Solo tenía catorce años cuando perdí la virginidad con Mamoru Kino. Él acababa de cumplir los dieciocho, y yo sabía que era demasiado mayor para mí. Aun así, era mi primer año de instituto y quería tener novio. Anhelaba caer bien y encajar, y Mamoru estaba en el último curso y tenía coche. En aquel momento, aquello me parecía la perfección.

En los tres meses que estuvimos juntos, nunca tuve una cita de verdad con Mamoru. Nos enrollamos un par de veces en la última fila de un cine oscuro, pero nunca fuimos a cenar, a jugar a los bolos ni nada de eso. Nos pasábamos la mayor parte del tiempo escabulléndonos para que ni nuestros padres ni su hermana (que luego se convertiría en una de mis mejores amigas) se enterasen de lo nuestro. La verdad era que todo aquel secretismo me resultaba divertido y excitante. Era como un romance prohibido... como en Romeo y Julieta, que había leído en clase de Inglés ese semestre.

Nos acostamos varias veces y, aunque en realidad no disfrutaba con la parte del sexo concretamente, la sensación de intimidad, de conexión, me resultaba reconfortante. Cuando Mamoru me tocaba así, sabía que me quería. Yo sabía que el sexo era algo bonito y lleno de pasión, y estar con él era lo correcto.

Acostarme con Seiya Kou fue algo completamente diferente. Aunque sin duda obtuve mayor placer físico, no hubo intimidad ni cariño. Cuando acabó, me sentí sucia, como si hubiera hecho algo malo y vergonzoso; pero, al mismo tiempo, me sentí bien. Me sentía viva, libre e indomable. La mente se me había despejado por completo, como si alguien hubiera apretado el botón de reinicio. Sabía que la euforia no duraría para siempre, pero el remordimiento valía la pena a cambio de la evasión pasajera.

—Vaya —dijo Seiya. Solo hacía unos minutos que habíamos terminado y estábamos tendidos en la cama, con unos treinta centímetros o más de separación entre nuestros cuerpos—. Esto no me lo esperaba.

Dios, siempre lo estropeaba todo cuando hablaba. Enfadada, y analizando todavía las repercusiones emocionales, solté con sorna:

—¿Qué pasa? ¿Te avergüenzas de haberte tirado a la Duff?

—No. —Me sorprendió lo serio que sonó—. Nunca me avergüenzo de nadie con quien me haya acostado. El sexo es una reacción química natural. Siempre sucede por una razón. ¿Quién soy yo para decidir quién experimenta el placer de compartir mi cama? —No me vio poner los ojos en blanco mientras continuaba—: No, me refería a que estoy asombrado. Estaba empezando a pensar que me odiabas.

—Y te odio —le aseguré mientras apartaba las mantas y me ponía a recoger mi ropa.

—No debes de odiarme demasiado —comentó Seiya, que se apoyó en un codo y me observó vestirme—. Prácticamente te me echaste encima. Por lo general, el odio no inspira esa clase de pasión.

Me puse la camiseta antes de contestar.

—Créeme, Seiya, sí que te odio. Solo estaba utilizándote. Tú utilizas continuamente a la gente, por lo que estoy segura de que lo entiendes. —Me abroché los vaqueros y cogí la pinza para el pelo de la mesita de noche—. Ha sido divertido; pero, si se lo cuentas a alguien, te juro que te capo. ¿Entendido?

—¿Por qué? —quiso saber—. Tu reputación mejoraría si la gente descubriese que nos hemos acostado.

—Tal vez —admití—. Pero no quiero mejorar mi reputación, y menos aún así. Bueno, ¿vas a mantener la boca cerrada o tengo que buscar algún objeto afilado?

—Un caballero no va por ahí hablando de sus conquistas.

—Pero tú no eres un caballero —repuse mientras volvía a recogerme el pelo con la pinza—. Eso es lo que me preocupa.

Le eché un vistazo a mi reflejo en el espejo de cuerpo entero de la pared. En cuanto estuve segura de que tenía un aspecto normal (es decir, no culpable), me volví de nuevo hacia Seiya.

—Date prisa, ponte los pantalones. Tenemos que terminar este estúpido trabajo.

Pasaban un poco de las siete de la tarde cuando terminamos la redacción de Inglés. O, por lo menos, terminamos el borrador. Le hice prometerme que me lo enviaría luego por correo electrónico para poder corregirlo.

—¿No te fías de que lo haga yo? —preguntó enarcando una ceja mientras me ponía los zapatos en el vestíbulo.

—No me fío de ti para nada —contesté.

—Salvo para echar un polvo. —Esbozaba esa sonrisilla que tanto odiaba—. Bueno, ¿esto ha sido cosa de una vez o volveré a verte?

Me preparé para soltar un resoplido de desdén, para decirle que flipaba si de verdad pensaba que iba a volver a pasar, pero entonces recordé que tenía que volver a casa. Seguramente el sobre de papel manila todavía seguiría sobre la mesa de la cocina.

—¿Usagi? —me preguntó Seiya. Un estremecimiento me recorrió la piel cuando me tocó el hombro—. ¿Estás bien?

Me aparté y me dirigí a la puerta. Ya había empezado a salir cuando me volví hacia él y, tras vacilar un momento, dije:

—Ya veremos.

A continuación, bajé corriendo los escalones de la entrada.

—Espera,Usagi.

Me apreté la chaqueta alrededor del cuerpo, intentando luchar contra el frío viento, y abrí bruscamente la puerta de mi coche. Lo tuve detrás de mí en cuestión de segundos, pero, gracias a Dios, esta vez no me tocó.

—¿Qué pasa? —solté mientras me sentaba en el asiento del conductor—. Tengo que volver a casa.

Mi casa era el último lugar del mundo al que me apetecía ir.

El cielo invernal ya se había oscurecido, pero todavía podía ver los ojos grises de Seiya en la penumbra. Eran exactamente del mismo color que el cielo antes de una tormenta. Se puso en cuclillas junto a la puerta para que nuestros ojos quedaran a la misma altura. La forma en la que me miró me hizo sentir incómoda.

—No has contestado a la otra pregunta.

—¿Qué pregunta?

—¿Estás bien?

Me quedé mirándolo un rato con el ceño fruncido, asumiendo que solo intentaba darme por mi lado. Pero algo en sus ojos brillantes me hizo vacilar.

—Eso no importa —susurré. Arranqué el coche y él se apartó cuando cerré la puerta de golpe—. Adiós, Seiya.

Y, entonces, me marché.

Cuando llegué a casa, mi padre todavía seguía en su cuarto. Terminé de limpiar la sala de estar, evitando completamente la cocina, y subí las escaleras para darme una ducha. El agua caliente no se llevó la sensación de suciedad que Seiya me había dejado en la piel, pero me relajó los nudos que se me estaban formando en los músculos de la espalda y los hombros. Solo esperaba dejar de sentirme sucia con el tiempo.

Acababa de envolverme con una toalla cuando empezó a sonar mi móvil en el cuarto y eché a correr por el pasillo para llegar a tiempo.

—Hola, Usa —me dijo Mina al oído—. Bueno, ¿Seiya y tú ya lo hicieron?

—¿Qué?

—Ibas a hacer el trabajo de Inglés hoy, ¿no? Tenía entendido que iba a ir a tu casa.

—Ah... sí. Bueno, al final he ido yo a la suya. —Me esforcé en no sonar culpable.

—¡Ay, Dios mío! ¿A la mansión? —preguntó Mina—. ¡Qué suerte! ¿Has salido a algún balcón? Michiru dice que esa es una de las razones por las que quiere volver a liarse con él. La última vez lo hicieron en el asiento trasero de su Porsche, pero ella está deseando ver el interior de la casa.

—Mina, ¿esta conversación lleva a alguna parte?

—Ah, sí. —Se rió—. Perdona. No es nada. Solo quería asegurarme de que estabas bien.

¿Por qué le había dado a todo el mundo por preguntarme lo mismo esa noche?

—Ya sé que lo odias —continuó—, así que quería asegurarme de que estuvieras bien... y de que él también lo estuviera. No lo habrás apuñalado ni nada por el estilo, ¿verdad? Estoy totalmente en contra de matar tipos buenos; pero, si necesitas ayuda para enterrar el cuerpo, puedo llevar una pala.

—Gracias, Mina—contesté—, pero está vivo. No fue tan malo como esperaba. De hecho...

Casi se lo cuento todo. Que mis padres iban a divorciarse y que, en un momento de desesperación, había vuelto a besar a Seiya Kou. Que ese beso se había transformado en algo mucho más intenso. Que me sentía sucia de los pies a la cabeza y, sin embargo, al mismo tiempo, asombrosamente liberada. Tenía las palabras en la punta de la lengua, pero no pude pronunciarlas. Todavía no.

—¿De hecho qué, Usa? —me preguntó sacándome de mi ensimismamiento.

—Pues... nada. Que de hecho Seiya tenía buenas ideas para el trabajo. Eso es todo. Supongo que debe de ser un fanático de Hawthorne o algo por el estilo.

—Vaya, qué bien. Sé que los chicos listos te parecen sexys. ¿Ya estás dispuesta a admitir que te pone?

Me quedé helada, sin saber qué responder a eso, pero Mina estaba riéndose.

—Es broma, pero me alegro de que todo haya salido bien. Estaba un poco preocupada. Tenía el presentimiento de que iba a pasar algo malo. Supongo que no eran más que paranoias mías.

—Probablemente.

—Tengo que dejarte. Lita quiere que la llame para contarle todos los detalles de mi encuentro con Zoycite. No se entera, ¿verdad? En fin, te veo en clase el lunes.

—Vale. Adiós.

Ciao, Usa.

Cerré el móvil y lo dejé en la mesita de noche, sintiéndome como una auténtica mentirosa. Técnicamente, no había mentido, solo me había callado algunas cosas; pero aun así... ocultarle algo a Mina era una especie de pecado mortal. Sobre todo cuando ella siempre procuraba escuchar mis problemas.

Aunque acabaría contándoselo. Bueno, lo de mis padres, al menos. Primero necesitaba asimilarlo yo antes de soltárselo a ella y a Lita. En cuanto al asunto de Seiya... Dios, esperaba que nunca se enterasen.

Me arrodillé a los pies de la cama y me puse a doblar la ropa limpia, como cada noche. Curiosamente, no estaba tan estresada como había esperado. Odiaba admitirlo, pero era gracias a Seiya.