Disclaimer: One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda
Hola, gracias por entrar n.n
Parece mentira pero llegamos al final, voy a echar de menos esta historia. Recuerdo que cuando me decidí a escribirla lo hice como posesa, creo que saqué seis capítulos en diez días. Una locura... aunque agradecería volver a ese delirio productivo con el fic que tengo en ciernes. No es de este fandom, aclaro, no sé cuándo volveré a escribir algo sobre One Piece, en el último tiempo decidí tomarme la escritura de fics con tooooda la calma del mundo.
Quiero agradecer a las personas que se han detenido en esta historia para leerla, pero sobre todo a aquellos poquiiiisimos que además pudieron comentarla. No es una queja encubierta, es la más pura verdad y lo señalo, en todo caso, para animarlos a dejar reviews en los fics que sigan. Si no les gustó, obvio que no, pero si les gustó, aunque no los haya fascinado hasta el punto de alcanzar el Nirvana (hay mucha gente que decide comentar sólo en esas ocasiones, que me temo son muy escasas, la fascinación es casi un milagro y se produce con cuentagotas), dejen aunque sea una línea señalándolo para que el fanficker se sienta motivado.
Lo último que quería sugerir es que desplieguen la pestaña donde figuran los títulos de cada capítulo para poder leerlos de corrido. Parece un poema pero no lo es XD La idea la "tomé prestada" de un libro de Italo Calvino,Si una noche de invierno un viajero.
Ahora sí, me despido de todos ustedes deseándoles lo mejor y agradeciéndoles con todo el corazón por su tiempo y compañía. Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
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Para aceptar que existe
La dueña de la casa no salía de su asombro al contemplar la calidad de la restauración que sus inquilinos habían llevado a cabo. Parecía insólito tratándose de piratas, pero a las pruebas había que remitirse: el techo, las paredes exteriores, el jardín, la sala, la cocina, la despensa, incluso el viejo despacho, todo lucía reluciente, renovado, casi como nuevo. La mujer les agradeció con sucesivas reverencias por el esfuerzo y los invitó a permanecer allí el tiempo que necesitasen antes de su partida.
Nami aceptó la oferta a regañadientes, pues continuaba pensando que el sacrificio que habían tenido que hacer excedía por mucho los daños ocasionados por la bala de cañón y le parecía muy descarado de su parte "pagarles" de ese modo. Sanji trató de calmarla con pasteles de manzana, galletas con chispas de chocolate y crema helada de vainilla, pero sólo consiguió que la joven se irritase más con sus empalagosas tentativas.
Porque desde que se destrabó el complicado mecanismo psicológico que lo había sumido en la depresión, Sanji retomó la compulsiva práctica de preparar todo tipo de platillos para todo tipo de situación en cualquier momento del día. Pronto la cocina apareció atiborrada de preparaciones, mezclas, potajes, masas, pastas y demás que por obra y gracia del cocinero se transformaban luego en deliciosos desayunos, meriendas y almuerzos que Nami apenas se podía terminar. El sujeto parecía haber sido abrasado por una especie de fiebre culinaria.
Y por eso, con un cuenco atiborrado de croquetas de queso y papa preparadas por Sanji para la ocasión se despidieron de la mujer bajo la promesa de dejarle las llaves al vecino más próximo cuando llegase el día de partir. Pero ni siquiera por esa agradecida sonrisa ni por la amistosa mano en alto con que la dueña se alejó definitivamente por el camino Nami depuso su resentida actitud. Tal vez no lo haría durante años.
Por otro lado, conseguir un barco se tornó realmente dificultoso para la pareja. En una isla tan pequeña y aislada las embarcaciones podían contarse con los dedos de la mano y todas tenían dueño, utilizadas para la pesca. Por más que preguntaron, rogaron o tentaron con una cuantiosa retribución no lograron que nadie venda o arrende, mucho menos que las presten. La fama destructivo-bestial que precedía a los Mugiwara desde siempre se había extendido por todos los mares, por lo que nadie se atrevía a prestar un barco que quizá nunca regresaría intacto sin importar la solemnidad de las promesas ni el grosor de los fajos de dinero.
-Y lo bien que hacen –suspiró Nami por lo bajo, que a pesar de la contrariedad y el fastidio entendía perfectamente las inquietudes de los isleños.
Caminaba de regreso después de otro día de frustradas tratativas comerciales junto a Sanji, que siempre la acompañaba en esas infructuosas pesquisas.
-Ya se nos ocurrirá algo –dijo él encendiendo un cigarrillo.
-"Ya se nos ocurrirá algo" –farfulló Nami con sorna-. ¿Cuándo y qué exactamente, Sanji-kun? El tiempo se nos está agotando y nosotros aquí varados, sin poder comunicarnos con los chicos para explicarles la situación.
-No creo que haya apuro.
-¿Acaso piensas permanecer en esta isla para siempre?
-Si es en compañía de mi adorada Nami-san, ¡no lo dudaría ni por un segundo!
-Idiota –masculló ella.
-¿Qué te parece construir un barco? –sugirió Sanji entonces.
-¿Te has vuelto loco?
-Hemos sido capaces de reconstruir una casa y hemos visto a Franky construyendo naves en más de una ocasión durante años –argumentó él-. Si un ciborg en tanga puede hacerlo, ¿por qué no podríamos nosotros?
Nami extendió el brazo para propinarle un correctivo en la cabeza.
-Deja de decir tonterías.
Él exhaló un círculo de humo y sonrió. Se sentía bien volver a su ritmo natural de vida. Ya nada le oprimía el corazón ni le generaba incomodidad o rechazo, era como haberse sacudido la modorra después de muchos meses de letargo. Había alcanzado un nuevo conocimiento de sí mismo, de sus amigos, de Nami, había recordado cuál era su lugar en el mundo y por qué navegaba junto a ellos más allá de todas las dificultades. De ahí en más, confiaba en que todo iría mejor.
El tiempo le había dado la perspectiva adecuada para evaluar las diversas vicisitudes, como casi siempre ocurre con las personas que un día caen desalentadas. Ahora podía evaluar las cosas de modo más reflexivo, sano, podía realizar el balance apropiado y hacer las paces con su propio yo sin que los números le queden en rojo como antes. Jamás podría olvidar lo sucedido, desde luego, pero con conservarlo en su corazón sería suficiente para aprender de sus errores y reconciliarse un poco con el mundo.
Y allí estaba Nami para recordarle que tenía objetivos. Luffy lo había sabido, lo había visto, y por eso le agradecía el que la hubiese enviado con él.
Aunque ninguno estaba ya en sus veinte, y aunque entre todos los Mugiwara seguía siendo el más inmaduro, el capitán aún hacía gala de una intuición demoledora, superior a la del resto, supuestamente más sensatos. Pero ser juicioso era una cosa y ser intuitivo era otra muy diferente, y de seguro el chico tenía bien puesto el título de Rey de los Piratas.
El cielo se cernía despejado sobre sus cabezas, una brisa tibia jugueteaba con sus cabellos y lo asaltó un extraño presentimiento. Cuando llegaron a la casa Nami fue a sentarse con sus mapas rumiando los reveses de las gestiones y él se encerró en la cocina para preparar su platillo favorito en un nuevo intento de apaciguarla y aplacar sus propias inquietudes. Algo le decía desde hacía rato que debería empezar a despedirse de ese lugar.
Nami también, además de irritación, experimentaba ese tipo de expectativa, sin lograr explicarse por qué. De nuevo la Vivre Card se sintió rara y le acometió la inopinada sensación de que debería comenzar a empacar, un pensamiento absurdo teniendo en cuenta que aún no conseguían algo tan simple (al menos para ella) como un barco para viajar.
Lo único que calmaba en parte su ansiedad era el haber cumplido con su misión. Recordó la vez que Luffy fue por ella hasta su hogar para pedirle que le lleve a Sanji y lo desconcertada que se sentía ante semejante requerimiento, sus insistentes chillidos infantiles y las dudas acerca de su capacidad para manejar una situación así. Operar el barco pirata más temido de todos los mares vaya y pase, pero lidiar con el descalabrado psiquismo de un hombre como Sanji… Sólo su sentido del deber y su vocación por la amistad la inclinaron a acceder.
Y no lo lamentaba. Asombrada de sí misma, conmocionada por el descubrimiento de aquella nueva sensación que la embargaba, entendió por fin los motivos de Luffy para elegirla y lo que el muy obstinado intentaba lograr. Nami no supo si agradecerle o romperle la cabeza. En todo caso, ni bien lo viese de nuevo lo decidiría.
Le resultaba a la vez agradable y extraño trazar en el plano el contorno de una isla con el ruido de las cacerolas de fondo, aun después de algunos días de llevar esa rutina. En su camarote sólo se colaba el sonido del mar y en su casa de Kokoyashi se oía el bullicio de los niños cuando jugaban en la calle, por eso todavía le costaba un poco habituarse a esa nueva cotidianidad junto a Sanji, tan diferente además a su relación anterior.
Cada detalle le mostraba el giro que había dado su vida. Y vaya giro. Jamás imaginó que podía llegar a albergar esa clase de sentimientos, ni lo esperó ni lo deseó, porque sus objetivos iban en otra dirección. Sin embargo allí estaban, arraigando, creciendo, sorprendiéndola cada día con su contundencia. Ella que siempre había disfrutado de su independencia, que sabía bastarse por sí misma y que defendía a rajatabla ese estilo de vida, de repente se sentía fortalecida, gratificada y plena con el nuevo vínculo forjado.
A favor: nada de lo que había temido sucedió en verdad, porque desde el mismo momento en que aceptó el amor de Sanji se sintió tan liviana y dichosa que en ocasiones tenía que abofetearse mentalmente para abandonar la nube y descender a la realidad. En contra: de sólo pensar en el revuelo que la novedad causaría en el Sunny se le ponían los pelos de punta.
¿Pero por qué tendría que alterarme eso ahora? A fin de cuentas ni siquiera hemos conseguido un maldito barco.
Sanji se lució con la cena. Decoró la sala con velas y diversos adminículos aromáticos, procuró que la vajilla combine con las servilletas y el mantel y demostró tal maestría en la selección del menú que Nami pensó seriamente en la posibilidad de abrir un restaurante cuando les llegue el turno de retirarse de la piratería. Con él de cocinero, sería un negocio muy rentable.
Así, gracias a los redoblados ímpetus gastronómicos que sobrevinieron con la recuperación, las fuentes cargadas de guisos, carnes, hortalizas, ensaladas y guarniciones aparecían humeantes y tentadoras ante los estupefactos ojos de la navegante, a quien ya no le importaba tanto el riesgo de engordar como el hecho de que se desperdicie la comida. Ninguno de los dos tenía el apetito garrafal de ciertos integrantes de la tripulación, por lo que antes de sentarse a la mesa contempló las vituallas con preocupación.
-Esto es demasiado, Sanji-kun.
-Es un humilde homenaje a tu belleza, Nami-san –repuso él con galantería-. No te preocupes por nada y disfruta de tu cena.
-Pero ni siquiera entre los dos podremos comerlo todo.
-Nami-san, me conoces bien –dijo Sanji sosteniendo la silla caballerosamente mientras ella se sentaba-. Siempre he cocinado en abundancia y nunca dejé que nada se desperdicie, ni en el Baratie, ni en el Sunny ni aquí.
La navegante se dio por vencida.
-¿Y a qué se debe la ocasión esta vez? –preguntó, porque lo de "homenajear su belleza" formaba parte de los clásicos exabruptos amorosos y por más enamorada que esté jamás se los iba a tomar en serio.
El joven se sentó a su lado y comenzó a servir.
-Presiento que se trata de una noche especial. ¿Acaso no te has sentido extraña últimamente?
Nami lo miró con atención.
-¿A qué te refieres?
-No lo sé –repuso Sanji mientras trinchaba la carne-, es como si la casa estuviera despidiéndose de nosotros.
A Nami le asaltó un escalofrío, pero coincidió. Durante unos instantes permanecieron pensativos, silenciosos, mientras degustaban la comida. Luego ella dejó los utensilios y recorrió con la vista la sala. Contempló las paredes, los muebles y los detalles que se esmeraron en recuperar para hacer de la estancia un sitio confortable y volvió a sentir que ese lugar le pertenecía.
-Sí, supongo que ha llegado la hora de despedirse –murmuró.
Sanji también dejó brevemente su comida para poder hablarle como era debido.
-Sabíamos que este momento llegaría, así que recuerda lo que prometimos.
Ella suspiró.
-Lo recuerdo, pero de todas formas me pone triste.
-Te aferras a las cosas y luego las dejas ir –dijo Sanji con melancolía recordando las palabras que la propia navegante le dijera tiempo atrás-. La vida está jalonada de objetos perdidos, supongo que no se puede evitar.
-Pero también supimos construir, reparar y compensar.
-Claro que lo hicimos, y lo hicimos bien. Una parte de nosotros se quedará en esta casa y jamás olvidaremos lo que hemos aprendido aquí.
-Es verdad, jamás lo olvidaremos. Franky estaría orgulloso –dijo Nami para darse ánimos. Tomó el tenedor y se dispuso a retomar su comida-. La vida posee tantas aristas que a veces resulta difícil decidirse a qué asidero mental sujetarse para sobrevivir. Al menos por hoy, en lugar de perder, quisiera pensar que hemos construido.
-Nami-san es tan sensible que mi corazón se encoge ante sus palabras.
-Ojalá el mío se pusiera igual ante las tuyas –ironizó ella, burlándose de su zalamería.
-¡Mi corazón se ha ensanchado tanto con mis sentimientos que con él basta y sobra para los dos! –replicó el otro alegremente.
-No lo dudo –dijo Nami con sarcasmo. Pero luego le sonrió.
-o-
-Insisto, Sanji-kun, ¿no deberíamos tratar de conseguir un barco antes de empacar?
-Tú no te preocupes por nada, Nami-san, déjaselo todo a tu enamorado. Un auténtico caballero jamás permitiría que su dama fatigue sus preciosas manos con esta clase de tarea.
Nami lo miró con una ceja levantada, pero como de veras el tipo se estaba ocupando de embalar y guardar todo, se abstuvo de replicar. Ese día había amanecido agitado y embargado por una especie de "delirio empacador de pertenencias", y dado que ella también se sentía ansiosa, le dejó hacer libremente su sacrosanta voluntad.
Lo único en lo que se negó a aceptar su ayuda fue en guardar sus mapas. Ahí Nami no admitió ningún tipo de caballerosa intervención, por lo que mientras él ordenaba los numerosos baúles de ropa, ella enrollaba cuidadosamente cada plano para luego colocarlos en los recipientes tubulares correspondientes. Entretanto le echaba esporádicos vistazos al cocinero, que subía y bajaba del cuarto transportando los vestidos con diligencia.
Sonrió para sus adentros. Más allá de sus desplantes de caballero andante, de sus melindres de galán de melodrama y de su vestuario de pirata de folletín, seguía siendo el Sanji amable, bondadoso, generoso, el Sanji que lo daba todo de sí sin dudar ni mirar a quién. Él, quizá, no podía darse cuenta de su entrega, pero ella sí lo veía, lo agradecía y se sentía afortunada.
Si fueses capaz de ver que tú también nos entregas tu vida todos los días de mil formas diferentes, tal vez no te hubieses sentido tan abrumado, Sanji-kun.
Luego sus ojos se posaron en la katana que aguardaba sobre la mesa su sitio en el equipaje. Sanji se la había dado para que la conserve hasta volver al Sunny, sin poder darle ninguna explicación acerca del porqué. Tampoco le refirió los motivos para haberla tenido consigo todo ese tiempo, aunque en realidad no fuese necesario. Las despedidas en general precisan de algún tipo de ritual y esa katana estaba cargada de significados, por lo que para ella también se había vuelto tan doloroso como imprescindible el verla de nuevo.
De pronto, la distrajo de esas cavilaciones el brazo con el que Sanji le rodeó la cintura desde atrás, mientras posaba suavemente la cabeza sobre su hombro.
-¿Seguro que no necesitas ayuda? Te quejas de mi excesiva laboriosidad en la cocina, pero tú no te quedas atrás con tus mapas.
La joven cerró los ojos y se dejó abrazar.
-Tú con tu comida y yo con mis mapas –contestó delimitando el territorio de cada uno.
-No piensas resignar nada, ¿eh?
-No pienso depender –corrigió ella-. ¿Acaso lo querrías?
Durante unos instantes Sanji fingió que lo meditaba. Las mujeres eran todo un misterio, pero a él le encantaba trabajar para develarlo. ¿Debería decir lo que ella quería escuchar, o simplemente ser sincero? ¿Tenía siquiera que plantearse tal dicotomía?
Lo único que quiero de ti es que continúes siendo invariable, Nami-san, que seas la constante en mi vida hasta que deje de respirar.
-No –concedió por fin.
-Además, he permitido que te encargues de lo más pesado, incluso he dejado que manosees mis prendas por aquí y por allá. ¿No tendría que sentirse satisfecha tu vanidad masculina?
Él sonrió y la estrechó más contra sí.
-Créeme que me siento colmado, Nami-san.
Que se haya expresado con tanta mesura y calidez después de haber mencionado sus prendas un poco la desorientó, tuvo que hacer un gran esfuerzo para adaptarse a la situación. Supuso que muchas cosas cambiaban y que otras nunca lo harían, y que parte del trabajo de una pareja que se conocía de años consistía en aprender a descubrir cuáles era cuáles. Nami se alzó mentalmente de hombros, suspiró y lo dejó pasar.
Luego, sin desasirse del abrazo, nuevamente recorrió con la vista la habitación. Sanji se dio cuenta y la acompañó desde su ángulo, entendiendo una vez más su melancolía.
-Si quieres podemos comprarla –sugirió.
-¿Comprarla? –Nami negó con la cabeza, decidida-. ¿Para qué?
-Para atesorarla, para tener un lugar al cual volver.
-Ambos sabemos que no podríamos volver hasta dentro de muchos años, y que dentro de muchos años ya no seremos los mismos.
-¿Entonces?
-Entonces hagamos lo que hemos prometido: despidámonos con una sonrisa. De todos modos jamás la olvidaremos.
-o-
No hubo caso, nadie estaba dispuesto a rentar o vender algún tipo de embarcación, ni siquiera ante la vista de una voluptuosa pirata inusualmente desprendida. Le urgía tanto irse de allí que Nami había puesto más monedas de oro en la escarcela que exhibía ante los ojos de los posibles vendedores, sin éxito alguno.
Irritada y a punto de comenzar a ejercer la violencia, decidió caminar un rato por la orilla del mar para respirar aire puro e inspirarse. Todos allí sabían quiénes eran y, no obstante, se negaban a colaborar aunque se trate de hacerlo para que se fueran, y eso la llevó a concluir lo contradictorio que podía ser el género humano. Si no se le ocurría un plan para desarticular la desconfianza, se verían en serios problemas.
Sanji se quedó en la casa para terminar de embalar sus cosas. Nami sonrió. Todavía se sentía extraña al pensar en él de otra manera, al saberse esperada, al tener una pareja. Había visto tantas cosas en sus travesías, había pasado por tantas aventuras asombrosas y había conocido y lidiado con cada clase de individuo, que no pudo menos que admirarse ante su inagotable capacidad de asombro. Quizás el amor fuese un sentimiento demasiado brillante, o demasiado grande, y nunca pasaba desapercibido, o tal vez aún había cosas que podían conmoverle.
Respiró hondo y usó una mano como visera para protegerse del sol con la intención de observar el horizonte. El North Blue era un mar maravilloso, de un azul profundo y prometedor, y nunca se había tomado el tiempo suficiente para contemplarlo como debía. Además, era el hogar de Sanji.
Agudizó la vista y contó el número de barcos pesqueros que parecían reposar en la lejanía. Sintió envidia, pues hasta los simples pescadores contaban con una nave para aventurarse en el océano. De pronto, la Vivre Card comenzó a removerse dentro de su sostén. Farfullando molesta por esa nueva agitación, la sacó y se quedó mirando su tenue movimiento.
-Ni se les ocurra alejarse aún más –murmuró entre dientes, pues debido a la continua actividad de ese trozo de papel comenzó a sospechar que sus compañeros avanzaban en su derrotero sin consideración hacia los dos rezagados.
Acto seguido, exprimió al inocente papelito como si fuese el culpable, y en ese puño apretado contuvo la frustración. Después, resoplando, comenzó a caminar siguiendo la línea de la costa de regreso al muelle sin haber logrado, en definitiva, relajarse.
Hasta que súbitamente, en dirección al mar, divisó por el rabillo del ojo una forma conocida. Nami suspiró. Su deseo de volver al Sunny era tan grande y su incertidumbre sobre el modo de lograrlo tan profunda, que su imaginación comenzó a jugarle malas pasadas dibujándole el espejismo de su añoranza. Era lo único que le faltaba.
Siguió caminando más aprisa, pero la imagen volvió a imprimirse en su retina. Obnubilada por el sol, decidió ceder al estímulo y ladeó la cabeza para observar en esa dirección creyendo que así conjuraría el engaño, pero cuál no sería su asombro al comprobar que a lo lejos, imponente y majestuosa, indudable e incuestionablemente, se alzaba la mismísima arboladura del Sunny.
Nami se quedó clavada en la arena parpadeando para calibrar la visión. Pero el Sunny seguía allí. Embobada, paralizada, atolondrada y devota, no supo por dónde empezar a reaccionar ni qué sensación liberar primero, tan variado era lo que experimentaba y tanto lo que quería hacer. Ni su imaginación la timaba ni sus amigos se habían alejado, nada de lo que había especulado tenía sentido ahora porque el Sunny estaba ahí, acercándose y saludándola.
Ni bien recuperó el control de su cuerpo echó a correr rumbo al muelle donde seguro atracarían sus queridos nakamas, a quienes tanto había echado de menos. Qué feliz estaba de verlos, ¡qué alivio la invadió al comprender que en realidad la Vivre Card había reaccionado a su proximidad! ¡Y cuánto tenía que contarles de Sanji, de ella y sobre sus días con él!
Recorrió el endeble maderamen del atracadero y comenzó a saltar balanceando los brazos para hacerse notar. Después, emocionada, se acordó del cocinero, y ya no supo en qué dirección debía correr. Pero como desde el barco empezó a recibir señales de reconocimiento, decidió quedarse a esperar el arribo de los Mugiwara. En todo caso, Sanji se enteraría más tarde.
-¿Estás contenta, Nami-san?
La navegante se sobresaltó.
-¡Sanji-kun!
Él le sonrió con descaro.
-No me esperabas, ¿eh?
-¿Cómo diablos supiste? ¿No estabas en casa?
-Jamás me perdería del espectáculo –señaló él con naturalidad encendiendo su sempiterno cigarrillo-. Salí a buscarte y cuando divisé la costa distinguí al Sunny acercándose desde lejos. Sin avisar, como de costumbre. Los muy desgraciados.
Pero Nami ya no prestó atención a sus palabras sino que lo miró de arriba abajo, boquiabierta. Si con la visión del Sunny quedó pasmada, con la visión de Sanji tuvo que hundirse en el summum del estupor, pues el cocinero se había vestido con uno de sus trajes característicos. Nada de camisa desabotonada ni de pantalón sucio ni de aretes, sino un traje, ¡un pulcro y elegante traje oscuro! Nami no lo podía creer.
¿Cómo describir el regocijo que la embargó? Nada volvería a ser igual, nunca podrían volver a ser los mismos, el tiempo gira caprichosamente y en la noria se cambia, se cambia irremisiblemente de lugar y de sueños. Aun así, a pesar de todo, era bueno saber que se podía seguir buscando, que se podía volver a soñar, que una parte de sí aún podía conservarse.
-¡Sanji-kun! –musitó sin saber qué más agregar.
-¿Verdad que estoy guapo, Nami-swan? –jugueteó él-. ¿Verdad que llorarás de la emoción al verme así de encantador otra vez?
Como toda respuesta, la joven le propinó el acostumbrado correctivo de ideas en la mollera, maravillosamente catártico para su conmovida perplejidad. Sanji se frotó la zona agredida, pero no dejó de sonreír y de hacerle arrumacos. Nami desvió la atención hacia el Sunny, por lo que las infantiles carantoñas subsiguientes no generaron nuevos estragos en su integridad física.
Él también se sentía feliz. Había creído que jamás encontraría motivos para sentirse de ese modo otra vez, pero la verdad era que lo estaba. El amor de Nami lo hacía feliz, volver con sus amigos lo hacía feliz, reencontrarse consigo mismo y comprobar que aún podía caminar sobre sus propios pies lo hacía feliz. La vida podía estar llena de contrariedades, malos ratos, penas y frustraciones, pero cada nuevo día significaba una nueva oportunidad para reiventarse y apostaría por ello.
Allí, entre Namy y el Sunny, estaba su hogar. Lo había elegido hace tanto que casi lo olvidaba, porque a veces los años y ciertas repeticiones provocan que se pierda de vista aquello que una vez fue elegido a conciencia y con el corazón, aquello que prometía felicidad. Tuvo que sufrir ese colapso de amargura, tuvo que perder a Zoro y hundirse en la miseria para recordar quién era, por qué estaba ahí y por qué navegaba con ellos.
Y casi lo perdía. La sensación de impotencia, un golpe y el portazo indignado final es todo lo que un hombre necesita para perderlo todo cuando la cabeza se ha alienado. Se preguntó qué hubiera sido de él si hubiese formado parte de una tripulación diferente.
A favor: mientras tuviera algo que perseguir y unos amigos con quienes compartirlo siempre hallaría el modo de salir adelante, pasara lo que pasase. En contra: el pasado podía ser aterrador, sin duda, pero en ciertas ocasiones el futuro lo era todavía más. Por eso contaba con Nami.
-¡Sanji! ¡Nami! –Los gritos de Luffy no se hicieron esperar.
-¡Luffy! –le correspondió ella saludándolo con los brazos en alto.
Y pronto todo fue alegría y celebración. Apenas atracó el barco, Luffy salió eyectado hacia donde sus dos nakamas lo aguardaban.
-¡Sanji! –vociferó como un niño, y se aferró a una de sus piernas como parásito recién nacido-. ¡Sanji! –volvió a berrear más gangoso que antes, pues las lágrimas y los mocos estorbaban la correcta circulación del aire en su aparato bucal.
-Mierda –masculló Sanji, que trató de sacudírselo.
-¡Sanji! –chilló Chopper, que salió de la nada para colgársele del cuello hasta ahogarlo-. ¡Sanji! –lloriqueó el pequeño reno ajeno a los intentos del cocinero por respirar, pues estaba en el mismo penoso estado de huérfano desamparado y medio muerto de hambre que su capitán.
-¡Sanji! –lo secundó Ussop aferrándose a la pierna que todavía quedaba libre-. ¡Sanji! –bramó de nuevo casi con desesperación, hambriento y ridículamente feliz por verlo de nuevo.
-Maldita sea… ¡Aléjense de mí, guiñapos asquerosos! –protestó Sanji enojado a más no poder con esos desatinos infantiles. Pero por más que forcejeó, ladró y se sacudió, no pudo quitárselos de encima. También intentó dar algunos pasos por si con eso se desprendían, pero logró avanzar muy poco con toda esa absurda y moqueante sobrecarga.
Nami se saludó con el resto intercambiando jubilosas palabras y sonrisas. Para su alivio no tuvo que explicar demasiado, pues ni bien notaron a Sanji tan visiblemente mejorado en comparación al encuentro anterior comprendieron que la navegante había tenido éxito en su misión.
-Ya, ¡déjenme en paz, cuadrilla de estúpidos! –continuó renegando Sanji, irritado, de quien los chicos no querían desprenderse-. ¡Ensucian mi ropa con sus asquerosas lágrimas, jodidos idiotas!
Hubo que esperar un largo rato para que "los salteadores de cocineros añorados" recuperen, si es que eso fuera posible, algo parecido a la compostura. Después todos subieron a bordo y brindaron por el tan esperado reencuentro.
Sanji se lució. En pocos minutos desplegó su maravilloso arte culinario para alimentar de nuevo con sus exquisiteces a aquella sufrida tripulación de piratas famélicos. Eran incapaces de preparar un simple huevo frito, y Sanji los reprendió por eso. Su cocina apareció saqueada, desordenada y sucia, por lo que bastante trabajo le llevó aprovisionarla y ponerla en condiciones.
A los demás les importaron un bledo las recriminaciones, pues se abocaron de lleno a devorar sin escrúpulos ni ambages los platillos servidos en la ocasión. Sanji meneó la cabeza, resignado. Por dentro, no obstante, se sentía agradecido.
-¿Y cuándo piensan contarnos que ya son novios? –farfulló Luffy con la boca llena.
Nami se puso colorada y Sanji lo golpeó en la nuca, haciéndolo lanzar parte de la comida.
-Habla con corrección delante de las damas, idiota –lo reprendió. Y luego, sonriendo con coquetería, agregó-: ¿Tanto se nota? ¿Has visto, Nami-swan? Se dieron cuenta de nuestro amor sin tener que decir una palabra.
La navegante escondió el rostro tras una mano, abochornada. Robin sonrió, Franky les alzó el pulgar, Chopper los miró con carita arrobada, a Ussop se le cayó la mandíbula y Brook… bueno, Brook era puro huesos y sus gestos poco podían expresar. El músico tan sólo rió sonoramente envidiando la suerte de su nakama.
-Lo suponía –comentó Luffy sin dejar de masticar-, supuse que algo por el estilo ocurriría.
Nami se indignó.
-¿Entonces lo hiciste a propósito?
-Por supuesto.
-¡Me utilizaste!
-Síp.
-¡Me obligaste a ir sólo porque querías que me pusiera de novia con él!
-¡Y porque quería que me lo trajeras!
-Eso no quita lo otro, zoquete.
-¡Me estaba muriendo de hambre!
-¡Pues ahora espero que te atragantes!
Estas y otras amistosas palabras intercambiaron el capitán y su bella navegante, hasta que Sanji sirvió más comida y todos estuvieron tan ocupados dando debida cuenta de los alimentos que a nadie le quedó ganas de seguir discutiendo. Por otro lado, pronto comenzó a atardecer y se acercó el momento de zarpar.
Les quedaba un largo viaje por delante y Luffy tenía muchos planes, por lo que antes de partir se distribuyeron ciertas labores aprovechando que habían anclado en una isla. Sanji y Nami volvieron por su equipaje acompañados de Chopper y Ussop, mientras que el resto se encargaría cada uno de una tarea específica, como comprar provisiones, buscar información o reparar las averías. Tal vez no demorase más de una hora el terminar de alistarse.
Por la única senda del único pueblo de esa aislada comarca del North Blue, Nami caminaba junto a Sanji seguidos de sus compañeros. La joven podía sentir sus ojos sobre ellos y los cuchicheos propios de la novedad, y aunque hubiera querido darse la vuelta para propinarles unos buenos golpes de puño, la expresión de Sanji, que sabía lo que pensaba, la retuvo. Fumaba apaciblemente y la miró con una comprensiva semisonrisa.
-Ya se acostumbrarán –le dijo por lo bajo.
Nami suspiró. Si para ella, la protagonista de la historia, fue tan difícil hacerse a la idea, no quiso imaginar lo que les costaría a ellos adaptarse a la situación. Sanji tenía razón, debía darles tiempo.
Las primeras estrellas asomaron en el cielo y el clima se volvió más fresco. Era la última vez que recorrían esa senda de ida y era la última vez que verían la casa. Al doblar en un recodo del camino la divisaron y Nami sintió por milésima vez que se le estrujaba el corazón.
-¿Crees que sepa cuánto hicimos por ella?
Sanji al principio no comprendió. Luego siguió su melancólica mirada y por fin lo entendió.
-Creo que nunca tendrá moradores tan dispuestos a cuidarla como nosotros.
-¿Qué viene después de esto, Sanji-kun? ¿Qué nos queda por hacer?
Sanji la tomó de la mano y apretó con dulzura. Luego compuso un gesto de fingida indiferencia.
-¿Qué será? –suspiró como si en verdad lo meditase-. No lo sé… ¿Quieres ayudarme a buscar el All Blue?
Nami lo miró con asombro.
-Sanji-kun…
-Si hay algo que he tenido en esta isla y en esta casa, además de tu bella compañía, es tiempo. He estado pensando mucho y creo que ahora sé por dónde empezar. Si quisieras dibujar algunos mapas para mí sería de gran ayuda y me sentiría eternamente agradecido, Nami-san.
La joven se emocionó. Cierto: sin importar los cambios que trae la noria, sin importar que ya no sean los mismos de antes, siempre podrían volver a intentarlo, siempre podrían empezar a buscar cada vez que sea preciso. Si podían contar con una ruta era porque ambos habían sobrevivido.
Asintió con la cabeza, sonriente. Tal y como había dicho alguna vez, dejaría lo terminado atrás y se despediría con una sonrisa. A partir de ahora, entonces, se dedicaría a avanzar.
FIN
