—Ponme otra, Motoki —pedí mientras deslizaba el vaso vacío hacia el camarero, que lo atrapó sin problemas.
—No pienso servirte más, Usagi.
—Solo es refresco de cereza —repuse poniendo los ojos en blanco.
—Pero puede ser igual de peligroso que el whisky. —Motoki dejó el vaso en una encimera situada detrás de la barra—. Se acabó. Ya me lo agradecerás. La cafeína provoca unos dolores de cabeza espantosos, y ya sé cómo son las chicas. Si engordas dos kilos, después me echarás a mí la culpa.
—Si tú lo dices...
¿Qué más daba si engordaba? Ya era la Duff, y el único chico al que quería impresionar tenía novia formal. Ya puestos, como si engordaba treinta kilos.
—Lo siento, Usagi.
Motoki se fue al otro extremo de la barra, donde Kakkyu y su mejor amiga, Michiru, esperaban para pedir.
Tamborileé con los dedos sobre la superficie de madera de la barra, con la mente muy lejos de la música y las luces estroboscópicas. ¿Por qué no había insistido en quedarme en casa con papá? ¿Por qué no lo había convencido para que hablara conmigo? No dejaba de imaginármelo sumido en su tristeza... completamente solo.
Pero así era como los Tsukino sobrellevábamos los problemas: solos.
¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué no podíamos abrirnos? ¿Por qué papá no podía admitir que mamá y él tenían problemas? ¿Por qué no me atrevía a plantearle abiertamente el tema?
—Hola, Duffy.
¿Por qué tenía que sentarse a mi lado el muy cretino?
—Lárgate, Seiya —gruñí con la mirada clavada en el movimiento de mis dedos.
—No puedo —contestó—. No soy de los que se rinden fácilmente, ¿sabes? Estoy decidido a meterme con una de tus amigas... preferiblemente la que tiene unos buenos pechos.
—Pues ve a hablar con ella —le sugerí.
—Lo haría, pero Seiya Kou no persigue a las chicas. Ellas lo persiguen a él. —Me sonrió—. Pero no pasa nada. Dentro de poco la tendré aquí rogándome que me acueste con ella. Y hablar contigo acelerará el proceso. Hasta entonces, podrás disfrutar del honor de mi compañía. Además, por suerte para mí, parece que esta noche no vas armada con una bebida.
Soltó una carcajada, pero se detuvo de pronto. Noté que me observaba, pero no levanté la vista.
—¿Estás bien? No pareces tan agresiva como de costumbre.
—Déjame en paz, Seiya. Lo digo en serio.
—¿Qué pasa?
—Largo.
La angustia que sentía en mi interior necesitaba escapar, liberarse de alguna forma. No podía esperar a llegar a casa de Mina para estallar. Necesitaba soltarla en ese preciso instante. Pero no quería llorar delante de medio instituto, y por supuesto no iba a hablar de ello con Motoki ni con el imbécil sentado a mi lado. Y si golpeaba a alguien me metería en un lío. No veía más opciones, pero sentía que iba a explotar si no me desahogaba pronto.
Mamá estaba en Okinawa, papá se estaba derrumbando y yo era demasiado cobarde para mover un maldito dedo.
—Algo te preocupa —insistió Seiya—. Parece que estás a punto de ponerte a llorar. —Me colocó una mano en el hombro y me obligó a volteo hacia él—. ¿Usagi?
Y entonces cometí una verdadera tontería. Mi única excusa es que estaba bajo muchísima tensión y vi una válvula de escape. Necesitaba algo que me distrajera, que me hiciera olvidar el drama de mis padres aunque solo fuera un segundo. Y, cuando vi la ocasión, no me detuve a pensar cuánto me arrepentiría después. Había una oportunidad esperándome en el taburete de al lado, y me eché encima. Literalmente.
Besé a Seiya Kou.
Seiya tenía la mano apoyada en mi hombro y, por una vez, sus ojos zafiro me miraban a la cara, y un segundo después mi boca cubría la suya. En mis labios había una furia nacida de las emociones reprimidas, y Seiya pareció ponerse tenso, paralizado por la sorpresa. Pero su inmovilidad no duró mucho. Un instante después, respondió a la agresión: me agarró de los costados y tiró hacia él. Era como si nuestras bocas estuvieran enzarzadas en una batalla. Hundí las manos en su pelo, tirando de su coleta más fuerte de lo necesario, y él me clavó los dedos en la cintura.
Funcionó mejor que si le hubiera pegado a alguien. No solo me ayudó a aliviar la angustiosa presión, sino que me distrajo por completo. A fin de cuentas, es complicado pensar en tu padre cuando te estás "ocupada" con alguien.
Además, por muy perturbador que suene, Seiya besaba muy bien. Se inclinó hacia mí y tiré tan fuerte de él que casi se cae del taburete. En aquel momento no podíamos acercarnos lo suficiente. Nuestros asientos separados parecían estar a kilómetros de distancia.
Todos mis pensamientos se esfumaron y me convertí en una especie de ser físico. Las emociones desaparecieron. No existía nada salvo nuestros cuerpos, y nuestros labios en guerra estaban en el centro de todo. ¡Era delicioso! Era asombroso no pensar. ¡En nada! Hasta que Seiya lo fastidió.
Su mano se apartó de mi cintura y fue subiendo por mi torso hasta detenerse justo sobre una de mis pechos. Todo volvió de golpe, y recordé de pronto a quién estaba besando. Le solté el pelo y lo empujé con todas mis fuerzas. Me invadió la ira, una ira nueva y ardiente que reemplazó por completo la ansiedad que había sentido un minuto antes. Seiya bajó las manos (una de las cuales se posó en mi rodilla) mientras se apartaba. Parecía sorprendido, pero claramente satisfecho.
—Caramba, Duffy, eso ha sido...
Lo abofeteé. Le di tan fuerte que me dolió la palma de la mano.
Seiya se llevó a la mejilla la mano que tenía apoyada en mi rodilla.
—Pero ¿qué diablos...? —soltó—. ¿Por qué has hecho eso?
—¡Imbécil! —grité.
Me bajé del taburete y entré en la pista de baile hecha una furia. No quería admitirlo, pero estaba más enojada conmigo misma que con él.
