Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda
Hola, gracias por entrar aquí n.n
Podemos decir que con este capítulo empieza el final de la historia, recuerden que además de esta sólo quedan dos entregas más. Espero que aquellos que leen sigan disfrutando del relato.
Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
VIII
Algo que crece a pesar de nosotros mismos
Los dos últimos espacios de la casa a remodelar no le hacían ni pizca de gracia, pero Sanji asumió la responsabilidad como el gran caballero que era y que se afanaba por proclamar. Aun así esa mañana invirtió una buena parte del tiempo en mentalizarse una vez más, farfullando palabras ininteligibles a medida que se acercaba al mercado del pueblo. Lo único que le ayudaría a sobrellevar el disgusto se había quedado desayunando y le había dirigido una atemorizante mirada de advertencia cuando le preguntó si quería acompañarlo.
En esos días, el asunto con Nami se había complicado. Desde lo sucedido en el despacho la joven se había mostrado esquiva, retraída o irritable, le hablaba sólo cuando era necesario y la mayoría del tiempo reaccionaba con severas miradas amenazadoras para ponerle coto a los borbotones sentimentales. Y Sanji no sabía cómo remediarlo.
No es que le prodigase galanterías con el mero propósito de halagarla o ganársela, sino porque lamentaba mucho el último intercambio y no quería que su relación se resintiese por ello. Jamás había pensado en sacrificar una amistad como la que los unía, al contrario, siempre creyó que el componente amoroso sería un agregado enriquecedor que en nada debería de opacar lo que ya tenían, sino nutrirlo, y por eso quería protegerlo. Ella le había pedido "comprensión" y él se moría por complacerla incluso en eso, o sobre todo con eso.
¿Pero cómo transmitirle sus intenciones? ¿Cómo hacerle saber que la comprendía y que el amor y la amistad constituían para él tan sólo dos aristas en ese disparatado prisma que era su relación? A ella le costaba asimilar la buena nueva de que él le atrajese como hombre, no por temer perder al amigo, sino porque quizá nunca se sintió de esa manera por nadie, eso lo entendía, ¿pero por qué le costaba tanto confiar?
Una vez más, llegó a la generosa conclusión de que lo menos que podía hacer un caballero por su dubitativa dama era darle espacio y tiempo para que pueda decidir venir a él por sí misma. Había pedido "comprensión", o tiempo para comprender, y cedérselos no le costaba nada. Alguna vez oyó decir que las mujeres tienen un componente analítico del cual los hombres, más instintivos, carecen, por lo que le rogaba al cielo y al dios de la piratería para que no demore demasiado en analizar la situación.
Sanji, encendiendo un cigarrillo, recordó que aquella tarde tuvo que terminar de acomodar los libros solo, y pese al largo y arduo trabajo, dadas sus actuales circunstancias prefería eso a tener que lidiar con la nueva responsabilidad: acondicionar la despensa de la casa y, más adelante, la cocina. Era lo único que le faltaba para hundirse en el légamo de la incertidumbre.
Si hubiese podido viajar al pasado, se retractaría sin vacilar. En aquel momento, dejándose llevar por su galana cortesía, aceptó de inmediato el pedido que le hiciera la dueña de la casa, y como se sentía culpable por el bombardeo, jamás se le cruzó por la cabeza el pequeño detalle de su actual malestar existencial, el cual lo mantenía alejado de todo lo relacionado con la cocina. Pero ya era demasiado tarde para arrepentimientos y ahora tendría que arreglárselas.
Además esa casa, restaurada con el trabajo sostenido de ambos, de pronto se había convertido en la única testigo, el marco, el leit-motiv, la excusa perfecta para relacionarse con la mujer de sus sueños de un modo diferente, el escenario donde por fin se vieron de un modo diferente. Cueste lo que cueste continuaría ese trabajo hasta el final, así como cada uno de los viajes que había emprendido con sus nakamas.
Hemos sido capaces de reparar, construir y reconstruir, Nami-san, ¿no te parece una paradoja increíble? Si fuera por Luffy y los otros, incluido ese marimo de mierda, ni siquiera los malditos arrecifes se hubiesen salvado.
-o-
Nami revolvía su café frío concentrada en detectar los vestigios del perfume del cocinero. Incluso a bordo del Sunny solía acicalarse con esa colonia tan varonil, aunque poco sutil. Recordó que antes, cuando la percibía, ni siquiera se detenía a pensar que era de Sanji, excepto cuando invadía sus fosas nasales y blasfemaba en su nombre. Ahora, en cambio, al percibir la fragancia sólo podía detenerse a reflexionar.
Vaya si habían calado hondo esos nuevos sentimientos. ¿Pero cuándo comenzaron? Y más interrogantes surgieron a modo de potenciales respuestas: ¿cuando lo veía fumar con melancolía?, ¿cuando pintaron la sala?, ¿cuando dispuso el lugar para sus mapas?, ¿cuando bebió con ella?, ¿cuando demostró una debilidad inimaginable para un pirata, una debilidad que ella jamás había esperado ver en él?
¿Cuando lo percibió humano, entonces? ¿Cuando le vio las flaquezas, la frustración, el dolor? La mayoría de las veces, aunque sensibles, los Mugiwara solían mostrarse fuertes, casi invulnerables, tenaces en la dificultad y confiados hasta el último aliento… ¿Entonces fue descubrir que al menos uno de ellos era un ser humano lo que a ella la conmovió?
Quizás. O quizá fue el tiempo, el trabajo y la mutua compañía que se prodigaban, porque allí no había nadie más para aguijonearlos o para escarmentarlos en los ratos de mayor inseguridad. En los momentos en que pinchaba la añoranza, habían tenido que bastarse.
Sea como fuere, ella seguía revolviendo el café frío percibiendo de vez en cuando los rastros de su aroma. De nada le valdría continuar actuando distante con él, o pretendiendo desentenderse, pues Sanji podía ser alocado y latoso, pero de ninguna manera tonto. Él, mejor que ella, siempre supo lo que quería.
Además, tenía muy presente que las próximas horas serían difíciles para el cocinero. Y aunque parecía que en los últimos días los roles se habían invertido, que era él el que trataba de animarla, Nami no se olvidaba de que todo había comenzado con una misión asignada por Luffy, aceptada por ella y todavía inconclusa. Sus enredos emocionales tendrían que esperar.
Prometo que a partir de ahora sólo pensaré en ti, Sanji-kun. No soy quién para salvar a nadie, ni tengo esa intención contigo, pero sé que puedo ayudarte a sobrellevar lo que sea que cargues.
Sanji volvió a la casa acompañado de un verdadero convoy de alimentos de todas las variedades imaginables, el cual estacionó en la parte trasera junto al sucucho que supuestamente hacía las veces de despensa. Ni bien lo vio, Nami, olvidando por completo sus meditaciones y las viejas medidas de distanciamiento, puso el grito en el cielo.
Tal cantidad de provisiones, de las que ellos aprovecharían una mínima parte (lo poco que les quede de estadía mientras terminaban su obra de restauración), no podía menos que afectar la sensible susceptibilidad economicista de la chica, quien procedió a reprender al cocinero sin pena ni culpa. Sanji, en cambio, la confrontó con coquetos melindres y sonrisas melosas, contento de que Nami haya depuesto por fin aquella fría actitud.
Al notarlo, la irritación de Nami fue en aumento y pronto condimentó los reproches con certeros coscorrones en la cabeza por si con eso el pirata se enmendaba, aunque sólo dio resultado al final y por cansancio. De todas formas Sanji se entregó con gusto a ese conocido desborde punitivo, feliz y aliviado de haber hallado el modo de despabilarla.
Tendría que haber previsto que al incurrir en un gasto monetario excesivo y para nada ventajoso le transformaría automáticamente el desapego en irritabilidad. A diferencia de otras mujeres, no era mediante arrumacos o galanterías estereotipadas como vulneraría sus barreras, sino desafiándola, punzando en donde más le dolía. Vaya contradicción.
Y no era que Nami se disgustara con sus atenciones, o que no esperase cosas buenas de él. De hecho, así fue siempre su convivencia y por eso estaba ahí aún, soportando el trabajo y tomando la responsabilidad a su lado. Pero, tal vez, una pareja como la suya no se conformaría con un mero intercambio de amabilidades, sino que precisaba retos y nuevos modos de conexión.
Sanji, entonces, se regocijó interiormente. De repente, la maravillosa revelación de que quizá, de alguna forma, ya eran una pareja, conmocionó sus sentidos.
Cuando Nami se agotó de regañarlo, Sanji encendió un cigarrillo con absoluta calma.
-Parece mentira, Nami-san, pero falta poco para terminar aquí y volver al Sunny –comentó luego de una pitada, las manos en los bolsillos, la mirada abarcando la casa.
La joven se descolocó un poco debido al repentino cambio de tema, pero pronto entendió a qué se refería. Se puso a su lado y hombro con hombro se abstrajeron en la contemplación durante unos instantes hasta que ella suspiró profundamente.
-Se siente extraño.
-Es porque le hemos dedicado demasiado tiempo.
-Y esfuerzo. Ahora que lo pienso… no sé…
-Cuesta aceptar que debemos dejarlo atrás –completó Sanji, aún más retraído que antes.
Nami lo miró. ¿Qué clase de carga estás arrastrando, Sanji-kun? Pero no necesitó mucho rato para darse cuenta de lo que sucedía.
-Tratas la herida, enderezas lo torcido, compensas lo que falta, restauras lo que se ha estropeado –reflexionó Nami-. Supongo que una buena parte de la vida se nos va en eso, porque somos humanos y los humanos acumulamos más yerros que aciertos.
Sanji guardó silencio. Lanzó una bocanada de humo, melancólico, volvió a pitar y se retrajo aún más sobre sí mismo. Nami recordó su incapacidad para adentrarse en ese abismo y, por primera vez, se planteó la posibilidad de desistir de hacerlo, de dejar de intentarlo, porque quizá no sea ésa la solución. Lo único que cabía esperar, lo más importante, era que Sanji lo soporte, que resista, en lo posible con ella, porque al menos así ese peso se volvería más liviano y Nami podría sujetarlo cuando bordease el precipicio. Más que comprenderlo, quería estar de su lado.
Después de una pausa, agregó:
-Te despides de quienes se marchan, dejas ir a quien ya no te necesita, liberas aquello a lo que te habías aferrado y partes cuando ya has realizado lo que tenías que hacer.
-Lo sé, Nami-san, el tiempo siempre se está yendo –dijo él por fin-. Todo es efímero, tanto lo bueno como lo malo, tanto lo que nos daña como lo que nos ha hecho felices. Pero saberlo no hace que duela menos.
La joven sonrió con cierta tristeza, pero también con alivio al ver que más allá de la pena había interpretado lo que intentaba decir.
-Puede sonar trillado, pero así es la vida, Sanji-kun. Más que una carrera de velocidad, es una de resistencia.
-Una carrera de resistencia –murmuró él, sopesándolo.
-Hagamos una promesa –requirió Nami. Sanji se giró para atender a su pedido-. Cuando dejemos atrás esta casa, hagámoslo con una sonrisa.
Ningún pedido de Nami pasaba desapercibido para él. Se había comportado bastante grosero los primeros días, pero su innata caballerosidad siempre lograba abrirse paso y triunfar, aun pese a las evocación de las viejas heridas y la pesadumbre de una nueva y pronta despedida.
-Para un gentilhombre que se precie de tal, el hermoso pedido de una hermosa dama no se debe desoír jamás.
-o-
Al principio Nami había creído que se trataba del sótano y se abstuvo cuidadosamente de hacer incursiones en ese cuarto, temerosa de las ratas, cucarachas y demás alimañas que de seguro se arrastrarían por allí. Oscuro, abandonado, sucio y a salvo de presencias humanas indeseables, el lugar que en el pasado fuese la despensa de la casa estaba atestado de especímenes zoológicos de diversas formas y tamaños, por lo que la chica no quería ni asomarse. Sin embargo, llegó el tiempo de reconquistar aquel territorio usurpado.
Como era de esperarse, Sanji se calzó la reluciente armadura una vez más, se encomendó a su dama y descendió a las lúgubres profundidades de la Cueva de Montesinos, no sin antes haberse pertrechado apropiadamente con todo tipo de producto desinfectante. Lo que el tipo hizo allí Nami nunca lo supo. Aguardando en la cocina, llegó a contar dos horas y once minutos antes de que el pirata, fumando con indolencia, reapareciera ante su vista tal cual lo había dejado, aunque un poco más endurecido tal vez.
La navegante le recriminó su melodramática pose de hombre-que-lo-ha-visto-todo y lo conminó a darle explicaciones, pero Sanji, caballero hasta el final, prefirió ahorrarle los detalles. Según él Nami era una dama, y "las damas debían preservar sus bellos oídos, creados por la naturaleza sólo para escuchar dulces palabras de amor." La joven, irritada, le cortó la perorata cursi con una nueva retahíla de reproches.
Por seguridad, entonces, decidieron dejar pasar otro día antes de bajar a limpiar. Ninguno de los dos, por diversos motivos, sentía el menor entusiasmo por emprender el reacondicionamiento de aquel recinto. Aun así cierta dosis de ansiedad los embargaba, pues ahora que faltaba tan poco para terminar, si bien los entristecía, les recordaba también que muy pronto se marcharían para reunirse con sus nakamas.
Fue así que transcurrió otra jornada sin pena ni gloria: Sanji sin atreverse a tocar el espinoso tema de su interés amoroso y Nami buscando refugio entre sus mapas, tratando de mantener a raya sus propias emociones. Sin embargo, a pesar de los escrúpulos, pronto se encontraron de nuevo en un recinto a reciclar, a solas y con muchas chances de perder la compostura.
Mientras desempotraba los paneles que cubrían las pequeñas ventanas ubicadas en lo alto de las paredes, Sanji terminó por maldecir la estúpida decisión de alquilar aquella casa tan problemática. Al final, en lugar de ser un refugio se había convertido casi en un incordio, y por más que lamente tener que dejarla atrás debía admitir también que había elegido muy mal el sitio donde recluirse. ¿En qué demonios estaba pensando? Bah, ¡ni siquiera estaba pensando! Cuando llegué a esta isla estaba hecho un guiñapo.
Recordó que ya en ese momento, tres meses atrás, andaba con una botella de ron en la mano y le importaba muy poco lo que pudiera sucederle o en qué hoyo terminaría durmiendo, más preocupado por blasfemar contra el recuerdo de Zoro que por entender hacia dónde iban sus pies. Esa casa de apariencia abandonada, oscura y aislada era la madriguera perfecta para la sanguijuela en la que se había convertido y por eso fue a parar allí, así que no debería quejarse.
Por fortuna, las alimañas que pululaban la tarde anterior fueron aniquiladas durante el proceso de desinfección, por lo que de ahí en más podrían trabajar tranquilos. Cuando la luz del día volvió a iluminar ese desahuciado cuarto Nami bajó con numerosos productos de limpieza para terminar de erradicar las telarañas, el polvo y toda clase de suciedad acumulada. Entre ambos lograron que las estanterías, las paredes, el piso y los cristales de las ventanas se vieran limpios y relucientes, listos para volver a funcionar como la despensa de otro tiempo.
También habían encontrado un variopinto conjunto de enseres y pertrechos que se acumularon allí sin ton ni son y cuya única función fue la de acumular mugre (la dueña era de esas mujeres que sentían la necesidad de guardar hasta las envolturas de los obsequios, por si acaso), de los que se deshicieron de inmediato. Los sacaron uno por uno y fueron amontonándose en el jardín a la espera de una resolución, la cual llegó de la mano del primer vecino que pasó y los vio.
Cual ropavejero de última hora, el tipo insistió en llevárselos todos. Nami y Sanji intercambiaron recelosas miradas, pero tampoco fueron capaces de resolver el asunto de otra manera, pues la dueña se hallaba de viaje y no podían consultarle.
-Al fin y al cabo son un montón de artículos desvencijados –comentó luego Nami con desinterés mientras veía volver al sujeto con una carreta para cargarlos.
-Aun así son propiedad de una dama –repuso Sanji sopesando la cuestión.
-¿A quién crees que le hablas de "propiedad", jovencito? –replicó ella, irónica-. Me niego a conservar objetos inútiles y sin valor.
-Ya veo… Por eso viniste a buscarme.
-Idiota, ¿qué tiene que ver una persona con un objeto? Tú eres el cocinero del barco.
-No desde hace tiempo, Nami-san –dijo Sanji mientras ayudaba a cargar los enseres, todavía dubitativo al respecto-. Y por lo que veo, lo que no se precisa se elimina.
Nami puso los brazos en jarra, irritada.
-¿Qué estás insinuando? Eres un imbécil, ¿lo sabías?
En realidad Sanji lo decía en broma, y su vanidad se ensanchó bastante al notar que la joven se lo había tomado en serio. Mientras los tres cargaban la carreta no hizo más comentarios, pero luego, una vez que el vecino partió llevándose aquellos trastos, se permitió hacerle sus típicas carantoñas de chiquilín enamorado.
-¿Debo interpretar que Nami-swan me considera una persona imprescindible? ¿Nami-swan me ama tanto que ya no puede vivir sin mí? ¿Soy el hombre más importante en la vida de Nami-swan?
Nami, como de costumbre, le desbarató las pretensiones con un contundente puñetazo en la mollera. Disgustada por la jugarreta de su amigo y por las inquietudes que le había provocado, le regañó duramente por hablar siempre de ese modo tan descarado. Sanji, en cambio, se regocijó con el suave rubor que coloreó sus mejillas y con eso le bastó para ilusionarse otra vez.
-o-
Acomodar la gran cantidad de provisiones que el cocinero había comprado les llevó varias y arduas horas, pues a pesar de lo incómodo que le resultaba entrar en contacto con los alimentos Sanji catalogó y estableció una disposición inflexible para su almacenamiento, a lo cual Nami, sorprendida, se adecuó sin protestar. Por fin parecía que el tipo volvía a sus cabales.
De este modo, las frutas, las verduras, los alimentos enlatados, los quesos, los embutidos, las conservas, los empaquetados y demás fueron cuidadosamente acomodados en los sitios más frescos o más secos según las indicaciones del pirata. Algunos fueron ubicados más a resguardo, otros en canastos, otros previsoramente separados de aquellos que destilaban aromas invasivos y otros fueron apilados según el peso, el tamaño o la fecha de caducidad. Sanji desplegó tal grado de meticulosidad que Nami sintió por un momento que nada lo había distraído nunca de esas labores cotidianas.
El pulso se le aceleró con sólo mirarlo de reojo. En un momento determinado, Sanji apilaba, preciso y eficaz, uno tras otro, una serie de frascos con conservas de diversos tipos, y ella no podía quitarle los ojos de encima. Aliviada, emocionada, ridículamente ansiosa, acomodaba los vinos en un pequeño sector acondicionado para ello mientras contemplaba su afanosa figura, sus manos hábiles, su rostro ceñudo por la concentración. Quedarse a su lado había valido la pena.
Sanji, el atolondrado cocinero. Sanji, el de la fuerza bruta. Sanji, su amigo. Sanji, el hombre. Lo que sentía por él había crecido tanto que conseguía ver todos sus flancos sin decepciones, sin caer en reclamaciones, sin recelos, sin asustarse…
¿Pero qué tendría de raro que ella lo acompañe a cumplir una promesa "de caballero", si se conocían desde hacía años y habían atravesado ya numerosas aventuras juntos? ¿Dónde radicaba la novedad entonces? ¿Acaso no había hecho lo que cualquier nakama haría por un nakama? ¿Por qué debería interpretarlo todo a la luz de sus nuevos sentimientos?
A favor: Sanji volvería a la tripulación como el hombre que fue siempre o quizás, incluso, mejor, porque había caído y padecido, y porque se había levantado y ahora resistía. En contra: se sentía confusa, ignoraba qué hacer con los deseos inusitados que le generaba su cercanía y era incapaz de entender si se estaba apresurando o si en realidad venía con retraso en aquella historia.
De pronto, la distrajo un ligero estremecimiento. Se llevó la mano al pecho y Sanji, como si lo hubiese llamado, se aproximó con la celeridad de un paladín en servicio.
-¿Te ocurre algo, Nami-san?
La navegante lo miró con ironía mientras sacaba de su sostén la Vivre Card que guardaba. El otro se puso colorado, pero por nada del mundo apartó la vista mientras ella realizaba la acción.
-Agradezco tu desinteresada preocupación, Sanji-kun, pero no me ocurre nada. Sentí el temblor proveniente de la Vivre Card, eso es todo.
Después ambos se quedaron en silencio observando el papel que Nami sostenía entre los dedos, pensativos. Ese trozo de Vivre Card que Luffy le había dado el día de su llegada había permanecido bajo su custodia todo el tiempo, temerosa de perder el único y más eficaz medio para poder reencontrarse con sus compañeros, y era la primera vez que advertía esa especie de alteración.
-¿Sucederá algo? –indagó, desconcertada.
-Quizá no sea nada –repuso Sanji-, o quizá se trate de que se están moviendo.
-¿Deberíamos apresurarnos en volver?
-No creo que el Rey de los Piratas nos necesite demasiado –dijo él tratando de no pensar en la grotesca cara de Luffy cuando se transformaba en un suplicante de comida.
-Aun así me parece extraño.
-¿Todavía puedes experimentar extrañeza navegando por estos mares? –ironizó Sanji mientras encendía un cigarrillo-. A mí ya nada me sorprende –agregó luego de pitar.
-¿Debes fumar aquí, entre la comida, justo ahora? Eso sí que me parece extraño viniendo de ti.
-Disculpa, Nami-san –dijo él de inmediato al tiempo que arrojaba el cigarrillo para apagarlo con el pie-. Luego limpiaré otra vez.
Nami se quedó cortada con esa reacción.
-No era para tanto, Sanji-kun. –Pero Sanji siguió aplastando el cigarrillo, abstraído. Nami ahora se inquietó-. ¿Te has quedado preocupado por los chicos? ¿Piensas que tal vez les haya pasado algo? No creo que se trate de nada malo… ¿verdad?
Sanji volvió a donde estaban las latas y comenzó a acomodarlas en un estante, sin responder. Ella lo miró con interrogación, vacilante acerca de cómo interpretar ese nuevo retraimiento. Sin embargo, poco a poco empezó a visualizar el motivo. Nami sonrió. Luego guardó la Vivre Card en el sostén y se acercó hasta él.
-Yo también los echo de menos, y el mar, el barco, el cielo, y el aire…
Sanji dejó las latas y se volvió con lentitud hacia ella.
-Es verdad, los echo de menos –admitió mirándola a los ojos-. ¿Pero sabes qué me preocupa en verdad, Nami-san?
La mirada de Sanji era intensa y no se apartaba del rostro de ella. Nami se la sostuvo como pudo, maldiciéndose por tener que esforzarse para hacerlo. Se sentía una tonta colegiala tímida. Hizo acopio de valor y preguntó:
-¿Qué?
-Me preocupa que de todos modos nunca será lo mismo –dijo Sanji con voz opaca-. El idiota de Zoro ya no está, no tengo ganas de cocinar ni de buscar el condenado All Blue, no puedo abrir la nevera sin sentir vahídos, no sé cómo enfrentar a Luffy después de todo este patético tiempo y a veces hasta pienso en la posibilidad de permanecer en esta casa para siempre, la casa que tú y yo hemos mejorado con nuestras propias manos, Nami-san.
A Nami un poco le perturbó ese repentino borbotón de inquietudes, pero supo reponerse pronto y se le encogió el corazón al comprender la necesidad que Sanji tenía de expresarlo. Supuso que en algún momento el tipo se descargaría de algún modo, pero jamás imaginó que lo haría a causa de una estúpida Vivre Card. De todas formas lo agradeció con alivio y se predispuso a contener ese comprensible manojo de incertidumbre.
-Sanji-kun…
-Puede que me haya comportado como un idiota, pero mis sentimientos hacia ti jamás sufrieron alteraciones –la interrumpió él, dejándola pasmada por ese súbito viraje en su desahogo-. Todo ha cambiado, pero eso no cambia nunca.
Nami boqueó como un pez fuera del agua.
-Si este es otro de tus disparates…
-¿Disparates? –Sanji se acercó más sin dejar de enfocarse en sus ojos-. ¿Crees que sólo sé decir disparates, Nami-san?
La interpelada tragó saliva con dificultad, sosteniéndole la mirada a duras penas. Tuvo que aplazar la primigenia idea de contener sus temores para adaptarse a ese nuevo planteo, el latente y delicado tema de su relación, para lo cual se obligó a recuperar sus habituales prevenciones.
Y lo primero que le vino a la cabeza quizá no fuese la salida más feliz.
-Creo que muchas veces no hablas en serio, Sanji-kun, creo que juegas.
Sanji pestañeó, confuso.
-¿Por qué?
-¡Porque coqueteas puerilmente con cada mujer que se cruza en tu camino!
-¿Entonces?
-Entonces no te creo, Sanji-kun –le lanzó Nami aunque supiera que ése no era el problema en verdad, aunque esgrimiese ese argumento como una medida desesperada-, no puedo creer en aquello que pregonas a los cuatro vientos si lo haces cada vez que te gusta alguien.
Sanji se puso pálido. Nami jamás lo había visto reaccionar así y se arrepintió en el acto de haber sido tan frontal con ese repentino subterfugio de su mente cuando todavía debían hablar de otras cosas primero. De pronto se sintió insegura, tonta, torpe, ella lo conocía y podía distinguir mejor que nadie cuándo hablaba en serio y cuándo hablaba en broma.
Ambos se habían precipitado, Nami lo comprendió demasiado tarde, aunque coordenadas tales como "tarde" o "temprano" resultaban muy ambiguas en esa relación. Él había sido sincero, había blanqueado sus sentimientos, en cambio ella, irresoluta con los suyos, se encargó de encubrirlos con el absurdo recurso de la desconfianza. Y lo había ofendido.
Sanji no sabía qué decir. No estaba enojado, sólo trataba de entender el hecho de que ella no lo hubiese comprendido, que menosprecie sus sentimientos. A favor: al menos ya podían hablar sin tapujos de lo que en verdad sentían. En contra: ella lo había subestimado, lo cual lo hería aún más que la idea de un posible rechazo.
-Nunca, ni una sola vez, te he dicho una mentira.
Esta vez fue Nami quien no supo qué decir, cualquier tipo de retractación le parecía irrisoria. Él se veía súbitamente serio, maduro y seguro de sí mismo, y ella creía empequeñecer a su lado. Quizá por primera vez desde que comenzaran a viajar juntos era ella la que desentonaba de los dos.
-Sanji-kun… no quise decir…
-Cada palabra que te he dicho ha ido en serio, Nami-san.
-Pero tú siempre… ¡incluso con Robin!... ¿Cómo puedo tomarte en serio?
Sanji suspiró y la miró en silencio con ojos indescifrables. Luego se llevó las manos a los bolsillos y se dirigió hacia las escaleras, cabizbajo y visiblemente dolido. Antes de subir para irse, se volteó en su dirección.
-Pensé que al menos tú sabrías la verdad.
Nami lo miró desolada.
-¿Acaso crees que esas cosas pueden adivinarse?
Sanji sonrió sin ganas.
-Nadie puede adivinar los sentimientos de nadie a menos que se declaren abiertamente. Y creo que yo lo he hecho con creces.
