Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda

Hola, gracias por entrar n.n

Nueva entrega del fic promediando la historia, tendrá un total de diez capítulos. Saludos especiales a SaNaLoVe, gracias por comentar, la historia es algo triste pero intento condimentarla un poco con ciertas ráfagas de humor para que no sea tan dramática y no tengamos que terminar abrazadas llorando a moco tendido :D

Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


V

Porque si no estuvieras, ¿qué haría?


La historia transcurre como una espiral de repeticiones. De repente los protagonistas se hallan más o menos en el mismo lugar en otro punto del tiempo, diciendo más o menos las mismas cosas a unas personas que se parecen a otras y haciendo más o menos lo mismo, aunque hayan pensado que jamás les volvería a suceder. Al menos así fue para Sanji en la última gran aventura que emprendiera el Rey de los Piratas.

Sin buscarlo, el cocinero se vio de pronto en una isla que podría haber sido Thriller Bark, junto a un personaje que podría haber sido Kuma ofreciéndole la única salida posible para sus nakamas. Lo había vivido. Sólo que ahora, al igual que Zoro en aquella ocasión, Sanji supo que debía ser él quien se entregase para salvar a los demás, y lo haría sin dudar.

Pero de nuevo sus intenciones no contaron, ni su propósito ni su determinación. Creyó que Zoro se había extraviado en los pasajes de la fortaleza infernal donde habían estado peleando los dos últimos días, pero cuando menos lo esperaba allí estaba el espadachín, emergiendo de la nada con su característica mueca de pirata trasnochado para quedarse una vez más con el crédito. Ni siquiera le dio tiempo a pensar.

Cuando quiso darse cuenta, ya era demasiado tarde. Zoro-marimo-de-mierda lo hizo de nuevo, se salió con la suya descaradamente frente a sus propias narices, pero de forma definitiva. Se dejó consumir de pie, altivo, sin mirarlo ni emitir una nota, frente a él, impotente y pálido.

De modo que así se sentía perder, perder en todos los sentidos… Una amarga mezcla de dolor, vanidad mancillada, ira y resentimiento le estalló en el estómago hasta reducirlo a esa entelequia lamentable, hasta marginarlo de su propia identidad. Lo que Luffy y los demás hicieron después con el enemigo de turno es un detalle anecdótico.

La historia transcurre como una espiral de repeticiones. O tal vez Thriller Bark fuese tan sólo un anticipo de esta otra isla fatídica, un indicio, una pista lanzada en el tiempo para que jamás olviden quiénes eran, qué buscaban, por qué lo hacían y cuánto les podría llegar a costar.

-o-

Cuando le tocó el turno a la sala, Nami se ubicó en el centro con los brazos en jarra, observó en derredor y pensó muy seriamente en la posibilidad de arrojar otra bomba para destruirla y volverla a construir. Era una misión imposible.

Si bien era el lugar de la casa donde pasaban la mayor parte del tiempo, se las habían apañado con unos pocos arreglos prácticos: habían cubierto el bache con unas tablas, desempolvaron y dispusieron de un sofá y un sillón, despejaron una pequeña mesa para depositar la lámpara, el cenicero y otros enseres, y simplemente barrían en forma periódica para que resulte habitable entre el resto de los bártulos que se acumulaban alrededor. Pero no podían dejarlo así, porque incluso los piratas más mentados necesitan de un lugar digno para vivir mientras las circunstancias los mantienen alejados del mar. O al menos así les ocurría a ellos.

Por fin llegó la hora de hacer de esa estancia un sitio compuesto, decente, civilizado, un sitio del que pudiesen estar orgullosos antes de volver a su barco. Sanji, además, quería acomodar las cosas que Nami había traído para trabajar en los mapas, pues entre reparación y reparación al final no había contado con tiempo para retomar su labor, y se sentía apenado con ella.

-¡Este lugar debe convertirse en la habitación perfecta para el trabajo de Nami-san –declamó con teatralidad-, y ser consagrada a la noble labor de la cartografía universal!

-Me conformo con la luminosidad que se cuela por los ventanales, Sanji-kun.

-Confía en mí, Nami-san, ¡te aseguro que haré de esta sala un estudio de categoría!

-Sólo ocupémonos del bache, ¿quieres?

-Quedará como nuevo… el piso, no el bache.

-Luego podremos pintar las paredes, están muy descascaradas –siguió diciendo Nami, pensando en ello-, pero primero debemos sacar todo el mobiliario afuera, tender las alfombras para que se ventilen, barrer con propiedad…

La navegante procedió a enumerar una serie de faenas que Sanji, con toda su buena voluntad, jamás hubiera podido prever. Al reparar en tantas instancias imprevistas se rascó la cabeza, profundamente contrariado. Su cerebro tal vez no se hubiese despabilado tanto como creía, o ya se estaba volviendo viejo.

Al menos Nami-san sabe lo que debe hacerse… A este paso nunca la conquistarás, idiota.

Entonces empezaron por sacar los muebles y los bártulos afuera, lo cual les llevó un buen rato. Luego Nami se dedicó a tender las alfombras y golpetearlas para que el polvillo se desprendiera, lo que le llevó otro tanto, mientras el cocinero se ocupaba de reunir los materiales necesarios para restaurar el piso de la sala. Una vez que todo estuvo dispuesto se reunieron en torno a la falla para comenzar a trabajar.

Después de rellenar el bache y perder otra hora en nivelar con cemento, lo cual generó algunos entredichos por la falta de prolijidad, concluyeron que debían postergar la labor hasta el día siguiente para dejar que se seque. Por la mañana tomaron medidas, evaluaron el material y, como de costumbre, entre discusión y discusión procedieron a restaurar el entablillado.

Gracias a las reparaciones previas habían adquirido la experiencia suficiente para llevar adelante la obra con mayor confianza, sin echar de menos a Franky como antes, aunque de todos modos entre infantiles desacuerdos y algún que otro "accidente" profesional. Nami era porfiada pero mejor que Sanji en cuestión de mediciones, en cambio Sanji entendía más de terminaciones prolijas y eso a ella, como a cualquier mujer que se cree "delicada", le fastidiaba hasta el punto de pelearlo por cualquier detalle, nomás para desahogarse.

Finalmente lograron consensuar y terminaron con bastante decencia el trabajo. De hecho, una vez que desistieron de la consabida querella por llevarse la mayor parte del protagonismo según la participación de cada uno, se permitieron bromear sobre la calidad de su obra.

-Sería maravilloso descansar con un refresco en la mano –suspiró Nami, que se echó en el suelo todo a lo largo para corroborar la efectividad de la labor.

-Sería bueno –secundó Sanji, recostándose también a cierta distancia de ella, pero no muy lejos.

-O con un trozo de pastel.

-Ajá.

-O con mantecado de chocolate.

-Sep.

-O algunos bocadillos de…

Nami dejó pasar algunos segundos, expectante, pero nada sucedió.

-Ahora es cuando entras exclamando ¡Mellorie! como un poseso y me obsequias alguna colación improvisada –comentó la joven, decepcionada-. ¿Tanto te molestaría exprimir algunas naranjas y echarles hielo?

Sanji sonrió. Observando el cielorraso concluyó que no le vendría mal una capa de pintura.

-Tal vez algún día –murmuró.

Nami giró la cabeza para mirarlo. El cocinero no le correspondió el gesto, parecía abstraído, y por eso se permitió examinar su perfil. Ya habían hablado de ello mil veces, por lo que no quería ni insistir ni molestarlo, aunque bien sabía el cielo que se moría por darle un par de bofetadas para hacerlo reaccionar. Pero Sanji era demasiado sensible, en especial con ella, así que trataba de no ser más ruda de lo necesario.

-Eres un pelmazo, Sanji-kun. –Lo dicho: trataba.

Sin embargo el tipo se mantuvo impasible, como si no la hubiese escuchado. Nami hizo una mueca de disgusto y volvió a… tratar.

-Un pelmazo, un idiota y un zoquete –continuó-. También eres un tonto, un necio y un descarado mujeriego de taberna, además de haberte convertido en un vago, un descuidado y un pirata vicioso y estereotipado.

Todo lo formuló Nami con tono calmo y natural, como si ninguna de esas palabras tuviese algún significado. Sanji la escuchó sin inmutarse, después suspiró, se irguió con parsimonia y se sentó a lo indio. Para variar, encendió un cigarrillo.

A favor: Nami se interesaba en él mucho más de lo que se había atrevido a fantasear. En contra: ni siquiera sabiéndolo podía encontrar un modo de estar a la altura de sus planteos.

-Me conoces mejor que nadie, Nami-san –sentenció finalmente.

La navegante volvió a fijar la vista en el techo. Se le hizo difícil dilucidar si bromeaba, si ironizaba o si simplemente decía lo que pensaba. Tal vez fuese una mezcla de las tres.

-Si eso fuera cierto, hace tiempo que hubiera encontrado la manera de… de…

Sanji sonrió, apiadándose de su zozobra.

-No es tu culpa, Nami-san, no es culpa de nadie.

-¡Porque es culpa tuya! –se irritó ella sin poderlo evitar.

-Lo sé, créeme que lo sé –dijo él después de una pitada-. Es verdad, no puedo olvidar aquella isla, ni puedo cocinar ni puedo dormir pensando en Zoro.

-¡No me refería a eso cuando hablaba de culpa!

-En ocasiones tengo la sensación de que sigo ahí, que me he quedado atrapado. –La voz de Sanji surgió apagada, como si hablara consigo mismo más que con ella, o como si lo analizara por primera o centésima vez-. Por la noche me duermo y más tarde despierto sobresaltado creyendo que aún están por rematarme, estúpidamente aliviado de que ustedes tengan una oportunidad de sobrevivir. Entonces recuerdo que soy yo el que ha sobrevivido.

Nami lo escuchó con el corazón sobrecogido. Allí estaba Sanji revelándole la naturaleza de su angustia, la calidad de su rabia y de su dolor. Ellos nunca habían perdido un nakama, ni siquiera en las peores circunstancias, y que el destino les haya jugado tan sibilinamente no podía menos que sumirlos en la frustración y en la duda. Porque ¿de qué valdría perseguir sus sueños ahora que uno de ellos se les había quedado atrás?

¿Cómo reconstruirse como grupo? ¿De qué manera se repondrían? ¿Cómo lidiar sin uno de ellos cuando el principal fundamento del viaje había sido el vínculo que los unía?

Nada volvería a ser lo mismo, nunca, por ningún motivo. Para bien o para mal, la aventura que habían emprendido hace tanto tiempo atrás cambió de signo definitivamente, o porque Zoro ya no estaba o porque cada uno de ellos, siguiendo el proceso natural, también habían cambiado. Nada podía hacerse contra el final de las cosas, y mucho menos contra el acontecer del tiempo.

Lo que Sanji sufría lo habían padecido todos en mayor o en menor medida. Sólo que, a diferencia del resto, él creía que debía haber sido suyo ese lugar nefasto. Nami hubiera querido decirle las palabras exactas para liberarlo de esa carga, de su desazón, pero como sabía de qué clase de dolor se trataba, simplemente le ofreció su silencio y su indulgencia.

-o-

El resto de la tarde lo dedicaron a lijar las paredes para poder pintar al día siguiente. De paso, recompusieron algunas irregularidades de la superficie, tal y como hicieran en la planta superior. Y a pesar de lo engorroso de detectar las grietas o cualquier otro tipo de imperfección, descubrieron que se sentían a gusto subsanando los defectos.

La cena transcurrió sin mayores novedades y luego se fueron a dormir, cada uno sumido en sus propias cavilaciones. Las fisuras que se les habían formado adentro después de la conversación no eran tan fáciles de arreglar y por eso finalizaron aquella jornada sin hacer ningún otro comentario. En todo caso, se confiaron al poder reparador del sueño, aunque costase conciliarlo.

Al otro día, entonces, amanecieron más tranquilos, acompañados por un clima primaveral que nunca los abandonaba desde que habían comenzado esa obra de restauración. Como navegantes que eran se consideraron afortunados por esa benevolencia meteorológica, incluso se sintieron vigorizados y quizás hasta menos tristes. A fin de cuentas, se trataba de los Mugiwara.

Durante el desayuno establecieron las actividades de la jornada: pintar la sala y acondicionar el deteriorado mobiliario. Sanji insistió en su propósito de organizar el lugar para que Nami pudiese retomar la confección de sus mapas, y ella, que comenzaba a añorar ese ejercicio, esta vez lo aceptó de buen grado.

Fue así que dedicaron las primeras horas a preparar la pintura, a cubrir el piso y las molduras para que no se manchen y a maniobrar con los rodillos para cubrir la superficie con un suave color malva, según pedido expreso de la dueña del lugar. Nami volvió a farfullar maldiciones por verse obligada a trascender la tarea de reparar los daños del bombardeo, pero tuvo que ponerse manos a la obra para proteger su recién creada imagen de pirata hacendosa. Porque "antes muerta que cuestionada", sostenía con despecho.

Sanji la escuchó sin objetar ni acreditar, riendo de vez en cuando por lo florido de su lenguaje. Al verlo reír de ese modo, poco a poco Nami fue olvidándose de su fastidio y terminó por divertirse también. Su vanidad sufrió un duro revés, pero se consoló pensando que con el correr de los días se había habituado a la única compañía de Sanji, a sus exabruptos melosos y a sus ocasionales retraimientos, por lo que tuvo que admitir por fin cuán cómoda se sentía.

A favor: aunque fue duro, pudo acceder a su interioridad, a la clase de alegrías que lo animaban y al tipo de angustia que lo mantenía varado. En contra: lejos de lograr mayor seguridad, entrever las emociones del cocinero la obligaba a confrontarlas con las suyas, y de pronto se descubrió ansiosa, vacilante acerca de sus propios sentimientos.

Sanji siempre ha sido mi amigo, ¿para qué cambiar eso ahora? Deja de pensar en estupideces.

La sala gradualmente adquirió un mejor aspecto, transformándose, renovándose. Los ventanales abiertos ayudaban a paliar los efectos del olor a pintura, por lo que Nami terminó por sentirse a gusto allí participando del proceso junto a Sanji, esmerándose en hacer de ese sitio un lugar más bello y confortable. Podía resultar enojosa la idea de cargar con más trabajo del pactado en un inicio, pero no podía quejarse de los resultados finales ni de cómo se sentía al respecto.

Advirtió también que disfrutaba de pintar ese espacio interior, privado, mucho más que cuando tuvo que ocuparse de las paredes de afuera. De algún modo era diferente, como si renovar la fachada externa fuese un detalle sin importancia comparado con acondicionar el propio espacio, el íntimo, ese en el que sólo tienen franqueada la entrada aquellos que son familia, aquellos que son atesorados y con quienes se lo quiere compartir. Era mucho más gratificante, sin duda, y de nuevo la acometió la sensación de que esa casa, de algún modo, le pertenecía.

Cuando terminaron de pintar, se ubicaron en el centro de la sala para contemplar su trabajo. Se sintieron satisfechos. No serían unos profesionales de la pintura, pero tenían buena mano cuando en verdad se lo proponían.

Luego se dedicaron a pintar algunas zonas específicas donde se hacía más difícil acceder con el rodillo, como los ángulos, los bordes y las terminaciones. Para ello tomaron un pincel cada uno y se abocaron a completar la tarea.

-Parece mentira que estemos terminando con esto –comentó Nami mientras pintaba la juntura de la pared con el sócalo-. Echo tanto de menos el Sunny que empieza a parecerme raro pasar este tiempo en tierra firme. ¿Qué estarán haciendo los chicos? Los muy suertudos… Luffy debe estar metiéndolos en líos y nosotros aquí, privándonos de la diversión.

-Es extraño oírte hablar así, Nami-san.

-¿Por qué?

-Sueles escandalizarte ante la perspectiva de meternos en una isla o en una pelea que nada tenía que ver con nosotros, con nuestras metas o con nuestra trayectoria –explicó Sanji, quien se montó a una escalera para pintar la juntura con el cielorraso.

Nami, desde abajo, le dirigió una breve mirada desdeñosa.

-¿Me escandalizo? –replicó, molesta, aunque luego se detuvo un momento para pensarlo-. Bueno, supongo que sí… algo.

Sanji sonrió sin dejar de pincelar.

-En lo personal no tengo ningún problema con eso, me ha dado la oportunidad de protegerte.

-La cuestión es que los echo de menos –dijo ella, ignorándolo olímpicamente-. ¿Cuántos días crees que demoraremos en partir? Todavía tenemos que conseguir un barco.

Sanji embebió el pincel, carraspeando con turbación.

-Eh, no creo que eso vaya a ocurrir muy pronto, Nami-san.

-¿Por qué? Las reparaciones están realizadas, y de regalo pintamos y arreglamos el jardín. ¿Por qué deberíamos demorar la partida?

Sanji tragó saliva, irresoluto, mientras aplicaba el pincel sobre la superficie. Luego se decidió, se armó de valor y profirió las funestas palabras que venía guardándose a la espera de una ocasión adecuada, aunque supuso que nunca sería el momento adecuado para decirlo.

-Porque le prometí a la dueña de casa reacondicionar los otros cuartos.

La visión de cierto muñeco poseído por el espíritu de un psicópata muerto hubiese producido menos miedo. Nami se levantó como un resorte, se giró en redondo y lo miró boquiabierta, echando chispas por los ojos. Del pincel que sostenía cayeron algunas gotas de pintura que se regaron por el suelo.

-¿Qué? –tronó.

El cocinero, atolondrado, le dio una explicación bastante enroscada acerca de una visita que la señora había hecho hacía poco para inspeccionar los avances de las reparaciones, en un momento en que Nami se había ausentado. Entre plática y plática, entre pedido desesperado y pedido desesperado y entre buena voluntad y buena voluntad, Sanji terminó por acceder también a la restauración de un despacho, la despensa y la cocina. Nami no lo podía creer.

De pronto, un súbito rayo de lucidez la atravesó de parte a parte y por fin comprendió la supuestamente altruista insistencia de su amigo en disponer de un área de la sala para sus labores de cartografía. No se trataba de un gesto magnánimo, ¡claro que no!, sino de que todavía pasarían un largo tiempo allí.

La navegante, indignada, procedió a lanzarle la retahíla de recriminaciones correspondiente. El cocinero, estoico, lo soportó caballerosamente, lo cual la irritó aún más. Esta vez la razón estaba de su parte, no se trataba de sus habituales desplantes de cobardía o impaciencia, sino de sentido común, un requisito por lo visto agotado en la psique de su compañero, según sus palabras. Los reproches, así como su enojo, fueron en aumento.

Cuando el vendaval de chillidos amainó un poco –mucho tiempo después-, Sanji le dirigió unas entusiastas palabras de consuelo y le aseguró que asumiría la mayor parte de la responsabilidad, pero eso a ella no le importó. Se crispó con el descaro la dueña, con el carácter bonachón del tipo con el que convivía y con el maldito destino que la sacó de la casa en el momento más inoportuno.

Aun así, la palabra de un Mugiwara era la palabra de un Mugiwara, y que el infierno se la lleve. Después de asegurarse de descargar por completo el caudal de indignación que había acumulado en su interior, después de reclamarle sin comedimientos su falta de consideración hacia ella y su absoluta inutilidad como negociador, la joven resopló y se apresuró a continuar con su tarea, inconforme y disgustada.

Sanji se sintió mal por ella, ¿pero qué podía hacer un gentleman ante el imperioso ruego de una mujer sola y desesperada? Él, antes que nada, se consideraba un caballero, y como tal jamás se permitiría decirle que no a una dama por más deprimido que estuviese. Podría atreverse a negar un vaso de jugo exprimido, pero nunca se negaría a salvar a alguien del tipo de ruina que lo amenazase.

Además fue así, accediendo a ese pedido, como se dio cuenta por fin de las groserías que había cometido con Nami desde su llegada. Que no pudiera cocinar podía contemplarse, que hubiese descuidado su aspecto vaya y pase, que se hubiera entregado a una vida de disipaciones, si bien reprochable, no resultaba tan extraño viniendo de un pirata. Sin embargo, la falta de cortesía, así como el olvido de sus deberes de caballero, era algo que no podía perdonarse y que deseaba –y debía- empezar a corregir.

Cuán extraña debes haberte sentido en medio de mi estupidez.

-Lo siento, Nami-san, últimamente me he comportado como un cretino.

Al escucharlo hablar de ese modo, Nami se inquietó. Dejó a un lado el fastidio por las novedades y levantó la vista hacia él, estupefacta.

-No quiero tus disculpas.

-Tampoco creo que alcancen, mi conducta y mis decisiones han sido terriblemente censurables.

-¿Te refieres a tu promesa con la dueña de casa, o te refieres a…?

-Me refiero a todo –dijo él por lo bajo-. Ojalá que algún día puedas perdonarme.

La irritación que Nami había sentido terminó por evaporarse.

-No se trata de eso, Sanji-kun, por supuesto que no, ni lo quiero de ti –le aseguró, dejando el pincel a un lado para acercársele. Él también había terminado y descendió de la escalera con su pincel en una mano y el tarro de pintura en la otra-. Si sientes la necesidad de expresarlo, lo entiendo y aceptaré tus disculpas sin dudar, pero si tienes algo que lamentar, y si de verdad lo lamentas, prefiero que procures corregirlo.

Sanji la miró en silencio, incapaz de responder. Con Nami podía cruzar de una emoción a otra sin solución de continuidad, y se admiró al corroborar cuánto seguía impresionándolo ese atributo de su personalidad. Su asombrosa e impredecible Nami-san.

¿Compensarla? ¿Tendría la oportunidad? ¿La merecía? ¿Cómo regresaría de la enrevesada senda en la que él mismo se había metido? Si al menos tuviese la certeza de que ella lo esperaba…

-Nami-san, no lo sé… no lo sé.

El cigarrillo que pendía de la comisura de su boca se había consumido casi en su totalidad. Nami se acercó, se lo quitó y se alzó de puntillas para darle un abrazo. El cocinero se quedó de piedra.

No tuvo forma de reaccionar, tenía las manos ocupadas y sólo atinó a mantenerlas alejadas para no ensuciarla, mientras el corazón le latía arrebatado y su cerebro luchaba por mantenerse lúcido. Debió soportar el calor de Nami, su lealtad y su dulzura, sin poder hacer nada para retribuirlo, para celebrarlo o para agradecerlo. Su cuerpo se había transformado en la incandescente chimenea de un ferrocarril en movimiento y nada pudo hacer para descomprimirse.

Nami se aferró a su cuello conmovida con su tristeza, se había dado cuenta una vez más de lo importante que era Sanji, lo fundamental de su presencia, la incondicionalidad de su cariño. ¿Qué sería de ella sin eso?

Eran afortunados por vivir una vida llena de buenos amigos, de desafíos y de alegría para afrontarlos, por vivir a su manera sin otras ataduras que las que ellos mismos habían elegido, porque todo el mundo necesita de alguien a quien aferrarse. Eran afortunados por permanecer a salvo de las ingratitudes, por ser incapaces de cultivar resentimientos, por obrar según sus propias reglas. ¿Qué haría ella si lo perdía, o si no podía defenderlo?

Estamos más cerca de nuestros treinta que de nuestros veinte, Sanji-kun, así que sigamos siendo quienes elegimos ser. Zoro así lo quería.

Después se soltó, lo miró a los ojos brevemente y se alejó en silencio. No quiso volver a mirarlo, no pudo dirigirle la palabra durante un largo rato y tampoco quiso pensar mucho en las repentinas palpitaciones y en la ansiedad que la embargaba.

El otro permaneció algunos instantes clavado en el suelo, anonadado y emocionado, pensando en tantas cosas y sintiendo tantas otras que al final, cuando su organismo se atemperó, prefirió no ilusionarse con ninguna. A diferencia de Nami, que apenas empezaba a vislumbrar la naturaleza de ciertos sentimientos, Sanji experimentaba su irrefutable amor por ella a flor de piel.

-o-

Al día siguiente se ocuparon de limpiar y colgar las lámparas del techo, de tender las alfombras, de desempolvar y ubicar los muebles, de colocar algunos cuadros, de decorar con flores y de organizar el sector de la sala donde Nami podría dedicarse a confeccionar sus mapas. La mayor parte de la jornada la destinaron a terminar de rehabilitar esa estancia y muy poco tiempo les quedó para otra cosa que no sea alimentarse a la hora debida.

Un nuevo día transcurrió entonces sin mayores novedades. Hacia la medianoche, sin embargo, después de que Nami se retirase a descansar, Sanji continuó la velada en la cocina para fumar a solas. Ya no padecía el malestar de antes cuando pasaba tiempo allí, por eso aprovechó la ocasión para examinar el estado de las cosas anticipándose al momento de la remodelación. Le había prometido a Nami asumir la mayor parte de la responsabilidad, y así lo haría.

Revisó los aparadores, el fregadero, la cocina, las instalaciones en general. Limpió la mesa, las sillas, las repisas, los enseres y la vajilla, aunque cuando les llegó el turno a estos últimos se sintió algo incómodo. Entre la espuma del detergente observó los platos, las sartenes y las cucharas como si fueran criaturas de otro mundo o como si nunca antes los hubiese manipulado.

Le asaltaron algunas imágenes, recuerdos, vivencias, pero le parecieron eventos protagonizados por alguien más, alguien que ya no era él. No es que no doliera, no es que no reconociera que esa también había sido su vida, o que todavía lo era, sino que el desaliento continuaba dominándolo y todo aquello le resultaba ajeno.

¿Para qué cocinar? ¿Para qué atiborrar una mesa con suculentos manjares? Cosas más penosas y trascendentales podían suceder en la vida, y la comida no significaba nada en comparación.

Desde luego que notaba la ridiculez de ese tipo de lógica, pero ni siquiera eso lo ayudaba a superar el mal rato. Aun así lavó, fregó, enjuagó y secó cada uno de los utensilios con esmero, mientras se le iba la mayor parte de la noche. Después, al final, examinó el contenido de la nevera.

En otra época de su vida, se habría abochornado. Mientras que en las repisas se acumulaban los suministros enlatados, en los estantes refrigerados se superponían alimentos congelados, pre-cocidos o listos para hornear, comida chatarra, grasosa y para nada nutritiva. La imagen de Nami creció en su admiración al comprender lo que la chica estaba soportando.

Luego hurgó entre los envoltorios hasta encontrar lo que buscaba. Con esfuerzo se detuvo a tantear entre algunos vegetales, un trozo de carne, un pan de manteca y una porción de queso. Con la velocidad de un cometa, de inmediato se materializó en su mente una receta espontánea y creativa, de esas que se le ocurrían en el mismo momento en que visualizaba lo que tenía más cerca para cocinar. Sin embargo, cuando quiso recoger los ingredientes, el estómago se le contrajo y comenzó a sudar.

Estremecido por el disgusto, se incorporó y cerró la nevera de un golpe. Después se apoyó en la mesa, agitado y abatido, maldiciéndose sin consideración.