Actualización! Rogue no me despellejes! jajaja Gracias a todos los que se han pasado a a leer y han dejado reviews! y A ustedes lectores anónimos gracias!
Papá no salió de su cuarto en todo el fin de semana. Llamé a la puerta un par de veces el domingo por la tarde y me ofrecí a hacerle algo de comer, pero él simplemente murmuró una negativa sin llegar a abrir la puerta que nos separaba. Su aislamiento me aterrorizaba. Debía de estar deprimido por lo de mamá, y avergonzado por haber vuelto a beber, pero yo sabía que esa actitud no era saludable. Decidí que, si no había salido el lunes por la tarde, entraría yo misma por la fuerza y... Bueno, no sabía qué haría después. Mientras tanto, intenté no pensar en mi padre ni en los papeles del divorcio que había sobre la mesa de la cocina.
Sorprendentemente, me resultó bastante fácil.
La mayor parte de mis pensamientos se centraban en Seiya. Qué horror, ¿no? La verdad era que no sabía cómo comportarme el lunes en clase. ¿Qué había que hacer después de tener un algo de una noche (o, en mi caso, de una tarde) con el mayor imbécil del instituto? ¿Se suponía que debía actuar como si no hubiera pasado nada? ¿Tratarlo con la evidente animadversión de siempre? ¿O, como en realidad había disfrutado, debería mostrarme agradecida o algo así? ¿Moderar mi desprecio y ser amable? ¿Le debía algo? Claro que no. Él había sacado de la experiencia tanto como yo, salvo por el autodesprecio.
Cuando llegué al instituto el lunes por la mañana, más o menos había decidido evitarlo por completo.
—¿Estás bien, Usagi? —me preguntó Lita cuando salimos de Francés al terminar la primera hora—. Estás... esto... rara.
Admito que mis habilidades de espía dejan mucho que desear, pero sabía que Seiya iba a pasar por delante del aula de camino a su siguiente clase, y no quería arriesgarme a tener un incómodo encuentro poscoito en el pasillo. Espié con inquietud por el borde de la puerta, examinando la multitud en busca de aquel inconfundible cabello negro. Pero, si Lita había notado que ocurría algo, es que estaba disimulando fatal.
—No pasa nada —le mentí mientras salía al pasillo. Miré a ambos lados, como si fuera una niña cruzando una carretera muy transitada, y me alivió no verlo por ninguna parte—. Estoy bien.
—Ok —contestó sin sospechar nada—. Deben de ser imaginaciones mías.
—Seguramente.
Lita se tiró de un mechón de pelo castaño que se le había soltado de la coleta.
—¡Ay, Usagi, se me había olvidado contártelo! ¡Estoy tan emocionada!
—Déjame adivinar —bromeé—. Tiene algo que ver con Zoycite, ¿verdad? ¿Qué ha sido esta vez? ¿Te preguntó dónde te compraste esos vaqueros ceñidos tan lindos? ¿O qué acondicionador usas para tener el pelo tan brillante?
—¡No! —se rió Zoycite—. No... En realidad, se trata de mi hermano. Va a venir de visita y se quedará toda la semana. Debería llegar a Tokyo al mediodía. Vendrá a recogerme al terminar las clases. Estoy deseando verlo. Hace como dos años y medio que se fue a la universidad y... Eh, Usagi, ¿seguro que estás bien?
Me quedé paralizada en medio del pasillo. Pude sentir cómo iba perdiendo el color de la cara, y las manos se me pusieron frías y empezaron a temblarme. Comencé a sentir náuseas, pero dije la misma mentira de siempre:
—Estoy bien. —Obligué a mis pies a ponerse en marcha de nuevo—. Es que... eh... me ha parecido que se me había olvidado algo. No pasa nada. Bueno, ¿qué me decías?
Usagi asintió con la cabeza.
—¡Dios, me hace tanta ilusión ver a Mamoru! No puedo creer que vaya a decir esto, pero lo he echado muchísimo de menos. Estará bien pasar unos días con él. Ah, y creo que Setsuna viene con él. ¿Te había dicho que acaban de prometerse?
—Pues no. Es genial... Oye, Lita, tengo que irme a clase.
—Ah... bueno. Bueno, te veo en Inglés.
Yo ya estaba a mitad de pasillo antes de que Usagi terminara de hablar. Me abrí paso entre la estampida de alumnos, sin oír apenas sus protestas cuando los pisaba o los golpeaba con la mochila. Los sonidos que me rodeaban fueron desvaneciéndose a medida que los recuerdos indeseados me inundaban la mente. Era como si las palabras deLita hubieran roto el dique que los había contenido durante tanto tiempo.
—Así que tú eres Usagi, la zorra de primero que se está acostando con mi novio.
—¿Tu novio? Yo no...
—Ni se te ocurra acercarte a Mamoru.
Me puse colorada mientras me invadían los recuerdos. Caminaba tan rápido que casi iba corriendo rumbo a clase de Política. Como si pudiera escapar de mis pensamientos. Como si no me persiguieran sin descanso. Pero Mamoru Kino estaría en Tokyo una semana. Mamoru se había prometido con Setsuna. Mamoru... el chico que me había roto el corazón.
Entré a toda prisa en la clase justo cuando sonó el timbre. Sabía que el señor Tomoe estaría fulminándome con la mirada, pero no me molesté en mirar. Me senté al fondo de la clase, intentando concentrarme desesperadamente en otra cosa. Pero ni siquiera el ingenioso comentario de Kelvin Taylor sobre el poder legislativo ni la parte posterior de su adorable peinado pasado de moda consiguieron apartar mis pensamientos de Mamoru y su futura esposa.
Prácticamente no oí ni una palabra de lo que el señor Tomoe dijo en toda la hora y, cuando sonó el timbre, mis apuntes (que deberían estar llenos de detalles de la clase) consistían únicamente en dos frases cortas y apenas legibles. Dios, si seguía así, iba a suspender esa asignatura.
¡Cuánto drama! Si fuera una rica esnob de Manhattan, podría haber sido un personaje de Gossip Girl (no es que yo viera esa estupida de serie, solo algún que otro capítulo... o eso pensaban mis amigas). ¿Por qué mi vida no podía ser como una comedia de la tele? Aunque, bien pensado, hasta los personajes de Friends tenían problemas.
Me dirigí a la cafetería arrastrando los pies y vi que Mina y Lita estaban esperándome en nuestra mesa. Como siempre, Kakkyu, Haruka y su prima Michiru se sentaron con nosotras. Kakkyu estaban enseñándole a todo el mundo sus nuevas zapatillas de marca, por lo que nadie se percató de mi mal humor cuando me dejé caer en la silla.
—Qué lindas —comentó Mina con una sonrisa—. ¿Quién te las ha comprado?
—Mi padre —contestó Kakkyu acariciando la punta de su zapatilla morada—. Mi madre y él están compitiendo por mi cariño. Al principio era un fastidio, pero he decidido dejarme llevar y disfrutar. —Cruzó las piernas y se apartó el pelo rojo de los hombros—. Espero que lo siguiente sea un Prada.
Todo el mundo se rió.
—Yo no conseguí nada genial cuando mis padres se divorciaron —dijo Mina—. Supongo que a mi padre le daba igual a quién quisiera más.
—Eso es muy triste, Mina —murmuró Lita.
—En realidad, no. —Mina se encogió de hombros y empezó a rascarse el esmalte de uñas anaranjado—. Mi padre es un imbecil. Me encantó que mamá lo echara de casa. Ahora llora mucho menos, y cuando mamá es más feliz, el mundo es más feliz. Por supuesto que ya no tenemos tanto dinero, pero tampoco es que papá se gastara el sueldo en nosotras. Se ofreció a comprarle a mamá un coche que ella no quiso, pero hasta ahí le llegó la generosidad.
—Los divorcios son deprimentes —suspiró Lita—. A mí me daría algo si mis padres se separasen. ¿No opinas igual, Usagi?
Sentí que me ponía colorada, pero Mina había cambiado de tema, así que hice como si no hubiera oído la pregunta de Lita.
—Oye, Michiru, ¿qué pasó la noche del baile? No llegaste a decirnos cómo salió todo.
Haruka soltó una risita cómplice.
—¿Todavía no se lo has contado, Michiru?
Esta puso los ojos en blanco y se enrolló un rizo Aguamarina alrededor de un dedo con la uña perfectamente pintada.
—Ay, Dios mío. Bueno, pues resulta que mi novio o mejor dicho ex novio ya no me habla y el chico de la universidad...
Su voz pasó a un segundo plano y me distraje. Por mucho que deseara dejar de pensar en Mamoru, no conseguí interesarme por los problemas de chicos de Michiru. Cualquier otro día, la historia me habría resultado ligeramente entretenida, como si su vida fuera el argumento de una telenovela, pero en aquel momento sus dramas me parecían vagos y sin importancia. Un tema tremendamente insulso, complaciente y vacío.
No pude evitar sentirme un poco culpable por pensar así, pues eso significaba que yo era tan egocéntrica como ella. Intenté prestar atención, sin demasiado entusiasmo, a las penas de Michiru.
Pero entonces algo que dijo captó toda mi atención.
—... pero después tuve algo con Seiya un rato.
—¿Con Seiya? —pregunté.
Michiru me dedicó una sonrisa radiante, orgullosa de lo que ella veía como una hazaña. ¿Acaso no sabía que más de dos tercios de las chicas del instituto habían logrado lo mismo? Incluyéndome a mí... aunque ella no sabía nada de eso, claro.
—Sí —asintió—. Después de la pelea con mi ex, acabé en el aparcamiento con Seiya. Nos dimos un calentón en su coche un rato, pero me llamó mi madre y tuve que volver a casa antes de que pudiéramos hacer nada. Qué rabia, ¿no?
—Sí, claro.
Recorrí la cafetería con la mirada y busqué unos segundos hasta localizar una nuca con la coleta baja y cabello negro que se erguía unos cuantos centímetros por encima de las cabezas que la rodeaban. Seiya estaba sentado con un grupo de amigos (chicas en su mayoría, por supuesto) a una larga mesa rectangular al otro extremo de la sala. Llevaba una camiseta negra ceñida que, aunque no era demasiado apropiada para las gélidas temperaturas de principios de febrero, resaltaba sus perfectos brazos musculosos. Unos brazos que me habían rodeado... que me habían ayudado a deshacerme del estrés...
—¿Les había dicho que mi hermano va a venir de visita? —preguntó Lita—. Su prometida y él van a quedarse toda la semana.
Mina me dirigió de inmediato una mirada de preocupación y abrió los ojos como platos cuando vio que me había puesto en pie.
—¿Adónde vas, Usa?
Todas mis compañeras de mesa me miraron e intenté sonar convincente.
—Acabo de acordarme de algo —contesté—. Tengo que ir a hablar con Seiya sobre nuestro trabajo de Inglés.
A la mierda con evitarlo. Tenía una idea mejor y más útil.
—¿No lo habíais terminado el sábado? —me preguntó Lita.
—Lo empezamos, pero no lo terminamos.
—Porque estabas demasiado ocupados enrollándose —bromeó Mina guiñándome un ojo.
«No parezcas culpable. No parezcas culpable.»
—¿Enrollándose? —Michiru me miró enarcando una ceja.
—¿No te habías enterado? —le siguió la corriente Lita, que me dedicó una sonrisa afable—. Usagi está locamente enamorada de Seiya.
Simulé una arcada y todo el mundo se rió.
—Ya, claro —contesté, asegurándome de que mi voz estuviera cargada de irritación y repugnancia—. No soporto a ese tipo. Dios, estoy perdiéndole el respeto a la señora Haruna por obligarme a trabajar con él.
—Yo en tu lugar estaría entusiasmada —opinó Michiru con cierto resentimiento en la voz.
Kakkyu asintió con la cabeza indicando que opinaban lo mismo.
—En fin. —Estaba poniéndome un poco nerviosa—. Tengo que hablar con él sobre cuándo vamos a acabarlo. Las veo luego.
—Adios —contestó Jessica, y se despidió de mí agitando la mano con alegría.
Crucé a toda prisa la cafetería abarrotada y no aflojé el paso hasta que estuve a menos de dos metros de la mesa de Seiya, donde solo había otro chico: Zoycite. Entonces me detuve un segundo, sintiéndome algo indecisa de pronto.
Una de las chicas, una rubia flaca con unos labios como los de Angelina Jolie, parloteaba sobre sus horribles vacaciones en Miami mientras Seiya escuchaba absorto. Evidentemente intentaba convencerla de lo comprensivo que era. La indignación venció a la inseguridad y carraspeé con fuerza, captando la atención de todo el grupo.
La rubia parecía alterada y enfadada, pero yo me centré en Seiya, que me miró con indiferencia, como a cualquier otra chica. Adopté un aire despectivo y dije:
—Tengo que hablar contigo de nuestra redacción de Inglés.
—¿Es imprescindible? —preguntó Seiya con un suspiro.
—Pues sí —contesté—. Y ahora mismo. No pienso suspender ese estúpido trabajo porque tú seas un zángano.
Seiya puso los ojos en blanco y se levantó.
—Lo siento, señoritas —les dijo a las consternadas chicas—. Nos vemos mañana. ¿Me guardaréis un sitio?
—Claro que sí —le aseguró con voz aguda una pelirroja bajita.
Mientras nos alejábamos, oí cómo la de los labios grandes decía entre dientes:
—¡Malita zorra!
Cuando salimos al pasillo, Seiya me preguntó:
—¿Qué pasa, Duffy? Te envié el trabajo por correo electrónico anoche, como exigiste. ¿Se puede saber adónde vamos? ¿A la biblioteca?
—Cierra el pico y ven conmigo.
Lo guié por el pasillo más allá de las aulas de Inglés. No me preguntéis de dónde saqué la idea porque no lo tengo claro, pero sabía exactamente adónde íbamos, y estaba segura de que eso podría convertirme oficialmente en una zorra. Sin embargo, cuando llegamos a la puerta del armario del conserje (que nunca se usaba), no sentí vergüenza... al menos por el momento.
Agarré el pomo y vi cómo Seiya entrecerraba los ojos con recelo. Abrí la puerta de un tirón, comprobé que no nos veía nadie y le indiqué que entrara con un gesto. Seiya entró en el diminuto armario y yo lo seguí para después cerrar la puerta sigilosamente detrás de nosotros.
—Algo me dice que esto no tiene nada que ver con La letra escarlata —comentó, e incluso en la oscuridad supe que estaba sonriendo.
—Cállate.
Esta vez nos encontramos a medio camino. Me hundió las manos en el pelo y las mías se aferraron a sus antebrazos. Nos besamos con violencia mientras mi espalda chocaba contra la pared. Oí caer una fregona, o tal vez una escoba, pero mi cerebro apenas registró el sonido cuando una de las manos de Seiya se trasladó a mi cadera y me pegó más a él. Era tan alto comparado conmigo que tuve que echar la cabeza hacia atrás casi del todo para besarlo. Sus labios se apretaron con fuerza contra los míos y dejé que mis manos exploraran sus bíceps. El olor de su colonia, y no el aire viciado del armario, me invadió los sentidos.
Forcejeamos en la penumbra un rato hasta que sentí que su mano intentaba levantarme una y otra vez el dobladillo de la camiseta. Interrumpí el beso jadeando y le agarré la muñeca.
—No... Ahora no.
—Entonces, ¿cuándo? —me preguntó al oído, sosteniéndome todavía contra la pared. Ni siquiera parecía faltarle el aliento, mientras que yo respiraba con dificultad.
—Después.
—Sé más específica.
Me retorcí para escapar de sus brazos y me dirigí a la puerta, aunque casi tropiezo por el camino con lo que parecía un cubo. Me arreglé los odangos con una mano y empujé la puerta.
—Esta noche. Iré a tu casa a eso de las siete. ¿ok?
No obstante, antes de que Seiya tuviera ocasión de contestar, salí a hurtadillas del armario y bajé rápidamente por el pasillo, esperando que nadie me hubiera visto huir.
