La enorme cama de Mina estaba maravillosamente calentita. Las almohadas eran suaves y me daban ganas de hundirme en el blando colchón y quedarme a vivir allí para siempre.
Pero no podía dormir. Me retorcí y di vueltas en mi lado de la cama, intentando no despertar a Mina. Conté ovejas, hice esa cosa de relajar cada parte del cuerpo subiendo desde los dedos gordos de los pies y hasta me imaginé una de las farragosas clases del señor Tomoe sobre políticas públicas.
Pero seguía sin poder pegar el ojo.
Estaba guardándome las cosas de nuevo, y esta vez no tenía nada que ver con mi padre. Ya había desahogado mis inquietudes sobre ese tema después de que dejáramos a Lita en su casa horas antes.
—Me preocupa mi padre —le había dicho a Mina.
Había esperado a que Lita saliera del coche para hablar de ello porque sabía que no lo entendería. Lita provenía de una familia sana y feliz con dos padres enamorados. Mina, en cambio, había presenciado cómo se desmoronaba la relación de sus padres.
—No se entera de nada. ¿Acaso no es evidente que no está funcionando? ¿No deberían divorciarse y acabar con esto de una buena vez?
—No digas eso, Usa —me advirtió—. En serio, ni lo pienses siquiera.
Me encogí de hombros a modo de respuesta.
—Todo se solucionará —me aseguró apretándome la mano mientras nos dirigíamos a su casa. Todavía no había empezado a nevar, pero las nubes iban ocultando las estrellas en el cielo oscuro—. Tu madre volverá a casa, lo hablarán, echarán un palo de reconciliación...
—¡Por Dios! ¡Qué asco, Mina!
—... y todo volverá a la normalidad. —Hizo una pausa mientras yo aparcaba en la entrada de su casa—. Pero, mientras tanto, aquí me tienes. Si necesitas hablar, sabes que te escucharé.
—Sí, lo sé.
Era el mismo discurso motivador que llevaba oyendo doce años, cada vez que surgía el menor problema en mi vida; aunque tampoco lo necesitara esa noche. Para ser sincera, no había pensado mucho en papá desde que habíamos salido del Crown. Había liberado toda esa tensión al besar a Seiya.
Y eso era lo que me impedía dormir. No podía dejar de pensar en lo que había hecho en el Crown. La piel me hormigueaba. Era como si mis labios fueran los de otra persona. Además, por mucho que me lavé los dientes en el baño de Mina (después de media hora, mi amiga había llamado a la puerta para asegurarse de que estaba bien), seguían notando en la boca el sabor de ese asqueroso cabrón mujeriego. ¡Puaj! Pero lo peor era que sabía que yo era la responsable.
Yo lo había besado. Sí, me había metido mano, pero ¿qué me esperaba? No es que Seiya Kou tuviera fama de caballero. Puede que se hubiera portado como un cretino, pero esa situación era culpa mía. Y aquella idea no me gustaba.
—Mina —susurré. Ok, puede que despertarla a las tres de la madrugada no fuera muy considerado por mi parte, pero ella era la que siempre estaba diciéndome que tenía que compartir, desahogarme o lo que fuera. Así que, técnicamente, se lo había buscado—. Eh, Mina.
—¿Hum...?
—¿Estás despierta?
—Hum...
—Si te cuento algo, ¿me juras que no se lo dirás a nadie? —le pregunté—. ¿Y me prometes no alucinar?
—Por supuesto, Usa. —farfulló—. ¿De qué se trata?
—He besado a alguien esta noche —anuncié.
—Bien hecho. Ahora vuelve a dormirte.
Respiré hondo.
—Ha sido a Seiya... Seiya Kou.
Mina se sentó de golpe en la cama.
—¡Dios mío! —Negó con la cabeza y se restregó los grandes ojos—. Ok, ya estoy despierta.
Se volvió hacia mí, con el corto pelo rubio completamente alborotado. Por Dios, ¿cómo se las arreglaba para que incluso eso le sentara bien?
—¡Maldición! ¿Qué paso? Pensaba que lo odiabas.
—Y lo odio. Siempre lo odiaré. No ha sido más que un estúpido, inmaduro e irreflexivo momento de... estupidez. —Me senté y me abracé las rodillas—. Me siento sucia.
—Ensuciarse puede ser divertido.
—Mina...
—Lo siento, Usa, pero no veo dónde está el problema —admitió—. Está bueno, es rico y probablemente bese de maravilla. ¿Verdad? Con esos labios que tiene...
—¡Mina! —Me cubrí los oídos con las manos—. ¡Aghhh ! Mira, no me siento orgullosa de esto. Estaba disgustada, él estaba allí, y yo... Dios, no puedo creer que lo haya hecho. ¿Eso me convierte en una zorra?
—¿Besar a Seiya? Lo dudo mucho.
—¿Y ahora qué hago?
—¿Volver a besarlo?
Le lancé una mirada asesina antes de dejarme caer de nuevo sobre la almohada. Me coloqué de costado dándole la espalda.
—Olvídalo —dije—. No debería habértelo contado.
—Vamos, Usa, no te pongas así. Lo siento, pero creo que deberías ver el lado bueno por una vez en tu vida. No has tenido ningún novio desde... —Se quedó callada. Después de todo, las dos sabíamos a quién se refería—. En fin, que ya era hora de que tuvieras un poco de acción. El único tío con el que hablas es Motoki, y es demasiado viejo para ti. Y ahora que sabemos que Kelvin no está disponible, ¿qué problema hay en que salgas con Seiya? ¿Va a matarte intentarlo?
—No estoy saliendo con él —solté entre dientes—. Seiya Kou no sale con chicas, se las tira. A cualquiera, ya que estamos. Solo lo he besado, y ha sido una estupidez. Una estupidez monumental. Un error tremendo.
Mina volvió a acomodarse en su lado del colchón.
—¿Sabes una cosa? Estaba segura de que ni siquiera tú podrías resistirte a sus encantos eternamente.
—¿Cómo dices? —Repuse mientras me tumbaba de espaldas para fulminarla con la mirada—. Para tu información, no tengo problemas para resistirme. ¿Y sabes qué? En realidad, no hay nada a lo que resistirse. Me resulta repulsivo. Lo de esta noche no ha sido más que un lapsus de cordura que nunca volverá a ocurrir.
—Nunca digas nunca, Usa.
Mina se puso a roncar en cuestión de segundos.
Yo, por mi parte, seguí lanzándome reproches unos minutos y luego me quedé dormida, maldiciendo a Mina y a Seiya para mis adentros. Curiosamente, me resultó reconfortante.
Papá acababa de volver del trabajo en Vía Láctea, una pequeña tienda de electrónica de la zona, cuando entré por la puerta a la tarde siguiente sacudiéndome la nieve del pelo. La tormenta no había sido tan fuerte como había predicho el hombre del tiempo, pero seguía nevando. No obstante, brillaba el sol, así que la capa de nieve se habría derretido antes de que anocheciera. Me saqué la chaqueta y le eché un vistazo a papá, que estaba en el sofá hojeando el Tokio de Cristal Jurnal con una taza de café caliente en la mano izquierda.
Levantó la mirada cuando me oyó entrar.
—Hola, conejita —me saludó mientras dejaba la taza sobre la mesa de centro—. ¿Te lo pasaste bien con Mina y Lita?
—Sí —contesté—. ¿Qué tal el trabajo?
—Pesado —dijo con un suspiro—. ¿Sabes a cuánta gente de este pueblo le regalaron una lap en Navidad? Seguro que ni te lo imaginas, así que déjame decirte que a un montón. ¿Y sabes cuántos de esas eran defectuosas?
—¿Un montón? —sugerí.
—Bingo. —Papá negó con la cabeza mientras doblaba el periódico—. Si no tienes suficiente dinero para comprarte un buen portátil, ¿por qué molestarse? Ahórralo y cómprate uno mejor más adelante. De lo contrario, acabarás gastándote la diferencia en reparaciones. Recuerda eso, conejita. Si te enseño algo en la vida, que sea eso.
—Entendido, papá.
De pronto, me sentí como una idiota. ¿Cómo podía haberme agobiado tanto anoche? Estaba claro que había sido por nada. Me refiero a que, sí, mamá y él tenían problemas, pero era probable que todo se arreglara, como había dicho Mina. Papá no estaba deprimido, triste ni remotamente cerca de probar una gota de alcohol.
Aun así, yo sabía que ese último viaje de mamá estaba siendo duro para él, así que pensé que debería intentar ayudarlo a sobrellevar todo eso. Lo más seguro era que se sintiera un poco solo últimamente, y supongo que en parte también era culpa mía.
—¿Quieres ver la tele? —le pregunté—. No tengo muchos deberes para mañana, y puedo hacerlos después.
—Muy bien —dijo mientras cogía el mando a distancia de la mesa auxiliar—. Dan una reposición de Perry Mason.
Hice una mueca.
—Pues... va.
—Estoy de broma, conejita —respondió riéndose mientras iba pasando canales—. Nunca te haría eso. Vamos a ver... Ah, mira, están poniendo un maratón de Enredos de familia en la tele. Te encantaba esta serie cuando eras pequeña. Solíamos ver las repeticiones cuando tenías unos cuatro años.
—Me acuerdo. —Me senté en el sofá a su lado—. Te dije que quería entrar en las Juventudes Republicanas porque Michael J. Fox me parecía guapo.
Papá resopló y se colocó bien las gafas de montura gruesa.
—Pero no pasó. Ahora mi conejita es una liberal.
Me rodeó los hombros con un brazo y me dio un apretón.
Yo sabía que eso era lo que necesitaba mi padre, o tal vez los dos lo necesitáramos: un ratito para estrechar lazos de modo que la casa no pareciera tan vacía. No me malinterpretéis, me encantaba la tranquilidad, pero demasiado silencio puede acabar desquiciándote después de un tiempo.
—¿Quieres ver unos cuantos capítulos?
—Claro —contesté con una sonrisa.
A la mitad del primer episodio, tuve una extraña revelación. Así que cuando era niña estaba coladita por Alex P. Keaton (el personaje superrepublicano de Michael J. Fox en Enredos de familia), pero doce años después estaba pillada de Kelvin Taylor, un miembro de las Juventudes Demócratas. ¿Es que me gustan los políticos o qué? Tal vez estuviera destinada a ser la mujer de un senador... o hasta podría terminar siendo la Primera Dama.
¡Naaa! Los políticos no se casan con las Duff. No quedan bien apoyándolos en los debates. Y, de todas formas, yo no era de las que se casaban. Tenía más posibilidades de convertirme en la Monica Lewinsky del futuro. Aunque yo me aseguraría de quemar todos los... esto... vestidos incriminatorios.
Oye, Obama era bastante sexy para ser un viejo. Tal vez tuviera una oportunidad.
Me mordí el labio mientras papá se reía de uno de los chistes de la comedia. ¿Cómo era posible que hasta Enredos de familia me trajera a la mente aquella palabra?
Duff.
Dios, Seiya y su maldito mote no me dejaban en paz. Aquella palabra se burlaba de mí incluso en mi propia casa. Me arrimé a papá intentando concentrarme en la serie. En nuestro tiempo juntos. En cualquier cosa que no fuera Seiya y esa estúpida etiqueta. Intenté olvidarme de ese dichoso beso y de que me había comportado como una idiota.
Lo intenté con todas mis fuerzas.
Y, por supuesto, fracasé miserablemente.
