamen de estribor del galeote, Sanji se encontró con su mirada y se elevó en el aire en gesto triunfal.

-¿Has visto que le atiné al barco, Nami-san? –vociferó con infantil algarabía.

Nami sonrió con aprobación. Ya era la segunda vez que le advertía un rasgo familiar y, en medio del estruendo desmedido de aquel inopinado ataque, se sintió un poco más segura que cuando lo viera la noche anterior. Mientras algo del viejo Sanji permaneciese intacto, existía al menos una posibilidad de regresarlo con Luffy, por lo que decidió que de allí en más no se dejaría desalentar. A fin de cuentas, se trataba de un amigo.

Luego recordó la nube y la orientó en dirección al barco. A bordo, los numerosos tripulantes iban de un lado a otro como hormigas extraviadas, atareados en las reparaciones y en la asistencia de los cañones. No tengo idea de quiénes son, pero se metieron con un Mugiwara.

Con una nueva maniobra de la joven, la nube despidió un rayo fulminante que atravesó de parte a parte la embarcación, averiándola seriamente. Los piratas, sorprendidos, fueron expelidos hasta quedar desperdigados y maltrechos en el puente o en el agua a causa de la fuerza del impacto. Sanji, ya en el muelle, celebró con graciosos brincos la efectiva puntería de su compañera.

Mientras la nube se deshacía sobre sus cabezas, Nami corrió a su encuentro.

-¿Quiénes son esos? –le preguntó examinando con mayor detenimiento el inutilizado galeote.

-Amigos míos –informó Sanji, sarcástico.

-¿Amigos tuyos?

-Nami-san, cuando un hombre opta por una vida ermitaña debe socializar con ciertas personas si pretende obtener algunos beneficios –explicó él con filosofía-. Puede que algo de mí los haya molestado, u ofendido…

La navegante lo miró con desconfianza. Hizo caso omiso del tono indolente con el que respondió, aunque se interesó en el contenido. Quién sabe qué clase de vida estaba llevando para expresarse casi como un cretino.

Guardándose sus recelos, lo siguió hasta el muelle para ir al encuentro de algunos de los piratas que aún se mantenían en pie pese al destructivo rayo que les habían lanzado. Permaneció a un lado del pequeño grupo que se formó para escuchar el diálogo, extrañada de que pese a todo en verdad se conocieran. Y no demoró mucho en entender quiénes eran y por qué atacaban a Sanji.

Básicamente, les importaba un cuerno que fuese el cocinero del Rey de los Piratas, durante los últimos dos meses le habían estado vendiendo ron que ellos habían contrabandeado, por lo que perdían la paciencia fácilmente cuando Sanji se demoraba en el pago. Nami no podía creerlo, ¡era lo único que le faltaba para transformarse en un pirata de novelas de aventuras!

En determinado punto de la conversación, como es lógico, las voces se elevaron y la joven, muy a regañadientes, tuvo que intervenir. Por suerte llevaba efectivo, por lo que se apresuró a sufragar la deuda antes de que la disputa pasara a mayores. Algunos de los isleños, al notar el cese del bombardeo, se habían aventurado hasta el muelle y ahora los observaban con gran curiosidad.

Nami se sintió avergonzada, además de terriblemente fastidiada por la inesperada merma de su preciado peculio. Los escasos puntos que Sanji había ganado con sus juguetonas demostraciones de galán enamorado los perdió de modo terminante a causa del vicio recientemente desarrollado. Abonó con rapidez la suma debida y luego acarreó consigo al todavía exacerbado cocinero de regreso a su casa, amenazándolo con atroces desquites si no le devolvía el dinero.

-o-

Una vez allí, ubicados en la sala, Nami lo increpó con los brazos en jarra.

-¿Licor de contrabando? ¿Se puede saber qué demonios estás haciendo con tu vida?

Sanji intentó prender la colilla que se le había apagado, sin éxito. Se sentía un tonto de primera categoría, un imbécil, le dolía que Nami lo viese en esas circunstancias y luchaba contra sí mismo denodadamente para estar a la altura, o al menos para no caer más bajo delante de ella. Aun así, llevaba las de perder.

-Un trago no le ha hecho mal a nadie.

-¿Un trago? ¿Estás bromeando? –Nami volvió a sentirse al borde de la indignación, no sólo por el cinismo de la respuesta sino también por la indolencia con la que le habló. Sanji no era así-. ¡Esos tipos casi revientan esta casa conmigo adentro de no ser por la pésima puntería que tenían!

-"Piratas Mala-puntería", así es como deberían llamarse –masculló Sanji, irritado con las cerillas que se negaban a otorgarle la sencilla satisfacción de una pitada-. Un buen nombre para sujetos inoportunos, maldita sea.

Nami lo observó entre fastidiada e incrédula. Era como haber retrocedido veinte casillas en el tablero. Otra vez ese extraño, otra vez ese Sanji completamente desconocido, oscuro, un Sanji al que no sabía por dónde abordar.

-Te desconozco, Sanji-kun.

El aludido levantó la vista hacia ella renunciando al cigarrillo. Le sonrió cariñosamente, aunque Nami no vio alegría en el único ojo que asomaba detrás de su descuidado flequillo.

-Soy el mismo, sólo que de un modo… diferente –señaló por lo bajo. Pudo ser peor, Nami-san, te lo puedo asegurar. Gracias al cielo te has ahorrado otro tipo de disgustos.

-Estás tan deprimido que ni siquiera puedes cuidar de ti mismo –repuso ella-, ni puedes razonar con claridad. Luffy no me envió aquí para obrar como una madre, Sanji-kun, ni pienso hacerlo.

-Luffy exagera.

-Está preocupado por ti, al igual que todos.

Sanji sonrió de nuevo y con mayor luminosidad.

-¿Nami-san y Robin-chan están preocupadas por mí? –exclamó con ilusión.

-Nami-san, Robin-chan y todos los demás –le dijo ella con fastidio-. ¿Te imaginas qué diría él si te viera en este estado? Aunque ya no esté entre nosotros, ¿cómo puedes actuar así?

Una nube pasó por la mirada de Sanji, y su sonrisa vaciló. Nami se mordió el labio, apenada por haber tocado tan súbitamente ese espinoso tema. Si le surgió plantear el asunto de ese modo era porque de eso, efectivamente, se trataba.

El cocinero guardó silencio, retraído, y ella no quiso retroceder.

-¿Cuándo lo dejarás ir, Sanji-kun? –Él se apoyó contra la pared, rehuyendo su mirada-. ¿Acaso piensas que destruyéndote de esta manera compensas su ausencia, que le haces honor a su muerte? ¿Crees que le debes alguna clase de expiación?

-No hables tan fácilmente de esas cosas, Nami-san.

Sanji tenía la mirada vidriosa. No podía enojarse con ella, pero sí con ese infausto recuerdo que hasta el día de hoy lo perseguía y le taladraba las entrañas. Dolía. Y porque dolía de ese modo se había instalado en esa apartada isla, para que, si estaba condenado a evocar, al menos podría ahorrarse la mirada de sus nakamas, en donde siempre lo encontraba. Pero hasta en eso había fracasado.

-Y tú deja de creer que eres el único que sufre y que lo echa de menos.

-Nami-san…

-Qué, ¿prefieres dejarlo para después? ¿O prefieres que extendamos un manto de piedad sobre el tema? ¿Para qué? ¿Para que se convierta en un tabú, un asunto que debemos callar para autocompadecernos en privado? Esas son estupideces, Sanji-kun.

-Entonces soy el estúpido de la tripulación.

-Oh, ¡deja de comportarte como el protagonista de un melodrama barato!

-Tal vez lo sea –murmuró él- tal vez lo sea.

-Y también deja de relamerte las heridas. En lugar de despertar lástima, ¡me genera fastidio!

Sanji sonrió sin ganas. Al parecer Luffy no se había equivocado al elegir a Nami para sacudirlo un poco. De solo escucharla hablar sin filtros ni aprensiones, al notar el sincero interés que sentía hacia él, por primera vez en mucho tiempo tuvo ganas de vestir un traje decente y de cocinar un sabroso platillo. Porque no sólo holgazaneaba con mujeres pagas llenando el vacío con licor de contrabando, sino que también había dejado de cocinar.

Se sentía tan fuera de la realidad que cada vez que iba a la cocina procuraba recoger rápido lo que buscaba para retirarse lo antes posible, o se le revolvía el estómago al fijarse en los enseres, o se mareaba ante la sola visión de la nevera. Tampoco podía mirar un alimento o ingrediente en particular sin experimentar vértigo, o desazón. Jamás en su vida le había pasado algo tan desagradable.

Hubiera querido compartirlo con Nami, pero ya no se sentía con ánimo para hablar. De todos modos tarde o temprano se daría cuenta, y sería bastante vergonzoso. A favor: su compañía, aunque imprevista, lo confortaba. En contra: le costaba horrores dominar su apatía, ocultar sus fallos, hablarle con educación. Ojalá no tuvieras que verme en este estado nunca, Nami-san.

Al ver que Sanji se retraía cada vez más, que se escapaba por una senda imposible de seguir para ella, la joven desistió. Las emociones de esa clase son difíciles de reconocer y de exponer ante los demás, por lo que prefirió ser prudente. De lo que no desistiría por nada del mundo, sin embargo, sería de su desaliño, porque eso era más fácil de reparar y por alguna parte tenía que empezar.

-¿Hace cuánto que no te aseas? –preguntó.

Sanji la miró con ironía.

-¿De verdad quieres saberlo?

-No, por supuesto que no –se apresuró a aclarar ella-. Lo que quiero ahora es que subas al cuarto de baño que anoche tan gentilmente me preparaste, que te sumerjas un buen rato en la tina, que te afeites, que te cortes el pelo y que te cambies de una buena vez la ropa.

-¿No crees que me veo guapo con este estilo? –le preguntó juguetonamente él.

Nami lo observó de arriba abajo con una indisimulable mueca en el rostro. A pesar de la falta de aseo, de prolijidad y de elegancia, tuvo que admitir que esa simple camisa desabrochada y el pantalón negro ajustado le sentaban bastante bien, pero de ninguna manera se lo diría.

-¡Vete de una buena vez! –ordenó con enfado-. ¡Y más te vale que te limpies bien!

Sanji hizo una graciosa reverencia y se apresuró a acatar la demanda de su bella amiga. Al fin y al cabo no estaba tan deprimido como para renegar de un pedido suyo, y al darse cuenta de ello maldijo a Luffy por centésima vez.

Pero antes siquiera de llegar al pie de la escalera, un estallido resonó a lo lejos. Ambos jóvenes intercambiaron una mirada fugaz y Sanji se apresuró a levantarla en brazos. De inmediato se lanzó hacia el exterior y, antes de que pudiesen hacer algo más que asombrarse, el cocinero se impulsó hacia arriba con su valiosa carga al tiempo que una bala de cañón caía estrepitosamente en medio de la casa.

Una hora después, por más que Sanji explicó lo sucedido, por más que aclaró una y otra vez que había sido atacado por aquellos resentidos piratas cuya puntería mejoró con la motivación de la venganza, la dueña de la casa que rentaba se negó a entender y exigió una compensación. La bala de cañón perforó el techo, la cama donde había dormido Nami, el entrepiso y el piso de la sala donde antes departían dañándolo todo a su paso, y semejante despliegue destructivo merecía el debido resarcimiento.

De solo calcular cuánto les costaría pagar los daños Nami colapsaba, pero la dueña de la casa no estaba dispuesta a ceder ni atendía razones. La única alternativa que les ofreció, "si no podían pagar en efectivo", era que lo reparasen.

Atribulada ante la idea de gastar tanto dinero, Nami sopesó muy seriamente la alternativa. Les llevaría tiempo, dinero y esfuerzo, pero comprar los materiales sería mucho más económico que pagar la casa entera. Y no tendrían que preocuparse por la mano de obra, pues allí estaban ellos dos muy aptos para la tarea.

Sí, Nami lo pensó. Increíblemente, inusitadamente, lo pensó. Y al diablo con la urgencia de Luffy.

-Nami-san, al imaginar tus bellas manos estropeadas por realizar semejante trabajo me inclino en favor del pago en efectivo –dijo Sanji.

-Pues al imaginar mi bolsa vacía me inclino en favor de estropearme las manos, Sanji-kun.

-Podría llevarnos semanas hacer las reparaciones, incluso meses, y no podemos contar con Franky para que nos ayude.

-Lo sé, sé que será tedioso, pero no quiero pagar –insistió ella, caprichosa-. ¿Por qué tuvo que pasar esto ahora?

Al verla en esas tribulaciones financieras Sanji se acercó a ella y la tomó de los hombros para darle valor. La conocía como a la palma de su mano y sabía que sería inútil guiarla hacia la ominosa ruta del desembolso monetario, aunque fuese con la más pura intención de ahorrarse tiempo y esfuerzo. Así era su Nami y así había aprendido a quererla.

-Entiendo, Nami-san –dijo con resolución-. No te preocupes por el dinero, no hará falta. Entre los dos repararemos la casa.

Nami lo miró, sopesándolo de nuevo. Hubiese querido tener la milagrosa puntería que los puso en esa bifurcada para elegir la opción que les convenga, pero sólo era una humilde pirata con una labor cartográfica demorada, un capital que debía cuidar con su vida y una persona a la que se había comprometido despabilar. Trepar al techo no le hacía ni pizca de gracia, pero más le hubiera dolido seguir prestándole dinero a Sanji.

-Entonces supongo que eso haremos –murmuró y se mordió el labio con angustia, sin estar del todo convencida.

El cocinero le sonrió con calidez, como hacía tiempo no hacía. Nami se sorprendió un poco, pues aún le duraba el mal sabor de boca que le dejó la conversación anterior.

-Una convivencia con Nami-swan, una hermosa convivencia de tiempo indeterminado –profirió él con ilusión. La joven por un momento volvió a entrever al Sanji de siempre, el enamoradizo, y meneó la cabeza con resignación-. ¡Remodelaremos nuestra propia casa! ¡Será como si por fin nos hubiésemos casado! –exclamó en el paroxismo del fervor amoroso.

Nami le propinó un contundente manotazo en la nuca para reacomodarle las ideas. Por dentro, maldijo a todos los piratas de la nueva generación.