Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda
Hola, gracias por entrar n.n
Seguimos con la historia. Les recuerdo que tendrá un total de diez capis, por lo que sólo le restan tres para finalizar. Quizás les parezca algo corto, pero en mi caso personal la experiencia indica que para lograr completar un long-fic como se debe lo más conveniente es fijarse una meta definida y asequible, o se corre el riesgo de empantanarse.
En el capi de hoy se mencionan obras de García Márquez, Shakespeare y Roland Barthes. El libro que Sanji hojea hacia el final, Fragmentos de un discurso amoroso, le pertenece a este último.
Saludos para Milene, gracias por seguir leyendo y por comentar tan afectuosamente n.n
Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
VII
Entrevemos algo más que una amistad
Nami no pudo pegar un ojo en toda la noche. Lo que había sucedido era simplemente insólito, increíble, inconcebible, no le alcanzaban los adjetivos para calificarlo, si es que ese beso con Sanji era digno de calificación. Abochornada, no cabía en sí del asombro que le generaba haber tomado la iniciativa, e incómoda consigo misma se revolvía en la cama sin encontrar una postura idónea para dormir.
Era tal el grado de turbación que hasta los vapores de la borrachera se le habían disipado, de modo que quedaba ella sola para enfrentarse al mundo y a sí misma con muy pocas chances de justificación. Lo había besado, ella, a Sanji, ¡lo había besado! ¿En qué demonios estaba pensando para atreverse a iniciar tal acción? ¿Había regresado a los quince, o había enloquecido?
Hizo un bollo con la sábana estrujándolo nerviosamente entre las manos y observó el cielorraso con ceñudo talante. Fue sólo un beso, Nami, ¡sólo un beso!, Sanji-kun debe de haber dado ya miles por estos mares olvidados de Dios, así que el tuyo no cuenta, muchacha tonta. Respira, respira y enfócate en el mañana.
Nami respiró hondo. No funcionó. A continuación, gimiendo como una niña encaprichada, cambió el manoseado bollo por la almohada y se cubrió la cara con ella, pataleando una vez más. Si sólo pudiese desaparecer…
Siempre se había considerado uno de los integrantes más sensatos de aquella delirante tripulación de piratas, una de las más centradas y maduras. También estaba Robin, desde luego, y Zoro cuando vivía, y Franky en algunas ocasiones, pero la mayoría formaba un grupo de chiquilines obstinados que primero se lanzaba quijotescamente a desbaratar entuertos antes de entender siquiera de qué se trataba el asunto. En tales circunstancias, por lo general era ella la que trataba de poner coto a ese incontenible arrebato de energía, sin importar si llevaban razón o no, aunque casi siempre la tuviesen.
Y sin embargo ahora bebía unas cuantas copas de ron, terminaba revolcándose torpemente con un sujeto empalagoso y, por si fuera poco, lo besaba sin medir las consecuencias. Era inadmisible.
¿De dónde le había surgido ese impulso? ¿Por qué se sentía tan ansiosa todavía? ¿Cuándo, cómo y por qué le había nacido ese repentino interés por Sanji como hombre? ¿Por qué de repente lo extrañaba y lo deseaba? ¿De dónde salían las ganas de ir a besarlo de nuevo? Se suponía que el enamoradizo en esa tripulación era él, ¡no ella!
Nami pataleó y lloriqueó un rato más, desalentada ante semejante caudal de interrogantes. Había quedado en evidencia, se había expuesto ante el tipo que la perseguía a sol y a sombra declarándole la magnificencia de su amor. Tal vez otras mujeres se emocionen, pero ella se sentía tan confusa y alterada como cuando algo se salía de los planes, pues, efectivamente, nunca planeó enamorarse de Sanji. Entonces, en ese punto de sus cavilaciones, se serenó.
Ahí estaba el meollo del asunto. Nami había vivido sobrellevando dificultades, penas e injusticias, soportó pérdidas y soñó sueños imposibles tanto como la mayoría de sus compañeros de viaje. No obstante, al igual que ellos, se había conformado con su compañía, agradecida y admirada de ese vínculo incondicional que los unía, protegiéndolo por encima de todo. En ese contexto, jamás sopesó siquiera la posibilidad de forjar algún otro tipo de lazo.
Y eso era lo que Sanji quería de ella, un vínculo que les sea propio e íntimo. Pero a pesar de ser un hombre muy importante en su vida, a pesar incluso de las emociones nuevas que le suscitaba, se le hacía difícil pensar en él como algo más de lo que era, ni podía imaginárselo.
Ella estaba bien sola, siempre lo había estado. Contaba con entrañables y fieles amigos, con su hermana mayor, con Luffy, y nunca necesitó nada más para ser feliz. Ésa fue su elección, ésa fue su dicha y ésa era la forma como pretendía seguir viviendo, porque así se había construido y en esos vínculos se reconocía. Nada podría desviarla de esa resolución.
Nada…
Tal vez, con el tiempo, esas emociones impensadas que la acometían y de las que ya era irremediablemente conciente se mitigarían sin mayores consecuencias, como tantas otras impresiones que son producto del momento. Sí, así sería, así solía pasar. Se aferró a esa esperanza con todas sus fuerzas para soportar lo que venía, porque aún quedaban muchas cosas por hacer en esa enorme y vieja casa.
-o-
La luz del amanecer lo sorprendió con los ojos abiertos de par en par, insomne. Ignoraba que la causa de su desvelo, en su habitación, atravesaba por la misma zozobra, así que pensó en ella con el afecto de siempre y más ilusionado de lo que se había permitido nunca.
Sanji hubiera querido que las circunstancias fuesen diferentes. Hubiera querido lucir guapo, presentable, con todos los patitos de su testaruda cabeza formados en fila india, y no con ese calamitoso revoltijo mental. Si bien se había librado en gran parte de la apatía y del malhumor, todavía se sentía frustrado y poco dispuesto a retomar la senda abandonada.
Si pensaba en eso, le maravillaba que Nami fuese siempre el norte en su vida. Ya sea como el habilidoso cocinero del Rey de los Piratas o como el guiñapo deprimido en el que se había convertido, su amor por ella permanecía constante, inalterable, definitivo. Podía sentirse abatido, abúlico, vencido, pero la figura de Nami continuaba dibujándose en su mente y en su corazón de forma invariable, íntegra y bella.
Cuán difícil deber resultar esto para ti, Nami-san, y cuán extraño. Ojalá supiera qué rayos te pasa por dentro, ojalá pudiera identificar cada uno de tus temores para aventarlos de una patada.
Así, pensando en ella, se levantó, se higienizó y se vistió. Sin dejar de pensar en ella se dirigió a la cocina, comió un bocado y ordenó el desastre que dejaron la noche anterior. Luego, como solía hacer cuando se hallaba solo, abrió la nevera y tanteó buscando alimentos para preparar al menos un desayuno, pero al poco rato reaparecieron los vahídos y las palpitaciones, por lo que desistió una vez más.
Demasiado ansioso y embriagado de adorables recuerdos, decidió echarle un vistazo al jardín. Tal y como sospechaba, el césped había crecido unos centímetros desde la vez que se ocuparon del lugar, por lo que mientras encendía un cigarrillo fue a buscar la podadora para componerlo. El sol iluminaba en lo alto, cálido y favorecedor para esa tarea.
Nami bajó bostezando con indiferencia primero y con recaudo después. No vio a Sanji por ningún lado, por lo que se confió y fue a desayunar a la cocina. Mientras se servía un té y algunas frutas, escuchó un zumbido extraño que procedía del exterior, pero como estaba distraída en otros asuntos –asuntos relativos a la ausencia de cierto cocinero al que había besado la noche anterior, que el diablo se la lleve por eso-, no le prestó mayor atención.
Cuando terminó de desayunar se levantó, se estiró para despabilarse, llevó su taza al fregadero y lavó sin mucho interés. Encontró el blíster con medicina para la resaca, se alzó de hombros al recordar más papelones en su vida y tomó una píldora con un poco de agua. Después, porque no tenía otra cosa que hacer, se preparó un jugo para ir a beberlo bajo el sol de la mañana.
Al abrir la puerta de la cocina se detuvo en seco. El zumbido, por supuesto, se debía a la vieja máquina de cortar césped que Sanji conducía de un lado a otro del jardín con prolijidad y dedicación. Al verlo así, sin previo aviso, en esos menesteres, se quedó de piedra, clavada en el vano de la puerta.
Sanji, por su parte, ni bien se sintió observado desvió la vista del césped para toparse de lleno con los ojos de Nami, que lo miraba azorada a no más de cinco metros de distancia. El cocinero, sorprendido, apagó la podadora y se quedó ahí parado, contemplándola a su vez.
Fue un intercambio incómodo, tenso, desconcertante. Nami hubiera querido que la tierra se la trague y Sanji hubiera querido saltarle a la yugular, aunque tuvo el buen tino de suponer que no era el momento más adecuado. La imagen de él cortando el césped con ella mirándolo desde la casa con un jugo entre las manos cual pareja de recién casados se les antojó una fotografía de almanaque, estúpida para ella y demasiado tierna para él.
Lo único que había entre ellos era aire, sol, césped, un cigarrillo humeante y una desorientación del tamaño del universo. Aunque Sanji sabía perfectamente hacia dónde quería ir, sólo que se contenía por consideración a ella, que se veía afectada. Y aunque Nami hubiese querido desaparecer, lo cierto es que no tenía muchos lugares donde escabullirse.
Por eso, haciendo acopio de coraje, se limitó a cerrar la puerta. Después, mordiéndose el labio a causa del bochorno, se apresuró a subir las escaleras para recluirse en su habitación, decidida a no volver a asomar la nariz aunque muriese deshidratada.
Sanji pitó su cigarrillo con calma. ¿Quién lo hubiera dicho? Imprevistamente, era ella la que se exacerbaba y él, en cambio, se sentía tranquilo, centrado en su objetivo. Quizá no contase con mucho tiempo, en cualquier momento las hormonas se alborotarían y se pondría a merodearla otra vez para transmitirle sus requiebros amorosos sin pausa ni miramiento, por lo que debía apresurarse si pretendía terminar de conquistarla con algo parecido a la sutileza.
Hoy nos toca el despacho, Nami-san, y allí no podrás escaparte. A favor: ya no se trataba de un sentimiento unilateral o de los vehementes exabruptos de un cocinero torpe y enamoradizo. En contra: tenía que emprender el arduo desafío de convencerla de que una vida en pareja podía ser tan buena como cualquier otra.
-o-
Y hacia el despacho en cuestión se dirigió él por la tarde para analizar la situación edilicia. Era un cuarto de la planta baja al que nunca había entrado, mitad porque no le interesaba y mitad porque se bastaba con las habitaciones que había acondicionado. La última estancia del único corredor que atravesaba la casa de parte a parte le había resultado indiferente.
Sin embargo, por haber accedido al pedido de la dueña, se había comprometido a restaurarlo. Una vez allí abrió la puerta, la cual chirrió de forma escalofriante, y se adentró en la oscuridad. Fue entonces cuando se topó con la desagradable sorpresa de que las ventanas estaban tapiadas, por lo que tuvo que abrirse paso a ciegas hasta dar con alguna de ellas.
Mientras avanzaba chocó con muebles, estantes, telas de araña y diversos objetos que caían a su paso y cuya naturaleza no podía precisar. Frunció la nariz cuando le asaltó el fuerte olor a encierro y se apresuró en su cometido para poder ahorrarle a Nami la molestia de respirar en esa atmósfera desagradable.
Cuando alcanzó a tocar uno de los grandes y polvorientos paneles que impedían la llegada de la luz no tuvo que forcejear mucho para desencajarlo, ya que los clavos que lo sujetaban se habían oxidado y la madera comenzaba a pudrirse. Sacó uno, sacó otro, y la primera ventana del recinto apareció ante su vista. La luz cayó a raudales y Sanji, satisfecho, abrió sus batientes para ventilar.
Justo en ese momento, Nami llegó a la habitación. Se detuvo en el umbral y echó un vistazo alrededor al mismo tiempo que Sanji. Entonces, se toparon con un inesperado panorama.
-¿Cómo puede ser posible? –exclamó Nami, admirada de lo que veía.
-Libros –comentó Sanji mientras se agachaba a recoger uno de los muchos que se hallaban desperdigados por el suelo entre motas de polvo, folios y cuadernos-. Parece que no sólo es el despacho, sino también la biblioteca.
-Y vaya biblioteca –murmuró ella observando los altos estantes empotrados a uno y otro lado del cuarto, atiborrados de volúmenes de variados tamaños.
-Robin-chan celebraría el hallazgo.
-Sin lugar a dudas.
Tenían por delante una dificultosa tarea, lo cual les vino de perlas para olvidarse un poco de los últimos acontecimientos. Indecisos, cohibidos, intercambiaron fugaces miradas, carraspearon, simularon escrutar una y otra vez en derredor y finalmente se animaron a acercarse para debatir las diversas instancias del trabajo.
Después de pasar varias horas encerrada en su dormitorio Nami había llegado a la conclusión de que debía obrar con racionalidad, que de nada le serviría huir ni negar lo que sentía, por lo que aguardó una hora prudente para bajar otra vez. Lo hecho estaba hecho y tendría que lidiar con lo que sea que sobreviniera. El arreglo del despacho de seguro le ofrecería una buena excusa para reencontrarse con Sanji de un modo mucho más llano y natural que el de esa mañana.
A fin de cuentas, tarde o temprano debía enfrentar la situación. Si Sanji sacaba el tema lo mejor sería aceptarlo, discutirlo, comportarse como la mujer adulta y madura que era. Por eso, con esa gran madurez de su parte erigida en bastión… actuó como si nada hubiese ocurrido.
-Debemos terminar de quitar los otros paneles para que el lugar se ventile bien –agregó luego, ayudando a levantar los libros caídos-. Tendremos que desempolvar, ordenar, limpiar el escritorio y las sillas, revisar la resistencia de los anaqueles, limpiar y ordenar los libros…
La enumeración prosiguió y parecía no acabar. Aun así, Sanji la escuchó con alivio. No podía estar seguro de la clase de sentimientos con los que la chica estaría debatiéndose, pero jamás permitiría que una relación de tantos años trasmute en un intercambio forzado o incómodo, era lo menos que podía hacer. Por eso la dejó hablar sin comentar el asunto que en verdad le interesaba, más discreto de lo que nunca había podido ser.
Pase lo que pase entre ellos, podrían manejarlo sin tener que verbalizarlo. Y por eso, con esa gran convicción sobre su autodominio masculino establecida como baluarte… alzó los brazos al cielo con gesto aparatoso.
-¡Entonces manos a la obra, mi adorada Nami-swan! –exclamó con entusiasmo-. ¡Tus palabras son órdenes para este corazón enamorado eternamente de ti!
Nami se sobresaltó.
-¡No es necesario que lo digas de ese modo, idiota!
-¡Lo digo así porque me hace feliz retomar nuestro trabajo!
-¡Lo dices así porque eres un pelmazo!
Sanji sonrió, alborozado.
-¡El caballero que permanezca impasible en compañía de una dama tan hermosa como Nami-san sería un completo imbécil! –exclamó olvidando definitivamente sus previsiones y sus pretensiones de "sutileza."
La navegante lo encaró con el ceño fruncido.
-Caballero mis calzones –replicó con irritación, y luego continuó recogiendo libros.
Sin embargo, inesperadamente, se sintió mejor. De pronto comprendió que se había equivocado, que no era evadiéndose del tema como las cosas se solucionarían, así como tampoco necesitaba exponerlo sin más. Ellos ya tenían una relación, una de años, una en la que se entendían sin escrúpulos ni rodeos, una en la que la confianza regía sin pudores. Ella seguía siendo Nami y él seguía siendo Sanji, nakamas hasta el final, y como tales resolverían lo que tuvieran que resolver.
Entonces no le costó nada soportar los melindres del cocinero en torno a ella, su acostumbrada cháchara de caballero andante y sus galanterías ampulosas, porque ese era el Sanji que conocía y con el que se sentía a gusto, el Sanji de siempre, su amigo. Y ella tampoco necesitó mostrarse fría o distante, porque con decirle un par de insultos o propinarle los correctivos oportunos bastaría para desahogarse y para liberarse del peso de su contrariedad.
Así, pues, se ocuparon de quitar los otros paneles, abrieron las ventanas y luego se dedicaron a sacar los libros para poder limpiar con mayor comodidad. Uno a uno los fueron acomodando en algunas cajas que encontraron, así como el resto de papeles, y luego los transportaron a la sala, lo cual les llevó un buen rato. De todas maneras, lo más agobiante sería reacomodarlos.
El escritorio, las sillas, el piso de madera, los anaqueles, todo se hallaba cubierto por una gruesa y espesa capa de polvo que les insumió bastante tiempo desalojar. Una vez finalizada esa etapa examinaron los estantes para verificar la resistencia, aunque por fortuna no encontraron nada particularmente defectuoso o desvencijado. Quitaron las telas de araña, les pasaron un paño a las paredes (pintarlas requeriría desempotrar los anaqueles, y ya habían comprobado la inutilidad de hacer el esfuerzo) y ocuparon el resto de la tarde en pintarlos con una buena capa de barniz.
-Tendremos que barnizar el escritorio, las sillas y las molduras también para que no desentonen –señaló Nami con gesto meditabundo.
-Lo que Nami-san ordene para mí estará bien.
-Pero ya se hizo de noche, ¿qué haremos con los libros?
-Hoy terminaremos con los muebles y mañana acomodaremos los libros, ¿qué te parece? ¿No crees que soy inteligente y bien parecido, Nami-san? –remoloneó él.
La chica en cuestión le dio un golpe seco en la sien.
-Lo que digas, Sanji-kun –se burló.
-¿Deberíamos hacer planes para después? –sugirió el cocinero, ruborizado, mientras se frotaba la zona afectada.
Nami lo miró con indisimulable irritación.
-El único plan que se me ocurre es propinarte una patada en el culo.
-Sería una buena forma de explorar otras opciones –se ilusionó él, libidinoso.
La navegante lo persiguió por toda la habitación hasta darle con un florero en la cabeza.
-o-
Ese día, entonces, terminaron de barnizar todas las superficies de madera. Después, agotados, se fueron a dormir. Era tal la energía que les había insumido ese trabajo que ya no tuvieron ganas de hacer algo más que desearse las buenas noches, cosa que Nami hizo en un soñoliento balbuceo y Sanji con una melosa cabriola lingüística que ella ignoró por completo.
Según lo planeado, al día siguiente se ocuparon de reacomodar los folios, legajos y papeles en general, así como la gran cantidad de volúmenes que constituían la hasta el momento ignorada biblioteca de la casa. Empezaron por los primeros ubicándolos al azar en los cajones y encima del escritorio, pues no entendían ninguna de las anotaciones ni el contenido de los registros.
-Tendríamos que haberlos quemado –farfulló Nami, quien acababa de descubrir que el papeleo no era lo suyo.
-La dueña de casa no mencionó nada al respecto –señaló Sanji-, pero si Nami-san lo pide…
-Nami-san no te lo pedirá, tranquilo.
Fue bastante problemático lidiar con todo ese vetusto testimonio de una pasada vida contable. La mayoría de los amarillentos papeles se pegaban unos a otros, olían mal y se habían convertido en el hogar adoptivo de las esporádicas arañitas que los recorrían afanosamente mientras ellos trataban de ordenarlos. Con los legajos ocurría lo mismo. Sin embargo, de alguna u otra manera lograron organizarlos y los encajonaron para todos aquellos que quieran revisarlos dentro de otros veintitantos años más.
Cuando les tocó el turno a los libros, Nami fue por unos paños para repasar la encuadernación antes de ubicarlos en los anaqueles, pues entre el polvillo acumulado y los restos de telas de araña los pobres se habían convertido en la viva estampa del olvido y del tiempo. Luego se enfrentó a las cajas llenas hasta el tope con los brazos en jarra.
-Aquí vamos –murmuró.
Uno se ocupó de los anaqueles de la derecha y otro se ocupó de los anaqueles de la izquierda. Dividieron los libros a ojo, porque de todas maneras no tenían la más pálida idea de cómo organizarlos. Los títulos, autores, géneros y tamaños eran tan variados que los fueron ubicando como venían después de pasarles el paño para remover la suciedad.
Por su parte, Sanji se regocijaba con el simple hecho de permanecer con Nami en una habitación a solas. Quería disfrutar de esos momentos con mayor intensidad que antes, pues las labores de restauración estaban tocando su fin y ya no tendría excusas para hacerlo en el futuro. Además, todavía tenía que seducirla para que el proceso iniciado la noche pasada no quedase inconcluso. Nami, muy a su pesar tal vez, lo había iniciado, por lo que ahora le tocaba a él hacer que adquiera alguna clase de significado.
Nami, en cambio, se sentía calmada y bastante sorprendida. Había creído que, después del beso, Sanji, en la apoteosis del enamoramiento, la acosaría día y noche para repetir la experiencia a como diera lugar, pero el tipo se estaba comportando con absoluta normalidad, mesurado dentro de su algarabía habitual. Un poco le extrañaba, y quizá en cierto modo le molestaba, pero como nunca había cruzado una línea como esa en sus relaciones tampoco estaba segura acerca de cómo deberían desenvolverse.
En definitiva, no sabía qué pensar. Tal vez obrase de ese modo a causa de los resabios de la depresión, o porque su moral de caballero así se lo exigía o porque aguardase la oportunidad, pero de todas formas le resultaba extraño. A favor: no tenía que tomar demasiadas precauciones ni tenía por qué analizar, reanalizar y vuelta a analizar lo que sentía y lo que tan insólita conducta le generaba. En contra: de todos modos analizaba, reanalizaba y volvía a analizar.
-Mira, Nami-swan, ¡El amor en los tiempos del cólera! –exclamó Sanji de pronto interrumpiendo sus cavilaciones-. ¿No crees que es un título maravilloso?
-¿Por qué habría de ser maravilloso pasar un tiempo con esa enfermedad?
-Porque habla del amor, Nami-san, ¡del amor! –se entusiasmó el otro formando un corazón con los dedos, por si a ella no le quedaba claro el concepto.
Nami meneó la cabeza suspirando y lo ignoró olímpicamente. Continuó con su parte del trabajo tan sólo un minuto más, cuando Sanji volvió a arremeter:
-Mira este, Nami-swan, ¡Sueño de una noche de verano!
-¿Cómo sabes que se trata de una historia de amor? –lo desafió ella y, al segundo siguiente, se arrepintió de haberlo hecho.
-¡Porque sólo puede tratarse de un sueño de amor aquel que se experimente en una noche de verano! –entonó él con impecable cursilería.
Nami se golpeó la frente, irritada consigo misma. ¿En qué rayos estaba pensando? Ella mejor que nadie sabía que no debía alentarlo, podría haberse ahorrado el empalagoso comentario. Después, malhumorada, prosiguió con lo suyo procurando guardarse cualquier tipo de réplica. Al poco rato, sin embargo, Sanji volvió al ataque.
-Y mira este: Fragmentos de un discurso amoroso –dijo, hojeando el libro con verdadero interés.
-Sanji-kun, ¿podríamos continuar con lo nuestro sin interrupciones?
Pero Sanji no la oyó, o no le hizo caso.
-No parece una novela, sin embargo habla de amor –explicó, detenido en una de las primeras páginas. Y leyó en voz alta-: "La necesidad de este libro se sustenta en la consideración siguiente: el discurso amoroso es hoy de una extrema soledad. Es un discurso tal vez hablado por miles de personas (¿quién lo sabe?), pero al que nadie sostiene…" ¿Te das cuenta, Nami-san?
-¿De qué debería darme cuenta? –replicó ella poniendo los ojos en blanco, resignada.
-¡El lenguaje del amor está solo frente al lenguaje de la ciencia y de las otras artes! –exclamó él como si se tratase de una tremenda revelación celestial.
-¿Lo acabas de deducir o está escrito allí?
-Está escrito aquí –admitió Sanji-, ¡pero es una gran verdad! –Y luego, componiendo un gesto meditabundo, añadió-: ¿Debería asesorarme con Robin-chan para escribir mi propia teorización del sentimiento amoroso?
-Creo que así estás bien, Sanji-kun.
El cocinero hojeó otro poco hasta que encontró determinado pasaje.
-Parece un catálogo de nociones y conceptos relacionados con la experiencia del amor. –Y leyó-: "Adorable. Al no conseguir nombrar la singularidad de su deseo por el ser amado, el sujeto amoroso desemboca en esta palabra un poco tonta: ¡adorable!" ¡Es así como me siento respecto a ti, Nami-swan! –chilló con emoción.
-Idiota –masculló ella, colocando otro libro en el estante.
-"Angustia –continuó Sanji, cada vez más interesado-. El sujeto amoroso, a merced de tal o cual contingencia, se siente asaltado por el miedo a un peligro, a una herida, a un abandono, a una mudanza, sentimiento que expresa con el nombre de angustia." También me siento así respecto a ti, Nami-san –concluyó con pesar.
Entonces la joven volteó para mirarlo con asombro. ¿En verdad pensaba leerle todo el maldito libro? ¿De veras se identificaría con cada concepto, con cada planteo, con cada reflexión? ¿Con qué propósito? ¿En verdad creía que la convencería de pensar seriamente en sus sentimientos si los citaba de un libro? Por todos los cielos, ¡ella no era ninguna colegiala ingenua y enamoradiza!
No, por supuesto que no eres una colegiala, sino que se trata de algo aún peor...
Más interrogantes, entonces, ¡parecía una maldita jugarreta del destino! Y de pronto se sintió angustiada, aunque no por "el abandono del ser amado". Ella era algo mucho más contundente, inalterable y categórico que una colegiala, y por fuerza tenía que admitirlo: era una mujer, tan simple como eso. Y una mujer debería saber lo que siente, lidiar con ello y, en lo posible, llevarlo a la práctica contra viento y marea, o así sucedía en la mayoría de los casos. Pero no le ocurría de ese modo y eso precisamente era lo que le angustiaba.
No es que antes ignorase su sexo, la mirada de Sanji se ocupó de recordárselo en cada instancia de sus viajes a bordo del Sunny y en cada aventura que habían encarado como piratas. Pero en ese entonces para ella se trataba de un juego intrascendente, uno en el que se sentía despreocupada y segura, uno que no requería de sí mayor esfuerzo que algunos golpes punitivos. Sin embargo, esa mirada la obligaba ahora a verse realmente como una mujer, no sólo deseada, sino también importante y apropiada para alguien. Y eso le daba miedo.
-Dámelo –dijo Nami después de una pausa, arrebatándole el libro de las manos.
Sanji dejó que se lo quitara y se limitó a encender un cigarrillo mientras la navegante indagaba entre sus páginas. ¿Habrá dicho algo indebido, o demasiado movilizante? ¿La habría irritado aún más? ¿Habrá presionado innecesariamente? Muchas veces había escuchado que las personas eran insondables, pero la joven en ese momento se le antojó un complejo y dificultoso enigma.
Y no era que no la conociera o que no pudiera entrever cuáles eran sus inquietudes actuales. Un hombre que pretende conquistar el corazón de una mujer no puede menos que aprender a leer en sus emociones y obrar en consecuencia, orientándola, apoyándola, tolerándola o simplemente comprendiéndola, y él estaba tan enamorado que nada de eso le resultaba pesado. En todo caso, lo único que pedía era una oportunidad para hacerlo. No obstante, entendió que el beso los había colocado en otro lugar, uno muy diferente, y ahora ambos tenían que lidiar con el cambio y aprender a conocerse desde una nueva perspectiva.
Ojalá pudiese comportarme a la altura de tus expectativas, ojalá nunca más te decepcione, ojalá encuentre la manera de encauzar lo que tenemos… sea lo que sea.
Nami se detuvo en una página determinada.
-"Comprender. –Ni bien escuchó esa palabra, a Sanji se le cayó el cigarrillo de la boca-. Al percibir de golpe el episodio amoroso como un nudo de razones inexplicables y de soluciones bloqueadas, el sujeto exclama: ¡Quiero comprender (lo que me ocurre)!"
Sanji se quedó de piedra. Nami le encajó el libro en el pecho, él apenas pudo mover la mano para sostenerlo, y se marchó sin voltear.
