Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda

Hola, gracias por entrar n.n

Creo que demoré un poco en actualizar, o tal vez se me hizo largo a mí, no lo sé. La cuestión es que aquí está el capi, uno en el que espero haber avanzado un poco.

Saludos para Milene, muchas gracias por tus amables observaciones y por tu afectuoso review, espero que este nuevo capi también te guste n.n

Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


VI

A pesar de los sentimientos reprimidos


Cuando quisieron acordarse, un nuevo fin de semana los sorprendió exhaustos y malhumorados. El cansancio generado por el trabajo duro les resultaba más bien gratificante, pero el hecho de permanecer tanto tiempo alejados de su verdadero grupo de pertenencia comenzaba a afectarles.

Incluso Sanji empezó a necesitar un poco de acción. Se sentía oxidado, agarrotado, las piernas le demandaban mucho más que el mero ejercicio de acarrear materiales, acechar a Nami o subirse a una escalera para pintar. La peor parte de su depresión había quedado atrás, aunque todavía le costaba retomar las riendas de su vida, y se veía mucho mejor que cuando ella llegó.

Nami también había advertido la mejoría y se sentía íntimamente satisfecha. Recordaba haber dudado y desconfiado de la eficacia de su influencia, no se consideraba artífice de milagros ni creía haber hecho nada en particular para ayudarlo. No obstante, supuso que un vínculo como el que los unía no podía menos que encauzar y renovar las motivaciones, porque así les había funcionado siempre a los Mugiwara.

Así, terminó por agradecer la accidentada intervención de aquellos piratas contrabandistas de mala puntería. Nami tuvo que reconocer a regañadientes (pues recordaba muy bien cada moneda que se vio obligada a desembolsar para resguardar lo que quedaba del honor de Sanji) que lo que en un principio fuera un engorroso inconveniente se había convertido a la larga en otro desafío, un desafío sanador. Por primera vez a lo largo de sus demenciales aventuras, que los hayan bombardeado fue lo mejor que pudo pasarles.

Por eso el sábado decidió que se divertiría. Ya habían dejado atrás algunos fines de semana sin que se le ocurriese disfrutarlos, atareada ella en sus intentos terapéuticos y sumidos ambos en sus propias preocupaciones, por lo que ninguno de los dos había reparado en el detalle. Esta vez lo aprovecharía, por nada del mundo dejaría escapar la oportunidad.

Una vecina le había avisado de la feria anual que se llevaría a cabo en el pueblo, así que decidió darse una vuelta por allí para distraerse. Era la excusa perfecta para evadirse y, desde luego, para acicalarse un poco, ya que desde que comenzó la restauración había tenido que resignar la estética en favor de la practicidad. A fin de cuentas continuaba siendo una bella mujer, una que debía preservar la intachable imagen femenina que había construido.

Esta vez me vestiré como debería, sí señor, se acabó la Nami-intento-de-albañil, al menos por un maldito fin de semana.

Tomó un largo y confortable baño, secó y peinó su cabello con esmero, se maquilló, se vistió más sofisticada que de costumbre y bajó las escaleras dando brincos entusiastas para buscar a Sanji e invitarlo a salir con ella. Se reía de sí misma al verse tan emocionada, tan perfumada y tan ataviada sólo para salir con un amigo de siempre, pero al mismo tiempo se sentía expectante de la reacción que suscitaría tal iniciativa. Ése sería, sin duda, un día histórico para el cocinero de los Mugiwara.

Sin embargo, Sanji no estaba. Dio voces llamándolo y luego lo buscó por los cuartos, pero no lo encontró. Incrédula aún, dio un segundo rodeo por la casa, revisó en las habitaciones cerradas y en los rincones oscuros, pero el tipo brillaba por su ausencia.

Disgustada por esa inesperada contrariedad, masculló un par de maldiciones dirigidas al sujeto en cuestión, mientras sus expectativas se hacían añicos contra el muro de su vanidad. ¿A dónde iría en un día como ése? ¿Por qué no le informaba? ¿Cómo podía ser tan estúpido de perderse una invitación de su parte?

¡Hombres!, siempre incapaces de captar el clima del momento, siempre insensibles y distraídos. Ni modo, él se lo perdía. Así de tontos podían ser tales criaturas, así de cándidos y negligentes. Nami prefirió hacer caso omiso de la inusitada decepción que experimentaba, se miró en el espejo una vez más y salió de la casa rumbo al pueblo, animada a pesar de todo.

-o-

La población de la isla, geográficamente apartada de las más populosas, podía contarse en un par de cientos, no mucho más. El único asentamiento urbano estaba ubicado en una zona cercana a la costa rodeado de verdes y suaves colinas que les servían de protección contra las incursiones piratas, aunque era tan pequeño y carente de recursos que muy pocas veces habían tenido que sufrirlas.

De todas maneras, los isleños estaban entrenados por si la ocasión lo requería. Ni bien avistaban una amenaza de ese tipo, dejaban lo que sea que estuvieran haciendo y se alejaban a toda prisa hacia el otro lado del puerto, tal y como hicieran la última vez con los piratas contrabandistas. Cuando el vigía designado anunciaba que el peligro había pasado, volvían para retomar sus actividades entre asombrados y resignados.

Aun así, la vida transcurría sin mayores sobresaltos en aquella aislada comarca del North Blue. Vivían del cultivo, la pesca y algunos intercambios comerciales con las islas más próximas, y recibían esporádicamente las noticias del mundo entre indiferentes e impresionados. En definitiva, se trataba de gente sencilla.

Desde luego, con la llegada del cocinero del Rey de los Piratas la apacible rutina sostenida hasta el momento se les trocó en sorpresivas eventualidades. Por más que Sanji intentó permanecer en el anonimato su filiación terminó por exponerse, y desde ese momento los isleños tuvieron que convivir con la algarabía de su jarana, con la novedad de las visitas frecuentes de mujeres de la vida y con contrabandistas ruidosos de mala puntería demandando la cancelación de sus deudas.

Al final también estaba aquella mujer voluptuosa y poco recatada que había traído consigo una cantidad tal de equipaje que más bien parecía una emperatriz en plena mudanza que una pirata de temer. Los isleños, si bien pacíficos y poco dados a las murmuraciones, no pudieron evitar notar el cambio en el paisaje de su hogar y se debatían entre estar prevenidos, asustarse redondamente o relajarse y disfrutar de las nuevas emociones.

Pero como las cosas se resuelven día por día, en esa ocasión decidieron integrarlos a la feria del pueblo. Además ya todos sabían que trabajaban en el arreglo de la casa bombardeada, por lo que prefirieron dejar a un lado los recelos al menos hasta que terminasen. Los pocos que los habían tratado personalmente por ofrecerse a ayudarlos en la restauración o para alcanzarles comida colaboraron haciéndoles saber que, a pesar de ser piratas, los tenían por muy buenas personas y serían bienvenidos.

Por eso Nami recorría el colorido predio donde se asentó la feria sin recibir miradas hostiles ni mohínes desdeñosos, por primera vez en mucho tiempo. Sólo quienes los conocían los trataban sin miedo, por eso le sorprendió gratamente que nadie allí la ojeara con desprecio o con temor. Pudo detenerse ante cada puesto de comida, de artesanías, de juegos y de indumentaria con alegre y despreocupado interés.

De pronto, mientras examinaba algunas prendas veraniegas, cierto bullicio captó su atención. Buscó con la mirada entre los recovecos formados por la disposición de los puestos hasta divisar a un grupo de mujeres jóvenes y sonrientes que festejaban alguna clase de hazaña espectacular. Y el héroe de la jornada ubicado en el centro del círculo, ensayando diversas piruetas gimnásticas con las piernas, era nada menos que el mismísimo Sanji, el idiota que la desdeñó sin saberlo.

-¡Y ahora es cuando todas ustedes se enamoran de mí! –vociferó el susodicho con tono infantil mientras practicaba sendas cabriolas en el aire. Las manos quietas en los bolsillos hacía resaltar la extraordinaria fuerza de sus piernas, y su sonrisa coronada por el sempiterno cigarrillo le daba un aire de arrogancia que elevaba aún más el estatus de la escena.

Nami no lo podía creer. O sí, sí que lo podía creer, el ego masculino del cocinero se había elevado a la enésima potencia gracias a las entusiastas manifestaciones de admiración y los bellos rostros atentos de un grupo de ingenuas pueblerinas. El muy descarado.

A favor: el ánimo del Sanji marchaba en franca recuperación. En contra: por alguna misteriosa razón, ese presuntuoso despliegue de estrella cinematográfica le molestó más que otras veces, y eso no le gustaba.

-¡Sanji-kun! –lo increpó.

-¡Nami-swan! –vociferó él con emoción, saliendo del círculo para ir a recibirla.

Nami lo recibió con los brazos en jarra, irritada. El tipo no tenía remedio. De modo que estabas aquí haciendo las veces de galán, pequeña sabandija.

-¿Se puede saber qué demonios estás haciendo? ¿Desde cuándo actúas de payaso en las ferias?

-¿Por fin te has puesto celosa, Nami-san? –preguntó él con una gran y sugestiva sonrisa.

La navegante hubiera querido borrársela de un golpe, pero por el momento se conformó con reclamarle su niñería.

-Estamos en medio de la feria del pueblo sin incidentes ni persecuciones, Sanji-kun, ¡si Luffy brilla por su ausencia no pretendas suplantarlo tú con tus chiquilinadas!

-Sólo me estaba divirtiendo con estas hermosas señoritas –repuso él cándidamente, haciéndoles graciosas morisquetas.

Ahora Nami sí que le propinó un contundente correctivo en la sien. Las "hermosas señoritas" tomaron debida cuenta de la señal y procedieron a dispersarse despidiéndose con la mano en alto y desde lejos. Nada como una joven mujer para comprender los celos de otra joven mujer.

Sanji las despidió correspondiéndoles el gesto con melancólica sonrisa, mientras que con la otra mano se masajeaba la zona afectada. Había sido bueno mientras duró. Nami lo miró con ofendido talante, se dio la vuelta y comenzó a caminar dejándolo atrás, por lo que el cocinero tuvo que apresurarse para alcanzarla.

-No sabía que vendrías, Nami-san –le aclaró una vez que se acompasó a su paso. De haberlo sabido, mis ojos no se hubieran apartado de ti.

-No sabía que debía decírtelo –repuso ella con desdén.

-Por eso tampoco te avisé que asistiría.

-Por eso tampoco me interesa que me des explicaciones.

-¡Un caballero siempre debe comportarse leal con su dama! –exclamó él, escandalizado ante la mera posibilidad de que Nami no lo entendiera.

-Bien, pues como aquí no veo ni a uno ni a otra, tengamos el paseo en paz, Sanji-kun.

El joven se extrañó con su respuesta, había pensado que aprovecharía la ocasión para descargar su enojo por andar exhibiéndose por ahí sin prevenirla, del mismo modo como le sacaba de quicio que sus compañeros se metieran en cualquier parte sin mediar otra razón que su sacra voluntad de romper cosas. Sin embargo, esta vez fue demasiado sarcástica y a lo último parecía haberse retraído… u ofendido. Sanji la miró de reojo, contrariado.

Después de un rato de darle vueltas al asunto, sin llegar a ninguna conclusión, decidió desechar esas especulaciones y abocarse a disfrutar de su compañía. Algunas veces, todavía le acometía la sensación de haber estado soñando, demasiado sorprendido de tenerla para él solo durante tanto tiempo, aunque fuese únicamente en plan de amigos. Quiso aprovechar ese nuevo día concedido para solazarse con su cálida cercanía.

Te ves tan bella como siempre, Nami-san, y misteriosa. ¿Será que por fin te has enamorado de mí y por eso te arreglaste tanto? Y yo aquí con estas fachas…

Sanji empezó a sentirse nervioso y atolondrado ante la sola posibilidad. Ya estaba acalorándose con fantasías de exaltadas declaraciones amorosas y de alborozadas revelaciones de pasiones-imposibles-de-seguir-disimulando, cuando Nami se detuvo de pronto en un puesto de artesanías. El tendero, hombre bien parecido, la recibió con galantería sospechosa.

La fisonomía del enamoradizo joven se transformó automáticamente en el encrespado rostro de un furibundo pirata, uno atemorizante y bastante posesivo. Se paró junto a Nami como un artillero de guardia y escrutó a uno y a otra con ceñudo talante, atento a los detalles de la conversación.

La navegante tomó una artesanía en particular y la examinó, al tiempo que el sujeto le explicaba su confección y posibles utilidades. Como Nami se desenvolvía con simpatía y el tipo sabía quiénes eran, terminó por obsequiársela más por complacencia que otra cosa. Sin embargo, el instinto territorial de Sanji se saltó las endebles barreras que lo contenían y se derramó como la lava de un volcán en erupción.

Le quitó la artesanía de la mano, la colocó en su lugar, miró al desconcertado puestero con amenaza y se llevó a Nami de allí. La navegante, pasmada, se dejó conducir sin entender a qué se debía todo aquello.

-¡Sanji-kun! –reclamó una vez que recuperó el habla.

-¡No puedo permitir que un bueno para nada se atreva a posar sus libidinosos ojos sobre el bello rostro de mi adorable Nami-san –exclamó él con encono-, ni pienso tolerar que le dé regalos o que sueñe con la posibilidad de seducirla!

Nami profirió una indignada exclamación, superada por el planteo. No podía creer tal desatino, ni siquiera sabía por dónde empezar a rebatir semejante caudal de insensateces.

-¿Bueno para nada? ¿Ojos libidinosos? ¿Soñar con seducirme? ¿Nunca te has visto en un espejo?

-Que celebre tu presencia, que admire tu belleza o que procure pasar tiempo a tu lado no significa que cualquier otro hombre tenga derecho a hacerlo también.

-¡Pero qué estupideces dices! –se exasperó ella.

-¡No son estupideces cuando se trata de un caballero enamorado!

-Tú no "procuras pasar tiempo", ¡sino que vives acechándome!

-Protejo a la navegante de la tripulación.

-¡Protegerme mis calzones!

-¡Te ves tan adorable cuando te enojas, Nami-swan!

-No puedo creer tu incapacidad de autocrítica.

-De todos modos el tipo era un idiota.

-Pues me recordó bastante a ti con eso de "bueno para nada" –masculló ella-, por no hablar de sus "ojos libidinosos".

Nami lo encaró con furia y Sanji le correspondió con afectación. Fue la escena más ridícula que hayan montado en mucho tiempo, de esas con las que seguramente romperían su propio récord, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.

La discusión continuó hasta que salieron de la feria y se prolongó de camino a casa, a cara de perro y sin piedad. Sin embargo, entre la irritación de una y los celos del otro marchaban también, sin que ninguno de los dos lo notase, la familiaridad y la confianza, distinguidos atributos entre los miembros de los Mugiwara cada vez que se ponían a pelear.

-o-

El domingo siguiente por fin encontró Nami un momento para retomar la confección de sus relegados mapas. Sanji montó el restirador en un rincón de la sala particularmente luminoso, y la tibia luz de la tarde caía a raudales sobre el plano que la joven confeccionaba.

Inclinada sobre él, con el pelo convenientemente recogido y sus gafas graduadas, Nami trazaba las líneas isobaras sobre el croquis de un archipiélago del Nuevo Mundo. Dada la naturaleza de su entrenamiento, en los últimos años no sólo se había interesado por la representación gráfica de la superficie que recorría sino también por las condiciones climatológicas, las cuales diagramaba en ese instante. Y tal labor le absorbía.

Ensimismada como estaba, ignoraba el pormenorizado y amoroso escrutinio del que era objeto. Sanji la contemplaba desde el otro ángulo de la habitación cómodamente reclinado en un sillón, fumando en silencio. En muy pocas oportunidades había podido ver a Nami en pleno ejercicio de la cartografía, por lo que se abocó a disfrutar de eso también.

A bordo del Sunny, Nami solía recluirse en los aposentos construidos para esa tarea, por lo que exceptuando los momentos en que le llevaba alguna bebida o colación, nunca se había atrevido a importunarla con su presencia. Cuando se trataba de mapas Nami se transformaba y Sanji respetaba esa dedicación. Verla allí ahora en esa apacible abstracción se le antojaba otro regalo concedido por alguna clase de piadosa divinidad.

Por eso permanecía silencioso, fumando parsimoniosamente, sin pensar en ninguna otra cosa que pudiera distraerlo de su contemplación. Desde donde estaba podía observarla sin molestar, podía apreciar la bella simetría de su perfil concentrado, sus ojos grandes acompañando sin pestañear el trazado de una línea, sus manos maniobrando con delicadeza y precisión.

Sólo cuando dibujaba mapas se volvía serena, dulce y templada. Y más inalcanzable que nunca. Ante los ojos del cocinero, Nami aparecía inexorablemente remota.

-o-

Hacia el anochecer se alimentaron con las sobras del almuerzo. Nami estaba hartándose de la situación y así se lo hizo saber, entonces Sanji, para apaciguarla, rescató la última botella de ron de contrabando y se la ofreció al instante.

Nami, indignada por lo tosco del subterfugio, le propinó un contundente golpe de puño mientras el tipo le servía. Sanji, enamorado hasta la médula, simplemente le retribuyó con una atolondrada sonrisa de complacencia. Después brindó por ella, por el amor, por los magníficos e inenarrables dones de la belleza femenina y bebió de un trago el contenido de su copa.

La navegante meneó la cabeza con resignación. No obstante, interiormente gratificada por haber logrado avanzar en su mapa del mundo, no tardó en secundarlo. Sanji, satisfecho, volvió a llenar las copas.

-Hasta en esto te comportas como un cliché –señaló ella con desgano, y a continuación se llevó la bebida a los labios.

-¿Lo dices por el ron? ¿No crees que se trate de un detalle encantador, Nami-san? Al fin y al cabo somos piratas.

-"Somos piratas", "somos piratas"… ¿Qué clase de piratas hacen lo que nosotros hacemos?

Sanji sonrió, reflexivo, sirviéndole otra vez.

-Supongo que aquellos que no pueden esperar sentados. Somos perseguidores.

Nami lo miró con una ceja levantada.

-Qué bueno que lo recuerdes –ironizó.

La sonrisa de Sanji se torció un poco.

-¡Pero sigo persiguiéndote a ti! –exclamó con entusiasmo para ocultar su tristeza.

-Pues harías mejor en continuar buscando el All Blue –dijo Nami con seriedad-. A las mujeres no nos cuadran los hombres que sólo tienen por meta una falda.

-A menos que la falda valga la pena.

-Tonterías.

Después siguieron bebiendo en silencio. A Sanji esas palabras un poco lo hirieron, había hablado muy en serio y de veras pensaba que una mujer especial, una mujer como ella, podía convertirse en la meta de la vida de un hombre. Podía ser tan importante como hacerse de una profesión, de una casa o de una fortuna, o podía ser tan fundamental como la confección del mapa del mundo o la búsqueda de un mar de leyenda.

La vida se componía de muchas facetas, de muchos casilleros en blanco para ocupar. Esperaba que Nami lo comprendiera, por eso le dolió su desaire. Sin embargo, la profunda inclinación que sentía hacia ella pronto lo predispuso a disculparla.

Según lo prometiera tiempo atrás, Sanji procuró no beber más de la cuenta, pero su amiga siguió bebiendo y no tardó en sucumbir a los influjos del alcohol. A medio camino de la ebriedad, Nami se levantó de la silla y fue a acomodarse en un rincón de la sala, en el suelo, con la botella de ron insegura en una mano.

-¡Extraño el Sunny! –se quejó con voz chillona e infantil, apoyando la cabeza contra la pared-. Ya no soporto este lugar, ¡aquí se está muy quieto! No te bamboleas, no te mareas, nadie te dispara… ¡Quiero ver a Brook! –sollozó al final.

Sanji se apresuró a sentarse a su lado, vigilando que la botella no se resbalara.

-¿De veras añoras a un esqueleto que quiere observarte las bragas a todas horas? Disculpa, pero me parece una escena bastante bizarra. Además, ¡para eso me tienes a mí, Nami-san!

-Tú eres un idiota. Te enamoras de cada mujer que se atraviesa en tu campo visual, vaya por tu camino o vaya por uno ajeno.

-La belleza femenina opera milagros –se excusó él medio en broma y medio en serio, inquieto aún por la negligente manipulación de la botella.

-Si eso fuera cierto, si mi belleza realmente influyera sobre ti, ya tendrías que haber cocinado, tendrías que vestir de traje y tendrías que trazar todas las rutas posibles hacia el All Blue –refunfuñó ella, y bebió otro trago.

-Estás borracha, Nami-san –dijo Sanji sinceramente preocupado.

-¡No lo estoy! –protestó ella, molesta-. Estoy sosteniendo una conversación coherente contigo, por lo que todavía no he llegado a esos extremos. En todo caso, el que se hace el desentendido aquí eres tú.

Entonces Nami volvió a empinar la botella, y en ese preciso instante Sanji se la arrebató.

-¡Ey! –reclamó la joven-. ¡Devuélvemela!

-Has bebido suficiente por una noche, Nami-san.

Entonces Nami, enojada, lanzó algunos manotazos para tratar de recuperarla, pero para Sanji fue fácil eludir sus intentos. Sin embargo, en determinado momento del forcejeo, la fuerza aplicada por ella para doblegarlo y por él para zafarse los impelió a rodar por el suelo, uno arriba del otro.

La situación no podía ser más increíble ni inconveniente, además de incómoda. Que Nami lo muela a palos cada vez que su conducta se salga del margen de tolerancia vaya y pase, pero que terminen volteando y forcejeando de esa manera por una estúpida botella de ron, que en medio de la batahola se había ido rodando, resultaba realmente insólito y disparatado.

Sanji no sabía si dejarse someter como el caballero que era o morir de felicidad en ese mismo instante gracias a tal proximidad corporal. Nami, en cambio, con el poco dominio que le quedaba se debatía entre enojarse y escandalizarse, entre descargar su frustración y desahogar su ira, entre insultarlo y huir de la escena antes de que fuese demasiado tarde para su pundonor.

En todo caso, cuando dejaron de forcejear terminaron una encima del otro acostados sobre la alfombra e iluminados por la escasa luz de las velas. Nami masculló una maldición. Hasta ella formaba parte ahora del cliché ajeno.

-Bien, esto es lo que haremos –dijo al fin sosteniéndose con los brazos a los lados de la cabeza del cocinero, que la miraba embobado-. Eres un imbécil, pero eso lo arreglaremos en otra ocasión. Ahora voy a echar mi peso hacia el costado hasta caer sentada en el piso y luego ambos podremos levantarnos tranquilamente para seguir peleando como gente civilizada.

Lo miró esperando una señal afirmativa, pero pasaron los segundos y esa señal nunca llegó. Nami se impacientó. Además, aun entre las brumas de la embriaguez, la puso nerviosa que el rostro de Sanji dejara de verse extasiado para verse amable, con una suave semisonrisa dibujada en los labios, como si ella fuera la visión más maravillosa del mundo.

Transcurrió un minuto completo en el que permanecieron inmóviles, él en su embeleso y ella en su desconcierto. La mirada de Sanji, franca y transparente, le devolvió la suya confundida, turbada. Para peor, notó que el traicionero de su pulso se aceleraba, que se ruborizaba sin razón, que su estómago se contraía de ansiedad. ¿Era él el que estaba esperando? ¿O era ella?

Oh, cielos… ¿Por qué quiero hacerlo? ¿Por qué de pronto quiero hacer esto?

Nami se mordió el labio inferior, nerviosa. ¿Qué rayos le ocurría? ¿Por qué su corazón latía de esa forma tan frenética? ¿De dónde venía ese turbulento impulso?

Y no lo resistió más. Se arrepentiría, estaba segura, y dudaba que en verdad fuese de ayuda para el pobre Sanji, pero más allá de eso no se le ocurrían otras excusas para frenarse, ninguna, y que el cielo se apiade de su inopinada debilidad. Tal vez, más tarde, le echará la culpa al alcohol, al cansancio, a su melancolía o a su estupidez, pero en ese preciso instante, sin poder explicárselo, de verdad le gustaba el cocinero y sentía una ingobernable curiosidad.

-Al diablo –farfulló dejándose ganar por los sentimientos que hacía tiempo reprimía, sin poder descifrar cuándo nacieron, enojada consigo misma por ser tan débil y boba-. Te odio, Sanji-kun –le dijo con torpeza, el último intento por conservar un escrúpulo que se había disuelto dos segundos atrás-, te odio y odio lo que me has hecho.

Sanji, en medio de su encandilado estupor, llegó a distinguir sus palabras. Había perdido las riendas de sus sentidos por completo, todo era emoción y enajenamiento arrobado, pero aun así logró escucharlas. ¿Nami lo odiaba? Para un hombre sensible como él esas palabras simbolizaban el pasaporte directo hasta el paraíso.

A favor: el ron la había desinhibido, es cierto, pero los sentimientos que traslucían sus ojos eran reales, eran los que había soñado con ver algún día, los que había buscado, y los reconocía porque eran como los suyos. En contra: en las quinientas veinticinco mil fantasías que había elucubrado a lo largo de los años era él quien tomaba la iniciativa, si bien las escenas eran tan estereotipadas como ésa.

Nami le atrapó los labios con suavidad y Sanji estaba tan estupefacto a causa de la sobrecarga nerviosa que experimentaba, que demoró algunos segundos en corresponderle como debía. Luego le rodeó la cintura con un brazo y le rozó la espina con los dedos por debajo de la ropa, mientras secundaba dulce y ansiosamente cada tentativa de su boca.

El anhelo acumulado sin sorpresas para Sanji, pero recién descubierto para Nami, lo obligó a él a erguirse para profundizar el contacto mientras que a ella la instó a tratar de finalizarlo. Acalorada, aturdida, Nami empezó a retroceder para levantarse mientas que Sanji se aferraba a ella con resolución. Al final la chica se desprendió y se puso de pie como pudo.

-Nami-san –profirió él sentado en el piso, sorprendido y contrariado.

Ella apenas lo miró. Después disparó escaleras arriba, sin volverse ni decirle nada.

Sanji, agitado por el remolino de sensaciones viejas y nuevas que lo embargaban, se dejó caer cuan largo era sobre la alfombra para darse tiempo a reponerse de ese insólito milagro. La boca y la cara le ardían, el pulso conservaba los vestigios de su aceleramiento y el cuerpo le pedía a gritos una satisfacción que desde hacía años aguardaba. Fue demasiado hasta para él.

Tan emocionado estaba que apenas conseguía respirar. Lo más importante, lo mejor que podía ocurrirle en la vida, por fin había acontecido. Si se armaba de valor, si era paciente y constante, virtudes que creía conservar aún, podía ilusionarse con repetirlo, con resignificarlo. Incluso podría empezar a cancelar lo de "inalcanzable" cada vez que pensaba en ella.

Sonrió entusiasmado. El deseo era doloroso y la ansiedad lo carcomía, pero de todos modos sonrió. Percibía que la vacilación de Nami, producto de la confusión, lo obligaría a enfrentarse a los recelos de una mujer que no lo aceptaría así como así, que sabía vivir su vida sin necesidad de una pareja. Allí, no obstante, sólo veía un desafío.

Y a los piratas que navegan con Monkey D. Luffy les encantan los desafíos. Que ella le haya dado algo que esperar era todo lo que precisaba.