Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda
Hola, gracias por entrar n.n
Siento que el capi pudo haber estado mejor. No sé, cosas que a una le pasan pese a haberlo revisado una y otra vez. Así que disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
IV
Porque eres más importante de lo que creía
Sanji se mantuvo imperturbable, el cigarrillo consumido. Nami lo encaraba ceñuda, enojada, tensa. La luz de la lámpara vaciló y los ojos del cocinero se transformaron en dos cuentas oscuras, inescrutables. Jamás se habían enfrentado de esa manera.
Si hubiese sabido qué palabras emplear para romper ese instante de tensión, Nami las hubiera dicho sin dudar. Sin embargo se había quedado vacía, fatigada, sin más para agregar. Supo que Sanji había levantado de nuevo las murallas y que ella se había quedado inevitablemente del otro lado. Lo vio llevar una mano al bolsillo, mientras que con la otra se sacaba el resto de cigarrillo y lo arrojaba en cualquier parte.
-Estoy cansado, Nami-san, no creo que pueda proseguir con la velada.
Nami pestañeó, confusa, intentando disipar las brumas de la embriaguez.
-Era una buena oportunidad para hablar de eso –gruñó.
-Podríamos hablar la noche entera del marimo idiota, y nunca cambiaría de opinión.
-Si Zoro te viese así, te daría una tunda.
-Puedes hacerlo tú cuando quieras, Nami-san –dijo Sanji-, ya te he dado la oportunidad. Sabes que no podría negarte nada, ni siquiera eso.
-¿Qué diablos ocurrió en aquella isla? ¿No puedes dejarlo ir?
-Un hombre no olvida fácilmente.
-No te pido que olvides, ninguno de nosotros lo ha hecho –dijo Nami sin darse por vencida-. Es verdad, un hombre no olvida, pero tampoco se deja vencer de este modo. El viaje aún no termina, Sanji-kun, debemos continuar porque eso es lo que él quería. Y seguimos siendo nakamas, maldita sea… Te necesitamos.
-¿Me necesitas, Nami-swan? –preguntó él con picardía.
Pero Nami le vio la sonrisa torcida y la tristeza intacta.
-Te necesito, Sanji-kun.
Sanji se quedó de piedra. No estaba preparado para la sinceridad, por lo general Nami respondía a sus insinuaciones con un gruñido, con un insulto o con un puñetazo. Por un momento la observó atentamente, midiendo el significado de sus palabras y los latidos de su corazón. Jamás había sido ella tan honesta.
Sin importar los años que llevaban navegando juntos, riendo, sufriendo o maravillándose, desde el principio sintió por Nami una inclinación inalterable, profunda y definida, un afán que iba más allá del mero compañerismo o de sus clásicos raptos de pasión intrascendente. Los años, en todo caso, lo habían hecho crecer.
Cada día que le tocaba transitar a su lado se reservaba unos minutos para indagar secretamente en sus ojos por si de pronto la chica, gracias a algún vuelco del destino, se avenía a sentir lo mismo que él por fin, y buscaba señales en donde nunca las había. Esa repentina franqueza le impresionó tanto que llegó a dudar de que fuera conciente de lo que decía, o que tal vez hablaba sin medir las consecuencias. Pero sólo era Nami siendo su amiga.
Cuando lo comprendió suspiró largamente. Se sentía un tonto por suponer otra cosa.
-Gracias, Nami-san, sé que lo dices con sinceridad. Lo siento, estoy cansado y soy muy torpe para tratarte como se debe.
-¿Al menos escuchaste lo que dije? –insistió ella.
Sanji vaciló de nuevo. Se forzó a recordar que la joven había bebido, por lo que además de tratar de alentarlo tal vez estaba enredándose con los mensajes y las intenciones. Si antes no lo hacía, no veo por qué razón me miraría diferente ahora que me he convertido en un idiota. Ni siquiera lo sueñes, pirata de pacotilla.
-Siempre escucho las palabras de una hermosa mujer –respondió sin darle mayor importancia, y luego se marchó a su cuarto.
-o-
Al día siguiente, Nami amaneció con resaca. Pese a que lo había previsto no dejó de maldecirse, sentía un malestar tan desagradable que la perspectiva del trabajo que tenía por delante la hacía gimotear como una niña caprichosa. Ese día les tocaba reparar el piso perforado de su cuarto, por lo que antes de bajar a desayunar se ocupó de sacar sus cosas.
Abajo la esperaba Sanji, quien había tenido la insólita deferencia de comprar víveres: té, café, galletas, panecillos y algunas frutas, nada que requiriera más esfuerzo que su disposición sobre la mesa, pero bastante tratándose de un cocinero retirado. Al ver ese improvisado despliegue Nami alzó una ceja, incrédula, porque también se había ocupado de comprar medicina para la jaqueca.
Era de no creer… De algún modo o de otro, Sanji lograba desencajarla. En lo bueno o en lo malo, en lo diligente o en lo perezoso, en congoja existencial o en alegría de castañuelas, detentaba la particular capacidad de sorprenderla, de exasperarla o de indignarla sin solución de continuidad. En el pasado le bastaba con aceptar sus pomposas atenciones sin compromiso alguno, en cambio ahora le deparaba continuos sobresaltos.
-Sanji-kun –atinó a proferir con asombro.
-Supuse que mi amada Nami-swan se sentiría fatal luego de una noche de tragos –explicó él con su retozona galantería habitual-, por eso me atreví a comprar algunos víveres y medicina.
-¿Te atreviste? –ironizó ella sacando del blíster una pastilla-. ¡Si sólo tuviste que comprarlo!
-El camino hasta el pueblo es muy aburrido a esta hora de la mañana.
-Vaya, ¡cuánto sacrificio!
-¡Y todo en nombre del amor!
Nami lo miró con sorna. Entonces el cocinero, mientras desayunaban, se lanzó a una apasionada exhortación sobre los deberes de los caballeros para con las damas de sus amores: los requiebros de unos, las exigencias de otras, las desventuras, los desvelos, las penurias, los aspectos más arduos que se desprenden de la entrega absoluta hacia la mujer que se erige como paradigma de la femineidad. Todas cosas muy serias según él, y que ameritaban sacrificios.
-Entonces sería mejor que dejes de actuar como un caballero –lo cortó ella, indiferente a tales razones-. Harías bien, en cambio, si empiezas a obrar como un cocinero, que es más útil.
-¡Nami-san! –se escandalizó el otro al ver hecha añicos su ilusión literaria.
-Piénsalo –continuó la joven sin piedad mientras mascaba descaradamente un trozo de pan-. ¿Crees que a las mujeres les interesa un hombre que les abre la puerta para dejarlas pasar primero más que un hombre que se ocupe de alimentarlas bien?
-Yo siempre he preparado los mejores y más nutritivos manjares para ti y para Robin-chan, y ninguna de las dos se ha enamorado de mí por eso –argumentó él.
-Eso es otro asunto. No eres mi marido sino el cocinero de la tripulación –se apresuró a aclarar ella-. Lo que intento decir es que hay gestos más interesantes que las formalidades, vengan de un hombre o de una mujer. Conversar, escuchar, pasar tiempo juntos y compartir experiencias son cuestiones básicas para conocerse y construir un vínculo, para verse los defectos y las cualidades y para decidir si con eso es suficiente para ser feliz, o si te sientes cómodo con lo que has visto y apuestas por ello.
-Sin embargo, las mujeres por lo general buscan determinados rasgos y conductas.
-Por supuesto, y los hombres también. Por eso en ocasiones erramos, juzgamos mal lo que creemos se espera de nosotros y mostramos algo que no somos, pero que pensamos el otro creerá. Y luego sufrimos porque a la larga la máscara se cae a pedazos.
-Las personas son siempre un misterio, Nami-san, nunca nadie podrá conocer del todo a nadie. Es verdad, a veces nos enamoramos de una idea.
-Y ahí fracasamos –completó Nami después de sorber un poco de té-. Estoy llena de defectos, Sanji-kun, y tú también. Somos criaturas fabricadas con pedazos de decepciones, dichas, pesares, anhelos, miedos, ilusiones… Sólo es cuestión de decidir con cuáles se puede lidiar, con cuáles vale la pena el intento.
-Mi sabia Nami-san –la pinchó él.
-Deja de idealizarme.
Sanji la miró con cierta perplejidad.
-Jamás lo he hecho.
-Más te vale –dijo ella mientras se levantaba de la silla para llevar su taza al fregadero.
El cocinero la siguió con los ojos y se quedó pensando. ¿Idealizarla? ¿Cuándo había hecho él una cosa semejante? La conocía como a la palma de su mano. Cada disgusto, cada arranque de ira, cada manifestación de temor, sus raptos de codicia, su pasión por los mapas y su brillante sonrisa, así como sus inseguridades y soplos de valentía, todo lo había visto y registrado cuidadosamente dentro de sí para no olvidar jamás que era única y adorable.
Según Sanji, las mujeres no pensaban en el tema del modo adecuado: no se trataba de idealizar, sino de convicción. Desde el primer momento que la vio lo supo, supo que era la clase mujer con la que podría ser feliz algún día, y esa certidumbre lo acompañó durante años. Sólo sería perfecto si ella sintiera lo mismo, pero el tiempo pasaba y eso jamás ocurría.
No obstante, como buen Mugiwara, nunca se desalentaba. Y esperaba.
Una hora después pusieron manos a la obra. Las herramientas, los clavos, las maderas y otros materiales amontonados alrededor volvieron a recordarles que tenían un nakama especialista en construcción que brillaba por su ausencia, y que debían desempañarse por sí mismos. Tampoco en esta ocasión pudieron contar con ayuda de los isleños, había empezado la temporada de cosechas y dudaban de que de allí en más pudiesen volver a contar con su colaboración. Sólo serían ellos dos contra el mundo –es decir, contra la casa-, y que el cielo y sus ángeles los asistan.
Después de haber reparado el techo, el piso no les representó un desafío demasiado complicado. Entre los dos, con escasa paciencia y mucho amateurismo, tomaron las medidas, hicieron cálculos, serrucharon, martillaron, se equivocaron, batallaron y volvieron a empezar, tratando de cubrir el agujero lo más correcta y dignamente posible. Discutieron, se sacaron chispas y al final acordaron por cansancio, renunciando a su estatuto de piratas para convertirse en carpinteros de fantasía.
Jamás se rindieron. La mayoría del tiempo en cuatro patas, con las rodillas magulladas y el cuerpo adolorido por la prolongada postura inconveniente, ensamblaron madera tras madera y machacaron clavo tras clavo hasta que lograron tapar el bache con relativa prolijidad –había que barnizar para que el color del parqué luzca uniforme- aunque efectiva terminación.
Lógicamente, probaron la eficacia de su trabajo con escrupulosos saltitos y pisotones, los que no hicieron más que demostrar la solidez de sus esfuerzos. Fue tal el asombro que les deparó el éxito inesperado, que poco les faltó para terminar abrazados llorando de felicidad.
Tan orgullosos estaban de la tarea concluida que procedieron a examinar el resto de los cuartos de la planta superior para realizar otras pequeñas reparaciones. La instalación era resistente, pero el tiempo, la falta de uso y la humedad fomentaron el deterioro, por lo que se tomaron el resto del día para requisar paredes, ángulos, puertas y ventanas, pisos y revestimientos. Falla que advertían, falla que remediaban.
Se entregaron a la tarea de restaurar la casa como se entregaban a cada aventura para alcanzar sus sueños. No importaba qué, pero tenían que arreglarlo. Cada grieta, orificio, irregularidad, desprolijidad, abolladura, mancha de humedad, el cielorraso de la sala por donde pasó la bala, todo, absolutamente todo fue debidamente reconstruido, encolado, limado, restablecido, pintado, compuesto y emparejado con un afán tal de perfeccionismo que ni el propio Franky hubiese podido igualar. Aunque el ciborg lo hubiera resuelto en menos tiempo, claro.
Cuando una persona se enfrasca en una actividad de su gusto difícilmente registre el paso de las horas, el hambre, el dolor de cabeza o los propios pensamientos, por lo que tanto Nami como Sanji se olvidaron de ellos mismos en pos de cumplir con una meta común. Por más contradictorio que suene, se entregaron a esa fiebre reparadora sin quejas ni aprensiones.
Así, se les fue el día en esos abruptos achaques restauradores, convencidos de que el mundo sería un lugar mejor si le reparaban las molduras. Pero como el mundo se reducía a esa vieja casa, se conformaron con aplicar estuco en los agujeros. Nami, insólitamente dedicada a esas labores, ni siquiera llegó a sopesar la posibilidad de haber caído en una nueva trampa de la astuta propietaria.
Porque de pronto fueron acometidos por la singular sensación de que ese lugar, de algún modo, les pertenecía.
-o-
Hacia el anochecer por fin descendieron de esa nube de manías enmendadoras para comer una cena frugal y meditar con más tranquilidad en lo acontecido. Para Nami fue una jornada extraña pero gratificante, mientras que para Sanji significó un cúmulo de sensaciones particulares.
Por una parte se sentía satisfecho, para qué negarlo. Esos días que llevaba trabajando, alejado de los vicios que había adquirido en los meses anteriores, contribuyeron a renovarle la energía y a despejarle el cerebro de ideas tóxicas, incluso a pesar de él mismo. Pero lo que más disfrutaba, y eso tampoco estaba dispuesto a negarlo, era el hacerlo en compañía de Nami.
Fue así que advirtió dos cosas: que pese a lo arraigado de su dolor, en algún momento terminaría de hallar el modo de superarlo; y que pese a su estado de depresión, Nami seguía removiendo en él los únicos sentimientos dignos que poseía. Perder a cualquiera de sus nakamas cercenaría una buena parte de su ser, pero mantenerla a ella a su lado lo restituía como hombre aun habiéndose fragmentado. Nami no era la mujer ideal, pero era la mujer que quería.
A favor: teniéndola cerca se sentía fortalecido, Luffy había obrado con inteligencia al enviarla. En contra: nada en ella le indicaba que sus sentimientos fuesen correspondidos, lo cual no constituía ninguna novedad.
Después de la cena, la joven en cuestión se acomodó en un sillón con un libro que Robin le diera hace tiempo. Tal vez la extrañaba, a ella y a los demás, y por eso sentarse a leer era una forma de tenerlos consigo. Además, contaba con esa fachada para poder observar a Sanji y meditar en sus propios asuntos.
A diferencia de las noches anteriores, Sanji se hallaba en actividad. Nami, que fingía leer, seguía con los ojos ese inusitado rapto de diligencia, porque el tipo se había ofrecido a ordenar las herramientas y los materiales para darle la oportunidad de descansar. De nuevo actuaba "como un caballero" innecesariamente, pero Nami lo dejó hacer.
De ese modo pudo apreciar que había mejorado su aspecto, no sólo en cuanto a higiene sino también en cuanto a complexión. La mala alimentación previa le había hecho perder peso, pero ahora, gracias al trabajo y su insistencia por respetar los horarios de las comidas, ya lucía más robusto y saludable. Aún vestía como un pirata de tercera categoría, pero eso era lo de menos comparado a la desidia que encontró la primera noche.
Ni que hablar del cambio operado en su conducta. Todavía distaba mucho de ser el de siempre, pues persistía en su negación a cocinar, pero al menos trabajaba sin chistar según lo establecido. Tampoco podría decir que hubiese superado su bajón anímico, su actitud durante la noche anterior así lo demostraba, pero mientras se mantuviera en actividad poco a poco iría sanando, Nami lo percibía y no dejaba de confiar.
Sanji era muy importante para ella, mucho más de lo que estaría dispuesta a admitir. Sanji era su nakama, su amigo querido, el que estaba ahí cada vez que lo necesitaba, o aun antes de saber que lo necesitaba. ¿Qué haría sin él?
Y en ese momento, al pensarlo con detenimiento, Nami se paralizó. ¿Qué sucederá si a pesar de todo no puedo ayudarlo? ¿Qué les diré a los chicos si no logro llevarlo conmigo de regreso? ¿Con qué cara enfrentaré a Luffy? ¿Y por qué, por todos los diablos, tengo que ser yo quien cargue con tamaña responsabilidad?
Pero lo que más le angustiaba era la idea de perderlo definitivamente. Ya había perdido a Zoro, se había sentido desgraciada y más asustada que nunca, como si le hubiesen arrancado un órgano del cuerpo. ¿Cómo se sentiría entonces si perdiera también a Sanji?
Ante la sola idea, el corazón se le encogió. A Sanji no quería perderlo, jamás dejaría que eso sucediera. A Sanji no.
-Si sigues mirándome de ese modo, Nami-san, ¡creeré que por fin te has enamorado de mí! –chilló el pirata con devoción.
Nami se sonrojó. Sostenía el libro abierto con una mano a relativa distancia de su rostro, pero sus ojos se habían enfocado empecinadamente en el cocinero y había olvidado disimular. Viéndose así de expuesta no pudo evitar ruborizarse, al igual que la niña que es descubierta en la secreta contemplación del ser amado.
Por fortuna Sanji notó su distracción pero no su rubor, y la escasa iluminación también actuaba en su defensa. Nami trató de reponerse rápido para estar a la altura del comentario.
-Jamás me enamoraría de un pirata que viste como el protagonista de un folletín –masculló fingiendo regresar a su lectura.
-¿Entonces me miras porque te parezco atractivo? –insistió en sugerir él.
-No te miraba a ti, Sanji-kun.
-¿Observabas mi encanto?
Silencio.
-¿Observabas mi simpatía?
Silencio.
-¿Observabas mi gracia, mi diligencia, mi irresistible galanura?
-Observaba que no cubriste bien los recipientes que contienen la pintura que sobró.
Sanji sonrió, divertido. Por un momento se había ilusionado, pero de todas formas se sentía algo contrariado. Percibía en Nami una preocupación diferente, y aunque se sentía halagado, también experimentó una gran intriga. ¿Qué estaría pensando de él?
-No me idealices, Nami-san –murmuró.
La joven se sobresaltó. De pronto el corazón le latió de forma acelerada y de nuevo sintió calor en el rostro. ¿Por qué maldita razón se estaba comportando como una muchachita tonta? ¿Por qué debería experimentar ese tipo de zozobra con alguien como Sanji, a quien conocía desde hace tanto tiempo? Era inaceptable.
-Y tú deja de decir tonterías –bufó, enfocándose en el libro otra vez.
La sonrisa de Sanji se ensanchó, para exasperación de la navegante.
-Deberíamos hablar de nosotros más seguido, Nami-san.
-¿Por qué?
-Porque el amor es un sentimiento maravilloso –recitó él con arrobo.
Ahora Nami se indignó.
-¡Y qué diablos tiene que ver el amor con nosotros, estúpido! –reclamó, dejando el libro a un lado en forma definitiva.
Por segunda vez en el día, Sanji se lanzó a otro altisonante panegírico del amor, la pasión, el fervor, la adoración, la exaltación y la ofrenda amorosa, para bochorno de Nami, que ya no sabía cómo lidiar con esos exabruptos sentimentales. Dos veces en un mismo día era demasiado, pero más la perturbó la idea de que, sin intención de su parte, lo hubiese motivado.
Soportó con irritada –y culposa- compostura ese tradicional descargo de galán enamorado. Sin embargo tuvo que reconocer que en el fondo, muy-muy-muy en el fondo, un poco se divertía con esa estrafalaria conducta. Y eso era nuevo.
Tal vez fuese el contexto, tal vez fuese la añoranza de otros tiempos o tal vez fuese porque comenzaba a notar que casi cumplía los treinta, la cuestión es que una parte de sí agradecía ese galanteo torpe pero sincero, ese inocente juego de seducción desplegado para ella sola y nadie más. En el fondo, muy-muy-muy en el fondo, Nami lo agradecía porque le hacía sentir especial.
Después, tildándose de chiflada y otras patologías, retomó la lectura sin prestar más atención a lo que el otro decía. Sanji, viéndose así de ignorado, le puso punto final a su discurso con cierta decepción. Su bella Nami-san ya no lo miraba.
-o-
La pesadilla la envolvió en un calor opresivo. Nami intentó gritar para huir, se forzó a hacerlo, una y otra vez, impotente ante la inutilidad de sus esfuerzos. Pero entonces, la amenaza de ese laberinto infinito y solitario de donde sus nakamas se alejaban dejándola atrás, sola e indefensa, se transfiguró en una luz parpadeante y en el aire más fresco de su habitación.
Confusa, tosió y se removió en su cama para buscar la fuente de aquella luz. Sanji estaba a su lado, algo inclinado sobre ella, y la miraba con el ceño fruncido por la preocupación.
-¿Estás bien, Nami-san? –le preguntó con seriedad.
Nami gruñó, se restregó los ojos y se irguió con los codos apoyados en la almohada.
-Estoy bien –balbuceó, todavía somnolienta. Después lo miró con extrañeza, preguntándose qué hacía ahí a esas horas de la noche mirándola de un modo tan alarmante-. ¿Qué haces aquí?
Sanji se enderezó, más tranquilo. La luz de la lámpara que llevaba consigo osciló parpadeante.
-Te escuché chillar, temí que te sucediera algo grave.
Nami lo miró de nuevo, pero el rostro del cocinero se había ensombrecido por la declinación de la luz y ya no pudo distinguir sus rasgos. Supo entonces que aunque en el sueño no haya podido proferir ni una sola nota de socorro, había estado gritando mientras dormía.
-Fue sólo una pesadilla, no te preocupes, Sanji-kun.
-No sabía cómo despertarte –murmuró él. Hubo en su voz un dejo de inquietud que no pasó desapercibido para la chica y que de hecho la sorprendió, pues por lo general, cada vez que se le presentaba la oportunidad, Sanji se comportaba como un príncipe arrebatado-. Gritabas de tal modo que parecías estar sufriendo un gran dolor y no sabía si llamarte o dejarte dormir de todos modos. Nunca te escuché gritar así, Nami-san.
La joven se sentó mejor sobre la cama. De pronto era ella la más preocupada de los dos.
-Fue sólo una pesadilla –repitió con suavidad para tranquilizarlo y para tranquilizarse también-. ¿He gritado tanto como para despertarte? ¿No dormías en el cuarto de abajo?
Sanji colocó la lámpara sobre una repisa. Luego hurgó en su ropa –la misma que usó durante el día, notó Nami-, encontró el atado de cigarrillos, sacó uno, lo encendió y le dio una larga pitada.
-No estaba durmiendo.
-¿Cómo dices?
Sanji le dio otra larga pitada a su cigarrillo.
-A veces tengo insomnio –explicó reclinándose contra la pared-. Nada grave, duermo bastante bien, pero algunas noches se me hace difícil conciliar el sueño.
-¿Por qué? ¿También te ocurría en el Sunny? ¿Desde cuándo?
El pirata guardó silencio. Para Nami su amigo se había convertido de pronto en una extensa lista de vicios, desórdenes y complicaciones que volvió a generarle la sospecha de su incapacidad para resolverlo. Luffy le había encomendado una tarea que le quedaba demasiado grande.
Suspiró con resignación. ¿Insomnio? Era lo único que faltaba… Sin embargo, meditando en ello, rápidamente cayó en la cuenta de cuál podría ser la causa.
-Piensas en Zoro, ¿verdad?
La difusa figura de Sanji se recortaba en la penumbra sin ser mucho más clara en realidad. El blanco de su camisa apenas destacaba, en cambio la brasa de su cigarrillo brillaba a la altura de su boca y luego se perdía un poco al descender con su mano.
-Cuando una persona se encuentra sola, todo lo que hace es pensar –repuso él distraídamente-. Es extraño, uno podría invertir mejor su tiempo ocupándose de las cosas que no puede hacer mientras trabaja, mientras viaja o mientras combate con sus amigos. Hay algunos platillos exóticos que siempre quise preparar, a bordo del Sunny nunca hallé el momento para hacerlos, pero ahora tampoco puedo.
La lumbre se avivó de nuevo cuando Sanji le dio otra pitada a su cigarrillo. Luego, mientras hablaba, trazó caprichosas formas en el aire en la medida en que gesticulaba.
-Una vez, en una de las islas del Grand Line, vi cómo cocinaban un rey marino con ingredientes tan extraños que tuve que anotar sus nombres en un papel. Era un platillo agridulce con toques de sabor peculiares. –Nami se envolvió mejor en las cobijas sin dejar de prestarle atención. Ese ínfimo detalle, al notarlo, a Sanji le halagó-. Luego me explicaron que el secreto estaba en las hierbas que lo aderezaban. La guarnición era una combinación de hortalizas cortadas en juliana tan fina que pasaban desapercibidas, pero su sabor era tan contundente que podía anular al resto de los ingredientes si se le servía en exceso…
Nami lo escuchó con cuidado, en parte interesada y en parte triste. Sanji no había respondido a su pregunta, quizá nunca pudiese hacerlo, pero a cambio le había contado algo sobre sí, le había hablado de un asunto suyo, íntimo y significativo, algo que era él y que sólo ella podía entender.
La joven se sobrecogió. A favor: Sanji, su precioso amigo, todavía estaba allí, oculto en alguna parte de su tristeza. En contra: debía seguir escarbando si pretendía ayudarlo a salir.
-Me encantaría saborear ese platillo, Sanji-kun.
El susodicho sonrió en la oscuridad, apagó el cigarrillo en un cenicero que encontró y tomó la lámpara para marcharse.
-Buenas noches, Nami-san. Un caballero que se precie de tal no debería pasar tanto tiempo en compañía de la chica de sus sueños, sobre todo a estas horas de la noche.
Nami le devolvió la sonrisa. Luego volvió a acostarse y se cubrió con las cobijas. Sanji abrió la puerta, pero antes de salir, se detuvo brevemente en el umbral. Ella lo notó, se volteó y se apoyó en un codo para mirarlo mejor. Él, en cambio, le daba la espalda.
-¿Sanji-kun?
Todavía transcurrieron algunos instantes más antes de que el cocinero se decidiera a responder.
-Siempre pienso en Zoro –murmuró.
A ella el corazón le dio un vuelco. Después de otro breve silencio, Sanji cerró la puerta tras de sí.
