Cuando estaba en el kinder, tuve una experiencia traumática en las barras para trepar. Estaba a medio camino, con las piernas balanceándose debajo de mi cuerpecito, cuando empezaron a sudarme las manos y me resbalé. Caí durante lo que me pareció un kilómetro antes de estrellarme contra el suelo. Los otros niños de cinco años se rieron de mí y de mi rodilla raspada y ensangrentada. Todos salvo uno.
Mina Aino salió del grupo de niños de primaria que me miraban absortos y se situó delante de mí. Incluso en aquel entonces, supe que era preciosa. Tenía el pelo rubio, los ojos enormes de color azul y las mejillas rosadas: la perfección personificada en una niña de cinco años. Hasta podría haber participado en un concurso de belleza infantil.
—¿Te duele? —me preguntó.
—Estoy bien —contesté mientras me caían lágrimas gruesas y calientes. No estaba segura de si lloraba por el dolor de la rodilla o por la forma en la que todos mis compañeros de clase se reían de mí.
—No, no estás bien. Tienes sangre. Te ayudaré.
Me tendió una mano y me ayudó a levantarme. Luego se volvió y les gritó a los chicos que estaban burlándose de mí.
Después de aquello, básicamente se nombró mi protectora personal. No me dejaba ni a sol ni a sombra, decidida a impedir que me metiera en problemas. A partir de ese momento, fuimos amigas del alma.
Claro que eso fue antes de hacerse popular y de que entrara en juego el tema de las Duff. Mina acabó convirtiéndose en una chica espectacular (casi 1,63... ¡era como una muñeca!), delgada y guapísima. Y yo acabé... bueno, con el aspecto contrario. Viéndonos por separado, nadie pensaría que éramos amigas; nadie diría que la bella reina del baile se juntaba con la chica delgadita y de odangos que estaba en el rincón.
Pero éramos amigas del alma. Siempre había podido contar con ella. Por ejemplo, no se separó de mi lado durante mi primer año de instituto, después de que me rompieran el corazón por primera vez (y, si yo podía evitarlo, también sería la última). Nunca permitió que me aislara ni que me sumiera en la tristeza. A pesar de que no habría tenido ningún problema para encontrar amigas más guapas, geniales y populares, no me abandonó.
Así que cuando me pidió que la llevara a casa después del entrenamiento de las animadoras el miércoles por la tarde, acepté. En fin, después de todo lo que había hecho por mí durante los últimos doce años, lo mínimo que podía hacer era llevarla en coche de vez en cuando.
Estaba esperando en la cafetería, con la mirada clavada en las psicodélicas paredes azules y anaranjadas (la persona que eligió los colores de nuestro instituto debía de darle fuerte a las drogas), intentando terminar los deberes de cálculo. Estaba planteándome la eterna pregunta «¿dónde voy a utilizar esto en la vida real?», cuando sentí que me tocaban el hombro. Noté aquel hormigueo en la piel y supe sin la menor duda a quién tenía detrás.
Genial. De puta madre.
Me aparté de la mano de Seiya y me volví rápidamente hacia él, agarrando el lápiz como si fuera un dardo y apuntándolo a la nuez.
Seiya ni se inmutó. Sus ojos zafiro examinaron el lápiz fingiendo curiosidad y comentó:
—Qué interesante. ¿Así saludas a todos los chicos que te gustan?
—No me gustas.
—¿Eso quiere decir que me amas?
Detestaba la soltura y la seguridad con las que hablaba. Un montón de chicas encontraban sexy esa actitud, pero en realidad era avasallante. Me parecía de esos tipos que se aprovechan de las chicas en las citas. ¡Qué asco!
—Quiere decir que te odio —le espeté—. Y si no me dejas en paz, voy a denunciarte por acoso sexual.
—Podría ser un caso difícil —meditó Seiya. Me arrebató el lápiz y empezó a hacerlo girar entre los dedos—. Sobre todo teniendo en cuenta que fuiste tú la que me besó. Técnicamente, yo podría acusarte de acoso.
Apreté los dientes. Ni siquiera soportaba pensar en ello, y no me molesté en recordarle que él había participado con mucho gusto.
—Devuélveme el lápiz —mascullé.
—No sé yo —repuso—. Conociéndote, esto podría considerarse un arma peligrosa... junto con los vasos de refresco de cereza. Interesante elección, por cierto. Hubiera dicho que te iba otro tipo de bebida, como el Sprite. Sosa, ya sabes.
Lo fulminé con la mirada, deseando que sufriera una combustión espontánea, antes de recoger los libros y las libretas de la mesa. Esquivó mi intento de darle un pisotón en el pie y me miró mientras bajaba por el pasillo. Estaba a medio camino del gimnasio (donde Mina, la capitana de las animadoras, debía de estar terminando de entrenar), cuando me alcanzó.
—Oh, vamos, Duffy. Solo ha sido una broma. Alegra esa cara.
—No ha tenido gracia.
—Creo que necesitas mejorar tu sentido del humor —me sugirió—. A la mayoría de las chicas les encantan mis bromas.
—Esas chicas deben de tener un coeficiente intelectual tan pequeño que haría falta un microscopio para encontrarlo.
Seiya soltó una carcajada. Al parecer, yo era la graciosa.
—Oye, no llegaste a contarme por qué estabas disgustada la otra noche. Estabas demasiado ocupada metiéndome la lengua en la garganta. Bueno, ¿cuál era el problema?
—Eso no es asunto... —empecé, pero me detuve de pronto—. ¡Oye! Yo no... ¡No hubo lengua! —Me recorrió un estremecimiento de rabia al ver su sonrisa pícara—. ¡Cabrón! Lárgate de aquí. Dios, ¿por qué me acosas? Pensaba que Seiya Kou no perseguía a las chicas, que ellas lo perseguían a él, ¿no?
—Así es. Seiya Kou no persigue a las chicas, y no estoy persiguiéndote. Estoy esperando a mi hermana, que está haciendo un examen con el señor Diamante. Te he visto en la cafetería y he pensado...
—¿Qué? ¿Se te ha ocurrido torturarme un poco más? —Apreté los puños—. Déjame en paz de una vez. Ya me has amargado bastante la vida.
—¿Y cómo he hecho tal cosa? —me preguntó.
Parecía algo sorprendido, pero no le respondí. No quise darle la satisfacción de saber que el término «Duff» me atormentaba por su culpa. Le encantaría.
Así que eché a correr hacia las puertas del gimnasio lo más rápido que pude. Esta vez no me siguió, gracias a Dios. Entré en el gimnasio azul y naranja (ay, Dios, aquellos colores brillantes estaban dándome dolor de cabeza) y me senté en la grada más cercana.
—¡Buen entrenamiento, chicas! —gritó Mina desde el otro extremo del gimnasio—. Vale, el siguiente partido de baloncesto es el viernes. Quiero que todas practiquéis el baile y, Michiru, trabaja las patadas altas. ¿De acuerdo?
El Escuadrón Barbie murmuró en señal de conformidad.
—Genial —dijo Mina—. Hasta luego, chicas. ¡Vamos, Panteras!
—¡Vamos, Panteras! —corearon las otras animadoras mientras se separaban.
La mayoría se fueron corriendo hacia el vestuario, pero unas cuantas se dirigieron a las puertas charlando con entusiasmo entre ellas.
Mina se acercó a mí dando saltitos.
—Hola, Usa Siento que nos hayamos retrasado un poco. ¿Te importa que me cambie antes de irnos? Estoy algo sudada.
—Está bien —murmuré.
—¿Qué pasa? —preguntó, desconfiando de inmediato.
—No es nada, Mina. Ve a cambiarte.
—Usagi, se nota que...
—No quiero hablar de ello.
No pensaba tener otra discusión sobre Seiya con ella. Lo más probable era que acabara defendiéndolo como la última vez.
—Estoy bien, ¿ok? —le aseguré suavizando el tono—. Ha sido un día largo y me duele la cabeza.
Mina no parecía muy convencida cuando se marchó, bastante menos animada, rumbo a los vestuarios.
Genial. Me sentía como una auténtica perra. Ella solo quería asegurarse de que estaba bien, y la había apartado. No debería haber descargado con ella el enfado con Seiya, aunque mi amiga pensara que era un maldito príncipe.
No obstante, cuando salió del vestuario vestida con una sudadera y unos vaqueros, había recobrado su alegría habitual. Se colgó el bolso del hombro y se acercó a donde yo estaba sentada, con una sonrisa en su rostro liso y sin imperfecciones.
—A veces no me puedo creer las tonterías que oigo en el vestuario —comentó—. ¿Lista para irnos, Usa?
—Por supuesto.
Recogí mis libros y me dirigí a las puertas del gimnasio con la esperanza de que Seiya no siguiera merodeando por el pasillo. Mina debió de notar mi inquietud, porque pude ver la tensa expresión de preocupación que se reflejó en su rostro, pero no volvió a sacar el tema. En cambio, dijo:
—En fin, que Michiru va a acabar con fama de puta.
—Ya la tiene.
—Bueno, sí —admitió Mina—, pero está a punto de empeorar. Está saliendo con ese jugador de fútbol americano de tercero (ya sabes, como quiera que se llame), pero le dijo a un tío del Instituto Kinmoku que iría al baile con él. No sé por qué se mete en estos líos. Lita, tú y yo tendremos asientos en primera fila para el drama cuando todo se destape esa noche. Por cierto, ¿qué vas a ponerte para el baile?
—Nada.
—Qué sexy, pero dudo que te dejen entrar desnuda, Usa.
Estábamos atravesando el laberinto de mesas de la cafetería de camino al aparcamiento.
—No. Quiero decir que Lita y yo no vamos a ir.
—Claro que iran —protestó Mina.
Negué con la cabeza.
—Lita está castigada y le prometí que iría a su casa a ver películas para chicas.
Mina parecía atónita mientras cruzábamos la puerta azul y nos adentrábamos en el gélido aparcamiento para alumnos.
—¿Qué? Pero si a Mina le encanta el baile en honor al equipo de baloncesto. Es su favorito después del de graduación y el del equipo de fútbol americano.
No pude evitar esbozar una pequeña sonrisa.
—Y el de Esmeralda Blackmoon.
—¿Cómo es que no me había enterado? El baile será pronto. ¿Por qué no me lo habían contado?
Me encogí de hombros.
—Lo siento. Ni se me había ocurrido. Y supongo que Lita sigue demasiado deprimida para hablar del tema.
—Pero... pero ¿con quién voy a ir yo ahora?
—Amm... ¿con un chico? —le sugerí—. Vamos, Mina, no va a costarte conseguir pareja.
Me saqué las llaves del coche del bolsillo trasero y abrí las puertas.
—Claro, ¿a quién le gustaría ir con Caderas Grandes?
—Tú no tienes Caderas grandes.
—Además —añadió, ignorándome—, prefiero ir con ustedes.
Se subió al asiento del pasajero y se envolvió en la manta que Lita había usado un par de noches antes.
—Joder, Usa, tienes que arreglar la maldita calefacción.
—Y tú tienes que conseguir tu propio coche.
Mina cambió de tema.
—Bueno, volviendo a lo del baile, si ustedes no van a ir... ¿les importa que me uno a su maratón de cine? Podría ser una noche de chicas. Hace tiempo que no hacemos una.
Sonreí, a pesar de mi mal humor. Mina tenía razón. Hacía mucho tiempo que no organizábamos una noche de cine, y estaría bien quedar sin el drama de los chicos ni la fuerte música tecno. Por una vez, puede que me divirtiera un viernes por la noche. Así que estiré la mano hacia el volumen del equipo de música y dije:
—Entonces quedamos para dentro de dos viernes.
