Después de pensarlo un rato, decidí que ser la Duff tenía muchas ventajas.
Primera: no tenías que preocuparte de tu peinado ni del maquillaje. Segunda: no había ninguna presión por ser genial... después de todo, nadie se fijaba en ti. Tercera: no tenías problemas de chicos.
Comprendí la tercera ventaja mientras veíamos Expiación en el cuarto de Jessica. En la película, la pobre Keira Knightley tenía que sufrir toda una tragedia con James McAvoy; pero, si no hubiera sido guapa, él nunca se habría fijado en ella. Y no le habría roto el corazón. Al fin y al cabo, todo el mundo sabe que ese rollo de que «es mejor haber amado y perdido...» no es más que una gilipollez.
Esa teoría se aplica a otro montón de películas. Pensadlo. Si Kate Winslet hubiese sido la Duff, Leonardo DiCaprio no habría ido tras ella en Titanic, y eso podría habernos ahorrado a todos un montón de lágrimas. Si Nicole Kidman hubiera sido fea en Cold Mountain, no habría tenido que preocuparse por Jude Law cuando se fue a la guerra. La lista es interminable.
Yo misma había visto sufrir a mis amigas continuamente por los chicos. Por lo general, las relaciones terminaban con ellas llorando (Lita) o gritando (Mina). A mí solo me habían roto el corazón una vez, pero había sido más que suficiente. Así que ver Expiación con mis amigas me hizo comprender lo agradecida que debería estar por ser la Duff. Qué locura, ¿no?
Por desgracia, ser la Duff no me salvaba de sufrir dramas familiares.
Llegué a casa a eso de la una y media de la tarde del día siguiente. Todavía seguía recuperándome tras haberme quedado a dormir con mis amigas (aunque ninguna durmió) y apenas podía mantener los ojos abiertos. Sin embargo, ver mi casa completamente destrozada me espabiló al instante. Había cristales rotos esparcidos por el suelo de la sala de estar, la mesa de centro estaba volcada (como si le hubieran dado una patada), y tardé un minuto en asimilar que había botellas de cerveza desperdigadas por la habitación. Me quedé paralizada en la puerta un momento, temiendo que nos hubieran robado. Entonces escuché los fuertes ronquidos de mi padre que salían de su cuarto, al fondo del pasillo, y supe que la verdad era aún peor.
Nosotros no vivíamos en una casa de revista, por lo que estaba permitido pisar la alfombra con los zapatos puestos. Hoy era indispensable. Los cristales, que supuse que habían salido de varios marcos de fotos rotos, crujieron bajo mis pies cuando me dirigí a la cocina a buscar una bolsa de basura. La necesitaría para limpiar ese desastre.
Me sentí como atontada mientras recorría la casa, aunque sabía que debería estar soñando. Después de todo, papá había permanecido sobrio casi dieciocho años, y las botellas de cerveza dejaban bastante claro que esa sobriedad estaba en peligro. Pero yo no sentía nada. Tal vez porque no sabía qué sentir. ¿Qué podría haber pasado que fuese tan grave como para que recayera después de tanto tiempo?
Encontré la respuesta en la mesa de la cocina, oculta dentro de un sobre de papel manila.
—Una solicitud de divorcio —murmuré mientras examinaba el contenido del paquete abierto—. Pero ¿qué narices...?
Me quedé mirando la sinuosa firma de mi madre en un retorcido estado de shock. Claro que lo había visto venir (cuando tu madre desaparece durante más de dos meses, te imaginas cómo acabarán las cosas), pero ¿ahora? ¿En serio? ¡Ni siquiera me había llamado para avisarme! Ni a mi padre.
—Joder —susurré con los dedos temblorosos.
Él no se lo esperaba. Dios, no era de extrañar que le hubiera dado por empinar el codo de pronto. ¿Cómo podía hacerle eso mamá? ¿Cómo podía hacernos eso?
«Será zorra... En serio, que le den.»
Tiré el sobre a un lado y fui al armario donde guardábamos los productos de limpieza luchando por contener las lágrimas que me quemaban los ojos. Cogí una bolsa de basura y me dirigí a la sala de estar destrozada.
La realidad me golpeó de repente, provocándome un nudo en la garganta mientras recogía una de las botellas de cerveza vacías. Mamá no iba a volver a casa, papá había vuelto a beber y yo estaba recogiendo los pedazos literalmente. Junté los fragmentos de cristal más grandes y las botellas vacías y los tiré en la bolsa intentando no pensar en mi madre. Intentando no pensar en que probablemente tendría un bronceado perfecto. Intentando no pensar en el guapo latino de veintipocos al que seguramente se estaría tirando. Intentando no pensar en la perfecta firma que había utilizado en los papeles del divorcio.
Estaba enfadada con ella. Muy enfadada. ¿Cómo podía hacer eso? ¿Cómo podía enviar los papeles del divorcio así sin más? Sin venir a casa ni avisarnos. ¿Acaso no sabía cómo le afectaría a papá? Y ni siquiera había pensado en mí. Lo mínimo que podría haber hecho era llamar para prepararme. Justo entonces, mientras recorría la sala de estar, decidí que odiaba a mi madre. La odiaba por no estar nunca. La odiaba por conmocionarnos con esos documentos. La odiaba por hacerle daño a papá.
Mientras llevaba la bolsa de basura llena de marcos de fotos rotos a la cocina, me pregunté si mi padre habría logrado acabar con aquellos recuerdos: los recuerdos de mamá y él que habían capturado las fotografías. Probablemente no. Por eso le había hecho falta el alcohol. Cuando ni siquiera eso había conseguido borrar el rostro de mi madre de su mente, debía de haber dado tumbos por la sala como un borracho loco.
Yo nunca había visto a mi padre borracho, pero sabía por qué lo había dejado. Los había oído a él y a mamá hablar de ello un par de veces cuando era pequeña. Por lo visto, tenía mal genio cuando estaba pedo. Tan malo que mamá se había asustado y le había suplicado que lo dejara. Supuse que eso explicaba la mesa de centro volcada.
No obstante, no conseguía procesar la idea de que mi padre estuviera borracho. Es que ni siquiera podía imaginármelo empleando una palabrota más fuerte que «mierda». Pero lo del mal genio ni me cabía en la cabeza.
Esperé que no se hubiera cortado con ningún cristal. A fin de cuentas, no lo culpaba de eso. Culpaba a mi madre. Ella le había hecho eso al marcharse, al desaparecer, al no llamar ni avisar. Papá nunca habría recaído si no hubiera visto esos malditos papeles. Estaría bien, viendo la tele por cable y leyendo el Tokio de Cristal Journal. No durmiendo la mona.
Me repetí una y otra vez que no debía llorar mientras volvía a poner de pie la mesa de centro y pasaba la aspiradora para recoger los restos de cristal más pequeños de la alfombra. No podía llorar. Si hubiera llorado, no habría tenido nada que ver con el hecho de que mis padres fueran a divorciarse. No era ninguna sorpresa. No habría sido porque echara de menos a mi madre. Llevaba fuera demasiado tiempo para que me afectara ahora. Ni siquiera habría estado lamentándome por la familia que una vez tuve. Era feliz con mi vida tal como era, solos mi padre y yo. No, si hubiera llorado, habría sido por rabia, por miedo o por otro motivo completamente egoísta. Habría llorado por lo que significaba para mí, porque ahora yo tendría que ser la adulta y cuidar de papá. Pero en ese momento mi madre, que estaba viviendo como una estrella en el condado de Orange, ya estaba siendo lo bastante egoísta por las dos, así que tenía que dejar de lado las lágrimas.
Acababa de volver a guardar la aspiradora en el lavadero cuando sonó el teléfono inalámbrico.
—¿Sí? —dije cogiendo el auricular.
—Buenas tardes, Duffy.
Ay, mierda. Me había olvidado de que tenía que trabajar con Seiya en aquel estúpido proyecto. De toda la gente a la que podría ver hoy, ¿por qué tenía que ser justamente él? ¿Por qué tenía que empeorar aún más el día?
—Son casi las tres. Ya estoy listo para ir a tu casa. Me dijiste que te llamara antes de salir... Estoy siendo considerado.
—Tú ni siquiera sabes lo que significa eso.
Eché un vistazo hacia el pasillo, desde donde llegaban los ronquidos de mi padre. Aunque la sala de estar ya no era una trampa mortal, todavía no tenía buena pinta, y a saber de qué humor estaría mi padre cuando despertara. Seguramente no estaría muy contento. Ni siquiera sabía qué le diría cuando lo viera.
—Oye, mira, pensándolo bien, mejor voy yo a tu casa. Te veo en veinte minutos.
En todos los pueblos hay una casa así. Ya sabéis, una casa tan increíblemente bonita que no pega ni con cola. Una casa tan lujosa que es como si los dueños te restregaran su dinero por la cara. Todos los pueblos del mundo tienen una casa así, y en Tokio esa casa pertenecía a la familia Kou.
No estoy segura de si técnicamente se la podría llamar mansión, pero tenía tres plantas y dos balcones. ¡Balcones, por el amor de Dios! Me había quedado mirándola embobada un millón de veces al pasar con el coche, pero nunca pensé que llegaría a entrar. Cualquier otro día, habría sentido cierto entusiasmo por ver el interior (claro que nunca se lo habría confesado a nadie); pero estaba tan ensimismada pensando en los papeles del divorcio que había sobre la mesa de la cocina de mi casa que lo único que sentía era preocupación y tristeza.
Seiya me recibió en la puerta principal, con una irritante sonrisa de confianza en la cara. Se apoyó contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el ancho pecho. Llevaba puesta una camisa azul oscuro de botones con las mangas remangadas hasta los codos. Naturalmente, se había dejado los últimos botones sin abrochar.
—Hola, Duffy.
¿Sabría cuánto me molestaba aquel apodo? Eché un vistazo hacia el camino de entrada, que estaba vacío salvo por mi coche y su Porsche.
—¿Dónde están tus padres? —le pregunté.
—No están —contestó guiñándome un ojo—. Parece que estamos solos.
Entré dejándolo a un lado y me detuve en el amplio vestíbulo mientras ponía los ojos en blanco en un gesto de repugnancia. Coloqué los zapatos cuidadosamente en un rincón y me volví hacia Seiya, que me observaba con cierto interés.
—Acabemos con esto de una vez.
—¿No quieres que te enseñe la casa?
—Pues no.
Seiya se encogió de hombros.
—Tú te lo pierdes. Sígueme.
Me guió hasta la inmensa sala de estar, que seguramente era tan grande como la cafetería del instituto. Dos gruesas columnas sostenían el techo y había tres sofás de color beis, junto con dos sillones a juego, repartidos por la habitación. En una pared vi un enorme televisor de pantalla plana y en la otra, una gigantesca chimenea. El sol de enero entraba por los ventanales que cubrían toda la pared iluminando el lugar con una atmósfera cálida y feliz. Pero Seiya giró y empezó a subir por las escaleras, alejándose de la reconfortante habitación.
—¿Adónde vas? —exigí saber.
Me miró por encima del hombro con un suspiro de exasperación.
—A mi cuarto. ¿Adónde si no?
—¿No podemos hacer la redacción aquí abajo? —pregunté.
Las comisuras de la boca se le curvaron ligeramente hacia arriba mientras se tocaba el cinturón con un dedo.
—Pues sí, Duffy, pero iremos mucho más rápido con un teclado, y mi ordenador está arriba. Eres tú la que ha dicho que quería acabar con esto de una vez.
—Vale —refunfuñé, y subí las escaleras dando fuertes pisotones.
El cuarto de Seiya estaba en el último piso (era una de las habitaciones con balcón) y era más grande que mi sala de estar. Aún no había hecho la enorme cama y había estuches de videojuegos tirados por el suelo junto a su PlayStation 3, que estaba conectada a una gran tele. Sorprendentemente, la habitación olía bien. Era una mezcla entre la colonia de Seiya y el aroma a ropa recién lavada, como si acabara de guardar la colada. La estantería a la que se acercó estaba abarrotada de libros de diferentes autores, desde James Patterson a Henry Fielding.
Seiya se inclinó para estudiar la estantería y aparté la mirada de sus vaqueros mientras él cogía su ejemplar de La letra escarlata de una balda y se sentaba en la cama. Me hizo un gesto para que me uniera a él, a lo que acepté de mala gana.
—Bueno —dijo hojeando distraído el ejemplar de tapa dura—, ¿sobre qué escribimos el trabajo? ¿Tienes alguna idea?
—No lo...
—He pensado que podríamos hacer un análisis de Hester —sugirió—. Suena a tópico, pero me refiero a un estudio a fondo del personaje. Sobre todo, ¿por qué tuvo la aventura? ¿Por qué se acostó con Dimmesdale? ¿Lo amaba o es que simplemente era promiscua?
Puse los ojos en blanco.
—Señor. ¿Siempre buscas la respuesta más simple? Hester es mucho más compleja. Ninguna de esas opciones demuestra ni pizca de imaginación.
Seiya me miró arqueando una ceja.
—Muy bien —dijo despacio—. Si eres tan lista, ¿por qué lo hizo? Ilumíname.
—Para evadirse.
Vale, puede que eso fuera un poco rebuscado, pero no dejaba de ver aquel maldito sobre de papel manila. De pensar en la zorra egoísta que tenía por madre. No dejaba de preguntarme qué aspecto tendría mi padre después de emborracharse por primera vez en dieciocho años. Mi mente buscaba cualquier cosa (lo que fuera) que me distrajera de esos dolorosos pensamientos, y se me ocurrió que tal vez no fuera tan ridículo pensar que Hester se sintiera igual. Estaba sola, rodeada de puritanos hipócritas y casada con un inglés repulsivo y ausente.
—Solo buscaba algo que la distrajera de toda la mierda que había en su vida —mascullé—. Una vía de escape...
—Si es así, no lo hizo muy bien. Al final, le salió el tiro por la culata.
En realidad no estaba escuchándolo. Mi mente había retrocedido unas cuantas noches, al momento en el que había encontrado la manera de olvidar mis problemas. Recordé la forma en la que mis pensamientos habían guardado silencio, dejando que mi cuerpo tomara el control. Recordé la dicha del olvido. Cómo, incluso después de que acabara, estaba tan concentrada en lo que había hecho que mis otras preocupaciones apenas existían.
—... así que supongo que esa idea podría tener sentido. Desde luego, es un punto de vista diferente, y a Haruna le gusta la creatividad. Puede que hasta saquemos un sobresaliente.
Seiya se volvió hacia mí y la preocupación se reflejó de pronto en su cara.
—Duffy, ¿estás bien? Tienes la mirada perdida.
—No me llames Duffy.
—Vale. ¿Estás bien, Usa...?
Antes de que pudiera pronunciar mi nombre, recorrí el espacio que nos separaba y pegué rápidamente mis labios a los suyos. El vacío mental y emocional se apoderó de mí al instante, pero físicamente estaba más alerta que nunca. La sorpresa de Seiya no duró tanto como la primera vez y, en cuestión de segundos, ya tenía sus manos sobre mi cuerpo. Mis dedos se enredaron en su suave pelo y la lengua de Seiya se introdujo en mi boca convirtiéndose en una nueva arma en nuestra guerra.
Una vez más, mi cuerpo tomó el control por completo. No existía nada en los márgenes de mi mente, ningún pensamiento irritante me agobiaba. Incluso el sonido del equipo de música de Seiya, del que salía algo de rock suave que no reconocí, fue desvaneciéndose a medida que mi sentido del tacto se agudizaba.
Fui plenamente consciente de cómo la mano de Seiya fue subiendo por mi torso y me cubrió un pecho. Lo aparté con esfuerzo y vi que tenía los ojos muy abiertos cuando se echó hacia atrás.
—Por favor, no vuelvas a pegarme —pidió.
—Cierra el pico.
Podría haber parado en aquel momento. Podría haberme levantado y haber salido del cuarto. Podría haber dejado que ese beso fuera el punto final. Pero no lo hice. La sensación de entumecimiento mental que me provocaba besarlo era tan excitante (como un subidón) que no pude soportar dejarlo tan rápido. Puede que odiara a Seiya, pero él era la clave para escapar de mis problemas, y en ese momento lo deseaba... lo necesitaba.
Sin decir una palabra, sin dudar, me quité la camiseta y la tiré al suelo. Seiya no tuvo ocasión de decir nada antes de que apoyara las manos en sus hombros y lo empujara de espaldas. Un segundo después, estaba a horcajadas sobre él y nos besábamos de nuevo. Me desabrochó el sujetador, que se reunió con mi camiseta en el suelo. No me importó. No me sentí cohibida ni tímida. Después de todo, él ya sabía que era la Duff, así que no tenía que impresionarlo.
Le desabroché la camisa mientras él me sacaba la pinza del pelo y dejaba que los rizos caoba nos rodearan. Mina estaba en lo cierto: Seiya tenía un cuerpo estupendo. La piel se tensaba sobre su pecho esculpido y recorrí sus musculosos brazos con las manos, asombrada.
Desplazó los labios hasta mi cuello, dándome un momento para respirar. Estando tan cerca de él, lo único que podía oler era su colonia. Mientras su boca bajaba por mi hombro, una idea se abrió paso entre la euforia. Me pregunté por qué no se había apartado asqueado de mí, de Duffy. Pero entonces caí en la cuenta de que Seiya no tenía fama de rechazar a las chicas. Y, además, era yo la que debería estar asqueada.
Pero entonces su boca volvió a posarse sobre la mía y aquel minúsculo y fugaz pensamiento se desvaneció. Por instinto, le tiré del labio inferior con los dientes y Seiya dejó escapar un gemido suave. Me deslizó las manos por las costillas, haciéndome estremecer. Me invadió la felicidad. Una felicidad pura y sin adulterar.
Solo en una ocasión, cuando Seiya me tumbó de espaldas, me planteé en serio parar. Me miró mientras su hábil mano agarraba la cremallera de mis vaqueros. Mi aletargado cerebro despertó y me pregunté si las cosas habrían ido demasiado lejos. Pensé en quitármelo de encima y dar el asunto por terminado en ese momento. Pero ¿por qué querría parar ahora? ¿Qué podía perder? Aunque ¿qué podía ganar? ¿Qué opinaría de eso dentro de una hora... o menos?
Antes de que se me ocurriera alguna respuesta, Seiya me había quitado los vaqueros y las braguitas. Se sacó un condón del bolsillo (vale, ahora que lo pienso, ¿quién lleva condones en los bolsillos? En la cartera, vale, pero ¿en el bolsillo? Es una actitud bastante presuntuosa, ¿no les parece?) y luego sus pantalones también acabaron en el suelo. De repente, estábamos echando un polvo, y mis pensamientos enmudecieron de nuevo
