Estaba completamente despeinada después del revolcón. Me miré en el enorme espejo e intenté controlar mi desordenado cabello rubio mientras Seiya se vestía detrás de mí. Definitivamente, nunca me había imaginado a mí misma en ese tipo de situación.
—No tengo ningún inconveniente en que me utilices —comentó mientras se ponía la ajustada camiseta negra. El aspecto de su pelo también era bastante incriminatorio—. Pero me gustaría saber para qué.
—Para distraerme.
—Eso ya lo suponía.
El colchón crujió cuando se dejó caer de espaldas y colocó los brazos detrás de la cabeza.
—¿De qué se supone que estoy distrayéndote? Si lo supiera, es posible que pudiera hacer mejor mi trabajo.
—Estás haciéndolo perfectamente. —Me pasé los dedos por el pelo, pero ya no podía hacer más. Me aparté del espejo con un suspiro y me volví hacia Seiya. Para mi sorpresa, estaba observándome con auténtico interés—. ¿De verdad te importa?
—Claro que sí. —Se sentó y dio una palmadita en el colchón a su lado—. Este cuerpo asombroso es algo más que unos abdominales impresionantes. También tengo oídos, y resulta que funcionan a la perfección.
Puse los ojos en blanco y me senté a su lado, con los pies sobre la cama.
—Vale —acepté mientras me rodeaba las rodillas con los brazos—. No es que tenga importancia, pero esta mañana me he enterado de que mi ex novio ha vuelto al pueblo durante una semana. Ya sé que es una estupidez, pero me ha entrado el pánico. Es que la última vez que nos vimos... no fue muy bien. Por eso te metí en ese armario en el instituto.
—¿Qué pasó?
—Tú también estabas allí. No me hagas revivirlo.
—Me refiero con tu ex —repuso Seiya con una sonrisita—. Tengo curiosidad. ¿Qué puede ser tan grave para hacer que una persona tan llena de odio como tú corra a mis brazos musculosos? ¿O es él el responsable de esa capa de hielo que te rodea el corazón?
Sus palabras sonaron burlonas, pero su sonrisa parecía sincera; no como la mueca torcida que empleaba cuando iba de listillo.
—Empezamos a salir durante mi primer año de instituto —comencé de mala gana—. Él estaba en el último curso, y yo sabía que mis padres nunca me dejarían verlo si se enteraban de lo mayor que era. Así que se lo ocultamos a todo el mundo. Nunca me presentaba a sus amigos ni me llevaba a ningún sitio ni hablaba conmigo en el instituto, y yo suponía que era para protegernos. Pero estaba totalmente equivocada, por supuesto.
Sentí un hormigueo en la piel mientras Seiya me observaba fijamente. Aquello me resultó molesto. Seguramente estaba mirándome con pena. «Pobre Duffy.» Se me tensaron los hombros y clavé la mirada en mis calcetines, negándome a ver cómo reaccionaba a mi historia. Una historia que solo le había contado a Mina.
—Lo vi unas cuantas veces con una chica en el instituto —continué—. Pero, cada vez que le preguntaba por ella, me decía que solo eran amigos y que no me preocupara. Y no me preocupé. Después de todo, me dijo que me quería, y no tenía ningún motivo para dudar de él, ¿no?
Seiya no respondió.
—Y entonces ella se enteró. La chica con la que lo había visto me buscó un día en el instituto y me dijo que dejara de acostarme a su novio. Pensé que se trataba de un error, por lo que se lo pregunté a él...
—No era un error —adivinó Seiya.
—Pues no. Se llamaba Setsuna y llevaban juntos desde séptimo de primaria. Yo era la otra mujer... o chica, técnicamente.
Levanté la mirada despacio y vi que Seiya estaba haciendo una mueca.
—Menudo imbecil —dijo.
—Mira quién habla. Tú eres el mayor mujeriego del mundo.
—Cierto —admitió—. Pero yo no hago promesas. Él te dijo que te quería, te dio su palabra. Yo nunca haría algo así. Una chica puede creer lo que le dé la gana, pero yo nunca digo nada que no sienta. Solo un auténtico imbecil haría lo que él hizo.
—En fin, que esta semana ha vuelto al pueblo con Setsuna... su prometida.
Seiya dejó escapar un silbido bajo.
—Vaya, qué incómodo.
—No me digas...
Se produjo una larga pausa. Por fin, Seiya me preguntó:
—Bueno, y ¿de quién se trata? ¿Lo conozco?
—No lo sé. Tal vez. Se llama Mamoru Kino.
—Mamoru Kino. — Seiya contrajo la cara en una expresión de horror—. ¿Mamoru? ¿Te refieres a ese tipo raro? ¿El friki con lentes y una frente enorme? —Abrió los ojos como platos, asombrado—. ¿Cómo diablos consiguió a dos chicas? ¿Por qué iba a querer nadie salir con él? ¿Por qué ibas a querer tú salir con él? Era un adefesio.
Fruncí el ceño.
—Vaya, gracias —mascullé—. ¿No se te ha ocurrido que tal vez eso sea lo mejor a lo que puede aspirar una Duff?
La expresión de Seiya se ensombreció. Apartó la mirada y examinó nuestros reflejos en el espejo situado al otro extremo de la habitación. Después de unos momentos de incómodo silencio, dijo:
—Tampoco estás tan mal, Usagi. Tienes potencial. Tal vez si te juntaras con otras amigas...
—Déjalo —repuse—. Mira, ya me he acostado contigo dos veces. No tienes que adularme. Además, quiero demasiado a mis amigas como para cambiarlas para parecer más guapa.
—¿En serio?
—Sí, en serio. Mina ha sido mi mejor amiga desde que tengo uso de razón y es la persona más leal que he conocido. Y Lita... Bueno, ella no sabe lo que pasó entre su hermano y yo. No éramos amigas entonces. En realidad, yo no quería conocerla después de romper con Mamoru, pero Mina me dijo que me haría bien, y tenía razón... como siempre. Lita puede ser un poco atolondrada, pero es la persona más dulce e inocente que conozco. Nunca dejaría de lado a ninguna de ellas solo para verme mejor. Eso me convertiría en una auténtica imbécil.
—En ese caso, tienen suerte de tenerte como amiga.
—Ya te he dicho que no me adules...
—Lo digo en serio. —Frunció el ceño mientras miraba hacia el espejo—. Yo solo tengo un amigo... un amigo de verdad. Zoycite es el único chico al que no le molesta salir conmigo, y eso porque no intentamos atraer a la misma audiencia, ya me entiendes. —En sus labios se dibujó una pequeña sonrisa cuando se volvió hacia mí—. La mayoría de la gente haría cualquier cosa para evitar ser la Duff.
—Bueno, supongo que no soy como la mayoría.
Seiya me miró con expresión seria.
—¿Esa palabra te molesta? —me preguntó.
—No.
Supe que era mentira en cuanto lo dije. Sí que me molestaba, pero nunca lo admitiría. Y menos aún ante él.
Todo mi cuerpo pareció ser consciente de que había vuelto a posar su mirada en mí. Antes de que Seiya pudiera decir nada más, me levanté y me dirigí a la puerta del cuarto.
—Oye —dije mientras giraba el pomo—. Tengo que irme, pero he estado pensando que podríamos volver a hacerlo. Como si tuviéramos un free o algo así. Algo puramente físico y sin ataduras. ¿Qué te parece?
—No puedes vivir sin mí, ¿eh? —me dijo Seiya con una sonrisita de suficiencia, tumbándose de nuevo de espaldas—. Me parece bien; pero, si soy tan fantástico, tendrías que hacer correr la voz entre tus amigas. Dices que las quieres, así que deberías permitirles experimentar el mismo placer alucinante... puede que al mismo tiempo. Es lo justo.
Lo fulminé con la mirada.
—Justo cuando empiezo a pensar que tal vez tengas alma, dices una pendejada como esa. —La puerta se estrelló contra la pared cuando la abrí de golpe. Empecé a bajar las escaleras con paso airado y grité—: ¡No hace falta que me acompañes a la puerta!
—Hasta pronto, Duffy.
Menudo imbecil.
Mi padre vivía en las nubes. Supongo que debía de tener el radar paterno averiado, porque apenas me hizo preguntas cuando salí de casa para ir a ver a Seiya una y otra vez esa semana. Cualquier padre en su sano juicio se habría puesto sobre aviso cuando su hija usaba la excusa de «hacer un trabajo» dos veces seguidas, pero ¿cuatro veces en una semana? ¿De verdad pensaba que me costaba tanto escribir una estúpida redacción? ¿No le preocupaba que estuviera haciendo exactamente lo que estaba haciendo?
Pues al parecer no. Cada vez que salía por la puerta, simplemente me decía:
—Pásalo bien, conejita.
Aunque creo que el despiste debía de ser contagioso. Ni siquiera Mina (que no me había quitado la vista de encima desde que Mamoru había llegado al pueblo) se había dado cuenta de que había algo entre Seiya y yo, y seguía con sus habituales bromas sobre que yo suspiraba en secreto por él. Yo hacía todo lo posible para ocultar las pruebas, por supuesto; pero más de una vez estuve segura de que me había cachado.
Como el viernes por la tarde, cuando estábamos en mi cuarto arreglándonos para ir al Crown. Bueno, en realidad, Mina era la que estaba arreglándose; yo simplemente estaba sentada en la cama viéndola posar delante del espejo. Habíamos hecho eso un millón de veces; pero, como Lita seguía sin despegarse de su hermano, el cuarto parecía extrañamente vacío, casi lúgubre.
Lita no se parecía en nada a nosotras. Me refiero a que Mina y yo éramos polos opuestos, pero Lita era de un planeta completamente diferente. Era de esas personas que siempre están felices y ven el vaso medio lleno. Nos mantenía centradas con esa enorme sonrisa y cándida inocencia que siempre nos asombraba. Mientras que algunas veces parecía que Mina y yo hubiéramos vivido demasiado, Lita era, en muchos sentidos, aún una niña. Una criatura virginal que se maravillaba por todo. Ella era nuestro sol, y Mina y yo estábamos en la oscuridad sin ella.
Estaba preguntándome cuántos días más se quedaría Mamoru en el pueblo, cuando Mina se volvió hacia mí. Al parecer, había decidido que le gustaba cómo le quedaban los ajustados vaqueros morados (de lo que me alegré, porque a mí me parecían espantosos).
—¿Sabes, Usa? Estás llevando todo este asunto de Mamoru mucho mejor de lo que esperaba —me dijo.
—Gracias... creo.
—La verdad es que pensé que enloquecerias cuando Mamoru volviera a Jubban con su prometida. Esperaba lágrimas, llamadas a medianoche y algún que otro ataque de nervios. Pero, en cambio, estás actuando con total normalidad... bueno, con toda la normalidad de la que es capaz Usagi Tsukino.
—Retiro las gracias.
—Ahora en serio. —Cruzó el cuarto y se sentó a mi lado—. ¿Lo llevas bien? Apenas te has quejado, y eso me preocupa porque tú te quejas por todo.
—Eso no es verdad —protesté.
—Lo que tú digas.
Puse los ojos en blanco y dije:
—Para tu información, he encontrado una manera de sacármelo de la cabeza. Pero vas a fastidiarlo si no dejas de hablar del tema, Mina. —Le di un golpecito con el codo con actitud juguetona—. Estoy empezando a pensar que quieres que llore.
—Al menos así sabría que no estás guardándotelo dentro.
—Mina... —gemí.
—Lo digo en serio, Usagi Ese imbecil te arruinó el primer año de instituto. Después de lo que hizo, te pasabas el día histérica, llorando y gimoteando, y sé que es duro tener que ocultárselo a Lita, pero necesitas lidiar con ello de algún modo. No quiero que vuelvas a pasar por ese infierno.
—Mina, estoy bien —le aseguré—. De verdad que he encontrado una manera de liberar el estrés, ¿si?
—¿Cómo?
«Ay, mierda.»
—¿Cómo qué?
Mina me miró con el ceño fruncido.
—¡Por Dios! ¡Que cómo liberas el estrés! ¿Qué estás haciendo?
—Esto... cosas.
—¿Estás haciendo ejercicio? —me preguntó—. Que no te dé vergüenza. Mi madre hace cardio cuando está enojada. Dice que la ayuda a canalizar la energía negativa... sea lo que sea lo que signifique eso. Bueno, ¿eso es lo que estás haciendo? ¿Ejercicio?
—Eh... algo por el estilo.
Maldita sea. Me había puesto como un tomate. Aparté la cabeza y me dediqué a examinarme el vello del brazo.
—¿Cardio?
—Ajá.
Pero, milagrosamente, no pareció darse cuenta de que me ardía la cara.
—Qué genial. ¿Sabes qué? Estos pantalones son una talla más grande que la que suelo usar. Podríamos hacer ejercicio juntas. Sería divertido.
—No creo que sea buena idea. —Me levanté antes de que mi amiga tuviera ocasión de discutir o ver que mis mejillas estaban coloradas, y dije—: Tengo que lavarme los dientes otra vez. Luego podemos irnos, ¿vale?
Acto seguido, salí pitando del cuarto.
Cuando regresé unos minutos después, me vi obligada a mentir una vez más.
—¿Quieres quedarte a dormir en mi casa esta noche? —me preguntó Mina mientras se ahuecaba el pelo corto delante del espejo—. Mi madre va a ir a la despedida de soltera de una compañera de trabajo; estaremos nosotras solas... y unas cuantas pelis de James McAvoy, si quieres. A Lita le dará pena perdérselo, pero...
—Esta noche no puedo.
—¿Por qué? —Parecía dolida.
La verdad era que tenía planeado ver a Seiya a eso de las once de la noche, aunque evidentemente no podía ser sincera. Pero tampoco podía mentir. Después de todo, mis mentiras se veían a la legua. Así que hice lo que cada vez se me daba mejor estos días: conté una verdad a medias.
—Tengo planes.
—¿Después de salir del Crown?
—Sí. Lo siento.
Mina se apartó del espejo y se quedó mirándome un rato. Por fin, dijo:
—Últimamente has estado muy ocupada, ¿sabes? Ya nunca quieres hacer nada conmigo.
—Voy a salir contigo esta noche, ¿no? —repuse.
—Sí, pero... no sé. —Se volvió y examinó su reflejo por última vez—. Da igual. Vámonos.
Dios, odiaba mentirle a Mina. Sobre todo porque era evidente que ella sabía que pasaba algo, aunque todavía no hubiera averiguado el qué. Pero yo iba a hacer todo lo que estuviera en mi mano para mantener en secreto mi no-relación con Seiya.
Él, por supuesto, se comportaba como si nada. En público, nos tratábamos con la misma indiferencia sarcástica de siempre. Yo lo insultaba, le lanzaba miradas asesinas y maldecía entre dientes, mientras él se portaba como un cerdo (algo para lo que no necesitaba fingir). Nadie se habría imaginado que actuábamos de manera diferente a puerta cerrada. Nadie se habría dado cuenta de que yo contaba los minutos que faltaban para encontrarnos en los escalones de su porche.
Nadie salvo Motoki.
—Te gusta ese chico —dijo el camarero tomándome el pelo mientras Seiya (que acababa de soportar una diatriba verbal de parte de servidora) sacaba a bailar a una Barbie que no dejaba de soltar risitas tontas—. Y creo que tú también le gustas a él. Hay algo entre ustedes.
—Tú estás loco —repuse, y le di un sorbo a mi Cherry Coke.
—Te lo he dicho un montón de veces y vuelvo a repetírtelo, Usagi: no sabes mentir.
—¡Yo no tocaría a ese cretino ni con un palo de tres metros! —¿Mi voz transmitía suficiente repugnancia?—. ¿De verdad piensas que soy tan idiota, Motoki? Es un arrogante, y se acuesta con cualquier tipa a la que pueda echarle la mano. La mayor parte del tiempo, tengo ganas de arrancarle los ojos. ¿Cómo iba a gustarme? Es un imbécil.
—Y a las chicas les encantan los imbéciles. Por eso no consigo ninguna cita. Soy demasiado bueno.
—O demasiado peludo —le sugerí. Le di el último sorbo a la Cherry Coke y empujé el vaso hacia él por la barra—. Aféitate esa barba de Moisés y puede que tengas más suerte. A las mujeres no nos gusta besar a una alfombra, ¿sabes?
—Estás intentando cambiar de tema —señaló Motoki—. Eso demuestra que hay algo entre el señor Imbécil y tú.
—Cállate, Motoki. Cierra el pico.
—Así que tengo razón.
—No. Es que estás sacándome de quicio.
Vale, estaba claro que tenía que encontrar una manera de evitar el Crown durante unas cuantas semanas... o, mejor aún, para siempre.
