Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda

Hola, gracias por entrar aquí n.n

Anteúltimo capítulo, quiero agradecer a todos aquellos que han leído hasta aquí. Son pocos, pero fieles, y eso tiene un gran valor para mí.

Disculpen por los posibles fallos -muy posibles esta vez, me costó mucho corregir el texto- y gracias por leer :D


IX

Aquello por lo que nos hemos reconocido


Así como Sanji había tenido que terminar de ordenar la biblioteca por sí mismo, Nami se quedó sola para organizar la despensa. Preocupada, sinceramente apenada con el cocinero, acomodó hasta la última de las provisiones ciñéndose al orden establecido por él. Cuando terminó, hacia la medianoche, subió a su cuarto, se echó en la cama y cerró los ojos con melancolía.

Al día siguiente sólo supo de su ausencia. Bajó a desayunar sola, se sentó con sus mapas sola, se preparó algo para almorzar sola, acomodó cosas que ya estaban acomodadas y de vez en cuando dirigía la mirada hacia el ventanal que daba al camino, por si lo veía regresar. Y, de paso, se sentía una estúpida de primera categoría. ¿Ahora era ella la que lo acechaba?

Tenía tantas razones para sentirse de esa forma que cuando por la tarde retomó sus labores cartográficas tuvo que rehacer varias veces el mismo plano, inconforme con cada esbozo tentativo. Y el tipo seguía sin aparecer. Jamás hubiese creído que llegaría el día en que Sanji la descolocaría de esa manera. Irritada, procedió a maldecirse mientras arrojaba al suelo el décimo bollo de papel.

¿Por qué demonios tengo que pasar por esto? ¿Quién es Sanji a fin de cuentas? Un hombre, ¡sólo un hombre!, y los hombres jamás tuvieron este poder sobre mí. Sé fuerte, Nami, ¡y golpéalo con un rayo ni bien asome su fugitiva nariz!

Pero cuando arrojó el décimo quinto bollo de papel, se dio por vencida. Ella sabía que lo había herido con sus palabras al menospreciar sus sentimientos, y que de nada valdría disfrazar su error con una cólera mal encaminada. Lo había ofendido por nada, o sólo porque era incapaz de manejar sus propias emociones. Esta vez había sido ella la desubicada, la impertinente, y aunque el tiempo fluyera no conseguía deshacerse de los remordimientos.

Tendría que haberle dado a entender que se hallaba demasiado desconcertada con sus vaivenes afectivos, que ya no sabía cómo manejar la relación ni cómo conducirse con él. Sin importar cuánta familiaridad y confianza compartieran, era un hecho que ahora lo miraba diferente y que le asustaba la idea de volver al Sunny en esas circunstancias. Ella podía comprender mejor que nadie lo que él sentía y, sin embargo, como una tonta, sólo fue capaz de cuestionar la sinceridad de sus sentimientos en lugar de transmitirle con franqueza la calidad de los suyos.

Suspirando con nerviosismo, inquieta, observó que comenzaba a anochecer. A favor: necesitaba mucho tiempo todavía para pensar en el modo como se manejaría con él de ahí en adelante. En contra: ¿cuándo pensaba regresar el muy idiota?

-o-

A la mañana siguiente Nami bajó para desayunar y se encontró con Sanji bebiendo un café en la cocina, como si nada hubiese pasado. Se sintió aliviada de verlo, pues agotada como estaba no había podido mantenerse despierta lo suficiente para detectar su llegada. Tomó una taza, se sirvió café y se sentó junto a él sujetándola con ambas manos, nerviosa, para sentir el agradable calor que despedía y darse ánimos.

-Lo siento, Sanji-kun –murmuró con la vista fija en la infusión.

Sanji la miró con cierto asombro.

-No tienes que disculparte conmigo, Nami-san.

-Claro que tengo que hacerlo –dijo ella aferrándose a su taza y a su resolución, sin mirarlo todavía-. He dicho estupideces, te he herido sin motivo y he sido terriblemente injusta.

Ahora el cocinero la miró con atención. Tal vez se había comportado demasiado infantil al irse de casa sin avisarle, pero en verdad necesitaba tiempo a solas para procesar lo ocurrido. Le bastó con un breve paseo para deshacerse de todo rastro de amargura y disculparla sinceramente, tal era la medida real de su amor, por eso no necesitaba de ningún formulismo de su parte para hacerlo.

¿Quién era él para juzgarla? ¿Tenía derecho a protestar por su desconfianza? Siempre había sido una mujer sensata, por lo que no había nada extraño en su planteo. Sus galanterías habían ido demasiado lejos con más damiselas de las que su memoria de picaflor podía recordar, y tarde o temprano ese pasado se le volvería en contra, Nami tenía razón al reclamárselo.

Asumirlo le llevó unas cuantas horas de caminata y reflexión, pero los hombres de verdad saben reconocer sus falencias y Sanji lo hizo hasta el punto de aceptar el cuestionamiento sin objeciones. Si después de superar esa instancia demoró en regresar fue porque de sólo pensar que lo último que les quedaba por reacondicionar era la cocina lo llenaba de tensión e incomodidad. Quería dilatar el momento lo más posible, demorarlo, por eso se había valido de su desacuerdo con ella para permanecer afuera, alejado de lo inminente.

Entonces él también comenzó a experimentar arrepentimiento, Nami se había preocupado por su causa y la dejó sola por una razón egoísta. En ese instante, sin embargo, comprendió por fin por qué le había hecho aquel planteo de la desconfianza y la falta de claridad. Si quería algo de ella, tenía que ser más franco y preciso.

Te has sentido culpable y, en parte, tenías razón con respecto a mí. Ambos debemos aprender a ser más claros con nuestros sentimientos, Nami-san.

-No tengo ningún rencor contigo –le dijo con franqueza. La joven levantó la vista, reconfortada. Sanji se recriminó mentalmente por haber pensado más en sí mismo que en ella, cuando era ella lo que más le importaba. ¿Acaso había olvidado sus modales, sus valores de caballero?-. Te lo aseguro, Nami-san, no guardo ningún rencor ni tengo nada que reprocharte. Si ayer no regresé a tiempo fue porque tenía otras inquietudes.

Nami lo miró con interés.

-¿Qué tipo de inquietudes?

Sanji empezó a juguetear con los dedos sobre la mesa.

-Si lo dijera abiertamente, será puesto a prueba el gran amor que me profesas –dijo remolón para poner en práctica su sinceridad.

La navegante puso los ojos en blanco. Ahí va de nuevo.

-Sólo dilo, idiota.

El pirata recuperó la compostura de inmediato. Tomó un cigarrillo, lo encendió y le dio una larga y meditabunda pitada antes de responder.

-Hoy nos toca la cocina –anunció.

Nami no precisaba oír más. Habían llegado al meollo, al epicentro, a la raíz, al bulbo raquídeo del problema. Y ella, que en tan alta estima se tenía, ni siquiera lo había pensado. Todo se trataba de la cocina, de la maldita y tan mentada cocina, y casi ni se había percatado.

Suspiró largamente, echando un vistazo alrededor. Pese a las idas y vueltas de las reparaciones, habían logrado mantener el lugar relativamente limpio y ordenado, cosa de la que se encargó Sanji en mayor medida hasta el punto en que muchas veces olvidó hacer su parte. Es que aquél era su territorio, su hábitat, su lugar en el mundo, tan naturalizado lo tenía que aún le costaba entender que el tipo lo hubiese relegado.

Había que pintar y reparar algunas de las alacenas y demás enseres, retocar por aquí y por allí, descubrir lo que sea que necesitase un buen lavado de cara. Detalles, trivialidades quizá, pero que de seguro removerían en el cocinero hasta la última fibra de su organismo. Nami desconocía cuán ajenas se volvían las cosas más familiares para una persona deprimida, pero fue lo suficientemente lúcida para entrever que el único principio posible radica en donde hay más dolor.

Al fin y al cabo, estaba allí para eso.

-Hagámoslo de la mejor manera posible, Sanji-kun.

La firmeza de su voz hizo que a Sanji se le dispare el pulso. Demasiadas emociones se debatían dentro suyo como para sostenerse de su endeble autodominio, por lo que la serenidad y la fuerza de Nami le parecieron el mejor sitio donde anclar.

-Entonces lo haremos bien.

-Por supuesto que lo haremos bien, zopenco, ¿qué creías? ¿Acaso no somos Mugiwaras?

Y con ese espíritu comenzó la etapa final.

-o-

Ni bien terminaron de desayunar sacaron la mesa, las sillas, desempotraron alacenas y estantes, apartaron la cocina, la nevera y los alimentos precocidos que se acumulaban en unos y otros. Después, voluntariosos, limpiaron a fondo cada rincón e hicieron un escrupuloso relevo de todas las reparaciones necesarias con más entusiasmo del que se habían creído capaces.

Sanji en particular de pronto parecía concentrado e interesado. Al igual que cuando se ocuparon de la despensa, Nami advirtió las señales primero con asombro y luego con satisfacción, deseosa de que su amigo pudiese reencontrarse armónicamente con aquello que había dejado atrás. De nuevo se ciñó a sus profesionales indicaciones sin protestar, contenta de verlo manejarse en su propio terreno con la maestría acostumbrada.

A Sanji le había costado al principio, le resultó duro empezar a movilizar el mobiliario que en otro tiempo constituía su lugar en el mundo, el escenario donde podía ser él mismo sin restricciones y que ahora se le antojaba casi extraño, transfigurado. Se forzó a recordar su promesa con la dueña de casa y se aferró a sus intenciones con Nami para evadirse de aquellos nubarrones emocionales y ponerse en acción, se entregó a la faena sin demorarse en inseguridades ni reparar en asombros, convencido de que hacía lo correcto.

Y de repente, sin proponérselo, empezó a sentirse más cómodo, resolutivo, motivado. Hubiese sido imposible determinar el momento exacto en que ocurrió, pero de pronto era como si aquellas paredes le dictasen lo que tenía que hacer y que sólo él tenía oídos para entenderlo. La cocina se convirtió en una entidad viviente cuyo espíritu le demandaba, le pedía a gritos, lo orientaba. Y él, que jamás había podido desentenderse de ese llamado, se doblegó sin cuestionar.

El primer día pulieron irregularidades, limaron superficies oxidadas y pintaron. El segundo día se ocuparon de reparar las alacenas cambiando los estantes irreparables por otros nuevos y pintando con barniz aquellos que todavía eran utilizables, no sin antes haber reubicado la nevera y la cocina una vez acondicionada la primera y desengrasada la segunda. El tercer día ubicaron la mesa y las sillas después de barnizarlas también y finalmente guardaron los enseres y los alimentos.

Agotados, aunque interiormente gratificados, esa jornada contemplaron el trabajo terminado. Les llevó más tiempo que el resto de las instalaciones restauradas, pero había valido la pena, pues la cocina se veía reluciente, casi como nueva. El momento más aplazado se había convertido en el más gozado, se tomaron la libertad de dejar pasar las horas mientras mejoraban lo dañado con paciencia, esmero y emoción contenida.

-Ni siquiera Franky podría haberlo hecho mejor –bromeó Nami, satisfecha.

-Tú lo has dicho –secundó Sanji mientras encendía un cigarrillo.

-Es una pena que no sea nuestra cocina. Hemos trabajado duro y no podremos disfrutarla.

Sanji lanzó una bocanada de humo con la vista fija en la nevera.

-Lo mismo nos ha ocurrido con el resto de los cuartos –murmuró-. Desde el principio sabíamos que sería así, Nami-san.

-Lo sé –dijo ella, que de todas formas experimentaba la curiosa mezcla de alegría y tristeza que desde hacía varios días venía acometiéndola-. Aun así me hubiera gustado que fuese diferente, me hubiera gustado que esto sea para nosotros. –Luego, pensando en lo que significaba, se dirigió a su amigo con curiosidad-. ¿Cómo ha ido para ti, Sanji-kun?

El interpelado sonrió de lado. Durante unos instantes fumó en silencio, pensativo, hasta que encontró las palabras que podrían expresar algo parecido a lo que le aguijoneaba por dentro.

-Demasiado raro –contestó-, y familiar también. Supongo que fue cálido, pero perturbador. Sigo nervioso, aunque más a gusto que antes.

Una vez más, Nami se esforzó para comprenderlo. Y al pasar, comprendió cuán enamorada se hallaba de él, cuánto admiraba su capacidad para ponerse de pie.

La brisa se colaba por la ventana entornada balanceando suavemente las cortinas. Era de noche y el aire fresco les proporcionaba alivio después de la última agotadora jornada de restauración. Las cacerolas, las tazas alineadas en su sitio, los paquetes, los frascos, los vasos apilados, todos parecían mudos testigos de una despedida secreta e inevitable.

Ahí concluían el esfuerzo, el tiempo y la dedicación que la casualidad, la mala puntería ajena y el pedido de una dama les habían exigido y que ellos ejercieron hasta el final por respeto a la palabra dada. Y la ironía se hizo presente, pues por primera vez emprendieron una aventura que en lugar de brutalidad requería paciencia, una aventura donde reparar y construir se imponía sobre las acciones habituales de destrozar y demoler. Realmente paradójico.

Para Sanji siempre se trató de eso, de cumplir. Para Nami, en cambio, se trató de acompañar. Ambos, sin embargo, trazaron un gran recorrido, un recorrido que les permitió descubrir cosas nuevas sobre sí mismos, a veces positivas, a veces chocantes, pero siempre productivas y más que reveladoras. Él tuvo que aprender a confrontar las tormentas que desatan las adversidades dentro del alma, mientras que ella tuvo que responsabilizarse de sus propios sentimientos. En definitiva maduraron, un proceso con el que los dos se sentían agradecidos.

-Valió la pena, Sanji-kun –dijo Nami después de una pausa.

El pirata se dejó caer sobre una silla.

-Eso creo –suspiró.

-Mañana tendremos que empezar a empacar nuestras cosas. También tendremos que conseguir un barco. ¿Será muy costoso arrendar uno?

-No tengo la menor idea.

El repentino tono opaco de su voz atrajo la atención de la navegante. Se sentó junto a él, pues supuso que esos días habían sido demasiado movilizantes y todavía lo afectaban.

-Ha sido duro para ti.

Para corroborar sus suposiciones, cuando él alzó la vista Nami entrevió muchas emociones allí. El corazón se le oprimía y, al mismo tiempo, desbordaba de ansiedad, de calidez, embargado de la necesidad de hallar de una buena vez la respuesta que él tanto requería.

-Sanji-kun…

-Entonces aquí hemos terminado –dijo él con indolencia, sin dejarle terminar la frase-. Me había ilusionado con algo más.

Nami se mordió el labio inferior, contrariada. Entendía perfectamente a qué se refería, y una vez más se sintió torpe y vacilante.

-Algún día esto iba a llegar a su fin, así tiene que ser. ¿Acaso no quieres regresar al Sunny?

-Claro que quiero hacerlo, pero la cuestión aquí es de qué manera vamos a regresar. Y no me refiero al transporte precisamente.

Inquieta, la joven se levantó y comenzó a dar vueltas alrededor estrujándose las manos con nerviosismo. Sanji se echó contra el respaldo de la silla y encendió otro cigarrillo.

-Sanji-kun, no podemos.

-¿Por qué?

-¡Porque no lo hemos hablado! –replicó ella, crispada.

-¿De qué deberíamos hablar? Creo que he sido más que claro con respecto a mis sentimientos y podría apostar mis viejos trajes acerca de la naturaleza de los tuyos.

A Nami esa categórica seguridad la sacó de su eje. Se detuvo mirándolo con estupor y Sanji se puso de pie para enfrentarla.

-Ahora dime, ¿cómo quieres regresar?

Decidido y con la voluntad renovada por el reciente trabajo, Sanji se jugó el todo por el todo. A favor: de nada serviría ya continuar postergando, callando, simulando, evadiendo, encubriendo, negando o soslayando. En contra: le había dado, lisa y llanamente, la oportunidad de rechazarlo.

Nami tragó saliva con dificultad. Luchó para no desenfocarse de sus ojos, ceñuda, tratando de parecer enojada por ese nuevo exabrupto cuando en realidad los nervios la carcomían por dentro.

El corazón de una mujer a veces podía ser tan complejo que fácilmente se confundía con histeria o remilgo aquello que en realidad era inseguridad o turbación. ¿No podía sentirse asustada, no tenía derecho a angustiarse ante la inminencia de una bifurcación? ¿Acaso los hombres nunca dudaban? ¿Por qué tenía ella que darle ese giro a su vida cuando hasta el momento había sido perfectamente feliz?

-Vine aquí contigo porque tenía una misión –intentó evasiva.

-Y mientras soportabas mi apatía, mientras martillabas, pintabas y limpiabas nos hemos visto de nuevo, Nami-san, nos hemos redescubierto.

Esas palabras sonaron mucho más fidedignas y se impusieron con mayor contundencia que cualquier otra parrafada amorosa. En su interior, Nami ahogó una maldición.

-Nunca te rindes, ¿verdad?

-El corazón de un caballero sólo tiene una dueña. Es ella o nada.

-Gracias por dejármelo fácil, idiota.

-Jamás hemos escogido las sendas más cómodas, somos Mugiwaras –porfió Sanji, más serio de lo que había estado nunca, más convencido que Luffy cuando tomaba una decisión-. El desafío nos atrae como mariposas hacia la luz y nos quemamos felices porque hemos hecho lo que queríamos. Eso es lo que somos y lo que seguiremos siendo mientras respiremos.

Pero Nami casi se indignó con ese súbito rapto de superioridad existencial. ¿Acaso se hacía el tonto? ¿Justamente él le hacía semejante planteo?

-Deja de decir tonterías, sabes de sobra que aún no puedes hacer lo que quieres –le espetó. Sanji la miró con asombro-. ¿Te has quitado esa ropa horrenda? ¿Has pensado en retomar la búsqueda del All Blue? ¿Te pusiste a cocinar?

El cigarrillo vaciló en la comisura de su boca.

-Nami-san…

-Prepara un platillo, Sanji-kun. –La sentencia había sido pronunciada. El pirata sudó frío y Nami le sostuvo la mirada, decidida a no claudicar-. Cocina para mí y luego hablaremos de "sentimientos".

-o-

El corazón de un hombre enamorado también puede llegar a ser complejo, aunque procure no demostrarlo. Allí pueden albergarse miedos, frustraciones, ilusiones, pesares… Sin embargo, en el corazón de Sanji siempre se anidó una idea, y esa idea, como verificó una y otra vez a lo largo de esas semanas, nunca variaba.

Nami subió a su cuarto dejándolo solo. El cortinaje continuaba meciéndose con cada soplo de la brisa nocturna y las cacerolas, las tazas, los vasos y la nevera seguían allí, mudos, aguardando algo de él. Pero él se sentía vacío.

Salió al jardín para respirar mejor. De cara al cielo estrellado pensó en sus amigos, en el mar, en Nami y en sí mismo. Maldita la hora en que decidiste ser un pirata, ¿acaso creías que todo sería fiesta y comida? ¿Nunca se te ocurrió pensar que cada aventura podía venir con sus condimentos, y que tal vez no todos serían de tu gusto? En buena hora te lo planteas.

Dio algunas vueltas, absorto, entre las plantas, hasta que lo acometió una inquietud. Como si fuese guiado por un hechizo, se dirigió al pequeño cobertizo donde guardaban las herramientas, abrió la deteriorada portezuela y entró. Había espacio sólo para una persona, por lo que no tuvo que remover mucho hasta hallar lo que buscaba. Luego salió de nuevo a la noche, el ceño fruncido en un adusto mohín.

La hoja de Wado Ichimonji centelleó a la luz de la luna. Sanji la examinó con detenimiento, como si fuera la primera vez que la veía. Después de la muerte de Zoro habían recuperado sus katanas y las guardaron en el Sunny mientras decidían qué hacer con ellas o a la espera de algún espadachín especial que merezca envainarlas. Pero Sanji, sin poder explicarse aún por qué, prefirió conservar ésa consigo a espaldas de sus compañeros.

Sabía que era indigno, incluso sonreía sardónico cada vez que verificaba que la espada seguía estando en ese lugar tan inapropiado (una jugarreta personal contra el cretino de su dueño), pero lo cierto era que mataría al primero que le pusiera las manos encima. La miró con sorna al regodearse en ello, y con creciente dolor después.

-¿Qué dices, marimo? ¿Debería intentarlo?

Ni siquiera en ese momento fue capaz de recordar cuándo había tomado la katana y por qué razón la había sustraído del Sunny dejando sus propias pertenencias sin importarle lo más mínimo. Era lo más inusitado que hubiese hecho jamás y esa curiosa laguna entre sus recuerdos le producía no poca turbación. Tal vez ni siquiera era conciente de lo que hacía cuando la tomó.

Pero ahí estaba. Ella, al igual que los trastos de la cocina, también aparecía muda, aguardando. La admiró ensimismado durante unos instantes y luego la envainó con parsimoniosa actitud.

-¿Debería intentarlo, marimo? –repitió poniéndose en cuclillas, apoyando la frente en la guarda, cerrando los ojos con cansancio-. ¿Debería?

Primero fue una opresión en el vientre. Las entrañas se le contrajeron desagradablemente, el aire no alcanzaba a llegar a sus pulmones y su cuerpo comenzó a sacudirse a medida que ardientes lágrimas comenzaban a surcar su rostro. La angustia, forzadamente contenida, por fin hallaba espacio para manifestarse.

El dolor, como el amor, está hecho de una materia inefable pero altamente perceptible, puede atravesar el cuerpo con la misma contundencia que el filo de una espada. Sanji, por una vez, dejó de rehuirlo para aceptar su implacable estocada hasta doblarse sobre sí mismo, para dejarse vencer por el golpe. El dolor, en ocasiones, es el primer paso del camino.

Luego cayó sobre el césped aferrándose a Wado, acurrucado, y lloró como un niño.

-o-

El libro parecía estar en su contra. Las letras se salían de su lugar, las frases se superponían y los puntos y las comas bailoteaban en la página saboteando la adecuada ordenación de las ideas. Entonces Nami, farfullando maldiciones, se dio por vencida y lo abandonó.

El reloj indicó que pasaban de la medianoche. Ningún ruido llegó desde abajo y la incertidumbre se hacía cada vez más densa al preguntarse qué diablos estaría haciendo el cocinero, si es que había escuchado su pedido. Y tal como al principio de su estadía, volvió a dudar de haber hecho lo correcto o de ser la más idónea para encarrilarlo.

Tal vez había sido demasiado brusca, o impaciente, o impositiva. Tal vez Sanji necesitaba más tiempo, ayuda o estímulos diferentes a los suyos por más sexys que resulten ante sus ojos. Que el tipo la requiera en amores vaya y pase, pero que ella fuese suficiente motivación para resolver un problema más serio era otro asunto. Muchas personas dependían de eso, y que el diablo se la lleve por haber asumido semejante responsabilidad.

Su estómago crujió desagradablemente. Nami se dio un breve masaje, pensando con nostalgia en los deliciosos platillos que Sanji cocinaba en el pasado. Como suele pasar con esos achaques, se odió por no haberlos valorado en su debido momento. Después pensó en el pantagruélico apetito de Luffy, de Usopp, de Chopper y de los demás y se estremeció ante la sola idea de la catastrófica ausencia de un cocinero en esa famélica tripulación. Pobres de los piratas que se cruzaran por su camino para desafiarlos.

Pensando en eso al principio no se dio cuenta de los discretos golpes que sonaban en su puerta, o creyó que se había adormilado y que estaba soñando. Luego, la insistencia la obligó a volver en sí. Nami se despabiló y se puso en estado de alerta.

-Soy yo, Nami-san –le dijeron desde el otro lado.

-¿Y quién más podría ser? –replicó ella, reaccionando por fin. La irritación, como de costumbre, la salvaba de la vulnerabilidad.

Se levantó de la cama y fue hasta la puerta, demasiado ansiosa para su gusto. Asió el picaporte, inspiró profundamente, arrugó la frente para verse colérica y luego abrió. Como era de esperarse, Sanji aguardaba en el pasillo.

Ni bien lo vio notó los inconfundibles rastros del llanto y se quedó mirándolo con estupor. Hacía tanto tiempo que no lo veía llorar que por unos instantes olvidó fingir enojo ni supo qué decir. Después, por instinto, alzó las manos para tomar su rostro, pero tropezó con algo que se lo impidió.

Nami no había reparado en el humeante platillo que Sanji sostenía en una mano, ofreciéndoselo. Al hacerlo, fue tal la mezcla de impresión, sorpresa y alegría que a pesar de ella misma persistió en su perplejidad, pues aunque tenía muchas cosas para decirle las palabras se le atascaron una por una en la garganta obstruyendo sus intenciones. Estaba anonadada.

¿Pero qué debería decir? Más allá de todo, más allá del tiempo y de las aventuras, más allá de las monerías sentimentales y de las propias aprensiones siempre fueron grandes amigos, y los amigos sólo precisan mirarse con franqueza para comprender. Sanji le tendió una cuchara en silencio, Nami la tomó maquinalmente y todo ocurrió con la naturalidad de siempre.

Probó la preparación. Unos pocos segundos de degustación le alcanzaron para recuperar la seguridad y la confianza, el tipo de sensaciones que solía generar esa maravillosa y añorada comida. Tomó otro bocado, y otro y otro, y mientras saciaba el apetito unas furtivas lágrimas revelaron por fin lo que no podía expresar con palabras. Sanji las enjugó amorosamente con un dedo.

-¿Entonces ya te enamoraste de mí, Nami-swan?

Como toda respuesta, Nami lo estrechó entre sus brazos. Sanji, asombrado, procuró mantener el plato a distancia para no ensuciar su ropa y se maldijo por tener siempre las manos ocupadas en los momentos más deliciosos de su vida.

Nami se apartó, atrapó su rostro y lo besó sin pensar. El sabor de Sanji y el sabor de su comida se confundieron, se entrelazaron y formaron la única razón por la que ella podía revivir y dejar de sopesar cosas a favor y cosas en contra para aceptar ese atolondrado amor de una vez por todas. Lo besó porque se sentía bien besarlo, porque él era mejor, porque había sido feliz mientras estuvo a su lado. Nami reparó por fin en que eso era suyo, que esa historia les pertenecía.

Sanji se dejó abordar por sus labios entre sobrecogido y maravillado, el pulso se le disparó y el corazón bombeó hasta el límite conduciéndolo al paraíso de los caballeros andantes, tozudos y constantes, si es que tal paraíso existía. De nuevo la joven lo sorprendió con la guardia baja brindándole la dicha más absoluta sin que él pudiese hacer mucho con su cuerpo para retribuirla como quería. Al menos pudo rodearle la cintura con un brazo atrayéndola más hacia sí mientras le mordía la boca con ardiente devoción.

Se besaron hasta hartarse, liberados de los escrúpulos. Se ofrecieron, demandaron, premiaron y reiniciaron una y otra vez el rito procurando conservar el equilibrio físico, porque el mental y el emocional se les habían desbaratado. Volver de un viaje tan subyugante les insumió tanta energía como el sobrellevarlo, porque aunque hubiese sido estupendo ninguno consideraba demasiado sensato permanecer allí parados y limitados, si es que la sensatez jugaba algún papel.

-Eres un idiota, ¿lo sabías?, ¡el pirata más idiota que haya conocido! –le recriminó Nami cuando encontró su voz. Si bien había podido desprenderse de sus labios todavía no podía deshacerse de su abrazo-. Debería crear una nube y golpearte con un rayo ahora mismo.

Sanji sonrió de lado.

-¡Nami-swan está tan enamorada de mí que modificaría el clima del mundo sólo por mi causa! –exclamó con su entusiasmo habitual.

-Nami-swan todavía tiene ganas de propinarte un buen coscorrón. Todavía puede hacerlo.

-Si Nami-san lo dice, tal vez lo merezca.

-Siempre te lo mereces, Sanji-kun. –Nami dejó que el cocinero apoyara su frente en la de ella, le pareció natural que así lo hiciera-. O al menos eso creo. Deseo estar allí cada vez que lo merezcas.