Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda

Hola, gracias por entrar aquí n.n

Avanzamos en la historia y empezaremos con el desafío de restaurar la casa, de a poco, parte por parte. También se develará a qué Mugiwara he decidido matar para que Sanji se deprima... Seh, este es el tipo de fanficker en el que me he convertido *risa siniestra*

Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


III

O al menos lo intentaré


En ocasiones, cuando se vislumbra todo el trabajo que queda por delante, la persona tiende a sentirse abrumada, preocupada y estresada aun antes de empezar. Sin embargo, cuando inicia la tarea, comprende que sólo cuenta con un día por vez, que día por día es como se resuelven las cosas. Nami trató de mentalizarse de ese modo para afrontar lo más dignamente posible la gran faena de restaurar la casa.

A Sanji, en cambio, le daba lo mismo. Desde la muerte de su compañero la realidad se había convertido en una sucesión de días sin sentido ni dirección, lo único que tenía que hacer era respirar. En otro tiempo hubiera festejado el poder contar con una excusa para estar cerca de la chica de sus sueños, pero en la actualidad sólo se limitó a mostrarse dispuesto.

Aun en medio del embotamiento anímico, no dejaba de advertir su perfumada presencia, su adorable malhumor, su arrolladora feminidad paseándose alrededor, recordándole que solía tener sangre en las venas. Reparar la casa le daba igual, pero hacerlo con Nami le deparó una sensación cálida, la casi olvidada dádiva de la expectativa.

En cuanto pudo tomó una ducha, se cortó el pelo, se afeitó según su estilo y se mudó de ropa sin variar el tipo de prendas: una simple camisa blanca, pantalón negro y botas al tono, lo más fácil de vestir sin exigirse demasiado. Teniendo en cuenta su fastidio existencial, fue el máximo gesto de cortesía que pudo conceder.

Cuando Nami lo vio más limpio, aunque sin modificar el vestuario, supuso que tendría que conformarse y, hasta cierto punto, sentirse satisfecha. Parecía que a pesar de su melancolía Sanji conservaba un poco de sentido común y fue lo suficientemente inteligente como para no pedir más confiando en que el tiempo haría el resto.

Confianza. Más te vale que en esto tampoco te equivoques, Luffy.

Otro aspecto positivo de la cuestión fue que algunos isleños se ofrecieron a colaborar con las reparaciones, oferta que aceptaron de inmediato. Ellos eran jóvenes, fuertes y emprendedores, pero de ninguna manera profesionales, por lo que agradecieron la ayuda con sinceridad y alivio. Nunca como entonces valoraron la amistad de un tipo como Franky, a quien más echaron de menos en esas circunstancias.

Si todo iba bien, pronto se reunirían con él y los demás en el Sunny para proseguir con sus aventuras. De sólo pensarlo Nami se fortalecía y acariciaba la esperanza de que Sanji volviera a desearlo también.

-Cómo quisiera beber un refresco –suspiró Nami, secándose el sudor de la frente.

-En la cocina debe haber –repuso Sanji sin dejar de martillar.

Estaban en el techo de la casa a un lado del enorme agujero que produjo la bala de cañón, con martillos, clavos y los diversos materiales necesarios para cubrirlo. En otro sector dos de los vecinos que se ofrecieron a colaborar comenzaron a colocar grandes tablones de madera, por lo que el ruido de los golpes les ofreció una relativa privacidad. Ante semejante respuesta, Nami no pudo menos que mirarlo con una ceja levantada.

Nunca había tenido un martillo en la mano, pero evaluó muy seriamente la posibilidad de utilizarlo para "corregir" la grosería de su compañero.

-Antes hubieras ido corriendo a prepararlo –farfulló, molesta, mientras acomodaba otro clavo para incrustar-. Es más, ya lo tendría entre las manos.

-¿Tenemos que hablar de eso ahora, Nami-san?

-Por supuesto que sí.

-Y piensas perseguirme con la plática del pasado y del presente hasta…

-Hasta que dejes de comportarte como un idiota.

-Lo suponía –suspiró Sanji, dejando el martillo a un lado para encender un cigarrillo. Le dio una larga pitada y luego añadió, desenfadado-: Si sirve de algo, sigo tan enamorado de ti como antes.

Nami definitivamente iba a partirle el cráneo con el martillo.

-Si estuvieras tan enamorado como dices hubieras ido por mi refresco –contestó con despecho, retomando su tarea.

-Como digas –murmuró él, martillando también.

Nami prefirió no contestar y Sanji se hundió en sus propias cavilaciones. Por dentro se maldecía, se odiaba, detestaba profundamente en lo que se había convertido. Se enfadó consigo mismo por actuar tan descortés, pero hundido como estaba en su propia amargura no lograba hallar la fuerza para combatirlo. La desidia le había corroído la voluntad.

La depresión es uno de los peores estados del alma. La persona se deja doblegar por la desdicha y se entrega sin luchar a la inapetencia de las cosas, porque ya no le interesa nada en particular. Y lejos de ignorar que se hunde cada vez más en el pantano de la degradación, lo sabe, lo vive y lo paladea autocompadeciéndose y despreciándose a la vez. Es como dejarse caer en el océano después de haber asegurado la bala de cañón al tobillo con las propias manos.

Sanji se miraba trabajar desde afuera de sí, desinteresado de lo que hacía. Y mientras continuaba maldiciéndose por eso, el martillo se le escapó y fue a dar dolorosamente en su mano. Lanzó un par de juramentos y se observó el dedo machacado. Acercándose a él, Nami también lo examinó para asegurarse de que no fuera grave.

-No es nada, sólo te dolerá un poco.

-Con un generoso beso de mi bella Nami-san seguro que ni siquiera dolería –declamó él.

-Y con otro martillazo dejarías de decir tonterías.

-Si consideras que debes darme de martillazos, gustoso inclinaré mi cabeza a modo de amorosa ofrenda –repuso Sanji fingidamente contrito, aunque ofreciéndola de verdad.

Nami lo miró con resignación. Observó la rubia cabellera tendida hacia ella y, por un instante, de veras consideró el ofrecimiento. Después, preocupada, se preguntó cuánto de ese tradicional despliegue de gallardía no era más que una mera puesta en escena y cuánto correspondería a un pedido verdadero.

-Sanji-kun –musitó, pues de pronto comprendió que se trataba de eso.

Si bien el pedido rezumaba artificialidad, Sanji realmente iba en busca de ese golpe. Su rostro, oculto a la mirada de la chica, se contrajo en una mueca a la espera del correctivo.

Por supuesto, el golpe jamás llegó. Sanji volvió a su trabajo sin agregar palabra y Nami se quedó contrariada con el martillo en la mano y el corazón encogido.

-o-

Contando con la ayuda de los vecinos el techo estuvo listo en un día. Cortaron madera, clavaron, colocaron chapas y tejas, discutieron, calcularon mal, rehicieron… De pronto el techo se convirtió en un asunto de ingeniería más que de carpintería, y por momentos hasta de física cuántica más que de taller.

Por fortuna, uno de los vecinos voluntarios era el capataz de una obra en construcción. Al ver que la mirada femenina contrastaba abiertamente con los cálculos masculinos, decidió intervenir con imparcialidad y asumió la directiva de la reparación. A Nami no le quedó más remedio que callarse y seguir sus instrucciones, y Sanji y los otros procuraron guardarse sus supuestos cálculos correctos para una mejor ocasión.

Así, entre chapa y chapa y teja y teja, cuando quisieron darse cuenta habían terminado la labor. El pequeño e improvisado grupo de techistas admiró su obra sin podérselo creer del todo al principio, y luego secretamente orgullosos del trabajo realizado. Cada uno de ellos, por dentro, se adjudicó las mejores maniobras de aquella proeza reconstructiva, tal y como suele pasar entre los novatos más confiados.

-Lo hicimos –dijo Nami, observando todavía con arrobo el milagro.

-Lo hicimos –corroboró Sanji, que comenzó a sentirse extraño. Hacía tiempo que no centraba su atención en una actividad, por lo que el agotamiento físico y mental no tardó en hacerse patente. Aun así, a pesar del cansancio y ciertas molestias, experimentó una desacostumbrada satisfacción, de esas que se sienten cuando se hizo algo provechoso. Había olvidado la sensación.

A favor: comprometerse con una actividad después de tanto tiempo de apatía y languidez le deparó tan inusitada sacudida que de pronto notó más despejados sus entumecidos sentidos. En contra: eso no significaba que fuera a reconciliarse con el maldito mundo. Había cumplido con lo que le tocaba y ya.

Más tarde, después de que los vecinos se marchasen, de noche, comieron en silencio la vianda aportada por algún alma caritativa y luego se fueron a dormir. El cansancio de una jornada tan peculiar, la primera de muchas, les quitó las ganas de hacer cualquier balance de la situación, por lo que se limitaron a darse las buenas noches y a dirigirse a sus respectivos cuartos.

Pero Nami durmió mal. A pesar del cansancio, la cabeza no le dejó de funcionar y pasó varias horas en duermevela. A la mañana siguiente bajó las escaleras masajeándose las cervicales a causa de la tensión y mascullando palabras ininteligibles debido a la falta de sueño. Fastidiada, todavía tuvo que dar un rodeo para eludir el sector destruido antes de llegar a la cocina, donde Sanji la recibió con una taza de café recalentado y unas tostadas del día anterior.

-La mañana es más hermosa gracias a tu presencia, Nami-san –la saludó él, sonriente.

-Por favor, Sanji-kun, no empecemos tan temprano.

-¿Te duele el cuello? –indagó el otro, acercándosele raudamente-. ¿Debería darte unos masajes especiales? –añadió, servicial y pervertidamente acechante.

-No, gracias –se apresuró a decir Nami frenándolo con la mano libre.

-El desayuno te sentará bien.

-Lo dudo –murmuró ella observando con una mueca la rusticidad de los alimentos-. Sólo beberé café, al menos así me despabilaré.

Se sentaron ante la precaria mesa y desayunaron entre ampulosas frases de amor incondicional dirigidas a la navegante más bella del Nuevo Mundo y alrededores. Nami se sorprendió por esa repentina locuacidad, pero al notar que su amigo mantenía el cuidado de su aspecto, toleró de buen grado tanto los halagos como la infusión, aunque sin disimular el disgusto que le producía la pereza de Sanji para preparar una comida apropiada.

-¿Ya no quedan provisiones?

-No me he fijado. ¿Necesitas algo en particular?

Nami no sabía si se lo preguntaba en serio o en broma.

-Necesito comer –respondió con obviedad-. ¿Por qué no cocinaste? Hace días que no he comido nada preparado por ti.

Sanji guardó silencio, masticando su tostada. Nami se le quedó mirando, pensativa. Recordó que el día anterior se había negado a alcanzarle un refresco, que durante la noche había comido lo que una vecina les alcanzó, que cuando llegó por primera vez a la casa había sobras esparcidas en la cocina (que ella misma se encargó de limpiar en un descanso de la reparación del techo), y, en fin, que no lo había visto ni una sola vez con un batidor en la mano. ¿Qué estaba sucediendo?

Pero una cuenta de ese tipo por fuerza tenía que desembocar en un único resultado. Cuando por fin discernió lo que en verdad ocurría, Nami se quedó anonadada. ¡Era lo único que faltaba!

-¿Desde cuándo? –preguntó.

El cocinero que ya no era cocinero bebió de un trago su taza de café.

-Desde que me fui del Sunny –respondió luego, poniéndose de pie.

Nami se paró a su vez apoyando ambas manos sobre la mesa, indignada.

-¿Cuándo me lo ibas a decir?

-No era necesario, Nami-san –respondió él mientras llevaba la taza al fregadero.

-Que no era… -Nami se trabó, superada por su indolencia-. ¿Cómo puede ser posible? ¿Cómo te las has apañado para llegar a estos extremos? ¿Por qué lo callaste? ¿Acaso careces de amigos a los que recurrir? ¡Maldita sea, Sanji-kun!

Sanji dejó la taza, tomó un cigarrillo, un cerillo y trató de encenderlo. Como el cerillo no prendía lo desechó y tomó otro, pero fracasó también. Luego tomó otro, y otro, ante la incrédula mirada de Nami, que lo observaba con estupor.

Las manos le temblaban pero procuró disimularlo. Finalmente se dio por vencido con el cigarrillo y se dirigió hasta la puerta para salir al exterior, había permanecido demasiado tiempo en la cocina y comenzaba a experimentar vértigo. Cruzó la puerta sin volver la mirada, irritado, en busca de un modo de paliar la ansiedad.

Nami se dejó caer sobre la silla, impactada. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Se sentía una completa estúpida. La tristeza de Sanji debía ser muy profunda si ni siquiera podía cocinar. De haberlo advertido, Luffy hubiese colapsado. Pensando en eso y en las funestas consecuencias que la falta de un cocinero desencadenaría sobre los Mugiwara, se levantó de nuevo y salió tras él.

Lo encontró sentado sobre unos baldes de pintura sin abrir bebiéndose el contenido de una botella de ron. Nami se indignó. Chillando recriminaciones se acercó hasta él, le arrancó la botella y roció el resto del contenido en el césped, haciendo caso omiso de su cara de ternero degollado.

-¿Ron a esta hora? –le reprochó-. ¿En qué demonios estás pensando?

-En lo que todo hombre piensa cuando se le da por beber ron, Nami-san –contestó él-: en que eso servirá.

-¿Servirá para qué? ¿Para dejar de lamentarte, o para seguir lamentándote en la borrachera?

Sanji la miró con desaliento. Ella lo notó pero luchó contra la compasión que esa mirada le inspiraba, porque sabía que en nada ayudaría.

-No puedes cocinar, Sanji-kun –dijo luego, compungida y desalentada-, ¡no puedes cocinar!

-Y a pesar de eso sigo entero –repuso él con suavidad. Odiaba verla atribulada, pero más se odiaba a sí mismo por ser la causa de su preocupación.

-Eso no es cierto –dijo Nami con seriedad. Sanji desvió la vista-. Debiste decírnoslo.

-No valía la pena. ¿Te imaginas la reacción de Luffy?

-Por eso mismo, idiota.

Sanji sonrió.

-Sólo necesito tiempo.

-Ya pasaron más de dos meses.

-¡Nami-san se ve adorable cuando se preocupa por mí!

-Nami-san va a estrellar esta linda botella en tu cabezota –repuso ella. Luego recordó la penosa escena del martillo y decidió volver al tema principal-. Como sea, esto es un asunto delicado.

El cocinero pensaba lo mismo. A lo largo de esas semanas había intentado una y mil veces avivar la pasión por la cocina, en verdad que lo había intentado, y al final, a causa del fracaso, se resignó a dejarse llevar por las aguas de la indolencia. Mientras estuvo solo no lo padeció demasiado, pues el alcohol y las mujeres le ofrecieron el olvido, pero con Nami allí para verlo se sentía realmente avergonzado y, por supuesto, decepcionado de sí mismo.

La navegante, por su parte, analizó la situación. Por más que le pidiese que prepare algún platillo cualquiera, uno sencillo, uno que le sirviera para desbloquear esa traba psicológica, seguramente no podría hacerlo. Aunque no lo pareciera la cocina era un trabajo más, y en un estado de desidia la idea del trabajo duele y se suele sabotear. ¿Entonces cómo resolverlo?

No había otro camino, era precisamente allí donde debía apuntar. Dolería, es verdad, pero era el único modo de obligarlo a salir de esa lamentable madriguera espiritual. ¿Tenían que reparar una casa? Pues bien, esa sería una estupenda estrategia para espolearlo un poco. Ya habían reparado el techo y hoy les tocaba pintar las paredes del exterior.

Podría funcionar.

-Ya, dejémoslo para después –dijo finalmente encomendándose a todos los santos del cielo-, ahora tenemos que ocuparnos de la casa.

Sanji la miró entre triste y aliviado.

-A la orden, bella señora –bromeó. Lo siento, Nami-san, pero en este momento incluso prefiero hacer antes que hablar.

-Muévete, estás sobre los barriles de pintura. Hoy nos toca pintar.

Entre los dos se encargaron de preparar la pintura. Diluyeron, revolvieron y media hora después se pusieron en acción encaramados en sendos andamios para empezar por la planta superior, con un rodillo cada uno. No hubo necesidad de lijar previamente, la casa estaba despintada desde el inicio, y cuando Nami comprendió de pronto que la dueña se había aprovechado de ellos para corregir el defecto, su irritación se disparó.

El color era de un blanco inmaculado que la mujer había pedido expresamente. Nami hubiese preferido otro tono, pero ella no era la dueña y tuvo que conformarse. De todas maneras, ver a Sanji ocupado en una tarea productiva le generó tal grado de alivio que se ocupó de su parte con más entusiasmo del que se había creído capaz.

Un rato después llegaron dos de sus vecinos solidarios y se les unieron, de modo que dejaron de preocuparse por el tiempo que les llevaría cubrir una sola pared. Entre los cuatro, hora tras hora y plática tras plática, avanzaron en la pintura hasta que la única superficie que les quedó por cubrir era la de la planta inferior.

Pasado el mediodía, se sentaron sobre una gran manta desplegada en el jardín para dar debida cuenta de las viandas que los vecinos habían llevado. Los panecillos no eran como los que solía preparar Sanji, pensó la joven con nostalgia, pero se aferró a la idea de que, si su plan funcionaba, algún día volvería a saborear un buen plato de comida. Era eso o lanzarlo al mar por idiota, pues tratándose de comida los Mugiwara no se andaban con medias tintas.

Sanji volvió a sentirse interiormente reconfortado. Después de completar el trabajo en la planta inferior, tuvo que reconocer que hacer algo de provecho, aunque fuese por obligación, le despejaba las ideas. El día anterior apenas había notado la diferencia, pero ahora era como si estuviese desintoxicándose, descomprimiéndose. Si no fuera por la presencia de Nami, quizá ni siquiera lo hubiese intentado.

-o-

A la mañana siguiente, sin embargo, la consabida escena del desayuno exiguo se repitió, por lo que a través del penoso camino del apetito Nami aprendió que el progreso implica paciencia. Sanji no volvería a la cocina sólo porque hubiese reparado un techo y pintado un par de paredes.

De todos modos fue bueno verlo más locuaz y divertido, adulador en modulaciones innecesarias, pero al menos más sociable. Además, aunque en otro tiempo la hubiese importunado, ahora debía admitir que prefería escuchar esas altisonantes parrafadas melosas de galán de turno que tolerar su sombrío rostro de cocinero desalentado. Las parrafadas, al menos, eran destellos del viejo Sanji.

-¿Y qué nos toca hacer hoy, querida Nami-swan? –preguntó de buen humor.

-El jardín –informó ella antes de darle un sorbo a su té.

-¡Siempre quise ver a mi bella Nami-san rodeada de coloridas flores! –chilló él, infantil, trazando en su mente quién sabe qué clase de fantasiosa y descarada acuarela.

Nami se dio cuenta de ello y lo miró con el ceño fruncido.

-¡Deja de pensar en mí rodeada de flores, imbécil!

-¡Pero si es la escena más maravillosa que pueda ofrecerse en el mundo!

-Es la escena por la cual morirás estrangulado con tu propia corbata, estúpido… si la tuvieras.

Pese a la amenaza Sanji no dejó de sonreír, por lo que Nami dedujo que el muy degenerado no dejó de fantasear. A favor: por fin el tipo se había recobrado un poco de aquel nefasto estado de languidez. En contra: el Sanji de siempre también tenía sus tintes oscuros.

Cuando terminaron las tostadas –que más tenían de rancio que de tales- se dispusieron a reunir los enseres necesarios para cortar el césped, quitar malezas y podar las plantas que rodeaban la construcción. Pronto encontraron lo que necesitaban, aunque todo con dudoso filo y certera vetustez. Tuvieron que acondicionarlos.

Ese día no vino ningún vecino para ayudar, pero ni siquiera pensaron en ello. Se distribuyeron el trabajo y el jardín en parcelas, y cada uno se dio a la tarea de quitar las malas hierbas, podar los ligustros, cortar el césped y, en general, componer aquí y allá para que el jardín luciera más como el de la Reina de Corazones que como el de la Bella Durmiente cuando cumplió los cien años. Y no fue tarea fácil.

Sin embargo, cuando hacia el atardecer terminaron, Nami contempló el resultado final con gran satisfacción. El césped se había convertido en la alfombra verde que debía ser, los ligustros adquirieron formas agradables y las flores por fin parecían… eso, flores. Desde su perspectiva, un par de mandarinos le hubiese sentado de maravillas al cuadro.

Luego, pensando en algo, lanzó una maldición: de nuevo cayó en la cuenta de que la dueña de casa había abusado de su buena voluntad, instándolos al acto de la restauración con la flagrante y auténtica intención de resucitarle la propiedad. Era de no creer.

Cada vez que pensaba en ello se enfurecía consigo misma por no haberse percatado a tiempo de la magnitud de sus encargos. Todo por culpa de Sanji, que la apoyó en la decisión. Así se lo echó en cara al joven en cuestión, que como todo un caballero soportó estoicamente su descargo. Después, cuando se hizo de noche y ya no había nada más para decir al respecto ni nada más para cenar, Sanji le ofreció el único consuelo que se le ocurrió:

-Es de contrabando, pero también de calidad –informó entrando a la sala con una botella de licor en la mano.

A la luz de la lámpara Nami había estado examinando algunos de los planos que llevó consigo y a los cuales descuidó por culpa de la bala de cañón. Miró la botella con un dubitativo mohín en el rostro, no tanto por ella, sino porque desconfiaba de la capacidad de Sanji para dominarse.

-¿Crees que es buena idea?

-Creo que no tenemos otra cosa que hacer… a menos que…

La incontinente y para nada sutil sonrisa que se dibujó en el rostro del cocinero puso a Nami sobre aviso. De inmediato tomó una de las copas que le tendían y la sostuvo mientras le servían.

-Es lo único que puedo hacer por ti ahora, Nami-san –dijo él mientras llenaba su copa-. No será uno de mis viejos guisados, pero te aseguro que el sabor es bueno. A fin de cuentas somos piratas.

-A fin de cuentas somos piratas –repitió ella, y bebió un trago.

Sanji se sentó en el suelo, en el rincón más próximo, bebió y luego descansó la cabeza sobre la pared, pensativo. El juego de luces y sombras le conferían un aspecto singular, pensó Nami observándolo con atención. ¿Qué harías en esta situación, Luffy? ¿Y qué haría él?

Por la noche, cuando el mundo se vuelve extraño y taciturno, la mente se puebla de fantasmas y de ideas dañinas, la negatividad invade los sentidos y el pasado puede regresar a vapulear el alma de aquel que no logra reconciliarse con él. Así se sentía Sanji ahora que otro día se había acabado: pesimista y vapuleado. Esa tarde, en el jardín, había vuelto a experimentar gratificación y sosiego, pero con la llegada de la oscuridad recordó cuál era la senda por la que transitaba en realidad.

Aun así, en honor a Nami, bebió con moderación. El cielo sabía cuánto necesitaba ahogar hasta el olvido esa pena que había anclado en sus entrañas, pero una vez más el sentido común logró imponerse sobre su debilidad.

Nami, en cambio, echó mano de la botella en varias oportunidades. Recién en ese momento de relajación se percató de la tensión acumulada, de la irritación que la embargaba y la incertidumbre que la acometía. Desde su llegada había tenido que lidiar cada día con ese Sanji ajeno y misterioso sin saber en realidad cómo hacerlo y haciéndolo de todos modos, hasta que se dio cuenta de lo temeraria que fue algunas veces, lo brusca y lo insensata, desconociendo cuál era la mejor forma de conducirse con él.

Tal vez se engañaba, tal vez había contribuido a empeorar la situación. Ella no era ni psicóloga, ni médico, ni nada, no tenía modo de saber si cada palabra que decía o cada gesto que enseñaba era el adecuado o el perjudicial, el alentador o el desmoralizador. Cuando menos se lo espere podría necesitar alejarse a la carrera de allí, acobardada y desbordada por la situación, abrumada por los temores. De pronto se halló sentada a su lado bebiendo de la botella.

Sanji la miró y sonrió sin ganas. Porque la conocía llegó a intuir la clase de tribulaciones que la estaban atravesando, y se sintió culpable. Ella había dejado a un lado sus mapas –su sueño- para estar con él, para acompañarlo y darle ánimos, para tratar de devolverlo al mundo. Su adorada Nami-swan… Él, en cambio, ya no se comportaba como el príncipe de la historia, sino como un auténtico cretino.

Mortificado, bebió de un sorbo el resto del contenido de su copa para resguardarse de la idea. Otra maldita noche en una maldita isla perdida en el North Blue. Patético.

-¿Y qué hay del All Blue? –preguntó de pronto Nami.

El cocinero se sobresaltó. No sólo se impresionó por la similitud de sus pensamientos, sino por la repentina referencia a una meta que hacía tiempo había decidido olvidar.

-El All Blue es sólo una leyenda, Nami-san.

-Creí que era tu sueño.

-Lo fue en el pasado.

La joven estaba un poco borracha, por eso el enfado no llegó a abrumarla.

-El All Blue existe, siempre dices eso –objetó-, ¿por qué dejarías de buscarlo?

Sanji se removió, incómodo.

-¿Porque ya no me interesa buscar un mar de leyenda? –replicó con sarcasmo.

-Grosero.

-Soy honesto, Nami-san.

-¡Eso es mentira!

-¿Por qué te mentiría a ti?

Nami se mordió el labio, nerviosa. Después miró la botella, ceñuda, y bebió otro largo trago para darse valor.

-No eres honesto, Sanji-kun, ni conmigo ni contigo mismo –afirmó mirándolo a la cara-. Jamás te importó… no, jamás se te ocurrió siquiera sopesar la idea de la existencia del All Blue, porque no es de ese modo como se miden los sueños. Simplemente te diste por vencido, dejaste de buscarlo. Y ambos sabemos muy bien desde cuándo.

El pirata gruñó y se puso de pie, visiblemente disgustado. Nami lo secundó en seguida y antes de que el otro pudiese alejarse lo interceptó, encarándolo con resolución.

-Mientras el resto de nosotros va por sus sueños, tú sólo piensas en una cosa, por eso te has estancado. Ahora sales con la novedad de que el All Blue no existe pero es una excusa, una condenada excusa para seguir revolcándote en tu dolor. Mírate, Sanji-kun, mira en lo que te has convertido, ¡ni siquiera puedes cocinar!

Llevaba esas palabras atragantadas hacía tiempo, sólo así pudo explicarse Nami el que le faltara el aire mientras las articulaba. Sacudirse esa sobrecarga emocional la alteró, ya sea a causa de la necesidad de liberarse o a causa del influjo del alcohol. Pero era demasiado tarde para echarse atrás. O decía lo que tenía para decir, o moriría en el intento.

-Dejaste atrás el All Blue porque no puedes dejarlo atrás a él –dijo Nami, apretando la botella sin notarlo. Sanji, en cambio, la miraba impasible, con el eterno cigarrillo asomado en la comisura de su boca-. ¿Cómo crees que reaccionaría si te viera en este estado? Seguro que, con tal de darte una buena paliza, ¡Zoro sería capaz de regresar del infierno!