—Te toca, Duffy.

Seiya se apoyó en su taco de billar, con una sonrisilla de triunfo en la cara.

—Todavía no has ganado —dije, poniendo los ojos en blanco.

—Pero estoy a punto.

Lo ignoré y me concentré en una de las dos bolas con rayas que aún quedaban sobre la mesa. En ese momento, deseé que Seiya y yo hubiéramos hecho como siempre: subir directamente a su cuarto, ignorando todo lo demás. Pero esa noche, mientras subíamos por las escaleras, Seiya mencionó que tenía una mesa de billar... y empezó a jactarse de que era un genio con el taco. Por algún motivo, eso despertó mi lado competitivo. Estaba deseando darle una paliza y borrarle esa sonrisilla arrogante de la cara.

Pero ahora empezaba a arrepentirme de haberlo desafiado a una partida, porque resultaba que no mentía cuando alardeaba de su habilidad. A mí tampoco se me daba mal el billar, pero Seiya iba a machacarme. Y yo no podía hacer nada para cambiar la situación.

—Mantén las manos firmes —me susurró rozándome la oreja con los labios mientras se situaba detrás de mí. Me colocó las manos en las caderas y sus dedos juguetearon con el dobladillo de mi camiseta—. Concéntrate, Duffy. ¿Estás concentrándote?

Estaba intentando distraerme. Y, mierda, estaba funcionando.

Me lo saqué de encima a la vez que intentaba darle con la parte posterior del taco en la barriga. Pero lo esquivó, por supuesto, y lo único que conseguí fue golpear la bola blanca en la dirección contraria a la que pretendía y enviarla a una de las troneras.

—Falta —anunció Seiya.

—¡Mierda! —Di media vuelta para mirarlo—. ¡Esa no debería contar!

—Pero cuenta. —Sacó la bola blanca del agujero y la colocó con cuidado en un extremo de la mesa—. Todo vale en el amor y en el billar.

—En la guerra —lo corregí.

—Es lo mismo.

Echó el taco hacia atrás, muy recto, antes de impulsarlo de nuevo hacia delante. Medio segundo después, la bola ocho rodó hasta una tronera. El tiro ganador.

—Tarado —susurré.

—No seas mala perdedora —repuso mientras apoyaba el taco contra la pared—. ¿Qué esperabas? Está claro que todo se me da maravillosamente bien. —Sonrió de oreja a oreja—. Pero, oye, no irás a reprochármelo, ¿no? ¿Qué le voy a hacer si Dios me hizo así?

—Eres un tramposo arrogante. —Tiré mi taco a un lado y dejé que repiqueteara contra el suelo a un metro de distancia—. Los malos ganadores son mucho peores que los malos perdedores, ¿sabes? ¡Y solo has ganado porque no parabas de distraerme! ¡No podías dejar las dichosas manos quietecitas el tiempo suficiente para dejarme hacer un tiro decente! Eso es rastrero. Y además...

Sin previo aviso, me sentó encima de la mesa de billar. Me colocó las manos en los hombros y, un segundo después, estaba tumbada de espaldas y él me observaba con una sonrisa traviesa. Seiya también se subió a la mesa y se inclinó sobre mí acercando su cara a unos centímetros de la mía.

—¿En la mesa de billar? —le pregunté mirándolo con los ojos entrecerrados—. ¿En serio?

—No puedo resistirme —dijo—. ¿Sabes una cosa? Estás muy sexy cuando te cabreas conmigo, Duffy.

Al principio, me llamó la atención la ironía de aquella afirmación. Después de todo, había usado las palabras «sexy» y «Duffy» (que implicaba que era gorda y fea) en la misma frase. El contraste casi daba risa. Casi.

Sin embargo, lo que de verdad me afectó fue que nadie, ni siquiera Mamoru, me había llamado nunca sexy. Seiya era el primero. Y la verdad era que estar con él me hacía sentir atractiva. Por su forma de tocarme, de besarme, notaba que su cuerpo me deseaba. Vale, vale, estamos hablando de Seiya: su cuerpo deseaba a todo el mundo. Pero, aun así, no había experimentado eso desde... bueno, nunca lo había experimentado. Era excitante y me provocaba una sensación de poder.

Pero nada de aquello podía borrar la punzada de dolor que me provocó la última palabra de la frase. Puede que Seiya hubiera sido el primero en llamarme sexy, pero también había sido el primero en llamarme Duff. Esa palabra llevaba semanas rondándome, hostigándome. Y era culpa suya.

Así que, ¿cómo podía parecerle sexy y ser una Duff al mismo tiempo?

Aún más importante: ¿por qué me importaba?

Antes de que se me ocurriera alguna respuesta convincente, empezó a besarme y sus dedos localizaron los botones y cremalleras de mi ropa. Nos convertimos en una maraña de labios, manos y rodillas, y la pregunta desapareció por completo de mi mente.

Por el momento, al menos.

—¡Vamos, Panteras! —gritó Mina mientras ella y otras cuantas integrantes del Escuadrón Barbie daban volteretas por la banda.

A mi lado, Lita agitaba un pompón azul y naranja de dos dólares, con la cara radiante de entusiasmo. Esa noche, Mamoru y Setsuna estaban cenando con los padres de ella, lo que significaba que yo podía pasar un par de horas con mi amiga... aunque ese par de horas fueran en un estúpido evento deportivo.

La verdad era que odiaba todo lo que requiriera espíritu escolar porque, evidentemente, yo carecía de él. Odiaba el Instituto Jubban. Odiaba los horribles colores chillones del colegio, la mascota increíblemente genérica y, por lo menos, al noventa por ciento de los alumnos. Por eso estaba deseando ir a la universidad.

—Tú lo odias todo —me había dicho Mina horas antes cuando le expliqué por qué no me apetecía ir al partido de baloncesto.

—Eso no es verdad.

—Sí que lo es. Lo odias todo. Pero te quiero. Y a Lita, también. Por eso voy a pedirte, como tu mejor amiga, que la traigas al partido.

Cuando Lita me había dicho que quería quedar esa noche, automáticamente pensé en ir a mi casa y ver pelis. Pero Mina tenía que animar en el partido. Eso no hubiera supuesto ningún problema (Lita y yo podríamos haber visto las películas solas), pero Mina tuvo que complicarlo. Ella también quería ver a Lita. Y quería que la viéramos animar. Incluso aunque fuera en contra de todos mis principios.

—Vamos, Usagi —dijo con tono de enfado—. Solo es un partido.

Últimamente siempre estaba enfadada. Sobre todo conmigo. Y la verdad era que yo no estaba de humor para discutir con ella. Y de ese modo me habían metido en eso. Así había acabado sentada en una grada incómoda, aburrida como una ostra, mientras los vítores y gritos de la gente que me rodeaba me provocaban una maldita migraña. ¡Sencillamente genial!

Acababa de decidir ir a casa de Seiya después del partido cuando Lita me dio un codazo en el costado. Durante un segundo, supuse que habría sido un accidente, que se había emocionado demasiado agitando el pompón, pero entonces me tiró de la muñeca.

—Usagi.

—¿Eh?

Volví la cabeza hacia ella, pero no estaba mirándome. Tenía la mirada clavada en un grupo de gente unas gradas más abajo.

Tres chicas altas y guapas (de tercero, supuse) estaban sentadas en fila, apoyándose en las manos y con las piernas cruzadas. Tres coletas perfectas y tres vaqueros de tiro bajo. Y entonces, por el pasillo, subió la cuarta. Era más bajita y pálida y tenía el pelo corto y azulado. Era evidente que era de primero. Llevaba varias botellas de agua y unos cuantos perritos calientes en las manos, como si acabara de volver del puesto de comida.

Observé cómo la sonriente muchacha repartía las botellas y la comida, cómo cada una de las chicas de tercero cogía su parte y cómo no le demostraban ningún agradecimiento. La nueva se sentó al final de la fila, y ninguna de las chicas mayores habló con ella; solo lo hacían entre ellas. La vi intentar participar en las conversaciones, abriendo y cerrando la boca cuando alguna de las de tercero la interrumpía, ignorándola por completo. Hasta que, después de un momento, una la miró, dijo algo rápido y se volvió de nuevo hacia sus amigas. La chica de primero se levantó otra vez y bajó los escalones, sin dejar de sonreír, rumbo al puesto de comida para cumplir la nueva orden.

Cuando miré a Lita, vi en sus ojos una expresión sombría y... triste. O tal vez de enfado. Con ella costaba saberlo porque no mostraba ninguna de esas emociones muy a menudo. De cualquier forma, lo entendí.

Hubo un tiempo en el que Lita era igual que aquella chica de primero. Así la habíamos encontrado Mina y yo. Dos chicas de último curso con las que Mina animaba (el estereotipo de animadora al completo: rubias, ruines y tontas) alardeaban de que tenían de «mascota» a una boba de segundo. Y, más de una vez, Mina las había visto tratarla mal.

—Tenemos que hacer algo, Usa —había dicho con insistencia—. No podemos permitir que sigan tratándola así.

Mina pensaba que tenía que salvar a todo el mundo, igual que me había salvado a mí en el patio de recreo hacía tantos años. Ya me había acostumbrado. Solo que esa vez quería que la ayudara. Normalmente, habría aceptado simplemente porque Mina me lo pedía, pero no tenía ningún interés en conocer a Lita Kino, mucho menos salvarla.

No es que fuera cruel, pero no quería conocer a la hermana de Mamoru. No después de lo que me había hecho. No después del drama por el que había pasado el año anterior.

Y había conseguido mantenerme firme bastante bien... hasta aquel día en la cafetería.

—Por el amor de Dios, Lita, ¿es que eres retrasada o qué?

Mina y yo nos volvimos en las sillas y vimos a una de las flacas animadoras fulminando con la mirada a Lita, que era por lo menos una cabeza más baja que ella. O tal vez solo fuera la forma en la que Lita se encorvaba, acobardada.

—Solo te he pedido una cosa —le espetó la animadora, señalando con un dedo el plato que Lita sostenía—. Una única cosa. Nada de aderezo en la ensalada. Maldición, ¿tan difícil es?

—Hacen la ensalada así, Sonoko —farfulló Lita poniéndose colorada—. Yo no...

—Eres imbécil.

La animadora dio media vuelta y se alejó hecha una furia, con la coleta agitándose a su espalda.

Lita se quedó allí de pie mirando el plato de ensalada con ojos grandes y tristes. Parecía tan pequeña en ese momento... tan débil y apocada... En ese instante, no la consideré guapa. Ni siquiera mona. Solo frágil y asustadiza. Como un ratón.

—Date prisa, Lita —la llamó una de las otras animadoras desde su mesa. Parecía enfadada—. Por Dios, no vamos a guardarte el sitio para siempre.

Noté que Mina estaba mirándome y supe lo que quería. Y, al observar a Lita, no pude fingir que no entendía por qué. Si alguien necesitaba la ayuda de Mina, la salvadora, era esa chica. Además, no se parecía en nada a su hermano. Eso hizo que mi decisión fuera un poco más fácil.

Suspiré y dije en voz alta:

—Oye, Lita. —La chica se sobresaltó y se volvió hacia mí, y la expresión temerosa de su cara casi me rompe el corazón—. Ven a sentarte con nosotras.

No era una pregunta. Ni siquiera un ofrecimiento. Era prácticamente una orden. No quise dejarle alternativa. Aunque, si era sensata, nos habría elegido a nosotras sin dudarlo.

Entonces Lita se acercó corriendo a nosotras, las animadoras de último curso se enojaron y Mina me dedicó una sonrisa radiante. Y eso fue todo. Fin de la historia.

Aunque en ese momento, mientras observaba cómo la chica bajita de primero salía corriendo hacia el puesto de comida, no parecía un hecho del pasado. Noté que los vaqueros no le quedaban bien (no tenía suficientes curvas para llevar pantalones de tiro bajo) y que encorvaba los hombros con desgarbo, lo que la hacía parecer extrañamente descompensada. Todos esos pequeños detalles la diferenciaban de sus supuestas amigas. Era la encarnación del recuerdo de la chica que había sido Lita antaño. Solo que ahora yo tenía una nueva palabra para definirlo. Para definir a aquella chica.

«Duff.»

No podía negarse. Aquella alumna de primero era sin duda la Duff en comparación con las guapas brujas que la mangoneaban. No es que fuera fea (y, desde luego, no estaba gorda); pero, de las cuatro, ella era la última en la que uno se fijaría. Y no pude evitar preguntarme si se trataría de eso. De si la usarían para algo más que para hacerles recados. ¿Estaría allí también para que parecieran más guapas?

Miré de nuevo a Lita y recordé lo pequeña y débil que parecía ese día. Ni mona ni guapa: solo patética. La Duff. Ahora era preciosa, voluptuosa, adorable y... bueno, sexy. Cualquier tipo (menos Zoycite, por desgracia) babearía por ella. Pero lo curioso era que no había cambiado tanto. En la superficie, al menos. Incluso entonces era castaña y con curvas. Así que ¿qué había cambiado? ¿Cómo podía una de las chicas más preciosas que he conocido haber sido la Duff? ¿Cómo funcionaba esa lógica? Era como cuando Seiya me había llamado sexy y Duffy a la vez. No tenía sentido.

¿Era posible que no hiciera falta ser gorda ni fea para ser la Duff? Después de todo, Seiya me había dicho aquella noche en el Crown que el término «Duff» era una comparación. ¿Eso quería decir que incluso las chicas bastante atractivas podían ser la Duff?

—¿Deberíamos ir a ayudarla?

Me quedé sorprendida un segundo, y un poco confundida. Entonces me di cuenta de que Lita estaba observando cómo la chica de primero bajaba por la banda.

Y se me ocurrió algo horrible, algo que me convertía en una auténtica zorra. Me planteé seriamente ir y reclamar a la novata, y así, tal vez, solo tal vez, yo dejaría de ser la Duff.

Pude oír la voz de Seiya en mi cabeza: «La mayoría de la gente haría cualquier cosa para evitar ser la Duff». Había contestado que yo no era como la mayoría, pero ¿era cierto? ¿Era como esas animadoras que habían tratado mal a Lita o como esas tres chicas de tercero sentadas en las gradas con sus coletas perfectas?

Sin embargo, antes de que pudiera tomar la decisión de ayudar a la nueva (ya fuera por las razones correctas o las equivocadas), la sirena sonó por encima de nuestras cabezas. La multitud se puso en pie a nuestro alrededor, vitoreando y gritando, y me impidió ver a la pequeña figura de pelo oscuro. La chica había desaparecido, junto con mi oportunidad de salvarla o utilizarla, o lo que quiera que hubiera acabado haciendo.

El partido había terminado, las Panteras habían ganado y yo seguía siendo la Duff.