–Lo siento.

–No me interesan tus disculpas.

–¡Lo siento!

–Puedes ahorrártelas.

Era de noche, Lily, que llevaba puesta una bata, estaba de pie con los brazos cruzados frente al retraso de la Señora Gorda, junto a la entrada de la torre de Gryffindor.

–Si he salido es porque Mary me ha dicho que amenazabas con quedarte a dormir aquí.

–Es verdad. Pensaba hacerlo. No quería llamarte sangre sucia, pero se…

–¿Se te escapó? –No había ni pizca de compasión en la voz de la chica–. Es demasiado tarde. Llevo años justificando tu actitud. Mis amigos no entienden siquiera que te dirija la palabra. Tú y tus valiosísimos amigos mortífagos… ¿Lo ves? ¡Ni siquiera lo niegas! ¡Ni siquiera niegas que eso es lo que todos apiráis a ser! Estáis deseando uniros a Quien-tú-sabes, ¿verdad? –Snape abrió la boca, pero volvió a cerrarla–. No puedo seguir fingiendo. Tú has elegido tu camino, y yo he elegido el mío.

–No… Espera, yo no quería…

–¿No querías llamarme sangre sucia? Pero si llamas así a todos los que son como yo, Severus. ¿Dónde está la diferencia?

Snape no encontraba palabras, y ella, con una mirada de desprecio, se dio la vuelta y se metió por el hueco del retrato. Él se quedó allí quieto, en el pasillo, demasiado conmocionado como para poder moverse. Después de unos minutos, recuperada la consciencia, se dio cuenta de que estaba llorando. Aquello no podía estar pasando, Lily, su Lily, ya no le perdonaría. Era imposible, no podía aceptarlo. Y volvió a pedirle a la señora gorda que avisara a la joven pelirroja para que saliera. Pasaron cinco minutos, diez, veinte….pero nadie salió. Después de dos horas esperando en el frío pasillo, Severus se retiró y se dirigió a su sala común.

Una vez en su cuarto, se puso el pijama, se tumbó en la cama y se quedó mirando al techo. La tenue luz del candelabro, encima de la mesilla, hacía que el agua proveniente del lago negro que se veía a través de la ventana hiciera formas en el techo y contemplando esas ondas danzando mientras las lágrimas caían sobre su almohada, Severus se quedó dormido.

A la mañana siguiente le costó levantarse. Quería seguir durmiendo, pues desde el momento en que abrió los ojos volvió a pensar en Lily y era demasiado doloroso. Pero no podía faltar a clase y no podía quedarse ahí, aislado del mundo, durmiendo para siempre. Así que con gran esfuerzo se levantó de la cama, se aseó, se vistió y fue al gran comedor a tomar su desayuno a pesar de no tener el más mínimo apetito. Afortunadamente ella no estaba allí.

Pasaron las horas en clases aburridas, en las que normalmente Severus era el primero al que se le veía escribiendo, tomando apuntes. Sin embargo, en esta ocasión solo parecía mostrar atención a lo que decía el profesor, aunque con la mirada perdida y la mente en otro sitio. Y así llegó el medio día y la vio por primera vez. A pesar de haber pasado horas y horas, seguía con la cara demacrada por el llanto, los ojos hinchados y esa expresión de dolor y sufrimiento, y aún así intentaba sonreír a sus compañeras, pero incluso a distancia se notaba que solo estaba fingiendo, que ella no quería sonreír. Y entonces, el joven Slytherin se volvió a dar cuenta de que una lágrima recorría su mejilla, una lágrima que rápida y disimuladamente se limpió con la mano. Y después de estar un rato revolviendo con el tenedor la comida de su plato, sin haber probado bocado, se levantó y se fue de la sala mientras sus compañeros de casa le miraban curiosos.

–Y a ese qué le pasa? –preguntó Mulciber.

–A saber… –contestó su compañero Avery, llevándose un bocado a la boca mientras seguía con la mirada al joven mestizo.